domingo, 29 de abril de 2012

Vivir como hermanos


“¡Qué bueno y que alegre es que todos vivamos como hermanos!”.Esta exclamación bíblica es muy antigua, pero en realidad, sigue siendo hermosa como frase y mucho más cuando se lleva a la práctica.

En los tiempos actuales, unas veces por la escasez del espacio de los nuevos pisos, otras por el trabajo, al que tienen que acudir  lo mismo las mujeres que los hombres, es difícil que las familias convivan y se aumenta el problema de esa convivencia, unas veces por la cada día mayor ancianidad de las personas y otras porque esos ancianos muchas veces padecen la enfermedad de Alzheimer.

¡Cuántas personas están padeciendo dicha enfermedad!, pero aquellos que no tienen familiares que la sufran, no se enteran de los sufrimientos que acarrean dichos enfermos a su familia!. Por eso uno queda impresionado al leer la obra de Carmen Bailo, que entre multitud de anécdotas, escribe lo siguiente:”No sólo es la enfermedad la que agobia y duele, que ya es bastante, es también doble el gasto económico que hay que asumir. Exceptuando la medicación, los pañales y un alto porcentaje de la silla de ruedas, lo demás corría todo a cargo del enfermo, de mi madre, claro. Pocas ayudas para una enfermedad tan larga y, en muchos casos, para familias con pocos recursos. Nunca pensamos en llevarla a una residencia, pero de haberlo hecho, mi madre no hubiera podido hacer frente sola a semejante gasto. Tenía a sus hijas claro, pero había otras familias que carecían de este apoyo, e incluso teniéndolo no podían costearlo…”.

Y uno se acuerda de esas familias, que están unidas entrañablemente, al leer el siguiente párrafo, escrito por Carmen :” La doctora seguía tratando de animar a mi madre, pero no prestaba atención a sus ánimos, sólo lo miraba y tocándole la cara decía:”corazón,¿ por qué te has ido ahora que te iba a llevar a Bolea?…Mirándolo, volví a repasar todos los años de enfermedad: un total de ocho años, que acababan allí mismo. Años en los que estuvo bien, siempre alegre y con buen humor, siempre con sus tierras y sus campos, con las Lanas, su bodega, sus amigos, su familia y sobre todo sus nietos”. No puede uno hacer otra cosa que recordar a sus amigos, que vivieron en Huesca o en los pueblos, que tuvieron sus ilusiones, pero que murieron, como el padre de Carmen que ya “había muerto hacía mucho tiempo”.   

Yo creo que el libro de Carmen Bailo es una llamada a la Sociedad para que se acuerde de los que la necesitan, porque  no sería justo que se olvidara de aquellos individuos que vivieron en ella y con ella colaboraron, ya que “Mi padre era una persona alegre y optimista…Le gustaba la gente y no era nada introvertido…le gustaba tener gente en casa y compartir la bodega de casa con los amigos…Mi padre nos contaba anécdotas o nos hablaba del campo y, sobretodo, de los tres años de mili que le tocó hacer en Melilla”.

La Sociedad se sirvió de la juventud de un mozo de Bolea en Melilla; justo sería que cuando el anciano se vió en situación apurada, esa misma Sociedad, se acordara de él.

Yo me acuerdo de cuando estuve de Veterinario en Bolea, donde conocí al padre de Carmen, pero lo importante es que, su hija pudo acabar su obra, escribiendo.”Voy detrás del coche fúnebre, lleno de flores y coronas por la carretera camino de Bolea, y al llegar a la entrada, diviso, en lo alto de la loma, La Colegiata. Sonrío y te digo: Papá, ya estás en casa”.

sábado, 28 de abril de 2012

Palabras pronunciadas por Ignacio Almudévar, en el Colegio de Veterinarios de Huesca


Me llegó, como me llega desde hace muchos años en el mes de octubre, la cita colegial que nos convoca a los veterinarios, presidida,  como siempre, por el símbolo solar, en cuyos rayos, clorofilando,  un horizonte donde pastan las ovejas de un rebaño, se lee luminosamente: ”Hygia pecoris”.

Es hoy un día que resalta sobre otros “San Franciscos”, pues se convierte ese símbolo en milagro del Honor, que adornará los pechos nobles de Presidentes del Colegio, veterinarios colegiados que lo fueron otrora y en cierto modo lo seguirán siendo mientras vivan.

No se me enfade Don José Garzón si me atrevo a llamarlo el Viejo Profesor, que puede serlo no sólo porque estudió la Ciencia de la Vida, del Bios  griego, en que está  inserta nuestra Veterinaria, sino que cultivó la Ciencia con que el hombre encuentra sus derechos defendidos, ya que posee la Carrera de Abogado. ¿De qué valdría al ser humano gozar de larga vida para tan sólo vegetar, si al tiempo no pudiera gozar de sus libertades?.

Es Viejo Profesor, entre otras cosas, por sus conocimientos universitarios y por portar un noble “aliño  indumentario”, que viene de otros tiempos, presidido, como preside el Sol en nuestro Escudo, por el sombrero en su cabeza ilustre. Bien acompañado por su también letrada esposa, que parece hacer patente por su dedicación, ya vieja a toda Res Pública, que nuestro lema, que el Escudo reza “Hygia Pecoris”, acabará diciendo, “ad salutem hominis”.

¡Qué contrastes nos pone en evidencia Don José, que siendo viejo profesor, al mismo tiempo se mueve dinámico y joven por la vida como indica su nombre de Garzón en Cervantina lengua o “garçon” en la lengua del francés  Moliere”.

Tal vez a ustedes tuviera que decirles con León Felipe: ”No me burlo, señores,  no me burlo…¡Estoy hablando en serio!”. Y es que uno se pregunta:¿Cómo es tan joven Don José?. ¿Será tal vez que se paró en su continuo tic-tac sonoro, aquel reloj solemne, aquel que presidía La Facultad antigua de Zaragoza, en la Puerta del Carmen, el de la nueva de Miguel Servet, los relojes, de los tres Colegios regionales, los del péndulo de nuestras rústicas pensiones  provincianas, los más modernos de nuestros pisos ciudadanos, allí donde nos trajo el destino?.

Se siente uno tentado a detener el sol que brilla en nuestro escudo, como Josué en Jericó lo hiciera, para así contemplar a los veterinarios,  a los que rendimos homenaje, como si en un retablo pudiera reunirlos. Estoy viendo en él a nuestros patriarcas como Gordón Ordás y a Don Santos Arán, a los veterinarios de Siétamo, mi pueblo, Don Casiano y Don Regino que al lado de la puerta de la casa en que vivían, se conserva la anilla a la  que  ataban sus caballos.

De estos profetas venerables se pasa mi contemplación  en el retablo a Vicén,  el revolucionario, a Don Julio el sensato, intermedio de una saga de albéitares. Me miro en este instante a los modernos y surge Franc,  con su antena nasal,  como buscando, igual que Costa la Despensa y la Escuela. Parece ser que las ha hallado, pues pasó por el desierto de Tardienta y Almudévar,  allá en la Violada (Via Lata), donde los cierzos soplan desbordados por su cabañera, a Binéfar, donde a la “mañanada” degüellan los corderos, como lo hiciera Abraham, en aquel  sacrificio, “y como los que degüellan todavía en los lejanos mataderos de Chicago”. Y me veo contigo, amigo Franc, conducidos en un coche oficial a contrastar las tareas, que tenía el depósito de abastecimiento de Binéfar, cuyas aguas, como todas,  a Costa tanto le inquietaron.

Rodábamos  y  topábamos con pastores, labradores y tratantes; los vimos siempre los aquí presentes, los vemos y veremos cada día”. ”Todos nos saludan y conocen”,  y de alguna boca surge: ”Vaya  un par de pájaros…”, pero tu y yo, y la Veterinaria, seguimos caminando. ”Ladran, luego cabalgamos”.

Y veo a Grasa Grasa que puede con orgullo portar el Hygia Pecoris que preside este retablo. Las dos ovejas que allí pastan se pusieron alegres al ver que un profesor había escrito casi todo lo que de ellas se sabía en Aragón; pero no acaba su producción en este libro, pues si existen los valores que llamamos pecuarios, que de ellos se derivan etimológicamente.  En el Retablo de la Historia, los valores pecuniarios, que en Binéfar  amanecen semana  tras semana en un cartel y que tú, Ramón Grasa Grasa, estudiaste y comentaste  en otro libro.

Aparece también en el retablo un número ingente de veterinarios y que en tan poco tiempo es difícil citar, pero lo intentaremos, y aunque se fue, aun permanece Don Antonio Dolset, portador de sombrero como lo porta Don José en su vivir diario; también se puede contemplar a San Bueno Castellote y a Ramón Mancho, con quien me juntaba en los Toros de Barbastro, como me complacía la presencia de Chus Tovar en los de Huesca, portando un clavel reventón en sus cabellos.

Y aparece solemne, Don Ricardo Conde, compañero de sillón en la Diputación de Huesca, en tanto Don Fidel, en torno a un simple potro, me dio lecciones para llevar a cabo la inseminación artificial de los ganados. Agustín Ubieto Otal  fue, ”motu proprio”, el pionero de los que hoy se denominan “Veterinarios sin fronteras”. Aquí encontramos, con suma fortaleza, a Rafael Pallás,  al que,  al hacerle notar esa virtud, diciéndole que estaba como un toro, con su espontaneidad me dijo que estaba como diez. Don Teófilo Arlanzón, de nombre y apellidos castellanos, coordinó lo arcáico y lo moderno rellenando las guías pecuarias a máquina, para el transporte de ganado. Adelio  Castellote, que siendo primo de los Buenos, algo se le habrá agregado de ellos, para luchar allá en Altorricón,  al que sus ciudadanos, en su lengua materna, llaman El Torricó.

Luis García Sanz que vino a Tamarite,  desde Guadalajara, donde trabajó con  ahinco  y volvió luego a Molina de Aragón, donde el canónigo  Monesma quiso establecer una aduana.

Jesús Maza Alvárez se me presenta en el recuerdo con su rostro optimista que lucía en Monzón. Domingo de Juan es un soplo de fuego que acude en amor al jubilado y cuyo rostro recuerda el de un asceta.

¡Rafael Gobantes!, te contemplo en tus paseos lentos con mi tío José María, con Ricardo Serena, el compañero que se nos fue en Murillo, con Rafael Farina, no el cantante sino el que construyó hermosos edificios en la ciudad de Huesca, en la Plaza de Zaragoza.

Vemos a Emilio Magallón, que recorrió durante muchos años la provincia para llegar a Jaca, ciudad señorial , que concordaba con su propio señorío.

No está presente mi vecino de monte, José Landa, con quien corrimos, azarosamente la Sarda de Antillón,  pero su hija, también veterinaria, nos concede el honor de su presencia airosa.

Enrique Gil  Fortún, que me recuerda el rostro de su hermano, que allá en la Facultad, nos enseñaba con claridad meridiana el uso de la Tablas de Alimentación de los animales.

Ezequiel Usón Usón que, en la capital del Cinca, vio aliviados sus trabajos por sus clásicos  y dulces higos y sus ancestrales “dones de faldetes”.

También se encuentra Aquilino López, que allá en Broto, en la Montaña Pirenáica, contribuyó al plácido placer de contemplar  al ganado vacuno, pastando en las praderas.

Julián Navarro Roldán, que atendía al ganado porcino en tierras fronterizas y cuyo hijo, también veterinario, se vino hacia Binéfar.

Contemplo a Juan José Miravete, que de Teruel nos vino y recorrió la provincia de Huesca en múltiples servicios, para acabar  en la Jefatura Sanitaria. Y recuerdo con gozo y con sentimiento, aquel día en que tres mil ovejas esperaban el uso de nuestras  jeringuillas; cayéronse  las vallas  y cumplimos prematuramente y con honor nuestra tarea.

Ahí está Ignacio Escalona, Alcalde  de Grañén, estoico, agricultor, veterinario y profesor. Profesor preocupado, que hizo levantar el precio de la leche a los ganaderos  a una Central Lechera, por hallar errores en sus fórmulas. ¡Echale un galgo!

Pablo Ochoa, quien pasó de Binéfar a nuestra capital aragonesa, Zaragoza.

Aparece ante mi vista, Don Manuel Campelo, el leonés de apellidos galaicos, caballero del alma y caballero sobre caballos africanos, el que supo juntar el honor de la Legión a un tiempo con el honor  total y comprensivo del “mariscal” de campo, en el medio rural de Alcalá del Obispo y de Siétamo.

Y sigue el silencioso Julián Romera como si fuera discípulo del aragonés Gracián, que escribió “El Discreto”. Angel Gayubar, cuando estaba, siendo joven todavía, de “Patriarca” en Lupiñén, siendo mi asesor veterinario  y mi médico personal, cuando yo estaba de veterinario en Bolea. Eloy Suarez era,  y supongo que lo seguirá siendo, un gran comunicador.

Aparecen unidos Emilio Almárcegui y su esposa, también veterinaria, que fueron y son grandes compañeros, pues muchas veces se quedaron voluntariamente con la peor parte. Se notaba que eran padres de numerosos hijos. Sigue Aurelio Grasa, natural de Esquedas, que con su presencia sencilla y competente me ayudó siempre que se lo pedí.

Y me encuentro como me encontraba, siendo estudiantes en Zaragoza , en la Calle Alfonso con Paco Güerri, que hacía el cuarto Curso, cuando yo hacía el primero, pero su veteranía no era orgullosa sino aproximativa.

Cuando compraba en Porta algún apresto ganadero, hablaba con Antonio Carruesco, que es un gran especialista en alimentación animal, entre otras cosas porque empezó conociendo los continentes del pienso, es decir pasando los sacos por sus sufridas espaldas. Y recuerdo en estos momentos a José Antonio Morlán,  el de los blancos cabellos, que quizá sea   el veterinario jubilado que más recuerda a un galán otoñal. Y me acuerdo de su compañero José Gonzalbo, que en aquellos tiempos era un optimista que te alegraba la vida con sus encuentros. Veo también a Luis Jiménez, que allá en su juventud, recorría mi pueblo como yo recorrí el suyo, a saber Esquedas, en la mía. Y hablando de imágenes vemos la de Julián Lacruz, que es uno de los hombres que más se ha preocupado de la imagen profesional del veterinario.

Un recuerdo especial le dedico a Antonio Bonet, viejo compañero de estudios de mi hermano , el psiquiatra emigrante, por el que siempre me pregunta cuando vuelve a la Patria, y que si en estos momentos lo hiciera, tendría que decirle que actualmente lucha, allá en Canadá, por su salud.

Está también previsto en el Programa,  galardonar al personal que estuvo durante quince años al servicio de los colegiados. Se trata del famoso señor Rubio, que si en pasados tiempos recorrió caminos vigilando a los correcaminos, durante estos y citados quince años, hizo correr kilómetros sin cuento la plataforma de la máquina que reproduce fotocopias, y hoy, más moderno, recoge y manda “fax”, fumando farias. Ha pasado de rústicos caminos como nosotros los veterinarios , a recorrer las calles ciudadanas para llevar marchamos a la Oscense y bloques de mensajes a la oficina de Correos. Correr,  correr fue su destino, mas como de infelices no tuvieron nada sus crespos y canos pelos, sabía hacer un alto en el camino para tomar una cerveza y fumarse medio puro. Acostumbrado a hacer servicios en su cuerpo civil, se quedó con la inquietud enorme de ser útil al veterinario, que en cualquier momento le requería algún servicio.

Si el Honor es el lema de los guardias, es el Honor del Servicio al Pueblo, el que nosotros los veterinarios venimos practicando desde hace muchos siglos. Se encontraron en nuestra casa colegial, el honor del sencillo pueblo soberano con el honor profesional de los veterinarios universitarios, que ya lo éramos, como dice Columela, desde hace dos mil años.

No se si pretenciosamente he logrado, imitando a Josué, pasar la Historia de los veterinarios por un momento,  para recordarlos.  Pero … hay que volver al “devenir” de las aguas por su cauce y cauce enorme de papel pautado, en aquel que se inscriben como las aguas limpias, noventa y siete nombres de veterinarios: Pilar, Gregorio, José, Luis, Asunción, Eduardo… y sigue y sigue.

Y si el honor de esta Colegio, de sus antiguos Presidentes y Colegiados Jubilados se basó en el estricto cumplimiento del deber, demos paso al Honor de los jóvenes, con pantalón vaquero, impedidos de alcanzarlo,como veterinarios, si no irrumpen como tales en el fraterno cauce de colegiales  activos .

¡ Que todos los veterinarios, veteranos y jóvenes, caminemos al ritmo que nos marca nuestro emblema:¡Higya pecoris, Salute hominis!.

viernes, 27 de abril de 2012

Curas y labradores


Son las ocho y media de la mañana del último día de Agosto de este caluroso verano del año 2003. Aparco en la subida que está frente al jardín que hoy ocupa el solar en que se encontraba edificado el cuartel, que estaba debajo del actual Museo y frente a la pared lateral del Seminario. En ese cuartel cumplió el Servicio Militar de alférez, mi hermano Manolo, que atendió a mi amigo y paisano Cabrero, cuando le cayó un rayo en el Campamento de Igriés. Yo estuve con mi hermano, que fue a visitar a un soldado enfermo y me acuerdo del aprovechamiento de las antiguas construcciones, que hoy casi todas ellas se han derribado. Fui andando a la Catedral y al pasar por el Seminario vi a don José María, párroco de Coscullano, que por lo visto había madrugado para ir a decir misa en diversos lugares, porque ahora son escasos los sacerdotes. No me vio, pero yo miré hacia la pequeña plaza, que está al lado de la puerta del Seminario, donde se exhibe el busto de Ramón y Cajal, que parece seguir meditando. Entra por la Plaza el sol, que brilla intensamente, a pesar de haber cambiado enormemente el tiempo, porque el calor ha cedido y el sol, a estas horas parece que me llama y que me atrae, para que goce de sus rayos, mientras contemplo la ilustre cabeza de nuestro sabio y después me miro al Monasterio de Montearagón, que parece estar paralelo a nuestra ciudad, a la que mira como la miró en los años de mil noventa y cinco y noventa y seis, con deseos de poseerla, pero los tiempos avanzan y todavía mira a Huesca, en la que ya no contempla el Convento de San Bernardo ni el Cuartel ni tantos otros monumentos, pero que, sin embargo, la ve crecer. En cambio Huesca se mira a Montearagón con indiferencia porque se ha convertido en una ruina.

Sigo por la puerta del Museo y entro por la calle de San Bernardo, oigo la cerradura de una puerta falsa y me parece que por ella, como otras veces, va a salir un labrador oscense, que vive en la calle del Suspiro. Sale, por fin, el esperado Claraco, saca su bicicleta y nos ponemos a hablar el uno con el otro. Tiene un año más que yo y a pesar de encontrarnos tantas veces, no hablamos de la Agricultura hasta el día de hoy, en que me dice que se va al huerto, porque ya no labra, sino que tiene la tierra dada a cultivar por algún otro. Es que se van envejeciendo los labradores que están abandonando el cultivo de la tierra y los sacerdotes al morir, no son substituidos  por otros que se dediquen al culto divino. ¡Qué dedicación la de los curas y la de los labradores al culto divino del pueblo de la vecina Sierra y al cultivo de las tierras oscenses!. Claraco conserva el apodo que,  con gran honor, llevaba su familia desde siglos atrás, como todas las casas de labranza de Huesca llevaban el suyo, ya que su auténtico apellido es el de Sauqué.

Llegó, por la calle de Dormer, a la Catedral y allí observo la cultura del hombre, por ejemplo en el arte del Altar Mayor, esculpido por Damián Forment y por su hija, cuyos bustos, como el de Cajal en el Seminario, se exponen a la contemplación de los visitantes y de los fieles, que se quedan admirados por la belleza de la hija escultora.

Al marchar, otra vez al lado  del Seminario,me encuentro a un anciano sacerdote,que casi siempre va solo,como meditando.Me pongo a hablar con él y me llena de frases sagradas, como la siguiente: “La naturaleza inferior de los animales se rige por las leyes de esa naturaleza, pero a los hombres  Dios nos ha hecho libres y la libertad nos hace a unos,creer en Dios, y a otros,como a Ramón y Cajal dudar de Él. El Señor nos dio la libertad.

jueves, 26 de abril de 2012

Pablo Cano, Clérigo de San Viator, que murió en 2011

Pablo Cano C.S.V.

Murió el día 25 de Noviembre del año de 2011, en la Residencia de Valladolid perteneciente a la Comunidad de San Viator.
Lo conocí en una antigua casa-palacio en Escoriaza, donde el año de 1941, comenzamos a estudiar. Aquel edificio era de una belleza serena, construido con piedra de sillería. Vivir en él te llenaba el alma de nostalgias espirituales, que te aproximaban al Creador. Se entraba subiendo una escalera de piedra, de no mucha altura y por una gran puerta, se entraba en una especie de receptorio, del que pasabas a los claustros, con sus arcos que te invitaban a dar vueltas por aquel suelo empedrado, pensando en una vida eterna y feliz o rezando el rosario. Caminabas, mirándote al centro de aquellos claustros, donde una fuente regaba un jardín, presidido por la figura piadosa de la Virgen. Pero no se acababan, a este nivel  los arcos, pues sobre ellos se repetía el piadoso recorrido de otro claustro elevado. Por el claustro bajo se penetraba en la Iglesia, que era imponente de piedad cristiana, en la que cabrían todos los fieles de una parroquia. Allí ayudábamos a misa, Pablo Cano y yo mismo, mientras en el Coro, cantaban los Hermanos de San Viator  salmos,  como aquel que dice:  ”In exitu Israel de Egipto, domus Jacob de populo barbaro”, “en la salida del pueblo de Israel de Egipto, la casa de Jacob de aquel pueblo bárbaro”. Los que cantaban en el Coro, habían penetrado en él, por el Claustro Alto. Y en el tramo por donde allí se entraba, se accedía a la habitación del santo Padre Clemente Leygues. Para ayudar a misa, habíamos entrado en la Iglesia por el Claustro de Abajo, pero para ir a pedir consejo a  dicho Padre Leygues; lo hacíamos tanto Pablo Cano como yo por los Claustro de Arriba. ¡Qué lección se recibía de los consejos de tan piadoso Padre Espiritual, pero lo que más impresión te producía era contemplarlo, con la piel de su rostro y de sus manos de color rojo intenso, producido por el enorme frío que estaba soportando, sentado delante de una mesa, sin encender ni una estufa de leña, que le hiciera más soportable aquel sufrimiento, que él mismo convertía en penitencia. Era francés, pero para nosotros parecía un ciudadano que por el mundo, quería subir al cielo.

Paco Cano Martínez, venía desde el Pueblo montañés de San Pelayo, coincidiendo conmigo en los estudios de Escoriaza, en Agosto de 1941. El aguantaba mejor que yo el frío, porque San Pelayo, se encuentra en la Merindad de Montijo, al Norte de la Provincia de Burgos, que está a 782 metros sobre el nivel del mar. Se extiende a los pies del Monte Zalama, cuya cumbre divide las provincias de Cantabria, Vizcaya y Burgos. En aquellos tiempos la comida no era abundante ni demasiado buena. Trajeron un camión de judías secas, pero estaban perforadas por parásitos y se comían con cierta repugnancia,  vencida por el hambre. Pero Pablo de una tierra verde y sana, donde el ganado proliferaba, recibía junto con su hermano Emilio,  también Clérigo de San Viator, unos quesos hechos por su madre, que eran enormes de tamaño y exquisitos de sabor.  En cambio a mí,  mi padre y mi abuela, me mandaron un paquete, que recibí, pero agujereado y con un pequeño trozo de torta, porque el resto se lo habían comido. Yo no me enfadé porque comprendía el hambre que obligó a algún individuo que viajaba en aquellos vagones, a comer lo que estaba tan cerca de él. Mi madre murió a los pocos meses de entrar en el convento de Escoriaza y no me llevaron a despedirme de ella. Era yo feliz espiritualmente, pero sufría por el frío,  la alimentación y los nervios que no me dejaban parar. En cambio Pablo, alto y fuerte, ayudado por el queso que le mandaban sus padres, siguió adelante, pero a última hora, pero así como mi salud me impidió seguir la vida por los claustros, él estuvo dando clases en Vitoria y en Sopuerta. En 1960, fue destinado a Costa de Marfil. Allí, según me contó cierto día, tomando un café, que fue feliz, pues hasta familias musulmanas, le agradecieron su labor educativa. Era aquella una educación cristiana del espíritu y del cuerpo, porque promocionó  el baloncesto entre aquellos alumnos de piel oscura y alma blanca. Después de largos años trabajando en Costa de Marfil, se despidió,  pero el Señor le concedió el consuelo porque un día del mes de Junio de 2006, volvió para celebrar la clausura de los cincuenta años de esa Misión marfileña. En aquel café, que tomamos en un bar de Huesca, se acordó de que allá, en el Africa, abrieron otro Café en la Misión, a donde acudían personas, con las que alababan al Señor y compartían su Palabra. Pero a pesar de su vida trabajosa y en contacto con el desarrollo mental de sus alumnos, él estuvo durante tres años, desde 1979, en Bogotá, con el objeto de perfeccionarse en sus estudios superiores de Lengua y Literatura del idioma español.

Pero el recuerdo de Africa le llevó otra vez a Costa de Marfil el año de 1991, donde le comenzaron a aparecer los primeros síntomas Alzheimer, que aunque no le dejó hasta el fin de sus días, fue destinado al Colegio de Huesca, donde durante cinco años, la soportó. Yo lo iba a ver al Colegio y a veces no estaba, porque había ido al Hospital Provincial a tratar con el Médico su progresiva enfermedad. Yo no le noté su enfermedad, pero esta le atacó de tal forma, que en 2006 se incorporó a la Residencia de Valladolid. En Huesca se le veía feliz y no cesaba de hacer obras de caridad, como enseñar a hijos de inmigrantes africanos, la lengua castellana. Tenía un trato que a mí me relajaba de las tensiones, que a veces tenía y me dio esperanzas de una vida futura, en la que nos encontraremos algún día.    

miércoles, 25 de abril de 2012

Película de la vida de Ricardo


El día de San Jorge, Patrono de Aragón, como también lo es de otras Naciones y Regiones, he entrado en un Bar, situado cerca del Cerro sobre el que está observando a Huesca, el Santo en su   Ermita. Estaba tomando su café en la barra del Bar, a mi lado, un hombre de cuarenta y nueve años, edad que me declaró, al decirme  que había nacido el año de 1963, año en que comenzó a rodar la película de su vida. Estaba dicha película formada por una charla, que más bien era una conversación seria y trascendente, porque no sólo me ha hablado de nuestra vida en este mundo, sino que me ha dicho que aquí, estamos de paso y convergiremos todos en otros lugares, circunstancias y espacios etéreos, de los que , en realidad, desconocemos su naturaleza. Ricardo estaba seguro de que en ese “más allá”, nos encontraremos.

Esa vida me la hizo contemplar en poco rato, como si fuera una de esas películas, que proyectan sobre una pantalla, los hechos, unos felices y otros tristes de los que un hombre o una mujer,  pueden unas veces gozar y otras sufrir, con el fin de aleccionar a los videntes o visores  que miran a esa pantalla. Ricardo se emocionaba al decirme que nació en Jaca, pero en el noble monumento de la Ciudadela, en la que los soldados pidieron a Dios   su bendición, para luchar contra los ejércitos invasores de la potencia de la cercana Francia. Allí   se acordaba de soñar con nobles caballos de los guerreros y se alegraba de que ahora, se hubiesen llenado los fosos de pacíficos ciervos. Pero aunque no se acordaba de su nacimiento, por haber venido al mundo sin memoria ni entendimiento ni voluntad,  me dijo que nació prácticamente muerto, porque tenía rodeándole su cuello el cordón umbilical. Alguna mano buena, le salvó la vida. Para él esa mano fue la de su abuela Martina de la que conserva en su memoria y en su corazón, un recuerdo y un sentir, ambos terrenos y celestiales. Al mismo tiempo aquella Ciudadela, lugar creado para la lucha defensiva, se apoderaba de su corazón para recordar su lucha por la vida, acompañada por los nobles caballos de aquellos soldados de siglos pasados. Entró entonces en las actividades de la vida de su abuelo Paco, que corrió por el mundo, pues nació en Andorra, estuvo en América, de donde vino llamado desde España para participar en la Guerra Civil de 1936 y él, se preguntaba:¿qué demonios se me han perdido en esta maldita Guerra, en la que sólo se da la “incivilización”. Su abuelo y su abuela eran seres humanos que ayudaban a los “escondidos de Jaca”, a los que de mil formas los protegían, como dándoles algún trozo de carne, de su carnicería. Estaba ésta situada en la calle Zocotín. El creía  ya, desde que fue pastor, en un futuro eterno mejor y no admitía el odio que arrastraba a la maldita guerra. Ella, salvando la vida a su nieto Ricardo, pensaba también en que viviera para hacer el bien y la justicia y se fuera al otro mundo, ya con muchos años. Y Ricardo permanece en este mundo, pensando que los males traen la carencia por el pueblo de alimentos, contrariamente a lo que dice el “Pan nuestro de cada día, dánosle hoy”. Esos políticos son seres que se divierten siguiendo las ideas “interpuestas” por otras influencias dirigidas, unas por el bien y otras demoniacas, por el mal. El pueblo acude a   votar democráticamente, pero los políticos  elegidos, van dictados por ideas, cuyo primer objetivo es alcanzar su propia riqueza, actitud que es la misma que la de los cuerpos materiales, pero que no tiene apoyo en los espíritus.

Dice Ricardo que él es un artista y que a veces se ve “afosilado”, como se vio  el Filósofo  Unamuno o fusilado como el poeta andaluz Federico García Lorca. A  la mente de Ricardo se le acerca la idea de usar el antiguo salterio de Jaca, en honor de los poetas y de los filósofos, como hacía, hace ya muchos años el padre de su abuelo en Yebra de Basa, haciendo sonar  dicho salterio, acompañando a los Danzantes, en honor de la Mártir Santa Orosia. Igual que Federico García Lorca escribió sobre la Guitarra: ”Empieza el llanto de la guitarra”, Ricardo se acuerda de su antepasado que empezaba para Santa Orosia, en Yebra de Basa a dejar escuchar el llanto del salterio. Ricardo se daba cuenta de que “es inútil callarlo”, como a Federico García Lorca le parecía “imposible callar” la guitarra. Es que la guitarra y el salterio “lloran por cosas lejanas”. Y él se bañaba en las lágrimas viejas del salterio y le recordaban, los “afosilamientos” actuales, la “incivilización” y los “escondidos”. Me parecía que estaba gozando del ambiente de Jaca y de Yebra de Basa, bendecidos por Santa Orosia y la alegría que se escuchaba producida por los salterios, de los que todavía se conserva uno de ellos, guardado en la Catedral de Jaca, la más antigua de España.

Yo seguía escuchando la charla de Ricardo, que más que charla era una conversación seria y trascendente, porque no sólo hablaba de nuestra vida en este mundo, sino  que somos aves de paso  por él y que convergeremos todos en otros lugares, circunstancias y espacios etéreos, de los que,  en realidad, desconocemos su naturaleza. Pero Ricardo estaba seguro de que en ese “más allá”, nos encontraremos.

 Ricardo, trabajador del Cine y que por tanto no me extrañan sus palabras, me ha hecho contemplar la película de su vida con hechos reales  y yo la he estado contemplando y escuchando el sonido de los salterios, como si fuera un Best Seller.

sábado, 21 de abril de 2012

Recuerdos de los hermanos Mora, de Fañanás y Pueyo


Estaba yo tomando un café en el Bar El Milenio, cerca de la Avenida de los Pirineos, con edificios de hasta unos quince pisos, todos ocupados por algún oscense, pero sobretodo por hijos de los pueblos, abandonados o casi vacíos de la Provincia de Huesca. Estando allí sentado, vi entrar a Domingo Mora, amigo desde hace muchos años, cuando él labraba con su tractor, ufano porque ya no era un mozo, que labrara con dos mulas y yo pasaba por el pueblo de Fañanás, ejerciendo de veterinario. Domingo bien sentado en el tractor, fumándose su buen puro, se acordaba de cuando a las mulas tenía que arrearlas o pararlas, gritándolas: ¡So mulas!.

No sólo conocía yo a Domingo, sino que me unía una gran amistad con su padre, del que heredó el nombre de Domingo. Vivía toda la familia en la entrada por la carretera, al pueblo de Fañanás, sin entrar en él. Estaba la casa un tanto retirada de la carretera y en ese espacio de entrada había arados, algún tractor y máquinas que se utilizaban arrastradas por los tractores. Domingo, padre, cuando nos encontrábamos, se alegraba, se sonreía y me ofrecía entrar en su casa, para tomar algo. Yo no podía entrar porque la faena me esperaba en algunas cuadras o en las naves, en  que alojaban a los animales. Pero esto no fue inconveniente para tomar algún café o alguna cerveza, porque como Domingo ya era mayor y su hijo Dominguito labraba los campos, él iba a Huesca, donde además de arreglar algún papel en diversas oficinas, iba a los Porches de Galicia, donde alternaba con toda la “banda” de agricultores, que por allí llegaban.   Cuando me veía, no esperaba a que yo acudiese a su lado, sino que con su sonora voz, me llamaba, gritándome: ¡Igancio. Ignacio!. Yo acudía ytomaba alguna consumición, pero nunca pude pagar ninguna de ellas, porque Domingo se apresuraba a liquidar la cuenta. Domingo, formaba con su  hijo  Dominguito un equipo, que trabajaba la tierra. El padre llevaba las oficinas, los Bancos, el Servicio Naional del Trigo y el hijo, subido en un tractor, hacía las labores de la tierra y no se cansaba de labrar, de regar y de cosechar.

Domingo, el padre, tenía dos hermanos, el mayor se llamaba Mariano y era un gran labrador, pues le compró a mi amigo Gabarre de Pueyo, la casa en que toda su vida trabajó él. Por cierto,  me acuerdo que en una ocasión, vino a ver a mi familia a Jaca, para la Guerra Civil. Yo era todavía un niño.

Acudía yo a vacunar las ovejas de Mariano, que pastoreaban algunos de sus numerosos hijos, pues tuvo,  entre hombres y mujeres doce. El trabajo del campo desgasta a los hombres, pues vemos como en las dos casas de Mora,  una en Fañanás y otra en Pueyo de Fañanás, los jóvenes se ocupaban de las tareas más duras y los mayores de la burocracia. Eso explica como han ido desapareciendo, los habitantes de los pueblos agrarios .El trabajo desgasta a los hombres y Mariano se murió, pero dejó en los que lo trataron un grato recuerdo.

El segundo hermano de los Moras se llamaba Maximino era un individuo grueso, siempre alegre y “saludador”. Siempre iba a Huesca desde Fañanás, donde vivía. Maximino no era labrador, aunque cultivaba un huerto y tenía que ir a la capital para ganarse la vida. Se le veía por los Porches y por el Tubo, donde negociaba unas veces con tabaco,  otras veces con leña e incluso con aparatos de radio. Los gobiernos no dejaban negociar con productos de otros países, como Andorra, pero él subía y bajaba de Andorra, donde compraba lo que le pedían, pues ahora, con la libertad de comunicación con el Mercado Común Europeo, lo que antes no se podía traficar, ahora está libre. De mayor ya  no podía hacer esos viajes tan pesados y ha tenido que permanecer en su casa de Fañanas,  donde ha muerto. Ya no nos encontramos por los bares del Tubo y uno se va encontrando más sólo en este mundo. Te vas dando cuenta de que careces de su amistad y de la de tantos otros amigos. No sólo se marchan los ancianos, sino también los jóvenes, pues Maximino tenía un hijo, que trabajaba  en  el  Icona  y era su alegría. Por desgracia, por un derrame cerebral,  murió antes que su padre. Yo conozco a su novia, que vive en Alcalá del Obispo, donde se va quedando muy sola, como en general todos los habitantes de aquellos pueblos. Menos mal que está acompañada por su hermana, casada con el panadero y confitero de la zona. Allí,  cuando iba con frecuencia, hablaba con ella, que se quedó muy triste y como acabo de decir, muy sola.

Volviendo a Domingo Mora, su hijo, gran labrador, no ha cesado de labrar durante muchos años, pero hace unos pocos,  como no tenían tierra propia, sino arrendada, usaba el trabajo para mover el dinero desde el Servicio Nacional del Trigo hacia los dueños de las fincas que Dominguito trabajaba. El tenía que conseguir el dinero para pagar los tractores, las herramientas y las reparaciones de roturas,  producidas por un trabajo tan duro como el de labrar. Se tuvo que ir Dominguito a trabajar a jornal, en autovías, en fincas y a cosechar. Su padre se hizo mayor y uno de los Hermanos Borau, con los que trató siempre, comprándoles abonos, le buscó un puesto en la Residencia de Ancianos de Almudévar. Tenía Domingo muchos amigos, uno como Borau y otros como yo, que iba a visitarlo y lo invitaba en los bares de Almudévar, para que no se sintiera sólo. Domingo Mora era un hombre muy sensible, tanto que a veces al recordar tiempos pasados, se ponía a llorar. Yo me esforzaba en agradecerle los cafés y cervezas, a los que me había invitado en los bares de Huesca, pagándoselos en Almudévar. Se alegraba de verme por su retiro, lejos de otros ambientes pasados. La última vez que fui a verlo, me llevé un disgusto enorme, porque me dijeron en la Residencia que Domingo Mora, había muerto. Ya no he vuelto más por esa Residencia. “¡Soledad, soledad, mustio collado!”. “¡Como se van los tiempos para no volver!”. “Cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer”, como le pasaba a Domingo Mora.

viernes, 20 de abril de 2012

Recuerdos de Fañanás

Vista aérea de Fañanas

Fañanás, que vives a las orillas del río Guatizalema, como Siétamo y entre ambos pueblos, bajando la meseta de los Planos, repartida entre los dos, todavía se aprecian restos del muro sobre el que se apoyaba una iglesia; ésta presidía  ese pueblo de Abrisén como una atalaya, desde la que se divisaba la llanura en la que había entrado el río Guatizalema. ¡Abrisén, que recuerda  el uso de las aguas, en sus orillas, por donde los hombres las sacaban, para regar sus campos y las mujeres para lavar las ropas! .Y ahora, con la presa de Abrisén, con acequias nuevas, para conducir el agua y es que  los de Fañanás se cuidan del aprovechamiento del agua. ¡Dios mío, qué visión se divisa desde el punto en que se asentaban las casas, al lado de la Iglesia!. En primer lugar se divisa la Ermita de Bureta, que parece un monasterio elevado sobre un tozal y presidido por la santa Madre de Dios y de sus hijos, los que habitan en el pueblo de Fañanás. Acudir en romería a visitar a la Virgen es un recuerdo imborrable para el qué alguna vez ha acudido y una señal de su fe, en aquellos que cada años han acudido y siguen acudiendo a contemplar a su patrona. Primero impresiona el ver a una Virgen tan bella y tan adornada, después uno admira la veleta donde un hombre está dirigiendo un arado, tirado por una pareja de bueyes, a los que guía una mujer. ¡Oh, la mujer y el hombre, unidos por hacerse felices mutuamente y educar a sus hijos!.Yo, en Fañanás, he conocido muchos ancianos y ancianas, que eran trabajadores y  piadosos y más tarde he tratado con jóvenes, que han seguido su ejemplo por la vida, en este mundo. Cuando uno sale de la ermita contempla la casa, que refugió durante muchos años a los santeros de la ermita y hoy invita a los peregrinos a encender el fuego en su hogar para calentarse y para asar sus alimentos. Después sobre la placeta que mira a Fañanás se alza una cruz de piedra, que ha rescatado el pueblo de los que quisieron destrozarla. Desde allí se ve el  pueblo, con su monumental Iglesia, que parece reunir en ella, los misterios de la tierra, en cuyos fondos quedan restos de monumentales bodegas, de las que los fañanenses, meditando, elevan por medio del templo a la torre, donde suenan las campanas, que alegran los corazones en los días de fiesta y recuerdan la vida eterna, en los de entierro.
 Al recordar esta situación privilegiada a las orillas de un hermoso río y protegidos por la Virgen de Bureta, comprende uno porque este pueblo no puede desaparecer y se alegra al ver las numerosas edificaciones que en él se hacen para que nunca esté sola la Virgen y sus hijos.      
Os he recordado en mi libro y por eso quiero felicitaros con motivo de la Navidad o Nadal, como decían nuestros antepasados, deseando que seáis muy felices y que conservéis esas sanas costumbres, que durante tantos años habéis practicado.

jueves, 19 de abril de 2012

OLIVITO Y OLA

Restos de una construcción de Olivito

Hay personas, unas aragonesas y otras procedentes de esta zona aragonesa, que se apellidan Olivito. Todos queremos saber de donde venimos y a donde iremos a parar o a vivir eternamente. Yo soy nacido en Siétamo y siempre ( mi pequeño siempre) he conocido los campos que en otros tiempos formaban parte del desaparecido  pueblo de Olivito. Y yo observaba que en un campo, que se encuentra debajo del principio de la carretera, que baja desde Siétamo hasta Caspe, pasando por Alcalá del Obispo, Argavieso y Novales, donde se une con la carretera Huesca a Sariñena, se encontraban trozos de  mosaico, y partes de objetos de barro, destinados a utilizar en las casas de aquel entonces por las familias. En dos veces, encontramos con mi vecino y amigo Carmelo Puyuelo, ya difunto, las dos piezas de piedra, de forma redonda, de un molino de mano, que en tiempos primitivos, usaban para moler cereales, para hacerse el pan con que se mantendrían. También molieron bellotas, pero no creo que con este molino tan pequeño, se pudieran triturar. En ese campo, me parece, que  estuvo asentado el pueblo o más bien aldea de Olivito, porque está al lado  del camino o más bien cabañera, por su anchura, que baja desde Siétamo hasta el Barranco de La Ripa, para subir después a la meseta del Saso, que por el Este limita con Ola, con el Monte de Monflorite y con el monte de Tierz. Quedaba Olivito encima del Barranco, como se conoce ahora a este río poco caudaloso, que tiene otros dos nombres, uno de los cuales es río Botellac. Viene de Bandaliés, cruza la Carretera General N-240, donde acababa el monte del pueblo, también desaparecido, de Quinto, baja después por el hoy monte de Siétamo,  antes de Olivito, para pasar por Ola, donde se ven dos cauces, porque en el siglo XVIII,  se desvió el barranco debido a unas enormes tormentas. Por la cabañera o camino que va de Siétamo al Saso, se ha levantado y se contemplaba, hasta hace unos seis o siete años, en el límite entre dicho camino y el solar,  un poco más elevado de Olivito,  una pared pétrea, muy bien levantada,  pero que al recibir Domingo Borruel la finca de Olivito por la Concentración Parcelaria, optó por derribarla. Era una buena tierra, llana y encima de ella todavía queda un pequeño tozal, poblado de carrascas, donde yo creo que estuvo situado Olivito. Con el arado redujo el pretendido solar, pero todavía se puede, sobre él, reflexionar de la larga historia de tan pequeño pueblo. Cuando se llega por la cabañera al fin, entonces de la pared de la finca, al lado del Barranco, he bebido varias veces agua en un manantial, que surgiendo de la pared, desaguaba en el Barranco. Aquella fuente no era fija, como tampoco el curso del Barranco,  que unas veces se desbordaba y otras en cambio se secaba. Mirando desde el valle, al Norte, se contempla el Monasterio-Castillo de Montearagón, cuyas campanas, cuando las hacían sonar, se escuchaba su sonido desde Olivito.Al Sur se encuentra Ola, al Este unos prolongados y elevados tozales, que acogen, al otro lado,   a Siétamo y al río Guatizalema y por el Oeste se eleva un Saso, del que Olivito tenía su parte.

El cauce del Barranco es un tanto profundo y de sus orillas se desprende de vez en cuando algún trozo de tierra arcillosa. Se nota que no hace muchos años el cauce del agua era más elevado. Y esta visión me la confirmó mi padre, diciéndome que esto ocurrió,  cuando en Ola se hizo en dos el cauce del Barranco, por una enorme tormenta que excavó mucha tierra. Antes regaban cuando bajaba agua, pero desde que ocurrió la enorme tronada, se ha hecho difícil elevar el agua hasta los campos,  para regar.

En la Historia de Aragón de Ubieto Arteta dice de OLIVITO, que es un despoblado cerca de Siétamo. Fue Lugar en 1495, perteneciente a la Sobrecullida de Huesca. ”En 1646 de encontraba en la Vereda de Huesca. En Marzo de 1099 Pedro I de Aragón dio al Monasterio de Mortearagón la iglesia de “Olevito. El 22 de febrero de 1389 era de Miguel de Gurrea”. “Fue fuego (1543); 1 fuego (1609); 1 fuego ( 1646). Después despoblado”. Se sabe que Ola estaba poblada por moros, que fueron expulsados por el año 1613. Se supone que lo mismo debió ocurrir en Olivito, donde al expulsar a los moriscos en aproximadamente los mismos años que en Ola. Estos  datos los da Ubieto  Arteta diciendo que en 1609, sólo existía en Olivito un fuego.

Pero fue por aquellas fechas con ligeras diferencias, cuando fueron expulsados los moriscos de Ola. ¿Se fueron marchando de Olivito sus habitantes antes de dicho año de 1613?, o es que ya Olivito estaba casi despoblado.  

Encima de la autovía romana, que de Huesca iba a Siétamo, se encontraba una casa de campo, en el antiguo término de Olivito y ahora en la partida del monte de Siétamo, también llamada Olivito. Se encuentra cerca del miliar sexto, antes de llegar al séptimo, que coincidía con Siétamo, cuyo nombre deriva del latín Septimus. Era de la familia de Emiliano Boira y su dueño, al acabar la Guerra Civil, vivió en Madrid, desde donde venía por Siétamo,  cada año. Cuando murió venía su elegante esposa. Fue destruida dicha casa y todavía se encuentra sus ruinas en la finca,  que compró Sebatián Grasa, que bajó de Salinas de Jaca, el antiguo, a vivir en Sietamo. Es difícil dilucidar si Olivito estaba al Sur de Siétamo, al lado del Barranco y con una fuente, como yo creo y como dice Ubieto Arteta, al lado de una vereda.  Yo creo que Olivito estaría mejor con su barranco,  con el que regaría y con su fuente, además muy cerca del pueblo de Ola, que parece ser que algo tienen que ver entre sí, la raíz de Ola y la de Olivito. En el Pirineo por el río Gallego, se encuentra Oliván, cuyo nombre también tiene que ver con los de Ola y Olivito.

En la provincia de Huesca se ha hablado el vasco, el latín, lenguas visigóticas y árabe. Entre otras terminaciones de las palabras, se encuentran las de eto-eta, unas veces y en ocasiones se transforma eto en ito; y yo he experimentado en la Sierra de Guara, encima de Siétamo, que al Fragineto lo llaman también Fraxinito.   

Se llama antropónimo el nombre de una persona al cual se  añaden por ejemplo sus apellidos. Esto ocurre con el latín, pero no siempre las raíces de las palabras definen apellidos, por ejemplo Ola es el nombre de pila de Olit, Olite, Oliva, Oliván Y Olivito, que no corresponde a un apellido, sino que en vascón significa herrería. En el Valle de Echo se encuentra un nombre de Olidola, en que –ola en lugar de empezar la palabra, la termina, empezada por –oli, que es el comienzo de Olivito. En vasco se encuentran palabras que empiezan por Ola, como Olabarría y otras que acaban por –ola,  como Esnaola. Con Olivito parecen tener relación los nombres de Olit, Olite, Olive, Oliván.

Son muchas las palabras, que en la Provincia de Huesca acaban en –ito  o en –eto, por ejemplo Nocito, Aineto, Cercito, Cheto y Echeto y Fragineto, según unos o Fraixinito,  según otros.

Fraxín es una planta, pero yo ignoro los nombres adjudicados a las demás palabras. Tú,  que te llamas Olivito, busca con paciencia y constancia el significado exacto de tu apellido.

miércoles, 18 de abril de 2012

OLIVITO

Castillo Monteragon

Los pueblos o más bien las aldeas, palabra poco usada en la provincia de Huesca, van desapareciendo poco a poco. Recuerdo como antes, es decir ya hace unos años, siempre que ibas por el monte, te encontrabas a hombres que estaban limpiando una acequia, arreglando una pared, poniendo montones de tierra sobre los que colocaban una piedra blanqueada, para que los pastores no dejaran entrar a sus ganados en aquella finca; había personas, unas eran hombres y otras mujeres, limpiando balsas, cogiendo almendras, apaleando carrascas para recoger bellotas, otros estaban apacentando dos o tres cabras con algún cordero, de modo que si a alguno le pasaba algo desagradable siempre había alguien que lo encontraba y le auxiliaba. Era muy frecuente encontrarse carros arrastrados por mulas o burros cargados ya con cargas que se habían recogido en el monte o llevando el peso de su dueño o de su dueña.  En cierta ocasión Isidro Artero fue‚ a cazar a los tozales de Valderrey y se puso a observar los animales a los que quería cazar sobre una peña, cuando de repente la roca se rajó y cayó hacia abajo arrastrándolo; allí quedó prisionero, pero en seguida llegaron personas de varios lugares próximos que le ayudaron y salvaron su vida.  Ahora, en pocos años, los jóvenes se han ido y los viejos también se han marchado a la capital, a vivir en un piso o en una residencia, pero otros se han despedido no sólo de su pueblo y de su monte, sino de esta vida. 

A veces voy a un pequeño pueblo, que está  cerca del mío, doy una o dos vueltas para ver a alguien y conversar con él, pero no sólo no lo veo, sino que no veo a nadie más .Sin embargo, como el pueblo está  cerca de la capital, está  bien conservado, con las casas arregladas y con varios chalets nuevos, pero en el fondo este habitáculo te llena de melancolía, como si visitases un cementerio. Si en el mismo núcleo no te encuentras a nadie, en el monte todavía menos. Por no ver, no se ven ya ni conejos. Tal vez en la época de siembra o de recolección, pueda uno contemplar tractores y cosechadoras, conducidas por algún individuo que, muchas veces no es del pueblo próximo, sino de lejos.

Pero cuando uno repasa la historia, se da cuenta de que ya hace muchos años desaparecieron pueblos de los que sólo queda el nombre  y ya nadie se acuerda para  nada de ellos. Por ejemplo, cerca de Siétamo estaba Olivito, nombre que todavía se encuentra en esta Villa, porque llamamos así a un término, que constituía su monte, como a su lado estaba el pueblo de Quinto, cuyo término pertenece hoy a Loporzano.   

El día l6 de Junio de l.64l, se juntaron los representantes de los pueblos de Loporzano y de Siétamo, los notarios de Huesca y los testigos y su‚ personalmente constituído  Pedro de Balz Aranzo procurador de la Villa Baronía de Siétamo, domiciliado en dicha Villa, nombrado por la Ilustrísima Señora Doña Ana Pérez de Almazán y Heredia, viuda del Ilustrísimo Sr. Don Martín Abarca de Bolea y Castro, Marqués de Torres, domicialiada en la Villa de Madrid.

"Las iguales partes, respective dirixendo sus palabras a nosotros dichos notarios, en presencia de dichos testigos, dixeron que por cuanto de común acuerdo, con sentimientos, voluntad de dichas partes...han reconocido los términos comúnmente llamados de Olivito, que est  incorporado en los términos de la Villa de Siétamo y los de Quinto, que está  incorporado en los términos del lugar de Loporzano".

Desde Olivito se veía el Monasterio de Montearag¢n y se escuchaba la campana que pregonaba el Angelus, además allí recogían a los ancianos y en San Martín de la Valdonsera a las ancianas y cuando llegaba una sequía como la actual, promovían una rogativa en la que sacaban la cabeza de San Victorián y a veces llovía antes de que la procesión regresase al Monasterio.

domingo, 15 de abril de 2012

Recuerdos de Joaquín Costa.-(1847-1911).


Navaja de Joaquin Costa para el duelo que no se realizó.

Cuando en varias ocasiones, subía desde casa Almudévar de Siétamo,   a visitar como veterinario a los ganaderos de Graus y de su zona, que se suministraban de pienso para alimentar a sus animales, me encontraba dirigiendo aquel comercio, a don José Vilas,  hombre de gran humanidad. Con él,   hablábamos de los encantos de la Ribagorza, desde los artísticos edificios de la Plaza Mayor con sus porches y sus fachadas policromadas, que hacen reflexionar en la nobleza de esta tierra. Ya en uno  de los citados edificios, vivió   el famoso Bardaxí, casado con la única hermana de los sabios hermanos Azara de Barbuñales. Fueron amigos del Conde de Aranda, que tenía el Palacio en Siétamo y que, cuando iban a Huesca desde Barbuñales, entraban a visitarlo  a él o a su familia. En mi casa de Siétamo, está al lado del escudo de Almudévar el de los Azara. Algo debe guardar Graus por ser la capital de la Ribagorza, donde se hablaba y todavía se habla en la dulce lengua Ribagorzana. Hasta Joaquín Costa la amaba y se expresaba con sus paisanos y vecinos en esta lengua. En su entorno se alza la Iglesia de San Miguel, cuya presencia en las alturas,  impone un respeto y una admiración. En su interior se venera un Santo Cristo, que San Vicente Ferrer en 1415, donó a los grausinos, después de pronunciarles sus sermones. Por cierto que el jesuita Baltasar Gracián, uno de los literatos mejores de España, estuvo desterrado en Graus, ”sin pluma y sin papel” por los jesuitas, por firmar la tercera parte del Criticón, con un nombre cambiado. Pero   yo creo que no le parecería mal aquel vivir en esa hermosa y dulce tierra, porque en ella, además del Santo Cristo de San Vicente Ferrer en el aspecto espiritual,  se producían las deliciosas trufas, se embutían metros y metros de longaniza y en las casas preparaban platos deliciosos, como las chiretas montañesas y el bacalao con patatas. En esta tierra ha lucido el arte de Baltasar Gracián y  la devoción de San Vicente Ferrer. Los grausinos, hacen bailar a sus danzantes y se acuerdan de las personas desgraciadas como la del “Furtaperas”. Este era un muñeco, que representaría a algún miserable del pueblo, que tenía que pagar las culpas de todos. Si, todos se metían con él, recibiendo las tortas que le pegaban, pero no se las daban de esas que en Graus se fabrican para las Fiestas. Eso ocurría por haberlo acusado de haberse comido una pera en un peral. Representa Furtaperas a una persona sin derechos, un poco como Sancho Panza. Todo lo que he citado resalta el ambiente de Graus, pero la estatua de Joaquín Costa, instalada cerca de la confluencia del río Esera con el Isábena, impresiona al visitante porque la personalidad que esa estatua representa, a un gran señor, que parece dirigirse a las tierras, que él soñó contemplar verdes, en toda la provincia de Huesca, regadas con las aguas, que bajan a  su lado, de los ríos Esera e Isábena, con el ideal de redimir a las gentes, incluidos los “Furtaperas”.   

Costa en aquella tierra, tenía una visión muy clara de las necesidades de España, pero más concretamente de las de la Provincia de Huesca, en que al alcanzar hacia el Sur el  Somontano, empezaba un desierto, que sin riegos no podía producir nada. Esto ya se lo vi y oí decir a  un compañero veterinario a un alto político. Esta observación,  varios  políticos la han tenido en cuenta, atendiendo los pensamientos de Costa, pero por desgracia no se han cumplido todos sus deseos sobre determinados pantanos y canales, por ejemplo el pantano de Biscarrués y los Riegos de Siétamo con las aguas del río Guatizalema, que ya están proyectados desde años anteriores a Costa. En Binéfar y por los pueblos cercanos, ahora gozan de unos regadíos hermosos, como en el Monte Rafales y otros muchos, que antes no servían más que para convertirlos en cotos de caza y pastos de invierno para las ovejas,  que bajaban los montañeses de los Pirineos. Cuando éramos estudiantes de veterinaria, bajábamos a estudiar a Zaragoza con el veterinario prudente,  gran amigo mío,  allá por los años de 1950 y al llegar a Ontinar del Salz o a San Jorge, veíamos tierras sin árboles, en las que en invierno pastaban los rebaños de los montañeses y daba una impresión pesimista ver aquellos paisajes, solitarios, que ahora, parecen vergeles, como el monte de Pertusa o el de los Alberos, el Alto y el Bajo.

¡Cómo se nota la conversión de los sueños del “León de Graus”, que en su estatua  grausina, viendo los ríos Esera e Isábena, parecía bendecir, a esos antes desiertos convertidos hoy en día, en vergeles!.

 Este pasado año de 2011,  se han cumplido los cien años de la muerte de Joaquín Costa y Don Juan Carlos Ara Torralba, ha editado las “Memorias de Joaquín Costa”. Es un libro que supongo le habrá costado un enorme trabajo, acompañado por una revolución intelectual en  su cerebro.

Nació Joaquín Costa el año 1846, en Monzón y a los ocho años fue con sus padres a Graus. Durante su vida fue político, jurista, economista e historiador y con su enorme celo, entre otros, por el aprovechamiento del agua de los ríos aragoneses. ¿Se acordaría del desgraciado  Furtaperas para redimirlo, juntamente con todo el pueblo, por medio del agua, de las continuas emigraciones, sobre todo hacia Francia, pasando los Pirineos?. Era Don Joaquín Costa un gran lector, pues leía desde Julio Verne, con su afán por el progreso, como hace soñar en su obra “De la Tierra a la Luna”, hasta Chateaubriand. A Costa lo que le interesaba era, como dice Juan Carlos Ara Torralba, el   ”studium, en sí, el viejo Afán latino por aprender algo”.  A continuación:  ”…el estudio ofrecía a Costa una especie de muro protector para el solitario.  Cada medalla, cada mención honorífica suponían para Costa nuevas señales de su heroicidad, de ser distinto a los demás”. Costa conocía el  latín, el francés, el inglés, el italiano y el alemán, sin olvidarse del ribagorzano, como buscando con sus lecturas y conversaciones en estas lenguas alcanzar la gloria del conocimiento.

“Los libros suponen para él (Costa) un alimento cotidiano que conforma su voluntad e imaginación, a tal punto que no solamente lee “Infancias célebres”, sino que también anhela ser una de ellas….Para Costa los libros no tuvieron un carácter meramente instrumental: fueron un fin en sí mismos”. Pero dentro de su vida intelectual, Costa no cesa de sufrir, porque como dice Juan Carlos Ara, a propósito de su gran conocimiento del contenido de tantos libros: ”Ha elegido facción y actuará en consecuencia, en la firme convicción de que en breve, tras el fulgurante logro de licenciaturas y doctorados, ha de obtener, naturalmente, una plaza de profesor en la universidad. Pero esa naturalidad se esfuma con el retorno al orden del golpe de Estado de 1874. Costa se encuentra entonces ya no sólo desclasado, sino también descolocado”. Las distintas secciones políticas luchaban ya en España, como más tarde vimos en el año 1936 la Guerra Civil y en estos actuales tiempos de 2012, contemplamos como vuelve la ruina a nuestro Pais.

 Esto dice el escritor, pero hablando con el “joven” de noventa años, don Alfonso Buil Aniés, nacido en el viejo Palacio de San Román de Morrano, de los Señores de Aniés,  me dijo lo siguiente: ”Costa fue toda su vida un talento fuera de serie, pero rodeado de caciques, que no le dejaron alcanzar una Cátedra en la Universidad de Madrid. Se examinaba con el éxito de ser el número uno con sus notas, acompañadas con ideas nuevas. Acabada la oposición, los caciques en lugar de entregarle la plaza a Costa, se la daban a un amigo suyo. Por eso tenía mal genio o mal carácter, por verse siempre humillado, como el Furtaperas de Graus. Cuando fue a estudiar a la Universidad de Madrid, lo hizo provisto de ocho duros que había “amprado” su padre  y de diez más que un cura de Monzón le dio”. Por lo que se ve que en Monzón se le quería, por su familia y por los ocho años de niño, que allí pasó. Y me siguió el sabio, explicando los sacrificios que tuvo que pasar Joaquín Costa. Y digo sabio porque no hay más que dejarle despojar su cerebro e inunda de conocimientos al que lo escucha: “él pensaba que iba a tener suficiente dinero para estudiar dos carreras. Se presentó a los exámenes para obtener dos títulos y los aprobó, pero solamente recogió un Título, por no tener dinero para pagar el otro”. Alfonso me dijo que todavía, en Madrid se puede contemplar ese título perdido, en un centro de enseñanza del Título, que él perdió y que se guarda, para exhibirlo como un arma de la sociedad contra el pueblo. Pero  entre el pueblo hay personas que tienen fe en el prójimo y que lo aman, como el inteligente amigo, del que Alfonso no recuerda el nombre y que le ayudó, acogiéndolo en su casa madrileña.

En el año de 1879, “se le trasladó de Huesca a León, por una decisión de los diputados conservadores de la provincia”. Costa tuvo que renunciar a su puesto en la Administración de Hacienda, perdiendo “de nuevo un sustento, un refugium  real, un sueldo fijo que había logrado por oposición en 1875”.

El progreso de Costa se inició, como he comentado, en Graus, sigue en Huesca, donde uno se imagina a Joaquín Costa, entrando, saliendo y estudiando en el entonces Instituto de Segunda Enseñanza, instalado en el Palacio de los Reyes de Aragón, donde se cortaron las cabezas de los nobles, con las que Ramiro el Monje, compuso la Campana de Huesca. Se dirige después a Madrid.

 Para completar la gran meta de su progreso, en el siglo XIX, se va a París a visitar una Exposición Universal, desde la que “detecta el estado de atraso en el que viven Graus, Huesca y Madrid”. Sigue Juan Carlos Ara escribiendo: “Costa sale transformado de París; el recuento de la cena y los últimos días pasados en la capital francesa, es uno de los escasos estados de euforia mal contenida transcritos en sus Memorias. Nuestro hombre se siente por momentos reconocido, rodeado de sabios que ha llegado a tratar de tú en París, una grey bien diferente de la ralea de aprovechados y recomendados, que en su opinión engrosan la legación española”.

Se vio Costa rodeado de sabios y pasó unos días de felicidad, pero al volver a España, ya no encontró en ella tantos cerebros rebosantes de conocimientos y en Huesca,  en los años de 1877 a 1879, recordando el principio de su vida, reviviendo la ardua vida del campo, que le recordaba la triste vida del Furtaperas.  Pero Costa estaba dotado de la calidad de superdotado, pues como dice Cheyne,”estaba dotado de una inteligencia, cuya luz y poder inquietaban y turbaban. Antes de empezar a los 20 años el Bachillerato…Costa leía en Graus, Huesca y Zaragoza, sin olvidar los libros de París”. Sus pensamientos le dirigían a la “regeneración del mundo”, pues fue investigador de lo jurídico, de la historia, de la política y de la pedagogía, pero entre las gentes sencillas de la provincia de Huesca todavía es el profeta del aprovechamiento del agua en la agricultura, primeramente, y en la energía eléctrica.

Pero en la Huesca de 1877-1879, según escribe Juan Carlos Ara Torralba: “en contadas ocasiones, señaladamente tras episodios de disensiones y peleas, nos es permitido intuir el carácter extraño y agrio que Costa exhibe a sus cercanos”.

Alfredo Ortega Costa, en su trabajo “Costa, en el recuerdo de sus familiares”, escribe: “Mi carácter es tan fijo en su esencia como vario en sus manifestaciones. Generalmente triste, en algunas ocasiones festivo. Casi siempre modesto, a veces es orgulloso. Mi carácter se resume en estas palabras: enemigo de la hipocresía, de la injusticia, de la crueldad, del escándalo y el cinismo, violento y desconfiado por instinto y amante de la patria hasta el extremo de mentir y encolerizarme contra la razón misma”. Ocasiones de estar triste no le faltaron, como cuando perdió a su novia, la bella mujer de la familia de Casas”. Y perdió su ánimo festivo cuando sintió la necesidad de atacar a los defensores de la crueldad, del escándalo y del cinismo y por combatir esos vicios, se provocó “un conato de duelo con Antonio Gasós, por haber reprendido aquel (Costa), su comportamiento libertino a escasos días a escasos días de la muerte de la madre del autor de “Flores y espinas”.

No se llegó a realizar el duelo, porque el talento de Costa, hizo intervenir a sus amigos y Antonio Gasós le escribió una carta en1877, en la que hace la paz, diciéndole, para terminar, que besa su mano. Se llegó en aquella lucha a “punto de duelo”. Algo debió pasar en aquella ocasión obscura, pues José María Castán, Marino retirado, nacido en Graus y pariente de Costa y que vive en Huesca, me enseñó, un día de esta primavera del año 2012, una enorme  y bella navaja, que conserva en su domicilio de Huesca.

En Graus, a lo largo de la Historia, se van repitiendo los pensamientos sobre el bien y el mal. Costa leería El Criticón del aragonés Baltasar Gracián, que estuvo viviendo una temporada en Graus. En esa obra salen Critilo, naufrago en una isla, donde le salvó la vida el ignorante Andremio.  Baltasar Gracián en El Criticón explica “la relación que va a darse… entre Andremio, sólo, crecido en la Naturaleza, niño sin saber hablar aún, y Critilo, experimentado en la prudencia y mostrador de ella”. Critilo formó en la prudencia al ignorante Andremio y Costa, tuvo amigos, pero le influyeron de un modo gentes con “el carácter ficticio y engañoso que presidía la universal locura humana”. Aquellos fueron los caciques que le despojaron de una Cátedra en la Universidad de Madrid, a él que “con un corazón noble, intrépido y generoso”, leía libros y libros, pues necesitaba conocimientos para defenderse de unos y de otros.

Pasaron muchos años desde 1911, fecha en que murió Joaquín Costa hasta 1936, en que tuvo lugar la explosión de la Guerra Civil  y Angel  Samblancat, nacido en Graus, escribió  sobre ella con “la deformación esperpéntica de la realidad”. En su obra “Caravana nazarena”, va relatando el “éxodo y odisea de España, desde 1936 a 1940”.En mi artículo  “Samblancat de Graus”, escribí:  ”Yo tenía cinco años, cuando empezó la Guerra y con mi abuela materna, su hermana Rosa, mis padres y cinco hermanos, tuvimos que hacer la odisea hacia Francia por Jaca y Ansó, pero no hizo falta pasar la frontera”. Pero si que la tuvo que pasar mi paisano y amigo Antonio Bescós” alias “Trabuco”, que para la  Guerra Civil fue obligado por los “milicianos” a incorporarse en su ejército. Al leer  su obra  “Caravana nazarena”, narra como huyeron en masa todos los compañeros de Trabuco o Antonio Bescós, a Francia,  donde pasaron frío y hambre. ¿Quién tuvo la culpa de tales sufrimientos? Y contesta Samblancat  escribiendo “Yo acuso”, como víctima de aquel éxodo y odisea, en la que tomó parte, igual que sus enemigos políticos”. Según Samblancat, “el cambio de régimen no fue más que una especie de pasarse el cubierto y la servilleta un equipo de juerguistas con otro”. En mi artículo  “Samblancat  de Graus”, escribo: ”¡Cómo se olvidaron del progresismo de Costa!, pero Samblancat se  acuerda de Gracián citando en su obra, la “Crítica moderna” y  escribe: ”la guerra es el principio de todo mal” y atribuye  “al mal gobierno de la República el Alzamiento del 18 de Julio”.

Si se hubieran seguido los consejos de los residentes  en Graus: Costa y Baltasar Gracián, se hubiera cambiado la Historia de la Guerra, en una Fábula.

No todos los que vivieron en contacto con Joaquín Costa, fueron ficticios y engañosos con él, por ejemplo cuando el año 1872,en el mes de Julio, recibió una desesperada carta de su   anciano padre, el día 1 de Septiembre de ese año, fue con sus 25 años desde Madrid a Graus  a ver la situación en que estaba su familia: Al pasar por Huesca, no halló a Manuel Bescós Lascorz, padre de Silvio Kosti, primo hermano de mi padre, Manuel Almudévar Casaus pero conversó con su esposa Francisca Almudévar y Vallés.  Juan Carlos Ara Torralba, lo expone en la nota 528 de su libro. Conversó aquel día en la Fonda España y es de suponer que hablaría  de la triste situación en que se encontraba su familia. Ese día primero de Septiembre de 1872, llegó a “Graus a las diez y media de la noche…  encontró  a su padre “en la cama por consecuencias de los calores del día y  riegos de la noche, un hermano fallecido, una hermana sirviendo, mi madre envejecida y acabada, todos y todo en la miseria, apiñados en la mitad de habitación que tenían antes, de la cual los echa Pajazas este año”. ¡Qué situaciones tan trágicas y tristes vivió Joaquín Costa!. ¿Como había de tener un carácter bondadoso con la gente que se reía de él?. El día uno de Septiembre, Costa pensaba:”…cuando me quedé solo a media noche rompí a llorar desconsoladamente, considerando tanta miseria en contraste con mi  edad…y que yo hubiera podido arreglar todo esto si hubiera sido jornalero y con qué lejos de eso les había estado pidiendo duros y duros todo el año….no podía consolarme en la cama, me arrancaba el cabello de la cabeza, me escondía la cara en las manos como avergonzándome de mí mismo”.

Alfredo Castellón, repite las quejas de Costa en una obra en que dialogan “Costa viejo” y Costa joven”. Este último dice: ”Y tampoco me dejaron casar con la mujer de mi gusto. Mi afán por formar una familia se desvanecía y todo por … ”Continúa “Costa viejo”: el dinero, siempre el maldito dinero”. Hablando de negocios, dice “Costa joven”: “El negocio del orujo, como me temía, resultó un fracaso, aunque después de todo yo fui el mejor parado. Bescós me prestó 400 reales y regresé a Madrid”.

En relación con la amistad con mi tío Bescós, escribió Costa “El último Tirano” y el personaje “Costa joven”, preguntó :”Qué te dijo Bescós de ella?” a lo que “Costa viejo”, contestó : “ A Bescós le gusta más lo que escribí en juventud, “Justo de Valdediós” y más el tratado de “Poesía popular española”.

Desde este Septiembre de 1872, en que Costa sufrió tanto en su viaje a Graus, hasta el  17 de Diciembre de 1877, se ve como Costa sufre por su deseada prometida Concepción o Concha Casas, hija del Doctor Casas, que formaba en Huesca parte de una familia de gran prestigio. Escribe Costa: ”Hoy lunes he vuelto a ir a casa de Casas, he estado un rato a solas con Concha…..y me ha expuesto cual es el abismo(religioso) que nos divide; no he podido contener mi dolor, que ha estallado en amargo  y copioso llanto en presencia de “Concha. Joaquín Costa, el hombre que parecía ser de mal carácter, tenía “una sensibilidad extraordinaria y aquel mismo día escribió al Señor don Francisco Giner una carta en la que le pide consejo para recuperar a su amada Concha. Después de la carta,  escribe: ” Mañana va C. con su madre en un coche a la fiesta de Siétamo, casa de Almudévar (de donde es la señora de Bescós). Y Concepción, que  sufre tanto,  ¡se divertirá!”.

Al día siguiente, dieciocho de Diciembre de 1877, escribió.” A las cuatro, he ido a pasear a la carretera de Barbastro, por si veía volver de Siétamo el coche que había llevado a Concepción. ¡La cual acaso a aquella hora estaría todavía bailando!”.

Todavía se conserva aquel salón de baile, que se preparaba abriendo las puertas que separaban cuatro habitaciones y cerrando las de las alcobas. Allí acudían los parientes de mi familia, como los Carderera, Manuel Bescós Almudévar y sus padres, pues su madre era hermana de mi abuelo, doña Francisca Almudévar y Vallés y esposa  de Francisco Bescós Lascorz. Este último era carlista, y su hijo de ideas más liberales, como Costa. Por esas ideas no quiso el Doctor Casas, darle la mano de su hija Concha. En aquellos tiempos ya la política buscaba fastidiar a sus rivales. A Casas estuvieron a punto de embargarle sus bienes y  mi abuelo don Manuel Almudévar Vallés, tuvo que huir a Francia acompañado del confitero Vilas del Coso Bajo y creador de las famosas Castañas de Mazapán y de Viñuales de Liesa. El año 1936, le destrozaron gran parte de su casa y se le llevaron entre otras cosas, libros muy antiguos, de los que a Costa le agradaban.

Pero Joaquín Costa escribió es día 18 de Diciembre, día de la Fiesta Pequeña de Siétamo: ”Cristo perdonó a la Magdalena la pecadora porque había amado mucho, aun cuando fueran impuros sus amores, y C. no me perdonará a mí, a pesar de haber amado mucho y de haber sido mi amor tan puro como el de los ángeles del cielo…”.

Se acabaron las Memorias de Joaquín Costa, que comenzó a escribir en 1864 hasta el año 1878, pero en Enero  de 1880, en una de sus últimas su anotaciones, posterior a esas Memorias, escribe sobre la traslación de Costa a León, que Azara, Conde de Alcalá del Obispo, ordenó, por no haberle votado. Y el libro de Juan Carlos Ara, pone: ”El día que leyó C.C. en “La Provincia”, mi traslación, me aguardó vestida para salir en el balcón, sacando la cabeza solo; al verme aparecer frente a casa de Azara, bajó corriendo la escalera,  echose  a la calle, vínose precipitadamente tras de mí con acostumbrado rodeo, pero ,¡oh chasco!, solo le dije adiós. Creyó ella que era ocasión propicia de reanudar relaciones y además veía perderse la esperanza, con mi ida, de reanudarlas ya nunca más”. Tal vez perdiera C.C. la esperanza de unirse a Costa, porque se casó con un Juez de Jaca y se fueron a un País de Hispanoamérica. Allí murió la mujer amada por Costa,  en un sobreparto. 

La vida de los hombres y mujeres, sufre dolores y molestias y en las Memorias, siempre  se cruzan estas circunstancias. Lo poco que me han contado, varios individuos que han escuchado la bondad y el amor al pueblo ha sido sobre su fórmula: Despensa y Escuela y siete llaves al sepulcro del Cid. Por eso trataban como una traición a Costa, el desvío del Canal que éste quería para regar una determinada zona, porque un  dueño, no quiso que se regara su finca. Se acordaba uno de la cantidad de trabajo que procuró Costa con su Plan de Regadíos. Alguien me comentó como Joaquín Costa estuvo trabajando en el Monte de San Luis Alto, que se encuentra encima del Castillo de San Luis, donde un noble francés lo roturó para plantarlo de vides. El amigo de Costa, padre de Silvio Kosti, fue negociante de vinos. Aquella obra funcionó muy bien hasta que llegó la filoxera. Todavía se acuerda la gente de Costa, porque hoy me ha contado Antonio Timoteo, que una profesora del Instituto les preguntó a  los alumnos si sabían algún dicho de Joaquín Costa y su sobrino le contestó: “Nieve en los Pirineos, harina en los graneros”, dicho que concuerda con su lema que dice: ”Despensa y Escuela”    

Las penalidades que tuvo Costa que sufrir,  parecen convertirlo en un Nuevo Furtaperas de Graus, pues al viejo lo castigaron, como un perseguido por la sociedad por haberse comido una pera de las ramas de un peral. Conservan los grausinos a este buen hombre, como una rebelión contra la injusticia, que se ha hecho con los pobres, durante muchos siglos. Pero Joaquín Costa puede ser un Nuevo Furtaperas, de familia pobre, perseguido por el caciquismo y que tuvo que recibir dinero de su padre,  que tuvo que pedirlo prestado y que él siguió con préstamos de sus amigos, pero así como el Furtaperas viejo, faltó al pueblo por quitarse el hambre, comiendo una pera, este Grande y Nuevo Furtaperas, las pasó mal,  con el fin de obtener alimentos para todo el Pueblo. Su lema siempre fue Despensa y Escuela.

El altoaragonés que mejor me ha informado de Joaquín Costa, se llama Alfonso Buil Aniés, nacido en San Román de Morrano, al pie de la Sierra de Guara, debajo de la Cueva de Chaves y de la Gruta de Solencio.  Tiene noventa años de edad, luego él no conoció personalmente a Joaquín Costa, que murió el año de 1911, pero recibió la forma de ser del mismo, de su padre, don Ramón Buil Calvo, nacido en el Palacio del Señorío de Aniés. Fue este Jurado Mayor de los Bosques de la provincia de Huesca, amigo íntimo de Costa desde 1900 hasta su muerte en 1911, en que murió este aragonés tan ilustre. Su apellido y título de Señor de Buil, le venía del Vizconde del Bearn, que participó en la conquista de Almudévar y de Zaragoza, fundando en España los pueblos de Biel,  Santa María de Buil y en Valencia Manises y dos  más.

 Hemos considerado las Memorias de Joaquín Costa, pero desde aquellos últimos años del siglo XIX y primeros del XX, estaba retenido en su casa de Graus por una enfermedad, progresiva. Debido a su carácter difícil y arrogante,  que él mismo había radiografiado en su “Nosce te ipsum”, en 1868, conservaba ya pocos amigos en su soledad. Tampoco él quería recibirlos, porque algunos periodistas subían por los tejados a ver si podían ver al Gran Costa. Pero, sin embargo siempre recibía a dos personas queridas por él, tal vez porque amaban mucho la Escuela y la Despensa del Alto Aragón. Estos fueron Ramón Buil Calvo, del que ya hemos escrito y Calvo Blasco de Alquézar, empleado en Montes. Con ellos hablaba de Aragón y decía que si no se llevaba a cabo el Plan de Riegos, sería un país de emigrantes, como ahora lo es, quizá por no haber completado todos los riegos y por aspersión de todos los ríos. Si creaban todos  los  pantanos y canales de sus numerosos ríos y aprovechaban la nieve que cubre los Pirineos, podía Aragón ser el país más rico de España. Decía que Aragón tenía en general un buen suelo y más ríos que otras provincias de España y recogiendo la nieve del Pirineo, con sus aguas se podría generar energía eléctrica y no arrojarla al Mar Mediterráneo. Añadía que si Aragón se regara todo, produciría diez veces más que otras regiones españolas. Se conoció don Ramón Buil Calvo con Costa porque leía los artículos que este publicaba, y le escribió felicitándolo y Costa lo invitó a ir a su casa de Graus. Aumentó la amistad porque Ramón Buil Calvo era un auténtico Señor, que en el siblo XIX, ya hacía criar a sus ovejas cruzadas con otra raza, dos corderos por oveja en un mismo parto. Estos proyectos de agricultura y de ganadería, llenaban de entusiasmo a Costa y nunca le negó la entrada en su domicilio a Ramón Buil Calvo.

Hemos visto como el pueblo está informado de las doctrinas de Costa; los niños a través de sus abuelos, otros más mayores de sus padres y Alfonso Buil Aniés, con sus noventa años, aunque Costa murió antes de nacer Alfonso, vivió con su padre Ramón Buil Calvo, con el que convivió muchos años. Cuando se combatía en la Guerra Civil, estaba Ramón Buil Calvo enfermo y Alfonso Buil Aniés, le sembró con sus doce años todo el patrimonio. Se puede llamar información directa la que recibió Alfonso de Joaquín Costa, a través de su padre Ramón Buil Calvo. Es Alfonso un hombre inteligente, amigo de los libros, pues en uno de sus viajes a Alemania, le llamaron la atención, unas enciclopedias, que se las trajo a España y ahora tiene registrados cerca de cien aparatos industriales.  

Alfonso tiene una memoria prodigiosa y hace unos días me dijo lo siguiente: ”Tenía genio, Joaquín  Costa,  un genio que era natural que lo tuviera, porque en las Oposiciones para sacar una Cátedra en la Universidad de Madrid, y sacando las mejores notas, lo dejaron sin plaza y se la dieron los caciques a sus compañeros y socios”.

Tenía un corazón sensible y tenía el corazón en la mano, a los niños los amaba mucho, como si fueran suyos. Siempre le decía al padre de Alfonso: ”estos niños son el porvenir del País y si se educan bien, tendremos un hermoso porvenir”.