martes, 31 de diciembre de 2013

Roberto Pérez Almudévar


Mi primo Roberto, ya ha llegado a una edad, que recuerda la eternidad, porque ya ha alcanzado los ochenta y nueve  años de edad. Al entrar en su casa, lo primero que he visto, ha sido un enorme libro de 1865, que heredó de su padre y Roberto ha depositado sobre un atril. ¡He visto cómo Roberto apoyaba su eternidad con la obra de Dante Allhigieri, escrita por los años de 1304 !. Sí, porque la obra trata del Infierno, del Purgatorio y del Cielo y es una de las más famosas de la literatura italiana y de la mundial. Se encuentran entre sus folios, unos dibujos impresionantes, de escenas eternas del Cielo, del Infierno y menos del Purgatorio, que fueron creadas por pintores de fama universal, entre los que se encuentra, en ediciones modernas, el español Dalí. Son dichos cuadros de un color oscuro por haberlas transmitido con láminas de plomo. Esa oscuridad hace crecer el respeto a la eternidad, como repartirían algún grado de alegría, si se hubieran conservado en alegres colores.
Cuando veo a Roberto, contemplo  su figura humana  y me quedo admirado, reflexionando sobre  un hombre, que por su edad, cuando se encuentra ya próximo a la otra vida, te habla con entusiasmo de la vida que ha vivido, amando el deporte, el turismo altoaragonés, desde los pueblos del Pirineo, hasta los Monegros, con el Monasterio de Sigena y la Cartuja de Lalueza. Si algunos al escuchar sus vivas palabras, tiene alguna duda,  sale de ella, al coger en sus manos paquetes de fotografías, que te hacen ver los verdes prados del Pirineo y sus altas montañas, hasta los desiertos de los Monegros, que sus parientes los hermanos Almudévar, han colaborado con otros soñadores, inspirados por Joaquín Costa, en la colonización de unos regadíos apasionantes.
Pero Roberto no amaba solamente su tierra altoaragonesa, sino que volaba con sus conocimientos por todos los países del Mundo. Y ¿cómo realizaba ese sueño de visitar lejanas tierras?. Sencillamente, porque vi un archivo enorme de álbumes de sellos de correos y al repasarlos,  aparecen ante mis ojos, los reyes que quedan en el mundo, los gobernantes democráticos y los caciques que dominan a muchos millones de seres humanos, en unos paisajes verdes unas veces y otras desérticos. Roberto ha soñado durante su larga vida, conseguir la felicidad de aquellas gentes, que vivían y morían y ha pensado en la instalación de industrias, que aliviaran sus vidas. Él se da cuenta de que no ha llegado a ser total todavía, el progreso material y espiritual a este mundo y cuando abre el libro, que le dejó su padre, con los impresionantes dibujos del Cielo , del Infierno y del Purgatorio, contempla las figuras celestes, como las de los condenados al Infierno, comentadas en verso  por  Dante Allighieri. Dante entonces,  como ahora Roberto, a veces sentían tristeza al observar  aquellos demonios cornudos y con colas colgantes,  que todavía hacen sufrir a los humanos. Y Roberto Pérez, expone para sí mismo y para los suyos “La Divina Comedia”, sobre un atril, para contemplar la comedia del Mundo, en la que también él, actúa.
Pero Roberto, no sólo no ha abandonado, la “Divina Comedia” sino que allí lo encuentras, observando aquellos oscuros cuadros, que le hacen reflexionar. Pero él, con su figura optimista, dotada de un bigote que lleva sobre su labio superior, desde los dieciocho años de edad, pronuncia sus palabras y yo  escucho, a través de ese filtro bigotil, historias que hacen vibrar a su mostacho, y después de él, conmueven  los sentimientos del  corazón de su esposa, de su hijo, de sus sonrientes hijas y de sus nietos y nietas, cuyos retratos pictóricos, cuelgan en el luminoso salón de su domicilio.
Pero yo, no sólo he sentido esos sentimientos de la vida ordinaria,  sino que durante la Guerra Civil, al mismo tiempo que Roberto, sentimos las miserias de las luchas y de las muertes de nuestro parientes, los Vallés. ¡Cómo recuerdan los dibujos del Infierno y del Cielo,  el martirio que sufrieron  nuestra pariente, madre de Jesús Vallés Almudévar y de su hijo Luis,  hermano de Jesús, que fueron fusilados, en la carretera, cerca de Bespén, por individuos infernales, como los que escribió Dante en la “Divina Comedia”, en cuyo libro se pintaron dibujos terribles de los demonios del Infierno, queriendo apartar del   Cielo a los seres humanos, hijos de Dios, como los Vallés de Fañanás.                                                   
El padre de Roberto era un hombre que tenía en cuenta los dibujos de Dante y amaba el trabajo, pero no actuaba como aquellos antiguos, que esclavizaban a la gente para producir riquezas para ellos o como aquellos dictadores en el Oriente de Europa, que  obligaban a trabajar a los obreros, horas y horas, para extender sus ideas por el mundo. Los países civilizados estimularon el deporte para equilibrar el trabajo con la salud y Don Roberto estimuló en su hijo, la práctica del deporte y Roberto,  hijo, cultivaba el amor de sus antecesores, es decir de su padre y de  su madre, inclinándose al Baloncesto, deporte que llegó a amar, como amó las riquezas de la Naturaleza. Y así como guardaba las fotografías de los paisajes y rebaños montañeses, tiene expuestas, en un espacio, encima del libro sagrado de Dante, las medallas que ganó en su deporte favorito. Esas medallas son muchas de ellas, de oro y de plata.
Yo recuerdo, cuando era niño, como acudía al Parque del Deporte de Almazán, a verlo lanzar pelotas en  el aro de sus rivales. Pero Roberto conserva  sus  recuerdos con figuras de todas las actividades de las que ha sido protagonista, y de todos los paisajes que ha visitado por el Mundo. En primer lugar me ha dejado admirado al contemplar esas medallas de oro y de plata, que son símbolos de los triunfos deportivos, que obtuvo para él mismo y para el Deporte Oscense.
Pero, como he dicho, era y sigue siendo, un admirador de la Naturaleza y no se conformaba únicamente con aumentar el número de los partidos que ganaba con sus compañeros, en el Parque del Deporte, sino que siempre que podía, con su coche viajaba con Laliena y otros numerosos amigos y recordaba su vida con fotografías extraordinarias, que todavía conserva muy bien ordenadas en sus archivos y que son, como su imagen, recuerdos de la eternidad. Porque, observando esas fotografías, se da, el que las mira, cuenta de la belleza de aquellos bosques y prados verdes, que pueden convertir a los que los examinan, en niños que se sienten con las numerosas mariposa que los gozan, igual que pequeñas partes de esa Naturaleza. Me dice Roberto, que muchos de esos paisajes han desaparecido, con lo que a mí, me queda la convicción de que él es un conservador de la Naturaleza, tal vez eterna. Este conservador, a pesar del disgusto de contemplar las ruinas de aquellos pueblos y aldeas, siente en su corazón que resurgirán, con la esperanza de una  resurrección del Alto Aragón, porque él ha visto y ve con sus propios ojos, como a pesar de haber caído edificios de noble figura, ahora se da cuenta de cómo muchos resucitan, porque son  reconstruidos  por personas, que sienten y han sentido sus mayores, y otros por la gigantesca belleza que les ha hecho gozar de su Naturaleza.   
 Muchos de los que vivían en aquella Montaña, han reparado sus casas y peregrinan a ellas, como un señor del pueblo de Sarvisé. Allí nació y estuvo hasta los catorce años, que lo llevaron a Huesca a estudiar. Se hizo Périto Agrícola en Pamplona y después ejerció su carrera en Lérida,  en Madrid y en Extremadura. Se jubiló hace escasos años y vino a Huesca, para ayudar a sus hijo e hija y a sus nietos, pero todos los fines de semana, peregrina acompañado por su esposa a Sarvisé, a la casa donde murieron sus padres. No los pueden ver en su casa natal, pero todas las semanas van a visitarlos al cementerio de Sarvisé. Este caballero es uno de tantos, de los que han arreglado sus domicilios montañeses, igual que otros que los han levantado, para hacer resucitar sus amadas tierras pirenáicas.
Muchos de los que se fueron o expulsaron, como los vecinos de Jánovas y La Velilla , a orillas del río Ara, no han podido aguantar el dolor que les produjo el abandono de tales pueblos tan bellos y tan puramente representativos del Sobrarbe. Pero también hay franceses que saben que los Pirineos eran un País, que dividieron las guerras en el Norte para los franceses y el Sur para los españoles, y algunos de ellos del vecino Bearn, que participaron en la conquista de Almudévar, de Zaragoza y de Valencia, que se encuentran muy bien en el Sobrarbe. Ahora ya no están separados políticamente, pues ambas partes son Europa. Pero están divididos por que el Ferrocarril de Canfranc, sigue destruido,  en tanto en Cataluña y en Vascongadas, circulan los modernos trenes. Pero hay aragoneses y franceses, que aunque no pueden restaurar toda la línea desde Canfranc hasta Pau, están restaurando la Estación Ferroviaria de Canfranc, que hace soñar a los aragoneses, los viajes que en tiempos pasados hacían, unos comerciales y otros sentimentales.
Otros europeos, como los holandeses, se complacen en el terreno de los Pirineos y sus Sierras, como los que compraron la casa de nuestro pariente Mosen Jesús Vallés Almudévar, en Castilsabás, donde viven dichos holandeses.
Pero no sólo se han preocupado los aragoneses de la comunicación ferroviaria a través de los Pirineos y su conversión en una zona rica, sino que el portugués Pascual Madoz, en los ya lejanos tiempos de 1845 al 1850, escribió que el río Ara, es diferente a todos los demás ríos montañeses. Largos kilómetros  de este río, carecen de puentes, por los que cruzarlos. En cambio en zonas más llanas, como cerca de Albella, donde hay una ermita dedicada a San Urbez, parece que las aguas imitan a las de las llanuras, pues corren mansamente. Escribe Pascual Madoz que “al impulso de sus aguas, se mueven las ruedas de molinos harineros y batanes; también se fertilizan, con ellas, que podían aprovecharse a poco coste, abriendo acequias y haciendo grandes praderías, para lo que es a propósito el terreno de sus inmediaciones, y con ellas un país ameno y fértil, el que hoy es ácido y miserable”. En aquellas aguas, crían abundantes truchas, barbos y anguilas.
¡Roberto!, nuestros recuerdos son muy limitados, pero la Historia nos hace leer, situaciones en las que intervinieron nuestros padres. José Almudévar Altabás, pertenecía a la familia Almudévar de Barluenga y por el año de 1805, se casó en Siétamo con Francisca Escabosa y Azara. Los Azara de Siétamo eran parientes de los Azara de Barbuñales y amigos del Conde de Aranda. Este poseía en Rodellar un terreno escabroso, apto para el pastoreo de las ovejas y nuestro antepasado, de Roberto y mío, arrendaba sus pastos al conde y por tanto subía y bajaba a Rodellar, con frecuencia. Y aquí es donde el sabio Pascual Madoz, nos revela lo que José Almudévar, veía en la Fuente de Mascún. “Se cree con bastante fundamento que de la Sierra de Jánovas, se filtra por entre grandes cavernas, que en ella se descubren y da origen a una nombrada fuente, que nace en el Barranco de Mascún, al pie de la Sierra Guara…Cuando crece el río Ara, la expresada fuente aumenta el caudal de agua, que en ella brota y cuando las avenidas del Ara, arrastran hojas de haya, la fuente presenta las misma hojas”.

Desde Siétamo se ve muy cercana la Sierra de Guara, y así como nuestro antepasado contemplaba las hojas de haya, que traían las aguas del río montañés, ahora son las hojas fotográficas archivadas, que ha multiplicado Roberto, las que pueden unir dar fuerza al Alto Aragón, para comunicarse con el Pirineo Francés, con el ferrocarril.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Los juguetes de Eduardo Naval Blasco




Eduardo es un caballero, de pelo cano, pero con una ilusión en su corazón, que le ha obligado durante toda su vida, a admirar, amar y jugar con los juguetes. No podía ni quería acabar con ninguno de aquellos juguetes, que le habían causado placer y que habían  desarrollado su inteligencia. Y sus juguetes, ya antiguos, siguen viviendo a la vista del público, al que causan admiración y respeto por sus formas, parecidas, pero no iguales a los juguetes de plástico que hoy, durante las Fiestas de la Navidad, llenan los escaparates y los grandes almacenes. Son, como acabo de decir parecidos a los juguetes de ahora, pero no son iguales, como Eduardo Naval también es parecido a sí mismo, cuando era un niño,  pero ya no es igual y entonces estaba atraído por el juego y hoy está enamorado de sus recuerdos de tantos juguetes, como han pasado por sus manos. No pueden los juguetes que eran admirados en el Salón, ser iguales a los de ahora, porque su colección abarca desde 1900 hasta 1960. Impresionan algunos rasgos de tristeza en las personas que los están admirando, entre otras causas porque la materia primaria con la que se construían aquellos dichos juguetes, no era la misma que la que se utiliza en la actualidad. Otras, aquel tranvía, que me recuerda los de Zaragoza, cuando yo montaba en ellos, pero ya no funcionan, sino es en el recuerdo de sus ruidos característicos. Sus restos, convertidos en chatarra, han servido para fundirlos y emplearlos en otras piezas metálicas, pero el juguete que lo representa, da a mi memoria el recuerdo de sus ruidos, de su marcha y de los sueños de libertad, que nos  hacían a los estudiantes, colocarnos unos en cada extremo del tranvía y con el peso de nuestros cuerpos, lo hacíamos que se levantara la parte delantera del tranvía y a continuación, la parte trasera. El cobrador nos hacía ver el peligro que podría causar aquel acto un tanto revolucionario. Por un lado yo, al contemplar el juguete tranviario, me alegro al ver en él,  mi juventud buscando la libertad, que entonces nos faltaba muchas veces, como ocurre ahora, a los ciudadanos, hartos de pagar, por ejemplo el aparcar en nuestras calles, según nos dicen, cuando habiendo espacios inmensos en algunas de ellas, no  crean esos aparcamientos, para esclavizar a los ciudadanos.

Al ver aquel juguete tranviario, se mezclan en mí, los recuerdos alegres con los tristes, de la misma forma que el pequeño tranvía, me recuerda al ver sus manchas oscuras por la oxidación de sus superficie, el paso de los años,  no sólo por él,  sino por la vida de mi cuerpo y por el de un corazón sensible, como Eduardo. Este muestra una gran sensibilidad, porque el tiempo, le ha robado sus juegos con el juguete, pero él aumenta su recuerdo y lo transmite a todos los numerosos visitantes, que se marchan impresionados.


Pero no sólo se visitan, sino que  a veces parece que son esos viejos juguetes, los que se recuerdan de nosotros que los visitamos y observamos y, aunque no pueden llorar, hacen brotar lágrimas en alguno de sus visitantes.

Se encuentran también muchos fabricantes en madera, en que aunque no se apoderan de ella los óxidos,se pierden tramos de bazniz o de laca en sus superficie. Presenta Eduardo un cochecito de madera, sobre la que va sentada una niña hermosa, vestida con telas lujosas y encajes que contribuyen a dar la niña una vitalidad, que se asoma por sus bellos ojos azules. Ya no es joven la bella niña, pero se mira mutuamente con un muñeco Pepón, con pelo rubio  y corto, con una piel brillante, labios rojos y una mirada, que pretende atravesar nuestros corazones. Me acuerdo de los aros que hacían correr a los niños detrás de ellos.Unos eran de madera, pero los niños encontraban aros metálicos en las viejas cubas de vino. También eran de madera, los tiradores, alos que se añadían tiras de goma de algún coche viejo, y en la parte posterior, se ponía una badana,en la que se colocaba un guijarro , que se lanzaba contra el enemigo o contra la humilde vida de algún pájaro.Pero cuado no había goma para dar fuerza al lanzamiento, se usaban las ondas,con las que se hacían las mismas faenas que con los tiradores.

Otros muchos juguetes han sido creados con baquelita, unas veces sola, y otras  acompañada por hojalata u hoja de lata, que dan la impresión de no haber sido fabricados en el siglo pasado, sino que lo han sido hechos por mentes semihumanas, en siglos pasados.

Pero los juguetes han puesto en actividad el desarrollo de la proyección de imágenes, que nos ha conducido al cine, a las enciclopedias fotográficas y a los ordenadores, que representan imágenes reales de colores. En la exposición Juguetes de Ayer, estaba presente en el salón una Linterna Mágica, que era un caja de metal, dentro de la cual se colocaba una vela encendida, y por medio de una lente, se proyectaban figuras grabadas en cristales, que aparecían sobre una pantalla, colocada en su frente. ¿Dónde hemos colocada mi familia y yo, la Linterna Mágica de madera y con energía eléctrica , para proyectar imágenes?. No lo sé, pero Eduardo ha reavivado en mi recuerdo un juguete que nos hacía felices a mí y a mis hermanos. ¡Qué mérito tienen los hombres que inventaron la Linterna Mágica, que hicieron funcionar sin ni siquiera luz eléctrica!.

¡Qué mérito el de Eduardo Naval Blasco, al hacer reflexionar a la población de Huesca, en el año 2013, sobre la labor educativa y progresista de los “Juguetes de Ayer”.


jueves, 26 de diciembre de 2013

Los ciegos de Siétamo





Cuando viajaba por la provincia como veterinario, al decir que era de Siétamo, en todos los pueblos me decían: nosotros también conocemos a otros hijos de Siétamo, porque venían muchos años por aquí a tocarnos la música en las fiestas de estos lugares. Eran los Ciegos de Siétamo.
Llamaban así a dos mozos sietamenses, de los cuales el mayor se llamaba Eduardo Burgasé Artero y era ciego y tañía las cuerdas de la guitarra, en tanto que su hermano Pedro Antonio que veía, aunque con gafas  y su pelo era rubio y sus ojos muy azulados, tocaba el violín. Tenían otro hermano, que era camionero del tratante de cerdos Seral y una hermana llamada Francisca.
Al llegar los años veinte, con su guitarra y su violín se dieron a hacerlos sonar por todas partes, desde las eras y corrales de los pueblos pequeños, pasando por los cafés, casinos, salas de baile y para las fiestas de los pueblos por sus calles y plazas. Eran unos artistas como demuestra la enorme cantidad de admiradores que no dejaban de llamarlos y los mayores, que aún viven en los pueblos de la provincia de Huesca, todavía los recuerdan con cariño. Los dos nacieron en Siétamo, el ciego Eduardo en 1904 y Antonio en 1909. El día 10 de Agosto de 1989 con ochenta años, todavía estaba vivo.
Ellos se empeñaban en que los llamaran los Hermanos Burgasé o los Músicos de Siétamo, pero la ceguera de Eduardo hizo que casi todo el mundo los llamara los Ciegos de Siétamo.
Su padre procedía de Casbas de Huesca, donde este año de dos mil cuatro, cerraron el milenario Monasterio Cisterciense y en aquellos tiempos la gente con pocos medios, cuando llegaba la siega de los cereales, marchaba por el mundo a ganarse un jornal. Un año, en Binéfar, conoció a un ciego, que era maestro de música, llamado Manuel Colomina. El hombre como tenía un hijo ciego se dio cuenta de que si sus hijos aprendían a tocar, se ganarían la vida y si iban juntos ambos hermanos, se defenderían y podrían vivir los dos sin tener que ganarse jornales con los duros trabajos que daba entonces la vida. Se arregló con el maestro y los mandó a los dos hermanos a Binéfar y Altorricón y allí con su maestro, en un año aprendieron solfeo, guitarra, clarinete y violín.
Comenzaron su vida musical en su propio pueblo a saber en Siétamo, donde hacían sonar música de baile ya en casa Marco en la Plaza Mayor o en el Café de Lobaco, en la carretera o Avenida de San José. Su música le resultaba al pueblo muy agradable con lo que se corrió su fama por los pueblos vecinos del Somontano. desde donde extendieron su fama por toda la provincia de Huesca y parte de la de Zaragoza. Cuando llegaban por primera vez a un pueblo, no les conocían y tenían que tocar su música en los bares, cafés y casinos, cuyos dueños les daban una botella, que ellos rifaban y entre lo que con dicha rifa ganaban y al pasar la bandeja, les llegaban a quedar unas veinticinco ó treinta pesetas, que eran lo que ganaban, porque los transportes les salían gratis, ya que iban montados en una bicicleta doble o “tándem” y cenaban también gratis, porque el dueño del local no les cobraba si acompañaban la cena de sus clientes con su melodiosa música.
Cuando Antonio vivía en la torre Casaus con mis tíos Luisa y José María me explicaba como en las fiestas de los pueblos,  acompañaban a la ronda de mozos y chiquillos, que iban casa por casa de todas las mozas del pueblo, a las que cantaban jotas y ellas les daban tortas y pastas y les ayudaban a soportar los gastos con algún dinero. Acababan la ronda saludando a las autoridades civiles, religiosas y en algún caso a la guardia civil.
El mismo día de la fiesta y bien almorzados hacían acompañados de los jóvenes del pueblo, un  pasacalles sonoro por todo el pueblo. Ya más tarde se celebraba la Misa solemne, en la que acompañaban a los cantores.
Ya casi no se oyen jotas cantadas por el pueblo, si no que las cantan grupos que las cultivan en peñas y agrupaciones, que las enseñan y cultivan. Antes cualquier aragonés las improvisaba y cantaba. En la ronda de Siétamo,  la señora Joaquina Latre, acordándose de su hijo, que estaba cumpliendo el servicio militar en Melilla, cantaba: “Soldados de regulares-de la nación española-servid con orgullo a España,-que Dios os lo premiará”.El toda su vida pastor Silvestre Bara, al escuchar a Joaquina, se puso a cantar: ”A don Francisco Larraz- yo le debo de decir,- que venga muy pronto a España-que le guardo buen anís”.Se trataba de aquel anís que fabricaban ellos mismos de contrabando y en cambio ahora se hace legalmente en Colungo y siempre se ha preparado en Galicia, dentro de la ley.
A dicha ronda acudían algunos de los joteros, que nombramos en estas líneas, como por ejemplo Miguel  Ramón de Ballobar,  que un día al acabar el baile, le dedicó esta jota al barbero de Siétamo, que por su mal genio, no le quiso afeitar:”Aún no tienen en Siétamo- lo que hay en Ballobar-que tenemos un barbero-que afeita sin remojar”. Este jotero acudió a Siétamo durante muchos años y todavía recuerdan también a Ramón Bareche de La Perdiguera.
El mismo Antonio Burgasé, el año 1989, le recordaba a Rafael Ayerbe Santolaria los dos joteros citados y a otros como Bruno Mariñoso de Valcarca, José Monclús “Uchallo” de Abiego, Antonio Périz de Santalecina y otros muy famosos de Huesca capital. Pero no sólo tocaban la música, sino que contaban chistes en sus sesiones musicales, porque en los pequeños pueblos de la Montaña se lo pedían los mismos montañeses.
Antes de comer algunas veces durante el vermouth acompañaban a la gente con sus músicas y otras veces lo hacían por la tarde, cuando tomaban el café. Después descansaban hasta que llegaba la hora de iniciar el baile.
Hasta bien entrados los años cuarenta no utilizaron amplificadores del sonido y sin embargo se oían muy bien sus sesiones musicales y no eran tan ruidosas y estridentes ,como ahora.
Hay que distinguir dos épocas en su profesión musical: una la que fue su iniciación, que tuvo lugar en Siétamo alrededor de los años veinte, cuando empezaron a salir por los pueblos, de los que  guardaban un grato recuerdo, en ocasiones casi sagrado como cuando tocaron en la procesión el “Palotiau de Sinués” o cuando los brindis de los desaparecidos danzantes de El Pueyo de Jaca. Existían al mismo tiempo que Los ciegos de Siétamo, otros grupos musicales, que les hacían la competencia, como “Los Geres”, que contaba con tres músicos, los “Monsones” de Huesca y los “Telleres” de Ayerbe, cuyos directores fueron Ger, Monsón y Teller.
Cuando ya acudían a pueblos importantes, se vestían con un guardapolvos gris y no dejaban de ponerse una corbata. Después de los años treinta viene la segunda parte de su historia musical. Durante la Guerra Civil participaban en con su música en los bailes militares entre otros lugares, en la Fonda de la Paz. Luego ya fundaron la orquesta Burgasé, en la que además de Eduardo y de Antonio, participaron Mariano y Pascual de Tardienta. Había llegado el momento de vestir con cierta elegancia, usando unas curiosas blusas verdes.
Entonces empezaron a usar la megafonía, acabando con aquellos bailes tan románticos, donde se bailaba dulcemente con el suave son de del violín y la guitarra de los “Ciegos de Siétamo”.
Eduardo el ciego se casó ya mayor con una montañesa, que ya tenía un hijo, a la que conoció en Laguarta. El no los tuvo y cuando yo estudiaba en Zaragoza, lo veía vender los iguales en la calle y yo pensaba: ¡cómo se acabaron los tiempos antiguos en que los ciegos luchaban para vivir con la música y ahora la sociedad se preocupa de ellos, dándoles la venta de los iguales!. Tenía una sensibilidad extraordinaria, pues caminaba por las sendas, como lo vio Joaquín Larraz, igual que si tuviese una vista aguda. Cuando recogía los dineros que le pagaban ,si notaba que no eran legales ,los dejaba aparte y al acabar le decía al que le pagaba: falta lo que indican los dineros que he dejado aparte.
Tenían tienda en casa de Calderero y muchas veces iba él a Huesca a comprar mercancías a casa de Rovira, en dicha ciudad, con dos borricas. Muchos al ver estos hechos creían que Eduardo veía.
Cuando ambos hermanos pedaleaban en su tándem, a veces Antonio le decía : ¡pedalea  fuerte que la cuesta es muy empinada! y  Eduardo le contestaba, pues se había dado cuenta de que lo que quería su hermano era descansar: “¡ala ,vamos a bajar de la bicicleta, que descansaremos mejor andando!”.
A Huesca ,desde Siétamo, iban en su tándem y allí cogían el tren hasta la estación más próxima al pueblo donde iban y a dicha estación acudían los del pueblo que iba a celebrar sus fiestas, con un par de machos. Ante una situación de peligro al caminar por caminos y carreteras, convinieron usar una contraseña para defenderse y en cierta ocasión en que subían el Estrecho Quinto, les apareció un individuo que les pidió el dinero que llevaban;  entonces Antonio le pidió a Eduardo que le diera fuego para encender un cigarro  y Eduardo le dio inmediatamente el bastón con el que amenazó al bandido, que pidió perdón, diciéndoles que era una simple broma. Llevaban nada menos que trescientas pesetas, fruto del trabajo de muchos días.
Antonio se casó con Teresa Cuello, que era hija del sastre Cuello de Siétamo y vivía en la actual casa del zapatero, ya difunto y que todavía se conserva en la Calle Alta, debajo de casa de Avelino Zamora, subiendo desde la Plaza Mayor, a la izquierda.
Teresa tenía una hermana, que vivía casada en Panzano y  su hermano que se llamaba José Cuello, al que en el pueblo lo conocían como José el sastre y fue durante muchos años profesor de música y de guitarra en la Residencia Provincial, es decir en el antiguo Hospicio; estaba casado con una gruesa señora, llamada Antonia, hermana de los carpinteros de Siétamo llamados Boira y estuvieron muchos años de porteros en la noble y bella casa de los Carderera del Coso Alto. Cuando estos se vendieron la casa les regalaron un piso en agradecimiento a los numerosos favores que les habían hecho a lo largo de los años.Fue un hombre con gran personalidad, pues en Huesca, todo el mundo lo conocía como el Maestro Cuello.
Antonio estaba casado con la ya citada Teresa y estuvieron viviendo con mis tíos José María y Luisa en la Torre de Casaus. Tuvieron dos hijas a saber Carmen ,que se hizo Maestra Nacional y Teresa la rubia ,como su padre y un hijo llamado José Antonio, que se murió joven y trabajaba de dependiente de comercio en casa Estaún del Coso Alto.
Los que ahora tienen de setenta a ochenta años recuerdan a estos dos llamados ciegos, que tocaban todos los domingos ,bien en casa de Marco,en la Plaza o en casa de Lobaco ,en la carretera. Pagaban los mozos que allí iban a bailar una peseta y Joaquín Bergua, que ya murió, cada vez que iba, les pagaba con un billete de cien pesetas por presumir un poco,  pero ellos en cierta ocasión le devolvieron noventa y nueve monedas de peseta.
Antonio tocaba el violín y Eduardo el ciego la guitarra y tocaban sus canciones de aquellos tiempos “tres p’áquí, tres p’állá”; “¡cuenta qué canciones del año pum!”.
Pero lo hacían muy bien, porque un americano, que los conoció en alguno de los pueblos que recorrían, los quiso contratar para estar dos años por Arizona, Tejas y California, haciendo sonar su música tan española y aragonesa. Hubieran vuelto ricos de América, pero no quisieron abandonar a su familia.
Cantaban de vez en cuando para divertir a la gente algunas canciones como: ”Carrascal, carrascal, qué bonita serenata, carrascal, carrascal ya me estás dando la lata”. Otras veces tocaban y cantaban canciones más sentimentales, como aquella que decía: “ ¡Ay, Marilú, Marilú, maravilla de  mujer;  del barrio de Santa Cruz tú eres un rojo clavel  y por jurarte yo eso me diste en la boca un beso, que aún me quema Marilú!”.
Carmen de Gaspar, nacida en Labata, dice que cuando iban a su pueblo Eduardo, conocía los billetes y monedas por el tacto. Se alojaban en su casa, a la que llaman todavía casa del carretero y allí acudían cantidad de niños a convivir con los ciegos y ellos muy a gusto competían con ellos.
Carmen se acuerda de aquella canción que decía “¡Cómo se la lleva el río! y de aquella otra que decía :”Bésame, bésame mucho, que tengo miedo de perderte”. Y Joaquina de Latre añora aquella que decía ¡En Sevilla hay una casa- y en la casa una ventana, -y en la ventana una niña –que se llama Mari-Juana!.
Ellos con todas aquellas canciones, que ablandaban los corazones, como por ejemplo aquella que decía : ” Bésame ,bésame mucho, como si fuera esta la última vez” o aquellas otras como: “Suave que me estás matando de pasión” o “Aquellos ojos verdes de mirada serena”.
Algún anciano recordará con tristeza aquella canción, que se expresaba así : ”Ya no estás más a mi lado, corazón, en el alma sólo tengo soledad”, al no poder gozar de la presencia de la moza con la que bailaba al son de la música que tocaban  los
 “Ciegos de Siétamo”.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

De Pilar Almudévar a María Antonia Vázquez



Yo,  con mis ochenta y tres años, he conocido personajes, portadores del apellido Llanas. Pero sin embargo he conocido también, no los cuerpos señoriales de los Llanas que vivían en  la  noble  Villa de Fonz, en que atendió una Farmacia el boticario Llanas, sino que  he oído hablar de ilustres portadores de este apellido, en las conversaciones, que de niño escuchaba en la rebotica de Huesca. Por eso, cuando entraba a escuchar las palabras, que pronunciaban  los conversadores, yo me quedaba admirado de ver a la  persona de Don Anselmo Llanas con su elegante chaqueta y su chaleco, desde cuyo pequeño bolsillo, asomaba una cadena de oro. Vestía de negro, calzado con sus zapatos también negros. Era oscuro el color negro de su ropaje, que contrastaba con el cabello albo como la nieve de sus cabellos y de su barba. En la citada rebotica Don Feliciano Llanas, él, su farmacéutico, daba explicaciones al señor Joaquín Santafé y Don Anselmo Llanas, que añadía su humor en el problema del que hablaban, con su sonrisa satírica. José María Llanas Aguilaniedo, gran escritor, cuya fotografía pertenece al tipo de Don Anselmo y de Don Feliciano, con su cabeza, cubierta por un sombrero oscuro y lanzando al aire sus bigotes, también negros como el pelo que aparece en su fotografía, debajo de su sombrero. 



Este Don José María Llanas Aguilaniedo, era diferente de los otros Llanas, ya que aquellos portaban unos cabellos blancos como la nieve y él los portaba negros. Pero no sólo era esa la diferencia que lo distinguía de su hermano Feliciano y de su primo Anselmo, sino que José María fue un gran escritor en lengua castellana. El mismo Rubén Darío, que fue un admirador de su obra, declaró su inclinación “al divino imperio de la música, música de las ideas, música del verbo”. José María escribió “Alma Contemporánea” en la que habla de la vejez, de la edad adulta, de la juventud y de la niñez.

Su inteligencia me ha recordado aquel matrimonio de Feliciano Llanas con Pilar Almudévar Casaus, el día 20 de Febrero de 1906 y la edad adulta de Pablo, de José Antonio, de Lorenzo y de Lurdes, la niñez  de María Teresa, de José Antonio, de Lorenzo, Pablo, Feliciano y María Pilar. Y hoy, durante la Noche Buena, en homenaje a María Antonia, con sus noventa años de edad, recordamos con un nuevo banquete, los viejos tiempos de Pilar Almudévar casada con Feliciano Llanas. Feliciano Llanas que recogió a los hermanos Cardús Llanas, que se quedaron huérfanos. La humanidad de Feliciano Llanas, al enterarse de que su hermano José María Llanas Aguilaniedo, estaba enfermo, lo llevó consigo a su casa de Huesca, donde murió en 1921. En esta casa oscense, fue respetado por todos sus miembros y querido por Joaquín Santafé, que murió con más de noventa  años, hace muy poco tiempo. Joaquín era mancebo de la farmacia desde los trece años, hablaba con José María, que también lo amaba y Joaquín le contaba, las conversaciones que hacían en la rebotica.     






María Antonia tiene ya muchos años, pero ha seguido la labor de su madre política, mi tía Pilar Almudévar Casaus. ¡Qué belleza tenía Pilar, que con su esposo Feliciano formaban una pareja ideal !. En casa de Llanas está escondida la tradición, en cada rincón, además de permanecer en  sus corazones, y hoy en que la Noche Buena, nos recuerda el pasado,  el presente y el futuro, a la hora de la cena, contemplamos, esta imagen, presidida por  una belleza femenina,  debajo de la cual está escrito: ENLACE de la señorita Pilar Almudévar Casaus con Feliciano Llanas Aguilaniedo. El día 20 de Febrero de 1909. Viene a continuación la  MINUTA, que  relaciona Entremeses con Ostras, Consomé de la Reina, Jamón en dulce, Agujas hojaldradas de ternera, Galantina de pavo trufado, Langosta, Quesos helados de coco imperial, Mandarina al Ron, Crema de cacao y Piña de América.

En los Postres cita Tostadas de almendra, Conchas de huevo hilado y Dulces finos variados.

Entre los Vinos de Rioja, Jerez, conmueve mis recuerdos el vino de Siétamo, que en la Guerra Civil,  acabó emborrachando a los que peleaban,  muchos para morir. Acaba la relación  con el Champagne Möel Chandón y Codorníu. Remata la Minuta con Café, tabacos u licores.

En esta cena de Noche Buena que hoy consumimos, gozamos de los buenos platos que ha dispuesto mi sobrina Pilar Llanas Vázquez y reflexionamos sobre el público, que como en aquellos horribles días de la Guerra Civil, está pasando hambre. ¡María Antonia haz sonar el piano, acompañado por lastimosas quejas de aquellos que no pueden cenar  como lo hacemos nosotros!.



Han pasado muchos años y María Antonia Vázquez Añón, no conoció al padre de José Antonio, su esposo, que murió en el año de 1936, pero se identificó con los Llanas, de los que conserva fotos y cuadros.  Hace pocos años la veía yo en lo más alto del Coso, donde vivía Joaquín, al que iba a visitar, pero hace muy poco tiempo, la encontraba entrando o saliendo de la misma casa, en la que se hizo de más de cien años su esposa. ¡Dios mío, qué identidad tan intensa era la de María Antonia con el trabajador y ayudante de los enfermos Joaquín Santafé!  

A Feliciano Llanas no lo conoció María Antonia, aunque yo lo fui a visitar, acompañando a mi padre, en el lecho en el que esperaba la muerte, el año de 1936. José Antonio, pertenecía a una raza de señores, elegantes e intelectuales y María Antonia era la figura perfecta de mujer, para continuar la raza de caballeros Llanas. Conocí a sus padres, que estuvieron en Huesca y vinieron a Siétamo, con una hermana, que Cardús, conducía en su bello coche azul. Eran unos auténticos señores los padres de María Antonia. Eran figuras, que me hacían recordar aquellos gallegos sentimentales, que hablaban unas veces en castellano y muchas en gallego.

 Rubén Darío comenta de José María Llanas Aguilaniedo, su inclinación “al divino imperio de la música, música de las ideas, música del verbo”. Y María Antonia, cuando me ve en su casa, se sienta en el piano y me hace escuchar recuerdos musicales de Galicia y de Huesca, leyéndote después sus ideas, sobre los ratos pasados por la vida.

Ya tiene María Antonia más de noventa años de edad y ha acompañado por la vida la niñez de sus hijos, su juventud, su madurez y está ya apunto de acompañar a su hija María Teresa, por la edad antigua. ¡Cómo ha llegado esta María Teresa a tan alta edad, con un humor, en el que goza de los placeres de la vida, de las tristezas de alguna compañera y la humorística sátira, que se produce entre los humanos!.

En su obra “Alma contemporánea”, escribe Jose María Llanas Aguilaniedo, de la vejez, de la edad adulta, de la juventud y de la niñez y María Antonia ha superado la niñez de sus hijos, su juventud, está llegando a igualar su edad adulta, por ejemplo la de José Antonio y está igualando su “vejez” con la que le llegará a su hija María Teresa. 



Hemos comentado numerosos periodos de tiempo que la familia Llanas ha vivido, pero María Antonia, vive y vivirá muchos más años, para cumplir la misión que el Señor le ha encomendado, que es la de igualar su propia “vejez” a  la que llegará  su hija María Teresa. Y así como está cumpliendo la misión de madre de una hija, a la que el Señor la privó de agilidad en su cuerpo y con una inteligencia superior, tendrá que hacerse muy mayor para cumplir perfectamente su misión. Parece un milagro el  ver que María Antonia además de madre, se está convirtiendo en hermana de María Teresa. Esta además de su inteligencia tiene muchas ganas de vivir y de divertirse con la gente, cuando todos los veranos marcha a Andalucía, donde con su madre conviven y se divierten con las alegres gitanas andaluzas.

María Antonia se acordaba de su antiguo mancebo de Farmacia y de su esposa, como pude comprobar con mi observación, por tanto también recordará a Elena y a su esposo, dos rumanos piadosos, que trabajan por María Teresa, por ella misma y por Pilar, con un gran interés y amor.



La hermana menor de José Antonio Llanas Almudévar y de María Antonia, se llama  Pilar. Además de muy trabajadora y de amar a su hijo Javier, su comportamiento familiar recuerda el de su abuelo Feliciano Llanas que acogió en su casa a los hermanos Cardús y a su mismo hermano el sabio José María Llanas Aguilaniedo, porque en su propio chalet está pendiente de María Antonia, su madre y de su hermana mayor María Teresa. Ya me confundo y no sé si decir que son hermanas María Antonia y María Teresa o si también lo es  Pilar.