sábado, 31 de agosto de 2013

La vida es corta para el hombre, pero larga. (Bosón de Higgs y Cajal)



Estamos a trece de Octubre, cuando el  Otoño  se va adueñando del medio ambiente de los campos, de los animales y de toda la tierra. Pero en este mundo en que vivimos hombres y mujeres, al  observarnos a nosotros mismos, nos parece que somos los hijos del Creador. Del Creador aparecieron sus hijos, los humanos y hasta la Biblia nos recuerda a Adán y a Eva. Para el que no conoce la Biblia y nadie le ha dicho que los hombres somos hijos de Dios, a pesar de esa ignorancia, se lo parece. Y muchos hombres antiguos se sienten al ser acogidos por sus padres del género humano, a través de generaciones, hijos de Dios. Este Creador o Padre, goza del hombre, primero creándolo, luego aumentando su perfección, entre otras cosas por la evolución y  enseñándole los Mandamientos de la Ley de Dios, para educarlo. Además le da la Ciencia y la Libertad, que el hombre en lugar de aprovecharlas, lucha contra los demás hombres, con notables excepciones,  como la de Job. En esta Libertad, basada en el estudio de la Ciencia, se ve la grandeza del Creador, pues quiere la felicidad del hombre, pero con su participación humana en tal búsqueda. Dios lo que quiere es la felicidad de los  hombres, pero Creador de todo, incluida  la libertad, hace que para que haya paz y amor entre los hombres, sean éstos los que colaboren, siendo,  por tanto responsables los mismos hombres. Este comportamiento divino, buscando la colaboración del hombre en su obra,  nos hace comprender, como el Señor ama al hombre y da la impresión de que quiere que éste, salga responsable de su marcha por la vida.
Pero los hombres utilizando su libertad, y la intervención del Diablo, se separan del estudio de la Ciencia, como podemos ver en la siguiente frase: Ramón y Cajal amaba la Ciencia, además de la Libertad y afirmaba que “las enseñanzas de preceptores y padres obedecen con frecuencia a prejuicios, fanatismos, ideas falsas relativas a la ciencia, la religión y la conducta” y que, ”bajo la influencia de esta información, se establecen en el cerebro del niño conexiones exclusivas y anormales entre determinados grupos de células;  de modo que el resultado psicológico será la rutina del pensar, el desprecio de la ciencia, la credibilidad excesiva, el ansia de lo maravilloso, u otros vicios de pensamiento tan graves como dificilísimos de desarraigar”. De la misma forma que existen los hombres y aman a sus hijos, los educan, juegan con ellos y les incitan al trabajo, el ejercicio de su libertad hace que otros, se dediquen a la lucha, al alcohol y a otros vicios. Y  de la misma forma muchos hombres educan a sus hijos y otros  hombres, muchas veces no los educan, sino que los pervierten.
Da la impresión de que hay una semejanza entre la Paternidad del Creador con sus criaturas o hijos, a saber los hombres y la paternidad de éstos con sus hijos.
José María Llanas Aguilaniedo ya se da cuenta de la labor del cerebro en el desarrollo del hombre, pero ve dos clases de cerebración: una descubierta en su contemplación de los difuntos, porque en una vista que hizo al cementerio, a los difuntos que en él descansan, dice: “algunos, pareció que me saludaban, en tanto a otros, era yo mismo el que les decía: ”De lo profundo de mi alma clamé a Tí, Señor. ¡Escucha mi voz!”. ”Ese parecerme que me saludaban  algunos muertos, ¿sería una experiencia de cerebración inconsciente?. Yo me pregunto, ¿qué es una cerebración ?.  Y me da la impresión de ser un acto intelectual, opuesto a lo emotivo, a lo apasionado, a lo vivido”. La cerebración es una actividad realizada con el cerebro que Dios nos puso para buscar la libertad y la ciencia y de tal forma que hay cerebros como el de Ramón y Cajal y el de Higgs; hay otra forma de pensamiento, que es la cerebración emotiva, que no es un pensamiento libre, sino intervenido, como el sueño, la hipnosis, y , como yo recuerdo lo que me enseñaron algunos niños, que consistía en introducir la cabeza de una gallina debajo de una de sus alas, darle suaves vueltas y aparecía la gallina dormida. Para aclarar todos los problemas, desde el de la gallina en mi infancia, hace falta mucha libertad y mucha ciencia. Lo dijo el Catedrático español de Yale, Rodríguez Delgado : “Hace falta una combinación de científico, psicólogo y filósofo, lo cual no es fácil, aunque sí posible, como lo demuestran las obras de Eccles, Sperry, Pribram o el genial ejemplo en las publicaciones de Santiago Ramón y Cajal”.
Alberto Ruiz, hace ya años, escribía:  ”En el cerebro hay materia, energía, patrones eléctricos, procesos neuroquímicos, mecanismos  neuronales y códigos funcionales. Sin embargo la nueva neurobiología está encontrando algo más allá de toda esa “materia”: los símbolos transmateriales  del cerebro; algo así que no es material, aunque necesita la existencia de los portadores materiales de la fisiología neuronal.
Rolf  Heuer director del CERN, ha dicho hace poco: ”Tenemos un descubrimiento. Hemos observado una partícula, que concuerda con el bosón de Higgs”. Este mismo, en 1964, describió con una aguja de lápiz y un papel, una partícula nunca vista que es necesaria para la formación del Universo y de todo lo que existe. Insisto en la frase anterior de Alberto Ruiz que “la nueva neurobiología está encontrando algo más allá de toda esa “materia”: los símbolos  transmateriales  del cerebro, algo así que no es material, aunque necesita la existencia de los portadores materiales de la fisiología neuronal”.  Esto lo escribe hace ya unos años cuando Higgs trataba de demostrar y lo ha demostrado  hará unos cuarenta años. Higgs ha encontrado con el bosón de su nombre una especie de formador de la masa y de sus desplazamientos, que han hecho posible la vida de la  Física  actual. ¡Cómo se acerca el nombre del bosón de Higgs, al que también lo llaman la Partícula de Dios, a lo transcendental, como dice Alberto Ruiz de “los símbolos transmateriales del cerebro, algo así que no es material, aunque necesita la existencia de los portadores materiales de la fisiología neuronal”
Esta misma mañana he salido por el pueblo y me ha ventilado un aire fresco, que en todo el verano pasado no ha afectado a mis sentidos. El cielo clareaba, las hojas de los árboles no se desprendían todavía de las ramas de los árboles y llenaban el ambiente del color claro que desprendían de los chopos y el oscuro de las encinas. No se veían ya las volanderas golondrinas ni las que se posan en los cables, porque ya habían volado al terreno cálido de Africa, pero se oían piar a los gorriones en los cipreses y a los  estorninos, recién llegados, con sus variados cantos, unos agradables y otros desechables, volar desde unos árboles a otros, para comer algún fruto. Las palomas seguían haciéndose el amor, con su ron-ron, en las ventanas de la bóveda de la iglesia.

Todas estas frases que acabo de escribir son cerebraciones racionales y al mismo tiempo emotivas. El hombre es libre para gozar de ellas o para despreciarlas. La vida del hombre es corta, pero a nivel individual, porque mi hijo ha estado en Atapuerca, por donde han pasado mil doscientos años de generaciones humanas. Se hace evidente que ante un yacimiento tan enorme, se le plantee al hombre, la historia de la Evolución humana. El Creador parece que es uno y la humanidad, ¿no será también una?. 

La señora Carmen o la gaceta


Andrés Moreno nació en Torquemada, provincia de Palencia, donde escucharía alguna de las barbaridades que en ella se cometieron en tiempos de la Inquisición. Se casó Andrés con Natividad Villahoz, nacida también en Torquemada. Ingresó en los Ferrocarriles Españoles antes de la Guerra Civil y lo mandaron a Lérida. Allí esperaron a Carmen, que nació también en Torquemada,  pues allá se fue su madre, para dar a luz. Se querían Andrés y Natividad tanto que se adoraban, pues él era un hombre muy prudente y muy trabajador, tanto que cuando empujaba un vagón, no necesitaba a nadie más, para sacarlo del lugar donde se encontraba. Natividad gozaba de buen humor, que transmitía a Andrés y a sus hijos Carmen, Rosa y Andrés. Estos hechos ocurrieron antes de la Guerra Civil, de donde se deduce que Carmen, cuando estalló dicha Guerra, tenía catorce años y hoy alcanza los ochenta y cinco. Carmen heredó todas las cualidades de sus padres, pues ha resultado ser, en la actualidad, una mujer de un carácter bondadoso y de un humor extraordinario. Habla en catalán y en castellano y lo mismo en una lengua que en otra, hace reír a todos los que la escuchan. Dentro de su conversación cambia del idioma catalán al castellano y viceversa, con una facilidad que llama la atención. A veces exclama: ”Escolta, hem pasat moltes  penuries, pero gracias a Deu, estem tota la familia junta”. Tiene unas grandes cualidades para narrar historias que han sucedido, pero sin embargo no cuenta cuentos ni mentiras. Cuando era una niña y llegaba a su casa, delante de sus padres y de sus hermanos, contaba todas las aventuras que le habían ocurrido durante el día. Su padre, al verla llegar, exclamaba: ”¡ya viene la gaceta!”. El periódico  “La Gaceta del Norte” y todas las demás gacetas que en el mundo proclaman noticias, para la Guerra Civil escribían muchas batallas, pero Carmen, la “gaceta de Lérida”, sigue contando, no las batallas de la Guerra, sino que hoy, en el mes de Marzo del año 2009, cuenta las miserias y apuros que tuvieron que sufrir su familia, ella misma y casi todas las demás familias, con sus hijos, que vivían en Lérida. Pero no cuenta tales realidades llorando, sino que las relata en medio de un humor extraordinario y riéndose y haciendo reír a los que la escuchan, que no se alegran de esas tristezas, porque reaccionan agradeciendo al Señor, el poder haber salido con vida de tales situaciones.
Al estallar la Guerra, la modesta familia pasó de un bienestar también modesto, a una situación de hambre y de miseria. Y, ¿cómo ha comenzado Carmen a contar todo eso?, pues sencillamente cuando Palmira, compañera de mesa, al oír hablar de Tarrasa, exclamó: ¡ay, qué mal recuerdo tengo de Tarrasa por las penas que allí tuve que pasar!. Palmira, que nació en Torrente de Cinca, en la provincia de Huesca, en pocas palabras, reveló la tristeza que le producía el recuerdo de la Guerra. No pasó excesiva hambre, pues su madre y su abuela eran panaderas y vendían pan a tanta gente necesitada. Pero tuvo un disgusto terrible, pues acabada la Guerra, su padre que estaba luchando, se retiraba en un camión, sobre el que un avión disparó y lo mató.
Carmen, en lugar de lamentarse, empezó a contar las miserias que tuvo que pasar, pero riéndose y como recordando elegantemente, tal vez el haber podido superar esas circunstancias asquerosas, que producen las guerras.
En Tarrasa, precisamente, tuvieron que superar numerosas dificultades, pues a su padre, destinado a esta ciudad, le acosaban las dificultades que le iban a causar la carencia de los suyos y éstos, que lo amaban, lo mismo la esposa que los hijos, dijeron:”si Andrés  se va, nosotros nos iremos con él”. Y así lo hicieron. En Tarrasa vivieron en un “cuarto de agentes de la RENFE”, que consistía en una habitación de unos setenta metros cuadrados,  con cocina  y con un solo colchón en el suelo, en el que tenían que acostarse todos, es decir cinco personas.
Cuando acabada la Guerra, volvieron a Lérida y se encontraron el piso que tenían alquilado ocupado por otras personas, teniendo que luchar para poder habitarlo otra vez. Lo pasaron mal sobre aquel colchón, pues cuenta Carmen, que cierta noche, cuando sus padres y hermanos estaban dormidos, se acordó de que su madre tenía guardado un pequeño trozo de pan y como sentía hambre, lo cogió y con mucho miedo, cortó un trocito todavía más pequeño y lo devoró. Al día siguiente, preguntó su madre,¿quién ha tocado el pan que yo guardaba para alimentaros?. Carmen exclamó: yo no he cogido nada. Esta fue una mentira piadosa, pues como he dicho Carmen no mentía nunca en su gaceta.
Después de tantos años, Carmen vive con un respeto muy grande al pan, pues dijo: “yo no he tirado en mi vida ni un trocito de pan, o lo he rallado o he hecho sopas”.
Aquellas luchas por la vida, han hecho que sus nietos, cuando ven a su abuela, le digan:  ¡yaya, cuéntanos cosas de la Guerra!”. Entonces ella, les cuenta como tenía que ir con sus hermanos sobre los peldaños por los que se subía a aquellos vagones de tren ruidosos y sucios de carbón. Llevaban tabaco e iban a cambiarlo por leche condensada. Iban sufriendo en el tren ruidos y “chacachacas” y golpes que recibían en la cara dados por las cañas que estaban al lado de la vía. Cuando en cierta ocasión, habían conseguido la leche, los descubrió algún agente y los dejó sin tabaco y sin leche. Son innumerables las ocasiones en que tuvo Carmen que hacer “estraperlo”, pero cuando acabó la Guerra, se puso una mercería en unión con su hermana. A los veinticuatro años se casó con José Valero, un hombre muy equilibrado, que no bebía ni jugaba, porque sólo gozaba con el fútbol. Murió a los ochenta y cinco años y nunca estuvo enfermo, porque murió como los devotos de Santa Ana, que le piden a la santa:”¡Santa Ana, buena muerte y poca cama!”. Carmen vive muy atendida por sus hijos y es feliz. Reparte felicidad entre los que con ella conviven.

He escrito estas cosas, porque cuando cuenta sus lejanas aventuras a los nietos, les está instruyendo para que cojan ánimo, en estos tiempos,  a los cuales dicen que está llegando una terrible “crisis”. 

jueves, 22 de agosto de 2013

El Baranda





"El Baranda" era moreno, de mediana estatura y con un bigote notable. Llevaba siempre puestas unas gafas oscuras en su montura y en sus cristales que estaban como ahumados; además  era muy comunicativo y hablador. El necesitaba comunicarse y tratarse con personas y animales y de aquellas, frecuentaba el trato con chicos muy jóvenes, que en ocasiones dormían en su casa y con los animales se trataba con perros de los que presumía de enseñarles y educarles con mucha profesionalidad. Tanto es así, que en cierta ocasión vino a Siétamo con un perro lobo de no muy pura raza, porque era oscuro de color y me lo alabó tanto, diciéndome que no mordería sino era a algún ladrón que entrara por las casas y yo por sacudírmelo, se lo compré. Lo tuve bastante tiempo suelto durante largos ratos y cuando murió un familiar mío, al ver tanta gente en el entierro, le mordió ligeramente a una señora, una buena señora y lo llevé a una granja y allí lo dejé hasta que murió a los catorce años de vida.
No sé dónde trabajaba, pero desde luego se dedicaba en su casa a disecar animales, pues en cierta ocasión un amigo mío le llevó una gineta, que no volvió a ver jamás y desde luego que este fracaso no ocurrió por dejadez del Baranda, sino porque tuvo un incendio en su casa y se le quemó la piel de tan hermoso animal. En verano iba al Balneario de Panticosa donde pasaba el tiempo ganándose la vida, haciendo de barquero y conduciendo una barca con los remos, acompañado de un loro, que se hacía amigo de los que subían en la barca y se colocaba sobre sus hombros. Parece ser que su casa se encontraba en la calle más larga de Huesca y también de las más antiguas, es decir en la calle del Desengaño.
Distinta fue la suerte de su padre pues tenía un chalet en aquellos viejos tiempos y según lo vi en una fotografía que me enseñó el Baranda, era un señor delgado, vestido elegantemente con su traje y su chaleco, su sombrero y su bastón y él guardaba esa fotografía de su antecesor con un enorme cariño y un desengaño inmenso, porque no lo conocía ya que esa foto se la había proporcionado su madre, que no estuvo nunca casada con tal señor. Tuvo en la ciudad de Huesca un alto cargo político y fue durante varios años “gran burócrata” del Ayuntamiento. Se encaprichó de su madre, que era guapa y pobre, pero con su hijo no tuvo nunca detalle, pues entre otras cosas no se preocupó de su porvenir ni se molestó por colocarlo en algún puesto que le hubiera permitido ganarse la vida y no le dejó ni cinco céntimos.
Después de muerto, él vivió con su madre, ya ha hecha una mujer vieja y pobre, luego se quedó sólo y buscaba el amor en otros pobres muchachos de su mismo sexo, seguía criando perros y disecando animales muertos para que quedara un recuerdo de sus vidas ya pasadas, porque él no tenía más recuerdo de su padre que aquella fotografía que me enseñó en cierta ocasión.
Yo me enteré de que todavía vivía una hermana de su padre, mujer rica pues fue pretendida por un doctor muy conocido en Huesca, pero que fracasaron en su amor. Vivía en otro chalet más moderno que el de su hermano y perdía su razón por  que se acordaba de su antiguo amor. No se preocupaba de sí misma y a pesar de tener dinero le faltaban cristales en su casa y amaba igual que su sobrino natural a los animales, pero así como a él le gustaban los perros, a ella le encantaban los gatos, que estaban siempre tomando el sol o entrando y saliendo por las ventanas sin cristales de sus habitaciones. De vez en cuando tomaba un taxi y se iba a visitar algún lugar de la provincia. Se colocaba en el  asiento trasero del taxi y el taxista, cuando tenía necesidad de comer, paraba en un restaurante y comía él solo, mientras ella en ocasiones se tomaba un bocadillo, que el taxista, a causa de sus órdenes, le sacaba del interior del bar. Ella no pasaba hambre como tampoco la pasaban sus gatos.
El Baranda no tenía noticia del parentesco que le unía con esa señora y yo se le dije. Rápidamente fue a verla, pero no le abrió y al fin pudo hablar con ella a través del seto que separaba la calle de la casa y parece que no le hizo ningún caso. A ella no le hizo caso su pretendiente y a él no le hizo caso su pretendida tía, como no le había hecho caso ni su mismo padre.
Cuando murió la señora, al poco tiempo desaparecieron todos los gatos de su chalet y el pobre Baranda siguió, no sé si en la calle del Desengaño o en otra cualquiera, amando a algunos jóvenes desgraciados como él, pero que le hicieron como a mí me hizo su perro, es decir que le dieron un mordisco letal o mortal a su vida, de tal forma que un día fue apuñalado por uno de ellos. Eso dijo el periódico.
Yo al enterarme lo encomendé al Señor para que lo recibiera en el Cielo y le diera el amor que en este mundo nunca había encontrado. 

Conciertos en la iglesia parroquial





El veintinueve de Junio de este año de 2002, he acudido a las seis de la tarde a la Parroquia de Siétamo, donde se nos ha hecho gozar de un concierto de piano, guitarra, flauta, clarinete, fagot y acordeón.

Nos reunimos en la iglesia iluminada, donde llamaban la atención los santos, los "Santocristos”,  los relicarios y en una vitrina lucían y todavía lucen su sagrada antigüedad una custodia, un cáliz, una cruz parroquial que en otros tiempos presidió las procesiones, junto con un pequeño y elegante manto infantil, que procede del castillo de los Abarca de Bolea, Condes de Aranda.  Hay en una columna colgado un cuadro, con el viejo retablo de antes de la guerra y cuyas esculturas o motivos que  presidían antes el culto de la iglesia, ahora son los santos de yeso,  que acompañan al cáliz, la custodia y el manto, que el cura de entonces Don Marcelino Playán, guardó escondidos en un rincón de la bóveda.

Van a sonar el piano de cola junto con la flauta,  el clarinete y el acordeón, como en tiempos ya pasados de la Guerra del año de 1936, sonaron en los oídos de los sietamenses, escondidos en la bodega de la iglesia, los cañonazos, los tiros de fusil y las ametralladoras, que nos hicieron durante unas diez horas, a unos llorar, como a Rafael Bruis, a otros rezar y a todos esperar salir con vida de la bodega.

En aquella reunión el concierto fue terrible y tuvo lugar el año 1936.Aquella tarde salimos y huimos a Huesca, pero días más tarde hubo otra reunión de combatientes, que siguieron escuchando y produciendo ruidos bélicos. En la capilla del Santo Cristo, estuvieron heridos y murieron varios hombres y cuando fueron expulsados y salieron de la iglesia por una diminuta ventana, a la que a tiros le quitaron la reja que impedía la salida de los hombres. Los que venían,  desenterraron en la capilla del Santo Cristo  a varios Azaras y Almudévares, que en otros viejos tiempos hicieron la citada capilla. 

No eran entonces los conciertos como los de ahora que suenan  con dulzura, con solemnidad y con alegría y esos sonidos me recuerdan a aquellos hombres que allí murieron; ya no suenan esas melodías guerreras y los niños que ahora las hacen sonar

dulces, ya no se acuerdan de aquello .Los  cuerpos ya no gozan del arte musical, que hacen sonar aquellos niños, pero los espíritus de aquellos héroes gozarán de su encanto y más en tal lugar, porque la dulzura de los paseos musicales de la flauta, recuerda los paseos voladores de los espíritus de los difuntos y acompañados por las teclas del piano de cola, le añaden solemnidad,  mientras los cuerpos unidos a la tierra ya no sienten nada.

Una joven hace sonar su guitarra y su música me recuerda la canción que dice :”Manbrú se fué a la guerra –Mambrú se fué a la guerra-No se cuando vendrá –No se cuando vendrá”. ¡Que no vuelva la guerra!.

Antes la historia era interpretada providencialmente, pero ahora somos nosotros los que debemos cuidarla, para que no vuelvan más guerras. Hay que evitarlas con la moral y la moral social, con el arte, como el maravilloso arte que hemos escuchado en la iglesia de Siétamo y como dice Baltasar Gracián con la discreción de los políticos.

lunes, 19 de agosto de 2013

Santa Orosia de Yebra de Basa





El Himno a Santa Orosia, canta:  “Todos los pechos aragoneses- y los de Yebra en la Montaña, - a Orosia claman con frenesí”. Es verdad lo que canta el himno, pues yo de unos seis o siete años, en Jaca conocí la cabeza de Santa Orosia, que traían los de Yebra al templete, donde se veneraba a la Santa, en la Plaza Biscós y rogaban ellos, unidos a los de Jaca, por la paz y por los endemoniados, que iban acompañando a la Santa para verse libres del mal demoniaco. Era una batalla en la lucha del bien contra el mal, era una manifestación de los aragoneses unidos de Yebra de Basa con los de Jaca, contra el odio, que la Guerra Civil había traído por estas tierras. Conocí, en aquella ocasión, la personalidad secular de la santa centroeuropea, que vino a casarse con un Rey de Aragón, pero que fue martirizada por un Rey moro, que la deseaba para él mismo. Tuvo lugar dicho encuentro el día veinticinco de Junio del año 1937, en la procesión que cada año se celebra durante la Fiesta que tal día celebran en Yebra, en honor de la Santa. Acudimos los hermanos acompañados por mi padre y allí nos encontramos con el jacetano don Paco Ripa, primo hermano de mi padre, caballero del que todavía poseen su casa, sus nietos, después  de cien años de vida, en la Plaza Mayor, con su jardín y su capilla, dotada de piezas litúrgicas. Hace de este encuentro con Santa Orosia, setenta años, pero he descubierto la verdad del Himno a la Santa, porque en su rústica oficina, que Sorribas posee junto al Hotel  Monteargón,  lo he encontrado un día del mes de Julio, acompañado por Santiago Villacampa, natural de Yebra de Basa y allí llegué yo a conocer a un gran amigo de Santa Orosia. Durante tres generaciones tienen el salterio o chicotén,  Alfonso Villacampa el padre, Faustino Villacampa el hijo y ahora está Rafael,  que sobrino de Santiago y nieto de Alfonso, es hoy día el músico que hace sonar el “chuflo” o el chiflo, en el Baile de Yebra.
Así como en Jaca hay una Hermandad de Santa Orosia, que ya dura siglos, descubrí por la conversación que mantenían el almacenista de pinturas Sorribas, con Santiago Villacampa de Yebra de Basa, que Ibieca,  pueblo que está al lado de Siétamo, en la Vía Romana, que iba desde Huesca hasta Alquézar,  veneraba a Santa Orosia, también desde hacía siglos. No en vano desde Ibieca, que está al Sur de Guara, se contempla dicha Sierra y desde el Norte de la misma Montaña, se observa mirando al Sur, desde la Cueva de Santa Orosia. Se celebra la Fiesta de la Santa el día veinticinco de Junio y poseen una reliquia de la misma. También cantan en Ibieca la canción de la Morena y la del Humo, como escuché al auténtico jotero Sorribas, cantarla emocionado.  Así como escuché a Sorribas recitar los versos de Santa Orosia, escuché a Santiago Villacampa, de una edad aproximada a la mía, los versos que componen los “Dichos de la Vida de la Santa”, como las  canta él, ya hace muchos años, en Yebra y que también se cantan en Egea de los Caballeros. Estuvo Santiago recitando unos larguísimos versos, que comenzaban así : ”Santa Orosia tan pura y tan bella-de tus brazos venimos en pos-te alabamos ilustre doncella- que el martirio sufriste por Dios”. El “chicotén”  o salterio, que hacen sonar, recuerda por su forma una caja de un reloj de pared, pero de un metro y veinte centímetros de altura, y que en lugar de apoyarse en una pared, lo hace en el pecho de quien lo hace sonar. Tiene para hacerlas sonar, cinco cuerdas, sujetas por su parte superior por clavijas de madera y por la de abajo, con pletinas de hierro. Dicen que el instrumento musical “chiflo” o “chuflo” que usan es vasco-ibérico y que incluso de él, se deriva el Txistu. Yo no lo sé,  pero, viendo a Santiago Villacampa, me hace la impresión de ver y escuchar a aquellos altoaragoneses, en la época en que fue martirizada Santa Orosia. Decía Santiago que hay cerca de Yebra de Basa una montaña , que la llaman el Puerto de Santa Orosia, que está al aldo del Pico de Furia, de 1920 metros de altura. En esta montaña y en su seno, se encuentra una cueva, donde la Santa estaba refugiada para no ser capturada por el Rey Moro, que la pretendía, para casarse con ella. A ella suben los vecinos de Yebra, acompañados por sus danzantes y Santiago Villacampa que nació el año de 1933, recita los “Dichos y vida de Santa Orosia”, que se sabe de memoria y que nos recitó a José María Puyuelo Sorribas,  a Tomás Sanz, funcionario del  Ayuntamiento de Huesca y a mí mismo. ¡Cómo no iba a saber tales versos, si durante años los ha recitado como Mayoral, con un enorme cariño!. En el Puerto y después de comer, actúan los danzantes y se explica la vida y el martirio de la Santa. Luego  bajan andando y al llegar a la primera ermita, implantan la Romería y entran en la Plaza de la Iglesia, donde hacen el ofertorio y veneran el cráneo de la Santa, actuando los danzantes. La música que acompaña a los danzantes se divide en la que producen el “Chiflo” y el “Salterio o Chicotén”.
Se goza en esta Romería de una música celestial y primitiva pues, como he dicho, el “chiflo” o  “chuflo” es un antecesor del Txistu de los vascos actuales, pues los de Yebra de Basa, son vasco-ibéricos, como el pueblo vascongado, dondecse encuentra el nombre de Ibero e Iberiu e incluso otro Viriato. Igual que penetraron los celtas en Aragón, en Vascongadas han penetrado, no sólo los celtas, sino muchos españoles de todas las provincias. Pero los de Yebra de Basa, sostienen en sus corazones, acompañados por el Salterio, Chicotén o Chuflo, su fe en Aragón, protegidos por Santa Orosia.

domingo, 18 de agosto de 2013

Ruidos y silencios






¿Quién  me presta una escalera
Para subir al madero,
Para quitarle los clavos
A Jesús el Nazareno?
(Saeta popular)
Los andaluces cantaban y todavía cantan esta saeta, que es una bella muestra de su sensibilidad ante el sufrimiento, en este caso de Jesús el Nazareno. También en nuestros pueblos existía esa sensibilidad, pero en lugar de inquietarse por quitarle los clavos, les preocupaba más liberar de la corona de espinas, la cabeza de Jesús; tal vez los altoaragoneses, acostumbrados al amable  abrazo del  cacherulo, no soportaban  ver el tormento causado por por el cruel abrazo de las espinas y en lugar de cantar ese deseo, atribuyeron a las golondrinas la piadosa costumbre de despojar al Crucificado de tan bárbaro cacherulo. Nuestros niños tenían como una de sus diversiones preferidas, coger  nidos de toda calse de pájaros, pero siempre respetaban los de las golondrinas. Nuestro pueblos nos enseñaron ese respeto y siempre causaron las golondrinas en nosotros, una veneración religiosa.
Hay otras diferencias más notables, entre el norte y el sur de España, en lo que se refiere a la Semana Santa. En Andalucía las procesiones son más pomposas, las flores adornan los pasos y parecen mitigar el dolor, incluso el de la Dolorosa, las vestiduras de la imágenes son lujosas y brillan las joyas en ellas. Aquí las procesiones son más severas, como si consideráramos más el dolor y la muerte que los andaluces, tan vitalistas, que parecen intuir con clarividencia el triunfo sobre la muerte, la Resurrección, en medio de una primavera exultante. Pero también tenemos diferencias entre la del Santo Entierro de Huesca y las que recorren las calles de nuestros pueblos, cuya escasa población no les permite poner pasos espléndidos de arte, pero costosos para los cofrades, más numerosos en la capital.
Hay lugares donde el único paso no es tal, sino una representación viva de Jesús con la Cruz a cuestas, en que el portador va vestido de nazareno, con la cara tapada e inclinado hacia delante por el peso del leño; va descalzo y en sus tobillos se atan pesadas cadenas que  arrastraban por el suelo lleno de guijarros, hace algunos años. A su lado van otros dos nazarenos, que cogen cada uno una soga atada a la Cruz. Marcan un paso rítmico en medio de un silencio impresionante, pero no total, pues al sonido metálico de las cadenas se unen los de las matracas y caarracas, más el que producen  los grillos que parecen,  en la noche, unirse a la celebración.
Las estrellas titilan en el cielo y en las  barandas de los balcones, mediante dos placas metálicas, se prenden faroles, dentro de cuyos cristales brillan tímidas y vacilantes las llamas de las velas. Esto ocurre entre otros pueblos en Siétamo , en Colungo y en Campo, haciendo notar que en Colungo  portan un estandarte altísimo y que en Campo las mujeres portan en una “peaina” a la Virgen Dolorosa.
En las torres de las iglesias sustituyen el doblar de las campanas con sus tañidos por el girar de la manivela de la matraca con sus percusiones o roces con sonido de madera. Los niños estaban antes bien provistos de matracas, que resonaban por nuestros pueblos con el mismo tipismo que,  aún ahora, resuenan los tambores en Teruel. Las había de martillos, de uno o de varios, que percutían sobre una tabla; las había con una a modo de estrella de madera, sobre cuyas puntas giraba una lengüeta que las golpeaba, produciendo su consiguiente sonido; otras consistían en dos placas también de madera, unidas en un extremo con una bisagra, que se golpeaban entre sí. Toda la Semana Santa estaban en marcha y en el Oficio de Tinieblas, se emulaban los niños en hacerlas sonar, en tanto los mayores golpeaban los bancos con las manos, los bastones o lo que bien les venía. En Huesca, en el Vía Crucis de Salas, el que no tenía carraca, cogía un cajón de aquellos de tan buena madera y con un palo lo “trucaban firme”. ¿Cómo  no se les ocurrió lo de los tambores igual que en Teruel?.
Me acuerdo de que en mi pueblo, el Viernes Santo por la mañana y antes de la ceremonia por la que el sacerdote comulgaba con la Sagrada Forma del Monumento, los niños íbamos “a matar al diablo” con las matracas, al tiempo que gritábamos: ”A matar al diablo, que está en el estanco, el mundo de rodillas, a romperle las costillas y viva el Monumento que está Cristo dentro!”. Algunas veces un chico se vestía de diablo con cuernos y todo y ¡pobre de él!, que en ocasiones se llevaba alguna pedrada.
Ahora, con las vacaciones, muchos no consideran la Semana Santa, pero de vez en cuando alguno sufre su pasión particular por un hijo muerto contra un árbol, no el de la Cruz ”in quo Cristus pependit”, sino en otro cualquiera, convertido a su vez en Cruz.
Machado añade a la saeta que encabeza el artículo, algunos versos más, como el que reza ”¡Oh, no eres tú mi cantar!, ni quiero, a ese Jesús del madero, sino al que anduvo en el mar!”.
Algo así debió sentir la periodista Mariuca Lomba, cuando en la “Nueva España” del 21-III-1985, escribía: “¿Por qué el despliegue  de gentes, flores, funerales de despedida a siete jóvenes muertos y no se hace en la misma proporción para recibir a los dos que regresan con vida a sus hogares?”.
Cristo resucitó y nos dijo que amemos como hermanos a los que viven, que será el mayor provecho que podamos sacar de la Semana Santa, pues los muertos están ya en el seno de la Dolorosa y en el Reino de Dios.