sábado, 30 de noviembre de 2013

Manolo Alonso, pintor, simplemente en negro



En un banco situado en la cara Norte del Casino, se ve con frecuencia a un hombre, al que la Sociedad  tiene abandonado. Se encuentra sentado en uno de los extremos de ese banco y en el suelo de la acera, se contemplan unos dibujos en color negro, sobre  folios blancos. Uno los contempla y medita sobre esos dibujos, que representan unas veces los rostros de bellas mujeres y otras,  la belleza de sus  espíritu, pero no la de sus cuerpos físicos. Entre los retratos de hombres,  unas veces los hay que sonríen y otras aparecen con un rostro serio, que parece se ha constituido en pantalla, que expone una tristeza y otras un sufrimiento, que les aqueja y  con ellos  viven  su propia vida. Hoy me he fijado en un rostro casi redondo, con  cara de  luna, con una sonrisa que da alegría al que se fija en él.  Pero los hombres y mujeres está exponiendo sus rostros, para causar admiración,  unas veces y otras para conmover los corazones de las personas que los miran, y estas al mirarlos,  parecen explorar su belleza o asustarse de sus  feos rostros o de su vejez. Algunos identifican su propio interior, con lo que descubren en los retratos de Manolo Alonso.
Alonso, apellido muy frecuente en la Montaña del Alto Aragón, donde los bearneses de Oloron y de Pau, crearon el pueblo con ese mismo nombre. Eran muy cristianos y bajaron desde el Norte de los Pirineos, hacia el Sur, donde fundaron otros pueblos, ayudaron a conquistar Zaragoza, de tal forma que en la Basílica del Pilar está enterrado un bearnés, que gobernó en Aragón. El padre de Manolo era de Jaca e igual que desde siglos van bajando muchos habitantes del Bearn hacia España, su padre bajó a Huesca capital, donde nació su hijo. Era zapatero y arreglaba zapatos y cosía abarcas a los habitantes de los pueblos. Con su padre y con su madre, acompañados por otros dos hermanos, corrieron por los pueblos de Grañén, de Almuniente y otros muchos más, para ganarse el pan nuestro de cada día. Era su padre muy religioso y esa fe en el Creador, le consoló de la muerte de sus dos hijos, siendo todavía niños. Al preguntarle a Manolo la causa de la muerte de sus pequeños hermanos, me contestó que de la gripe. Yo dudaba de que una simple gripe pudiera causar la muerte de un niño, pero  me dice que en aquellos tiempos no existían los mismos medicamentos que ahora, y yo me imagino las condiciones en que se encontrarían aquellos niños y los medios de que dispondría su padre. Luego se murió éste, del que me acuerdo, cuando nos juntábamos en la Catedral a escuchar la Santa Misa. Su padre se preocupaba de su hijo, porque veía, los problemas,  que se le plantearían a un muchacho, de escasa inteligencia y con su expresión oral, muy dificultosa. Efectivamente que el pobre Manolo, lo está pasando mal, porque cobra trescientos euros al mes, de los que paga por el piso  doscientos. ¿Por qué pienso que este hombre es escaso de inteligencia?. No lo sé, porque cree en Dios, se saluda constantemente entre los ciudadanos, que pasan por el banco, en el que se acomoda rodeado por los folios que pinta y que ofrece a los ciudadanos. Hasta hace escasos días, frente a su banco, estaban esperando los taxistas a los que necesitaban su servicio. Con ellos ¿hablaba,  o simplemente sonreía a todos y a cada uno de los taxistas, que lo saludaban?. Ahora se ha cortado la circulación de los vehículos por el Centro de la Ciudad, pero él aunque no saluda a los taxistas y éstos le hablaban a él, deposita en el suelo de la acera, sus obras de arte, para conmover a alguna persona enamorada del arte, que le compre una de sus pinturas de color negro.  No sólo compone cuadros en los que hacía figurar retratos humanos,  sino que aparecen objetos como una cafetera moderna, copiada en un algún bar del centro de la ciudad. Pero también conmueve la sensibilidad de los que contemplan sus obras de arte, como me conmovió a mí, el paisaje que obtuvo en el Castillo de San Luis. No era su obra parecida a lo que hubiera mostrado una fotografía, ni la revolución de vegetales, dibujados por uno de los llamados artistas modernos, pero conmovía mi corazón, al recordar el paisaje de una finca creada por un Barón francés, para cultivar uvas y producir vino. Allí vivió el esposo de mi hija Elena, llamado Santiago y toda su querida familia. Después, en distintas ocasiones, en el interior, contemplaba diversos cuadros pictóricos, modelos de clasicismo y al ver este dibujo de Manolo, parecía que iba a explotar mi corazón, ante aquella obra, tan próxima a Huesca capital.
Podía estar en una residencia de personas mayores, pero él, ama la libertad y prefiere, ganarse la vida con el arte, porque me dice, siempre riendo, que él es un pintor, que ama el arte, porque se fija constantemente en los rostros de las personas, en las fuentes de las calles, en los objetos de los bares, como aquella cafetera, que mostraba el otro día. ¿No le recordará esa cafetera el puchero en el que su madre, le preparaba, en otros tiempos café con leche, para alimentarlo?. En Huesca, por cualquier pasaje que recorra, encuentra ermitas, ríos y paisajes, que le proporcionan modelos para pintar sus cuadros. Parece mentira que de su figura humana, que casi no puede expresarse, diga: “Los pintores somos gente famosa, porque pintamos la Historia del Mundo, con personas, paisajes, iglesias, monumentos y toda clase de personas”.
Parece que tiene siempre presente la letra de aquel rancho americano, que dice: “Con dinero y sin dinero hago siempre lo que quiero”, porque me dice : a mí nadie me manda, porque yo sólo obedezco a Dios.

El mismo dice que es muy pillo, porque cuando lo invito a comer un bocadillo en un bar, hace su voluntad evaporándose rápidamente, como si no necesitara a nadie.

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