jueves, 26 de diciembre de 2013

Los ciegos de Siétamo





Cuando viajaba por la provincia como veterinario, al decir que era de Siétamo, en todos los pueblos me decían: nosotros también conocemos a otros hijos de Siétamo, porque venían muchos años por aquí a tocarnos la música en las fiestas de estos lugares. Eran los Ciegos de Siétamo.
Llamaban así a dos mozos sietamenses, de los cuales el mayor se llamaba Eduardo Burgasé Artero y era ciego y tañía las cuerdas de la guitarra, en tanto que su hermano Pedro Antonio que veía, aunque con gafas  y su pelo era rubio y sus ojos muy azulados, tocaba el violín. Tenían otro hermano, que era camionero del tratante de cerdos Seral y una hermana llamada Francisca.
Al llegar los años veinte, con su guitarra y su violín se dieron a hacerlos sonar por todas partes, desde las eras y corrales de los pueblos pequeños, pasando por los cafés, casinos, salas de baile y para las fiestas de los pueblos por sus calles y plazas. Eran unos artistas como demuestra la enorme cantidad de admiradores que no dejaban de llamarlos y los mayores, que aún viven en los pueblos de la provincia de Huesca, todavía los recuerdan con cariño. Los dos nacieron en Siétamo, el ciego Eduardo en 1904 y Antonio en 1909. El día 10 de Agosto de 1989 con ochenta años, todavía estaba vivo.
Ellos se empeñaban en que los llamaran los Hermanos Burgasé o los Músicos de Siétamo, pero la ceguera de Eduardo hizo que casi todo el mundo los llamara los Ciegos de Siétamo.
Su padre procedía de Casbas de Huesca, donde este año de dos mil cuatro, cerraron el milenario Monasterio Cisterciense y en aquellos tiempos la gente con pocos medios, cuando llegaba la siega de los cereales, marchaba por el mundo a ganarse un jornal. Un año, en Binéfar, conoció a un ciego, que era maestro de música, llamado Manuel Colomina. El hombre como tenía un hijo ciego se dio cuenta de que si sus hijos aprendían a tocar, se ganarían la vida y si iban juntos ambos hermanos, se defenderían y podrían vivir los dos sin tener que ganarse jornales con los duros trabajos que daba entonces la vida. Se arregló con el maestro y los mandó a los dos hermanos a Binéfar y Altorricón y allí con su maestro, en un año aprendieron solfeo, guitarra, clarinete y violín.
Comenzaron su vida musical en su propio pueblo a saber en Siétamo, donde hacían sonar música de baile ya en casa Marco en la Plaza Mayor o en el Café de Lobaco, en la carretera o Avenida de San José. Su música le resultaba al pueblo muy agradable con lo que se corrió su fama por los pueblos vecinos del Somontano. desde donde extendieron su fama por toda la provincia de Huesca y parte de la de Zaragoza. Cuando llegaban por primera vez a un pueblo, no les conocían y tenían que tocar su música en los bares, cafés y casinos, cuyos dueños les daban una botella, que ellos rifaban y entre lo que con dicha rifa ganaban y al pasar la bandeja, les llegaban a quedar unas veinticinco ó treinta pesetas, que eran lo que ganaban, porque los transportes les salían gratis, ya que iban montados en una bicicleta doble o “tándem” y cenaban también gratis, porque el dueño del local no les cobraba si acompañaban la cena de sus clientes con su melodiosa música.
Cuando Antonio vivía en la torre Casaus con mis tíos Luisa y José María me explicaba como en las fiestas de los pueblos,  acompañaban a la ronda de mozos y chiquillos, que iban casa por casa de todas las mozas del pueblo, a las que cantaban jotas y ellas les daban tortas y pastas y les ayudaban a soportar los gastos con algún dinero. Acababan la ronda saludando a las autoridades civiles, religiosas y en algún caso a la guardia civil.
El mismo día de la fiesta y bien almorzados hacían acompañados de los jóvenes del pueblo, un  pasacalles sonoro por todo el pueblo. Ya más tarde se celebraba la Misa solemne, en la que acompañaban a los cantores.
Ya casi no se oyen jotas cantadas por el pueblo, si no que las cantan grupos que las cultivan en peñas y agrupaciones, que las enseñan y cultivan. Antes cualquier aragonés las improvisaba y cantaba. En la ronda de Siétamo,  la señora Joaquina Latre, acordándose de su hijo, que estaba cumpliendo el servicio militar en Melilla, cantaba: “Soldados de regulares-de la nación española-servid con orgullo a España,-que Dios os lo premiará”.El toda su vida pastor Silvestre Bara, al escuchar a Joaquina, se puso a cantar: ”A don Francisco Larraz- yo le debo de decir,- que venga muy pronto a España-que le guardo buen anís”.Se trataba de aquel anís que fabricaban ellos mismos de contrabando y en cambio ahora se hace legalmente en Colungo y siempre se ha preparado en Galicia, dentro de la ley.
A dicha ronda acudían algunos de los joteros, que nombramos en estas líneas, como por ejemplo Miguel  Ramón de Ballobar,  que un día al acabar el baile, le dedicó esta jota al barbero de Siétamo, que por su mal genio, no le quiso afeitar:”Aún no tienen en Siétamo- lo que hay en Ballobar-que tenemos un barbero-que afeita sin remojar”. Este jotero acudió a Siétamo durante muchos años y todavía recuerdan también a Ramón Bareche de La Perdiguera.
El mismo Antonio Burgasé, el año 1989, le recordaba a Rafael Ayerbe Santolaria los dos joteros citados y a otros como Bruno Mariñoso de Valcarca, José Monclús “Uchallo” de Abiego, Antonio Périz de Santalecina y otros muy famosos de Huesca capital. Pero no sólo tocaban la música, sino que contaban chistes en sus sesiones musicales, porque en los pequeños pueblos de la Montaña se lo pedían los mismos montañeses.
Antes de comer algunas veces durante el vermouth acompañaban a la gente con sus músicas y otras veces lo hacían por la tarde, cuando tomaban el café. Después descansaban hasta que llegaba la hora de iniciar el baile.
Hasta bien entrados los años cuarenta no utilizaron amplificadores del sonido y sin embargo se oían muy bien sus sesiones musicales y no eran tan ruidosas y estridentes ,como ahora.
Hay que distinguir dos épocas en su profesión musical: una la que fue su iniciación, que tuvo lugar en Siétamo alrededor de los años veinte, cuando empezaron a salir por los pueblos, de los que  guardaban un grato recuerdo, en ocasiones casi sagrado como cuando tocaron en la procesión el “Palotiau de Sinués” o cuando los brindis de los desaparecidos danzantes de El Pueyo de Jaca. Existían al mismo tiempo que Los ciegos de Siétamo, otros grupos musicales, que les hacían la competencia, como “Los Geres”, que contaba con tres músicos, los “Monsones” de Huesca y los “Telleres” de Ayerbe, cuyos directores fueron Ger, Monsón y Teller.
Cuando ya acudían a pueblos importantes, se vestían con un guardapolvos gris y no dejaban de ponerse una corbata. Después de los años treinta viene la segunda parte de su historia musical. Durante la Guerra Civil participaban en con su música en los bailes militares entre otros lugares, en la Fonda de la Paz. Luego ya fundaron la orquesta Burgasé, en la que además de Eduardo y de Antonio, participaron Mariano y Pascual de Tardienta. Había llegado el momento de vestir con cierta elegancia, usando unas curiosas blusas verdes.
Entonces empezaron a usar la megafonía, acabando con aquellos bailes tan románticos, donde se bailaba dulcemente con el suave son de del violín y la guitarra de los “Ciegos de Siétamo”.
Eduardo el ciego se casó ya mayor con una montañesa, que ya tenía un hijo, a la que conoció en Laguarta. El no los tuvo y cuando yo estudiaba en Zaragoza, lo veía vender los iguales en la calle y yo pensaba: ¡cómo se acabaron los tiempos antiguos en que los ciegos luchaban para vivir con la música y ahora la sociedad se preocupa de ellos, dándoles la venta de los iguales!. Tenía una sensibilidad extraordinaria, pues caminaba por las sendas, como lo vio Joaquín Larraz, igual que si tuviese una vista aguda. Cuando recogía los dineros que le pagaban ,si notaba que no eran legales ,los dejaba aparte y al acabar le decía al que le pagaba: falta lo que indican los dineros que he dejado aparte.
Tenían tienda en casa de Calderero y muchas veces iba él a Huesca a comprar mercancías a casa de Rovira, en dicha ciudad, con dos borricas. Muchos al ver estos hechos creían que Eduardo veía.
Cuando ambos hermanos pedaleaban en su tándem, a veces Antonio le decía : ¡pedalea  fuerte que la cuesta es muy empinada! y  Eduardo le contestaba, pues se había dado cuenta de que lo que quería su hermano era descansar: “¡ala ,vamos a bajar de la bicicleta, que descansaremos mejor andando!”.
A Huesca ,desde Siétamo, iban en su tándem y allí cogían el tren hasta la estación más próxima al pueblo donde iban y a dicha estación acudían los del pueblo que iba a celebrar sus fiestas, con un par de machos. Ante una situación de peligro al caminar por caminos y carreteras, convinieron usar una contraseña para defenderse y en cierta ocasión en que subían el Estrecho Quinto, les apareció un individuo que les pidió el dinero que llevaban;  entonces Antonio le pidió a Eduardo que le diera fuego para encender un cigarro  y Eduardo le dio inmediatamente el bastón con el que amenazó al bandido, que pidió perdón, diciéndoles que era una simple broma. Llevaban nada menos que trescientas pesetas, fruto del trabajo de muchos días.
Antonio se casó con Teresa Cuello, que era hija del sastre Cuello de Siétamo y vivía en la actual casa del zapatero, ya difunto y que todavía se conserva en la Calle Alta, debajo de casa de Avelino Zamora, subiendo desde la Plaza Mayor, a la izquierda.
Teresa tenía una hermana, que vivía casada en Panzano y  su hermano que se llamaba José Cuello, al que en el pueblo lo conocían como José el sastre y fue durante muchos años profesor de música y de guitarra en la Residencia Provincial, es decir en el antiguo Hospicio; estaba casado con una gruesa señora, llamada Antonia, hermana de los carpinteros de Siétamo llamados Boira y estuvieron muchos años de porteros en la noble y bella casa de los Carderera del Coso Alto. Cuando estos se vendieron la casa les regalaron un piso en agradecimiento a los numerosos favores que les habían hecho a lo largo de los años.Fue un hombre con gran personalidad, pues en Huesca, todo el mundo lo conocía como el Maestro Cuello.
Antonio estaba casado con la ya citada Teresa y estuvieron viviendo con mis tíos José María y Luisa en la Torre de Casaus. Tuvieron dos hijas a saber Carmen ,que se hizo Maestra Nacional y Teresa la rubia ,como su padre y un hijo llamado José Antonio, que se murió joven y trabajaba de dependiente de comercio en casa Estaún del Coso Alto.
Los que ahora tienen de setenta a ochenta años recuerdan a estos dos llamados ciegos, que tocaban todos los domingos ,bien en casa de Marco,en la Plaza o en casa de Lobaco ,en la carretera. Pagaban los mozos que allí iban a bailar una peseta y Joaquín Bergua, que ya murió, cada vez que iba, les pagaba con un billete de cien pesetas por presumir un poco,  pero ellos en cierta ocasión le devolvieron noventa y nueve monedas de peseta.
Antonio tocaba el violín y Eduardo el ciego la guitarra y tocaban sus canciones de aquellos tiempos “tres p’áquí, tres p’állá”; “¡cuenta qué canciones del año pum!”.
Pero lo hacían muy bien, porque un americano, que los conoció en alguno de los pueblos que recorrían, los quiso contratar para estar dos años por Arizona, Tejas y California, haciendo sonar su música tan española y aragonesa. Hubieran vuelto ricos de América, pero no quisieron abandonar a su familia.
Cantaban de vez en cuando para divertir a la gente algunas canciones como: ”Carrascal, carrascal, qué bonita serenata, carrascal, carrascal ya me estás dando la lata”. Otras veces tocaban y cantaban canciones más sentimentales, como aquella que decía: “ ¡Ay, Marilú, Marilú, maravilla de  mujer;  del barrio de Santa Cruz tú eres un rojo clavel  y por jurarte yo eso me diste en la boca un beso, que aún me quema Marilú!”.
Carmen de Gaspar, nacida en Labata, dice que cuando iban a su pueblo Eduardo, conocía los billetes y monedas por el tacto. Se alojaban en su casa, a la que llaman todavía casa del carretero y allí acudían cantidad de niños a convivir con los ciegos y ellos muy a gusto competían con ellos.
Carmen se acuerda de aquella canción que decía “¡Cómo se la lleva el río! y de aquella otra que decía :”Bésame, bésame mucho, que tengo miedo de perderte”. Y Joaquina de Latre añora aquella que decía ¡En Sevilla hay una casa- y en la casa una ventana, -y en la ventana una niña –que se llama Mari-Juana!.
Ellos con todas aquellas canciones, que ablandaban los corazones, como por ejemplo aquella que decía : ” Bésame ,bésame mucho, como si fuera esta la última vez” o aquellas otras como: “Suave que me estás matando de pasión” o “Aquellos ojos verdes de mirada serena”.
Algún anciano recordará con tristeza aquella canción, que se expresaba así : ”Ya no estás más a mi lado, corazón, en el alma sólo tengo soledad”, al no poder gozar de la presencia de la moza con la que bailaba al son de la música que tocaban  los
 “Ciegos de Siétamo”.

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