jueves, 27 de marzo de 2014

El Gaitero de Santolaria la Mayor


Cada día que pasa me doy cuenta de que falta algún compañero de la vida y me acuden a la memoria multitud de recuerdos de los muertos, que he encontrado,  unos en las iglesias, otros en los cementerios y algunos en cualquier rincón del monte. Ya de niño oía pedir a  una vecina del Cielo: “Santa Ana, buena muerte y poca cama”.
Debajo de la Iglesia Parroquial de Siétamo, está abandonado desde
1875, un antiguo cementerio, que se trasladó al monte, cerca del Fosal de Moros. ¿Cómo sabemos los que todavía quedamos vivos, que Sietamo tuvo hace ya cerca de cuatrocientos años habitantes moros?, simplemente porque los tractores que con remolques cargados, abrieron en el suelo tumbas, todas orientadas hacia La Meca. En la puerta del cementerio,  por la que se entraba, unos para salir y otros para quedarse debajo de la tierra, veía yo, con cierta frecuencia a la señora Juana Periga, ya antes de la Guerra Civil y me parecía que rezaba por los difuntos allí enterrados, pero parece ser que también lo hacía por los difuntos de Santolaria, donde ella nació y que se veía desde esa puerta, allá en la Sierra. Efectivamente, después de multitud de años me he enterado, que también rezaba por el Gaitero de Santolaria, un pariente suyo, cuya gaita se acabó y desapareció. Yo, con mis cinco años de edad, le llevaba un pan y ella, agradecida, me hacía sentar al lado de una mesa de su hogar y me sacaba un vaso de agua fresca, recién traída de la fuente y me la endulzaba con una cucharada de azúcar. Yo gozoso, la gozaba y pensaba en esta vida, con sus alegrías, como la de tomar azúcar y la transparencia de ver rezar a la abuela en la puerta del hoy desaparecido cementerio. Pero luego llegó la tristeza de la  Guerra Civil, en que tantos murieron por las armas y quedó  destruida  la casica de la señora Juana, cuyo solar está ahora ocupado por el ayuntamiento de Siétamo.
El centro de la paz, del cementerio de Huesca se convirtió en un centro de guerra, porque no se daban cuenta los que allí disparaban, de que ya había allí bastantes muertos,  para aumentar su número. Huesca no podía enterrar en su cementerio y tuvo que hacerlo en el Cerro de Las Mártires. Allí se alza el monolito dedicado al republicano Manuel Abad y a sus compañeros. Fue Manuel Abad, en 1848,  hecho prisionero en Siétamo,  pues estaba refugiado en mi casa y  mi difunta abuela Pilar Casaus, quiso salvarle la vida, alegando los antiguos derechos de los infanzones a dar hospitalidad, pero el capitán, le dijo que ya se habían desechado esos derechos. Lo tuvo que entregar y  fue fusilado. Pasados unos noventa años, llegó la Guerra Civil, y no hicieron falta grandes ojos para ver  muchos muertos por las calles de Siétamo, criminalmente asesinados  por unos y por otros. Al poco tiempo de acabada la Guerra, llegó por Siétamo una bella mujer, acompañada de un hombre. Dijo que quería ver donde estaba muerto su marido y el cura, acompañado por el sacristán “Trabuco” y por un mozo de “jada”, llegaron al lugar donde estaba enterrado su esposo. Lo encontraron y al verlo, se lanzó el acompañante de la viuda y abriendo el pequeño bolsillo relojero, le sacó un reloj, Allí se acabó el respeto a los muertos, porque obtenido el botín del difunto, se marcharon sin enterrarlo siquiera. Ante esta situación exclamó el cura: el muerto al hoyo y el vivo al bollo.       



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