domingo, 22 de junio de 2014

Pablo Bibián y Vicenta Arnal



La señor Vicenta Arnal ha muerto a los ochenta y dos años de edad. Parece que el Señor ha querido que su muerte llegara en el mes de Mayo, ”cuando hace la calor” y “cuando los enamorados van en busca de su amor”. Se ha ido de este mundo en la casa, donde tan feliz vivió muchos años con “Pabler”, como llamaban a su simpático esposo Pablo Bibián. Los dos eran nacidos en Siétamo y formaron un matrimonio feliz, pues siempre que te encontrabas con ellos, ambos sonreían, a pesar del trabajo,  que llevaba el marido y de los constantes cuidados, que Vicenta dedicaba a cada una de sus siete hijas y por último a su hijo Luis. “Pabler”, estaba, en lejanos tiempos pasados de ayudante en una vaquería, que tenía mi familia. Vicenta, después de criar a sus hijas y a su hijo, durante muchos años, convivía con mi esposa Feli, con Joaquina Larraz y con Carmen de Labata,  a las que obsequiaba con sabrosos “empanadicos”, elaborados por ella.  Ahora, que tenía casadas a todas sus hijas e hijo, necesitaba alguien, que recibiera sus obsequios y nos hacía felices, cuando probábamos sus “laminerías”.  Hace ya unos pocos años, llamaba la atención de los que por la Calle Alta de Siétamo subían, la belleza de sus hijas, que tenían unos ojos grandes y negros, que atraían a los hombres; por cierto que todas ellas se casaron. Yo, que subía, con mucha frecuencia, a la era, que se encontraba frente a su casa, observaba como iba disminuyendo el número de sus hijas, porque se iban casando. Luego se casó el hijo y se quedaron solos, Vicenta con Pablo,  seguían viviendo felices, pero un día se le murió el marido y se quedó sola, después de haber tenido una familia tan numerosa. Era ya mayor y pasaba temporadas con alguna de sus hijas, hasta el año 2005, en que el Señor quiso que volviera a su casa, donde murió sola, pero parece ser que sin sufrimientos. Joaquina y Carmen, todos los días, cuando iban a dar de comer a sus corderos y gallinas, la llamaban y se interesaban por su salud. Se acompañaban un rato las tres viudas, para no estar solas, sentándose en un banco y recordaban sus pasados felices tiempos. Pero el día catorce del mes de Junio, estuvo Vicenta en casa de Joaquina y habló con ella y con Carmen. Por la tarde subieron al corral y al pasar por la ventana, donde dormía Vicenta, Joaquina le dijo: no te llamo, Vicenta, que a la vuelta,  hablaremos.
Pero, a la vuelta, cuando tenían intención de hablarle, vieron una ambulancia en la puerta de casa “Pabler”. ¡Dios mío, qué disgusto se llevaron Joaquina con su amiga Carmen!, pero Vicenta tuvo buena muerte y poca cama

Joaquina y Carmen han llorado y han rezado, con la esperanza de verse en la otra vida!.

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