domingo, 3 de agosto de 2014

Manolo el del Bombo


Es Manuel Cáceres Artesero, el cuarto hermano  de  seis, de los que cuatro son hombres y dos mujeres. Sus padres procedían de la Mancha, que para algunos es una zona de España, llena de viñas, en las que se recogen miles y miles de litros de un vino que alegra los corazones. A algunos les suena la Mancha como un territorio alejado de Aragón, pero eso no es cierto, porque hace unos quince días estuve en Daroca, de la provincia de Zaragoza y me llevaron a visitar la Laguna de Gallocanta, que se encuentra  al lado de Guadalajara, que es una provincia de la Autonomía de Castilla-La Mancha. Por aquellas tierras pasó el Cid Campeador, que iba con sus guerreros a Valencia, ciudad a la que también ha ido a parar Manolo el del Bombo. ¡Cómo se veía en él, Manolo el del Bombo y como les  unía  el patriotismo de un hombre guerrero en sí mismo y el de un hombre que fomenta el pacifismo de los jugadores y aficionados al fútbol!. José María y Angelita eran los padres de este grupo de personas alegres, buenas y simpáticas y vinieron desde Ciudad Real hasta Huesca. De las tierras quijotescas de Ciudad Real, llegaron a las tierras laurentinas, donde Manolo, quedó enamorado del espíritu festivo de los oscenses en esas Fiestas de San Lorenzo. Llegaron a nuestra ciudad el año cincuenta y seis y a Manolo se le encendió la sangre al contemplar los dances de los danzantes y él, que necesitaba repartir el entusiasmo que tal santo producía, se cogió un bombo el año de mil novecientos sesenta y ocho, con la edad de diecisiete o dieciocho años y él iba saltando y haciendo sonar el bombo por las calles de Huesca, en aquellos días de Fiestas, que meten la esperanza en los corazones, de los que siguen a San Lorenzo y a sus danzantes. Algunos como no tenían la costumbre de ver golpear y de oír sonar la maza sobre la piel del bombo, le preguntaban que si estaba loco. Y loco estaba, pero no era una locura patológica, sino una locura de alegría en que se mezclaban la devoción a San Lorenzo y el sudor de su joven cuerpo, que unía en su persona, compuesta por alma y cuerpo, la alegría celeste de San Lorenzo con la alegría de los jóvenes, que después de trabajar durante todo el año, sentía la llegada de los danzantes, que  bailaban:  “San Lorenzo , San Lorenzo, en que buen tiempo has venido!”. Los hermanos contagiados por la alegría de Manolo, lo acompañaban y le daban ánimos para golpear, cada vez con más fuerza, el parche del bombo. También ellos se estimulaban, junto con el público de ser y de escuchar esa nueva danza oscense. Ese público que se entusiasmaba con “Manolo y el Bombo”, pensó en llevarlo a festejar las Fiestas patronales de sus pueblos y ciudades. Y Manolo fue primero a Binéfar, luego a Monzón, a Barbastro, a Fraga,  a Escatrón  en Zaragoza, a las orillas del Ebro, que tenían que pasar en barca. Esa aventura le llevó a visitar Cataluña, en ciudades como Gerona, Lérida, Calella, Masnou, Reus y Tarragona. Pero ese entusiasmo que fue capaz de extender por Cataluña, ya estaba popularizado por  Huesca, donde en una ocasión, fue acompañado por numerosos jóvenes a animar a los jugadores en un partido de fútbol  en Masnou. Llevaba el Huesca ya cuatro o cinco goles, cuando la gente se puso a gritar: ¡mas nou!, ¡mas nou!, pero él con el bombo incitaba a los oscenses a meter más. Manolo tenía que seguir viviendo su ambiente alegre y estableció el Bar de la Peña los Treinta, que empezó un año de esos de San Lorenzo. Luego se hizo cargo del Bar Gratal, en el centro de Huesca, y en ese bar puso en una de sus paredes la Peña de Gratal. Aquella vida era muy alegre,  pero se veía obligado por la “devoción”  del público, a extenderse por toda España y luego por el mundo entero. El año 1979,  marchó a la isla griega de Chipre, en los Mundiales del 82, que se realizaron en España, luego a Italia, a Méjico, Estados Unidos, Francia, Corea, Alemania y Sud- Africa. Fue contratado por Honduras para ir a Canadá; en Costa Rica se entusiasmaban al verlo y al oírlo. Es el único bombo que ha recorrido todo el mundo. Lleva Manolo con el Bombo, cuarenta y dos años, treinta y siete con la selección española, ocho mundiales y siete  eurocopas.

Hoy lo he visto en Siétamo, acogido por su hermano Santiago con todo el cariño del mundo, en este pueblo pacífico y tranquilo, en que su corazón se habrá relajado de las enormes tensiones que le producen los Campeonatos Mundiales de Fútbol, los europeos y todos los partidos de fútbol que ha amenizado, casi durante medio siglo. No puede permanecer mucho tiempo con esta tranquilidad, porque ya lo están esperando en Valencia, a doscientos metros del campo de fútbol de Mestalla. Lleva ya ocho campeonatos mundiales,  pero a él le gustaría hacerlo con doce. Se lo merece, como español, de lo que presume, porque lleva el escudo español en su pecho y la bandera nacional en la pulsera de su reloj.

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