martes, 3 de febrero de 2015

Un ebanista oscense

Espliego

Romero


Vicente Lacambra, ebanista oscense, al que conocí, cuando él tenía su taller  detrás de Casa Escartín y yo trabajaba de Veterinario en dicha casa. Esta se abría al Coso Bajo y la ebanistería lo hacía hacia el Colegio de Santa Rosa. Después de pasados muchos años de trabajar al lado de Santa Rosa, cerca de la Iglesia de Santo Domingo, me lo presentó mi amigo de Arbaniés Miguel Ciria. En poco rato me di cuenta de que era un hombre polifacético,  con amplios conocimientos de la vida. El taller del ebanista y el comercio de Escartín, tenían el solar sobre el antiguo Teatro Romano, en cuyo interior se hallan columnas y obras arquitectónicas, que parecía inevitable que no enviaran ideas culturales hacia la mente de  Vicente Lacambra.  Yo no sé si tal Vicente tendría el conocimiento de que se encontraba sobre un Teatro Romano, pero sin embargo, algunas ideas sobre la civilización antigua le transmitirían aquellas ruinas. Era un hombre,  que además de poseer ideas polifacéticas de la tierra en que vivía, estaba dotado de una musculatura muy desarrollada, que parecía más apropiada para hacer flexible el hierro,  que para cortar la madera, con la que fabricaba los muebles 
Vio Vicente Lacambra  la luz de este mundo, en el pueblo de Abiego, a orillas del río Alcanadre, debajo de la Sierra de Guara, en la que se aproximaban los habitantes de Abiego  a  Bierge, para subir al Barranco de Mascún. Pero para conocer esa Sierra de Guara, no hacía falta que subieran los de Abiego  a ella, sino que les bastaba mirarla para gozar de su belleza. Si, por que Guara era una Sierra Subpirenáica, asomada a la Tierra Baja,  a la que soltaba por medio del río Alcanadre, sus sobrantes aguas. Pero no eran sólo las aguas las que derramaba aquella Sierra, en la que permanecen pinturas prehistóricas, como por ejemplo un hermoso ciervo. Pero no hace falta subir a la Sierra a la altura de San Román de Morrano, para ver una parte del monte de un color azulado, que le proporcionaban los romeros serranos, visión que ya no tiene lugar, porque aquellos montes han quedado muy “bastos, por un cruel abandono de los mismos”. Están abandonados, porque este verano del año  dos mil catorce, subiendo por Casbas y Labata  a la Sierra de Guara, llegamos a San Román de Morrano con mi sobrino Pablo y los amigos de Siétamo, Ballarín y Borruel. Si, subimos al pueblo de San Román D’o Tozal o del Tozal, a ver al señor Aniés, último habitante de ese pueblo, en el que por arriba se vivía en la Cueva de Chaves y por abajo, se oteaba el Monasterio de Casbas. Se observaba el Monasterio, en que fue Abadesa, Ana María Abarca de Bolea, tía del Conde de Aranda de Siétamo, y también, hace menos años, la hermana de don Alfonso Buil. Desde allá arriba, en la ladera de la Sierra, se sentía una atracción espiritual con el Monasterio, aunque la bajada desde San Román a Casbas, es casi imposible para los automóviles. Ahora están, tanto el Monasterio como el pueblo de San Román, con vida perdida, hecho pasivo que se conoce ,entre otras muchas cosas , por la pérdida del color azul de las plantas de romero, que daban alegría a Abiego y a San Román. Desde Casbas y desde Abiego, se contemplaba el color azul, que exhibía su belleza y a la larga daba la producción de romero. Con aquel olor penetrante del romero, se fabricaba el jabón y el perfume. Vicente Lacambra Bescós, impresionado por el aroma del romero, también recordaba con su corazón ( ¡qué difícil es que el corazón recuerde el pasado!), pero él casi lloraba, con su fuerte figura montañesa, al acordarse del espliego o del aragonés “espigol”, que proliferaba en unas setenta hectáreas del monte común de Abiego. Esta conversación con Vicente Lacambra Bescós, me ha hecho recordar, cuando hace ya unos cincuenta años, estuve de veterinario en Bolea, a un amigo, que en el monte estaba cosechando  espliego. Con su esencia fabricaban jabón y perfumes de Lavanda, en el monte echaban leña para evaporar las primeras calderadas de espliego,  porque después ya hacían arder las mismas plantas,  ya explotadas del espliego.
He dicho que Vicente Lacambra Bescós,  con su cerebro conoce y ejercita con sus manos diversas profesiones. La principal para él,  es la madera. Y me habló de distintas especies arbóreas que han producido materia prima para hacer puertas y ventanas. O maderas como la de boj, con la que se han fabricado objetos litúrgicos.  Ha pasado el ebanista por muchas fases, unas de abundancia de la buena madera y otras de la escasez de la misma. Al pasar la Guerra Civil, la escasez de madera hizo a los proveedores de la misma, cortar los numerosos nogales, que habían proporcionado sus frutos a los vecinos de los pueblos.
El nogal era la madera más bella y más fuerte de nuestros pueblos y Vicente Lacambra,  movido por su cerebro y por su corazón, con madera de nogal, creó una puerta de su domicilio de Abiego, dotada de arte y de nobleza,  para rendir homenaje a sus antepasados y a su noble oficio.     

Pero no sólo está la madera, ahora importada del Brasil, de unas cualidades maravillosas,  como el nogal, la que le hace dar vueltas a su cerebro,  sino que se une su inteligencia y su amor con las colmenas de abejas, por medio de la apicultura.

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