viernes, 10 de abril de 2015

Cerco de Huesca en la Guerra Civil, después de la toma de Siétamo




Al contemplar  la belleza de   árboles, como los almendros, con su flor en primavera, y el horror que le producían los cañonazos y los tiros de fusiles, al hijo de “Casa Urbano” sentía la necesidad de escapar  de aquel contraste  entre lo bello y lo repugnante de aquella Guerra Civil,  que causaba la muerte, no sólo entre los soldados, sino también  entre  los escasos habitantes de Plasencia del Monte. A él mismo le dejó herido su sentido del oído y  sentía la necesidad de mirar la grata impresión que le producía la contemplación  de un grato  color rojo, al contemplar  los  ababoles  en el monte, en el silencio  mañanero.   Pero le causaba terror el ver los cadáveres de soldados y paisanos, con la sangre del mismo color rojo de las amapolas  o  ababoles,  brotando de aquellos  cuerpos, unos heridos y otros muertos por la guerra. De su tierra natal eran las amapolas  y   en   Plasencia del Monte,  producían  los tiros, el color rojo de la sangre  de los muertos.
Aquella  guerra, arruinó  los cuerpos y las almas de sus vecinos, pero Plasencia estaba toda ocupada por  tropas,  que consumían  vino y otros licores alcohólicos, que les ayudaban a combatir el miedo a las balas y  a los bombardeos de la aviación. Había un Bar,en el que servían cafés y alcohol que los soldados consumían ,para combatir esa tensión  que producía en sus corazones esa terrible Guerra.  Los niños , como el pequeño de “Casa Urbano”. eran   unos pajaricos, que vivían como  en una reserva de caza. Los aviones venían de  Albalatillo  a bombardear  Plasencia y abatieron  “Casa Urbano”,  quebrándole al  niño los tímpanos. Más tarde conocí a este muchacho en la Imprenta de la Diputación Provincial de Huesca, que  se encontraba, delante del Hospicio, hoy Universidad. Hace unos setenta años lo visitaron en Madrid unos  logopedas. Trabajó en la Imprenta de la Diputación y hoy ya está jubilado. Fueron varias casas más, las bombardeadas por la aviación, por ejemplo la Carnicería, en cuyo bombardeo murió una señora ya mayor. Han pasado los años y ya casi no quedan ciudadanos que  se acuerden de tantos heridos e incluso muertos.
Los soldados eran amigos de los niños y algunos días más pacíficos,  los  llevaban  a pasear, en sus coches militares y los llevaban a Lupiñén,  pero no pudieron llevarlo a Huesca, pues,  estaba un lado de la carretera, cubierto con colchones, para amortiguar la fuerza de las balas  y también con cañizos,  para evitar la visión de los coches por parte de los republicanos  y anarquistas. Un día,  los acompañaron  en uno de sus paseos  andariegos, pero  tuvieron que introducirse en una alcantarilla, para resistir  el bombardeo de los aviones y se quejaban de que salieron  de la misma, llenos de cieno. Los  niños,  que  habían venido al mundo,escasos años,  se encontraron  dentro de una Guerra Civil, rodeado de tropas, que vigilaban la carretera de Huesca a Jaca, por la que quedaba la única salida del  cerco de Huesca, formado  por los republicanos.  Era Huesca un “puño oprimido” por el ejército republicano y las fuerzas de la C.N.T, y de la U.G.T., del que se podía escapar con apuros por la carretera de Jaca, a cuyos lados, tuvieron que poner  cañizos, para que los enemigos no pudieran ver con claridad, los automóviles que subían o que bajaban. Los vehículos los blindaban por su lado izquierdo, como ocurrió con el taxi que condujo a Zaragoza por la carretera de Jaca, a la familia de Luis Mur,  que buscaban seguridad en Zaragoza. Su padre fue contratista de obras y Luis se hizo Maestro y  fue un creador  del Campo de Fútbol de Huesca.  Salieron de Huesca, en un taxi, siguieron por Lupiñén,  para salir a la carretera de Zaragoza, cerca ya de Zuera.
El cerco de Huesca duró unos dos años, formando en los mapas dibujados  en  aquellos años,  una gruesa cabeza,  a la que se entraba y se salía, desde luego con dificultades, por la carretera de Jaca. Por el Sol  Saliente,  el frente comenzaba en el Manicomio, frente al pueblo de Quicena,  en poder de los republicanos  y  anarquistas.   Más hacia el Sur, al lado de la carretera de Barbastro, ya en la entrada de Huesca, se encontraba y todavía se ve la Torre de Bescós,  cuyos dueños murieron en Francia. La compraron los padres de unos amigos míos, cuyos hijos,  todavía la trabajan en ella.  Más al Sur se alza la Ermita de Nuestra Señora de Salas, casi en el mismo frente de lucha. Al llegar a la parte Sur del Cerco de Huesca, al lado de la Carretera de Sariñena, se encontraba la Torre de Santafé, cuyo dueño Basilio Santafé, que fue carnicero en el Coso Bajo, todavía vive y me contó algunas  aventuras , allí  vividas.  A continuación,  al lado de la Carretera de Grañén, vivió Pedro Palacín, siendo conocido él,     como “El Ansotano” , por haber nacido en  Arascués.
 Tenía al lado de la torre una balsa, en la que nadaban unos patos.  Nos hicimos   amigos, pues era un hombre muy educado y me regaló uno de ellos. ¡Qué contraste entre la guerra y la paz!.
Pasado el ferrocarril, entramos en el Oeste del Cerco de la Ciudad de Huesca y llegamos a la Torre de Justo.  Hemos tenido siempre una gran amistad con los hermanos  Escar,  a los que mi tía Luisa, hermana de mi padre, añadió algún lejano parentesco. Ahora el  veterinario Escar, posee una granja, en la que cría perros de caza, de compañía y  de auxilio a los ciegos. El hermano mayor ya tiene cerca de cien años, otro es de una gran amabilidad y el hermano pequeño estudió conmigo en el Colegio de  San Viator de Villahermosa. Cuando cruzaban   la Carretera de Zaragoza, nos veíamos con frecuencia, en la vecina Torre de Casaus, a la que íbamos,  por ser los Almudévar, con los Llanas, dueños de la misma.
En el terreno de la Torre de Casaus,  por la carretera de Zaragoza, después de la Guerra se levantó el Hospital de la Seguridad Social, al que tanto le debe Huesca y a continuación se encuentra la Torre del Alcoraz  y encima de ella se eleva el Cerro de San Jorge.    
Antes  hacia el Este  de San Jorge, pasaba  la vía Férrea que  llegaba a Huesca desde Zaragoza. Encima del  Cerro de San Jorge,  ya  llegaban   las  fuerzas del Ejército Republicano, con el que,  a veces, se comunicaban por medio de palabras,  con los defensores del  oscense Cerro de San Jorge. Un poco más hacia Zaragoza, estaba y sigue estando, el Cementerio de Huesca, donde los muertos callaban,  pero los  vivos, a veces desalojaban los restos mortales de los difuntos, para entrar a dormir en los nichos.
 Por el Norte del “cerco”, por la carretera de Apiés, se ven los restos de un Polvorín y desde la loma Verde hasta el Manicomio;  al  Este tenían los defensores de Huesca dos posiciones defensivas.
Por  la carretera de Jaca comenzaba la entrada y la salida de Huesca por  una vía de comunicación más amplia que la carretera, pero  estrecha, para pasar por ella armas y camiones, llenos de tropa o de  prisioneros,  que conducían a numerosos  ciudadanos,  al otro mundo. Tuvieron  grandes dificultades,  los defensores de la ciudad de Huesca, para pasar por  esa carretera, y tuvieron que dificultar la visión del enemigo, colocando cañizos y colchones, para impedir la perfecta  visión y la criminal  fuerza de los republicanos, que disparaban sus armas.  Se salía de Huesca por Los Salesianos  y a unos mil quinientos metros, quedaba el paso limitado, al Norte por  Morana y por debajo con la Loma Sur de Cillas. A unos tres mil quinientos metros, quedaba muy cercano  a la carretera el pueblo, ya tomado por los republicanos, de Huerrios.  A cuatro mil quinientos metros,  al Norte de Huerrios  y próxima a la Loma Norte de Cillas, se encontraba Chimillas, al lado mismo de la zona republicana y unos metros más arriba estaba ocupado por los rojos el pueblo de Banastás.  Al lado de la misma carretera, se encontraba el pueblo de Alerre, con su estación ferroviaria, rodeada por  las fuerzas enemigas. Esta estación fue defendida,  frente al pueblo de Huerrios,  por los Voluntarios de Santiago durante meses y meses. Otro tanto puede decirse de la defensa del  Carrascal y de la Loma Norte de Cillas. A unos aproximadamente ocho kilómetros, se hallaba,  a la derecha, la Torraza. A  continuación ya se circulaba con un menor peligro, pasando por Esquedas  y  Plasencia hacia Ayerbe y Jaca y ya podían salir los vehículos por Lupiñén hacia Zaragoza.  Pero la crueldad de una Guerra Civil recorrió todos  los pueblos, por ejemplo  Plasencia,  donde jugaba y sufrían los niños.  En la Fosa Común,  llegaron a enterrar los restos de veintinueve personas, en 1936.  Por el Monte, en matanzas sucesivas, dejaron numerosos  muertos.   
En Plasencia, como acabo de decir,  se estaban  criando varios  niños  de escasos  años de edad, como el niño de “Casa Urban”   y en su mente limpia y virginal,  se iban dando cuenta del comportamiento de los hombres,  a saber los del  Ejército triunfante,  acompañados por  los sindicatos independientes,  que no creían en Dios ni en la vida de los hombres, y los sublevados contra el poder,  se vengaban fusilando a muchos ciudadanos  que no tenían ninguna culpa.  Este comportamiento, ponía en evidencia el Bien y el Mal, que llevaba a unos y a otros, a sacrificar las vidas de los seres humanos. Esta lucha le inspiró al  Maestro, el arte del dibujo, en que él veía el Bien y el Mal y se puso a dibujar a los niños, haciendo ver en sus dibujos  el Bien con toda su belleza y el Mal, con toda la realidad demoniaca de los asesinatos.
 En la Escuela, dibujaban los niños  y  eso los llenó de  gozo, cuando los jueves  lo  dedicaron todo el curso,  a dibujar.  Los niños  se dedicaban con una gran ilusión, a investigar, por medio de los trazos en el papel a distinguir entre el Bien y el Mal.  Una Guerra Civil por una ciudad cercada, se convierte en un lugar demoniaco por el odio y las muertes que se producen. Tomamos por ejemplo  los que ocurrió en Plasencia del Monte, que es semejante a lo que pasó en todos los pueblos del cerco de Huesca y en esta misma capital.  En  un artículo sobre  la Plana de Huesca, La Sotonera  y Plasencia del Monte pone: “la fosa común llegó a contener los restos de al menos treinta personas, hombres y mujeres, asesinados por los sublevados entre el verano y el otoño de 1936. Un total de veinticuatro de ellas murieron en dos matanzas, consecutivas, en las que murieron 11 y 13 personas respectivamente, y eran vecinos de varias localidades cercanas…Por otra parte  sabemos  que varios vecinos de Riglos y Ayerbe también recibieron sepultura en esta lugar, así como el maestro de la cercana localidad de Aniés. El mismo día en el que en Plasencia eran abatidas 13 personas, otras trece eran trasladadas junto con  ellas en el mismo camión, fueron fusiladas  en el cementerio de de la cercana población de Esquedas.  La fosa  fue recientemente  dignificada con la colocación de una placa de mármol en el que se recuerdan por su nombre   a dos de los fusilados y genéricamente al resto de sus compañeros.”
Esta serie de asesinatos fueron cayendo por todos los pueblos, por los que pasó la Guerra Civil, pero visto lo que sucedió en Plasencia del Monte, es preciso mirar lo que ocurrió en Siétamo.
Siétamo es el pueblo de España, merecedor  del dolor  por haber sufrido una Guerra Civil, tan criminal. Al iniciarse la guerra, acudieron a Siétamo  los guardias  civiles de  Angüés  y los de Casbas. El guardia Borruel Oliva,  que venía de Angüés  y había nacido en Siétamo, y   cuando  a éste, lo invadieron  los republicanos,  los del POUM y de la UGT, subió con sus compañeros a la Torre de la Iglesia, para  defender a Siétamo de la invasión, mezcla de revolución de Durriti, y de   democracia  del Coronel  Villalba, controlado por  sujeción  de los múltiples sindicatos.  En esa torre fue herido y cuando se retiraban sus compañeros, les pidió que lo rematasen y acabaran con él, sin tener ningún contacto con los  revolucionarios.  Sus compañeros, que a pesar de la situación todavía conservaban la conciencia, no quisieron matarlo, pero lo hicieron los rojos, que le cortaron los testículos y se los metieron en su boca. Esta horrible costumbre,  también  la habían demostrado  con el Obispo de Barbastro
Este acto de degeneración mental, da una idea de la disciplina que intentarían imponer a los ciudadanos españoles. La invasión del  Somontano comenzó, como acabamos de ver, por “testículos” y  yo la he seguido,  por los recuerdos que todavía me rondan por la memoria y por datos que me proporcionaron, los que conmigo conversaban, a saber Antonio Bescós , conocido en Huesca como Trabuco,  Avelino Zamora y Joaquina Larraz. A Avelino Zamora, le  fusilaron a su padre en Angüés, pero en lugar que no se conoce.
No sé si será muy exacta la relación que poseo de fusilados por  unos y por otros. Los fusilados por los Republicanos, fueron veinte, los que saqué de estas conversaciones. Desde el primero Pascual Buil de Casa Duque, hasta Justo Lozano, padre de  Sebastiana  Lozano. Esta estaba casada con Paco Borruel, hermano del Guardia Civil  muerto en la torre de la Iglesia de Siétamo. Se dice que lo mataron en los olivares, pero no es seguro, también se dice que lo quemaron.
Siguió Antonio Bescós, alias Trabuco, en compañía de Avelino Zamora y de Joaquina Larraz, relatándome las muertes  de  veintidós  ciudadanos. Durante el mes de Agosto de 1936, según me dijo Trabuco, ”fueron ejecutados por los nacionales, muchos de ellos sin culpa”. El primer muerto fue asesinado con un tiro de pistola el día 25 de Abril de 1938, con noventa años de edad. Se llamaba José Palacio y ya había alcanzado los noventa años de edad y a éste, no lo mataron en el Monte, sino en la puerta de su casa. En un artículo mío , escribí: “En el verano del año 2004, llegó a la Plaza Mayor de Siétamo, una señora de ochenta y nueve años de edad, acompañada por su hija soltera y una chica joven, casada con uno de sus nietos: La señora que acababa de llegar para recordar a su esposo se trataba de Ana Palacio Palomar. Me contó que José Palacio, padre de su marido, tenía noventa años y no sabía leer ni escribir, le pegaron un tiro de pistola en la cabeza, en la puerta de su casa, en la Calle Baja y entre los números cinco y seis. Esta muerte ocurrió el día veinticinco de Abril de 1938. El maestro de Música, Cuello, que vivió en Huesca en casa de Carderera,  dirigió muchos años en Huesca, la Banda de Música de la Residencia de Niños, siendo sobrino de Ana Palacio Palomar, por ser hijo de una hermana suya.
La señora Ana Alfaro Palomar se acordaba de la fiestas de Siétamo y quiso entrar en la Iglesia, exclamando : ”¡Siétamo Siétamo, que guapo que eres y qué lejos tengo que estar de ti!”.
“Dijo Trabuco o Antonio Bescós que murieron unos veinte sietamenses “sin culpa” y otros luchando”. Tuvo razón Trabuco al decir que los citados fueron los que mataron los republicanos, pero que muchos fueron los que murieron en la lucha, por ejemplo el Sargento Javierre, padre del Cardenal del mimo apellido. Mariano Bastaras, murió en una ventana, desde la que al parecer, disparaba. En Teruel, luchando en el frente, murió mi primo José María  Narbona, cuyo recuerdo no puedo olvidar, cuando le daba clases a mi hermana mayor, Mariví, en nuestra casa de Siétamo.
A continuación, Antonio Bescós, alias Trabuco, que con Avelino Zamora, fue el principal informador de los muertos citado, era hijo de Esteban Bescós, casado con Dorotea y tuvo como hermano a Estabané, que era un hombre ingenuo y que murió en el Psiquiátrico y a cuyo entierro, en el cementerio de Huesca asistí yo con otros vecinos de  Siétamo.
Antonio Bescós  o Trabuco era un hombre de un gran ingenio. Había estudiado poco, pero tenía un humor envidiable y de una gran sinceridad.  Durante la Guerra Civil sirvió en el Ejército Repubicano, acabando la Guerra en Francia, pues tuvo que pasar los Pirineos en Cataluña. A su padre no lo fusilaron por ser primo hermano del General Don Julián Lasierra, natural de Alerre, que impidió su fusilamiento. Cuando yo era veterinario de Bolea, al subir a Plasencia, veía al General, ya jubilado, sentado en la puerta de su casa, al lado de la carretera. “¡Qué ideas tendría Trabuco, cuando iba en el Ejército , no se sabía si de la República española o de los anarquistas, comunistas o de  otras ideas”. Trabuco creía en Dios y le era fiel, pero su cabeza estaba desorientada. Al acabar la Guerra, fue sacristán de la Parroquia de Siétamo, hasta que murió. Pero antes de morir, estuvo en Roma, donde al que fue su amigo en la Escuela, a saber el Cardenal Javierre, le llevó una torta de Siétamo. Trabuco tenía el alma limpia  y decía “que murieron fusilados unos veinte  sietamenses,”sin culpa”,  otros luchando”.
Su cabeza como las cabezas de la mayoría de los ciudadanos españoles, estaba limpia y amaba al Cardenal Javierre, que también lo quería, porque yo vi, como se  abrazaban.
¡Una minoría de españoles animados por extranjeros, organizaban las guerras y convertían a España en un cementerio!. Luchaban los hermanos, los parientes, los vecinos, como lucharon el General, nacido en Alerre y su pobre primo Trabuco. Pero hay que ver como el general de Alerre, cuya casa se encontraba en  la  carretera, muy cerca del pueblo de Plasencia, donde nació Iván, salvó la vida a su primo de Siétamo.
A continuación Trabuco con Avelino y con Joaquina, nos recordaron que fueron veintidós los muertos  por los nacionales.
Antonio era ingenuo, como lo era Antonia Artero de unos diecisiete años, que cuando se escapó su padre, alcalde de Siétamo, con las tropas republicanas, ella fue apresada en Huesca, y ya no se supo más de ella.
Estos son los muertos de los que me hablaron Trabuco, Avelino y Joaquina, pero el Monte de Siétamo era todo un cementerio, como cuenta en un escrito, que debía haber sido publicado, de Don Jesús Vallés Almudévar, que llegó a ser consagrado sacerdote. Cerca de Bespén, al lado de Fañanás, fueron fusilados su madre y su hermano de unos quince o dieciséis años, y él se quedó solo. Cuando, tomado Siétamo por los rojos, subió a ver lo que quedaba de él, narraba la cantidad de cuervos, que saciaban su hambre en el monte, con los cuerpos de las víctimas de las balas. Cuando paso por la Parroquia de San Pedro el Viejo, entro, para recordar  a mi primo Jesús, que presentó en un pequeño y hermoso salón de la Torre, antiguos y artísticos objetos litúrgicos. 
Mi primo, el más tarde sacerdote, estaba en Fañanás, pensando en su madre y en su hermano, recién fusilados pero al dejar de oír los ruidos de los aviones bombardeando Siétamo y de los cañonazos destruyendo sus edificios, con otros compañeros, fueron a Siétamo, para ver la casa de sus antepasados y  tal vez, como añorando a sus antepasados, si quedaba alguno vivo. Jesús Vallés tuvo parientes revolucionarios, con lo que en los últimos días de la Guerra Civil, vivía  cerca de la frontera francesa. En Siétamo, no encontró ningún pariente, pero se dio cuenta de cómo “reunidos en el último baluarte del castillo del conde de Aranda, todos los supervivientes, heridos, enfermos  y población civil, extenuados, hambrientos, sin municiones y  alimentados, tan sólo por el hambre…ante la imposibilidad de continuar la defensa en aquellas condiciones, agotado el último proyectil de cañón y casi el último cartucho de fusil, deciden romper el cerco que los   asfixiaba  y  con un supremo esfuerzo que confiaba a las puntas de las bayonetas. A las dos de la madrugada del día quince de Septiembre de 1936, se organiza hábilmente la trágica caravana, que debería burlar la vigilancia, para unirse a los que todavía luchaban en el Estrecho Quinto”. En el camino nocturno, iba el médico, nacido en  Torralba de Aragón, Don Rafael Coarasa Paño, del que fui muy amigo, como lo sigo siendo todavía  de su hijo, también médico. En aquella marcha tan penosa, encontró a una niña perdida, llamada Pepita, que hoy vive en Siétamo y le salvó la vida.
Por su profesión de Médico y yo de veterinario, coincidimos en las Corridas de Toros de San Lorenzo, donde algún portero, poco espabilado, no dejó entrar en la Plaza a Don Luis, que se fue a su casa, diciendo: ¡si me necesitan, ya me llamarán!.
La noche del 31 de Agosto, fue una de las más trágicas, en la vida de Huesca, pues multitud de atacantes se lanzaban contra esta capital, bajo el mando de Campanys,  cuya fotografía todavía se conserva en la biblioteca Municipal de Siétamo, vestido con elegancia entre unos milicianos, algunos descamisados y entre niños, a los que se había obsequiado con caramelos Allí estaban las columnas de Durruti y la de Ascaso. En mi casa se colocó el despacho Durruti,  pero no estuvo mucho tiempo, porque tuvo que marchar al frente de Madrid, en el que murió.
Por la noche de aquel terrible día 31 de Agosto, llegaron refuerzos, que salvaron a los defensores de Huesca de la fuerza atacante de unos cuarenta mil hombres, con los que tenían que luchar unos dos mil.
 En Siétamo quedó la señora Concha y los republicanos, la mandaron al Estrecho Quinto, con un papel, en el que pedían a los que estaban resistiendo, que se entregasen,  que no les iban a hacer   nada. La señora Concha iba sola por la carretera, desde Siétamo al Estrecho Quinto, con su vestido negro, enarbolando un paño blanco en lo alto de un palo. Llegó al Estrecho Quinto, leyeron la carta, la rompieron y la señora Concha, que me cuidó de niño, escapó de los republicanos y de los rojos, y acabó la Guerra Civil en Huesca. Todavía recuerdo, al principio del “Cerco de Huesca”, ir por Barrio Nuevo a buscar agua a la fuente, que hoy sigue manando agua en el Parque Municipal. Tuve que marchar a Jaca y a Ansó con mi familia, pero durante diecinueve meses, estuvo cortada el agua de San Julián en Huesca.
El Coronel de Barbastro, Villalba,  el 26 de Septiemre  de 1936,  escribió a los que resistían en el Estrecho Quinto:  ”Mi distinguido compañero. En nombre del gobierno de la República y en el mío propio, como jefe de la fuerzas que operan en Aragón, ofrezco a Vd., a los jefes, Oficiales, clases y tropa, que por su rebelión se encuentran sitiados en las posiciones de Montearagón  y Estrecho Quinto, la garantía absoluta de sus vidas, siempre que se sometan al poder constituido  y evacuen la posición,   entregando cuantas armas y municiones posean….”
En el periódico “El Liberal” de Bilbao, el 21 de Octubre de 1936 , el Coronel Villalba, que estaba satisfecho en Barbastro, manifestó”: “esto marcha bien y espero que será el último ataque a Huesca”. Pero no ocurrió como él deseaba, a pesar de que sobre Huesca se proyectaron, unos veinte mil proyectiles de cañón, unos del 15´5 y los demás del 10´5. Entre los atacantes a Huesca, se encontraban muchos extranjeros y uno de ellos, de fama universal,  a saber Orwell, por la ermita de Salas, exclamó: “esta tarde tomaremos café en la ciudad de Huesca”. Pero una bala le hirió y fue llevado al Hospital de Siétamo y de allí a Cataluña. ¡Qué guerra tan absurda, que para no ser fusilado por los mismos rojos, tuvo que escapar de España!.
En los pueblos cercanos se escuchaban los cañonazos que disparaban desde la Loma Verde y desde la ermita de Santa Lucía. ¡Cuántas  veces tuvieron los niños que cantar con los soldados en Plasencia, esta canción :”Carrascal . Carrascal-Qué bonitan serenata- Carrascal, Carrascal – Ya me estás dando la lata”.
En aquel carrascal se luchó por conservar Chimillas,  que fue un pueblo mártir, pues todas las viñas entre Banastás  y Chimillas, quedaban convertidas en cementerios del frente republicano. Plasencia sufría al darse cuenta de la pérdida de la carretera, por la se subía a Jaca y se entraba en Huesca. En aquella lucha salvaje entre unos y otros, se paró en el Estrecho Quinto el general Lukas, ruso y comunista, que venía a terminar con la resistencia de Huesca. Pero al parar fue alcanzado por una bala de los oscenses y allí mismo,  murió.
El diecinueve de Junio de 1937, a un año del inicio de la Guerra Civil, se celebraba un Rosario de la Aurora, pero el día anterior, se dio a Huesca un intenso cañoneo, por la Torre del Ansotano y por la ermita de Salas. El día diez y siete los tanques en número de dieciocho, atacaron por Salas y fueron rechazados por los defensores de Huesca.
El año de 1937, la aviación trató de destruir la ciudad de Huesca, reapareciendo  en los meses de Octubre, Noviembre y Diciembre, dedicándose a ametrallar la ciudad y la estación ferroviaria de Plasencia del Monte, donde se descargaba el material y la munición destinada al frente de Huesca. Los vecinos de Plasencia  se daban cuenta de la situación de terror que dominaba en su propio pueblo, pero ya intuían el fin de aquella Guerra criminal.
Acabamos de ver como en Diciembre de 1937, caían las bombas que buscaban la destrucción de la ciudad de Huesca, pero el día veinticinco de Marzo del año de 1938, el bando nacional, declaraba el fin del asedio durante dos años,  por las tropas republicanas, desde que comenzó la Guerra Civil el 18 de Julio de 1936.
En este Mundo parece que se quiere imponer el cerebro de las armas sobre el cerebro del pensamiento. Con fecha de 25 de marzo de 1938,se ponía fin a un  asedio de los más largos que ha sufrido alguna ciudad en este Mundo. Sin embargo la 43 División  a las órdenes del “Esquinazau”, seguía en la Bolsa de Bielsa resistiendo. En aquella zona estaba mi primo. el muchacho Jesús Vallés, con sus parientes de izquierdas, con los que había ido a vivir desde Fañanás. Al llegar la Guerra  al pueblo donde vivía, sus parientes pasaron a Francia y él marchó a Huesca, donde lo esperaba la parte de la familia viva todavía .   Pero Jesús y otros muchos fueron al Seminario. Se acordaban ambos de los fusilamientos tan terribles, ejecutados por unos y por otros y pensaron en vivir la Paz entre el pueblo. Jesús escribió un libro, que siempre guardó, sin mostrarlo a nadie, que sería un ejemplo de perdón y de paz, en este Mundo. Es una pena que no se publique el libro  que escribió Don Jesús Vallés Almudévar, sobre la Guerra Civil, porque es un modelo de literatura y que él  no ha difundido entre el público.

Ahora, después de más de setenta años de aquellos hechos tan sanguinarios, se pueden ver las imágenes de las ruinas oscenses, los escombros de los que yo me acuerdo de el Teatro Olimpia, de las casas particulares, de los montones de cascotes dentro de las iglesias, los porches de Galicia, cubiertos con sacos terreros  o la fachada de la “Casa de las Lástimas”, donde vivió mi prima Lurdes Llanas Almudévar. 

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