miércoles, 19 de agosto de 2015

El veterinario y el pastor



Nos hemos encontrado el pastor Luis, una señora y un servidor, en una gasolinera, para tomar un café. Nos hemos invitado mutuamente y al decirle a la señora que Luis era una persona sin enemigos, ésta se ha extrañado y ha dicho que eso era imposible. Pero el pastor Luis, sin llevarle la contraria, sino con sencillez, le dice que él no tiene enemigos. La señora, extrañada, le dice: pues, ¿cómo hacer para que nadie te odie?. Y él,  con serenidad, le contesta que  existen  personas que se sienten perjudicadas por la presencia de otras personas ajenas, ya por su trabajo, como el del pastor con su multitud de ovejas  a las que dirigir y que siempre van en grupo. Pero Luis dice que no les discute sus afirmaciones ni sus sentimientos, sin contradecirlas en ningún momento, sino que humildemente busca la convivencia entre los hombres, igual que las múltiples ovejas conviven en paz, desde su nacimiento hasta su muerte. Esas ovejas se respetan mutuamente  y no riñen entre ellas y él piensa que los humanos tienen que respetarse como se respetan las ovejas, que entre ellas no se atacan y quiere hacer como las ovejas,  es decir respetarse mutuamente. Yo,  veterinario me quedé admirado de la sabiduría de Luis,  un sencillo pastor, que hace de su persona la directiva de un rebaño de unas quinientas ovejas. Son quinientas ovejas y él sólo es un hombre, que se hace responsable de que ellas vayan por los caminos y cabañeras, sin pisar los vecinos cultivos ni que se dediquen a ramonearlos. Su conciencia le hace que guarden el respeto las ovejas a los cultivos agrícolas y su conciencia pastoril le hace mirar a la cumbre de la Sierra de Guara, donde a veces, en escasos minutos se forma una tormenta, que hace que la lluvia caiga sobre su cabaña y sobre él mismo. Me acuerdo de aquella ocasión en que don José María Javierre, entonces cura párroco de Angüés, en una peregrinación a Nocito,  para pedirle al Rey del Agua, San Urbez, que lloviera, se formó en dicha cumbre, un tremendo torrente,  que bañó a todos los peregrinos que desde Angüés, por toda la Guarguera y el Somontano, acudían  a la Ermita de San Urbez.
No sólo adivinaba las lluvias y la sequía, sino que veía acudir el cierzo o el bochorno, presumiendo si las cosechas serían buenas o malas, así  como si vendrían buenos pastos para el ganado, para no tener que darles alimentos a las ovejas.
Para ser pastor hace falta tener un cerebro en contacto directo con la Naturaleza y no pensar en el consumo y en la globalización de la humanidad, sino que debe pensar en las miradas que se lanzan los Altos Pirineos con la Sierra de Guara y observar  en los montes que, ahora, están abandonados, como ha ocurrido con los numeroso pueblos de la Guarguera,  ahora  solos  y sin una oveja ni una cabra que consuman todas las plantas que por ahí vegetan.
Ahora, cuando voy por los montes de los pueblos de la provincia de Huesca y de Teruel, no se ven rebaños de ganado. No me extraña que haya llegado la crisis,  que hace pasar a los hombres en unos casos hambre y siempre necesidad de la sabrosa carne aragonesa de los corderos.
Al despedirme de Luis, que con quinientas ovejas, no gana dinero, me ha enseñado su oficina particular,  en la que apunta los nacimientos y las muertes de su ganado, las ovejas que se quedan preñadas por inseminación artificial, los partos múltiples que en su caso llegan a ser del treinta y seis por ciento. Tiene un aparato que en el mismo monte,  maneja apretando botones, para saber la marcha económica y humana de su rebaño.  ¿Quién hará que no se acaben o que nazcan nuevos pastores,  que pongan de acuerdo su antigua sabiduría y sus técnicas modernas?.    

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