jueves, 5 de noviembre de 2015

A Maruja viuda de Joaquín

Pertusa ( Huesca ).


Maruja Palacio del pueblo de Pertusa, es una mujer de profundos sentimientos cristianos y por tanto amiga de todos los que con ella han tratado. Con Feli, mi mujer se trató ya hace muchos años en el Colegio de Santa Rosa, donde ambas estudiaban. Al enterarse Feli de que su amiga Maruja estaba pasando unos días en su casa de Pertusa, decidimos bajar a verla para recordar tiempos pasados. La llamamos Maruja, pero su auténtico nombre es el de Ana María y al vernos se inició una conversación en la que hablamos de cuando venía con su marido el bilbaíno Joaquín a Siétamo, donde gozaban  de las flores de los huertos y de los jardines, que estaban al lado de la carretera y admiraban la torre de la muralla del Castillo- Palacio del Conde de Aranda. En cambio, otras veces como el día dieciocho de Abril de este año de dos mil nueve, fuimos nosotros,  a saber mi esposa Feli y yo, los que nos acercábamos a casa Palacio de Pertusa y al venir por la carretera que pasa por Antillón para llegar a Pertusa, quedamos admirados al ver la corriente del río Alcanadre, la piscina sobre el cauce del mismo río, las casas que parecían estar tomando el sol, que desde el Oeste las calentaba y las iluminaba. Al fondo se alzaban altas arboledas de chopos que infundían esperanza en el porvenir de Pertusa. Mi esposa más animosa que yo, estuvo en Bilbao, donde fueron felices Ana María y Joaquín.
Sobre todo se alzaba el templo del arquitecto Herrera, en cuyo tejado descansaban varias palomas blancas, que parecían destinadas a resaltar la belleza de la torre.
Pero lo que no podré olvidar nunca será el pequeño piso con su jardín al lado, del que Ana María goza en Pertusa  y donde pasó con Joaquín los días más felices de su vida.
El día dieciocho de Abril de este año, salí al jardín y éste en plena primavera, había acrecentado su belleza, porque las enredaderas subían por las paredes y los tejos de eterna hoja, con su serenidad y aristocracia, parecía que me pedían que acariciase sus hojas, con mis manos. ¡Qué amante de la Naturaleza es nuestra amiga Maruja!, porque ha colocado conejos, de los que uno duda si son de cerámica, de escayola o de mármol. A ella no le importa el problema material sino la vida natural de esos conejos, lo contrario que ocurrió con un bilbaino, que habiendo sufrido una rotura ósea, al escuchar al médico que sería necesario colocar escayola, esclamó: ¡oiga, a mí me tienen que poner mármol, porque soy de Bilbao!. A ella le impresionaba mucho, además de la Naturaleza, el mundo espiritual, pues además de los conejos tenía colocada una estatua de Santiago de Compostela, que igual que guiaba a los conejos por los montes, la conduciría en sus numerosos viajes por el mundo. Quizá tuvo influencia en sus sentimientos el dibujo precioso de Juan de Latorre, que representa una casa aragonesa, con sus arcos superiores, done nació su querida madre, en Peralta de la Sal.
Al ver dicha casa aragonesa, me fijé en el libro que tenía sobre la mesa, titulado “Razones para la Esperanza” y me acordé de los esfuerzos de Maruja para ayudar a otras personas y observé en el capítulo sesenta y uno, lo siguiente:”Yo aprendí esto del truco, de mi madre, que cuando le pedían recomendaciones, iba y rezaba un rosario por las recomendados”.

No puedo olvidarme de su padre don Enrique Palacio, al que yo iba a visitar a Pertusa, como él siendo cazador,  venía a  Siétamo  y acudía a visitar a mi padre y a mí. Enrique se casó con Asunción Val, que parecía que su madre le había preparado  para que Maruja lograra alcanzar su gran bondad y su caridad cristiana. 

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