domingo, 10 de enero de 2016

Caballerizas



En los cortijos andaluces y un poco alejados de ellos, para evitar el olor que producen el estiércol y la orina de los caballos, se encuentran las caballerizas. En Huesca hacia el noreste del Cerro de Las Mártires Satas Nunila y Alodia, se alzan las caballerizas de varios gitanos oscenses. No son elegantes como las de los señores andaluces, son como chabolas, delante de las cuales se hallan los corrales, delimitados por delgados troncos de madera. Se encuentran dichas caballerizas o cuadras, debajo de otro cerro en cuya corona se encuentra u saso aragonés o llanura,  donde está enclavada una grande y bonita casa de un elegante gitano, que tiene también su propia caballeriza. En ella encierra caballos de montar y otros de raza pesada, que tienen como destino el matadero. En los días de Semana Santa se le ve andar por las calles de la ciudad  por las que pasan las procesiones y es que está vigilando a sus caballos, que forman parte del inicio de la procesión, con los soldados romanos que los montan. En distintas jaulas encierra, además de sus gallinas, a sus numerosos y “chulapones” gallos de pelea, con los que en ocasiones, cuando los oscenses están un día de fiesta por las playas, por los pueblos  o  por la Montaña, ellos hacen luchar a sus pollos con otros, que traen los gitanos desde los lugares donde moran. Al echar apuestas, toman sus cafés y consumen algún bocadillo. Y cuando el sol se esconde, entran algunos en su casa, en la que presidía la abuela y se ponen los visitantes a bailar y a cantar coplas gitanas, acompañadas por el sonido de sus palmas.
Parece que no tienen grandes conocimientos  religiosos, pero sus escasas ideas las tienen muy arraigadas. Un día pasaba por el Monasterio de la Asunción, cuya iglesia está casi siempre cerrada, pero aquel día que se veía abierta, entré dentro y me encontré los bancos todos ocupados por gitanos, entre los que se hallaba el elegante dueño de los caballos. Le pregunté qué era lo que hacía en el templo y me contestó que todos los años iba a rezarle a la Majarí, como los gitanos llaman a la Virgen María.
Entré un día de esos del mes de Marzo, cuando empieza la primavera, en la caballeriza o conjunto de cuadras de los gitanos oscenses y allí estaban varios de ellos, a los que saludé, los que no me conocían no me contestaron, pero los conocidos se alegraron mucho. Unos estaban sacando el “fiemo” de las cuadras y había uno, ya mayor que estaba acompañado por  un joven  gitanico  y por un elegante caballo hispano- árabe,  que habían hecho correr sujeto con una larga cuerda y sudando como estaba, no paraba de relinchar, como llamando a sus compañeros de cuadra. Por lo que pude apreciar quería el Curro vender el caballo y tenía necesidad de conectar con el teléfono inalámbrico, y le pidió al muchacho que lo llamara. Así lo hizo el muchacho y cuando contestó, habló con él y allí se quedó esperando a que llegara. Le dije: ¡qué cariño les tienes a los caballos!, y él me contestó: ¡Ay, sí, porque los quiero como si fueran parte de mi familia!.

Yo me fui y al llegar a la carretera que está debajo de las cuadras, oía cantar con una enorme energía, a una multitud de gorriones. Miré  hacia arriba y sobre unas zarzas los vi como estaban cantando felices y yo creo que lo hacían porque estaba llegando la Primavera. ¿Por qué se reunían en tal lugar los pardos pajaricos?, sencillamente porque, como yo había visto minutos antes, alrededor de los corrales había  montones de cebada de la que se alimentaban y bebían en las bañeras, que habían puesto para darles el agua a sus caballos. Asocié enseguida aquella banda de gorriones a las “cuadrillas” de gitanos, que como ellos viven inocentemente, confiando en la Naturaleza y en la solidaridad que entre ellos se tienen. Hace falta que no sean discriminados y que acudan a los trabajos, con los que podrían salir de esa situación de discriminación, para ser libres, como los pájaros. 

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