martes, 2 de febrero de 2016

Cañonazos en Siétamo, durante la Guerra Civil

El día  tres del  mes de Septiembre de este año de 2012, los albañiles de Siétamo, sacaron a laluz una bomba de cañón entera y sin sufrir más daño que los que el tiempo produce en el hierro, enterrado bajo tierra, y hoy, día cinco, cuando todavía estaba yo, escribiendo y comentando “reliquias”, producidas por la Guerra Civil, escribiendo de los cañones y cañonazos, me dijeron los hermanos Gabardilla, Jose Angel y Jorge, que ha aparecido otra, muy cercana a la primera. Dicen que pertenecen ambos proyectiles al siete y medio. Han aparecido estos proyectiles en la parte oriental de Casa Palacio de Agüero, en la que nació su madre, Nieves.

Sender en su libro, se lamenta de la destrucción que causaron los cañonazos de los sublevados, concretamente en Siétamo, aunque parece dejar esa afirmación en duda, ya que dice: “No sé lo que los cañones sacrílegos de   Montearagón dejaron en pie en Siétamo. Si dejaron algo”. El escribió sobre esa destrucción,  después de huir a Méjico, donde estuvo refugiado durante catorce años, para pasar a continuación a los Estados Unidos. La  guerra Civil no la pasó él en Aragón, sino en Madrid, de modo que  oyó hablar del asedio de Huesca, y no tuvo seguridad de lo ocurrido en su tierra aragonesa. En el libro de Sender, titulado “Monte Odina”, pone: ”Incluso en sitios tan tardíamente recuperados como Siétamo, cerca de Huesca, de la casa de Bolea, Aranda, Abarca…y últimamente de amigos míos. Digo últimamente  pensando en tiempos anteriores a la guerra civil”. Los amigos de que escribe Sender, fueron en su memoria el Conde de Aranda Don Pedro Pablo Abarca de Bolea, pues escribe del Castillo: “Realmente es un enorme caserón con más de palacio señorial que de castillo guerrero, desde que el Conde, fundador de la fábrica y cerámica de Alcora, lo convirtió en casa de labor”. He dicho que Sender era amigo “en su memoria”, del Conde de Aranda, porque éste murió en los finales del siglo dieciocho y le guardaba respeto y admiración, entre otras cosas por ser un creador, entre otras muchas,  de la fábrica de cerámica de Alcora, pero  estuvo Sender, gozando ”últimamente de amigos míos. Digo últimamente pensando en tiempos anteriores a la guerra civil”. De mi difunto padre recogí yo datos de la amistad entre el padre de Ramón J- Sender y el mío propio. El padre de Sender era,   director del periódico oscense “La Tierra”, del que mi padre era copropietario con otros oscenses. En ese periódico trabajó en algunas ocasiones Ramón J. Sender.  Mi padre comentaba las conversaciones que tuvo con Sender padre y su hijo Ramón J. Sender, del que acabo de escribir sus palabras, que se refirieren a los dueños del Castillo, a saber los Almudévar de Siétamo:” y “últimamente, (el castillo) de amigos míos. Digo amigos míos pensando en tiempos anteriores a la guerra civil”. En aquel castillo que “realmente es un enorme caserón con más de palacio señorial que de castillo guerrero”, estuve yo con frecuencia, cuando tenía cinco e iba a cumplir seis años de edad. Iba con mi tío José María que me subía cuando iba a llegar el invierno, a quitar los nidos de las palomas que teníamos en el último piso, para que con la falta de alimentos en los montes de Siétamo, las parejas de palomas, dejaran de criar pichones, expuestos a morir de hambre. En las distintas habitaciones del castillo, llegaron a vivir hasta catorce familias, según mi padre. Y según la hoy difunta madre de un albañil notable que trabajó en las dos torres del Pilar de Zaragoza, que miran al río Ebro, me habló hace poco tiempo de la vajilla antigua ,que se encontraba todavía en el castillo.

Sender,  en América, continente lejano de su tierra, no tenía noticias concretas de lo que pasaba en esa cruel guerra. Se acordaba con cariño del Conde de Aranda, precursor del progreso en el siglo XVIII, pues como dice el mismo Sender, convirtió el Castillo guerrero en una, entonces moderna explotación agraria, como se ve al contemplar el almacén de productos agrarios, ya casi destruido, con fecha en su portal de 1747. El Conde participó en la guerra contra Portugal, en que pasó al dominio de España el pueblo de Olivenza; luchó por la paz en el mundo en las embajadas de Moscú, de Polonia y de París, se preocupó de la libertad, que él quería dar a distintos países de Hispano-América, pero al retirarse a Epila, cabalgando  sobre su caballo, experimentaba el desarrollo de ciertas plantas pratenses, para llegar a una producción de carne, para el consumo de los españoles.

Se acordaba también Sender, de “ese castillo que me ha parecido siempre una fortaleza árabe o berberisca. Quizá porque el señor ( Manuel Almudévar Vallés, mi abuelo), que la vivía en 1920, era un modelo y ejemplo estupendo de caid o sheik, (más bien  hacía luchar al castillo, por el progreso de la agricultura y de la ganadería), con su pálida cara ovalada, su barba tuareg, su tez de camellero del desierto  y sus anchos y hondos ojos sombríos, en cuya fijeza, había sugestiones misteriosas y ancestrales”. Sus sugestiones misteriosas y ancestrales, consistían en convertir los viejos molinos del río Guatizalema en una, entonces, gran Fábrica de Harinas, en unión del ingeniero Bescós, padre de Silvio Kosti. Los tuaregs, habitantes anteriores de Marruecos, a los árabes, eran parientes de los íberos. Sender los había conocido en la Guerra de Marruecos y admiró su nobleza antigua, relacionada con los íberos españoles. A algunos adornos de las ansotanas, se les atribuyen un origen común con los tuaregs, así como a otros ropajes de los fragatinos. Aquellos años fueron una revolución de ideas, que confundieron al mismo Sender. Él amaba al Conde de Aranda y definía con un origen primitivo a mi abuelo, pero sus, en otros tiempos, apreciados comunistas y anarquistas, no pensaban como él y   parece ser que Sender, no creía que los miembros de bastantes sindicatos, que invadieron Siétamo, fueran capaces de prender fuego al castillo, porque escribe: “Pero no puedo creer que el castillo-palacio de los Bolea (con sus muros de dos metros de espesor) se dejara arrasar fácilmente, aunque los cañones de Huesca eran gruesos morteros que disparaban granadas rompedoras de gran calibre”. Parece ser que a esos miembros de la revolución, les agradaba quemar los edificios, pues la señora Concha Ferrando Periga, alias   “Concheta”, me contaba con cierta frecuencia, que un día se encontró con varios milicianos, que se dedicaban a incendiar y al ver que lo iban a hacer en casa de Almudévar, les dijo:  “no se dan cuenta de que si queman este edificio , no tendrán donde refugiarse” y aquellos destructores dijeron, mirándose unos a otros: ”pues esta mujer tiene razón” y se marcharon sin quemarla. Durruti instaló su despacho, durante escaso tiempo, en el cuarto de costura, de casa Almudévar.

¡Cómo se ve el contraste entre la real  quema del castillo por los anarquistas y su supuesta destrucción por los cañones de Huesca, pues a Siétamo, lo cañoneaban para conquistarlo, no los cañones de Huesca, sino los que venían de Barcelona.   Estas dos ocasiones, la primera producida por la entrada en Siétamo de los milicianos de FAI, la CNT hasta el año de 1937, en que se dio al Ejército Republicano el poder de dirigir la guerra.  Los cañonazos venían del oriente, es decir de la parte de Barbastro y en la segunda fase, cuando entraban los “nacionales”, provenientes de Huesca, de allí venían las balas de cañón, pero parece que los nacionales lanzaban los cañonazos, por encima del pueblo,  para que cayeran en los campos del lado oriental. Por lo visto hacían como los aviones, que me explicó mi amigo y contemporáneo Rafael Bruis Vilellas, que volaban por encima del pueblo y lanzaban  las bombas por fuera de él. Uno de esos aviones, tal vez averiado, aterrizó encina del Campo de Pablo Bibián, conocido en Siétamo por Pabler, siendo cogido preso el piloto, al que un batallón entero fusiló. El piloto se puso frente a que los asesinos y cuando dieron la orden de disparar, se volvió de espaldas y murió sereno, lleno de fe, en una futura paz para el pueblo español. Quedan,  además de mis recuerdos, los de escasas personas que vivían en Siétamo, en aquella guerra. Entre ellos están Joaquina Larraz, viuda de Bruis y mi compañero en la Escuela Municipal de Siétamo, antes de la Guerra Civil, Rafael Bruis Vilellas. Eran diferentes el comportamiento de las ideas,  que llamaban progresistas y el de los sencillos ciudadanos, que no buscaban la muerte de sus hermanos. Por eso, cuando, entre los que montaban las balas de cañón en la zona gubernamental, según he recibido noticias de personas enteradas, ponían una perrica, moneda de cobre de un céntimo entre la espoleta y la carga  explosiva, de tal forma que, aproximadamente el cincuenta por ciento de los proyectiles no explotaban. Estaba España metida en una Guerra Civil,  pero los que podían trataban de evitar la muerte de sus compatriotas, parientes y muchas veces hermanos.    

Recordando los relatos de hijos de Siétamo,  ya difuntos y de otros mayores de edad, como Joaquina Larraz, Vda, de Bruis, de ochenta y tres años de edad en este año de 2012, sí que hubo bombardeos sobre Siétamo, pero no sobre su núcleo, ya destrozado. Cuando ya perdía fuerza el cerco del gobierno y de los sindicatos, alrededor de Huesca, las fuerzas rebeldes, habían adquirido más fuerza y más poder, para lanzarse a reconquistar Monteragón, Siétamo, Barbastro y Barcelona. Entonces, sus cañones se disparaban no sobre sobre el núcleo de Siétamo, pero si muy cerca de él.  Los civiles tenían que refugiarse, al principio en la “Caseta de los pobres”, ocupada por el pueblo, contra los cañonazos que venían,  ahora, del occidente, es decir de la parte de Huesca. Pero a pesar de su aparente resistencia, sobre dicha caseta cayeron bombas, que a la señora Juana Periga, natural de Santolaria, por la chimenea le cayeron  ruinas producidas por los cañones.   Ellos no sabían si iban a bombardear el edificio de la Escuela y se refugiaban los alumnos en una acequia central del Valdecán, donde murió un hijo de casa Sipán. La escasa población que no había huido de Siétamo o había muerto en la guerra o había sido fusilado o asesinado, sufría por los cañonazos y por las bombas de aviación y buscaba refugios, donde evitar la muerte o las heridas. Hay en  Parizonal,  zona agrícola de Siétamo, una cueva, utilizada por los pastores, para dormir en ella y guardar el ganado en un corral adjunto. Parece ser una cueva primitiva, porque al otro lado del camino, se alzan, entre carrascas, dos monolitos y más abajo, hacia el río, hay una pila de piedra, donde tal vez guardaran el agua, los hombres primitivos. A esa cueva iban a dormir muchas veces aquellos pobres hijos de Siétamo, Estebané Bescós, de Casa Trabuco, gritaba, con  frecuencia:  ¡A Parizonal,  a Parizonal !,  mientras Silvestre Bara, pastor de las ovejas de mi casa, preparaba una olla de judías, para que comieran los pobres refugiados  y cenaran, en su refugio de la Cueva de Parizonal. El pueblo lo pasaba mal y los que íbamos refugiados por Huesca, Jaca y Ansó, estábamos siempre huyendo de los cañonazos y de los aviones. Yo me acuerdo de una niña de Bellestar del Flumen, refugiada como nosotros en Jaca, que murió a causa de un cañonazo que cayó en el Parque, donde ella estaba jugando. Estando en Jaca, llegó a visitarnos, en cierta ocasión, Gabarre de Pueyo, que estaba voluntario de los requetés, acompañado por José Antonio Llanas Almudévar y otros compañeros. Aquella visita consolaba nuestros corazones, porque otros parientes fueron fusilados en Fañanás, como     Vallés Almudévar y su hijo de unos dieciséis años, juicio que ordenó un vecino de Fañanás, analfabeto.

Sigue Sender: “No sé  lo que los cañones sacrílegos de Montearagón dejaron en pie en Siétamo. Si dejaron algo”. Escribe Sender de dos amigos suyos, uno alemán y otro inglés y añade: ”Los dos me dijeron que Siétamo quedó totalmente destruido. Arrasado”. Sender leyó los escritos del alemán Gustavo Regler y del inglés Bates, y le dijeron que Siétamo quedó totalmente destruido, pero por lo visto Sender no se enteró de quien destruyó tal pueblo ni de donde provenían los cañonazos, que derribaron tantos edificios ni los aviones que sobre él volaron.


Cuando contemplas algún muro atravesado por un cañonazo, te das cuenta de que tuvo que entrar en la parte oriental, es decir que habría sido disparado desde tierras dominadas por los “rojos” que venían de Barcelona por Basbastro. Frente a casa de Gabardilla, con su actual apellido de Barta, se ve  el círculo creado por un cañonazo en la fachada de las ruinas de casa de Bruis de la Calle Baja. El joven muchacho, Jesús Angel ayudado por su hermano menor Jorge, me explica que en su casa, que se encuentra justamente enfrente del agujero producido por una bala de cañón, había caído un cañonazo, que derribó la parte alta, con lo  qué, al derribar la parte alta de su casa, dio paso a la bala de cañón que golpeó  en la fachada de Bruis. Hoy, después de setenta y seis años, todavía permanecen en pie las paredes de tal casa y casi coronando su parte más alta, se exhibe el ruinoso círculo, creado por un cañón. Si vamos recorriendo la Calle Baja o del Conde de Aranda, desde las casas de Gabardilla y la de Catevilla, se alzan unas cinco casas más, edificadas por Regiones Devastadas, y que sustituyeron a las primitivas edificaciones, que fueron destruídas por los cañonazos, que disparaban a Siétamo, las fuerzas que venían de Barbastro. Llegamos a la Plaza Mayor, donde se eleva la iglesia Parroquial y en su parte oriental,  se introdujo en sus paredes, una bala de cañón que ha permanecido durante muchos años, hasta que dimos cuenta a la Guardia Civil, que la sacó de la piedra del muro de la iglesia.  Hace dos o tres años, mis nietos colocaron en el agujero que ocupó la bala de cañón, una cruz, que ellos mismos fabricaron con dos palos, atados con una cuerda. ¡Qué sensibilidad tienen los niños ante la crueldad de los cañones!, reaccionando con su cruz, sin haberles preguntado qué significaba para ellos un viejo cañonazo.   También en el corral que cerca la parte oriental de dicha iglesia, un cañonazo abrió un semicírculo en su parte más alta de su tapia o pared, que permaneció en esta situación hasta que los cerraron los albañiles. En mi casa derribaron un piso en la habitación de abajo y en la parte más elevada de la casa, cayeron por obra de los cañonazos, las cuatro paredes, que con un tejado cuadrangular, servían para tomar el sol y poner a secar las ropas recién lavadas. Se restauró la casa, pero ya no ha vuelto a aparecer esa artística terminación del tejado.

Siguiendo por la  Calle Alta, se llega a la era, donde en el pajar, destruido por los cañonazos,  en la parte también oriental de ve en lo alto de la pared otro círculo obra también de la artillería. A mi hijo en el campo, llamado Valdecán, le salió una bala de cañón del siete y medio, que los técnicos de la Guardia Civil, se llevaron, junto con otra bala encontrada en la balsa de la Huerta del Conde de Aranda y la de la pared de la Iglesia, en el corral de mi casa, que cierra el acceso a este proyectil. Estos jóvenes de Casa Gabardilla, José Angel y Jorge, son jóvenes y no estuvieron en la Guerra , pero se acuerdan de ella, por habar tenido que reparar los destrozos producidos por esa Guerra tan cruel, por la explosión en su huerto de un bala de cañón y hoy las dos balas de cañón encontradas en casa de su madre y hermanas, de apellido Palacio. Si tomas parte en una conversación con los pocos hijos de Siétamo que van quedando, uno te recuerda el gran proyectil artillero que encontraron en el chalet del francés Antonio Bergua y otro te cuenta de la bomba encontrada en la partida agrícola de Olivito.

Gracias a Dios esos hallazgos no han producido muertos después de la Guerra, pero José o Pepe Ferrando, siendo un niño todavía, manipulando una bomba de mano,  encontrada en la ruinas de casa de Cavero, le explotó y le dejó sin tres dedos en una de sus manos. Allí los niños, buscábamos balines de las balas de fusil, de lo que yo tanto me acuerdo y que mi primo de Fañanás, cuando subió a Siétamo a lamentar su aspecto de pueblo destruido, escribió de los niños buscando balines.  A Pepe lo nombraron cartero del pueblo y alguacil,  más tarde. Todavía vive, pero su silencio hace recordar, sin comentarios, los crímenes de esa Guerra.



El periódico La Vanguardia de día 29 de Septiembre de 1936, en la página 14, escribe: ”Han proseguido esta tarde, con gran intensidad los ataques de nuestra aviación y artillería contra Estrecho Quinto y Montearagón”. Estaban los nacionales rodeados por los gubernamentales desde el 29 de Agosto de 1936”. La historiadora Carmen Nueno Carrera, escribe que el Montearagón fue asaltado por los milicianos anarquistas, pues sus defensores estaban casi muertos de hambre y que “había un cañón pesado, que probablemente databa del siglo XIX”. Sender escribió que los cañones disparados por los nacionales, destruyeron Siétamo, pero el 29 de Agosto de 1936, no fue posible lograr esos éxitos con un viejo cañón del siglo XIX. Pero los guerreros de los sindicatos tampoco debían tener muchos y buenos cañones, sin embargo Orwell, escribió que “el general que mandaba las tropas del gobierno, dijo alegremente: ”mañana tomaremos café en Huesca”, pero  más serio fue lo que dijo sobre la artillería,:”no sé qué importancia hubiera tenido la captura de Huesca, pero seguro que se hubiera podido tomar en Febrero o Marzo, disponiendo de “artillería adecuada”. A finales de Junio se inició el gran ataque a Huesca, claramente por motivos políticos, para dar una victoria al Ejército Popular y desacreditar a la milicia de la CNT”. Y sigue Orwell escribiendo.” Un número de hombres que estuvieron en el ataque de Huesca, me aseguraron que  el General Pozas había retenido a sabiendas la Artillería, para conseguir que murieran el mayor número de posible de tropas del POUM, seguramente es verdad, pero muestra el resultado de las campañas, como la llevada a cabo por la prensa comunista”. Pero se fueron enriqueciendo las baterías de cañones rusos de 75 mm. “que disparaban desde muy cerca de nuestra retaguardia….y detrás de Monflorite había dos cañones muy pesados que disparaban muy pocas veces al día”. Aquí repite la historia de la escritora Carmen Nueno  Carrera,que decía que en lo alto de Montearagón,  antigua fortaleza medieval, los milicianos del gobierno la habían asaltado, encontrando un solo cañón pesado del siglo XIX. Estas notas sobre el resultado de las campañas, las escribió Orwell a finales de Abril de 1937, antes de su marcha  a Barcelona, de donde se escapó de España por el peligro que corrían los anarquistas por parte del comunismo.

A medida que avanzaba la Guerra Civil, iban aumentando el número de cañones y de tanques provenientes de Rusia, pues los rusos se cobraron todas sus aportaciones con el oro del Banco de España, que se llevaron a Moscú y del que ya no se ha sabido nada más.

En Ibieca, pueblo muy próximo a Siétamo se preparó una sociedad, en la que trabajaban todos los que fueron dueños de la tierra y los partidarios de la revolución se dedicaban a gobernar los que nunca habían trabajado, según aseguraban ellos.” A medida que la columna de Durruti avanzaba, como en las de la CNT, se iban formando colectividades campesinas que abolieron la propiedad privada, el dinero y el asalariado. Esta legislación, el haber facilitado al Ejército su labor y la pronta aportación de cañones, poniéndolos en lucha, tal vez hubieran hecho que el gobierno ganara la Guerra Civil.

“Fue angustiosa la situación de los sitiados en Estrecho Quinto y Monte Aragón” anuncia la Vanguardia y cuenta unas historias que yo conocía, pero que me satisface verlas en periódico de aquellos años de 1936. Dice el periódico que trescientos hombres y unos cien vecinos de Siétamo, permanecían aislados al aire libre, en lo más elevado del Estrecho Quinto, pasando hambre hasta el día 29 de Agosto de 1936. Entre ellos estaba, que yo me acuerdo de ellos, el Doctor Coarasa, que salvó a una niña de Casa Sipán y se la entregó a su madre, dueña de dicha casa. El Coronel Villalba, coronel de Barbastro, cuyo comportamiento fue con cierta frecuencia favorable a los sublevados, escribió una carta al comandante nacional Carlos de Ayala,  jefe de la posición. Dice la prensa: “un enlace salió rápidamente de Siétamo, para dar cuenta de este diálogo al Coronel Villaba… la carta salió de Barbastro a Siétamo y una mujeruca de ese poblado la hizo llegar a manos de los rebeldes… La vieja avanzó con su bandera blanca por la carretera, hasta llegar a nosotros. Entregó la carta a un soldado, éste se la dio a un alférez; el alférez la puso en manos del capitán Ramón Mesa, que fue quien leyó la carta y la rompió después. Al aventar los pedazos de papel, le oí comentar. ”Mientras quede aquí un fusil, los rojos no entrarán en Estrecho Quinto”….  “ Muchos  campesinos viven ya a la intemperie , y a esa larga lista de víctimas habrá que añadir los trescientos soldados y los cien vecinos de Siétamo que viven en Estrecho Quinto unas horas de pesadilla bajo la metralla de nuestros cañones… Sigue nuestro ataque de artillería y aviación”. “ A media mañana la aviación rebelde voló encima de nuestras líneas y lanzó paquetes de periódicos, principalmente de “El Noticiero de Zaragoza”. Hace dos o tres días que la aviación enemiga parece que está falta de municiones y se dedica a lanzar papeles, que no producen ningún efecto entre nuestras fuerzas”. Tal vez fuera cierto que los nacionales carecían de bombas para atacar al enemigo, pero siendo así, poco daño podrían causar en Siétamo lo aviones nacionales. El día doce de Septiembre se retiraron los nacionales de Siétamo y se posicionaron en el Estrecho Quinto. De aquí el día treinta del mismo mes, se retiraron en medio de dificultades a Huesca. Con ellos marchó la “mujeruca” que provista de una bandera blanca llevó desde Siétamo al Estrecho Quinto la carta del Coronel Alonso de Barbastro. Habla “El Noticiero” de la señora Concepción Ferrando Periga  como de una mujeruca, cuando era una auténtica señora, humilde económicamente pero trabajadora. Nosotros la llamábamos “Siña Concha”, con un gran cariño y confianza, porque ella era, antes de la Guerra Civil, la que nos cuidaba a mis hermanos Luis, Jesús y a mí mismo. Yo tenía cinco años, cerca de los seis y ella me gritaba: “Hijo mío, ¡ladrón!, tú tendrás cien años de perdón”. Por lo que se deducía de que aquí en España, ya había muchos que aspiraban a ser ladrones de gobierno y me gritaba : “¡ Inacier, tu serás ladrón de gobierno!”. No lo consiguió, pero veía un buen porvenir en esa profesión, pues hasta los rusos se llevaron el oro de España. Era una mujer de un físico de baja estatura y ligera de paso. Iba vestida, hasta que se murió, con unas sayas que le llegaban a los pies y su cabeza estaba siempre protegida por una pañoleta. ¡Qué bien desfilaría desde Siétamo por la carretera, hasta el Estrecho Quinto, con su paso ligero con su bandera blanca!. No volvió a Siétamo hasta que no acabó la Guerra Civil y en Siétamo, tenía una pequeña casa, con su corral en el que criaba gallinas y conejos chinos. Más de una vez nos invitaba a merendar a su sobrino, que de niño estuvo de corneta en la Legión y que se retiró en Huesca. Cuando volvimos a vivir en Siétamo, ella vivía con nosotros,  hasta que se fue a casa de mis parientes los de la Farmacia y a última hora se refugió en las Hermanitas de los Pobres. Allí iba yo a verla y me cogía de la mano y no la soltaba. Ya nos había salvado la casa de un incendio, para dar cobijo a Durruti y ahora le dolía tener que separarse de mí. Yo creo que algún día nos volveremos a ver en la otra vida.

En el libro de Antonio Trisán Viñuales,  titulado “Así fue…No sucumbí”, este señor de Fañanás y conocido por mi familia, igual que su hermano José María, fue conductor de un camión de los nacionales, en la primera reconquista de Siétamo a los “rojos” y cuenta muchas cosas de las que allí sucedieron. Fue esta reconquista de Siétamo en los primeros días de Agosto de 1936 y en ella participó Antonio Trisán Viñuales y su hermano José María, con el que durante bastante tiempo después de la Guerra Civil, cultivamos una buena amistad. Ambos hermanos sintieron necesidad de entrar en casa Almudévar, abandonada por todos los hombres y mujeres. José María al ver tantos cuadros,  muebles y libros, se dio cuenta de que lo mejor que podía rescatar a mi padre, serían las escrituras. En un saco las introdujo todas desde el siglo XVII y las llevó a la Farmacia de mis parientes los Llanas Almudévar de Huesca. Gracias a José María Trisán, puedo transcribir historias y planos del proyecto de riegos de Siétamo con el río Guatizalema. No se pudo realizar la obra de regar el monte de Siétamo,  porque otra guerra de los Carlistas, anterior a la del 1936, lo impidió.  


Antonio Trisán, en su libro, escribe: ”En la Plaza hay una casa señorial saqueada y una iglesia…que en su interior se ven dos cadáveres de los últimos defensores. Por todo el pueblo, la legión con sus cantos y sus disputas. En el centro de la Plaza está el monumento obligado en estos pueblos del Alto Aragón: la clásica cruz de piedra con su escalinata”. Esa Cruz todavía nos reúne muchas tardes a sentarnos en las escaleras pétreas, pero la columna que se eleva,  ya no es de piedra, porque la reconstruyó el pueblo con ladrillo, ya que en su segunda entrada en Siétamo, la derribaron. “mientras la tropa vivaquea alegremente, me dedico a dar un vistazo por la casa y por la iglesia, que parecen más castigadas…hay dos imágenes, patronas del lugar. La primera representa a SanPedro, es una talla corriente, de proporciones naturales, vestido de obispo con las clásicas llaves del cielo…..Ilustre portero que ha de visar nuestro salvoconducto, cuando emprendamos el último viaje. Acuérdate de este soldado que mientras el resto de sus compañeros bebía y comía en un festín bárbaro, sobre las ruinas de tu lar, sintió la dulce necesidad de penetrar en los misterios de tu arcano. La otra imagen es una Virgencita...que tiene un nombre evocador, hermoso:¡la Virgen de la Esperanza!....Hay una penumbra suave, tan suave que no he visto al entrar un charco de sangre negra la pie del altar mayor. Un defensor herido se debió arrastrar hasta aquí en un supremo esfuerzo. ¡Ya no estaba el héroe ta lejos de su Dios y de su gloria!...Yo pensando en la religiosidad de mi madre que no sabe donde estoy, mascullo una plegaria a esta imagen lugareña …nuestra dulce patrona: ¡la Virgen de la Esperanza!. Sin esperanza el mundo ¿qué sería?.”

Pasa a describir la invasión de la Casa de los Almudévar de Siétamo,diciendo:” se han desbordado las pasiones en esta casa solariega, tiene pinta de casa patricia, solaz de mayorazgos y refugio de los pobretes. En la antigua fachada, un escudo tallado en piedra con las armas de los Almudévar, familia linajuda del Alto Aragón. En el patio ya lleno de tropas, algarabía debida al vino noble que los combatientes han encontrado en un torreón de lo que fue castillo del Conde de Aranda, y que el abuelo de esta casa tenía en estima. En el primer piso, muebles, ropas y vajillas en revuelta confusión. No ha quedado alacena ni arquimesa sin abrir.



¡Han pasado los bárbaros!.
Restos de lo que fue comedor familiar; dos pequeños rimeros con libros vacíos; estos sobre la mesa medio abiertos, medio rotos: Galdós, el Duque de Rivas, Rubén…por el santo suelo.
Un solo volumen ha quedado en el “Epigramas” de Silvio Kosti con una dedicatoria magnífica del autor. Reza así: “Al ilustre tío Manuel, Mayorazgo y jefe de mi estirpe”. Silvio Kosti.

Contiguo al comedor, profanado con latas de sardinas y panes de munición, que fue el festín de la horda, hay una sala amueblada con gusto. Entrando se ve una foto de un caballero de unos sesenta años, de buen aspecto. No puede ser otro que el abuelo al que alude Kosti. Así lo proclaman su aspecto noble y su bigote blanco y legendario”. ¡Cómo coinciden Ramón J. Sender y Antonio Trisán Viñuales en la descripción de mi abuelo Manuel Almudévar Vallés!. ”¡Una casa que tiene historia de siglos, destruida  en pocos minutos!”. Antonio Trisán Viñuales describe todavía libros, muebles y cuadros de los que había, según mi padre, pues yo me acuerdo de muchas cosas, pero no recuerdo detalles. Cuando los guerrilleros sindicalistas entraron de nuevo en Siétamo, acabaron por destruirlo todo, tanto en nuestra casa, como en la iglesia, donde quemaron todos los retablos con San Pedro y con la Virgen y en la Plaza derribaron la columna que exponía la Cruz a todo el mundo. Pero al mismo tiempo desruyeron casas enteras, dejando sin vivienda a muchos hijos de Siétamo.

“¡Ah , si el abuelo volviera por aquí (murió en 1930) y viera todo esto!. Sus manos patricias que empuñaron la esteba en su mocedad” le hubieran recordado las Guerras Carlistas, que impidieron la puesta en regadío del pueblo de Siétamo, como la Guerra Civil acabó con la producción vinícola.”, con la que acabaron bebiéndosela y derramándola por los suelos a base de tiros de fusil. “¡Una casa que tiene historia de siglos, destruída en pocos minutos!. Hay un piano con la tapa levantada y sobre el atril, música de Strauss: un vals vienés. El último Corsario. He aquí una de tantas incongruencias de los hombres. Por un lado, la horda destrozando la poética quietud de esta casa…Y otro bárbaro, enamorado de la música, arrancando al piano las voluptuosidades de este vals cien por cien!.

No hay un armario sano. Ni un vaso, ni nada a excepción de esta habitación que permanece sin destrozos. Ya al  salir,  en una rinconera magnífica, hay abandonado un estuche de pintura, con su paleta, sus colores y sus pinceles.Pues bien, aprovechando este mensaje, un “focín” como se dice en Aragón, pintó en el tocador de puro estilo español antiguo, sobre la luna, las letras de rigor U.H. P.Muy bien,  muy bien…Yo opino que sí, que debemos unirnos, hermanos proletarios, pero no para esto sino para hacer el bien y conseguir la mayor cultura general.Salgo y cierro la puerta. Lo único que ha quedado intacto, no debe verlo nadie. Además está dentro vigilante desde su marco, el lejano abuelo, el jefe de la estirpe de los Almudévar.

Tomo como recuerdo el volumen de Kosti y salgo a la calle…El vino se nota en el ambiente. Cantan esos soldados esas melopeas de los que ya están en el límite de sus posibilidades alcohólicas”. Como dice Antonio Trisán, en un torreón del Palacio, había envejecido un buen vino. Efectivamente según me dijo mi padre eran unos seiscientos mil litros los que se encontraban en la Bodega, fruto del cultivo de viñas del Somontano. Se ha dado un crecimiento en esta tierra en la producción de vino, pero en Siétamo, ya no quedan, prácticamente viñas. Esas bodegas fueron con  mucho placer, encontradas por “rojos y blancos”, que como cuenta Antonio Trisán se lo bebían hasta emborracharse. Con esa sensación se olvidaban de la sangre constantemente derramada por sus compañeros y por sus rivales. “El vino se nota en el ambiente. Cantan los soldados esas melopeas de los que están en el límite de sus posibilidades alcohólicas”…Algunos piensan “mañana hemos de enterrar nuestros muertos en el cementerio del lugar”. Si, acostumbrados a ver brotar la sangre de sí mismos y de sus compañeros, la hacían brotar a tiros de las pipas y toneles de la bodega, hasta que ya no quedó ni una gota de vino, como había dejado de brotar la sangre “ de los que hemos de enterrar…en el cementerio del lugar”.

Qué sensible fue Antonio Trisán a la destrucción de España, pero con qué cariño llegada la noche, “abro la cabina de mi camión y hago de ella, juegos del espíritu. Esta noche perfumada, sobre estas ruinas, sobre estos muertos, arrullados por las emociones, es para mí, con su único asiento, una alcoba nupcial”. Aquella noche era perfumada porque “llegan del campo con la humedad de la noche, aromas de heno y de flores, como un canto de vida y esperanza”. En su cabina, ya de noche, con su  cabeza abajo,  recuerda su  “nido, allá en el cercano pueblo natal ( de Fañanás), también saqueado, está vacío”. ¡Qué buenos sentimientos demuestra este autor, cuando se acuerda de su casa de Fañanás y cuando se lamenta de que su esposa ignore donde se encuentra”.

Al día siguiente escribe: ”Recorro las afueras. Hay que ir con precaución porque hay bombas sin estallar”. Qué razón tenía, porque estos días de Septiembre de 2012, todavía se va encontrando alguna, después de setenta y ocho años. ”Aparecen muertos y más muertos, que el enemigo tuvo en la retirada; algunos adoptan dentro de las acequias posiciones inverosímiles: en actitud de saltar, en posición supina, cabeza abajo, incluso derechos, levemente recostados en un talud…presencio la inhumación de uno de ellos, va vestido de azul, tendrá unos dieciocho años. A su lado una carabina Winchester, una mochila con equipo de sanidad, un pan y un poco de embutido. Entre las ropas, una libreta sindical y unas monedas”.

“Arriba, en el antiguo palacio del Conde de Aranda, los soldados preparan otra vez los parapetos porque se teme la contraofensiva”.Efectivamente volvieron a atacar y se apoderaron otra vez de Siétamo, porque el día doce de Septiembre se retiraron los nacionales al Estrecho Quinto. Si estaba destruido el pueblo en el primer ataque o conquista por los rojos, ¿cómo estaría después de la segunda ocupación?. Antonio Trisán dice: “se ven mejor los efectos de la lucha pasada. Se distinguen los tejados despanzurrados, los cables de conducción del fluido eléctrico cortados por las balas, las pantallas de alumbrado público, están perforadas. Puertas y ventanas llenas de aspilleras. En una casa que da a la carretera, hay sobre el  balcón un parapeto improvisado hecho con colchones; detrás de ellos, una máquina abandonada, cuyos servidores huyeron en el último momento. La calle sembrada de tejas, de alpargatas, de casquillos de fusil, de latas de conserva”.    

A Antonio Trisán Viñuales le impresionó la dedicatoria a mi abuelo, del libro Epigramas, por Silvio Kosti y a mí, me impresiona la dedicatoria que escribió Antonio que dice: ”Esta novela habla de guerra, anhelando la Paz: que encuentres esta última en el único lugar donde creo podrás hallarla. En el interior de tu propia alma”.   

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