martes, 9 de febrero de 2016

El inglés Paul Adhinson, se quedó en Huesca, al jubilarse



Tiene sesenta años y está jubilado de su trabajo con Don Antonio Porta Labata. ¡Qué recuerdos trajeron a Huesca este Don Antonio Porta, los Albajar, fabricantes de una máquina Cosechadora, el harinero Don José Porta Callén, el creador,  entre otras máquinas, de las grúas de Luna y tantos hombres industriales, que hicieron parecer que Huesca, estaba subiendo desde su bajo nivel agrícola, hasta una Era Industrial!.
Yo estaba labrando en el monte de Siétamo, hasta que me ofreció trabajo de Veterinario, Don Angel  Escartín  Barlés, para hacer  propaganda de los alimentos compuestos, para los animales de las Granjas. Conocía yo a Don Antonio Porta Labata  y a todos los veterinarios que trabajaban en su empresa para la alimentación de los animales,  fabricando piensos compuestos. Eran todos ellos elegantes, intelectuales y trabajadores. 
Pero no conocía solamente a ellos, pues también conocí  a otros trabajadores. Entre ellos me llamaba la atención un auténtico “mister inglés”, al que conocí mejor por su elegante figura física que por su nombre.  Era un individuo  elegante y me agradaba  escuchar su nombre y apellido ingleses, a saber Paul Adhinson.  Se correspondían  el nombre y apellido con su figura, auténticamente inglesa. Era y sigue siendo un hombre alto de alrededor de un metro con ochenta centímetros, que destaca todo él por su figura estrecha y elevada, con la piel blanquísima en su rostro y  en su cerebro, calvo por encima, pero rodeado por todo su alrededor, por una cabellera, propia de un  “gentelman” inglés. Sus ojos están protegidos  por unas gafas cristalinas, que dan la impresión, que uno duda, si son  minerales y por otro lado,  algo intelectuales, que protegen sus pensamientos de los contactos, a veces materiales totalmente, que entran por sus ojos. Sin embargo, ahora que converso con él, veo que su mirada no es material, sino  qué  está impregnada por la nobleza de un auténtico “gentelmen” y el serio humor inglés.   Se acuerda de su hija, que fue a Marruecos a esquiar, y además  cita, con gran cariño, a su nombrada  buena y bella hija. Tiene además, un corazón generoso, porque constantemente me está ofreciendo cigarros y tazas de café, para que lo pase bien, aunque yo no  sé  los acepto, pues mi avanzada edad,  no admite ni el tabaco ni el cortado.  Se acuerda Paul de que cuando celebraba la Navidad en  Inglaterra, escaseaban los racimos de uva, en la última cena de Noche Vieja,  pero se contaban también desde los doce  granos de uva, cuando los había, hasta el último grano consumido en aquel año, siguiendo la campana del Big Ben. Consumido ese grano de uva, se daban besos y abrazos. Luego,  se cogían de la mano y entonaban la canción tradicional “Auld Lang Syne”.
  Ahora estamos en Navidad, pero su recuerdo ha pasado por la cría de las aves y de los cerdos, con los que trabajaba sin considerar horarios, pues consideraba el trabajo como una acción continuada, porque no se privaba de vaciar los ceniceros o servir  a los visitantes, un café. Porque los jefes como Porta, que era un auténtico Porta, que se había hecho a sí mismo en el pueblo de Las Casas, él mismo se preparaba el café y acudía algún domingo a la Churrería a comprarles churros a sus nietos.
El problema de la educación en la ciudad de Londres, consiste en que sus habitantes, caminan muy deprisa, casi sin mirar a nadie y se empujan con unos  y se dan tropezones con otros y a veces sueltan algún insulto, como “sorry”. En cambio la gente, aquí en la pequeña ciudad de Huesca, camina por la calle, con más respeto. Por mucha educación que tenga la gente, llega a perder el respeto cuando circula por tránsitos sofocantes, pero aquí en Huesca,  Paul no ha perdido jamás el respeto a los valores de cada ser humano, aunque sean éstos ancianos, ni a los bienes públicos ni a la propiedad ajena.
Y yo he contemplado un acto de respeto a la humanidad, estando sentado con Paul Adhinson  y nuestro común  amigo Artero, alrededor de un velador. Estábamos tomando un café, cuando llegó a nosotros un marroquí y con su deseo de vender cuchillos, pajaritos y graciosos farolillos, se puso a vendernos alguna de aquellas cosas bonitas, pero,  que casi no hay compradores que las necesiten.
Estaba el  “gentelmen”, aparentemente tranquilo, pero en su interior, aquellas escasas vísceras de su estrecho cuerpo, empezando por su corazón, notaba movimientos sentimentales, aunque los ingleses en su interior, no los manifiesten. Le preguntó al moro por ciudades marroquíes, como Fez, Tetuán y Rabat. Pero al final,  no pudo quedarse sin preguntarle por una montaña en la que se goza de una estación de esquí, porque en ella, su hija se había deslizado por la nieve, al mismo tiempo que respiraba aquel aire tan puro, que parecía ser una llamada desde  “allá arriba”.
Me dio la impresión de que a Paul se le había conmovido el corazón y le entregó al moro un billete de valor considerable. Allí se acabó la discusión sobre los objetos que quería vendernos, le invitó a una botella de un líquido sin alcohol y el moro, se despidió de nosotros, con un beso en medio de nuestra cabeza. No me fijé si besó la piel de la cabeza de  Paul, que carece de pelo o lo que acarició fueron sus cabellos, que le cuelgan de su calva y acarician sus orejas.

No sé tampoco si su hija, en aquellos momentos, sentiría el amor de su padre Paul.   

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