viernes, 15 de abril de 2016

Biscarrués y Ardisa, a orillas del Río Gállego

Castillo de la Ballesta , Ardisa (Zaragoza)

El verano pasado del año 2011, me llevó Antonio Ballarín, nacido en Velillas,  al lado mismo de mi pueblo de Siétamo, a una plantación de manzanos, que plantó, a orillas del Gállego.  Antonio ama a su pueblo, donde pasó gran parte de su niñez y a veces, siendo un hombre de eterna sonrisa, al recordarme alguna aventura, pasada en Velillas, se le pone el corazón, como si fuera una esponja, que mojada por  aquel pueblo, tan alegre, tan triste, entonces tan poblado y ahora casi desierto, parece que quisiera derramar ese exceso de agua de su corazón, en forma de lágrimas. Yo, del vecino pueblo de Siétamo, fui a estudiar a Zaragoza la carrera de Veterinario, para acudir a secar las lágrimas que la Guerra con sus cañonazos, que en mi pueblo, habían producido en mi persona.  Quizá por esa coincidencia, un día que me invitó Antonio a subir a su plantación de manzanos, situada en la orilla izquierda del Rio Gállego, frente al zaragozano pueblo de Puen de Luna, que se encuentra en la orilla derecha de dicho río , en la provincia de Zaragoza, acepté rápidamente. Fuimos por Almudévar y subimos desde  Puen de Luna, después de cruzar el Gallego, hasta el frondoso bosque cultivado con técnicas modernas, como el riego por aspersión, las redes de telas de plástico, que libran a las deliciosas manzanas que en él, se crían, de las tormentas que crueles, lanzan sus piedras de granizo. Por  su parte alta, corre un canal que toma las aguas del río Gállego, en la presa de Ardisa, con el que van goteando los manzanos. Al otro lado del canal, se alzan unos montes, revestidos de carrascas y de pinos, a los que así llamo, porque   creo que son mayores que los clásicos tozales. En este viaje nos introdujimos por ellos y contemplamos unos campos cubiertos de yerbas secas, porque estábamos en Enero, en lo más crudo del invierno y pasamos por uno de ellos, de secano, que si estuviera en Velillas o en Siétamo, todos los años lo sembraríamos de trigo. Pero allí, que es una zona de canales, sólo se aprecia para cultivarla,  la tierra regable. En otros tiempos la hubieran “corrido” para pastarla, los  rebaños de ovejas, que ya no quedan por esas hermosas,  pero deshabitadas tierras. A un momento dado apareció ante nosotros un espacio de cierta extensión, que estaba labrado,  pero no con las tejas que arrastran  los tractores ni las mulas, sino por los colmillos de los jabalíes, que tienen en aquellos montes, vestidos de enormes pinos, un refugio privilegiado. Ahí reina la paz, porque en un carasol, oculto para los que pasan por la carretera, unas cien colmenas de abejas, que son las reinas obreras, más felices, en aquellas montañas.
Bajamos después a ver al encargado de podar, de labrar y de regar los árboles frutales, que estaba recogiendo las tijeras “podaderas”, movidas por la electricidad, acumulada en una batería. Era el primer habitante de las Cinco Villas, que pude ver durante esta excursión. Tenía escasos  años, pero su cabeza reflejaba con sus palabras sabias, los pensamientos, que le inspiraban aquellos manzanos, que por el Este ascendían hacia la montaña y por el  Oeste, bajaban, precipitados  hacia abajo, es decir hacia las orillas del río. Estaba sólo casi todo el día, o más bien acompañado por los árboles y se sentía feliz,  porque en Zaragoza,  que es una gran ciudad,  no lejana de la finca que él cultivaba, muchos jóvenes no encontraban trabajo, escuchando músicas y ruidos, a veces repugnantes, mientras él oía los cantos de los numerosos pájaros, que cantaban en los árboles, que él estaba podando. Tomó Antonio una pieza averiada para llevarla a un taller mecánico,  que se encuentra en  Piedratajada, en la provincia de Zaragoza. Yo observé el rostro del muchacho, porque se ven en sus habitantes rasgos vasco-ibéricos, pero en su cara asomaban unas pecas, que marcaban algunos orígenes de los visigodos, que ocuparon estas tierras y las de la vecina Navarra.
Marchamos felices a Piedratajada,  y allí en un amplio espacio, estaban la casa y a su lado el taller de un mecánico, de aspecto joven, con su pelo de color rubio, que como el tractorista, encargado de la finca de los manzanos, hacía pensar en las diversas razas que ocuparon estas tierras. Estaba trabajando,  con su guardapolvo de color verde. Le dio Antonio el encargo y después nos pusimos a hablar y a hablar, sin que faltaran motivos para comentar. Yo al ver los carteles, escritos al lado de la puerta del taller, le hice observar lo semejante que era su profesión, con la de los médicos, que procuran reparar a los individuos urbanos, mientras él trataba de mantener fuertes las máquinas, que el hombre ha inventado para facilitar sus trabajos. Los médicos observan el corazón que reparte la sangre por todo el cuerpo mientras él, cuida el motor que con el gasoil  impele la marcha del tractor. Y en aquellos momentos subía por la carretera un tractor verde con dos vecinos del dueño del taller; si, un tractor, que parecía alegre como alegres sonreían los dos vecinos de Piedratajada, que lo manejaban. E iban alegres porque en el remolque, asomaban leñas secas de varios  árboles del pueblo, como las ramas  de una vieja noguera, que aquella noche iban a quemar para honrar a San Fabián y a San Sebastián. ¡Que alegría vivimos los tres vecinos de Las Pedrosas, Antonio el de Velillas y yo Ignacio, el de Siétamo!. Yo, contagiado por aquel espíritu abierto de aquellos  cincovillenses, me puse a gritar :”VI VA SAN FA BIAN Y  SAN  SE BAS TI AN”  y Antonio  completó la letra de coplas de picadillo. En tiempos pasados se quemaban las hogueras, en varios barrios y el más viejo de los que encendía una, gritaba: ”¿Quien es más agudo, el que come queso o el que come pan?” y los vecinos de otra hoguera, contestaban: ”El que come queso” y los que se estaban calentando el cuerpo en otras hogueras, calentaban los ánimos de todos los vecinos de Piedratajada,  gritando :”En el culo me des un beso” y si les habían contestado que era más agudo el que come pan, le respondían: ”En el culo te muerda un alacrán”.
Estos dos santos son patronos de los médicos y fueron martirizados en los primeros tiempos del cristianismo. ¿Desde entonces se cantan alrededor de las hogueras ,cantos en su honor?. No , porque ya se celebraban  ceremonias de esta índole, en plena Naturaleza, desde antes de que nacieran estos santos, pues los hombres primitivos ya encendían hogueras, para adorar a los dioses y entregarse a ellos ,corriendo descalzos, por encima de las brasas, que quedaban después de arder las hogueras. Dicen que en un pueblo de Soria, todavía pasan sus habitantes sobre las brasas. Y esto es una verdad, porque yo me acuerdo de que en mi pueblo de Siétamo,  antes y algunos años después de la Guerra Civil, pasaban varios hijos del pueblo, descalzos sobre las brasas y algunos como un mozo de casa Trullenque, acomodaba a un niño sobre sus hombros y, tal vez, sin darse cuenta estaba adorando al Creador y deseando un buen porvenir para el niño,  que sobre él, participaba en el misterio del fuego.

Los vecinos de Piedratajada, generosos y amantes de las tradiciones, nos invitaron a quedarnos a participar en la quema de la hoguera y a su alrededor gozar de una espléndida cena.¡Que me perdonen ,porque yo debía haber respetado su comunicación con los santos, a los que querían acercarnos!. Aquellos benditos vecinos de Piedratajada están cerca de la gran urbe zaragozana, pero están todavía más cerca de Dios, porque conservan las primitivas relaciones de sus antepasados con el Creador de la Naturaleza.  

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