jueves, 5 de enero de 2017

El licor de Don Feliciano Llanas



Soy ya, muy viejo y mi hija la pequeña, ha encontrado un botellín, de cristal y de color azul, en el que el Farmacéutico Don Feliciano Llanas, introdujo un licor. Acuden a mi memoria, las figuras antiguas, para los ciudadanos actuales, de Don Feliciano Llanas, de su ayudante, Don Joaquín Santafé, que murió hace muy poco tiempo, con más de cien años y cuya segunda esposa, nacida en el pueblo de Apiés, todavía vive con más de cien años. La aman sus dos ahijadas y la esposa de José Antonio Llanas Almudévar, María  Antonia. Son varias las ocasiones en que la he visto entrar en su casa, en la parte más alta del Coso. No le he preguntado nada, pero yo sé que se guardan un cariño viejo, pero verdadero. El segundo ayudante fue mi primo Angel  Morlán, del que éramos parientes y a mí, que era un niño me trataba en la Farmacia con un humor extraordinario. Alguna vez nos hemos saludado con su esposa y con su hija y hemos recordado la figura de un ser humano, que repartió alegría entre su familia y los clientes, a los que servía los fármacos de la Farmacia.
Don Feliciano Llanas, estaba casado con doña Pilar Almudévar, hermana mayor de mi padre, Manuel. Al quedarse viudo se volvió a casar con mi tía Teresina, hermana de Pilar. Entre ambas criaron y educaron a Feliciano, que se mató cayendo por unas escaleras, por la prisa que tenía de ir a Siétamo,  a Pablo, a José Antonio, a Lorenzo ,que murió cuando sólo le faltaba una asignatura para ser, como su padre, es decir farmacéutico. La última fue Lurdes, mujer buena y bella, que se casó en la Iglesia de Siétamo y que ha dejado varios hijos e hijas. Era Don Feliciano un auténtico señor, con sus trajes de color negro en contraste con sus cabellos y bigote de color blanco, que destacaba su figura. Era un hombre sensato y equilibrado y era aficionado a la pesca, a la fotografía  y los automóviles, tan escasos en aquellos tiempos. Murió  en los años de mil novecientos treinta y cinco o treinta y seis, cuando yo debía tener unos cinco años. Mi padre me llevó a  su casa para despedirlo de esta vida y a pesar de mis pocos años, me impresionó su figura, porque volvió su rostro hacia mi pequeña persona, me sonrió y me pronunció algunas palabras, que no recuerdo. Detrás de su cabeza, se veía el escudo de los Almudévar, tallado en la cabecera de su lecho, en aquellos momentos de muerte, de Siétamo, al que él quería y al que acudía a pescar en la balsa de la huerta, que fue del Conde de Aranda.
En la rebotica, se juntaba con intelectuales, entre los que se encontraba su hermano , José María Llanas Aguilaniedo, uno de los más elevados literatos españoles, que casi se llegó a olvidar. Allí este literato,  hablaba de que la humanidad tenía la necesidad de sacar una obra perfecta, pero recordaba que en el Quijote, se encuentra lo más perfecto que hasta ahora se ha publicado. No creo que en esas reuniones se consumiesen copas de licores, porque se ve en el botellín azul,  un gran interés en alcanzar licores de gran sabor, pero que no alcoholizaran a los que lo bebieran. Esta consideración se deduce de la nota escrita a máquina por “Los mismos”, que son Joaquín Santafé y Angel Morlán, que reza así:” Un licor. Este licor fue hecho por D. Feliciano, teniendo unos veinticinco años en la fecha 21/8/59, ha sido probado por los mismos y parece a lo primero un poco descompuesto, pero al final es delicioso. “Los mismos” José Antonio, Joaquín  y Angel.”.Si tardaron veinticinco años en abrir la botella para probarlo, poco enviciados estarían en la bebida. En la etiqueta de la Farmacia Llanas, Ramiro el Monje, 29-Tno. 32, pone Un licor hecho por D. Feliciano Llanas.- Abierto el 22/8/ 57.
Si se abrió la botella,  para probar el sabor de el licor, el año 1957 y se había embotellado veinticinco años antes, éste sería el de 1932, poco más o menos. Esa fecha era casi coincidente con la que se llevó a D. Feliciano Llanas. Pero su hijo José Antonio Llanas Almudévar con los dos ayudantes, Joaquín Santafé y Angel Morlán, el día 22 de Agosto de 1957,  recordaron a su padre y a su maestro, Don Feliciano Llanas.
Esta botella me la regaló mi primo José Antonio y aquí la conservo, con su licor dentro de ella, ligeramente gastado hace ya muchos años y con la garantía de que no se vuelto a probar, porque la boca de la botella está cubierta por lacre, azul, un poco más oscuro que su casco y me entran ganas de probar ese licor, al que mi primo José Antonio, Joaquín Santafé y Angel Morlán, califican en la misma botella de delicioso.  
A veces se nos van olvidando los gratos recuerdos del pasado, pero en este caso mi hija la pequeña, guardaba el licor, no para recordarlo, pues no vivía cuando Don Feliciano lo fabricó , pero si que había en su corazón un sentimiento del pasado de su familia y con todo el cariño del mundo lo ha conservado.

Yo no lo abriré si no resucitan mi primo José Antonio, el gran Santafé y el alegre Víctor, porque si así ocurriera, yo prometo que abriría el botellín y unidos los cuatro, consumiríamos este viejo licor.

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