jueves, 13 de abril de 2017

El peruano Abilio en Huesca


Paseando por el Parque de  Huesca, me he encontrado con Abilio Sánchez Pacheco, hijo de una hermosa peruana, que tuvo sus hijos con el andaluz Modesto Sánchez. Nació él y sus hermanos en un hermoso Valle del Perú, llamado San Jerónimo de Tunán, cuyos habitantes eran llamados así, en la lengua indígena del pueblo peruano. Bromeando los llamaban a Abilio y su compañía, los “Tunantes”, pero no sólo de esta forma, sino que también les decían los “Patasafas”, que en la lengua antigua de los indios peruanos, era una forma de despreciar sus pies descalzos,  pero otros los admiraban por verlos caminar entre las piedras y subir a los árboles, que producían nueces y que, a veces tenían que pisar yerbas, que pinchaban en sus pies. Caminaban entre los aguacates o “paltas” y recogían frutos dulces,  que comían con avidez. Ellos, al saborear esos frutos, portadores de drogas, subían con sus cerebros  a las alturas de los Andes, como los dioses que por esos montes, dicen que caminaban.

Abilio, era un indio español o sea un “Quechúa”, que se cuidaba de su salud, aunque en el Perú, su País, escaseaban los médicos  y los medicamentos modernos. Ellos, los indios, cuidaban de su salud con medicinas artificiales por los bosques, que recogían dentro de la Naturaleza,  las hierbas naturales que les habían enseñado sus abuelos.

Se acuerda Abilio mucho de la “Ayahuasca”, que era una yerba, que cogían igual que en España  los niños recogen las moras. Pero  las “Ayahuascas” o moras americanas eran más eficaces para repartir la salud en los cuerpos de aquellos bravos indios. Había algunos que estaban cerca de la muerte, igual que desahuciados. Algún curandero hervía esta planta y al tomarla,  los enfermos parecían despertar del camino de la muerte y volvían a  sonreír y a amar a sus paisanos.

Abilio no enfermó en el Perú, pero a veces el alcohol, le hacía coger alguna borrachera y  aunque era feliz porque  sentía, mirando a, los Andes, a los dioses andinos, volvía a darse cuenta de la miseria de la vida. Abilio tomaba una medicina indígena, que le volvía a poder trabajar.  A esa medicina la llamaban “la uña del gato”. Y  Abilio,  que quería gozar del progreso de la Humanidad, se marchó a Huesca . Aquí sufrió con orgullo, los insultos de una sociedad capitalista, que despreciaba al que quería vivir de su trabajo. Abilio logró no sólo vivir, sino que repartió la vida entre su familia.
Después de conocerlo, hace ya unos años, lo he encontrado en Huesca y nos hemos sentado en un bar, a tomar un café, acompañados por un joven de Sabiñánigo, que conoce a Abilio, en sus faenas de trabajo.
Estuvimos un tiempo conversando y Abilio  no dejó de sonreir.

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