domingo, 21 de mayo de 2017

Cela, cierzo de la Literatura Universal




Siempre han existido Camilos y “Camulos”, y don Camilo José Cela, otra especie de Camilo, lo pone de manifiesto cuando escribe que “Periquito Taboadela…harto de soledades y otras manifestaciones se vino … a Mallorca y mató el tiempo que le sobraba, que era todo, matándole pavos a su paisano don Camilo, que vive domo un dios del contrabando de transistores japoneses”.

Para mí que aquí el buen Camilo o San Camilo es Periquito Taboadela y el Camilo es el citado don Camilo el Contrabandista, y no el auténtico don Camilo que se llama también José y Cela, del que no se sabe que se dedique al contrabando.

Salvando el honor del Premio Nobel por sus obras, trataré de salvárselo por los tacos que fluyen de su boca, pues a los Camilos los llaman Camulos, cuando hacen mal o cuando de su boca salen tacos, antes llamados sapos y culebras.

  Casi todos los españoles hemos escuchado palabras “non sanctas” a don Camilo a través de las ondas de la radio o de las que se acompañan por la imagen en la televisión, y, sin embargo, no hemos leído sus obras, en algunas de las cuales no se lee nada “feo”, si no es en Diccionario Secreto, en que se acumulan todas las palabrotas que en nuestra gloriosa lengua castellana se sueltan cuando las vísceras se inquietan.

Sus obras las leemos muchos ahora, que le han concedido el máximo premio literario, pero su Diccionario Secreto, en su día lo compramos todos.

Un Camulo al que conozco, que también compró el libro después de atiborrarse de cojones, no se atrevió a llevárselo a su casa para que no lo leyeran su casta esposa ni sus inocentes hijos, y lo depositó en un cajón de su mesa en la oficina en la que trabajaba. Durante unos días el trabajo dio poco de sí, pero su secretaria recibió un bombardeo continuado de juegos malabares, que hacía con la polla un “sargento de un tabor de regulares” y de aperturas de latas de conserva, que con el mismo instrumento realizaba un teniente de la escala de reserva. El pobre Camulo quedó frustado porque “por más que lo intentaba, no podía “lograrlo de la agradable secretaria que tenía por compañía”.

Yo no sé si don Camilo usa o abusa de los palabros. Quizá los use para recoger lo que usa el pueblo, pero en su boca pueden constituir abuso porque se mueven contra él, como demuestra el siguiente caso. En cierta ocasión le preguntaron su opinión sobre los premios literarios y él contestó que eran una casa de “putas”; seguramente algún tribunal le habría puteado, como tal vez a usted y evidentemente a mí, pero ahora que las presuntas “pu”,le han dado el premio parece deducirse, como me dijo un Camulo, que lo han hecho al admitirlo en las cofradías Putón de la Literatura Universal de 1989. Que no se enfade don Camilo que a muchos les hubiera gustado tal honor como a mí, que me hubieran aprobado.

La gente sigue pronunciando palabras gruesas, pero no sólo las sencillas, sino también aquellos que por sus estudios debían usar un vocabulario que contiene sobradas palabras racionales para evitar las viscerales. Se tratan algunos de “soplapollas” y de “tontochorras”, que no suenan muy bien, y yo les sugeriría que los altoaragoneses tenemos un sustituto que no suena tan mal y que a veces se aplica también a aquel que es demasiado bueno.

¿De qué palabra se trata?, pues sencillamente de “tontolaba”. Usted habrá oído decir: ¡qué simpático es ese tontolaba?


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