viernes, 30 de junio de 2017

Los roedores y los órganos.-(2-X-1981)




Este es un país de ratas, unas en el sentido estrictamente zoológico y otras en el sentido figurado de depredadoras de bienes materiales, culturales e, incluso, espirituales. Los ratones son más bien traviesos, hacen males, pero menores y son más simpáticos, encargándose los gatos de tenerlos a raya. Digo que son menos peligrosos que las ratas porque me he enterado que, en los órganos de nuestras iglesias, son éstas las que los destruyen afilando sus dientes en las trompetas que, por ser de una aleación de estaño y plomo, constituyen para ellas un elemento ideal para mantener sus dientes en debidas proporciones. Hay en los órganos unos componentes que se llaman secretos y como su nombre indica, es muy difícil tener acceso a ellos, pero para las ratas no hay secretos; tienen la habilidad de penetrar en los lugares más recónditos, donde anidan sin que nadie las moleste. Las badanas que ajustan las válvulas, después de bien roídas, les sirven para preparar la cama a sus crías.

Son refinadas estas “señoras” en sus gustos, deterioran los materiales más nobles y les gusta el olor a cuero viejo, que con tanto cariño abatanaban los antiguos artesanos, no los actuales, porque ahora, para conseguir badana para órganos, hay que pedirla a Alemania.

Si los alemanes tuvieran estos órganos, ya que ellos perdieron casi todos los suyos durante la Guerra Mundial, los tendrían custodiados con más esmero.

Nosotros, aparte de las ratas humanas que venden los tubos a los chatarreros, adoptamos una postura ratonil, inconsciente, como la de los ratones de dibujos animados. Convendría que nuestras cabezas superaran esa mentalidad de roedores mayores o menores y se pusieran a la altura de los habitantes de Pertusa que pagaron, cada uno, un tubo de órgano, demostrando el amor a sus cosas, de tal manera que muchos lloraron al oírlo sonar, después de muchos años de silencio. No olviden que el raticida es más barato que comprar tubos.


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