viernes, 27 de enero de 2017

José Bailo de Velillas, se ha marchado



Algunos dicen que se ha muerto,  pero para mí que se ha marchado de este mundo, porque, aunque deja un vacío en sus parientes y amigos, ha cumplido muy bien su misión en esta vida. Es natural, porque a punto de cumplir noventa años,  se ha cumplido en él,  la oración que dice: Santa Ana, buena muerte y poca cama y se ha ido, como decía la gente, a hablar con Dios.
Pasó en su vida por ratos malos, pero fue sencillamente un hombre feliz, ya que como labrador se pareció a San Isidro, como comerciante a San Pancracio y tuvo un padre sabio,  a pesar de haber pisado poco tiempo la Escuela y con Teresa, su esposa fueron los dos felices, pues siempre se reían y vivían felices en una casa de Velillas, donde uno gozaba al ir a visitarlos. El, que mantuvo durante muchos años una viña en Las Valles y que se murió cuando él la dejó, guardaba en esa casa unas botellas de vino espirituoso. Cuando bebías un pequeño trago de ese buen vino, te acudían a la memoria los recuerdos de tiempos pasados con él y con Teresa, acompañados por el señor Francisco, su padre y  por su esposa y por su hermano y su hermana Ascensión.
Han tenido José con Teresa, dos hijos, el mayor Francisco, con el nombre de su abuelo  y Esteban el menor. Ambos hicieron estudios superiores y con los nietos de José y de Teresa, continúan las ganas de trabajar y de vivir felices.
La señora María con su esposo el señor Francisco y con sus hijos Antonio, José y Ascensión formaron una familia unida, trabajadora y alegre y con una actividad desbordante,  porque además de la agricultura, practicaban el comercio y eran estanqueros. Estas dos actividades les hacían viajar en su carro, unas veces a Huesca y otras a Barbastro. Yo mismo, en alguna ocasión fui con él a Huesca desde Velillas, montado en su carro y gozando de las dotes de conversación que le sobraban al señor Francisco,  con su reposada y tranquila voz. En tiempos pasados, yo no creo que tuviera mucho tiempo para asistir a la Escuela, pero sin embargo tenía grandes conocimientos religiosos, de las costumbres, de la curación de enfermedades y de sentido común.
En aquellos tiempos no existía la Seguridad Social y la Medicina tenía que cuidar de la salud de los hombres con escasos medios, pero el señor Francisco conocía, por herencia de sus padres de Torres de Montes, medios, para tratar con urgencia a los heridos,  antes de que llegara el Médico. En cierta ocasión a Antonio,  en la era, se le escapó la mula que arrastraba el “rastrillo” y éste volcó e hizo al animal heridas por toda su parte posterior, que sangraban como una fuente. El abuelo Francisco, de casa Bailo, formaba una Cruz con los dos dedos gruesos  de ambas manos, la apretaba sobre la herida, mientras rezaba una oración y automáticamente se paraba  la sangre.
 Pero no se perdió aquella oración,  sino que Teresa, esposa de José Bailo, aprendió a hacer y decir lo mismo que había observado a su padre político, el señor Francisco. En cierta ocasión su hijo Francisco, que se llama igual que su abuelo,saltando encima de una cama, se clavó un hierro del cabezal y se hirió en la rodilla. Tenía seis años y Teresa, su madre, imitando a su suegro, formó la Cruz y pronunció la oración y la sangre se detuvo. El hermano pequeño estaba jugando en el ordio y cayó sobre un librador, haciéndose una herida en la cabeza. Teresa, que ya sabía tanto como el abuelo, también lo curó.

Se ha olvidado Teresa de la oración casi milagrosa,  pero ha mantenido unida a toda su familia, que se acordará siempre de su esposo José Bailo y rezarán unidos con los nietos y biznietos del señor Francisco Bailo.  

Antonio Ballarín y el progreso del Alto Aragón

Presa de Ardisa que con sus aguas riega los manzanos de Antonio Ballarin.


Cuando bajo desde Puente la Reina hasta Huesca, miro a la derecha y cerca del río Gállego, se ven y se adivinan fincas privadas y muy pocos pueblos. Antonio Ballarín, nacido en Vellillas se fijó en aquella zona y adquirió una finca, cerca de Ayerbe, en aquella tierra casi  desierta de población, pero no de medios de producción. No faltan dichos medios porque su finca se encuentra limitada por arriba por un Canal por el que corren las aguas de Ardisa al pantano de Tormos y el agua no encuentra obstáculos para bajar en dirección al río Gállego, regando la finca. Esa finca está sostenida por laderas que la sitúan de veinte a treinta metros sobre el citado río. Parece que el cauce de las aguas, también invita a que por él, corran los vientos de cierzo, aire tan aragonés. Es curioso como tales cierzos no perjudican el cultivo de árboles frutales, sino que son beneficiosos para que no se hielen las flores de los manzanos, que le producen unas manzanas exquisitas, blancas, de volumen notable y apetecidas por la industria de conservas. Antonio es un hombre fuerte, sonriente, sensato y trabajador, que ha logrado salir de aquel ambiente antiguo e impregnarse con la inquietud de convertir el Alto Aragón en un país como son la cercana Navarra, la Rioja y Lérida por el Este. Y ¿cómo ha de conseguir el objetivo de que se acabe la emigración y que se proteja a los que sueñan con la producción, para sí mismos y para toda la población?. Ya ha conseguido, en parte este propósito, pues tiene en marcha veinte hectáreas de manzanos en plena producción, pues me ha hecho probar unas manzanas, que te hacen feliz el rato que las consumes. Pero no está satisfecho con esa producción porque dice que hay que tener en cuenta las hectáreas, que se encuentran en lugares privilegiados y pensar que no sólo sirven para el cultivo agrícola, sino para cultivar la producción de energía renovable o energía  alternativa. Hay que convertir a Huesca en una continuación de Logroño y de Navarra para llegar a Lérida y que esa tierra unida en productividad, sea una defensa para competir con Europa, en sus mismos límites, que deshagan aquella frontera, que ya entre nosotros casi ha perdido su producción de ganado lanar y en parte de vacuno.
Pero es que Antonio no posee esa inquietud como un impulso espontáneo,  sino que ya le viene de su padre, del que me acuerdo cuando iba a Velillas y lo saludaba en su casa, en el curso de la Calle Principal de Velillas y por una variante  se sube a la Plaza, donde alegraba el ambiente un balcón de hierro, con joteros y joteras forjados y bailando, mostrando la alegría de las fiestas aragonesas. No sólo vivía sino que sobrevivía en aquellos difíciles tiempos, en que él intentaba mejorar la agricultura. El se murió, como se han muerto todos nuestros  antepasados,  pero dejó la semilla en su hijo Antonio, que con el riego por goteo de sus manzanos, los refresca al mismo tiempo que los alimenta, disolviendo en el agua el abono, que les da la vida a los árboles. Porque si el Señor creó el Mundo, ha dado a los hombres la inteligencia para que “todas las cosas sean creadas y se renueve la faz de la Tierra”. Riega por goteo y ahorra el agua para que otros puedan utilizarla, creando obras de producción, como las que él ha hecho y tiene el propósito de continuar creando.

Me lo encontré a Antonio en la calle, acompañado de Monreal de Grañén, originario de Lierta y me acordé que si Antonio Ballarín luchaba por la obtención de energías alternativas, Monreal ya tenía hace unos sesenta años, un molino de producción eléctrica por medio del viento. Le pregunté que tal le iba el sistema y me contestó que tenía mucho que luchar, para frenarlo cuando el cierzo se lanzaba con energía descomunal. Lo quitaron cuando ya la energía eléctrica les llegó a su finca, situada en la carretera de Grañén a Tramacet. Hoy ya están sobre los montes, auténticos ejércitos de molinos de viento productores de energía, más perfectos que aquel antiguo de Monreal. Me alegré de encontrarme con dos, ya mayores, altoaragoneses, que lucharon por el progreso de la producción, pero  Antonio todavía sigue con sus propósitos.

miércoles, 25 de enero de 2017

Los “pelotaires” o pelotaris del Alto Aragón

Trinquete de Anso (Huesca).
Fronton de Velillas (Huesca).









He encontrado por todo el  Altoaragón, frontones de pelota o de “pilota”, como llamaban  a ese juego, en que  lanzando los mozos, con su mano abierta, contra ese frontón, la pelota o “pilota”, que habían fabricado en sus casas, cubierta con dos trozos de badana. Rebotaba la pelota en el frontón y volvía ponerse en la mano de su rival, y así seguían hasta que cometían alguna falta, como lanzarla, fuera de la zona de juego del frontón. En Siétamo vivía un gran “pelotaire”, que veía su mano derecha inflamada, por las veces que con ella, lanzaba la “pilota” contra el frontón. Se llamaba Escartín, que en el frontón del Ayuntamiento, triunfó muchas veces con su juego de pelota. No dibujaban las rayas, sino que las señalaban con guijarros o piedras del río, clavadas en el suelo. Cuando decidimos pavimentar las calles del pueblo, ya después de la Guerra Civil, siendo yo uno de los miembros del Ayuntamiento, desaparecieron las rayas pétreas del suelo de la Plaza Mayor. Antes de pavimentar el  frontón, el año de 1936,  llegó  la Guerra Civil;  huimos con mi familia a Jaca y después al pueblo montañés de Ansó, al lado de Navarra. Y allí encontré un frontón más grande, al que llaman Trinquete en Navarra o Trinquet en Francia. Este trinquete  me pareció un modelo de frontón de los que estaban distribuidos por gran parte de España y concretamente en Ansó, en la provincia de Huesca, pues estaba cerrado todo él, en un edificio único.  Durante el juego de pelota, que allí ejercitaban los ansotanos, golpeando el frontón, sonaban sus golpes,  que resonaban  en el ambiente  del citado trinquete.
Aquellos ruidos que producían los golpes de las pelotas, me recordaban los que había escuchado en la Tierra del Somontano, como los de Siétamo, donde la pelota,  de vez en cuando,  golpeaba contra  las contra- ventanas del frontón, que durante el juego, tapaban las aberturas de la fachada, y después al utilizarse como ventanas, se abrían otra vez. Había una diferencia entre el ruido que producía la pelota al golpear el frontón del trinquete en Ansó y el que producía la misma pelota, en el aire libre del frontón de Siétamo. En Ansó,  Hecho y en Jaca las salas de juego eran trinquetes y en los demás lugares, eran simplemente frontones. En Huesca capital hay un trinquete moderno. En los trinquetes hay espacios para que los asistentes se acomoden bien sentados. En estos trinquetes,  además de jugar a la pelota, se hacen conciertos, bailes y otras actividades de diversión.
 En el Somontano los frontones eran abundantes, pues los había en Siétamo, Arbaniés, Velillas, Fañanás y alejándote de Siétamo hacia el Noreste, hay un hermoso frontón en Alquézar. “Si, en el Alto Aragón y cerca de mi pueblo, he sentido el gozo de soñar, cómo en sus frontones, jugaban los jóvenes, como también comprobé el misterioso y antiguo lábaro, como también se puede ver en el País Vasco”.
Antonio Ballarín nacido en Velillas, en el antiquísimo Convento Francés de la Alta Edad Media, del que ya no se acuerda en estos tiempos actuales, casi nadie, con su rostro que expresa todos los sentimientos que siente su corazón, casi le salían lágrimas de sus ojos, al imaginarse el canto de aquellos frailes franceses, del Monasterio de San Ponce de Tomeras, pero al recordar el juego de pelota que ejercía todo el pueblo de Velillas, sonreía y reía, al recordar, aquellos años de su niñez. Pero también había en el frontón de Velillas, una “cueveta”, no se sabe si preparada por los  velillenses  o si fue un error en la construcción del frontón. Antonio Ballarín no lo sabe. Pero los pelotaris de los diversos pueblos del Somontano se encontraban “cuevetas” o defectos de nivel en la superficie de los muros, que se encontraban y se encuentran todavía, en el  frontón de Velillas. En Velillas tenían preparadas dos “cuevetas” en la fachada del frontón, para conseguir el desvío de la pelota de su curso,  pero en Siétamo,  no sólo había “cuevetas”, sino enormes cuevas en las ventanas, que se ocultaban durante el juego, para evitar sus huecos  en el frontón. Aquellas ventanas de madera hacían sobre la pelota el mismo efecto que la “cuevetas”, pues desplazaban su marcha,  haciéndola revotar de forma anormal, porque las ventanas de madera, siempre han sido más blandas que el cemento, que cubría las piedras picadas del frontón o las mismas piedras con qué se había construido el edificio de juego.
Antonio Ballarín, nacido en Vellillas, pueblo al que ama con todo su corazón, a pesar de estar acabándose la vida de tal pueblo, recuerda su niñez durante la cual, jugaba con otros niños, que siempre tenían a su disposición pelotas de mano. Con seis o siete años, comenzó a actuar en el frontón. Jugaba con Pabler, con Jesús Ballarín, con Esteban,  cuñado de mi colaborador agrario Bailo y entre otros de Tomaser Beltran, de los que no todos viven. Estaba también el señor de Santolaria, que era el esquilador de la zona. Se juntaban en el frontón, después de oír misa y también asistían personas mayores, que quisieran jugar, pero ellos se limitaba ellos a contemplar el juego, teniendo un porrón de vino, del que bebían unos tragos durante los partidos. Uno de esos hombres  que cuidaba el porrón, rayaba los tantos. Para que el público se enterara de quien ganaba el partido, por el número de puntos alcanzados a lo largo del partido, se dibujaba con tiza, una raya. En cada extremo se escribía el nombre de ambos rivales. Solían consistir los partidos en alcanzar los veinticuatro tantos, que a cada jugador se le apuntaban en cada uno de los dos extremos de la raya. Me dice Antonio Ballarín que cuando uno de los dos jugadores hacía su veinticuatro tanto, el que hacía de árbitro, gritaba “Veintitrés y no rallo” o en castellano puro, no rayo. Se daba ya por acabado el partido, pero no se ponía el tanto escrito en la raya, como un acto de respeto al jugador, que había perdido el juego.
Antonio Ballarín conserva en su memoria, su triunfo sobre Pabler, pues éste se creía el mejor “pelotaire” de Velillas y como si estuviese jugando aquel partido ya pasado, hacía ya muchos años, me hizo vivir aquel partido. Unas veces Antonio Ballarín reía y otras casi lloraba, cuando él creía que iba a perder. En la mitad del partido, se veía a sí mismo triunfante, pero hacia la mitad del mismo, se le introdujo el dedo meñique de la mano derecha, en el bolsillo y no sólo perdió el tanto, sino que  al ver correr su sangre, fue cuando casi se echó a llorar. Le dijo a Pabler que debían suspender el partido, pero el rival no quiso. Antonio casi se daba cuenta de que iba a perder el partido, pero animándose, en el último juego, pegó la pelota en una “cueveta” y Antonio Ballarín, salió triunfante, pues al rebotar  la pelota en la “cueveta”, la desvió y no pudo alcanzarla. No vi la sangre de Antonio correr por su mano derecha, pero me enseño la cicatriz que le dejó aquel fallo de mano enganchada en el bolsillo de su pantalón.

Ya no quedan niños en Velillas y por tanto ya no se juega a la pelota, pero el corazón de Antonio Ballarín, parece que está viviendo el juego de pelota que jugó hace aproximadamente unos cuarenta años, pero yo me di cuenta de que todavía le quedaba el placer de jugar con pelotas, pues al marchar del Bar, en que me contaba el juego con Pabler, me dijo que iba al Pabellón de la Escuela Municipal, a ver jugar a su nieto al Baloncesto con otra pelota más grande ,que aquella pequeña, con que jugó en Velillas.

martes, 24 de enero de 2017

El trío de los hombres de valor



Hoy,  a veintitrés de Enero de 2.O17, he encontrado sentados al borde de la Balsa del Parque, cerca de mi casa a tres individuos, que no conocía, pero resultó que uno de ellos Víctor Manuel Ybarra  Burgos, me reconoció, mientras hablábamos de la vida, de sus partes bellas y de sus oscuras penas. Me habló también Fernando Amezúa, que era un hombre revestido con su cazadora de intenso color amarillo-verdoso, que suelen llevar los miembros de ciertos Ayuntamientos. Era un hombre con un aspecto  noble y educadísimo, que inmediatamente se manifestó conmigo y me contó las aventuras, unas más venturosas y otras más dolorosas de  su vida. Dolorosos son todos los actos de Guerra, como los que se produjeron en Rusia, con el fuego de la Guerra y el frío del clima, que allí helaba los cuerpos  las personas. Me contó los dolores que pasaron en Rusia, cuando,  al acabar la Guerra Civil en España, fueron su padres a Rusia, donde el año de 1961, nació Fernando Amezúa. A su padre lo colocaron en el trabajo propio de los militares. Su madre, vivía en Ekaterimburgo, ciudad inmensa de Siberia, en un territorio helador, más allá de los Montes Urales. ¡Qué recuerdos tiene Fernando de la enorme superficie de Siberia, con su clima helador, entre cincuenta y sesenta grados bajo cero ¡.
Ahora es feliz, porque vive en España, a una temperatura superior a cero grados, durante los primeros días del mes de Enero. ¡Qué gloria para Fernando, encontrarse vivo y  feliz, cuando una multitud de españoles, ya perdieron su vida en la helada República Soviética, conocida por la U.R.S.S. y ahora es Rusia.
Su madre,  Felisa,  le decía siendo todavía un niño:”En esta vida estamos de paso” y añadía “ haz el bien y no mires a quien”.
Cuando Fernando tenía, aproximadamente catorce años, vino a España con sus padres. ¿Qué es lo que los trajo a España?, había pasado la Guerra Mundial y fueron a vivir a Pamplona, donde se acabó de criar. Estudió en Pamplona hasta los dieciocho años y entonces con diecinueve, ingresó en el Ejército, acordándose de que entonces, murió Franco.
Cuando estaba en el Ejército, un Teniente Coronel, intentó dar un Golpe de Estado Militar en Madrid y le falló el General Armada y el también General Milán del Boch. Fernando estaba en Burgos, pero no tuvo que salir a la calle, a pesar de estar preparados todos los camiones militares y los tanques.
Fernando,  al preguntarle por su padre, me contestó que todavía vive en Pamplona y exclamó: ¡está como un toro¡ con sus noventa y cuatro años!. Parece mentira que goce de tanta salud, porque fuma cada día, dos paquetes de cigarrillos, dos  “farias”  y dos chupitos de yerba de cincuenta gramos. Cuando Fernando le dijo que no fumara tanto, le contestó: si no estás conforme,  coge la puerta y te marchas.
Fernando, con toda su historia de nacido en Rusia, traído a Pamplona, estudiante en España e ingresado en el Ejército y pasar después muchos años en la Legión Española, en Europa y en Asia, conserva una ecuanimidad perfecta, que te da el privilegio de estar hablando con una persona equilibrada y totalmente correcta.
Porque no pensaba exclusivamene en la Muerte, sino con su chaqueta verde y amarilla, esperaba salvar vidas a otros ciudadanos. No pensaba con dolor en la muerte, pues era un “novio de la muerte”, cuando todos los hombres seremos  y somos continuamente llamados a esa Muerte. “Nadie en el Mundo sabía quién era aquel Legionario- tan valiente y temerario, que a la Legión se alistó…SOY EL NOVIO DE LA MUERTE, que fue a unirse con la misma, herido con sangre  de fiera”.
Y Fernando fue novio de la Muerte, cuando en Afganistan lo tirotearon y casi quedó casado o unido con ella. Pero el Señor le concedió una época más en su vida, que parece tener el cuerpo lleno de salud.

Y ahora se dedica a cuidar a los heridos y enfermos, para prolongar su vida, como el Señor ha prolongado la suya. Fernando es un legionario, que aspira a la Muerte, y no la lamenta, porque todos moriremos algún día y él , ya la recuperó cuando en el frente asiático le dispararon con un fusil.

domingo, 22 de enero de 2017

Bandas de música



La música es una lengua universal, no como las lenguas que hablamos los hombres para que nos entiendan aquellos que las conocen. La música la entiende todo el mundo.
El día veintisiete del mes de Noviembre de este año dos mil cuatro y la Comisión de Certámenes de bandas de música de Huesca, ayudada por la Cámara de la Hoya de Huesca, nos ha enviado a Siétamo, a las cinco de la tarde, la Banda de música “El Guante Blanco” de Tardienta y a la Banda de Música de Garrapinillos, que hacen sonar desde la música clásica hasta el jazz.
¿Qué comunican dichas bandas a los que escuchan su música?. En algunos casos producen entusiasmo, en otras, sentimientos a veces de amor a las personas y otras a la tierra. En unos provocarán sonrisas y en otros harán brotar las lágrimas. Unos auditores llevan  el ritmo de lo que escuchan con la cabeza, otros con los pies y algunos, como yo mismo descubrí al escucharlos, lo llevaba con las manos.
Todos los seres vivios producen música. Los pajarillos con sus encantadores cantos y con más gravedad los mamíferos, pero el hombre tiene espíritu y su música expresa todas las inquietudes de este mundo y de aquel, que un día nos ha de llegar y manifiesta su alegría y su tristeza, su amor, pasión e inquietudes por todo lo que nos afecta mientras vivimos.

En las capitales escuchan a menudo a las orquestas, en los pueblos nos limitamos a escuchar a los pájaros, a la radio y a la televisión, que nunca producen el mismo efecto que el de los seres humanos que tenemos entre nosotros. Por eso es de agradecer que nos manden orquestas de categoría, como las que el día veintisiete vinieron a darnos el gozo de su actuación, pues allí estaban la orquesta de Tardienta, dirigida por el afamado Don Sixto Carrión y la de Garrapinillos, con la que se identificaba un joven maestro llamado Carlos Roldán,que para manten   er unido a Aragón hizo sonar los sonidos de un hermoso himno dirigido a esta gran Tierra.

sábado, 21 de enero de 2017

El sacristán



Hay muchas clases de ministros aparte de los que forman el Gobierno de un País: tenemos sin ir más lejos, a los sacristanes, que son ministros destinados en las iglesias, para ayudar al cura en el servicio del altar y cuidar de los ornamentos de la iglesia y sacristía.
En el escalafón de las dignidades eclesiásticas se puede ascender desde acólito, monaguillo o escolano hasta la de Sumo Pontífice, pasando, no necesariamente por sacristán.
Estos días pasados encontré una fotografía de mil novecientos treinta y cuatro, en la que aparecía el Maestro de mi pueblo, don José Bispe, rodeado de todos sus alumnos. Don José era republicano, católico y sentimental, y dejó en mí un grato y profundo recuerdo. Su apellido quiere decir  traducido de la “fabla” aragonesa al castellano, obispo, y entre los alumnos allí fotografiados hay uno que ha llegado a ser Arzobispo de Meta, con residencia en Roma; se trata de don Antonio Javierre y está fotografiado otro, que quedó sólo en sacristán y éste es Antonio Bescós.
No está muy conforme mi amigo con haberse quedado en sacristán, pues por  Radio Huesca declaró que si no hubiera tenido necesidad, a los diez años de salir de su casa a servir de “chulo” a casa Ciria de Arbaniés, hubiera llegado a secretario del Vaticano. Se ve que es una vocación frustrada: ayudó a misa en Siétamo, con el entonces Antoñito Javierre y en Huesca también tuvo participaciones en diversas procesiones, entre otras en la de San Lorenzo, en que portaba un farol a un lado de la Cruz profesional, llevando el otro farol el famoso “Caragüey”, que al oírse insultado, contestaba con palabras de ningún modo litúrgicas. Cuando se encontraba en el lecho de muerte, lo llamaban por su propio nombre y exclamaba el pobre: “¡qué malo debo estar cuando ya nadie me llama “Caragüey”!”. A Antonio,  por mal nombre, lo llaman “Trabuco”; observen que poco respeto demuestra la gente llamando así a un ministro que está al servicio de la sacristía; de la misma forma que a un santo le sientan mal dos pistolas, a Antonio le sienta mal ese apodo.
Aunque San Pablo dice que el que sirva al altar, viva del altar, hoy se ganan la vida en otros trabajos hasta los sacerdotes; calculen lo que habrán tenido que trabajar los sacristanes, sobre todo los de la parroquias pobres. Antonio iba a Huesca en bicicleta a su tarea de peón, pero de paso ejercía de recadero y quizá por su condición de sacristán, no admitía encargos poco decentes, atentatorios contra la natalidad.
Todo lo relacionado con lo sagrado, le atraía, e incluso la predicación, y a este respecto cuentan que, cuando trabajaba en la restauración de la iglesia de Siétamo, se subió al púlpito y comenzó a predicar a sus otros compañeros de trabajo; en ésas estaba cuando llegó el cura de Torres de Monte que lo apeó rápidamente de tan alta tribuna.
No cejó en su vocación, a pesar del incidente y a pesar de que el mosen le quiso cobrar un duro por el entierro de su padre; él colaboró gratis en todos los entierros de la parroquia, que a su vez, desde allá arriba se acuerdan de él.
El Señor se complace con los humildes y algo ha sucedido que ha venido a compensarle de su frustrada vocación. Los danzantes de Huesca han ido a Roma y si él no hubiera podido acompañarlos, seguro que revienta, pero su esposa, la señora María, muy comprensiva, le ha permitido  viajar a la Sede de la Cristiandad. Quería visitar la tumba de San Lorenzo, a quien en Huesca había acompañado procesionalmente y quería saludar a su compañero de escuela, Monseñor Javierre; allá fue y al encontrarse ante él, exclamó :”Monseñor, delante de Vuecencia se encuentra, aunque sin arqueta (supongo que se refería a la arqueta del incienso), ni incensario, el sacristán de la parroquia donde usted fue bautizado”. Después se rompió el protocolo y abrazando al Arzobispo le entregó la vieja fotografía que he citado y dos cajas de castañas de mazapán de casa Vilas, una para su Santidad y otra para él.
Dicen que por Roma se desenvolvió con soltura y no sólo por Roma, pues en Milán, cuando un grupo de oscenses llegaron a lo alto de la torre de la catedral con el aliento subido, se encontraron tan fresco a Antonio Bescós; ¿cómo has subido?, le preguntaron, a lo que él les contestó: por el ascensor.
Esta anécdota me recuerda la del oscense Mur, hombre muy prudente, al que sus padres, siendo niño, consideraban demasiado tímido. Lo llevaron en tren a Zaragoza y allí lo abandonaron, a ver si se espabilaba. Cuando volvieron a casa, el niño les abrió la puerta y todos extrañados le preguntaron: ¿cómo has venido?, muy sencillo  -respondió- he cogido un taxi.
Antonio ha vuelto de Roma, feliz, transfigurado y me ha traído unas letras de la poetisa oscense Teresa Ramón, cuyos versos sobre el viaje espero con deseo,  como deben esperarlos otros muchos oscenses. Le han asegurado que las castañas llegarán a manos del Papa, que le mandará unas letras, pero lo más gordo viene ahora, y es que ha demostrado un celo profesional poco común como sacristán; no se ha limitado a conservar los ornamentos sagrados sino que pronto vamos a ver enriquecida nuestra sacristía con una casulla roja, que están bordando unas monjas romanas, regalada por Monseñor, para la parroquia en que conoció a María Auxiliadora.

Y aquí nos tienen a los feligreses de Siétamo, esperándola como al Santo Advenimiento y es que este “Trabuco” es “una astraleta mano”.

lunes, 9 de enero de 2017

Deportistas o devotos de la cumbre de Guara



El día ocho de Enero me subió mi hijo Ignacio, acompañado por mi esposa Feli y mi nieta Belén al pueblo, que parece refugiarse del mundo de la Hoya de Huesca. No sé si fue Nocito el que se ocultó detrás del Pico de Guara, que alcanza los dos mil setenta metros de altura o fue el antiquísimo santo y pastor San Urbez, el que buscó el espacio secreto, para pastorear pacíficamente a las ovejas, alejadas de los moros. Yo, sentado en un velador de un restaurante,miraba el Valle de Nocito por el Norte y revisaba la gigantesca muralla de la enorme Montaña de Guara, cuyo sur nos miraba a nosotros con intensidad contemplábamos desde el Norte la ladera, que baja con caída casi vertical blanqueada por la nieve, que con su brillo, nos indicaba, que el hielo nocturno la había helado. Desde las ventanas del Comedor de mi amigo Luis Ortas, mi boca, con gran apetito consumía los ricos alimentos que este, nos proporcionaba, y en tanto mis ojos miraban aquel brillo producido por el hielo.Yo no sé si eran mis dientes los que cumplían su misión de masticar los alimentos, con más efectividad o era mis ojos los que devoraban más deprisa, aquel paisaje misterioso, que cierra la vista de la Plana de Huesca,desde Nocito.
En el Comedor de mi amigo Luis Ortas, me he encontrado con dos señores, de los cuales uno, se  llama Javier  Sauras, nacido en Andorra de la Provincia de Teruel y el otro Antonio Gabás, nacido en el pueblo de Sahún, en el Valle de Benasque.Quizá por haberse criado en un Valle tan roto como puede estar el de Benasque, este hombre ha sido llamado a realizar proezas en la cima del Tozal de Guara.Esta cúspide alcanza una altura de dos mil setenta y siete metros de altura sobre el nivel del Mar. Y a esta cima ha subido Antonio Gabás unas ochenta y tres veces con la intención de cambiar el Libro, por por otro nuevo, por si se había perjudicado el buen estado del papel por algún accidente o por el agua o la nieve. Ya tenía la “Peña de Guara” cuidado que esto no pasara, pues en la peana pétrea de la Cruz que había de sostenerla, elevándola un poco más al cielo,hay una ventana, con su puerta que la protege. Pero Antonio Gabás, que siempre ha tenido su corazón preparado para que no le ocurrieran daños al Libro, tenía más interés por el Libro y por su custodia vigilante sobre él, que mis ojos cuando miraban las paredes del Norte de la Sierra,sufriendo por los daños que podrían sufrir,ascendiendo a su cumbre.



La sequía por falta de lluvia y de hombres

  Cuando estos días del mes de Agosto, circula uno por las carreteras del Somontano o de la Tierra Baja, se da cuenta de como el monte está ...