miércoles, 17 de abril de 2019

Semana Santa en Huesca.




Por los años trescientos cincuenta la monja Eteria, gallega y abadesa del Monasterio del Bierzo viajó a Tierra Santa, como ahora siguen haciendo numerosos oscenses, a alguno de los cuales oí hablar de si los autobuses que los llevaron al monte Sinaí ,eran judíos o jordanos. Debía tener Eteria grandes conocimientos bíblicos, ya que estuvo en el monte Sinaí,  igual que los oscenses actuales y en la tumba del paciente Job. Entonces llegaría a tales lugares andando o montada en algún asno o en algún camello. Eteria escribió un libro titulado Peregrinación a Tierra Santa y en él describe los ritos litúrgicos  con que celebraban en Jerusalén la muerte de Cristo, comentando que eran muy semejantes a los que se celebraban en su tierra gallega. En Huesca, por entonces la Osca romana, ocurriría lo mismo.
Don Ricardo del Arco dice que en el desfile del Santo Entierro aparecen Isaac, Abraham, Melquisedec, Moisés, Aarón y David, vestidos con magníficas ropas de época y el pintor oscense Hermano Martín Coronas  diseñó los vestidos de las Sibilas, esas jóvenes profetisas paganas. No se limita la esperanza en la llegada del Mesías al mundo judío, sino que en todas partes sentían la necesidad de algo nuevo. Me acuerdo del Oficio de Tinieblas, que empezaba el Miércoles Santo y uno se quedaba sorprendido de que al acabar, todo el mundo procuraba hacer ruido, golpeando los bancos y haciendo sonar “carraclas” y matracas. Dicen que hace años esas matracas y “carraclas” se hacían retumbar por las calles de Huesca. El gran maestro Arnal Cavero escribe: ”En la torre suena la matraca grande”,”es monótono y angustioso su canto, como si dentro de él vibrase un corazón, que dejase en lo hueco de cada vibración una gota de sangre y una gota de llanto”. De niños en Siétamo, el día de Jueves Santo, haciendo sonar las matracas, gritábamos: “A ver el Monumento que Cristo está dentro” y a  continuación ”el diablo de rodillas, a romperle las costillas”.
Antes estaba la imagen de tan de moda, que existían los imagineros, que nos dejaron  las imágenes del Ecce homo, tallado por Marqués o el Nazareno del escultor Orduna, en la procesión del Santo Entierro. Ahora que estamos en el mundo de la imagen, quieren hacerla desaparecer, como puede verse al contemplar cuadros en los que en lugar de imágenes hay figuras que uno no puede comprender. Otras veces se ven imágenes que nos llevan al consumismo materialista y otras tienen como fin convertir al hombre en objeto de producción sin alma. Pero todavía quedan multitud de personas, que, en Huesca, que acuden al Coso a contemplar los soldados romanos, montados en sus caballos  y a escuchar el choque de sus cascos  con el pavimento, que entonces  era de adoquines, saltaban chispas como también ocurría al golpear los romanos de a pie con las conteras de sus lanzas.
Hay que buscar el equilibrio del espíritu y de la materia y vemos como en la Semana Santa se bendice el agua, como se guardan en los balcones las ramas de los olivos y vemos llegar estos días a las golondrinas, que a Cristo le quitaron las dolorosas espinas que mortificaban su cabeza; contemplamos también a Cristo montado en un humilde asno. Y Jesús se va, pero se queda y se fue celebrando un ágape y se queda dejándonos el pan y el vino, pero a pesar de todo eso el hombre sigue matando, cuando tiene el recurso de beber la sangre en el cáliz, que él nos dejó y que tuvimos muchos años en Sanjuán de la Peña. 

martes, 16 de abril de 2019

En el Viñedo está el pequeño Monasterio de Montearagón





La historia de Aragón no se acabó con la desaparición del Monasterio de Montearagón. Porque el pequeño, en tamaño, y antiguo Santuario  de Nuestra Señora del Viñedo, fue fundado por la Comunidad Religiosa de Montearagón, que creó ese Santuario y el pueblo lo ha restaurado. Al desaparecer los frailes, fueron los pueblos de debajo de la Sierra de Guara, los que  protegieron a su Señora la Virgen del Viñedo. Porque ese pueblo, que vio levantarse las descomunales llamas, que acabaron con Montearagón, buscó la ayuda de la Virgen del Viñedo o “d’o Viñero”, a la que tanto quería y ella le correspondía protegiendo su trabajo en la producción vitivinícola y de ese anís, que les daba fuerzas para luchar en su trabajo diario. Por el Norte tiene a Santolaria y en otros tiempos a Isarre, por el Oeste limita con Barluenga, donde bailaban un Dance a la Virgen del Viñedo. ¿Han desaparecido muchos dances porque han emigrado los habitantes de aquellos pueblos del Abadiado?. Tal vez, pero ¿no podrían reconstruir el mismo dance entre todos los habitantes de este Abadiado y todos los socios de la Cofradía del Santuario?.  Cuando unos catalanes vieron como se destruía la Virgen del Viñedo en la Guerra Civil, más tarde, sus  corazones  conmovidos, devolvieron la cabeza al Santuario.

Cuando la devolvieron los habitantes del Abadiado se reunieron en el Santuario entre músicas, jotas y actos religiosos, acompañados de risas, sonrisas y por lágrimas. Un carpintero, devoto de la Virgen, escribió en Fabla Aragonesa, ya desgastada por no haberla mostrado a los niños, que así decía:” Bien pasau ya medio siglo-en recuerdo de unos ¡hombres!- que- en esta sagrada ermita, siendo tiempos de algarada-con avidez l’alcontraron- de todos …¡aquí olvidada!-mucho por ella arriesgaron- qu’en este pozo d’a entrada-hasta d’os suyos guardaron- Ta su tierra catalana-con ellos se la llevaron-y justo de acabar aquello-¡el degolveba, anunciaron!- A recibila acudieron-To l’abadiau con l’Obispo- Fue a más grande romería-qu’en o Viñero s’ha visto-¿oh! Qu’aún está en a memoria,- recordala, que ye  historia”.

¡Dios mío, que santuario, queda en esta Sierra Guara, pues sus hijos ya se fueron, pero el amor al pasado y a esa  “Virgen D’o Viñero”, les ha hecho conservar, como dice el Carpintero, el recuerdo de la Historia de aquellos pueblos unidos, dentro del Abadiado!. Igual que algunos buenos  catalanes, durante la Guerra Civil, contemplaron la inmersión de la Virgen en el pozo, los miembros del Abadiado, igual que los catalanes devolvieron la cabeza de la Virgen del Viñedo, decidieron  conservarla y  venerarla, y acudir a recordar sus trabajos, sus oficios y su bendita Fabla Aragonesa, en ese medio Serrano!. Ahora se recuerdan los trabajos del aceite, moliendo las olivas en esa nave preciosa, que recuerda la faena del asno que gira el torno y los carteles, que dicen quienes eran los que hacían el aceite. En aquel tronco tan grande para presionar olivas, hay escrita una oración por un obrero devoto de la Virgen del Viñedo. Más arriba se divisa una pequeña fábrica para preparar anís, que alegraba el corazón y ayudaba a trabajar largas horas, con olivas que aplastaban, para sacarles aceite.

Ayudaba la Virgen  a los vecinos, antes del Abadiado y luego del Santuario, como pone como ejemplo dentro de la bella Ermita, el milagro que produjo con una mujer pariente mía, con apellido Almudévar.

El Monasterio, en lo alto, sigue en ruinas, esperando que el gobierno poderoso lo restaure, pero el pueblo, con amor y con sus  medios escasos, ha hecho renacer el Santuario serrano de la Virgen del Viñedo. Es que con la   sencillez y amor de los vecinos, que vivieron como hermanos del  conjunto, que formó el Abadiado, aportaron sus trabajo, sus romerías y jotas a la Virgen, que preside en el altar de la Ermita, que se encuentra debajo la Sierra Guara. La Virgen los atraía y ellos la querían tanto,  que en romerías continuas iban a corresponder a esa llamada, que venía del corazón de María. Pero no sólo eran las personas las que iban a rezarle y a cantarle, sino que las golondrinas, con sus cantos y sus vuelos artísticos, anidaban en el claustro y allí,  durante el verano, comunican a la Virgen la belleza de la rima, entre el cielo de allá arriba y la tierra de la Sierra.

Hoy he acudido a la Ermita para rezarle a la Virgen y saludar a la señora Consuelo, de más de noventa años que es “santera” de la Virgen. He llegado al claustro, donde las golondrinas parece que hacen vela a la Virgen, porque están tranquilas y no se asustan con  mi  presencia o la de otros turistas o devotos que por allí llegan. En la misma puerta de la Oficina de Turismo, están sentadas la señora Consuelo y una joven señora, encargada de atender a los que por allí llegan. Las saludo y descubro que la citada señora es Mercedes Claver, del cercano pueblo de Chibluco y de la familia que es pariente de los Bruis o Lasierra de Siétamo y que son vecinos de mi casa. Yo conocí a sus padres ya hace muchos años. Resulta que contándome sus viajes por la Sierra, me dice que tiene a veces como compañero a Bescós de Panzano, pariente mío por Manuel Bescós Almudévar y por su madre también pariente mía por los Azara. Me dice que este Bescós le contó la historia del caballero de Isarre, que ella ya la conocía porque se la había contado su abuela de Chibluco. Aquella hermosa y dura tradición de la Sierra de Guara, todavía se conserva en su territorio, aunque quedan muy pocos habitantes. Nieves me contó la tradición, que se van contando unos serranos a sus hijos y éstos a los suyos. El desaparecido pueblo de Isarre, nombre vasco, como el del pueblo y ermita también en ruinas, encima de Panzano, que se llamaba Arraro, también vascuence, dice que aun estando en lo más alto de Guara, encima de Santolaria, fue invadido por los moros, que asesinaron a todos sus pobladores que eran cristianos. Un joven hijo de Isarre, que también se llamaba Isarre, estaba por aquellos tiempos luchando contra los moros con el Rey de Navarra y Aragón. Cuando llegó a Isarre y comprobó que habían muerto todos sus familiares y a todos sus vecinos, levantó su espada y dirigiéndola al pico de Guara, juró que él daría muerte a tantos moros como ellos habían asesinado en su pueblo de Isarre. Efectivamente cumplió lo prometido y en una batalla, cerca del pueblo de Abizanda, acabó con tantos moros como ellos habían eliminado en Isarre. Recogió todos los cadáveres, los cargó en un carro y se los llevó a enseñar al Rey y decirle que esos cadáveres eran la venganza contra los moros,  que habían asesinado a sus padres,  hermanos, vecinas y vecinos del su pueblo.

Yo,  antes de morirme quiero subir a Isarre a rezar al Señor una oración por Aragón, que ha luchado en tantos actos heroicos, pero que acabaron con muchos pueblos muertos, como Isarre. A ese joven, que también se llamaba Isarre, en agradecimiento a su heroico comportamiento, lo hizo Señor de todos los terrenos de Isarre, que se encuentra encima de Santolaria,  de donde era la abuela de Nieves, en lo más alto de la Sierra de Guara. Como he dicho esta historia se la contaron a Nieves, su abuela y Bescós, pariente mío de Panzano, que está debajo del pueblo también desaparecido de Arraro.¡Dios mío, como conserva el Santuario del Viñedo la historia medieval de Guara, que los oscenses ya hemos olvidado!.

Nieves de Chibluco en el extremo occidental de la Sierra y mi pariente Bescós, en su  extremo  oriental, ambos jóvenes, me han hecho recordar mi pasado, pues mis antepasados eran de Sieso y de Barluenga. Pero esta historia tiene documentación en el Archivo Diocesano de Huesca.

Esperemos que restauren, no sabemos cuando el Monasterio de Montearagón, pero vayamos a la Ermita del Viñedo, donde el pueblo del Abadiado, devoto de la Virgen, nos ha dado un ejemplo de nobleza y de amor a esta tierra.   

La Ermita del Viñedo o del “Viñero” aragonés.


            
                                  
Me encontré con Joaquín Borruel, cuando iba a montarme en el coche, para ir a contemplar el paisaje que ofrece la Sierra de Guara, alrededor de la Ermita del Viñedo. Se lo dije y le ofrecí acompañarme, a lo  que él accedió emocionado, porque según me dijo, era Cofrade de la Virgen del Viñedo, desde que se fundó dicha Cofradía. Se sentó a mi lado y empecé a “ver” con los oídos  como: ”Santolaria está en lo alto- Castilsabás en un tozal- y la Virgen del Viñedo, en medio del  olivar”. Joaquín nació en Siétamo, nombre que figura en el estandarte que se enckuentra dentro de la iglesia y su madre en La Almunia del Romeral, donde vivió un periodo de su vida. Y ¿cómo no iba a hacerse Cofrade de la Virgen del Viñedo?, cuando en su memoria llevaba el recuerdo de las dos visitas anuales que hacían los hijos de La Almunia, una vez sólo ellos, el ocho de Diciembre y otra el uno de Mayo, acompañados por los fieles de doce pueblos somontaneses. La primera vez los miembros de casa Martinete de la Almunia, después de oída la misa, obsequiaban a todos los vecinos a gustar tortas de anís o de aceite. Con aquellos recuerdos de nuestro Somontano, llegamos a la Ermita. Está construida con piedra de sillería y en la parte alta con ladrillo, siendo construida en 1728. El campanario está cubierto, no con líneas rectas, sino por una graciosa curva y debajo de la ventana donde suena la campana se encuentra un reloj de sol, aunque parece que en este lugar no corre el tiempo. A continuación se abre un a modo de claustro, en cuyo interior han colgado las golondrinas unos dieciocho nidos, porque en ese claustro han hallado la paz. Dentro de su pequeño volumen, da la impresión de ser un enorme  Monasterio dedicado por el pueblo del Somontano a la Virgen del Viñedo, como si hubiere recibido su consagración del cercano Monasterio de Monte Aragón Dentro de la Iglesia preside desde el altar mayor la imagen de la Virgen del Viñedo, en un magnífico retablo, reconstruido por el notable artista, Julio Luzán.  Dentro de este “Monasterio del pueblo”, se encuentran las paredes pintadas con una sencilla gran pintura de la Virgen del Viñedo y pinturas de Santa Lucía y de Santa Bárbara. En un cuadro se encuentra un romance que cuenta los milagros de la Virgen y en otro, en una “fabla” aragonesa, ya en decadencia, pone diversas circunstancias de la iglesia. Por un corto camino, pero con un encanto especial por los ramajes y sombras por ellos  producidas, se llega, como en otros tiempos llegarían las caballerías cargadas de sacos de olivas, a molerlas en el Molino. Entrar en este edificio, te hace sentir a los hombres trabajando, para obtener el aceite de oliva y te emociona  el sentimiento  producido por el  trabajo excesivo de aquellas gentes,  que dormían en el mismo local, para no perder un minuto de tiempo. Allí están los algorines o depósitos de olivas de Pedro Calvo de Santolaria, de mi pariente José Vallés de Castilsabás y de Juan Ordás. Estos señores y varios otros dueños del Molino,  lo dieron a la Ermita, donde se mezclan el sentimiento religioso y el amor al trabajo. Allí está el “redol”, donde una caballería haría dar vueltas a la piedra, muela o roello, que hacía brotar el orujo, separado por las esteras que colocaban para después sacarlas, someterlas a presión y obtener el aceite. Llama la atención la Prensa de Libra que tiene unos catorce metros, que con el manejo de los molineros aceiteros, presionaba para que saliera el aceite. En aquel enorme madero, uno de aquellos hombres, escribió lo siguiente, pero   no sé si es exacto lo que digo : ”si es que logro con tesón, darle a la “pira”(al madero)  función, como de un  pobre, he de dar gracias a la Virgen”. Allí trabajaban y oraban, pero aquella pobreza de sus condiciones  de vida, ha hecho, que aquella zona tan trabajadora se haya quedado casi despoblada. Pero hay un despertar entre los altoaragoneses por el recuerdo del Molino y el amor a la Virgen, que hacen que se haya convertido la Ermita del Viñedo en un lugar de visita extraordinario, para recordar y estudiar la vida del  Somontano.

lunes, 15 de abril de 2019

“Oh,wheen the Saints-Go marching in!. (Artículo traducido del aragonés al castellano).



Gustavo Adolfo Becquer.

Siempre ha sido la música una evasión del espíritu, un huir, un ausentarse hacia los espacios. Pero además, una forma de buscar lo transcendente y de hacer sentir a los oídos de los seres humanos, los sentimientos que expresa esa pieza musical, cuyos sonidos se ensanchan por el aire.
En estos días la presencia de la muerte, a muchos los aterra, intentando algunos evadirse de su presencia y al pueblo,  lo congrega en los cementerios.
¡Oh, cuando los pueblos marchan hacia su muerte, contemplando la muerte de muchos miembros  que vivieron!. ¿A dónde van?. Caminan por la vida en busca de luz y haciendo sonar música. Si son pueblos negros, van cantando cantos “spirituals”, que tienen en su interior una lumbre, que tornan bella la negrura de sus cutis. Si se trata de latinos, cantan canciones, cantan misereres y Dies ira-Dies illae y ¿cómo no?, encendiendo “cerilletas” y candeletas. Su problema es encontrar el instrumento musical que nos ilumine el espíritu.
 Bécquer decía en la poesía de la Niña Muerta: “Ante aquel contraste de luz y tinieblas, medité un momento : ¡Dios mío, qué sólos se quedan los muertos!”.
Voltaire, cuando estaba en trance de muerte, gritó : ¡luz, màs luz!. No es preciso dramatizar, porque tal,  lo único que quería era una luz más racional. Pero,  ¿por qué el pueblo busca un contraste, entre la muerte y la luz y las lucetas?. Pero yo creo que tal vez sea porque ese pueblo cree que hay una luz, más allá de este mundo.
Los niños se introducen rápidamente en los juegos relacionados con la muerte. Los muchachos más atrevidos caminan por las noches hacia el cementerio, para ver las ´´lumbretas” o fuegos fatuos y todos en unión, vacían calabazas de su materia interior y tallan sus cortezas con aguieros que recuerdan los ojos y unos dientes que representan la boca. Preparada la calavera, encienden dentro de ella una vela y la colocan en lo alto de una fuente, para asustar a las mujeres que van a por agua.
Pasando por Novales vi, desde el coche, una luz en medio de la carretera. Paré el coche y me di cuenta de que se trataba de una calavera, de las que preparan los niños. Me la llevé. La habían colocado el hijo de Valeriano y de sus amigos.
Una australiana veía con extrañeza la costumbre de alumbrar velas. Pero estos días de atrás otra australiana, se ha prendido fuego con una tea, en protesta del materialismo de la vida. ¡Contrastes que se dan en la vida!,  como  mi joven amigo que no cree en Dios y oye por la noches las voces de unos desconocidos. Este amigo mío no cree que la  palabras que escucha por la noche sean de Dios, pero admite que tal vez sean de los duendes nocturnos, que por las noches, salen por el espacio a gritar y a pronunciar sus palabras.
Algunos sienten terror ante la muerte y Lord Byron trataba de  combatirlo,  bebiendo vino, en una calavera de muerto,  en los claustros de un viejo monasterio. Quería sacudirse el miedo, pero no veía luz. La gente de los pueblos, que desde que son niños, encienden la luz, respetando a la muerte, no se aterran.
En los viejos cementerios plantaba flores, que daban vida a los muertos o colocaban ramos de flores naturales, de los huertos cultivados en los pueblos. Las flores son luminosas, pero no me parece tan luminoso el tráfico que se organiza con las flores a costas de la muerte. Unas veces son las flores de un día,  que después se tornan secas y deprimentes, porque hacen el fosal más deprimente que esperanzador.
Oh, cuando el pueblo se va marchando hacia la muerte…Oh, cuando la gente se marcha hacia la …
¿Hacia donde?. Piensa, que una cosa es que el pueblo marche hacia la… y otra que lo lleven hacia …

domingo, 14 de abril de 2019

Recuerdos de la cuadra de las mulas






28 noviembre del 2001. Heraldo de Huesca

Pasando por el puente de San Miguel de la ciudad de Huesca veo cada día el monumento dedicado a las mulas. Se trata de una mula o ¿mulo? Metálica que, por tanto no se puede morir, como aquellas otras de carne y hueso pero con una fortaleza casi metálica que sacábamos de paseo los soldados en el cuartel que todavía está abierto junto a la parroquia del barrio del Perpetuo Socorro.
                Y este monumento me trae a la memoria el dulce recuerdo de las mulas de mi casa de Siétamo y de la cuadra, en la que las acémilas pasaban sus ratos de descanso, convalecían de sus enfermedades, comían y se alegraban al ser cepilladas y a veces eran sacadas a la calle para serles hechos con unas tijeras adornos en el pelo de sus crines y de su rabo.
                Cuando iban a labrar, lucían en el cabestro dos estrellas y de la brida de cada una de ellas colgaba un juego de tres campanillas, como dice la canción andaluza: “En las tierras de mi Andalucía, los campanilleros por la madrugá, me despiertan con sus campanillas y con sus guitarras me hacen llorar”.
                Cuando labraban, a su concierto acudía alodas, cuculladas, chirlas, engañapastores, cudiblancas, gorriones, cistras, verderoles, trigueros, pinchanes y papirois.
                En la cuadra languidecía la pobre luz de la bombilla de quince watios, se percibían un olor medio aromático de paja seca con fiemo caliente, haciendo que en el establo se estuviera bien.
                En el resto de la casa el frío era glacial; en el hogar casi se había consumido la leña y el escaso calibo lo había tapado la señora María, para que al día siguiente, después de escalibado, prendiese la ramilla y los tueros recios se encendieran para calentar el caldero, guisar la comida, volver a calentar las patatas para los cerdos en el caldero y, por fin, la cena.
                Y mientras la cena llegaba se secaban los peducos  del hombre cuando volvía del monte y echábamos buenas calentadas.
                Algún día, al enterrar las pocas brasas que quedaban con la ceniza, bajábamos a la cuadra para mirar cómo las arañas se movían por sus telas, cómo las pocas moscas que quedaban torponas por la estación fría se enganchaban en las redes para ser devoradas y ver y escuchar cómo la mula torda se echaba pedos; el señor Jorge, que murió ya de muchos años en el pueblo de Sesa, les levantaba la cola y les ponía una cerrilla apagada cerca del cagadero y cuando salía el gas se encendía, con un ruido de soplido que se acababa cuando la llama alcanzaba su apogeo y al oír el macho morico ese soplido, él resoplaba “brrrr…” y batía a coda”, marcando con un ruido característico los cuatro granos que le quedaban y que rebuscaba goloso entre la paja del pesebre.
                Divertidos, dábamos volteretas los niños mientras tanto sobre la colchoneta de pinochoneras del camastro del animal comprendíamos que el niño Jesús hubiera querido nacer entre una mula y un buey.

sábado, 13 de abril de 2019

Guerra civil en Siétamo


Siétamo es un municipio en la provincia de Huesca, que pertenece a la comarca de la Hoya, situado en la N-240 sobre una suave colina cerca del río Guatizalema. Su nombre hace mención sobre su distancia a la Osca Sertoriana (7 millas, en dirección este, o lo que es lo mismo unos 12 kilómetros) en la calzada que unía esta ciudad con Ilerda, la antigua Lérida.
 Es cuna de Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea, Conde de Aranda, dos veces Grande de España, ministro de Carlos III y último noble inhumado en San Juan de la Peña.
 También nació aquí Ana Francisca Abarca de Bolea, escritora y poeta del barroco, una de las pocas escritoras que en su obra ha utilizado la fabla aragonesa. El Premio “Villa de Siétamo” es un galardón literario para obras en esta lengua propia, promovido por el Ayuntamiento de la Villa con la colaboración del Gobierno de Aragón.

La toma de Siétamo fue una larga operación militar, emprendida a últimos de julio de 1936 por los bombardeos de la aviación republicana, en la que se estuvo forcejeando con denuedo para conseguir ocupar Huesca. Los nacionales opusieron una pertinaz resistencia y la villa del conde de Aranda cambió de dominio en manos de uno u otro bando sin que ninguno de ellos obtuviese una conquista duradera. Como tantos otros pueblos y ciudades, sufrió duramente los embates de los milicianos que, procedentes de Barcelona, llegaron arrasándolo todo en su interés por tomar la capital de la provincia desde el inicio de la guerra civil.
 Al llegar la columna anarquista de Domingo Ascaso, mandada por Durruti, a las inmediaciones de Sietamo, está la componían una enorme fuerza de unos 7.000 hombres. Pronto Durruti tuvo diferencias con los jefes anarquistas, por la forma de llevar la lucha en Aragón.  
El día 28 de julio sale la columna Ascaso desde Barbastro, a poner sitio a Almudévar en la carretera de Huesca a Zaragoza, y a Siétamo situado en la que lleva desde Barbastro a la ciudad oscense, así como por otras localidades con la intención de, formando una tenaza, dejar aislada a la capital. Para facilitarlo, los bombardeos sobre la ciudad de Huesca y la villa de Sietamo fueron continuos causando gran cantidad de muertos y heridos.
 El número de milicianos seguía siendo muy superior respecto a los defensores de Huesca y sus alrededores. Aun así los sitiados se dispusieron a mejorar la defensa de la ciudad  y a dificultar  los repetidos ataques republicanos a poblaciones, como Siétamo, próximas a la capital provincial.
La resistencia nacional en Siétamo la dirigió  el teniente de la Guardia Civil Manuel Lahoz  el cual movió sus tropas con mucha habilidad y gran decisión durante la noche y en la madrugada  del día 29 de julio, consiguiendo poner en retirada a los republicanos cuando lograban ocupar las primeras casas del pueblo, gracias a la convergencia de dos pequeñas columnas venidas desde Huesca y Zaragoza y al valor de algunos civiles.
Los republicanos dejaron en el campo de batalla una treintena de muertos, varias decenas de heridos, numerosos prisioneros y la pérdida de un camión blindado y un variado e importante material de guerra.
El día 31 de julio los milicianos de Ascaso volverían a intentar la toma de Siétamo empleando en ello cerca de unos 2.000 hombres, varias ametralladoras y algún vehículo blindado, aunque de manera rudimentaria. El pueblo estaba defendido en ese momento por su reducida guarnición de la Guardia Civil, los voluntarios de Acción Ciudadana y algunos falangistas llegados el día anterior sumando en total no más del centenar de hombres. El combate duraría todo el día y resultaría especialmente cruento, resolviéndose por la tarde cuando desde Huesca logró llegar en auxilio de sus defensores una columna de soldados, requetés y falangistas que equilibraría la inferioridad de los defensores de Siétamo poniendo en fuga de nuevo a los frentepopulistas que se retiraron a Angües.
Al día siguiente (1 de agosto), reforzados con algún cañón tomado a los nacionales, volvieron los milicianos a intentar la conquista. La situación de los defensores se hizo tan lamentable al no recibir nuevos refuerzos que decidieron que la mayoría de sus activos, escoltando a la población civil que estaba refugiada en una sacristía posterior de la iglesia, abandonara el pueblo en dirección a Huesca, quedando en él una decena de guardias civiles, una veintena de falangistas y algún militar del Regimiento nº20  para cubrir la retirada y retrasar, en lo posible, el seguro avance de los milicianos dando tiempo a que desde Huesca se les socorriese  nuevamente o, sobre todo, a que la capital afirmara sus defensas. El reducido grupo de defensores lograría aún atrincherarse en la iglesia del pueblo desde cuya torre causarían fuertes bajas al enemigo gracias al certero fuego que realizaron desde ella.   
El 9 de agosto los republicanos atacan de nuevo Siétamo, esta vez a las cuatro de la mañana, con baterías de artillería en un feroz combate que duró hasta las cuatro de la tarde. Aviones bombardean el pueblo, pero llegaron refuerzos de Huesca y los milicianos tuvieron que replegarse a Barbastro. Se mantiene, sin embargo, la situación y durante todo el mes no cesan los combates en forma de pequeñas escaramuzas.
Hasta que el día 31 de agosto el ejército republicano se lanza sobre la villa siendo uno de los días más duros del asedio. Desde el amanecer y durante catorce horas, la artillería bombardeó la villa y atacó con la infantería por todos los frentes. A la columna Ascaso se había unido la Lenin y la segunda del POUM más el apoyo de una sección motorizada de la columna Durruti, formada por mil hombres, ̶ que se desplazó desde el sur de Zaragoza, seguramente Bujaraloz. En total, unos 3.000 hombres. Por este motivó los nacionales desplazaran desde Jaca 900 hombres del Regimiento Galicia 19 y la villa resistió a pesar de que en el depósito del armamento del cuartel solo se contaba con una caja de 1.600 cartuchos.
Al amanecer del día siguiente, 1 de septiembre, la artillería republicana bombardeó de nuevo. Presionaron sobre Alcalá del Obispo, Fañanás, Angües, Chimillas, Tierz, Siétamo y la capital. Del mismo modo, trece aviones bombardearon lo que quedaba de Siétamo y después lo hizo la artillería. El día 4 quedó incomunicado el pueblo con la posición de Estrecho Quinto, defendida por los soldados del Regimiento Valladolid 20.
A pesar de los bombardeos de artillería y de carros de combate sufridos hasta el día 13 en que reciben orden de retirarse hacia Estrecho Quinto, Siétamo resistió con heroísmo, 46 días de duro asedio. Los últimos combates se desarrollaron cuerpo a cuerpo, la artillería, al estar tan próximos los combatientes, tuvieron que utilizarla “tirando a cero” y el pueblo tuvo que ser ganado a pulso, casa por casa. En estos combates encuentran la muerte el Comandante de Puesto de la guardia civil, Sargento Antonio Javierre Arnal de 47 años, padre de cuatro hijos: María, Antonio, José María y Andrés.
Nos cuenta las vicisitudes de este último enfrentamiento su propio hijo José María, años después:
“El ejército republicano volvió a la carga. De nuevo madre tuvo que refugiarse en la iglesia, mientras que mi padre y mi hermano mayor se unieron a los que trataban de detener a los asaltantes, parapetados tras una trinchera de sacos a la entrada del pueblo. Los milicianos, que tenían sitiada la localidad y eran muy superiores en número y medios, lanzaron un morterazo que acertó de lleno en el cuerpo de mi padre, quien cayó herido de muerte a los pies de Antonio.”  Y continua: “No puedo ni imaginar la impresión de mi hermano. Sé que mi padre aún tuvo tiempo de decirle: Hijo mío, yo he terminado; muero por Dios y por España. Ahora os toca a vosotros”. Enloquecido, Antonio cogió el fusil de mi padre y salió a pecho descubierto hacia donde estaban los atacantes; afortunadamente, pudieron retenerlo antes de que lo mataran también a él”. “Antonio y mi madre lograron llevar a rastras el cadáver hasta la iglesia y lo enterraron en una capilla. Los milicianos se hicieron los amos de Siétamo y, enardecidos por el triunfo, acabaron con las existencias del buen vino de la tierra. Ocasión que aprovecharon los que estaban refugiados en la iglesia para escapar”.
Gracias a que pudieron replegarse hacia Estrecho de Quinto, no vieron la salvaje respuesta de los milicianos, sacaron el cuerpo del sargento Javierre que con tanto esfuerzo habían enterrado en la iglesia Antonio y su madre, lo arrastraron por las calles del pueblo hasta llevarlo a las afueras donde le rociaron con gasolina antes de quemarlo y aventar sus cenizas.
Antonio María Javierre Ortás hijo mayor de Antonio Javierre, nació en Siétamo (Huesca) en 1921. Salesiano, participó en el Concilio Vaticano II y era cardenal desde 1988. Entre 1992 y 1996 presidió la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Falleció el 1 de febrero de 2007 en Roma a causa de un infarto a la edad de 85 años. Sus exequias fueron oficiadas por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro.
Siétamo le debe a las columnas anarquistas la pérdida de cientos de vidas, y de viviendas y la del Castillo Palacio del Conde de Aranda, hombre que, adelantado a su tiempo, ya en el siglo XVI.
Como en tantos otros sitios, se llevaron todo lo que pudieron; además de las campanas, saquearon, incendiaron, destruyeron totalmente la iglesia parroquial, robaron todos los objetos de culto y archivos, sesenta y tres cuadros, unos libros magníficos, por ejemplo, los Anales de la Corona de Aragón de Zurita; profanaron el cementerio y procedieron al saqueo total de todo lo existente en las viviendas de la localidad después de incendiar tres calles completas, 78 casas y 89 pajares.
Después de tantos días de defender el terreno palmo a palmo, unos cuantos, aún con heridos, evacuaron la villa y junto a otros civiles, también heridos, llegaron a la posición de Estrecho Quinto, donde se continuó la lucha. Cuando al fin los republicanos se hicieron con el lugar, cometieron 19 asesinatos en aquellas personas de ideología de derechas que no pudieron retirarse hacia la zona nacional el día 13 tal como les fue ordenado.
Por su estratégica situación respecto a Huesca, aún destruida, la villa siguió siendo cabeza de puente y punto de concentración de tropas hasta el 25 de marzo de 1938 en que, con el avance del ejército nacional, fue liberada la zona. En este período intermedio fue objeto del interés de fotógrafos, periodistas y políticos como Companys, presidente de la Generalidad Catalana durante el conflicto. Se puede distinguir vestido de blanco en el centro de la foto.
Ignacio Almudévar, Costumbrista de Aragón nacido en Sietamo, relaciona la visita de Companys con la secular afición de algunos políticos catalanes a considerar el Reino de Aragón parte de “la nación catalana” y, por tanto, su derecho a apropiarse de los bienes de Aragón: menciona el pórtico de la iglesia de El Tormillo, el expolio de los bienes de Sijena o los cuadros de Pompenillo.
Del mismo modo, la zona resultó muy atractiva para fotógrafos, Kati Horna,  Roberto Capa, Oltra, Centcelles, Guttman, pioneros de la cinematografía como Adrián Porchet, Pablo Willy, Félix Marquet o Juan Pallejá  y, desde luego,  escritores. Por ejemplo, George Orwell, que fue herido a las cinco de la mañana del día veinte de mayo de 1937 en Monflorite, siendo evacuado al hospital de campaña de Siétamo (según foto adjunta)
De ahí, fue trasladado a Barcelona y de allí consiguió escapar de la condena de Stalin al POUM ,al que pertenecía Orwell, evitando ser fusilado. Al regresar a su país escribió “rebelión en la granja” de clara inspiración anticomunista. Ignacio Almudevar escribió en su blog al respecto citando palabras del escritor:Si alguna vez vuelvo a España, no dejaré de tomar una taza de café en Huesca. Muchos oscenses aún lo esperamos, pero, así como muchos mueren en la guerra, Orwell murió en la Paz”.
De los combates sucedidos durante la guerra civil se conocen muchos y muy importantes, pero quizás Siétamo no está incluido entre ellos a pesar de la dureza e importancia del fragor de los enfrentamientos sufridos allí. Puede acercarnos a la situación padecida, el hecho de que a pesar del tiempo transcurrido (83 años), se siguen recuperando proyectiles sin estallar en las tierras de labor de los alrededores, o en los edificios como este en la cara norte de la iglesia de Sietamo.

viernes, 12 de abril de 2019

Así fue”…narración histórica de Antonio Trisán Viñuales y Jesus Valles Almudévar




Yo , me acuerdo de la Guerra Civil, pero no necesito escribirla , porque ya lo hicieron otros, como los Trisán de Fañanás y mi doble pariente Jesús Vallés Almudévar


Los hermanos Trisán Viñuales del pueblo de Fañanás, que limita al Norte  con Siétamo, estuvieron luchando en la Guerra Civil del año de 1936. Y fue la Guerra, no entre dos países distintos, sino entre los mismos españoles, ya que Antonio, se puso en contacto con la Cruz Roja, que hizo posible la liberación del “hermano republicano”. Lo mismo pasó entre los hermanos Buil Aniés de San Román de Morrano, que uno estuvo de oficial con los republicanos, en Barcelona y Alfonso Buil con sus trece años, acompañado de su  padre, cultivando la tierra en San Román,  encima de Casbas. El hermano republicano salvó la vida a sus hermanos  de la Sierra de Guara, pues Alfonso Buil estaba estudiando para ser sacerdote jesuita, en Huesca, de donde se subió a San Román, pueblo de su familia, que fue dominado por los gubernamentales y los sindicatos.
 Y Francisco Trisán, con el que tuve una fuerte amistad, que conducía un camión del Ejército de Huesca y que llegó a Siétamo, después de que el Teniente de la Guardia Civil Manuel Lahoz, que dirigió las tropas durante la noche y la madrugada del día 29 de Agosto, consiguiera provocar la retirada a aquellos sindicalistas,  unidos al Gobierno, que habían ocupado las primeras casas de Siétamo. En su llegada a Siétamo, entró en Casa Almudévar, de donde habíamos escapado a Huesca, toda la familia, acompañados por otros muchos vecinos del mismo pueblo. En mi casa se dio cuenta de la soledad en que había quedado, y, en lugar de recoger cuadros u otros objetos de valor, en un saco introdujo todos  los papeles antiguos,  como escrituras y documentos relacionados con el Conde de Aranda y las distintas familias de Siétamo,  como la de los Azara, Benedé y varias otras. Llevó Francisco Trisán el saco a la Farmacia de Llanas, donde vivía casada mi tía Pilar Almudévar. Y gracias a mi futuro amigo, pues yo tenía cerca de seis años, he podido, con la colaboración de mi padre Manuel Almudévar Casaus, recordar, tiempos pasados de la historia de Siétamo. Pero yo no sé si Francisco Trisán hizo él solo o en compañía de su hermano Antonio, la visita a nuestra desierta casa Almudévar, pero  creo que la harían unidos, contando después,  cada uno de ellos, sus recuerdos y sus impresiones. El día 29 de Agosto de 1936, los sindicalistas unidos a los gubernamentales, entraron en Siétamo, donde sólo ocuparon las primeras casas. Pero los sublevados, volvieron a conquistar el pueblo y éste no cayó en poder total de los gubernamentales, a los que gobernaban los anarquistas,  entre otros. Durruti se buscó un despacho en mi casa, donde estuvo poco tiempo, por acudir a Madrid, donde murió.
 Francisco Trisán Viñuales estaba casado con una hermana de Ciria de Arbaniés, con el que yo, tenía   amistad.
 Al hermano de Francisco, el escritor Antonio Trisán Viñuales, no he tenido la suerte de conocerlo, pero en mis manos cayó su libro “Así fue…No sucumbí” y en él leí, lo mejor que se ha escrito sobre la Guerra en  casa Almudévar, en toda mi vida. Dice así:”En la Plaza (de Siétamo), hay una casa señorial saqueada y una iglesia. Esta ha sido como todas, el blanco de las iras; en su portal queda un parapeto de sacos; en el interior dos cadáveres de los últimos defensores.
(Hay que recordar que estos hechos ocurrieron en la reconquista de Siétamo el 28 y 29 del mes de Agosto de 1936). Por todo el pueblo, la legión con sus cantos y sus disputas. En el centro de la Plaza está el monumento obligado a estos pueblos del Alto Aragón: La Clásica cruz de piedra con su escalinata. Recostado en ella, Gibbs y su pipa…
Mientras la tropa vivaquea alegremente, me dedico a dar un vistazo por la casa y por la iglesia, que parecen más castigadas. La capilla es pequeña, de un estilo indeterminado……Hay dos imágenes, patronas del lugar. La primera representa a San Pedro; es una talla corriente, de proporciones naturales, vestido de Obispo, con las clásicas llaves del cielo.
Ilustre portero que has de visar nuestro salvoconducto, cuando emprendamos el último viaje ¡Hossana, ¡Hossana!. Acuérdate de este soldado que mientras el resto de sus compañeros bebía y comía en un festín bárbaro sobre las ruinas de tu lar, sintió la dulce necesidad de penetrar en los misterios de tu arcano.
La otra imagen es una virgencita de rostro regordete y lleva un Niño Jesús muy diminuto entre sus brazos. Tiene un nombre evocador, hermoso: ¡La Virgen de la Esperanza!.
Se han salvado del sacrificio sacrílego; así lo demuestran esos jarrones de cerámica pintarrajeados, llenos de rosas y de albahaca que son ofrendas de mozas, mayoralesas y casaderas.
Penetro en la sacristía, las ropas del culto están tiradas por el suelo. Alguien buscó el eterno tesoro del cura rural. ¡Error de cálculo!. Sólo había ropajes litúrgicos: capas pluviales de más vista que valor y un “cepillo” con un poco de dinero, contribución de los fieles para las “ánimas del purgatorio”, como reza la inscripción. Tesoro, ¡ja...ja…ja¡.  A lo sumo un mezquino paraíso de calderilla.
Hay una penumbra suave; tan suave que no he visto al entrar un charco de sangre negra al pie del altar mayor. Un defensor herido se debió arrastrar hasta aquí en un supremo esfuerzo. ¡Ya no estaba el héroe tan lejos de su Dios y de su gloria!.
Yo, pensando en la religiosidad  de mi madre que no sabe donde estoy, mascullo una plegaria a esta imagen lugareña, que debiera ser en estos días tristes y solemnes, nuestra dulce patrona: ¡La Virgen de la Esperanza!.
Sin la esperanza, el mundo: ¿Qué sería?.
Se han desbordado las pasiones en esta casa solariega; tiene pinta de casa patricia, solaz de mayorazgos y refugio de los pobretes. En la amplia fachada, un escudo tallado en piedra con las armas de los Almudévar, familia linajuda del Alto Aragón. En el patio ya lleno de tropas, algarabía debida al vino noble que los combatientes han encontrado en un torreón de lo que fue castillo del Conde de Aranda, y que el abuelo de esta casa tenía en estima. En el primer piso, muebles, ropas y vajillas en revuelta confusión. No ha quedado alacena ni arquimesa sin abrir.
¡Han pasado los bárbaros!.
Restos de lo que fue comedor familiar; dos pequeños rimeros con libros vacíos; éstos sobre la mesa medio abiertos, medio rotos: Galdós, el Duque de Rivas, Rubén…por el santo suelo.
Un solo volumen ha quedado en el estante: Los “Epigramas” de Silvio Kosti con una dedicatoria magnífica del autor. Reza así: “Al ilustre tío Manuel, Mayorazgo y jefe de mi estirpe. Silvio Kosti.
Contiguo al comedor, profanado con latas de sardinas y panes de munición, que fue el festín de la Horda, hay una sala amueblada con gusto. Entrando se ve una foto de un caballero de unos sesenta años, de buen aspecto. No puede ser otro que el abuelo a que alude Kosti. Así lo proclaman su aspecto noble y su bigote blanco y legendario. ¡Ah, si él volviera por aquí y viera todo esto!. Sus manos patricias que empuñaron la esteba en su mocedad, hubiera retorcido el gaznate a la canalla.
¡Una casa que tiene historia de siglos, destruida  en pocos minutos!.
Hay un piano con la tapa levantada y sobre el atril música de Straus: un vals vienés.”El último corsario”. He aquí una de tantas incongruencias de los hombres. Por un lado, la horda destrozando la poética quietud de esta casa…Y otro bárbaro, enamorado de la música, arrancando al piano las voluptuosidades de este vals cien por cien.
No hay armario sano. Ni un vaso, ni nada a excepción de esta habitación que permanece sin destrozos. Ya al salir, en una rinconera magnífica, hay abandonado un estuche de pintura, con su paleta, sus colores y sus pinceles.
Pues bien, aprovechando este mensaje, un “focín” como se dice en Aragón, pintó en el tocador de puro estilo español antiguo, sobre la luna, las letras de rigor .U.H.P.
Muy bien, muy bien…Yo opino que sí, que debemos unirnos, hermanos proletarios, pero no para esto sino para hacer el bien y conseguir la mayor cultura general.
Salgo y cierro la puerta. Lo único que ha quedado intacto, no debe verlo nadie. Además está dentro vigilante desde su arco, el lejano abuelo, el jefe de la estirpe de los Almudévar.
Tomo como recuerdo el volumen de Kosti y salgo a la calle. Sigue la alegría. He de buscar a mi mascota, a mi viejo compañero”.  
¡Cómo describe Antonio Trisán Viñuales esas melopeas de los que están en el límite de sus posibilidades alcohólicas!. Los Almudévar eran productores de vino y en el palacio del Conde de Aranda, encerraban unos seiscientos mil litros. Como es lo que pasa en las luchas, que beben los hombres, porque quieren hacer huir el dolor que producen las muertes y aumentar su valor para seguir luchando.
Antonio Trisán describe con realismo  que:  “el vino se nota en el ambiente. Cantan los soldados esas melopeas de los que ya están en el límite de sus posibilidades alcohólicas.
Encuentro al viejo algo mareado. La faja le cuelga hasta el suelo y se apoya en su fusil como en un cayado. Al verme intenta justificarse.
--Pero, ¿También, usted abuelo?
--Mira, hijo… comer,  beber y…nada más.
--Ya, ya, me sé de memoria la canción-le digo mientras lo siento en la cruz de la plaza.
Ya es tarde, las ocho de la noche. Brillan las estrellas intensamente y del campo llegan con la humedad de la noche aromas de heno y de flores, como un “canto de vida y de esperanza”.
Es la naturaleza, pródiga, embriagadora, que me dice al oído: ¿Qué culpa tengo yo de vuestras locuras?.
Efectivamente…Ninguna.
Ronca el viejo, feliz en su borrachera y siguen los cantos un buen rato. Al fin, todos se cansan y se tumban como pueden y en donde se encuentran.
Para algunos, esta noche ya es la última que  viven al raso…
Mañana hemos de enterrar nuestros muertos en el cementerio del lugar.
¡Victoria!, ¡Victoria…!. Eres la deidad suprema que reinas sobre todo y sobre todos…Hasta sobre los muertos. Y tu hálito da vida a las nuevas generaciones, que oirán hablar de estos sacrificios, como de un cuento de Grimm…
Abro la cabina de mi camión y hago de ella y con ella, juegos del espíritu. Esta noche perfumada, sobre estas ruinas, sobre estos muertos, arrullados por las emociones, es para mí, con su único asiento, una alcoba nupcial.
Nuestro nido, allá en el pueblo natal (el inmediato Fañanás), también saqueado, está vacío”.
¡Cómo quería Antonio a su esposa. Basta leer estas frases suyas, cuando dice ”Comemos en paz de Dios. Tengo ganas de echar la siesta en mi cama. ¡Dormir en cama!, parece un sueño…Veo a mi mujer feliz. ¡Qué lejos están las trincheras!”. En la página 65 y 66, de su libro, “Así fue… No sucumbí”, dice: “Soy de por aquí y ese paisaje me es familiar”. Cuenta los hechos de la Guerra en Siétamo, que son impresionantes e igual que él, los sentía fuertemente,  yo también,  porque mi padre me contó la muerte de un soldado de dieciocho años.”Todo un poema. De dolor, desde luego. Aparecen muertos y más muertos, que el enemigo tuvo en la retirada… Un buen mozo de dieciocho años arrastrado a esta locura de la Guerra Civil”.
El autor de este relato de la Guerra Civil, declara en  el prólogo de la obra, con letras mayúsculas.”COINCIDE LA TERMINACIÓN DE ESTA NOVELA CON EL FIN AL DE AÑO 1937”. Lo publicó en 1987, en Gráficas MAPA,S, C.-Calle las Fuentes,4. BARBASTRO.
Antonio Trisán Viñuales, fue un Maestro altoaragonés jubilado, que como él mismo escribe:”he pretendido reflejar la vida en las trincheras, en el frente de Huesca”. Como Maestro tuvo una conciencia limpia, amante de la sencillez y enemigo de la violencia. Se vio envuelto  en la aventura de la muerte física de los cuerpos humanos y en la muerte de la vida pacífica y trabajadora del pueblo. Ha vivido, después de jubilado en Esquedas, y ahora podemos meditar sobre su visión de una vida humana pacífica  y justa.
Pero en los recuerdos de aquella Guerra salvaje, destacan con los Trisán de Fañanás, los de su paisano Jesús Vallés Almudévar, que con sus catorce años empezó a escribir el diario                           de su vida. Era paisano de Antonio y de Francisco Trisán Viñuales y era doble pariente mío, porque el apellido Vallés de Castilsabás, lo llevaba mi abuelo, en cuyo retrato se fijó Antonio Trisán en su visita a nuestra casa. El apellido de Almudévar,que era el de su madre,  la hacían prima hermana de mis antecesores de Siétamo. Este Diario lo conservó el sacerdote Jesús, durante toda su vida y pocos meses antes de morir, me lo entregó, para que recordara con él,  las miserias de aquella Guerra Civil. A él mismo, en  Fañanás, se le llevaron a su madre y a su hermano, casi de la misma edad que la suya, a Bespén y al lado de la carretera, los fusilaron. 
El día treinta y uno de Julio de 1936. Luis desde Fañanás y yo en Siétamo,escuchamos u tiroteo imponente.”Era por Siétamo, pero parecía que estaban a cien metros.Han tirado muchos cañonazos seguidos y desde arriba se veía la polvareda que levantaban.Después ha pasado la aviación.Han dado unas vueltas por encima de Siétamo bombardeando y luego se han ido hacia Huesca”. Yo en los mismos momentos que Luis observaba como bombardaban en Siétamo, pues fue este día el que me hizo escuchar los ruidos de la Guerra, fui introducido en la bodega de la iglesia vecina, con todos los vecinos y familiares míos. Allí estuvimos muchas horas,mientra lloraba mi amigo Rafael y mi tía Lisa, hermana de mi padre,iba a casa para traer alimentos para los acogidos en dicha bodega.Ya bastante tarde,se dejaron de escuchar el día 18 los ruidos de guerra y bajamos a la carretera, donde un camión nos recogió y nos llevó a Huesca,  de refugiados. Jesús , el día siguiente, dos de Agosto, escribió en su Diario:”Ha corrido la noticia de que había caído Siétamo”. Nosotros fuimos  a alcanzar la libertad, pero Jesús, escribió el día 7 de Agosto:” Hablan de libertad y no puedes hacer ni decir nada de lo contrario que ellos quieren”.”Se oyen muchos cañonazos”. El día 18 de Agosto , escribió Jesús “Mi hermano Luis cada día está más inquieto y preocupado aunque trata de disimularlo,con chirigotas y con buen humor…Hace ya unos días que no duerme en casa. Cree que es la hora en que van a buscar a las víctimas y le asusta que lo maten por la noche…Mamá pasa las noches en vela pensando siempre lo peor  y no descansa hasta que no lo ve de nuevo en casa.Los veinte años de mi hermano Luis le harán estar tenso y cualquier golpe de viento moviendo llas ramas de los árboles ( tras de los cuales se esconde),le hará sospechar que lo han descubierto y van a por él… El día 23 de Agosto, dos milicianos preguntan por el señorito Luis.Bajó mi hermano rápidamente.-Que venga también la madre.”

Se pasaron unos días terribles,pues la madre ,le decía a Jesús:”Se valiente,cuídate y come mucho.Ten confianza y esperanza que todo acabará bien. No olvides que hay Providencia…Sí, mamá y hay un Dios…”. El día 29 de Agosto “En el escenario de la plaza irrumpió la figura menuda y vivaracha de Juané , el alguacil. Dejó oir el sonido chillón de su trompeta-cuerno y a continuación, con su voz más vibrante, cantó su pregón:-De orden del Comité…hago saber…que se va a proceder… al juicio… de la Viuda de Vallés…y de su hijo…que acudan todos al granero…del obispo…”.
“Del juicio sé que fue una farsa más, tal vez un juego, una diversión, aunque lo hicieron con visos de seriedad…  Se les acusó de hacer señales con linterna al frente “fascista”de Siétamo…Salieron testigos que declararon haber visto una luz en una ventana, no sabían si era de vela o de linterna. Las pruebas, unas linternas sin pilas, que encontraron durante un registro. El abogado “defensor” se negó a defender a Luis. Dijo que no tenía defensa posible. En cuanto a mamá, cuatro, cuatro tópicos vulgares le sirvieron para salir del paso y dar la cosa por resuelta. Los condujeron a una casa extrema del pueblo, cerca de la carretera y dejaron a unos cuantos guardias civiles custodiándolos”. Dijo Jesús que quería estar con ellos, pero se lo “impidieron”. Pero luego le dieron un permiso para permanecer una hora con su madre y con su hermano.”Estaban sentados en un patio pequeño, la puerta abierta…Los guardias civiles en la calle charlaban amigablemente al mismo tiempo que los custodiaban sin dejar el fusil de las manos, leyeron el permiso del comité y me dejaron pasar. Me senté en las rodillas de mi mamá, abrazados muy estrechamente”.Su hermano “Luis le afeaba el que estuviera encima de mamá. ¿No te da vergüenza tan grande como eres ya?. ¡Serás toda la vida un mimoso, un crío!”. Luis, a pesar de su juventud, tenía un pensamiento realista y en lugar de sufrir, ”hablaba, medio en broma, medio en serio de la muerte. Total, hay que morir de una vez. Pues, cuanto mejor de un tiro sin guardar cama, sin enfermedad, sin fiebre, sin sufrir; un salto y a la eternidad, a gozar de Dios. Pero yo que había sido siempre su confidente, al que contaba sus amores, sus proyectos, sus ilusiones, sus sueños, sabía que amaba la vida y que de esta manera se despedía de la luz y del sol que en aquellos momentos se ocultaba en aquel atardecer de agosto; del cacareo de las gallinas que “escarvaban”  allí cerca, de las golondrinas de su chillido agudo, que jugaban a  “encorrerse”  rozando casi la calle, dando sus vueltas rápidas allí mismo, a dos pasos, ante nuestros propios ojos, y que daban al mismo tiempo una mezcla de melancolía, de paz y añoranza”.
“Un guardia se acercó a nosotros. ¡Es la hora, tendrán que despedirse!.
Un abrazo apretado, en grupo, los tres juntos. Un “hasta mañana”, musitado casi sin voz y eché a correr, calle abajo, sin volver la cabeza, sorbiéndome las lágrimas”.
Jesús experimentó, en su espíritu joven, la muerte de su madre y de su hermano Luis, él que tanto amaba la luz y el sol, que gozaba de contemplar las gallinas escarbando y de seguir el vuelo rápido de las golondrinas, se encontraba en el encuentro entre la vida y la muerte “en un barranco, entre Bespén y Blecua”.  Si. “Aquí. El piquete lo formaban unos guardias civiles cobardes más que asesinos y dos jóvenes del pueblo. Dispararon . Cayeron. Luis no se movió. Mamá intentó incorporarse, una nueva descarga se lo impidió.
Después llegaban los del comité. Rociaron los cadáveres con gasolina y los prendieron fuego.
En Blecua (pueblo en el que no fusilaron a nadie), fueron unos hombres a enterrar los restos”.En Blecua ejerció el Maestro Cavero, pariente de los Caveros de Siétamo y enseñó la paz y no la guerra. En Fañanás la autoridad estaba en posesión de un analfabeto.

El día 13 de Septiembre cayó Siétamo en manos de los gubernamentales tal vez dirigidos por los los sindicalistas anarquistas y comunistas Y jesúa Vallés Almudévar, el día 20 estuvo en Siétamo. "Alguien vino diciendo que en la cocina de la casa Almudévar le había preguntado un hombre ya maduro por la suerte de la familia Vallés". Esta noticia le impresionó, porqeu "Yo le había ddo vueltas a la cabeza si podría encontrar rastro de alguno de mis hermanos por allí, y más de una vez,había pensado en ir, y esto me decidió ,tal vez hubiese algún familiar o amigo".Marchó con José y "cuando llegaron a los alrededores d eSiétamo, oimos graznidos de cuervos que levantaba el vuelo al oir nuestros pasos y volvían de nuevo a su festín, después de que habíamos pasado". "Había todavía cadáveres sin enterrar,tostando sus huesos, ya casi mondos, al sol". Su sensibilidad le impulsaba a espantar las moscas y los cuervos que por allí volaban.
"En la iglesia lo que habían respetado las bombas, lo han destruído los milicianos.Se lamenta Jesús de no haber encontrado a ningún amigo , sino es a un guardia civil "que era uno de los que estuvieron en casa cuando lo de mamá".
"En el castillo había un enjambre de muchachos revolviendo entre los escombros,buscando cápsulas, balines, trozos de metralla, cada hallazgo era comunicado a los demás con gritos de alegría. A mí me apeteció mezclarme con ellos y buscar yo también. Medieron verdadera envidia.¿Por qué no podía ser yo como ellos?.Un niño normal, sin preocupaciones, sin problemas, que pudiese jugar y reir sin pensar en nada?. Sufría por no poder encontrar a ningún conocido ni a ningún pariente por parte de Vallés o de Almudévar."Estaba disgustado conmigo mismo". Se encontraba muy solo, pero le consolaba la señora Vicenta, que se desvivía por él. No tenía apetito y la señora se sentía triste, y él al verse querido por ella, intentaba ser más amable.

Están madre e hijo, enterrados en el cementerio de Huesca, pero Jesús, sacerdote de la Parroqia de San Pedro el Viejo también de Huesca, colaboró con los arquitectos medievales, en la Torre de tal iglesia, al crear en ella  un cementerio o más bien un lugar que mira al cielo. Él fue el cementerio –cielo de sus difuntos durante toda su vida, porque consagró su vida al sacerdocio, para estar unido a su madre y a su hermano y en su piso tenía todos los escudos de sus antepasados, que los tenía unidos a la vida de su madre y de su hermano con la vida superior del cielo. La Torre de San Pedro el Viejo, le hizo recordar las alturas del cielo y si van ustedes por allí, verán cómo están sus muros con santos enmarcados y objetos litúrgicos que hacen mirar hacia arriba y tratar de ver en lo alto a la madre y al hermano de Jesús Vallés. Yo cuando paso por San Pedro el Viejo de Huesca, entro en su Torre, que me recuerda a los mártires de la Guerra Civil.

La sequía por falta de lluvia y de hombres

  Cuando estos días del mes de Agosto, circula uno por las carreteras del Somontano o de la Tierra Baja, se da cuenta de como el monte está ...