Fui el domingo pasado, día 21 de Junio de uno de estos años,
a ver a la religiosa del Convento de San Miguel, donde el corazón se llena de
paz y la mente de esperanza y me dijo la hermana portera: no puede recibirle
porque está pendiente del teléfono, para hablar con su familia y con sus
amigos, ya que esta noche le han comunicado la muerte de su hermano el
carmelita.
Me acordé entonces de él y de su hermana monja
carmelita, como la que sirve y ruega al Señor en San Miguel, donde estuvieron pasando unos breves días con su
hermana y con todas las demás hermanas y hablé con ellos con el respeto que
inspira la dedicación a Dios de las vidas de una familia turolense.
Eran los miembros de aquella familia de un pueblo de la
aragonesa provincia de Teruel, hijos de una tierra dura en su clima y escasa en
población, pero con sensibilidad por el arte mudéjar, del que la provincia es
la primera en el mundo y de historias y leyendas, en que interviene el Cid
Campeador. Es vecina de Valencia, donde el clima se hace productivo, como se ve
cuando uno baja en automóvil desde Teruel a Sagunto, en cuyas cunetas de la
carretera se ve el cambio de la dura vegetación turolense por la proliferación
de plantas y de flores.
Quizá los componentes de esa familia vieron el cambio de la
vida austera por una vida más llevadera, como el cambio de las vidas de los
hombres en este mundo, donde es frecuente que la gente prefiera el gozo
corporal, que termina siempre en el dolor corporal y en la muerte y entonces
Dios hace que los humanos se conviertan en habitantes de la Gloria, pero ellos
prefirieron la vida religiosa más austera.
Y una de las hermanas estaba en Roma, desde donde el Papa
viaja por el mundo, para que los hijos de Dios recuerden el camino que los
conducirá a la vida eterna. Y ella, imitando al Papa, marchó a Ruanda, donde
está trabajando por sus hermanos más pobres.
El hermano, que ayer murió, para celebrar en el cielo la noche de San
Juan, igual que aquí en Cillas, miles de peregrinos rezan y piden al Señor por
la salud de los cuerpos y por el fin glorioso de esos cuerpos. Seguramente que
cuando, siendo niño, escuchaba en el
viejo convento de los Camelitas, que estuvieron en su pueblo Gea de
Albarracín, la Salve que todo el pueblo
cantaba a la Virgen y que así decía :Salve Regina ,Mater misericordiae, vita ,
dulcedo,spes nostra ,¡Salve!, sentiría
el llamamiento de la Virgen , a la que
veía como vida ,dulzura y esperanza suya y nuestra.
Y el hermano difunto, agradeció al Señor el haber recibido
dones naturales y sobrenaturales y lo mismo en España que en América se dedicó
a devolverle con sus labores misioneras los favores que le había dado.
No hay que sentir su muerte porque sigue viviendo en la
gloria de Dios, pues él, cuando vivía, rezaba esta oración: “Tomad, Señor y
recibid, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad,
todo mi haber y poseer; Vos me los disteis, a Vos Señor lo torno; todo es vuestro;
disponed de todo a vuestra voluntad.
Dadme vuestro amor y gracia que esto me basta”.
¡Hermana de San Miguel, donde gozáis de la alegría divina,
aunque sea mezclada con lágrimas por un recuerdo tan humano como el de vuestro
hermano, cuya nueva vida os aumentará la dicha que sentís en vuestro corazón,
rezad no sé si por él, porque no lo necesita, sino por vuestro cuerpo y por vuestra alma, por los de las hermanas con las que
convivís en el convento y la de todos los seres humanos y si es posible,
acordaos de este pobre pecador!. ¡Salve Regina, Mater misericordiae!.
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