lunes, 19 de enero de 2015

La vida del hombre sobre la Tierra…



Está basada en el dolor. Nace entre dolores maternos y muere entre el sufrimiento de los hijos. Pero, a veces, se altera el ciclo y la madre que tuvo dolores de parto, los siente aún más desgarradores cuando las leyes de la cronología, les hace ver morir al hijo que dio a luz.
Sara al poco tiempo de abrir los ojos al mundo, se vio sumida en las tinieblas de la Tierra. Todos esperábamos un nuevo alumbramiento feliz. La doctora que había ayudado a su nacimiento, estaba también presente entre la multitud que ansiosa esperaba un feliz desenlace, pero esta vez no podía hacer nada. Esta vez los parteros eran unos hombres aparentemente rudos, pero con un corazón enorme, que en algún momento les llevó a derramar lágrimas. Eran lágrimas de hombre y aunque dicen que los hombres no deben llorar, en este caso fueron muchos los que lo hicieron, poniendo de manifiesto la sensibilidad de su condición humana y la solidaridad ante la desgracia de una niña inocente y de unos padres que estaban sufriendo un nuevo Calvario. Dicen que Jesús lloró sangre y te lo explicas cuando ves que los ojos de la madre de Sarita, estaban enramados de sangre de tanto llorar.

Si María y las Santas Mujeres, el Buen Samaritano y las amigas de Jesús vivieron la Pasión de Cristo, de la misma forma, la vivió la familia de Sarita, sus convecinos y multitud de gentes llegadas de Huesca y de todos los pueblos de una amplia comarca. Doy por descontado que sus padres hubieran dado la vida por su hija, pero me atrevo a decir que tal vez, alguno de los de allí presentes la hubieran entregado gustosos a cambio de que la Tierra hubiera sido generosa, devolviendo viva a la niña. Cristo decía  a los suyos que no lloraran por El y Sarita a través del tubo, que era su cruz, animaba a sus padres, les preguntaba con su mirada, si estaban bien y cuando su  madre, que le decía: ¡tú  sí  que eres guapa!, Cristo que era Dios y hombre, le respondía con Sarita, que  era ¡niña y ángel!: ¡te quiero mamá!
(Accidente mortal de una niña de tres años en Sesa (Huesca) que cayo a un pozo en Mayo de 1980)

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