domingo, 1 de noviembre de 2026

No hacen pie

Cuadro de Monet

Siempre, es decir a lo largo de nuestra vida, han existido jubilados, pero no tantos como ahora, pues es raro que alguien, al llegar a la edad próxima a la vejez, no perciba la jubilación. Hace poco, se encontraron  dos de éstos, más o menos felices señores, según la cantidad de retiro que les quedara, y hablando de lo bien que lo pasaban, uno  de ellos exclamó:”¡ Sí que vivimos bien, pero esto debía durar , por lo menos, veinticinco años!”. La jubilación tiene lugar, normalmente a los sesenta y cinco o setenta años, a los que añadiendo veinticinco, resultaría que  tendríamos que vivir de noventa a noventa y cinco años.
Estos casos que ocurren todos los días y , al parecer, desde hace siglos, ponen de manifiesto que el hombre quiere vivir bien y mucho tiempo y aunque algunos lo alcanzan, a otros en la vida  “los llevan como trapos, que no hacen pie”, según una expresión manifestada por una señora de Angüés. ¿Qué quería decir  la buena señora?. Pues sencillamente , que hay personas  que recuerdan a los trapos, porque ni ellas ni ésta tienen peso, ni tienen vigor, ni energía, ni pueden actuar por su cuenta, pues como añade en su frase “no hacen pie”, no pueden tenerse en pie, ni andar ni desplazarse por donde les apetezca, ni crear algo en su vida.
Es decir,  que podemos vivir mucho  o poco tiempo y podemos vivir bien o sufrir mucho y después de una clase de vida a otra, moriremos. Ya nos lo recuerdan el Miércoles de Ceniza cuando nos dicen “memento homo quia pulvis es et in pulverim reverteris”.
Pero si miramos el cuadro de nuestras vidas, veremos los bueno ratos pasados, de los que a veces nos acordamos, casi de repente, como si se abriera en nuestra conciencia un telón, que nos impedía verlos. Si,  aquello ha pasado, pero igual que otros recuerdos tristes o creativos entraron  a formar parte de nuestra historia. En casos creativos que hacen que hacen evidente nuestra historia. En actos creativos que hacen evidente nuestra historia, como son nuestros hijos y nuestras obras, nuestro trabajo, concretado en  edificios, plazas,  carreteras, parques , etcétera, la labor  visible, dice algo al ciudadano. Los años que hemos vivido,  podemos recordarlos y juzgarlos, por ejemplo, pensando en la ausencia de la ciudad de Huesca al otro lado de la vía del tren y juzgando que ahora que la ciudad se asienta allí, ¿cómo sigue la vía férrea separando  la ciudad en dos partes?.( ahora ya se ha desalojado la vía férrea por el centro de la ciudad).
Pero a nuestras memorias particulares se suman las de todos nuestros antepasados, cuyo conjunto forma la memoria histórica, a la que tenemos que ser fieles, tratando de conservar y crear los proyectos de dicha memoria, como conservaron la Universidad de Quinto Sertorio, que nos fue arrebatada, pero siendo fieles a ella, debemos reconstruir, porque si somos infieles  a la Historia, caeremos en el suicidio colectivo. Y es que el tiempo pasado existe, como un recuerdo, en el presente y si tratamos de olvidar ese pasado, perderemos lo que ahora, en el presente, ha de hacer que Huesca sea Ciudad Vencedora: Urbs Victrix. No debemos olvidar el pasado, pero debemos  hacer que llegue  la comunicación con Francia, que ya Carlomagno apeteció.
Y existen grandes altoaragoneses, unos alumnos de nuestra Universidad, como los Azara, y otros que estudiaron en Huesca, como Ramón y Cajal, como Costa, que se murieron pero han impregnado nuestra Historia,  nuestras vidas, de una ideas y de unos ideales que permanecerán entre nosotros, de los que muchos altoaragoneses son parientes, aunque no lo puedan demostrar, de esos hombres famosos y de otros que también han contribuido a formar nuestra memoria histórica. Unos vivieron largo tiempo, otros murieron jóvenes, a veces con sus cuerpos  como  ”trapos que no hacían pie”, como por ejemplo Costa, pero colaboraron en la formación de nuestra historia.
Los hombres fueron los que realizaron los acontecimientos históricos y crearon Montearagón, el Temple y su barrio y en Montearagón se hacían rogativas, bajo el patronazgo de San Victorián, para regar los campos y cada vez que uno pasa por la carreteraN-240, se lamenta de su fin, pro la memoria histórica nos lleva a crear algo que siga haciendo Montearagón  lo que hacía hace siglos, que es riego y por eso Huesca pide su pantano.
Montearagón se quemó y las palas excavadoras tiraron los restos del  temple y ahora en él  y en su zona se ven los “trapos  que no hacen pie” de su construcción, que se juntan con los “trapos” que formamos muchos de los hombres viejos y es necesario que se arreglen esas situaciones para confirmar que el tiempo ha pasado, pero creando otros edificios nobles que sustituyan a aquellos que lo fueron. Así demostraremos los oscenses que,  además de dejar al tiempo futuro obras visibles y tangibles y que fomenten la memoria histórica de nuestra ciudad.

sábado, 31 de octubre de 2026

Los engañapastores



Un texto medieval de cuyo contenido no me acuerdo, acaba de esta forma:”ésto lo dijo uno que es de Alcalá”. Poco explícito se muestra el autor, que no revela su nombre, pero el que me lo contó, además de ser de Alcalá, me dijo que se llamaba Luis Aso y yo añado que no sólo es de Alcalá, sino que es de Alcalá del Obispo.
Mi amigo, allá por la primavera del año mil novecientos ochenta y uno y sería por el mes de Abril, cuando se siembra el girasol, al enganchar el arado, escuchó un pío-pío. No hizo al principio mucho caso, pero como continuaran los “piulidos”, empezó a sentirse intrigado porque por más que miraba, menos veía. Llegó a pensar en brujas, hasta que al fin descubrió que en un agujero del tractor y debajo del asiento, había cinco crías de pájaro acomodadas en su nido y se sintió feliz.
Subió al tractor y se dio cuenta como una pareja de engañapastores le seguía, unas veces volando y otras se posaba en la reja de arriba del arado reversible, otras en el faro trasero que sirve para iluminar el surco y a veces en la barra de la trailla. Cuando arrastrando el remolque con su tractor iba a Loscertales, donde también cultivaba la tierra, los pájaros se posaban en los laterales. Dicen que los engañapastores hacen eso, engañar a los pastores, pero al moderno tractorista no lo engañaban porque se habían hecho amigos y compañeros.
A José Luis le gusta llevar limpio el tractor y pasaba por descuidado al no lavarlo. ¡Cómo lo iba a hacer si los  pajaricos  hubieran muerto al ser regados con la manguera!. Al gaucho lo llamaban “abandonao” porque no engrasaba los ejes de su carro, cuyo sonido le gustaba escuchar. A José Luis el engañapastores le seguía, unas veces volando y otras se posaba en la reja de arriba del arado reversible, otras en el faro trasero que sirve para iluminar el surco y a veces en la barra de la trailla. 
Hay testigos de este caso, entre los que se encuentra Serafín el herrero de Pueyo de Fañanás, al que José Luis le llevaba los aperos a reparar. Seráficamente, cual nuevo San Francisco de Asís, observaba como la pareja subía al árbol vecino, un peral que sigue ahí y daba de comer a las crías: dentro de la dureza de su oficio, procuraba no asustar a las avecillas.
Todo el mundo no conocía el pequeño acontecimiento, porque si se divulgaba, los curiosos tal vez lo hubieran interrumpido.
Llegó la primavera del año mil novecientos ochenta y dos, que como todas las primaveras la sangre altera, incluyendo la de los engañapastores, que revoloteaban alrededor del tractor y acarreaban pajitas y hierbas al nuevo nido.
Amado Baus, vecino de José Luis, estaba esperándolo sentado en una pared y vio como el engañapastor, sobre un montón de arena, que allí estaba, engañaba a la engañapastora. Yo me imagino una danza de plumas en el aire, de volteretas graciosas y enamoradas, de reverencias elegantes del engañador a la engañada y de elegantes saludos a la amada y por fin el tremolar de plumas en éxtasis de amor.
A los pocos días la pajarica empezó a poner huevos en el nido del tractor hasta el número de cinco.
Cuando José Luis, por la mañana iba a ocupar el tractor para ir a labrar, se agachaba y miraba a la pájara y ésta se lo miraba a él, sin asustarse. Había surgido la amistad. Alguna vez al cerrar con fuerza la puerta de la cabina, salía la madre, pero volvía a incubar los huevos. Labraba los campos y se sentía acompañado por la pareja que revoloteaba a su alrededor. Salieron del huevo los pajaricos un domingo y otro domingo, a los quince días justos de su nacimiento, se lanzaron a volar.
José Luis los observaba como algo suyo y veía como los padres buscaban alimento en los surcos y  se lo llevaban a sus hijos. Al principio hacían pocos viajes en busca de cebo, pero los tres últimos días casi no daban abasto.
A pesar del traqueteo del tractor las crías vivían felices en el nido; solamente cuando labraba por las laderas empinadas, se asomaban como presintiendo un peligro.
Al llegar el año mil novecientos ochenta y tres a la siembra del girasol, el tractorista otra vez observó las evoluciones de los engañapastores, que volvieron a fabricar su nido y a poner huevos, pero un día se dio cuenta desconsolado que no había nada dentro de él.
¿Quién tuvo la culpa del desastre?. ¿Algún vecino que metió las manos donde no debía o fue un pobre gato de su propia casa?. Nunca más se supo de los engañapastores.
Hay quien dice que las aves también evolucionan hacia nuevas formas de vida, pero nosotros, ¿las dejamos seguir esa marcha evolutiva?.

jueves, 29 de octubre de 2026

Teófilo García y su perro navarro



Cuando Teófilo García, nacido en el pueblo navarro de Asarta, en el camino que conduce desde Pamplona al Valle de Berrueza, que muga con la Sierra de Santa Cruz de Campezo y que sirve de límite entre Navarra y Alava, se fue a pasear por el monte, acompañado de su perro pachón navarro, con el que en otros tiempos de atrás, salía a cazar. En esta ocasión se querían tanto, que simplemente se acompañaban el uno al otro. El sabía que por aquellos terrenos, habían estado cazando varios alaveses, que habían arrendado aquel monte para cazar jabalíes. Cuando ambos compañeros volvían de pasear toda la tarde y empezando  a oscurecer, de repente a Teófilo le sorprendió la presencia de un enorme jabalí, que surgió de un zarzal, en el que estaba escondido; pesaría el animal más de cien kilos y como estaba herido, usó el comportamiento, que dichos animales tienen por costumbre, cuando por sus cercanías se aproxima alguna persona. Iban por un camino, en cuyos lados proliferaban encinas y bojes y como acabo de relatar surgió de repente de un zarzal muy espeso un jabalí con su boca abierta, que dejaba contemplar, asustando a Teófilo, unos grandes colmillos, que parecían navajas agresoras. Ante tan cruel amenaza, se cayó el que iba a ser atacado por la fiera y lanzó un grito de desesperación,  al verse indefenso y con su vida en auténtico peligro y con la perspectiva de sufrir crueles mordeduras.”"Chin” su fiel perro, al escuchar tal grito, acudió en defensa de su amo o más bien de su compañero y se lanzó sobre el jabalí, mordiéndole en las orejas y en el cuello y jugándose su vida por defender la de su compañero. El dueño tumbado seguía en el suelo, temblando de pánico y contemplando la dura pelea que mantuvieron los dos animales, hasta que el perro logró hacer huir al atacante, quedándose Teófilo libre de una muerte terrible. Pero la emoción no acabó con esta huída del jabalí, sino que se hizo más emotiva con el comportamiento de su compañero el heroico perro  navarro, “Chin”, que se acercó a su dueño y le lamía la cara, como queriendo aliviarle el sufrimiento que había padecido. Hoy, día veintiuno de Noviembre del año 2004, me encontré con ambos compañeros, paseando por un camino entre Zizur Mayor y Zizur Menor y el perro, al verme lejos ya empezó a ladrarme; yo permanecí tranquilo y su dueño lo llamó y en consecuencia, nos hicimos amigos con el dueño y con el perro. Teófilo estaba lamentando los trece años, con que ya cuenta su pachón navarro y me recodaba sus cualidades de cazador de toda clase de especies, como, concretamente de las codornices,  a las que marcaba de un modo clarísimo, llegando a cogerlas con su boca antes de ser abatidas por la escopeta. Todavía me ha recordado la amistad que tuvieron él y su perro con una de esas codornices, que la tuvo en su casa y compartía sus juegos con “Chin”, hasta que su mujer la mató y no la quiso comer Teófilo,  pero tampoco su fiel amigo, el perro pachón navarro, al que Teófilo ha identificado toda su vida con el  gracioso nombre de “Chin”.   

miércoles, 28 de octubre de 2026

A Javier Osés, Obispo de Huesca, en el 25 aniversario de su muerte.



Bajando de Pamplona a Zaragoza, después de pasada la Sierra, se llega a una zona de polígonos industriales, que es la zona industrial de Tafalla. Estamos en una comarca de clima submediterráneo y para contemplar dicha comarca y las que le rodean, lo mejor es subir a Ujué, pueblo elevado, con una iglesia –castillo con sus torres, que alberga una Colegiata. Con unos prismáticos se observa todo el piedemonte de Tafalla-Olite y también se divisan las Bárdenas y el Moncayo. Al bajar, yendo hacia la izquierda llegamos a Tafalla, donde no soplaba el aire tan frío como en Ujué y allí me dio la impresión de haber llegado a la capital de la Comarca por su clasicismo y por su desarrollo industrial; éste lo comprobamos al bajar de Pamplona, pero su clasicismo lo notamos al pasar por su gran Plaza, al lado de la carretera, un poco sobre ella y a la que se sube por unas escasas escaleras. Subimos por ellas y contemplamos los enormes porches o arcos que la rodean, cubriendo una calle con locales de comercio, bares y garitas, donde vendían obsequios para niños. Me llamó la atención un magnífico restaurante, en el que entré y la dueña en lugar de distanciarme, me atendió maravillosamente, explicándome, como si de un museo de categoría se trataran, los cuadros religiosos, todos ellos antiguos, representando obispos e imágenes sagradas, otros del pasado siglo, representando pianistas y compositores, que pendían de la pared, sobre pianos con cola o sin cola y armonios, se veían esculturas, unas de carácter sagrado y otras paganas. Al marcharme la felicité por poseer tal mundo artístico, pero sobre todo me fui por no distraerla de su pesado trabajo. Fuera del cubierto de los arcos paseaba acompañado de varias elegantes damas, un señor, vestido de negro con un largo abrigo y, cosa extraña de no tratarse de Navarra,  cubierto con una enorme y elegante boina, porque más al Sur, ya por el Ebro, el cierzo, pasearía las boinas por el aire. Daba la impresión de tratarse de un patriarca, que habría vivido siempre él y sus antepasados en Tafalla. En el Restaurante vi unos cuadros de gallardos carlistas también con grandes boinas, pero no totalmente negras, sino adornadas con ciertos coloridos. Al ver tal signo de tradición y conservadurismo, me acordé de otro hijo de la misma ciudad, también de gran tamaño corporal y sobre todo espiritual, que fue un progresista entre los obispos españoles. Se trata de Don Javier Osés Flamarique, enterrado en la Catedral de Huesca, donde después de tanto tiempo muerto, todavía le ponen flores en su tumba. Hay clasicismo en la Plaza y progresismo en la Casa, que se le ha levantado a la juventud, para aglutinar toda clase de actividades. Al pasar por Navarra, queda uno impresionado por el número incalculable  de “navarrerías”, que uno contempla y escucha.  
La hermana que convivía con Don Javier, reside en Tafalla y éste descansa en la Catedral de Huesca en una capilla, donde de un modo ordinario no luce el sol, pero sin embargo en primavera, durante dos o tres días, observé como brillaba el sol sobre su tumba, en cuya base todavía hay quien  coloca  flores. Su alma sin embargo en lugar de recibir sol durante unos pocos días, lo recibe eternamente. Otro día vi como dos de sus hermanas, que habrían venido de Tafalla, estaban rezando en la capilla funeraria.
Ellas ya saben qué aunque no vengan, su hermano, desde Huesca y desde el cielo, se acordará de ellas.

sábado, 24 de octubre de 2026

Emigrantes e inmigrantes


Balcón de Velillas pintado en la pared.



“Cuando salí de mi tierra, volví la cara llorando, porque la que más quería se me fue al cielo volando”. Cuando en toda España se cantaba esta canción, salieron de ella muchos hijos suyos, entre los que se encontraba mi hermano Manolo. Ahora sus hijos no pueden acordarse de sus primos, entre otras cosas porque no saben hablar castellano. Este recuerdo me viene porque cuando escribí el artículo titulado “El balcón de Velillas”, me encontré en Siétamo acompañados por su pariente Sebas, a la hija de la casa con  su marido, donde estuvo colocado el artístico balcón. Hace ya muchos, muchos años, se asomaba a dicho balcón la entonces niña y hoy señora Emilieta Sanagustín. Al serme presentados y decirme Sebas que la señora Emilieta era la antigua ocupante de la “casa del balcón”, saqué de mi bolsillo el artículo, que yo había escrito y se lo leí. Se emocionó y se echó a llorar. Vive en París con su marido hace ya muchos años y había venido a España para recordar su patria y ver a algún amigo, cosa difícil, porque el tiempo se ha llevado desde entonces a multitud de ellos. Me escribió cuando volvió a París y me mandó una composición entrañable, dedicada a “Huesca, mi patria chica”,    en la que se lee: ”Huesca querida, Huesca añorada, Huesca llorada, tu que me viste nacer, tu que me viste crecer, tu que me viste amar y reír, tu que un día en mi plena juventud, me dejaste alejarme de ti, sin darme otra alternativa que emigrar a otro país. ¡Qué triste ha sido mi existencia sin ti!,  te he llevado por todos los sitios, siempre has estado dentro de mí, en mis penas, alegrías y en mis oraciones. ¡Oh,  si!. He transmitido a mis hijos lo que yo dejé allí: el amor de mi tierra chica, el amor de San Lorenzo, el encanto de tus calles, tu Parque, la Catedral, San Pedro, San Martín, el Coso, la Moreneta y tantas otras cosas, que no hay bastante papel para describir lo que puedo sentir, cuando hablo de ti. No puedo olvidar las gentes con las que allí  yo vivía ni las montañas de nuestro Pirineo, incomparables de belleza y majestad. Y hoy, cuando retorno a mi tierra, ¡cual es mi tristeza, al no reconocer nada de ti!. Todo ha cambiado, incluso la mentalidad de la gente, que ya no es la misma y sobre todo la poca consideración que hay para los que nos fuimos por causas económicas de nuestro Pais. Allá donde vivimos somos “los españoles” y cuando estamos en  nuestra tierra, somos extranjeros. Es muy triste para un ser humano tener que emigrar, pero más triste es sentirse extranjero en su propio País, pues el amor que por él sentimos está intacto, como cuando nos fuimos de allí. Conclusión: el emigrante no tiene raíces en ninguna parte de nuestra Madre la Tierra. Ahora son millones los hijos de esa Tierra que inmigran en nuestra Patria España. Ayudémosles en sus dificultades, ya sean europeos, africanos o de nuestras queridas tierras hispano americanas que nos devuelven sus apellidos españoles y costumbres que nosotros habíamos perdido y ellos nos están devolviendo. Pero no nos olvidemos de recibir con alegría y con gran cariño a nuestros paisanos, que emigraron ya hace muchos años y que vuelven con la ilusión de encontrarse aquí, con su tierra y con sus hermanos.

viernes, 23 de octubre de 2026

Pastores y ovejas monegrinas

 


En la parte norte de Aragón abundaban los rebaños de ovejas, casi siempre acompañadas con ganado cabrío. En los Pirineos occidentales, en la comarca de Nocito, proliferaban las cabras, que destrozaban la maleza, como rosales silvestres, cardos y no dejaban crecer árboles pequeños que con su crecimiento impedían el paso por las arboledas. También pastaban cabras en los Monegros, pues, como dice Francisco, el señor Beltrán, en el Sisallar, tenía mil trescientas cabezas. Añade el pastor monegrino Francisco, que una vez que bajaba por Ayerbe en un autobús, vió cerca de este pueblo un rebaño de unas doscientas cabras. El Estado prohibió el pastoreo de las cabras, con lo que hizo desaparecer a las ovejas y  el monte de la comarca de  Nocito, quedó intransitable. Entre las ovejas dominaban las  ovejas ansotanas, redondas y bien lanadas, pues esa lana les cubría incluso el vientre. El ganado ansotano proviene de Ansó, Echo, Campo de Jaca, Canal de Verdún  y de Las Cinco Villas Altas. En el Valle de Tena tiene su origen la raza churra tensina, que vive principalmente por Sallent de Gallego, en cuyos puertos de Formigal, se ven, en determinados periodos, pastar las dichas  ovejas tensinas. Son de capa blanca, con manchas negras en general alrededor de los ojos, por la boca, orejas y por la cara. También tienen manchas por las extremidades. El vellón de lana,  deja libre la cabeza, el cuello, el vientre y las patas. La fibra de lana es gruesa, larga y poco ondulada.   En la Sierra de Guara, por Rodellar y demás pueblos, esas ovejas tensinas, habían disminuido de tamaño, pero criaban sus corderos de maravilla, en medio de una vegetación áspera, más propia de cabras. Un vecino de San Saturnino de Rodellar, aldea de tres casas, orientada al oeste y desde donde se contemplan el Cabezo de Guara y el Cubilar, segunda cima de la Sierra,  me trajo a mí,  unas treinta ovejas de esa clase, para guardárselas todo el invierno. Eran churras como las tensinas, pero como hijas de un monte de Sierra, no eran de tanto tamaño, pero  criaban de maravilla. En la orilla derecha del Alcanadre, muy cerca de San Saturnino, se encuentra el pueblo de Pedruel, desde el que se ven los Pirineos por el Norte y enormes extensiones del Valle del Ebro. Por todo ese terreno proliferaba el ganado lanar, acompañado de ganado cabrío. Desde  Pedruel se sube al pico Cabezo de Guara de 1870 metros de altura y en este pueblo se pensaba preparar un pantano, para echar las aguas del Alcanadre al inferior río Formiga, por el que se regaría el Somontano de Huesca. Pero el río Alcanadre separaba la raza ansotana y rasa en su orilla derecha de la tensina o churra, en su orilla izquierda, como, como las que yo custodié, procedentes de San Saturnino de Rodellar.

 Siguiendo el curso de este río, se llega a la aldea de San Román de Morrano y en ella nació Adolfo Buil Aniés, guarda forestal e hijo de un señor, que fue encargado provincial de todos los guardas forestales, hombre de una gran cultura, que con Joaquín Costa, cultivó una gran amistad. No es extraño que a Joaquín Costa, “profeta del agua en la provincia de Huesca”, le agradase conversar con un hombre, que en su casa-palacio de San Román de Morrano, experimentaba con ovejas navarras, cruzándolas  con unos grandes mardanos turolenses, haciendo en aquellos años la búsqueda de obtener partos de las ovejas de dos o más corderos. De esto, hace ya muchos años, porque él murió por los años treinta y nueve a cuarenta y su hijo Alfonso Buil, ya tiene noventa años de edad. Este hombre, joven de espíritu, ya de niño subía con los rebaños a las simas de la Sierra de Guara y corría hasta el Barranco de Mascún, muy cerca de San Saturnino de Rodellar .
  En el Somontano las ovejas eran una mezcla de rasas y ansotanas y con ellas, como en todos los rebaños, convivían cabras que daban paso por medio de las malezas, como aliagas, cardos, hojas de carrasca y de  robles, que producen bellotas.
Un día de Septiembre del año 2011, conocí al pastor jubilado, Francisco Elcacho, nacido en los Monegros,  en el pueblo de Ontiñena en 1933 y criado en Villanueva de Sigena, es decir hace ya setenta y ocho años. No pudo ir a la Escuela, porque se murió su padre y tuvo que trabajar ¡ya  desde niño!, para poder comer. Hasta los once años llevaba vacas a consumir broza por los sotos del río. Después lo incorporaron de “repatán “  o  rabadán en un ganado de ovejas. Poco tiempo ejerció tal actividad, pues como el amo lo vio activo, éste que era Francisco Naya, lo incorporó de pastor. Este señor, era carnicero  y poseía unas quinientas cabezas de ganado lanar. Pero al poco tiempo entró con los hermanos Murillo, naturales de Villanueva, que llegaron a tener unas cinco mil ovejas con varios pastores, que a veces se emborrachaban y se trataban “ a baqueta”, es decir violentamente. Francisco era pacífico y procuraba ir sólo con el rebaño y no juntarse con los demás pastores, lo que le permitió alcanzar una personalidad señorial, como si fuese un auténtico señor, sin saber ni siquiera leer y escribir. Sus “amos”, como se llamaba a los empresarios, eran los tres hermanos Murillo y su madre, a veces lo trataban bien y otras lo trataban mal, aunque Francisco con espíritu señorial, sin saber leer ni escribir, procuraba no darles motivos para que le riñeran, pero aún así, a veces le gritaban  y Francisco no les hacía caso ni les aguantaba los malos tratos y tenían que callarse.
Para la Guerra Civil tenía catorce años y estaba en Ontiñena y no se acuerda de ver arder el Monasterio de Sigena, pero al acabar la Guerra, lo vio y le produjo  una impresión desagradable, porque dice “que estaba aquello que daba pena”.
Se casó en Villanueva y tuvo seis hijos y cinco hijas, habiendo muerto alguno,  pero los demás todos tienen trabajo. Ahora vive en Huesca con su hija mayor. Y yo le digo, que usted   no sé si tiene algo que agradecer a la sociedad española y él me contesta que “agradecer al Estado, nada”, pero a pesar de eso no le ha faltado faena y pan para él y para sus hijos.
Este pastor monegrino,  con su fe en el trabajo y su comportamiento siempre honesto,  me hace recordar a otros pastores, que como Francisco, han sido un ejemplo en la vida. En mi artículo “Los pastores”, escribi  lo siguiente: “Yo tengo un recuerdo sagrado de los pastores con los que he convivido y es que Silvestre Bara (que descanse en paz), que estuvo de pastor en mi casa, antes de la Guerra Civil, y durante la misma, tuvo que separarse del dueño del ganado. Aunque separado del dueño, no se separó del rebaño, para que una vez acabada la trágica lucha, pudieran reunirse otra vez, en Siétamo, el dueño,  el pastor y las ovejas……¿Qué hizo a Silvestre volver, después de una guerra, a la antigua “tiña” o paridera de su amo, rodeado de ovejas?. ¡Qué fidelidad le tenía a su “amo” y qué amor a sus ovejas, pues siempre tenía una oveja “panicera”, a la que cada vez  que él comía, sentado debajo de una carrasca, le daba algún trozo de pan!. He conocido a otros pastores y todos ellos eran unos auténticos caballeros, no ricos en dinero  pero sí, en virtudes. Por ejemplo a Segundo Trallero de Nocito, a Antonié de Rafaeler y a tantos otros.
Francisco en casa de Naya estuvo un año, pero con los hermanos Murillo, estuvo veintiséis años de pastor. Naya era carnicero y tenía quinientas ovejas y sesenta cabras y dice que a los cabritos los sacaba pronto porque se subían por los “comederos” de las ovejas se cagaban y se meaban por la alfalfa que les echaba para que comieran. Francisco era todavía un niño,  pero ya sabía que un choto tiene ocho dientes en la mandíbula inferior. Francisco iba adquiriendo experiencia del “amo” Naya,  porque éste era capaz de contar el número de ovejas y de cabras, cuando ya estaban sueltas por el monte. Francisco en casa de Naya estuvo un año, pero en casa de los hermanos Murillo, estuvo veintiséis años,  desde el año mil novecientos sesenta y dos hasta el año mil novecientos noventa y dos. Siendo ya mayor la columna vertebral le fallaba, porque resultaba perjudicial pasar tantos años cogiendo cabras y ovejas, muchas veces para esquilar. El último año ya no le dejaron cogerlas. Vacaciones no tuvo ninguna. Se arregló el día cuatro de Agosto, se tomó cuatro días de permiso y ya no volvió a gozar de vacaciones. De los hermanos Murillo, que llegaron a tener siete mil ovejas, se fue a trabajar a una cerámica, pero le dejaron de pagar un millón ochocientas mil pesetas.
Los Monegros, la tierra donde pasó su vida Francisco, nos recuerda a muchos la sequía y la falta de árboles, pero Francisco me replicó que en los Monegros  abundan los pinos, de los que una señora presente en nuestra conversación, exclamó ¡ y muy bonitos!.Pero además existen las sabinas en los Sisallares, monte de Villanueva de Sigena, árboles que conoce muy bien Francisco, que dice que en los Sisallares, las sabinas tienen la corteza de color ceniza y algunas,  si son jóvenes la tienen blanca, pero al llegar a viejas destaca el color más rojo de su corteza. La sabina dice que tiene la hoja parecida a la albahaca y aguanta la sequía. En Villanueva, en “la valle” Juan  Ana, hay una sabina que tiene más de doscientos años y Francisco quería a esa sabina, y ésta le contestaba con su noble presencia,  ofreciéndole su sombra, pero sin palabras. Esta sabina se conserva muy bien, pero muchas sufren por las labores de los tractores, que cuando pasan cerca de ellas, cortan con los arados  sus raíces y al fin,  mueren. Pero  el que casi acabó con las sabinas fue la Escuadra Española, que luchó en la Batalla de Lepanto, pues con su fuerte poder,  sacó  de los Monegros, multitud de ellas, para combatir a los turcos.
Francisco tenía ganas de hablar de las ovejas y de las cabras, en cuya compañía pasó tantos años y me explicó que las ovejas que él cuidaba,  fueron casi siempre de raza monegrina, una variedad de la raza rasa aragonesa, que carece de lana en el vientre y son recias y  grandes de cuerpo. En los partos,  un amplio número parían dos corderos. En cierta ocasión una oveja parió cuatro corderos, uno de ellos negro y los otros tres blancos, pero esta oveja era de raza ansotana y no monegrina. Tenían varias parideras, una en el monte de Villanueva, arrendado y llamado  “El Moro”, pero tenía otro debajo de Lanaja y otro en el monte de “Los Negros”, que era de la señora Bastaresa, a la que así llamaban por derivación de su apellido Bastaras  de Lanaja, poseedora del gran Monasterio, que tiene una fresca fuente y dentro cuadros de Goya, que Francisco preocupado por el ganado, no entró nunca a verlos, aunque pasaba muchas veces por sus lados. Ese Monasterio, según había oído decir Francisco, lo tenía reservado para ella misma.
Arrendaban pastos de Colonización, porque el número de ovejas era enorme. Esquilaban a fin de Abril o a primeros de Mayo. En aquellos tiempos acudían esquiladores de Teruel, que ataban tres patas a las ovejas, aunque después llegaron los esquiladores polacos, que sin atarlas, casi no se movían y esquilaban con más rapidez que los esquiladores de Teruel. A veces le hacían algún corte a la piel de alguna oveja, pero les echaban polvos de carbón mineral y se curaban rápidamente. Lo peor era que se “cagase la mosca” en la herida, como les ponían huevos a los mardanos, a los cuales Francisco siempre les miraba la “guía”, para echarles Zotal rebajado. En las carnicerías, si no se les mataban las larvas que había puesto la “mosca”, se tiraban trozos de carne porque los mardanos se habían arrascado la “guía” y su zona, a causa de los parásitos. La vacunación se la administraban en la primavera contra la basquilla y otras contra el carbunco, que era la más eficaz, sobre todo para el ganado cabrío. En ocasiones se reunían tres o cuatro pastores para comer juntos y preparaban una caldereta, para almorzar y para cenar. Cocían en la caldereta patatas con pan, trozos de carne y algo que traían cada uno de los comensales.

Cuando voy por los montes, ahora ya casi no se ven rebaños de ovejas y de cabras. Se las han vendido porque ya los “amos” no encuentran pastores como Francisco. Alguien  les decía que no iba a quedar carne y ¿qué íbamos a comer?. Le contestaban: ¡ya compraremos!, pero ahora para comprar carne en el mundo, hace falta mucho dinero y éste, ¿dónde está?.    

jueves, 22 de octubre de 2026

Gusanos de seda



Hemos ido, con mi esposa, a visitar a nuestros nietos Pablo y María, que además de la lectura y de la música, sienten un gran cariño por dos tortugas, a las que cuidan ya hace unos seis o siete años y además tienen un amigo “hamster”, que les hace pasar unos buenos ratos. Al ver tales circunstancias, me acordé  de  que  mis hermanos y yo, cuando éramos niños, nos divertíamos criando gusanos de seda. Lamenté que ahora no se practique esa costumbre y más, al darme cuenta de que al lado de su casa, se alzan seis moreras.
Hace ya unos cincuenta años que no veo criar a los niños gusanos de seda, aunque me he enterado de que todavía hay quien los cuida. Yo fui un entusiasta amigo de tan bellos animales y digo bellos, porque a los gusanos, en general, se les tenía miedo por su aspecto, que producía diversas reacciones negativas en los niños; en cambio los gusanos de seda  atraían cuando uno los conseguía y se dedicaba a criarlos con  entusiasmo. Los podías criar desde cualquiera de las fases de su vida, es decir si obtenías capullos de seda, había que dejarlos en la caja donde con sus hilos de seda, los habían colgado los gusanos, para convertirse en mariposas y esperar que por un extremo del capullo se abriera un agujero de salida, por el que salía la mariposa. Dichas mariposas eran blancas de cuerpo y de alas, pero no volaban. Unas eran hembras y otras salían machos, que se unían para que al pones sus huevos, estuvieran fecundados. A mí me preocupaba que las mariposas no quisieran comer, pero es que su misión era la poner los huevos necesarios par perpetuar su especie. Empezaban a poner los huevos pequeños y en mis crianzas, amarillos, que quedaban pegados al cartón en que los ponían y a los pocos días ya morían las mariposas, que habían cumplido su misión de nacer, crecer, reproducirse y producir esos capullos de seda, que los hombres después de hervirlos, aprovechaban para obtener aquellos hermosos tejidos de seda, con que las mujeres y los hombres, que económicamente pudieran, se adornaban y vestían. Así como hay gusanos que son blancos y otros pardos, unos capullos eran amarillos, en tanto otros eran blancos. Cuando llegaba el calor,  ya en la primavera, después de brotar las hojas de las moreras, comenzaban a salir los gusanillos de sus huevos, y moviendo sus paticas, se acercaban al alimento, que nosotros les habíamos proporcionado y se ponían a comer, haciéndose con su crecimiento,  más grandes.¡Cómo se veían crecer! .Y cuando,  para mí, ya eran enormes, dejaban de comer y buscaban un lugar para empezar a sacar seda por su boca y se encerraban en su capullo, que se quedaba colgado, esperando convertirse, dentro de él, en mariposa, para fecundarse y perpetuar su especie.
Ibamos los niños a buscar los ramos de hojas a unas moreras, que se encontraban en el camino de Salas y si alguna vez carecías de ellos,  les dábamos hojas de lechuga, que los mantenía,  pero que no tenía la misma calidad.
Hace unos días fui con mis nietos al lado de su casa y vimos como se alzaban esas seis moreras,  que he citado. Entonces me puse a pensar que ahora no sé si alguien cría gusanos de seda, porque aquello era un lección de la Naturaleza, que nos responsabilizaba y nos hacía gozar  enormemente. Yo creo que se ha acabado de criar gusanos de seda por los niños, porque ha triunfado la época del plástico. Hay que plantar moreras en los caminos, en los jardines y en los parques, para que los niños no olviden la Naturaleza.

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