jueves, 30 de julio de 2026

Las golondrinas


Cuando iba a visitar o a vacunar algún animal doméstico por el Somontano, me fijaba  en las golondrinas, que anidaban en los cubiertos, debajo de los maderos y allí, cuando criaban, uno  podía ver y oír a las crías, que al recibir de sus padres el alimento, piaban y sacaban sus cabezas de los nidos, abriendo sus fauces para recibirlo. Es la golondrina un ave elegante que en el Otoño se marcha al Sur, pasando al Africa del Norte y al llegar la primavera, alegraba los corazones de los habitantes del Somontano, que la amaban y no las perseguían ni deshacían sus nidos. Las respetaban, ya que de niños les habían contado que cuando Cristo estaba colgado en la Cruz, ellas revoloteaban a su alrededor y le quitaban la corona de espinas, que cruelmente se clavaban en su cabeza, amargando más los ya pesados dolores, que había sufrido y estaba todavía sufriendo.
Por eso se originó el refrán que dice: ”el que mata una golondrina, mata a su madre”.Al oír sus cantos, se sentían los somontaneses  inclinados a la paz e imitaban dicho canto, diciendo: ”mosquito comí, comí, mosquito comí, comí, a otro que no a mi”, dando el sonido a estas palabras igual al  del canto de las bellas golondrinas.
Me contaba una mujer joven del Somontano que estuvieron en la cuadra de su casa, haciendo obras para transformarla en un hermoso y amplio salón de estar y se encontraron que en los nidos había “crietas de golondrina”.Estuvieron a punto de interrumpir las obras hasta el Otoño, pero al fin cogieron dichas pequeñas golondrinas y, con cuidado las depositaron en otros nidos, que se hallaban cerca de los de la cuadra. Triunfaron porque criaron muy bien aquellas golondrinas a las pequeñas, que les habían echado los dueños del salón.
Todos los años las esperan para verlas felices, cazando insectos, haciendo sus nidos de barro y lanzando al aire sus bellos sonidos, para alegrarse por haber  creado nuevas generaciones de su especie.
Este verano he observado más de lo que acostumbro, la emigración de las aves pertenecientes al género Hirudo, del que forman parte las golondrinas. Me habían dicho que el veinticinco de Agosto se marchaban de nuestra tierra, las “falcetas”, ”falciños” o vencejos y me sorprendió que marcharan en tal fecha, pero, cada año compruebo que se van volando con sus poderosas alas. En cuanto a la golondrinas clásicas, que anidan en Siétamo, se solían por ir el quince de Septiembre, todavía en verano, pero yo el día once ya no la ví; sin embargo mi afición a unas aves tan románticas y útiles por su eliminación de insectos como mosquitos, me hizo observar el cielo y hasta el día catorce seguí viendo pequeños grupos de ellas. Desde ese día ya no ví más, pero el día veintitrés de Septiembre, ya en el Otoño, a la hora del mediodía, pude observar un grupo de ellas, detrás de mi casa; se posaban en los cables de la luz unas cuantas, en tanto las otras volaban y giraban por el aire cazando insectos, luego se posaban y eran las otras las que se lanzaban a buscar su alimento.
Estas golondrinas pertenecen a la especie clásica que viene a Siétamo desde no se sabe cuantos años. Tienen el pecho blanco y el dorso azul oscuro totalmente, al contrario que otra especie muy parecida a ella, que lleva la parte posterior del dorso de color blanco. Hay quien no distingue ambas especies, pues son casi ta iguales y se bañan en las balsas y piscinas en pleno vuelo. Yo había visto a estas golondrinas que vienen a Siétamo, desde hace pocos años, en Monflorite, concretamente, haciendo sus nidos de barro, en los edificios, casi completamente cerrados, excepto un agujero que les sirve de entrada y salida en su nido. Ahora, en la calle alta de Siétamo,están sus nidos , unos al lado de otros, cuando antes para ver nidos de golondrinas, digo de las clásicas, había que mirarlos en el interior de los edificios, casas, cubiertos, etcétera, abiertos por completo por su parte superior y que nadie tocaba, porque tenían a las golondrinas como unas aves sagradas, que le quitaron a Jesús su corona de espinas. Por eso se originó un refrán, que dice así: ”El que mata una golondrina, mata a su madre”. Y es que al oir sus cantos, se siente uno inclinado a la paz. Este canto que también la gente interpreta, también cantando, poco más o menos, con estas palabras: ”Mosquito comí, a otro que no a mí” Hay personas  que tienen un gran oído e imitan, dando sonidos a estas palabras, el canto de las bellas golondrina. Aquellas que aparecieron por detrás de casa, posándose en los cables eléctricos por espacio de unas dos horas, ¿de dónde vendrían y a dónde irían?. No lo sé,  pero han dejado en mí su recuerdo y el de todo el género Hirudo. Las esperaré, para verlas felices, cazando insectos, haciendo sus nidos, en los que crían nuevas generaciones de su especie y aquí , en nuestros cubiertos o debajo de nuestros aleros, dejan de recuerdo sus nidos de barro.
Esperando que lleguen, observaré a los estorninos, que se posan en los mismos cables en que se posaban las golondrinas, aunque de vez en cuando se ven masas de ellos, que vuelan, unas veces con palomas, otras con cuervos y solos cuando van a los olivares o a dormir a las altas arboledas.

miércoles, 29 de julio de 2026

Manolo Broceño, observador de las aves, en Arbaniés




Yo conocí a este naturalista en el Bar de la Arboleda de Siétamo. Vive en Arbaniés y cada día, baja a desayunar a la Arboleda. Es un hombre de una gran discreción y no me había dicho nunca que amaba a las aves, con las que gozaba de su belleza, de su agilidad, de su canto, de sus vuelos, de sus nidos y de su labor sanitaria, cuando con sus fuertes picos, eliminan los cadáveres, en la Sierra de Guara. Porque no me contó él, su labor en el serrano pueblo de Santa Cilia de Panzano, sino uno de los que se toman un café, en La Arboleda. Me dijo que había contemplado la labor de Manuel Broceño, colaborando con los encargados de dar de comer a los buitres, que acuden a una ladera de suelo pétreo, que se encuentra debajo del pueblo medieval de Arraro con su Virgen, y cerca del pueblo de Santa Cilia de Panzano. En dicho pueblo se encuentra el Museo Naturalista, que se admira con la Casa de los Buitres. El que quiere vivir esas vidas de las aves carroñeras, entre las que se encuentran los buitres leonados, los negros, e incluso los quebranta huesos, no tiene mas que ir a visitar ese Museo Naturalista. Entre los meses de Marzo y de Septiembre vuelan los alimoches, aves en que domina el color blanco de su plumaje. Vienen del Africa, volando sobre el Sahara y aquí yo los veo, cada año sobre el término de Valderrey, encima de la ruinosa Fabrica de Harinas. Si algún científico o simplemente aficionado desea subir a tal Museo Viviente, tiene una casa, donde yo he merendado, llamada Casa de Clavería. Allí  Manolo Broceño se mueve al servicio de las aves, aportándoles carnes con un carretillo y distribuyéndola por aquella gran losa pétrea. La ley protege a todas las aves rapaces, pero son los individuos como Manolo,  los que realmente las protegen, porque se lanzan a alimentarlas. Nació nuestro naturalista en el interior de la provincia de Alicante y ahora vive en el pueblo de Arbaniés, al pie de la Sierra de Guara, que separa los Altos Pirineos de la Tierra Baja. A él, le llama dicha Sierra y va a visitarla, buscando en las alturas acercarse a otras más altas de allá arriba, y desde ellas, contemplar el Somontano y la Tierra Baja. Es de profesión Radio Técnico y al emitir y mandar los sonidos al espacio, por medio de la radio, le llamaban la atención los sonidos que en sus vuelos, lanzaban las aves. Vino a Arbaniés hará unos doce años a regir una Casa de Turismo Rural, al pie de la Sierra, desde donde puede contemplar y caminar por aquellos montes en busca del placer que en la Naturaleza, producen las aves. Va, como hemos visto desde Santa Cilia de Panzano,  con su Museo de los Buitres, por el pantano de Vadiello, donde se acumulan las aguas del río Guatizalema y en sus proximidades la Ermita de los santos Cosme y Damián, donde estuvo de capellán, hace ya muchos años un tío de mi abuelo don Ignacio Zamora Blasco, después de la Desamortización de Mendizabal. En el pueblo de Chibluco, también ha contemplado las comidas de los buitres. En aquellos “mallos” de piedra del Pantano de Vadiello, se posan los buitres y en las alturas y en las orillas del pantano proliferan las cabras. Siguiendo por el Gratal, se divisan el pantano de Arguis por arriba y el de la Sotonera por debajo. En un cuaderno de fotografías, realizado por Manuel Brocero, titulado Aves de Guara-1, he visto en la tapa del block, una fotografía magnífica de la  Osca, apertura o puerta,  entre la Peña de Sem y la de Men,  por la que entra el río Flumen, de los Pirineos en la Tierra Baja. Por esa “Osca” o apertura entró también San Urbez, desde la Montaña en el pueblo de Ola. Por esas rocas de las dos Peñas, anidan las palomas zuritas, pero al mismo tiempo, en alguna ocasión se dejan ver pájaros más o menos cantores, vestidos de colores hermosos en sus plumajes. A esta Osca la llaman el Salto de Roldán, porque el guerrero de Calomagno, en lugar de pasar por abajo, es decir por el río Flumen, saltó desde arriba con su caballo.   Manolo se fija o más bien, son las aves, que desde las alturas, llaman su atención. Son los buitres comunes y a veces los leonados los que más aparecen, inspeccionando cadáveres desde lo alto. Pero aparecen también otras figuras, como la del águila perdicera, la del águila real, a veces el milano real y en la temporada de  Marzo a Septiembre vuelan los almizcles, que vienen desde Africa en un vuelo que pasa por encima del Sahara, para llegar a España.  Pero no sólo vigilan el ambiente esas fuertes aves de rapiña, sino que en el cuaderno- libro de Manolo, figuran hermosas aves, que retrató Manolo, como el picapinos, la tarabilla común, el pardillo, el mirlo, el zarzal, el herrerillo común, la lavandera blanca, etc. Manolo recorre desde Guara, con su Salto de Roldán hasta Piracés, donde hizo fotografías de columnas de roca erosionadas por los siglos.

Muchas veces, se encuentra aves en los montes de la Sierra, pero él sabe los lugares, donde encontrará alguna especie determinada. Por ejemplo en el Roquedo de Guara ha localizado el buitre negro, el quebrantahuesos, el alimoche y la lechuza  y sus semejantes,  el autillo y el mochuelo. Mira por los pantanos, por el Somontano y por la estepa, donde fotografía el sisón, la ortega y la ganga ibérica. No se olvida de los humedales, como el pantano de la Sotonera, donde reinan las grullas. No se olvida de la Laguna de Sariñena, al Sur de la Tierra Baja, pero no necesita ir tan lejos, porque en la misma capital de Huesca se encuentra la balsa de Valdabra y al lado de la monumental ermita de Loreto, donde nació San Lorenzo, proliferan numerosos y bellos patos y parientes de esas aves nadadoras y volanderas. Yo sólo he visto un ejemplar de sus cuadernos, pero tengo entendido que tiene preparados una multitud.  Pero Manolo no sólo ha corrido el Sur de la Sierra de Guara, sino que ha viajado hasta Nocito, montado a caballo y acompañando a numerosos franceses, que lo adoraban por el conocimiento que demostraba sobre la Ornitología o tratado de la vida de las aves. A aquellos franceses les llamó la atención el nombre de Arbaniés, de origen vasco, pues en la Gironda francesa existe el pueblo de Arbanats. A los dichos franceses les llama la atención ese nombre,  pero en las Cinco Villas aragonesas existe el pueblo de Arba de Luesia y en Navarra el de Arbuniés. En la casa en que vivió el poeta y panadero, Paco San Román, se ve sobre el portal, un hermoso lauburu, frecuente en Navarra y en Aragón. No es extraño que los franceses se fijaran en Manolo, pues con su esposa, desde su casa llamada de Oliván,   mandaron una fotografía de un quebrantahuesos, volando sobre Arbaniés. También llamó la atención de los ornitólogos sobre el ascenso de las Grullas desde el Sur hacia el Norte, donde hacen sus crías, No es,  por tanto extraño que un grupo de franceses se pusieran a las órdenes de Manolo Broceño, para cabalgar por las duras sendas pirenaicas, por los espectaculares Cañones de Guara de dos mil setenta y siete metros de altura. Viajaron por una de las regiones de España para la observación del cielo, de la tierra y de las aves, que los unen. Desde aquellas crestas del Pirineo se observan desde los Pirineos hasta las estepas del Valle del Ebro. Fueron por el casi despoblado Valle de Nocito, al pie del afamado monte del Tozal de Guara, hasta la ermita de San Urbez, nacido en Francia. Al volver bajaron  por el Sur del Flanco de Guara, por el límite  entre sierras y viendo por abajo las estepas. Pasaron por el viejo Monasterio de San Cosme y San Damián. Después de cabalgar durante unos seis o siete días, llegaron a casa Oliván de Arbaniés. Cuando subo por Arbaniés, a veces no veo a nadie, pero allí nació el jotero que más mueve los corazones en Aragón y que este año, en las Fiestas de la Asunción, dentro de la iglesia parroquial  hizo llorar a los hijos de Arbaniés. En la casa del lauburu,vivió un gran poeta de una sensibilidad extraordinaria, al que he nombrado como Paco San Román. Hace muy poco tiempo se murió Cano, un hombre sencillo,  que muchos años de su vida dedicó a pastorear rebaños de ovejas y de cabras, que siempre se preocupó de que las Fiestas de la Asunción, para que se celebraran exactamente en sus días naturales, sin ser influida la fecha de su celebración,  por las Fiestas de San Lorenzo de Huesca. En casa Oliván de Arbaniés vive don Manuel Broceño Torres acompañado por su esposa, que unidos cultivan su amor a la Naturaleza, por medio de las aves, que vuelan por esta espectacular zona del Alto Aragón.

martes, 28 de julio de 2026

Han caído derribados los arcos de los Porches



Han caído derribados los arcos de los Porches, que cual nuevos claustros civiles se elevaron en su tiempo, cabe y sobre, el viejo convento franciscano. Bajo los claustros conventuales pasearon, pasando las cuentas del rosario o meditando, aquellos frailes franciscanos que cubrían sus cabezas con capuchas y ocultaban sus manos en las anchas mangas de sus pardos sayales. Al abrigo de los nuevos arcos, como claustros laicos, dedicados al prohombre Vega Armijo, pasearon a su vez, los ancianos, los mozos y las mozas; aquellos conversaban sobre tiempos pasados y aventuras amorosas, que renovaban simultáneamente los segundos, que en ocasiones se escapaban por parejas, al vecino Parque. Los adultos entraban en el  Flor, discutiendo de  negocios y  de  política, de guerras y de paces. Bajo el suelo del bar, estaban escuchando las conversaciones, yaciendo en decúbito supino (resopinaus decía un viejo de mi pueblo), aquellos franciscanos que otrora pasearan. Coincidía la capilla lateral, de la que fuera iglesia, donde los rumores de rezos se escucharon, con el espacio donde,  más tarde nosotros, acompañados de una copa o de un vaso, decíamos nuestras disparatadas o acertadas opiniones sobre los acontecimientos mundanales. Aquellos muertos estaban bajo nuestros pies y al cerrarse la puerta y apagarse las luces del Bar Flor, comentaban en el silencio de la tumba y de la noche, la vanidad de nuestras vanidades. ¡Hoy ha venido el Rey!, decían unas veces, otras que el Jefe del Estado; en ocasiones comentaban como aquel ministro que tanto había prometido en el Palacio Provincial, tenía su cartera en peligro de perderla. Pasaron por sus calaveras todas las teorías políticas, el conservar de los conservadores, el progresar de los progresistas y antes las soflamas de los liberales y carlistas. Tal vez llegara hasta sus tumbas la humedad de lágrimas derramadas por cesantes y por viudas y huérfanos de las guerras. ¡Qué tristes sensaciones llegaban a sus huesos al percibir las ondas de la envidia, del afán de poder entre los políticos, del vicepresidente que aspiraba a robarle el escaño al presidente, de las promesas vanas a las gentes de pueblo, con el fin de conseguir sus votos!. Después de muertos se enteraron que el amor, de que ello no gozaron, era una trampa que la Naturaleza preparaba a los hombres por perpetuar la especie y alcanzar beneficios materiales con las dotes. De sus dientes desnudos, al carecer de labios, no brotaban sonrisas pero les daban ganas de batir mandíbulas en ataque de risa, al escuchar de una mujer o un hombre, juramentos de amor, que hacían a diario a personas distintas. Ha desaparecido la Diputación y con ella el Bar Flor y debajo de sus tumbas, tumbados, he conocido a dos frailes franciscanos. No llevaban cogulla ni rosario, tampoco se notaban los vestigios de su modesto hábito religioso. Los contemplé frente al cielo, desnudos no sólo de sus ropas y sus carnes, sino también de toda vanidad y de ambiciones. Eran esqueletos con sus brazos cruzados como en vida llevaron tantas veces, pero estaban como felices y contentos porque estaban bañados por la luz de la que tanto tiempo carecieron. Me acordé del poeta cuando dice. “se ha de ver tu calavera al final de la jornada en las manos afiladas de un trapense o agustino y por donde hoy entran las locas alondras del pensamiento, por la fuerza del destino ha de entrar un día el viento. Memento”. Entraba el viento en sus órbitas y estaban desprovistos de vanidades. Volví a verlos varias veces porque me resultaban símpáticos, allí  “resopinados”. Eran mudos testigos de cuantas cosas pasaron y se dijeron en el centro de Huesca, durante largos años y yo me los miraba y ¿me miraban?, ¡no lo sé!. Las locas alondras del pensamiento entraban por mis ojos y el viento por sus órbitas y pensé que todo muere; miserere de carlistas, liberales, presidentes, diputados , generales y soldados. Fui hace poco a saludarlos y la joven arqueóloga que grácilmente se movía investigando por las zanjas, los había recogido en sendas bolsas de plástico. Aquellos armazones de huesos tan armoniosos, que fueran sus tumbas, se habían convertido en cúmulos óseos, informes, encerrados en bolsas. La joven que respetuosamente los había recogido, me dio la sensación de que lo sentía, pero era necesario cumplir con su deber. Sonrió y tenía unos hermosos labios. Di gracias a Dios.

lunes, 27 de julio de 2026

La crisis, una después de otra

La crisis no es lo mismo que la quiebra, en la que se rompe, unas veces la vida, otras la salud, en ocasiones la economía y siempre el bienestar; en una palabra la moral de las costumbres. A lo largo de la Historia, se va cambiando la moral, es decir las “mores” o costumbres, formadas en la vida humana por los mismos hombres. Tienen estos que cambiarla, porque les han desaparecido las oportunidades de practicar muchas agradables ocasiones de vivir bien, morando en buenas casas, vistiendo con comodidad, alimentándose con placer y llevando sus niños a colegios, de los que esperan, saldrán colocados. Pero no hay que dejar a la crisis que crezca, porque conduce a la quiebra. La crisis se conoce por un crujir de los valores, que el hombre ha logrado o le han sido entregados. Pasan en la vida hechos, como el crujir de las máquinas o los roces inesperados de sus motores o de sus articulaciones mecánicas, que nos avisan de que aquellos aparatos han entrado en crisis. Pasa como en la economía, en que el exceso de gasto, nos anuncia que va disminuyendo el valor de nuestro dinero y de nuestro bienestar, en que la falta de colocación de uno de nuestros hijos, nos hace barruntar un peor nivel de vida de nuestra familia, o la dificultad en cobrar los precios de lo que hemos vendido, nos hace despedir trabajadores. Estamos ya sufriendo los dolores de la crisis. Nos damos cuenta de una crisis de los valores intelectuales, acompañada por los valores de las crisis físicas, como la de la vivienda, de la alimentación, del trabajo, etc., etc. Los valores de las costumbres o morales, no han sido siempre los mismos, llegando algunos a ser objeto de desprecio. Hasta hace no mucho tiempo se practicaba la esclavitud y ahora se sigue restringiendo la libertad. Ultimamente, han crecido la pornografía infantil, el aborto, el suicidio y la falta de trato agradables entre los vecinos, la falta de honradez y la práctica de la verdad. Antes, en el pueblo todas las puertas de casa permanecían abiertas. Esta crisis puede hacer caer a la sociedad en una quiebra, por no haber respetado el amor al trabajo, unas veces los gobiernos, otras los ciudadanos y casi siempre ambos a la vez. ¿En qué situación se encuentra el pueblo griego?. Dicen  que estaban cobrando su retiro, muchos que ya eran difuntos. De ahí se desprenden las consecuencias, que ahora pagan. Debemos evitar que la crisis progrese y reiniciar esfuerzos para entrar en la normalidad, porque a lo largo de la historia, han sido muchas las crisis a las que se ha llegado y que se han superado. En mi artículo “Crisis en el siglo XVII”, escribo sobre la enorme crisis que pasó nuestra Nación, llegando España a un estado de ruina de la Hacienda Real, causada por los gastos que originaban las distintas guerras, la conquista y colonización de América. En aquel medio ambiente empobrecido, en 1613, España expulsó a los moriscos. Estos eran trabajadores en el campo, en la albañilería, con la ejecución del Arte Mudéjar. En cambio el pueblo soñaba con la ociosidad, lo que evitaba la producción de riqueza. Cuando lograban conseguir un escudo de hidalgo, se dedicaban a vivir bien o a aparentarlo. Quevedo escribió: “Familias sin pan, y viudas sin tocas, esperan hambrientas y mudas sus bocas”. Basta leer el Lazarillo de Tormes para darse cuenta de la tristeza de la crisis de España en el siglo XVI. Fallaban el capital y el trabajo. Fue tremenda la crisis que pasó España, después de la Guerra Civil hasta aproximadamente el final de los años cincuenta. Recuerdo el racionamiento de pan, que lo proporcionaban escaso y negro. Me acuerdo de como compañeros de clase del colegio al que acudía, conmovidos por el hambre de alguno se sus compañeros, le llevaban pan blanco, que ellos podían comer por ser de familia de agricultores. Estando interno en un colegio de Guipuzcoa, por las Navidades mis padres me enviaron un pequeño paquete, que en su interior contenía turrón casero, es decir hecho con azúcar y almendras, recogidas en diversos almendros y endulzadas con azúcar. Cuando me lo entregaron, el pequeño paquete tenía abierto un agujero en el papel que lo envolvía y dentro quedaba, tan sólo, un pequeño trozo de turrón. El hambre la tuvo alguien que satisfacer, comiéndose el turrón, pero dando a su conciencia la satisfacción de que yo,  el destinatario, pudiera comer parte de ese recuerdo familiar. En los años de la República, obligaban a dar a ganar jornales a los parados, lo que era bueno,  pero disminuía la capacidad de inversión en nuevas producciones de los que pagaban. Se rompía el equilibrio entre el dinero y el trabajo, ambos necesarios para la sociedad. Después de la crisis producida por la Guerra Civil y pasados unos años, algunos salieron de la pobreza, pidiendo un crédito que al recibirlo se crearon para sí mismos una deuda, pero con el valor de la deuda adquirieron un “capital activo”, como un camión para dar movimiento a las producciones a las que había que dar salida o un tractor, que con su trabajo en la tierra, producía dinero con el que el deudor se pagaba la deuda. En aquel pequeño pueblo dos o tres agricultores hicieron la aventura de endeudarse para comprar un tractor y los demás se fueron del pueblo, a la ciudad, donde muchos se dedicaron no a mover el motor de la economía, sino a atender la demanda de los consumidores, que aumentan la deuda y no la producción, como la aumentaba el tractor. La gente, estos últimos años, ha pasado a depender de la demanda, porque prefería el consumo y se despreciaba el trabajo. Me dijo un agricultor que le pidió ayuda a un trabajador,  para cultivar su huerta y éste le contestó que no podía porque se lo pasaba mejor jugando al tenis en sus ratos libres. Los créditos se repartían generosamente y a veces, cuando un ciudadano pedía un crédito de treinta millones de pesetas, se la dejaban treinta y tres, para que se comprara un coche. El desempleo acarrea a la sociedad gastos económicos y sociales, porque ese coste económico coincide con el valor de lo que se deja de producir y que no será posible recuperar. Parecía que estábamos entrando en un mundo feliz, sin tener que trabajar y sin capital, pero que ha traído la descapitalización del Estado y la falta de trabajo de los ciudadanos. Todo el mundo estaba colocado, pero sin producir o produciendo viviendas no necesarias y a un precio explotador. Tal vez , en circunstancias de esta naturaleza, sea un mal menor aumentar la deuda pública, pero, ¿quién nos garantiza que este aumento de los impuestos, no será eterno?.

domingo, 26 de julio de 2026

El Santo Cristo en su capilla, adorado por la Madre Berride


 

Dijo el Señor Obispo Don Javier Osés  en la misa gregoriana de la Catedral, el día uno de Marzo de 1997 : ”Todo es templo para alabar a Dios. El Templo lo habitamos todos, en esta Catedral de piedras, como nosotros somos piedras de la Iglesia”. Efectivamente, todo es templo para alabar a Dios, pues muchos oscenses, que son piedras de la Iglesia, lo alaban cuando caminan por los montes y  por su misticismo se sienten hijos de Dios en todos los lugares por donde pasan. Y si alguno no se siente unido con Dios, de repente siente que  le pregonan la presencia del Ser Supremo desde la Catedral , que se contempla desde grandes distancias o desde San Lorenzo, Santo Domingo o por  la pequeña capilla de San Antón de Casa Güerri, en la Calle de San Lorenzo, por la que camina.  Por la parte oriental de la capital enseguida se observa el antiguo Castillo-Monasterio de Montearagón  y cerca de Loporzano,  debajo del Pantano de Vadiello, se ve, rodeada de olivos, la Ermita de la Virgen del Viñedo. Si sube por el Norte puede meditar sobre el convento de San Miguel y sobre la Virgen de Cillas o pedirle a Santa Lucía que le conserve la vista. Si va caminando por el Poniente desde la histórica Ermita de San Jorge, acaba su paseo  en  la Ermita de Loreto.   Y por el Sur verá la románica Ermita de los Dolores de Monflorite, unida en otros tiempos al Convento de frailes que ocupaban el edificio,  que más tarde se convirtió en la Zona. Vayas por donde vayas, te encontrarás oscenses que visitan esas ermitas y presidiendo desde arriba en la Capilla de la Catedral, está el Santo Cristo de los Milagros, “ardiente llamarada “, como lo llama el profesor Buesa, que reparte la luz sobre todos los templos que he citado y como dice Don Javier Osés, sobre “Todo el Monte de Huesca que es templo para alabar a Dios”. Pero no sólo en la actualidad los oscenses van de ermita en ermita alabando al Señor,  como los romeros, sino que he visto romerías y peregrinaciones de las gentes de Huesca y de su Comarca. Unas veces iban a Loreto, que casi llegó a encontrarse en ruinas, hasta que lo restauraron y otras  a la Ermita de Jara,  reconstruida totalmente, movidos por la devoción  del hortelano Daniel Calasanz y de otros oscenses. Pero ya casi no nos acordamos de antepasados oscenses, que recorrieron todas las ermitas citadas y tenemos en los años ya lejanos de 1.658  a la Madre Berride,  nacida en la Plaza de San Martín en una casa que tenía  una terraza y desde ella,  se veía la Ermita de Salas. Tenía por entonces la ilusión de ir a despedirse de la Virgen de Salas y su hermana se vio en la obligación de ayudarle a subir a la terraza, para despedirse de la Virgen y  rezarle una oración. Por la cara norte, miró hacia la Catedral, para decirle al Santo Cristo : ¡hasta pronto!. Es que la madre Berride amaba tanto a Cristo, Dios y Hombre Verdadero, que en la iglesia de Santa María de Foris, que también está en restauración, había un hermoso Niño Jesús  y ella se lo quería llevar consigo.  Su madre le dijo que Jesús se había entregado a toda la humanidad y ella podría amarlo siempre. Así ocurrió porque si de niña amaba al Niño Jesús, de mayor estaba unida al Santo Cristo de los Milagros, al que pedía por la paz durante la Guerra de Sucesión y para que lloviera, para que se fructificaran  las cosechas, que evitaran pasar hambre a los oscenses. En cierta ocasión acudió con el pueblo de Huesca a la Ermita de Loreto, para pedir la lluvia. Esta cayó tan copiosa que las autoridades, se quedaron a dormir en Loreto, pero la Madre Berride, aguantando la lluvia volvió caminando a su casa de la Plaza de San Martín. Cuando hay que ir a rezar al Santo Cristo, acuden a su capilla multitud de oscenses y de vecinos del Somontano y en cierta ocasión cuando por la noche caminaban de romeros algunos vecinos de Siétamo, al llegar a las Casetas de Quicena, cayó una fuerte tormenta. Se refugiaron los peregrinos bajo los aleros de una de las casetas del Barrio, pero salió uno de sus dueños y los hizo entrar en su domicilio. En otras circunstancias iba a visitar al Santo Cristo de los Milagros a su Capilla y entraba en éxtasis, en que pasó en algunas ocasiones, varias horas. Gozó desde niña del Niño Jesús, en la Iglesia que está al lado del antiguo Hospicio, hasta vivir éxtasis, acompañando al Santo Cristo de los Milagros en la Catedral. Pero, como buena oscense, recorrió la Ermita de Santa Lucia, la de Los Dolores de Monflorite y entre muchas más, la del Virgen del Viñedo, en Castilsabás. Según los racionalistas, cuando se acaba la razón comienza el sinsentido, pero Don Javier Osés, se daba cuenta de que, empieza el misticismo. Lo mismo le ocurría a la Madre Berride porque ella se daba cuenta de que  el fin de la racionalidad no conduce al sinsentido, porque, con su misticismo    veía que no se acababa la vida de la humanidad con la muerte de los que a sí mismos se llamaban racionalistas. Murió Cristo,  pero resucitó.  Y como creía en la continuidad de la vida humana, paralela a la vida eterna, profetizó que se crearía un convento de Dominicas Terciarias, que enseñaría y educaría a las niñas. Efectivamente sus seguidoras, como  la Madre María Lay, a los trece años de su muerte, abrieron el convento de Santa Rosa, pues un sacerdote, pariente de mi abuelo  Ignacio Zamora Blasco, dio el dinero para comprar una casa.    La razón no se ha perdido porque el Señor es la Razón Absoluta y se hizo hombre, se hizo el Redentor de los hombres y es venerado por los oscenses en el Santo Cristo de los Milagros, porque el misticismo ayuda al hombre a alcanzar, algún día la Razón. Esto parece que expresa la oración al Espíritu Santo, cuando dice: “Envía, Señor tu Espíritu y todas las cosas serán creadas y renovarás la faz de la Tierra”. Y entre los oscenses la mística los acerca a  la ermita  de   Los Dolores de Monflorite, a la iglesia de Santo Domingo, a la Virgen del Viñedo Somontanés, a la hermosa ermita de Salas y a Loreto, como la madre Berride, acudía a todas ellas a venerar a la Virgen y amarla como ella la amaba.  Porque la Madre Berride sentía en su corazón místico, una llamada, que la llevaba “a comulgarse a la iglesia Catedral y le infundió un especial amor a la Capilla”, donde los oscenses adoramos al Santo Cristo de los Milagros.


viernes, 24 de julio de 2026

Los pueblos se acaban



La vida de los pueblos se va acabando poco a poco, porque en el Ayuntamiento de Siétamo quedan en el núcleo de Arbaniés muy pocos habitantes, ya ancianos y muchos se han muerto, como la señora Carmen, dueña de una hermosa casa con unas rejas de forja artística. Le dio al pueblo un céntrico y hermoso lugar para construir una piscina. En Castejón de Arbaniés, que prácticamente se está acabando, pero a pesar de su terminación, van acudiendo castejonenses, a la vieja Escuela, que convirtieron en un hermoso salón, donde acuden a conversar algunos antiguos habitantes, que se marcharon a Huesca y no pueden olvidar su hermoso pueblo, Castejón, desde el que se contempla la Sierra de Guara. Allí va con mucha frecuencia la que fue buena Alcaldesa de Siétamo, Marina Viñuales. Hacia el Este de Siétamo se alza el noble pueblo de Liesa, que en siete pórticos de siete casas, se exhiben siete escudos infanzones. Dentro de una iglesia, en la que se ven hermosas pinturas, tal vez románicas y saliendo hacia Ibieca, se pasa por debajo de la Ermita de Santa María, de donde se llevaron un cuadro románico, que representaba el juico y martirio de San Vicente, a Huesca capital. He conocido en Liesa a muchos, entonces ancianos, que se fueron a otro mundo y hoy, cuando llegas al pueblo, ya no tienes con quien recordar tiempos pasados. En Siétamo, con el Castillo-Palacio desaparecido, se hicieron numerosos chalets de los que unos están poblados, pero muchos vacíos de vecinos. Son dos las partes de su población, una la antigua y otra la más moderna, que compraron sus numerosos chalets y a ellos van a dormir muchos y otros acuden a comer o a cenar y a llevar sus hijos a la Escuela. La población clásica, va como la de Arbaniés, Castejón y Liesa, desapareciendo poco a poco, en tanto la población nueva, una parte de ella, sigue viviendo en Siétamo con constancia, en tanto otra parte va desapareciendo, en algunos casos vendiendo sus recién compradas viviendas. La gente antigua se trata, conserva la amistad, pero a pesar de sus costumbres, tiene cerradas las puertas de sus casas, que antes siempre mantenían abiertas, y han hecho desaparecer las gateras, por las que entraban y salían los gatos. Los nuevos habitantes, en su mayoría, han hecho amistad con los clásicos moradores de Siétamo, en tanto bastantes no se comunican ni con los viejos ni con los nuevos. Les parece que están poblando un pueblo dormitorio. Ya van quedando menos labradores y ganaderos, que sienten que los nuevos digan que sus animales ensucian y hacen que huela mal el ambiente. Yo,  en esta tarde lluviosa y oscura, he acudido a ver a la señora Joaquina de Bruis, de apellidos Larraz y Latre. He venido a verla porque se ha caído y se ha roto un brazo. Al entrar en el patio de casa, he encontrado un gato que quería salir de casa, pero no podía por carecer de gatera para hacerlo. Los gatos necesitan entrar y salir, pero sin gatera ven su vida entristecida. He subido a la sala, donde se nota un agradable calor, producido por un hogar en el que arden tizones de carrasca, como ardían en esos hogares, ya hace siglos. Pero alrededor del hogar, que con el fuego de la leña, reparte el calor y en su alrededor, estaban mujeres y hombres con apellidos de toda la vida, a saber, Borruel Caborbaya, Lobateras Arnillas, Carmen de Gaspar y yo con el apellido Almudévar Zamora. Los viejos pobladores de Siétamo nos necesitamos los unos a los otros  y Joaquina es la mujer de Siétamo más ligada con la amistad de todos los habitantes, los antiguos y los nuevos. Es una mujer que ha trabajado toda su vida, unas veces conduciendo la “tocina” a Castejón a cubrirla con el verraco, que allí mantenían, otras veces trabajaba en el Molino Viejo, cogiendo verduras y frutas. También recogía dulces, litones, fajos de leña por el monte, cuidaba las gallinas y los pollos, que todavía conserva y cuando iba a la playa, se traía pichones blancos, que en dicha playa le regalaban los guardias municipales. Joquina ha sido aficionada a la literatura del pueblo, pues sabe un romance compuesto por su padre, de los bueyes que llevaban a “apajentar” por cerca del río. También se acuerda de las letras de numerosas jotas que cantaba su padre. Es pariente del cantor humorístico Carlos Latre, que en Barcelona cultiva lo que Joaquina ha cultivado toda su vida. El padre de Joaquina compuso y cantaba este romance: ”El oficio de boyero es un oficio muy chulo/ toda la semana labra y el domingo, lo primero./ Lo primero es ir a misa, lo segundo es almorzar/lo tercero es el pensar, dónde hay que ir a hacer mal./ allí en las huertas del Piojo, hay un alto panizar. / ¡Entra negro y entra blanco!, porque allí,  os podréis hartar./Nos sacamos la baraja, nos ponemos a jugar./Mora se jugaba un duro, Labarta sólo un real,/ Moreta el pan de la alforja, por no llevar capital. Ahora en que los pueblos van cayendo poco a poco, se podría volver a cantar la misma jota, con la que se quejaban, después de la Guerra Civil: ”Siétamo ya no es Siétamo/Siétamo de mucha fama,/ un labador sin cubierta/ y una torre sin campanas”.

jueves, 23 de julio de 2026

LAS CORBETAS


Corbetas en el nido

He oído, desde la galería, alboroto en el corral; me he animado y un coro de graznidos ha herido mis oídos. En lo profundo del corral, una pareja de pequeñas cornejas o corvetas va andando torpemente  y mirando hacia arriba, sobre las bardas del corral, a don cornejo y doña corneja con la cabeza del color de la ceniza, que avizoran a sus hijos para bajarles el cebo, sin que corran peligro. Tienen su nido en la bóveda de la iglesia, donde entran por una pequeña ventana de arco, que para ellas es la puerta de su casa; pequeña casa y rústica de palos y yerbas secas, pero segura y abrigada contra las inclemencias del "orache", por un inmenso tejido, tejido de vigas, de maderos, de cañizos y de tejas. No son los únicos inquilinos de tal mansión pues conviven con lechuzas y palomas; con estas no mantienen relaciones de buena vecindad, pues se comen sus huevos suculentos y tratan de desplazarlas de esos lares. Con las lechuzas no parece que sus relaciones sean mejores, pero han llegado a un modus vivendi, porque sus horarios no coinciden. Durante el día, cuando luce el sol, bajo la arcuación de la pequeña ventana, que para las aves de que hablo es la puerta de su casa, son las cornejas las que se asoman, toman el sol, otean el horizonte y entran y salen; allí también alborotan como esas viejas, vestidas de negro, lo hacen bajo el arco de piedra de la puerta de sus casas somontanesas, pero por la noche, quien ocupa el portal es la reina de la obscuridad, de enormes ojos, la que todo lo mira y lanza su monótono chist-chist, como si fuera una monja de hábitos blancos encargada de imponer el silencio en el convento, en este caso el convento enorme del Valle del Guatizalema, lleno de lamparitas estrelladas y presidiéndolo todo una enorme lámpara que es la luna, que se refleja en el río, en los charcos y en las balsas y que a veces traiciona el sigilo de la lechuza, a la que se ve su plumaje sedoso y blanco y el movimiento curioso de su cabeza y de sus ojos enormes y redondos. Las crías de las aves nocturnas y diurnas, cuando son volanderas, se asoman con frecuencia al exterior, agitan sus alas, como entrenándose para iniciar su lucha por la vida, a veces caen al suelo al ser empujadas por sus hermanas de nidada y otras veces su impaciencia juvenil las hace bajar antes de hora de su nido familiar. Al caer al corral, sus paredes les impiden el vuelo rasante, único que su falta de entrenamiento les permite realizar. Si no son víctimas de alguna gallina clueca, que ve en las pequeñas cornejas enemigos de sus pollitos o de alguna oca de pico enorme, sus madres las alimentan por unos días, hasta que saben volar hacia las bardas de la pared del corral, que les sirve de rampa de lanzamiento en su vuelo hacia la libertad.
En el caso de mis dos corvetas, tuve la satisfacción de comprobar como salían airosas de la torpe aventura juvenil, que las había puesto en peligro.
Si hubiesen sido pichones no sé si se hubieran escapado de acabar en una cazuela, guisados con cebolla.

Las golondrinas

Cuando iba a visitar o a vacunar algún animal doméstico por el Somontano, me fijaba  en las golondrinas, que anidaban en los cubiertos, deba...