jueves, 7 de mayo de 2026

Si cantan “os porpuz,quítate o capuz”


Llegaron al pueblo los “porputes o porpuz”, que es como llamamos en Aragón a las abubillas. Yo los miro con íntima alegría, porque son bellos y su llegada coincide con la de la primavera. Ellos, en cambio,me lanzan una mirada nada confiada y escapan rápidos como una “volada” de aire. ¿Qué les he hecho yo para asustarlos?. Reflexiono y me acuerdo de que cuando era niño, di un espejo de propaganda a cambio de un “porput”; lo metí en una jaula esperando que lanzase su pot-put-pot –put, canto que por onomatopeya ha dado nombre a tal avecilla. Además creía que iba a poner erecto el penacho de plumas de su cabeza, formando una cresta más gallarda que la de un gallo y que la cimera de estos cascos que coronan los escudos de las casa infanzonas del Somontano. Lo quise sobornar dándole insectos, pero su orgullo no “reblaba· como no rebla la dignidad de muchas personas ante el dinero.
Si no llego a darle la libertad, se hubiera muerto de hambre antes que hacer “momos y jeribeques”. Me dijeron que otros muchachos habían tenido una abubilla durante mucho tiempo y desprendía un olor inaguantable. Tal vez se tratara de una venganza contra su carcelero. Ahora que me gustaría gozar de la amistad de los “potpuz”, comprendo porque huyen cuando me ven. Por eso seguiré observando, escondido en la cuadra de mi casa, como saltan desde un nido de la pared a las bardas del corral, levantando sus crestas. ¡Qué bien cantan cuando enamoran su pot-put,pot-put!. Se parecen a los hombres, que son tan buenos cuando enamoran y ¡qué malos se vuelvan, después que logran!. Lo mismo pasa con las abubillas o putputes, que después de criar, tornan su agradable canto en un graznido malsonante y feo. Dice la poesía: “la primavera ha venido, nadie sabe como ha sido”, pero el observador conoce que ha sido pregonada por los putputes, de los que la gente ignora cómo han venido. Los libros dice que vienen de fuera pero los campesinos aseguran que pasan el invierno escondidos en el hueco de una pared, con el pico metido en su cloaca y dormidos. ¡Quien tiene la razón ,el pueblo o los libros?. La cuestión es que han venido y no importa cómo ha sido. Si no porque se me reirían, me compraría un capuz y cuando escuchase el primer pot-put, lo tiraría a la copa de un olivo para celebrar la primavera, en buena armonía con mis amigos los “porputes”.

martes, 5 de mayo de 2026

Huesca, desde Lamusa a Rectificados de Metal Duro



Yo no he sido industrial, pero siempre me ha llamado la atención en Huesca la Fábrica de Lamusa, que hoy se ha convertido en un club de personas mayores. Pero sin embargo en Huesca han crecido otras empresas, como la C.T. V., que está situada en el Barrio Industrial de Sepes. Siempre me ha llamado la atención el gran número de naves industriales que ocupan los distinto distritos de Huesca, pero sólo había entrado en aquellas relacionadas con la Ganadería o con los tractores y las máquinas agrícolas. Ayer me encontré con Antonio, uno de los tres socios de la C.T. V. y me explicó su funcionamiento. Hoy he acudido a observar sus formas de trabajo y ver las materias primas que allí se consumen para obtener piezas, que se pueden comparar con joyas auténticas. El mismo Antonio, dentro de la nave y con un ambiente limpísimo, me enseñó unas pequeñas piezas cuadradas, que parecían de hierro, con una perforación en medio de ellos. Pero esa perforación no tenía rosca como las tuercas y Sergio y Antonio, me aclararon que aquellos objetos no eran de hierro, pues eran mucho más pesados que él. Al preguntarles de que materia estaban compuestos, me contestaron que eran de un “metal duro”, más conocido como WIDIA, producto creado por esa marca alemana. Son una mezcla de cuatro o cinco metales, que son tungsteno, cobalto, titanio, tántalo y otros metales de nombres raros para nosotros, los que pensamos en otras cosas, que no tienen la importancia de dichos elementos, porque con ellos se pueden fabricar herramientas de corte de alta graduación, unas veces para el sector metalúrgico, otras para el automovilístico o para hacer cortes duros, etc. Estos tipos de material, cuyo principal componente es el Carburo de Tungsteno, los descubrieron los alemanes el año 1926 y hasta el treinta y seis, no se enteró el mundo industrial de la composición de esta materia. Dicen que cuando empezaron a trabajar, cogían el material originario con los dedos de sus manos y lo destruían como si se tratara de una tiza. En cambio ahora para tratar este material se utiliza el diamante industrial, en forma de bolas. El acero empieza a fallar a los mil grados que se alcanzan con el roce y Widia aguanta los mil grados, con ese roce, provocado por la penetración de las brocas y las fresas en el acero. Allí, en un expositor, aparecen como si presumieran, esas piezas tan agradables de contemplar, que raramente se rozarán, porque aparte de su fuerza, se les frota, si es necesario con titanio. Me han enseñado un conjunto de objetos de dicho material, que no los venden nunca, como si se tratara de chatarra, porque no los han encontrado perfectos en sus medidas, aunque ese material es de la misma composición que las joyas. Al principio, cuando los alemanes acudían a esta fábrica a comprobar la calidad de su producción, les decían los oscenses, que de allí no salía ninguna pieza que no fuera perfecta, porque como yo mismo he visto, las acumulaban en un cajón.Hoy en día, hay una crisis en el mundo laboral, pero estos trabajadores, sin ser ingenieros, harán que el trabajo no se acabe en España, porque han seguido el ejemplo del esfuerzo de los alemanes. 

lunes, 4 de mayo de 2026

¡Pobre Antonié!

 



Alonso ,Alonso-mira que t’arrempujo y te tiro a un pozo”.

Esta canción, la cantaba un andaluz, que estaba labrando en un cortijo. A Antonié no hizo falta tirarlo a ningún pozo, pues él mismo se tiró por su propia voluntad. ¿Estaría loco?,no simplemente era pastor y según el Evangelio, si un pastor pierde una oveja, deja las otras noventa y nueve y va a buscar la perdida. Claro que en este caso no se trataba de una oveja, pues era un carnero ,es decir un macho. El Evangelio y la poesía bucólica, son muy feministas en cuestión de ganado lanar; siempre hablan de las pacíficas y blancas ovejas, pero no recuerdan nada a los carneros o mardanos. Hago esta salvedad para tratar de introducir a los mardanos en su lugar, pues también ellos tienen los derechos del ganado lanar.

En el monte hay un pozo cerca de un camino, sin brocal ni nada y el pobre mardano fue a asomarse y cayó dentro del pozo como un sapo. Antonié , buen pastor, como el del Evangelio, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se tiró dentro del pozo para sacar al carnero. Decía que no le había empujado nadie, pero reflexionando, veo que le empujó su propio sentido profesional. Pero bueno , le pregunté ¿para qué te tiraste en el pozo?, ¿no sabías que tú vales más que el mardano?. Me contestó, creo que sí pero como era del montañés de Salinas de Jaca…

¡Pobre Antonié!, porque si hubiera sido suyo el carnero, lo hubiera dejado ahogarse, pero como era de propiedad ajena, su amor propio lo empujó a hacer lo que no hubiera hecho por sus propios intereses. El buen pastor da la vida por sus ovejas, pero ¡mira que darla por un mardano o carnero ¡,siendo además de otra persona. Lo peor fue que después no podía ni sacar al mardano ni salir el mismo del pozo.

¡Escucha Antonio!, ¡pues ya las habrás pasado bien negras!. Calla, me respondió ,que nunca he visto un porvenir más negro. Era ya casi por la noche y el pozo estaba negro , además de por la falta de luz, porque recibía el agua las filtraciones de las heces de los cerdos, de la granja de al lado. Empezaba Antonié a subir y las paredes del pozo se caían, como el trigo cuando los niños suben por sus montones en las eras, para la trilla. Antonié tenía mucha pena por mí mismo y por el mardano, que “esberrecaba” con agonía y también me preocupaban las ovejas que encima del pozo se habían quedado solas , sin pastor. Me hacían casi llorar los perros pastores que se miraban desde el borde del pozo con ojos tristes. Parecía que iban a llorar. Cuando vio que le fallaban sus fuerzas, empezó a gritar y entonces acudió el granjero de la vecina granja. Este llamó a otros y entre todos lo sacaron a la superficie. Cuando me vi en tierra firme, grité ¡gracias a Dios ¡.Pero el granjero dijo: mejor que les des las gracias a los tocinos ,que estaban hartos, porque si llegan estar ayunos,¡para días salís del pozo!.Contestó Antonié de Rafaeler: de todas las formas ahora veo el porvenir más claro y aunque no llueva no me lamentaré, porque si he salido de este baño de estiércol de cerdo, igual saldré de las polvaredas de las sequías.

El granjero había echado el pienso a los cerdos el domingo por la tarde y el pastor iba cuidando el ganado lanar el mismo domingo también por la tarde. Ciudadanos, ¿cuántos hombres quedan en España de esta condición?. Pocos y en los pueblos. Todos sabemos nuestros derechos, pero ¿nuestros deberes?.

ANSO

Después de unos sesenta años, te voy a saludar Ansó, con la misma frase que entonces, desde lo alto de una Peña, que hay a la derecha de la carretera que sube a Zuriza, diciéndote "Ansó yo te saludo, no eres Ansó, eres Ansotania". ¿De dónde me sacaría yo tal frase?, no me acuerdo, no me alcanza tanto la memoria. Sólo sé que en aquellos momentos, mi ánimo estaba como encantado, como enamorado de esta Villa, poseído por su belleza y la de su entorno, que me llevaba a considerarme en un país de las maravillas, que mi imaginación infantil definía como Ansotania.Luego he meditado mucho sobre mi saludo y he llegado a la conclusión de que nunca he dicho mayor verdad, porque Ansó reúne todas las características necesarias para ser un país con una recia personalidad, porque recias y luminosas son sus montañas y sus puertos, recios son los tejidos con que están confeccionados sus trajes de nobleza impresionante, y recia es su fabla tan gráfica, tan sonora y tan bella, recia es su jota aragonesa, más serena aquí y más embravecida en los secanos de la Tierra Baja y recia y bien lanada es su raza ovina ansotana. Entonces ¿es Ansotania un país?. Quizá haya exagerado en mi apreciación dejándome llevar de mis nostalgias infantiles y de mi pasión aragonesista. De esta pasión deriva mi calificativo de país para Ansó, porque en él se reúne la flor y nata del aragonesismo, porque es el origen de Aragón, junto con las comarcas vecinas y donde más tiempo se han conservado sus valores. En pocas palabras Ansó, me parece una síntesis de la identidad aragonesa. Cuando, siendo niño, subí a Ansó lo hice en la caja de un camión y me impresionó la Foz de Biniés, como una inmensa puerta que daba acceso a la villa que nos iba a acoger. Nos alojamos al principio en el Hotel de la Plaza, de donde pasamos a una casa de la Calle Mayor, donde comenzó mi integración en la vida del pueblo. Cerca de donde yo vivía, había una placeta, en una de cuyas casas la dueña vestía habitualmente, la toca y los atavíos ansotanos. Su bello rostro recordaba el de una madona, cuya blancura resaltaba enmarcada por la toca. Parecía una gran señora, pero además lo era, porque mi hermano menor Jesús, que tenía tres años le mató unos pollitos y cuando fuimos a pedir excusas y a pagarlos, no sólo no nos quiso cobrar, sino que disculpó la travesura del niño. Ahora doy más importancia al hecho, porque a más de un ansotano le han hecho pagar daños, que han causado media docena de ovejas en un trigo, que a lo mejor estaba sembrado en una cabañera. Y volviendo a los pollos, entonces los criaban las dueñas con el mimo con que hoy se cría a un niño. En esos carasoles, la vieja hilaba, el tejedor tejía, la gallina escarbaba, el ciego tañía y la niña cantaba al bebé: ¡teje, teje, tejedor, garras, garras de traidor!. El tejedor llevaba su teje-maneje, pero desde luego que no tenía garras y menos de traidor. El niño pequeño que todavía era menos traidor, agitaba sus manos como si tejiese, alternaba el movimiento de sus pies, como si estuviese moviendo el telar por medio de pedales y mostraba una gran alegría al oír eso de: "garras, garras de traidor". El contraste entre la inocencia infinita del niño y la acusación de traidor, que se repetía gozosamente al ritmo del cuneo, provocaba la risa de todos. Risa esencial, risa maternal, risa existencial. Todo era ritmo en el carasol, el subir y bajar del uso, el teje-maneje del tejedor, el escarbar de la gallina, el tañer del ciego y el cri-cri de la cigarra en el árbol. El burro, atado a una herradura clavada en la pared, parecía dirigir la orquesta, pero no con una batuta, sino con dos, que eran sus largas orejas. Se posaba un tábano en su oreja izquierda, lo espantaba con su movimiento y se posaba en la oreja derecha, en una constante pugna tábano-asnal en la que no había vencedor ni vencido, pero si movimiento continuo. Zumbido del tábano y ritmo en el cuneo de la cuna y en el sube y baja del huso de la vieja. El tejedor teje y una anciana desteje una toquilla para hacerle “peducos” al nieto "repatán". Tejer y destejer, todo es hacer. Ahora se oyen muchas músicas ruidosas, pero yo quisiera que alguien tejiera y destejiera una música con un ritmo antiguo y aldeano, que me hiciera olvidar siquiera por un momento o por el tiempo que tarda en consumirse un disco, el ruido sin ritmo de la capital y recordar el ritmo ansotano de la placeta carasolera, próxima a la casa donde vivía. Pero volvamos a los pollos, que entonces, como antes he dicho, criaban las dueñas con el mimo con que hoy se cría a un niño. La clueca les daba su calor maternal, y si éste era poco en las heladas noches, les ponía una botella de agua, que previamente habían calentado en el hogar, dulce hogar, aunque oliese a humo. Humo, que por otra parte, al salir por las chimeneas al clarear el alba, procedente de la leña seca y diluirse en el aire puro de la mañana, mas bien parecía aromático que molesto, no como ocurre hoy con el humo procedente de las calderas de las calefacciones y de los tubos de escape de los automóviles. Entonces, y perdonen mi reiteración, hasta el humo era humo. Durante el día, cuando la vieja de la casa salía con su silleta de iglesia a tomar el sol a un lugar carasolero, sacaba con ella el cajón de madera donde cobijaba a la clueca con sus pollitos. El sol desentumecía los cansados huesos y crujientes articulaciones de la vieja y fortalecía los tiernos huesos de los pollitos y proporcionaba calorías ecológicas a la agotada gallina. Los pollitos corrían de aquí para allá como niños que salen al recreo y a la voz de: ¡titines, titines!, acudían a recoger las migajas que caían de la "crosta" de pan que la dueña estaba "esmiquetando". Pobres viejas, que cuando decían que iban a "esmiquetar una crosta de pan" se les reía el señor Secretario porque hablaban mal, cuando en realidad hablaban una fabla bella y tan diáfana que hasta la clueca y los pollitos la entendían. Y no sólo las aves, sino el conejo al que convocaban a la voz de: "¡sancho, sancho! ", y a la cabra a la que llamaban : "¡mona, mona!, la oveja que acudía a la voz de: ¡quirrina, quirrina!, mientras que al cerdo le decían :¡gulín,gulín¡, si era pequeño y: ¡gulo,gulo!, si era gordo. Con tales cuidados los pollos luego se hacían tomateros, y supongo que los llamaban tomateros porque habían llegado a un desarrollo que les hacía aptos para ser condimentados con el rojo fruto procedente del huerto familiar. Constituía un acontecimiento en la casa, cuando a los pollos les salía cresta, como lo era cuando al niño le salían dientes. Y si la cresta era granada, en lugar de aserrada, lo iban a comunicar a las vecinas, como van a comunicarles que se han comprado unas cortinas nuevas o un tresillo. Aquellos pollos no consumían pienso compuesto, comían las semillas que quedaban en las granzas del trigo de la era, a donde los trasladaban durante la trilla, a gozar de un verano natural, de una comida natural y de un agua fresca que sacaban del pozo con sus pozales. En años de escasez, y cuando el novio de la hija tardaba mucho en llevársela al altar, mataban todos los pollos, luego las gallinas, después el gallo y si el futuro era tan reacio, tenían que matar hasta la clueca. Tal vez alguna futura suegra hubiese hecho bien en matar primero la clueca, a ver si el novio se ponía clueco y se casaba, sacando de casa el consiguiente gasto. Si esto ocurría o los pollos eran numerosos, había que guardar alguno para caponar, palabra más modosa que su sinónima castellana. ¡Oh el capón, gran señor, digno de veneración!, como decía Baltasar del Alcázar de la morcilla. Toda casa que se considerase, tenía que disponer de capones para Navidad, unos para el propio consumo, palabra todavía no adulterada, y otros para regalar a los parientes de la capital y a los señores a los que se debía, o de quienes se podía esperar algún favor. El caponar era todo un rito, y en todos los pueblos había una matrona que lo supiese celebrar. Era una especie de matriarcado, que se transmitía de madres a hijas. Había que concertar la fecha y la hora para dejar a los animales en ayunas con antelación, igual que se hace ahora cuando una persona va a sufrir una operación. Se acomodaba a la operadora lo mejor posible, se le ofrecían toda clase de facilidades, se le preparaba agua apañada, e invariablemente se le decía que no tuviese miedo a matar algún pollo, porque la olla estaba preparada al lado del fuego eterno del hogar. El marido y los “tiones”, ocultamente, estaban deseando que esto ocurriera, pues hacía tiempo que no habían comido pollo y entonces el pollo era pollo. La operación, efectivamente, conllevaba riesgos pues las aves, más elegantes que los bípedos implumes, son criptórquidas y por tanto llevan sus atributos masculinos ocultos dentro del abdomen. A estos atributos los llamaban criadillas y fritos con ajo constituían "bocatto di cardinale". Yo invitaría a las feministas a hacer una "lifara" de esta índole para vengarse del machismo que durante siglos las ha oprimido. No hay nada nuevo bajo el sol y aquellas matronas así lo hacían entre bromas más o menos picarescas. Con el “agiornamiento” y la desmitificación de los ritos desapareció esta costumbre ancestral y los capones ya no se ven en nuestras mesas navideñas. España y los españoles somos así. ¡Qué le vamos a hacer!. Mientras tanto los franceses siguen caponando pollos y, lo que es más sofisticado, siguen caponando pollas para convertirlas en "poulardes". Y como en España somos imitadores de lo extranjero, nos engañan como antes engañaban a los chinos. ¿Cómo?, sencillamente haciéndonos propaganda de poulardas que no son tales, sino pintadas o Gallinas de Guinea, con lo cual nos dan gato por liebre, que se parecen entre sí, poco más o menos, como las pintadas a las poulardas, aunque si la cocinera es buena, después de condimentada, casi no se nota la diferencia. Otro engaño que padecemos es el de los capones fabricados artificialmente con hormonas femeninas. Es engaño porque un capón quirúrgico es un ser asexuado y el capón hormonal es un travesti. ¡Pobres mujeres que dan este bocado a sus maridos, porque corren el peligro de convivir con otra mujer en lugar de con un hombre!. Al hablar de pollos travestis no me considero original, pues basta leer la obra del aragonés Sender, titulada :"Las gallinas de Cervantes", para enterarse de lo que le pasó a la esposa del genial autor del Quijote. Simplemente se le fue convirtiendo en gallina, y se quedó sin mujer. Transmito literalmente la descripción que del tema hace otro genio, el aragonés Sender: "Su esposa, cuando se desnudaba para ir a dormir y se obstinaba en hacerlo en el cuarto de Cervantes, quedaba en cueros, llena de plumas, gallina como cualquier otra gallina, pero tan grande que causaba asombro. Conservaba, como dije antes, la cofia y la pañoleta por no se sabe qué razón. Cervantes no se atrevía a preguntárselo"."Lo más curioso sucedió después. Doña Catalina quiso entrar en el gallinero sin lograrlo y cuando comprobó que la puerta no era bastante ancha para ella, desistió y acurrucándose en un rincón del cobertizo puso un huevo".Dice Sender que después cacareó con una fórmula muy aragonesa:"¡ Por por por por por...poner!".Las consecuencias las describe Sender así: "Y Cervantes salió aquel día de Esquivias y no volvió nunca". Me ha preocupado mucho la causa que pudo producir tal transformación. Entonces no pudo ser el consumo, como ahora podría ocurrir con los maridos. Yo digo si al no tener hijos se puso clueca accidentalmente y se quedó así para siempre. Claro está que doña Catalina no seguía las costumbres ansotanas, ni cuidaba pollitos, ni tejía en aquella placeta carasolera, próxima a la casa en que yo vivía. Tampoco se hablaba fabla, aunque Sender dice que "El barbero debía ser aragonés", porque en una partida de cartas, pronunció la palabra "arto", una zarza en tierras de Aragón. Es esta una palabra vasca que se usa en el lenguaje ordinario, pero como tantas otras, como nombres de lugares, como el propio de Ansó. Arto quiere decir maiz, en ocasiones, pues cuando se introdujo dicha planta en España, ya se usaba la palabra hacía muchos años, pero lo que seguramente significa es encina o carrasca. Podemos verlo en Artasona (carrasca buena) y en Artieda(carrascal). Pero doña Catalina, como dice Sender al acabar su novela, no se sabe donde está. ¡Lástima no poderla ver en la placeta carasolera de Ansó o en los bosques de Zuriza!.

domingo, 3 de mayo de 2026

El tiempo


El día 30 de Mayo del año 2001,en el que nos vamos desenvolviendo, me encontré con mi amigo Sebastián, que tiene un concepto del tiempo, dados su noventa y ocho años, más claro que el mío, pues me recordó que en tal día se celebraba la fiesta de San Fernando, Rey y Patrono de España. Estos días, según dicen la televisión y nuestros asados cuerpos, han subido las temperaturas, a pesar de estar en primavera, más que en los veranos del recién pasado siglo XX, siglo que el veterano Sebastián Grasa, conoce mejor que el resto de los habitantes del pueblo de Siétamo, porque me dijo que nació en 1903 y para más detalle, el día dos de Noviembre. Al encontrarlo, nos pusimos a hablar del tiempo y me hizo observar unos nubarrones, de los que hacía unos días no se veía ninguno en nuestros cielos, pero aquel día treinta de Mayo, por la tarde y en pocas horas se habían ido situando por encima de las Sierras de Gratal y Guara y se comenzaba a notar el soplo de un aire que aliviaba el calor. Yo le dije: ¡cómo aciertan en sus pronósticos estos hombres y mujeres de la televisión! ; yo creo que mañana quizá se noten signos de tormenta y Sebastián me contestó: si, pero que no caiga alguna tormenta como aquella que nos fastidió en la pardina Ferrera, cercana a la Sierra de Santo Domingo, en la provincia de Huesca y que llega cerca del pueblo de Longás, en la provincia de Zaragoza. Añadió que estaban el 28 de Junio, labrando la tierra, que había estado sembrada de veza, ya recogida y observó como unas nubes blancas y otras negras, daban vueltas sobre la Sierra de Santo Domingo, "huegante" con el monte de Biel y exclamó : ¡me parece que va a caer piedra sobre nosotros y sobre nuestros bueyes ! y le contestó un boyatero: ¡calla, que tú siempre ves venir cosas malas!.Pero rápidamente llegaron aquellas boiras sobre la finca y empezó a caer una terrible "pedregada", con unas piedras redondas de hielo, como huevos de gallina, dándoles el tiempo justo para quitarles las clavijas a los bueyes y hacerlos entrar en el corral. Aquel maldito fenómeno atmosférico duró unos veinte minutos, que se hicieron eternos y al ir a mirar los trigos, vieron como no había quedado una sola espiga, ni siquiera paja, tan necesaria en aquellos tiempos, para echarles cama a los animales y para darles de comer. Al recorrer los campos pudieron ver como hasta los "buchos" se habían quedado sin hojas e incluso se vieron muertos algunos conejos, perdices e incluso liebres.

Entonces yo le pregunté : y esto ¿en qué año ocurrió ? y él me contestó que eso había pasado el dieciocho de Junio de 1930.Se sintió muy desgraciado, porque entonces no había seguros como ahora y tendría que pagar el arriendo de la finca, pero luego se le notó una reacción positiva ,porque dijo que el año siguiente ya cogió buena cosecha. Pero hacen ya setenta y dos años, que se dio cuenta de que, allá en Salinas de Jaca, no se podían comprar máquinas para cultivar la tierra ni había hombres para trabajarla y tuvo que emigrar a Siétamo. Allá sigue la finca, pero no cultivada, sino explotada por una sociedad de cazadores vascos. Hoy parece que está ocurriendo lo mismo en el Somontano y en la Tierra Baja. ¿Qué pasará con la agricultura dentro de no tantos años?. Ahora, allá, en Siétamo, lo tenemos con sus noventa y ocho años, con el viejo temor de que vuelva otra vez una "pedregada". Pero yo le pido al Señor que, aunque sea para que Sebastián llegue a los cien años sin sufrir, que estos días venideros refresque, pero que no caiga pedrisco.

viernes, 1 de mayo de 2026

Las Campanas








He pasado por Salinas de Jaca, por Hostal de Ipiés, por Orna, por Centenero, por Ena, y por Botaya y en alguno de esos lugares pude escuchar voces humanas, pero en otros ni se oían ni se veían seres humanos. Se van despoblando, poco a poco, los pueblos, como ya hace años se quedó sin habitantes el antiguo pueblo de Salinas de Jaca, para ser sustituido por otro más nuevo, al lado de la carretera.

En el antiguo estaba de campanero Mariano Bastarós, que hasta sus ochenta años hizo sonar las campanas, pero no se murió hasta los ochenta y seis. Las hacía sonar no muy deprisa, pero con un hermoso sonido, bandeando dos campanas simultáneamente.

Llegó más tarde, allá por los años cuarenta y cuatro, un cura del pueblo de Ena, que además de sacerdote era labrador, herrero, colmenero y carpintero. Se llevó el reloj de la torre, para arreglarlo, como él mismo afirmó, pero no pudo hacerlo porque le faltaba el repetidor, que quiso reconstruir, pero no pudo. Estaba dicho reloj en la torre de la iglesia y hacía sonar las campanas del campanario cuando daban las horas. En el pequeño pueblo de Lallana, muy cerca de Sádaba, pudo arreglarles un reloj; no le pasó como con el de Salinas de Jaca.

En el pueblo de Ena colocó un cable, que hacía sonar las campanas desde el altar.

Al quedarse viudo, se hizo sacerdote y se instaló de cura en Ena, cerca del pueblo de Orna, que también está próximo a Hostal de Ipiés, donde al fin se construyó una casa, en la vivió hasta su muerte. Se llamaba el cura, labrador, herrero, campanero, relojero y colmenero, Don Andrés Gavín. Todavía se acuerdan de él en los pueblos de Botaya, Orna, Hostal de Ipiés, Ena, Centenero y Bernués. Desde luego que son pocos los que lo rememoran porque, son pocos los que todavía viven en aquellos lugares. ¡Cómo se acuerda de él, el señor Sebastián Grasa, que en Octubre va a cumplir los cien años de edad!. ¡Cuantas generaciones han vivido en los citados pueblos, para que ahora queden tan pocos habitantes, que no repican como entonces las campanas, pero que en las fiestas acuden desde Barcelona o desde Zaragoza, para lanzarlas al aire, para que suelten bellos sonidos, que les recuerden su niñez y a las viejas generaciones!

Tenía un buen carácter y le gustaba comunicarse con todo el mundo y sobre todo tenía en cuenta aquella frase evangélica que dice: ”dejad que los niños se acerquen a mí”. Esa falta de orgullo, lo llevaba a conversar con cualquiera. Tenía siete toneles de vino y cuando llegaba alguno, tenía que probarlo de todas las añadas, incluso aquellos vinos, que ya eran como el coñac. Les decía: no tengáis miedo, que si os caéis, os cogeré yo.

En esos pueblos y en todos los de la provincia, sonaban las campanas cuando llamaban a los fieles a misa y al rosario o cuando se celebraban vísperas en algún pueblo, dedicadas a su santo patrón; para la Pascua de Resurrección, cuando quitaban los velos que tapaban los retablos, tocaban fuerte las campanas. Con un repique muy especial, sonaban los toques de difuntos, que eran muy tristes. Estaban los vecinos en los caminos y en los huertos y algunos cuando escuchaban las campanas, se emocionaban y alguno incluso lloraba. En ocasiones, cuando el difunto era algún niño o niña, tocaban a “mortichuelo” y lo hacían con cimbalicos o con otras campanas pequeñas. Acompañaba el sonido de las campanas a las procesiones y casi nunca faltaban los curas a decir misa en los pueblos más pequeños. Los mozos daban la paliza a las campanas haciéndolas sonar con motivo de las fiestas y no paraban de bandearlas o voltearlas durante mucho tiempo, pero no sólo eran los mozos los que las hacían repicar, sino que las mozas en día de Santa Águeda, eran las que subían al campanario y con un gran esfuerzo las repicaban e incluso les daban vueltas, bandeándolas. El Día de las Almas, que se celebra el día dos de Noviembre, cada dos horas tocaban las campanas.

Había campaneros en los pueblos y en las ciudades y a veces hacían sonar esas campanas con cuerdas o con cables, pero en las grandes ocasiones acudían los mozos a anunciar a todo el mundo que era fiesta. Cuando había incendios, sonaban las campanas con mucha fuerza y “aprisa, aprisa”, haciendo que todas las campanas fueran repicadas. Cuando venía una tronada, en los pueblos donde no había “esconjuradero”, algún valiente que vencía el miedo que le producían los rayos, se subía al campanario para que al escuchar el repique de las campanas, el Señor evitase que las nubes lanzaran sus terribles rayos.

En Biel estaba la campana de los perdidos e iba el sacristán y cuando se hacía de noche, tocaba, para que nadie se perdiera, lentamente: plon, plon, plon.

Antes, como hemos visto, con las campanas se comunicaba la gente, pero ahora, cuando pasas por uno de esos pueblos, no escuchas a nadie, pero dichas campanas también están calladas y no comunican la alegría de Pascua o de las bodas, ni las tristezas de los entierros, ni llaman a los hombres para apagar el fuego.

Las campanas unían al hombre con Dios, elevando los espíritus y convocándolos a todos y una prueba de esta afirmación, la tenemos en el pueblo de Siétamo, donde Antonio Larraz Barraca, nacido en 1892, cantaba “Las campanas de mi pueblo-si que me quieren de veras-cantaron cuando nací-y llorarán cuando muera”.

Y es que ese tocar y sonar, doblar, voltear y repicar y en aragonés “batear”, iba formando el corazón de aquellas gentes, recordándoles las ilusiones, su vida religiosa y los juegos, fuegos y trabajos y les llevaba a la conclusión de no eran la tierra, el silencio y la muerte la vocación del hombre, sino “el Ser, la Palabra y la Vida eterna”, porque veían la luz en las montañas y en la nieve, que con el brillo que le proporcionaba el sol, les hacía más fácil descubrir, más allá, el brillo de la eternidad.

El hombre vivía feliz comunicándose por medio de las campanas y cultivaba la cultura con el espíritu y la naturaleza con su cultivo y con el culto adoraba a Dios, facilitándole el sonido de dichas campanas la convivencia del culto, el cultivo y la cultura.

Estaba el ambiente de los pueblos y de las ciudades lleno de campaneros, de los que algunos eran simplemente artistas. Yo me acuerdo del campanero Hipólito Rivarés, que actuaba habitualmente en la Catedral y conocí y hablé con Pascual Calvete, que “bateaba” las campanas en la iglesia de Santo Domingo y ejecutaba actuaciones de campanero en otras iglesias, porque ya era él, casi el único que conocía el arte o el oficio. Tanto es así que escribió en los últimos años de su vida un libro sobre las campanas.

Todas las campanas, como si de personas se tratase tenían su nombre, como la Santa María, la Migueleta que estaba y supongo que allí seguirá sonando en San Miguel, Santa Paciencia en la Iglesia de San Lorenzo que tuve la suerte, el día del patrón de Huesca, de verla en el suelo, cuando la iban a subir al campanario.(2003). La campana Santa Bárbara, que no recuerdo si era de Siétamo o de Arbaniés, llevaba escritas estas palabras: “Santa Bárbara me llaman- más de cien arrobas sumo-si no lo quieres creer-me levantarás a pulso”.

Hemos visto como estuvo basada la vida del hombre en la naturaleza y en la fe y ahora buscamos la cultura y la libertad y al mismo tiempo que descubrimos el mundo y el Cosmos, nos vamos descubriendo a nosotros mismos y a Dios.

De la basura al amor


Caminaba por el pequeño y agradable parque, que se encuentra haciendo las delicias de los niños y de los ancianos, entre la vía del tren que sube a Canfranc y la Avenida de la Paz. Me encontré a una señora inteligente, que subía buscando un cubo en el que echar unos cartones. Me paré a conversar con ella, porque siempre sonríe y pronuncia palabras, que te hacen meditar y pensar en la vida y en su fin, que es el principio de otra vida, que nos ha hecho darnos cuenta de qué los seres humanos necesitamos el amor con nuestros hermanos, para seguir gozando del amor eterno del Señor.

Era tan agradable aquella conversación, que nos sentamos en uno de aquellos bancos, que siempre están esperando que el calor humano, se ponga en contacto con ellos. En aquella situación de tranquilidad del espíritu y de gozo del cuerpo por el sol y la sombra entre las ramas de los árboles, apareció una pareja, en la que el hombre de unos cuarenta y cinco años, empujaba lentamente por las sendas de aquel bello parque, una silla de ruedas, en la que iba sentada, sin ninguna duda, la que era su madre. No decían nada, pero se notaba el amor que entre ambos se tenían, ya que el hijo, a un momento dado se paró, se puso delante de su madre y le arregló la posición de sus piernas, para que se sintiera cómoda, pero la madre, delante de su hijo no pudo menos que, con sus dos manos acariciarle su cara, para después besarlo tiernamente. En aquellos momentos pasaban a su lado una hermosa señora, acompañada de dos niños y una niña, que parece ser que notaron en sus corazones, el presente del amor entre ellos y su madre y el futuro del mismo amor, cuando les llegaran los momentos, en que ellos fueran ya mayores y su hoy, joven madre, se convirtiese en una anciana.

La señora y yo mismo, nos quedamos, después de contemplar lo ocurrido, admirados y absortos, pero luego ella, explicó la situación, de lo que le ocurre a un amigo suyo; éste tiene a su madre en una residencia de incapacitados, porque no se da cuenta de lo que pasa a su alrededor, pero el hijo, todos los días, antes de acudir a su trabajo, va a verla. Un empleado, conmovido por el diario sacrificio, le dijo: ¿cómo acudes cada día, si tu madre no se da cuenta de que vienes a verla? ; a lo que contestó el amigo de la señora: yo no espero que se de cuenta de mi presencia, soy yo el que gozo cada día del amor a mi madre.

Yo iba por el parque de paseo y la señora llegó hasta él, por deshacerse de la basura en un cubo del mismo lugar y se marchó no sólo limpia de sus despojos, sino enriquecida por el ejemplo de amor, que había contemplado.

Si cantan “os porpuz,quítate o capuz”

Llegaron al pueblo los “porputes o porpuz”, que es como llamamos en Aragón a las abubillas. Yo los miro con íntima alegría, porque son bello...