miércoles, 8 de abril de 2026

El agua en Aragón



Joaquín Costa, les decía a los muchachos de Graus:”escucháis el ruido que hace el río, pues son sus aguas las que lo provocan y que pueden convertirse en oro, porque haciendo presas y canalizaciones, esas correrían y podríamos regar Aragón”. El señor Hilario Mateo, al reflexionar sobre el significado de estas palabras, que su padre había escuchado a Joaquín Costa, explicaba con ellas el problema del riego en Aragón. Dicen que se quieren llevar el agua del Ebro a zonas lejanas, pero para mí, si no hiciera falta en las provincias aragonesas y en mi propio pueblo, Siétamo, me parecerían esos trasvases una colaboración con el bien común de España. Pero uno no puede aceptar que se lleven el agua, cuando en Siétamo han sido tres las ocasiones en que han fracasado los intentos de riego. La primera en el año 1822, se firmó un plan de riegos, entre Miguel Borruel, el constructor y veintitrés propietarios de tierras. Borruel decía:”El abajo firmado, me obligo, por el presente a dirigir una acequia para conducir el agua en el monte y término de este pueblo, empezando a abrirla desde el enfrente del molino del Lugar de Castejón de Arbaniés, llevarla por el terreno que crea conveniente en el monte de dicho Castejón, por la Rambla Carrascal de S. E. por encima del Torno, o , Molino de aceite de don Antonio Cavero, por detrás del Corral del Piquero, por Valdecán, a cruzar por una mina por detrás de la fuente alta, por detrás del huerto de don Felipe Banzo, por la Costera del Llano a desaguar al Pendón. Deberá proseguir la acequia por la falda de la cuesta de la morera, cuesta de Valdedona hasta la “buega” del monte del lugar de Bandalíés”. Explica a continuación las condiciones que pone para “la construcción de esta acequia, deberán darme y poner a mi absoluta disposición cuarenta hombres jornaleros diariamente y por el tiempo de cuatro meses y medio hasta llegar a desaguar al Pendón”.

Los veintitrés propietarios de las tierras, firmaron el contrato, que acababa con las siguientes palabras:”Y para que pueda servir esta obligación de Documento suficiente para hacer, se cumpla y execute en todas las partes que contiene, la firmamos en Siétamo hoy veinte y siete de Agosto de mil ochocientos veinte y dos”.

Los primeros que firman el documento son Esteban Almudévar y Antonio Cavero. Creo que fue una de las Guerras Carlistas, la que impidió la realización de estas obras. El día de la fiesta mayor, después de fracasada la obra, al salir de misa los vecinos de Siétamo, un vecino de Velillas, había colocado unas piedras imitando el paso por un río; se quitó las alpargatas, se las colgó en el cuello y empezó a cantar:”Los señores de Siétamo- pusieron el monte en huerta- y “pa” la Virgen de Nunca pasa el agua por la acequia”. Siguió con las coplas siguientes: ”Almudévar y Cavero , se pusieron los primeros-lo tuvieron que dejar- porque se acabó el dinero”. ¡Ay que me mojo!.

Intentó Siétamo de nuevo en 1918, en unión de los demás pueblos de la cuenca del río Guatizalema, regar sus tierras con el Pantano de Vadiello. Llegó la Guerra Civil y el Gobernador adjudicó el aprovechamiento de las aguas del pantano a la capital de Huesca.

El tercer intento fue el de regar desde Peraltilla los montes de Angüés, Velillas, Siétamo hasta Huesca con aguas procedentes del pantano del Grado, pero en una conversación entre tres hombres mayores, me he aclarado sobre este tercer fracaso del riego. Manuel Bagüeste, amigo mío, que vive en Huesca capital y que había escuchado a su padre, las palabras que pronunció Costa sobre el aprovechamiento de la aguas, afirmaba que en una finca de Buera, llamada Bachimaña, se llegaría a regar porque unos ingenieros, con los que había hablado en distintas ocasiones, mandaron colocar estacas por aquella zona , indicando el paso del Canal, pero “para la Virgen de Nunca, pasará el agua por la acequia”. Bagüeste me contó que un propietario desvió la acequia de Terreu para no regar su enorme finca, evitando de esta forma posteriores expropiaciones, pero dejó de secano a seis pueblos, entre ellos, Terreu y El Tormillo. Hilario Mateo,que trabajó en Auxini en la citada zona de Berbegal ( Monesma y Morillo),contempló como, para desviar el agua de la gran finca hacia otro lugar, hicieron un descenso por el que había de bajar el agua, con lo que se hubiera podido obtener electricidad para abaratar otros riegos por aspersión. Pedro Lalueza de Majones y hoy vecino de Huesca, dijo que viajando por San Lorenzo, Frula, Monte Susín, Orillena y otros, se quedó admirado de aquellas tierras, que antes eran desiertos, transformadas en vergeles. Menos mal que se han creado muchas zonas aprovechando el agua, pero Hilario Matías no puede olvidar cómo, cuando era niño, iban muchos por la calle cantando canciones que habían aprendido de sus padres, de las que una copla decía así:”El canal de los Monegros, no lo han hecho ni lo harán, porque los ricos no quieren, que los pobres coman pan”. Poco a poco van avanzando los riegos en los Monegros , pero cuando paso por Angüés, me dan ganas de llorar, cuando pasando por él, leo Calle de Don Joaquín Costa. Este pueblo agradecido, le dedicó a Joaquín Costa la Calle principal, pero ya no pasará nunca por allí, el Canal que les transforme el secano en regadío.

martes, 7 de abril de 2026

La señora Juana y los gaticos

 



Hace setenta y un años, ocurrió lo que hoy he recordado. Iba yo, con mis cinco años, acompañado por mi amigo Rafaelito , que todavía vive y jugábamos por la plaza Mayor del pueblo , cuando encontramos dos o tres gaticos pequeños, que debían andar buscando a su madre y yo mismo ,acompañado por Rafael, nos pusimos a hacerles la vida imposible, molestándolos y dándoles golpes con los pies. En la cara Sur de la Plaza ,vivía la señora Juana, en una casa , ya desaparecida; Era una señora ya mayor, a las que entonces las llamaban, simplemente viejas. Vestía como una de ellas, es decir con unas faldas de color negro, que le llegaban hasta los pies, calzados con unas viejas alpargatas y cubriendo su tórax, una camisa amplia, también negra. Su cabeza la tapada con una pañoleta, atada o sujeta con un alfiler o imperdible, por debajo de su cuello. Sólo dejaba ver sus manos y su cara. No tiene, por tanto que extrañar el ver las mujeres musulmanas con sus cabezas cubiertas con telas que recuerdan las pañoletas que llevaban nuestras ancianas. Vivía sola en su casica, porque tenía ya a sus hijos casados. Era dulce y buena y tenía su modesta casa limpia, con un cántaro y un botijo, sobre un cantaral, en el patio. Subía uno arriba y se la encontraba cerca del fuego del hogar, formado por cuatro ramas de carrasca, que recogía en el monte, donde las iba a buscar. Al vernos maltratar a los gaticos, nos hizo reflexionar con su voz femenina y a mí me impresionó y dejé a los animales, que vivieran su vida. No me produjo resentimiento su actitud, sino, al contrario porque me acuerdo que un día le llevé un pan que cogí en la masadería de mi casa. Me trató con un gran cariño, porque me hizo sentar en una silla de anea, frente a una mesica y me obsequió con un vaso de agua fresca, en la que echó una cucharada de azúcar y me dio una galleta María, que yo mojaba en dicha agua y me la iba comiendo. Era yo un niño muy pequeño, pero me sentía como si fuera un embajador, recibido y agasajado por una vieja reina. Yo le tenía un gran respeto, entre otras cosas porque la había visto varias veces, desde una ventana de mi casa, que asoma a la finca llamada Valdecán y justo debajo de ella, estaba despojado de cruces y de flores un ya abandonado cementerio. En su puerta se ponía la señora Juana, mirando al norte y rezaba y recordaba a sus antepasados. Yo creía que estaba rezando por sus familiares difuntos, pero, muchos años más tarde su hija la señora Concha me dijo que desde tal puerta se veía Santolaria, donde había nacido su madre y por lo visto hablaba con la Virgen de Sescún, para pedir por su familia y por los niños, para que no fomentáramos el odio, que más tarde en el año 1936, haría que los españoles se mataran con crueldad. Ella ya no llegó a ver tal situación, pero dejó en mí un recuerdo imborrable. Eso ocurrió hace setenta años, pero hoy he visto una gata con su camada de seis gaticos, escondida en una acequia. Estaba asustada y cuando veían a algún ser humano, ella se escapaba y sus hijos se ocultaban. Llegaron dos niños y dos niñas y al darse cuenta de la presencia de los gaticos, hacia ellos se dirigieron, pero estos se escaparon. Sin embargo, ¡cual sería su amor a los pequeños animales, que estuvieron esperando a que salieran!; al fin lo hicieron y ellos se hicieron amigos de la madre y la tocaban y la acariciaban y fueron a buscarle algo para calmar su gana de comer; cogieron el jamón que sus padres habían preparado para que merendaran y fueron a dárselo. ¡Qué diferencia entre los niños de entonces y los de ahora!. ¿No será porque entonces abundaban los animales en los pueblos y ahora que la gente se ha marchado de dichos pueblos, ya no quedan casi animales!. Los niños en las ciudades no tienen ocasión de convivir con los gatos y cuando los ven, sienten amor por ellos, que pasan tanta hambre, mientras ellos siempre están “fartos”. Los animales se comportan de acuerdo con sus instintos y los hombres somos libres, porque yo de niño les pegaba a los gatos y sin embargo ahora, los tratan con cariño. Es preciso educar a los niños en el uso de la libertad, para que triunfe el bien y caiga el mal. Yo después de pegar a los gatos, me hice veterinario.

domingo, 5 de abril de 2026

Ermita de Santa Elena, en la “cabañera del aire”


 

El pasado día ocho de Diciembre, me subió a Santa Elena el nieto del “agüelo”, ya difunto, Mariano Bercero. Desde esas alturas, tuve la dicha de contemplar esa Sierra legendaria e histórica, que va desde Tardienta hasta Alcubierre. Y desde este último pueblo hasta la ermita de Santa Quiteria, en Torralba, en viejos tiempos, San Caprasio visitaba los santuarios de San Simón y de la Virgen de Magallón, de la que son tan devotos los hijos de Robres, subía después a Santa Elena y acababa su romería en Santa Quiteria de Tardienta. En aquella elevada meseta de Santa Elena, contemplaba los Pirineos desde el Monte Perdido, el Turbón y otras múltiples cimas blancas por la nieve, que me hicieron reconocer que Torralba es, sin duda, Aragón. ¡Cómo se contempla la división del Alto Aragón entre la Montaña y la Tierra Baja!. Sí, porque desde estas alturas se ve perfectamente la “Osca” o puerta para pasar de la Montaña a la Plana de Huesca, que es, sencillamente, el Salto Rodán. Osca es palabra vasco-ibérica que significa puerta o apertura, de las que tantas se hicieron en aquella Sierra por los pastores en las orejas de las mansas ovejas. Por su pequeño tamaño se denominan “osquetas”. Allí al contemplar el Salto de Roldán, se piensa en el Emperador Carlomagno, que bajó hasta Zaragoza y el caballero Roldán, saltó con su caballo desde la Peña Men o Amán, al otro lado del río tan latino, el Flumen, a la Peña Sen o de San Miguel. Más allá pasa el río ibérico Isuela y más allá todavía los ríos de nombres árabes Guatizalema y Alcanadre. Los moros dejaron también su recuerdo en la torre Mudéjar de Torralba y llaman también Autovía Mudéjar, a la que sube desde el Ebro en Zaragoza hasta Francia por la Montaña. Y todo eso se ve desde el Santuario de Santa Elena en la Sierra de Torralba. Pero no sólo se puede meditar, en esas alturas, de las guerras y en las invasiones del pasado, sino que en estas quebraduras del terreno y estas parideras, hicieron una revolución por la justicia y el bienestar del pueblo los “bandidos generosos”, que llenaron de historias y leyendas toda la inmensa comarca de los Monegros, que desde Santa Elena se divisa. Todo esto lo narra muchas veces el cura don Rafael Andolz, en las aventuras del bandido Cucaracha. En aquellas quebraduras de la Sierra, crecen las carrascas, los pinos, las sabinas, los sauces, romeros, ontinas, tamarices y multitud de yerbas leñosas, como la barrilera que rueda y rueda, impulsada por el aire. En aquellos terrenos quedan multitud de parideras, hoy día, casi vacías, pero en esa “cabañera del aire”, no se dejan escapar la producción de energía, por medio de aquellos altos y recios postes, con sus aspas girando para producir energía eléctrica. Mi sobrino Marianer tiene como novia a Begoña y antes recorría la Sierra con sus ovejas y ahora corre por aquellos caminos para vigilar el funcionamiento de los “molinos movidos por el viento”. En Torralba siempre han sentido inquietud por el progreso, como se da uno cuenta al escuchar a Mariano Bercero, hijo del “agüelo”, cantar la jota, que reza: ”No te cases en Torralba,- ni te cases en Senés- vete a casar a Tardienta-que verás pasar “o” tren”. Y el nieto Marianer, ha visto cuidando las ovejas: el riego, la torre de la iglesia restaurada, la autovía Mudéjar y ahora ha dejado las ovejas, para ocuparse de los molinos de viento que crean energía. Por eso se sienten felices los de Torralba y cantan:”Torralba ya no es Torralba-que se ha vuelto capital-tenemos buenas piscinas – y a comer al Restaurán”.


La torera



Antes era difícil contemplar una corrida de toros en la que las mujeres hicieran el oficio de matadoras, pero no sólo había dificultades para el sexo femenino en esta actividad, sino en muchas otras, como por ejemplo en la faena de cortar el pelo a los hombres. Es un placer ver a una matadora con su cuerpo serrano y su belleza, tender su capote ante las astas de un toro bravo. Se emocionan hasta los corazones al pensar en la posibilidad de que ese cuerpo tan bello, sea lacerado por las defensivas astas del cornúpeta. Y uno piensa que si la torera sufriera una herida, la multitud que asiste a la corrida, ofrecería ríos de sangre para compensar la por ella derramada.

¿Qué pasa con otras actividades humanas artísticas o vulgares?. A mí se me ocurre el caso que presencié el otro día en una barbería. El dueño rapaba y arreglaba el pelo de las cabezas de los que por ahí iban a cortarse sus melenas y en estas llegó una hermosa joven, que al cliente que le tocaba ser atendido, le hizo una llamada torera porque se colocó al lado de la silla giratoria, con el paño en su mano ,como si de una capa torera se tratase, le presentó el culo de silla para que acudiera a sentarse en él y así que tal ejercicio realizó, tomó ella sus armas, no de matar sino de hacer su faena y con su tipo torero y la agilidad de sus manos, empezó a disminuir la larga melena que su “gachó”, substituto del toro que se oponía a la mujer torera. Eran unos pases al son del choque de las hojas de la cortante tijera y uno contemplaba complacido tal espectáculo. Pero ,de repente, dejó de oírse el sonido tijeril, porque en un descuído, se había introducido la oreja del cliente entre las hojas de la tijera, que produjeron un corte, del que, como en una corrida de toros, se veía salir sangre. El cliente, no como un toro enfurecido, sino como un caballero, que monta su caballo de rejoneador, esperó a que le hiciera los apaños de la lesión que se había producido en su oreja. Le puso agua oxigenada y después una tirita y ya libre la cortadora de orejas de ninguna preocupación, acabó de arreglarle la cabeza por sus pelos externos, porque los pensamientos internos producían inquietudes nerviosas al cliente.

Por último tuvo lugar el acto de la paga, que en la torera debe ser notable la cantidad que cobra , pero en la peluquería según había observado el toreado señor ,cobraban diez euros, pero grande fue su sorpresa , al ver que le cobraba diez euros y ochenta céntimos, al parecer por la faena que tuvo que desarrollar la torera con el agua oxigenada y la colocación de una tirita. El rejoneador, me causó admiración al ver que le daba de propina además de los ochenta céntimos de euro, uno más con veinte céntimos.¡Ay que ver las mujeres toreras y alguna barbera que gran respeto le tienen a los euros y qué caballeros son algunos señores, rejoneados y rejoneadores en la barbería!.

viernes, 3 de abril de 2026

Coscullano, un pueblo en la Sierra de Guara







Santuario San Cosme y San Damián

La Sierra de Guara, cuyo nombre tal vez venga del nombre vasco-ibérico“gora”, alto o arriba y en su pié, más debajo de Santolaria, quedan los restos del pueblo de Isarre, que también quiere decir parte baja. La Sierra por el Norte mira al Pirineo, pero en su caída hacia el Sur se convierte en un gran observatorio desde el que se ve la gran depresión del Ebro, empezando por el Somontano o tierra que está debajo del monte. Y como me dijo uno de sus habitantes, desde el Norte se observa, unas veces más que otras,el horizonte borroso, pero cuando miran los vecinos del Sur hacia el Norte, se ve todo claro. Eso me pasa a mí cuando miro desde Siétamo a Coscullano, pues lo veo muy nítido y muy próximo, con la blanca casa de Lorenzo Zamora Blasco como adelantada y cuando, desde la terraza de dicha casa miro para ver Siétamo, me cuesta reconocerlo, a pesar de suproximidad. Cuando desde Gratal se mira uno hacia Zaragoza, unas veces la ve y otras no, pero si no hay nieblas, desde la capital aragonesa siempre se ve el Gratal y la Sierra de Guara. Es la Sierra un monumento natural y así lo ha comprendido el hombre, pues la ha declarado Parque Natural de Guara. Ya se daban cuenta de su belleza muchos escritores aragoneses, como la tía del Conde de Aranda, Ana Francisca Abarca de Bolea, que llegó a ser Abadesa del Monasterio de Casbas y desde el cual se contempla toda la Sierra, sin obstáculos, en verano y en invierno. Ana Francisca no pudo resistir el impulso que la llevó a escribir un romance a Guara, que dice así: “Ya se ha dispertado Guara,/ ya se ve a medio vestir/ previniendo tocas largas/ por la muerte del Abril”. Salvador María de Ayerbe, en su obra “A través del Somontano”, escribe un capítulo dedicado a San Cosme y San Damián”, que debajo una peña están, como repiten los peregrinos que van a tal santuario. Cuenta cómo lo llevaban a San Cosme, a través de Angüés, por Carbas de Huesca, por Sieso y otras veces por Bierge, Labata, Yaso,Bastarás, Panzano y Aguas, recorriendo todo el pie de Sierra hasta la casa de las maderas, como la llamaban los habitantes de aquella zona tan boscosa,donde se hacía carbón vegetal.En aquella casa emprendían su camino hasta el santuario por “una serie de suaves pendientes y curvas pronunciadas,a trechos de camino real,en otros de herradura, que comienzan a deslizarse por un hoyo inmenso cerrado al poniente por un pequeño anfiteatro rocoso”. Ésta era también la ruta que usaban los somontaneses de Panzano, de Aguas y de Coscullano, para peregrinar el día de San Gregorio al Santuario de San Cosme y San Damián y cuando ya estaban cerca de él, veían su “blanca mole, tan adosada al rocoso muro grisáceo”, que explica la “añadienza” de “debajo de una peña están”. De la misma forma que a Salvador María de Ayerbe, le penetró la Fuente Santa en su corazón, pues escribe: “aun hoy subsiste para consuelo del creyente, deleite del artista, regalo del caminante y embellecimiento y poesía del sitio donde resuena, perenne, la plegaria mística de su cotidiano y manso deslizamiento”. ¡Cómo coincide la expresión poética del caballero con los sentimientos del pueblo de Coscullano y de Panzano, que ahora que están reparando la iglesia del Santuario, oyen la misa al aire libre, al lado de la Fuente Santa y si no tenían gran facilidad de expresarse en castellano como el poeta, porque lo hablaban mezclado con su fabla aragonesa, componían jotas que con cuatro versos de ocho sílabas, manifestaban sus sentimientos y su sensibilidad poética! Ramón J. Sender vivió la Sierra de Guara, llegando a titular uno de sus artículos “La sierra niña” y parece ser que se expresaba de tal forma, porque la amaba y la recordaba en San Diego, allá en California. En Balboa Park cuando “veía las ardillas... volaba con el recuerdo a la Sierra de Guara”, donde siendo casi un niño se recreaba mirando sus traviesos movimientos. Sender, aparte de la excursión a San Cosme y San Damián que hizo conducido en uno de sus coches por Bescós, que tenía su garaje de venta de coches, bajando a la estación de ferrocarril, se siguió trasladando a tan hermoso lugar. Escribió un artículo titulado “La Virgen de Fabana”, cuya ermita que se encuentra muy cercana al santuario de San Cosme y meditaba sobre la devoción a la Virgen, en las supersticiones “como el viento que canta por las gargantas o el sol que abrasa sin calor”. Las supersticiones se dan en el espacio de San Cosme, pues yo he conocido y tratado a uno de sus ermitaños, nacido en la parte oriental de la provincia, me contó que en cierta ocasión, estando cenando en la vivienda, varios señores oscenses, habiendo hecho una apuesta con ellos, tuvieron que salir corriendo del comedor, abandonando su opípara cena. Comentando con un vecino de Angüés, temas sobre el santuario, me expresó sus vivencias en sus alrededores, con numerosos gnomos. Yo le preguntaba qué era lo que comían y qué restos dejaban, pero él, que no había leído a Sender, creía ciegamente en los gnomos. El escritor no se limitaba a escuchar las campanas, cuando veraneaba en San Cosme, sino que “yo bandeaba las campanas los domingos, por detrás de la enorme loma rocosa por la que baja el Guatizalema, torrencial. Por encima vuelan las águilas”.Se mezclan en este lugar personajes variados, por ejemplo el Conde de Guara, que tiene allí su casa, igual que la tenía en Panzano, donde está su noble escudo, con el santero, que ahora duerme en Angüés y el que dirige la reparación del Santuario, que reside en Santolaria. Ahí van con frecuencia oscenses, entre los que se encuentra un gran jotero, que desahogan sus corazones cantando jotas, que a Sender le recordaban el Parsifal, porque “afirma que en Parsifal aparece la consagración del carácter aragonés típico, ya que la leyenda consiste en la exaltación del hombre puro y sin malicia”. Sender quería a aquellas personas sencillas, como su tía Jacinta, su abuelo el campesino y a la Hermana Adela, nacida en Chalamera, como me pasa a mí con los personajes que habitaron aquellos pueblos del pie de Sierra y de los que quedan tan pocos. Ya lo decía aquel profeta, nacido en Coscullano y que se llamaba Benedé, que afirmaba: “En este pueblo no va a quedar nadie” y así ha ocurrido. Por eso, cuando me encuentro con Lorenzo Zamora Blasco, que tiene los dos apellidos iguales que mi abuelo materno, lo venero, porque él no se quiere ir de Coscullano. Vive allí al pie de la Sierra, rodeado su monte por San Cosme, por la iglesieta, de la que ya no quedan casi ni restos, pero que en ella se encontró una pulsera visigótica, que está en el Museo, por el Castillo de Arraro, allá en Panzano y por el pueblo de Aguas, por el pantano de Calcón y por los olivos, a los que limpia cada año, por los “buchos” o bojes que adornan los montes y por las rojas “alborzas”. Cultiva su huerto, que se riega, con un ibón, que nace justamente encima del huerto. Está rodeado por personas a las que ama, como su esposa Aurita, sus hijas Carmen y Paz, su nieto Lorencito y su nieta Belén. Recuerda, como Sender, a sus padres, gente sencilla y buena, a su hermano Antonio, del que conserva una brillante biblioteca, de su hermana Maruja, que fue como la de Sender monja de Santa Ana y de su otra hermana Araceli, casada en Tierz. Así ocurrió con la Hermana Adela, de la que Sender escribió “Adela y yo” y si éste escribió sobre la monja, Lorenzo hizo que la enterraran en Coscullano, para que desde los cielos pidiera por sus escasos y sencillos habitantes. Se fueron sus hermanos, sus hijas y nietos, y viven en las ciudades, pero siempre que pueden van a visitar a sus padres y al pueblo de Coscullano, donde muchas veces te parece que estás escuchando Parsifal.

jueves, 2 de abril de 2026

El Instituto Ramón y Cajal, por los años cincuenta








Me he acordado del Instituto Ramón y Cajal de Huesca, al hablar con un amigo de mi hermano Jesús, con el que juntos estudiaban. He reflexionado sobre sus profesores, que formaban una cátedra de hombres y mujeres, que infundían un gran respeto por su sabiduría. Al oír pronunciar sus nombres me sentí impulsado a despojarme de la gorra, porque ¡Dios mío, qué respeto impone el ilustre nombre de Don Ricardo del Arco, que tantas obras escribió de la Historia de Aragón!. Me acuerdo de verlo pasear por el Coso, con su cabeza desprovista de cabellos, pero llena de ideas, con su cara redonda y con gafas de gruesos cristales. De Don Ramón Martín Blesa, me han recordado que era un hombre carismático, que buscaba el bien de los hombres y mujeres, sin olvidarse de sus tres hijos y dos hijas, cuyo porvenir le impulsó a ir a vivir en Zaragoza, para que pudieran realizar estudios universitarios. Su origen aragonés le inclinaba a vivir en Aragón, pues su primer apellido Martín se corresponde con el río que discurre por la provincia de Teruel, pasando al lado del pueblo de Blesa, con cuyos dos nombres coinciden sus apellidos. Su primera colocación la encontró en Mérida, donde conoció a Eulalia del Río que fue alumna suya. Logró ser destinado a Huesca, donde se encontraba muy bien y donde todavía, después de tantos años, hay muchos que se acuerdan de él y que lo quieren, como el farmacéutico don Francisco Almazán, que aparte de ser turolense, siguiendo los consejos de algún familiar de don Ramón Martín Blesa, se hizo una hermosa casa, en Chiclana, que se encuentra próxima a Cádiz. Allí convive muchas temporadas con su esposa e hijos, con la esposa de don Ramón, María Eulalia y con sus hijos, hijas y yernos. Para que sus hijos pudieran acceder a la Universidad, se vio atraído por la ciudad de Zaragoza, pero tuvo que bajar a vivir a la ciudad más sureña de España, es decir a Cádiz. En esta ciudad no se sintió desplazado porque era un hombre que se adaptaba con facilidad a todos los medios y a todas las personas, pues ya estaba acostumbrado a conocer distintos alumnos cada año. Alcanzó la cátedra de Termodinámica en la Escuela Náutica de Cádiz. Sacó también la cátedra de Química en Primero de Medicina. Se lo merecía porque antes de marchar de Huesca, ya le concedieron la Cruz de Alfonso X, el Sabio. .
En la finca de José María Puyuelo Sorribas, me encontré con el Coronel ya jubilado, Javier Martín Blesa y me asombré de encontrarme con un señor con los mismos apellidos que los de Don Ramón; le pregunté si era pariente suyo. Me dijo que era pariente un tanto lejano, pero que tenían un origen común en el pueblo de Blesa y en la cuenca del río turolense Martín. Pero aparte de recordar los orígenes en tierras de Teruel, me estuvo cantando la inteligencia de don Ramón, ya que todavía conserva su libro de Física, que él estudiaba en la Academia General Militar de Zaragoza. Cuando fue a la Academia de Toledo, siguió estudiando el mismo libro. Pero es curioso el placer que le producía estudiar temas tan serios, en un tan sencillo libro. Pero su cerebro no cesaba de crear ideas para traspasárselas a los jóvenes, pues sacó entre otras, la plaza de Química en el primer curso de Medicina. Javier Martín Blesa explicaba como todo el mundo hablaba maravillas de don Ramón, diciendo: ¡qué bueno era y qué buen profesor!. Se preocupaba de todo el mundo, como se preocupó de que sus hijos alcanzasen tres de ellos el puesto de catedráticos, como una hija suya alcanzó el cargo de Vicerrectora de la Universidad de Cádiz. Todavía seguían sonando los nombres de Don Virgilio Valenzuela, profesor de Filosofía, de Sánchez Tovar, que cuando te lo encontrabas, con su amabilidad, te contagiaba de la Historia de Aragón. El profesor de Lengua don Miguel Dolc, con su esposa Dolores Cabeza organizaron el año 1956 una obra teatral, que representaron en el Olimpia, titulada “La Santa Virreina”. Pero el año 1958, el día siete de Marzo, día de Santo Tomás, dirigidos por don Virgilio Valenzuela, los alumnos de sexto curso, entre los que se encontraban Francisco Almazán, Pardo , hijo del ferretero de la calle de Goya, Fernando Bagé, cuyo padre fabricaba básculas y la símpática chica María Fernanda Pesini, representaron la obra de Miguel Mihura, titulada “El caso del señor vestido de violeta”. Era el caso humorístico de un torero al que le entraba un complejo de “viejecita”, cuando se vestía de luces. El director del Teatro era don Virgilio Valenzuela, pero siempre estaba presente la colaboración del Director del Instituto Ramón y Cajal, don Ramón Martín Blesa, que intentando ayudar a sus alumnos, convertidos en actores, estaba entre los bastidores. Tenía inquietud por el cerebro de sus alumnos y trataba de guiarlos con las obras de Teatro, pero le preocupaba tanto la salud de sus cuerpos, pues formó un equipo de fútbol con el que se sentía unido, ya que se le veía correr por la banda del terreno de fútbol, animando y aconsejando a los jugadores. En dicho equipo jugaban, Ernesto Puertas, hijo de la profesora de dibujo, ”Fito” pariente mío de Santolaria, Antonio Escartín, casado hoy en día con la pintora, Maestra y poetisa Asunción Laplana, José María Franco, actual farmacéutico de la Farmacia Mingarro y entre otros muchos Carlos Auría que dirigió la Farmacia Auría.
Francisco Almazán jugaba al fútbol y ahora, desde Huesca, vive de los recuerdos de Don Ramón Martín Blesa, del que recibió formación y conserva una amistad, rayana con el parentesco de toda su familia.

MOLINO DE VIENTO



Molino de viento a Pedro Saputo.-

Bajo la dirección de S.Ramos Almodóvar se publicaba en Córdoba una revista mensual ilustrada, titulada "Letras Regionales" y en Febrero de 1928, Santiago Camarasa, escribía sobre el tesoro artístico español, el artículo "Gloriosos testigos del pasado". Trata de los molinos de viento y dice: "No importa que por el abandono pasado fueran desmoronándose bastantes molinos; no importa que éstos fueran antes muchos; lo que importa ya, y grandemente, es que los que quedan, los pocos que subsisten aún, se conserven, se restauren; que los que son ruinas dejen de serlo; que empiece efectivamente la defensa del molino de viento, volviendo a ser, no la riqueza de antes, porque la mecánica hizo conquistas extraordinarias desde su época y sería ridículo su aprovechamiento como entonces, pero sí el ornato de las llanuras manchegas, como lo fue antaño".Añade que la fuerza del aire que movía las piedras de los molinos, representa algo que supone el progreso de la Humanidad por ser los molinos los precursores de la fuerza motriz de cientos de caballos, que mueven los motores de las modernas fábricas que han hecho progresar al mundo. Este Almodóvar parece que veía venir los nuevos molinos de viento o molinos eólicos, que llenan nuestras tierras hermanas de Navarra, que la han hecho producir con ellos, toda la energía eléctrica que necesitan. Tanto es así, que como final de la operación de llenar los altos de sus tierras de molinos eólicos, han levantado uno clásico, no me acuerdo exactamente donde, para rendir homenaje a los antiguos molinos de viento, padres de los actuales. Pero mi casi homónimo, Almodóvar dice: "Son esos molinos (además de una reverencia a la fuerza motriz) la reverencia al gran Cervantes y propone que en aquellos lugares de las andanzas de Don Quijote, lo mejor que se podría hacer es levantar como monumento al Caballero de la Triste Figura, un molino de viento". Pero estamos en Almudévar, según el genial escritor Braulio Foz, patria de Pedro Saputo y según Don Rafael Gastón Burillo:"El símbolo de Pedro Saputo y de Almudévar, que es Aragón entero, puede iluminar con sus enseñanzas y deleitar con su belleza, áspera y rebelde cuanto grata, a todo el mundo".Y en el caso que me ocupa, ¿en qué debe consistir la enseñanza que deleite a todo el mundo?,pues sencillamente en levantar otro molino de viento como aquel que en siglos pasados entregara el Rey Don Jaime II a mi antepasado Juan de Almudévar, portador de dicha Villa. Esto último se puede leer en el número 38 del Argensola del año 1959 y ocurrió en 1311.(Angel Conte en la Encomienda del Temple de Huesca). "Es curioso observar la cantidad de molinos, que los templarios principalmente, dirigen en Aragón y casi todos ellos movidos por corrientes de agua, pero en Almudévar, al no correr aguas por su superficie, había molinos de viento". En el libro del Almudévarense o almudevano Aliod y de Gabriel Ponce en la página 48, dicen que el molino de viento lo dió el Rey a Juan de Almudévar, que además de portario "era un personaje influyente y cercano al Rey". Braulio Foz, nacido en Teruel, encabeza los diez primeros capítulos de su obra Pedro Saputo con las diez letras que forman su nombre, pero no escribió su novela sobre su provincia natal, tal vez por evitar alusiones a sus naturales y como dice Rafael Gastón Burillo, refiriéndose al protagonismo de Almudévar :"Si alguien creyera que la Villa de Almudévar pudiera sentirse molestada o menospreciada por la obra de Foz, grave error es el suyo. No es Almudévar ,sino Aragón; y no es menospreciada, sino elegida precisamente como símbolo de las tierras aragonesas para presentar en ellas la obra vivificadora de que son capaces". Si, porque a Braulio Foz le parecía ver que el espíritu aragonés iba decayendo y para evitar esa caída en el ideal de verdad y de justicia de lo aragoneses, con su obra de Pedro Saputo quiso darle unos latigazos (zurriagazos), para que "Almudévar, entre la montaña y la llanura, velase por el destino de los pueblos".(Rafael Gastón Burillo). La obra de Braulio Foz nos trae a la memoria el Quijote de Cervantes, porque Pedro Saputo(sabio) representa la "razón natural", para conducir a su pueblo al progreso, de la misma forma que Don Quijote fue un ejemplo de los ideales de los caballeros protagonistas de aquellas novelas. "Y así como don Quijote veía unos gigantes donde sólo había unos molinos, Pedro Saputo veía en Aragón convertirse en sólo molinos lo que pudieran ser gigantes". Es curiosa la situación histórica de la Villa de Almudévar, porque está por arriba y por abajo, rodeada de tierras regadas por ríos, donde los templarios y otros, construían molinos, pero al no ser regada en sus términos, construía molinos de viento y es en ella donde se fijó Braulio Foz para escribir su genial obra, tan poco aprovechada por los aragoneses,"Vida de Pedro Saputo". Braulio Foz escribió su obra para animar a los aragoneses a crear riqueza y así como los navarros han edificado un molino de viento, después de hacer multitud de molinos eólicos, los de Almudévar deben construirlo antes de que empiecen a situar en ella, los mismos molinos creadores de energía.

El agua en Aragón

Joaquín Costa, les decía a los muchachos de Graus:”escucháis el ruido que hace el río, pues son sus aguas las que lo provocan y que pueden c...