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| Virgen de la Esperanza de Siétamo. |
Escritos de Ignacio Almudévar Zamora
lunes, 20 de abril de 2026
La Posada “Abadía” de Siétamo
domingo, 19 de abril de 2026
El árbol y el agua

sábado, 18 de abril de 2026
¿Hay poesía en las grandes ciudades?

Yo he vivido siempre en ambientes rurales y de pequeñas ciudades. Cualquier cosa en estos medios resulta entrañable e invita a la poesía. De las grandes ciudades sólo tengo noticia por los periódicos, por las revistas y por haber pasado someramente por ellas. Y la verdad es que su imagen me resulta deprimente. Me pregunto:¿será posible que en las megalópolis no exista poesía?. En las películas americanas se ven caer hombres y mujeres, desde lo alto de los rascacielos, unos impulsados por su propia desesperación y otros por una mano, cuyo dueño se esconde en las sombras. Las novelas describen con toda suerte de detalles, cómo cuatro muchachos de catorce años arrastran fuera del paseo, hacia los árboles, a una enfermera vestida de blanco, de unos dieciocho años. En el barrio de Harlem las ratas viven o sobreviven en compañía de los negros, que no hacen más que eso, sobrevivir.
De París tenía una imagen romántica; me había creído a Maurice Chevalier cuando cantaba “Ma pomme”. Indudablemente él y otros trataban de descubrir a los parisinos algún aspecto poético de París. Y sacaban a la luz la Ciudad “Lumière” y a los “clochards sous les ponts de París”. Yo fui a Paris a tratar de descubrir estos aspectos poéticos, pero sólo descubrí, alineadas a lo largo de algunas calles, mujeres blancas, negras o amarillas, que se ofrecían al mejor postor. También había seres humanos de sexo indefinido y pechos turgentes, que ofrecían su artificio a hombres y mujeres indistintamente.
Había negros de la negritud francófona, que extendían sobre las aceras sus pobres mercancías, consistentes en collares de semillas y pequeños “tam-tams”, y era lamentable ver cómo eran arrojados de sus puestos de venta por la policía.
En los escaparates las maniquís humanas, inmóviles, imitaban a las muñecas articuladas y estas, a su vez, casi se identificaban con las humanas. ¡Qué morbosa competencia!. Los “clochards” van cambiando las bóvedas de los puentes por las menos románticas, pero más cálidas del Metro. Sentados unos y acostadas otras sobre los bancos de la estación, bromeaban borrachos, escondiendo sus botellas a la sed de sus compañeros. Era un día de elecciones y uno de los discípulos de Baco, levantando su botella en actitud de brindis, exclamó: “¡Yo he votado a la derecha, porque la izquierda dice que los vagabundos tienen que acabarse!”.Este fue el único canto a la libertad que escuché en París.
Estos días hasta nuestro divino Dalí ha salido desengañado de la capital del arte. Su exposición ha sido boicoteada por una huelga. Se ha marchado exclamando:”Paris c’est fini”
Pero a pesar de estos cuadros, que he intentado describir, no me resigno a creer que no exista la poesía en las grandes ciudades. Me acuerdo de aquel negro americano que hizo amistad e la celda de su prisión con un ratón con el que compartía el queso. Y me viene a la memoria el preso medieval, pobre cuitado, que ni sabía cuando era de día, ni cuando las noches eran, sino por un pajarillo que le cantaba al albor. No me extraña que el negro fuera amigo de un ratón, pues yo, de niño, era amigo del ratón Pérez y hoy a mi hija Pilar se le ha caído un diente y el mismo ratoncito le dejará un pequeño regalo. Y también me imagino a “Mickey Mouse” haciendo felices a los niños americanos. Y el borrachín del metro parisiense, brindando por la libertad, pone una nota de ilusión en mis tristes pensamientos. Y deduzco que allí, donde haya seres humanos tiene que existir poesía.
viernes, 17 de abril de 2026
La cuadra de mi casa de Siétamo
He escuchado una conversación entre arquitectos, que están tratando de aprovechar todos los fenómenos naturales, para que los seres humanos vivan agradablemente. Yo siempre he gozado de las cosas naturales, como si soñara en estos goces de la energía del sol en los tejados, del calor que debajo de la tierra contribuye a calentar los pisos. Y yo conservo el cantaral de nuestra casa con sus cántaros y su botijo. Se puede encontrar también el encanto en cualquier lugar sencillo, incluso en una cuadra. Para el que por su condición de ciudadano o para ese joven de pueblo que conduce un tractor, puede sonarles algo extraño eso de que la cuadra tenía sus encantos. Quizá no se haya escrito mucho sobre este tema, pero cuando la Sagrada Familia se refugió en un establo, entre una mula y un buey, no sé si lo haría por encontrar en él ese humilde encanto del que he hablado o por la razón pragmática de gozar del calor que con su aliento y con la irradiación de su extensa piel, producían tan voluminosos animales, pero en todo caso se creó un ambiente encantador, tanto, que todo el mundo cristiano lo reproduce, después de dos milenios, en las fiestas navideñas.
En la cuadra languidecía la pobre luz de la bombilla de quince watios, un olor medio aromático de paja seca con fiemo caliente, vaporoso, evacuado por las mulas y un ambiente uniformemente templado hacía que en el establo se estuviera bien. En el resto de la casa el frío era glacial; en el hogar casi se había consumido la leña y el escaso calibo lo había tapado la abuela, para que al día siguiente, después de escalibado, prendiese la ramilla y los tueros recios para freír el almuerzo, calentar el caldero y la cena, secar los peducos del hombre al volver del monte y echar la última calentada. Aquel día, al enterrar las pocas brasas que quedaban con la ceniza, bajamos a la cuadra para mirar como las arañas se movían por sus telas, como las pocas moscas que quedaban, torponas con la estación fría, se enganchaban en las redes para ser devoradas y como la mula torda se echaba pedos; Jorge le levantaba la cola y le ponía una cerilla apagada cerca del “cagadero” y cuando salía el gas se encendía con un ruido de soplido que se acababa cuando la llama alcanzaba su apogeo, al oír el macho morico ese soplido, él resoplaba: brrrrrr……y batía ·a coda, mascando con un ruido característico los cuatro granos que le quedaban y que rebuscaba golosa entre la paja del pesebre. Dábamos volteretas los niños, mientras tanto, sobre la colchoneta de pinocheras del camastro y comprendía que el Niño Jesús hubiera querido nacer entre una mula y un buey. Jesús pudo haber nacido en un castillo pero prefirió el encanto del establo, de la sombra de las palmeras y el de una humilde carpintería al encantamiento seductor de los castillos encantados. El encantamiento de esos castillos, su maleficio, en unos casos producido por fantasmas, muchos de ellos revestidos con sábanas y sonorizados con cadenas ,pero Kafka entendió que en “El Castillo” se encerraba el fantasma del poder, muchos hombres quieren tener acceso a su recinto atraídos por un encanto no natural, que no llena de gozo los sentidos y el alma sino por un encanto alucinante y alienante producido por el encantamiento maléfico, que ejerce el fantasma del poder. Del encanto del establo hemos pasado al desencanto del Castillo a través del encantamiento; se trata de un desencanto por desengaño.
Fray Luis de León dice: ”Despiértenme las aves con su cantar sonoro, no aprendido; no los cuidados graves de quien siempre es seguido, quien al humano trato está atenido” y en estos versos queda definido ese paso del encanto al desencanto, pero muchas veces se encuentra uno con estadios intermedios, que reflejan o producen en el alma, asombro unos, angustia vital, melancolía o nostalgia otros.
En aquella cuadra, mejor dicho en el espacio empedrado que cubría el declive que iba desde la puerta hasta la cama de paja de las caballerías; al encender la mísera luz, descubría uno como caminaban torpemente las negras y pesadas cucarachas, que a pesar de su fealdad no producían la repugnancia de las marrones y ligeras que aparecen hoy en los mostradores o bajo las cafeteras de algunos bares.
jueves, 16 de abril de 2026
Las Campanas

He pasado por Salinas de Jaca, por Hostal de Ipiés, por Orna, por Centenero, por Ena, y por Botaya y en alguno de esos lugares pude escuchar voces humanas, pero en otros ni se oían ni se veían seres humanos. Se van despoblando, poco a poco, los pueblos, como ya hace años se quedó sin habitantes el antiguo pueblo de Salinas de Jaca, para ser sustituido por otro más nuevo, al lado de la carretera.
En el antiguo estaba de campanero Mariano Bastarós, que hasta sus ochenta años hizo sonar las campanas, pero no se murió hasta los ochenta y seis. Las hacía sonar no muy deprisa, pero con un hermoso sonido, bandeando dos campanas simultáneamente.
Llegó más tarde, allá por los años cuarenta y cuatro, un cura del pueblo de Ena, que además de sacerdote era labrador, herrero, colmenero y carpintero. Se llevó el reloj de la torre, para arreglarlo, como él mismo afirmó, pero no pudo hacerlo porque le faltaba el repetidor, que quiso reconstruir, pero no pudo. Estaba dicho reloj en la torre de la iglesia y hacía sonar las campanas del campanario cuando daban las horas. En el pequeño pueblo de Lallana, muy cerca de Sádaba, pudo arreglarles un reloj; no le pasó como con el de Salinas de Jaca.
En el pueblo de Ena colocó un cable, que hacía sonar las campanas desde el altar.
Al quedarse viudo, se hizo sacerdote y se instaló de cura en Ena, cerca del pueblo de Orna, que también está próximo a Hostal de Ipiés, donde al fin se construyó una casa, en la vivió hasta su muerte. Se llamaba el cura, labrador, herrero, campanero, relojero y colmenero, Don Andrés Gavín. Todavía se acuerdan de él en los pueblos de Botaya, Orna, Hostal de Ipiés, Ena, Centenero y Bernués. Desde luego que son pocos los que lo rememoran porque, son pocos los que todavía viven en aquellos lugares. ¡Cómo se acuerda de él, el señor Sebastián Grasa, que en Octubre va a cumplir los cien años de edad!. ¡Cuantas generaciones han vivido en los citados pueblos, para que ahora queden tan pocos habitantes, que no repican como entonces las campanas, pero que en las fiestas acuden desde Barcelona o desde Zaragoza, para lanzarlas al aire, para que suelten bellos sonidos, que les recuerden su niñez y a las viejas generaciones!
Tenía un buen carácter y le gustaba comunicarse con todo el mundo y sobre todo tenía en cuenta aquella frase evangélica que dice: ”dejad que los niños se acerquen a mí”. Esa falta de orgullo, lo llevaba a conversar con cualquiera. Tenía siete toneles de vino y cuando llegaba alguno, tenía que probarlo de todas las añadas, incluso aquellos vinos, que ya eran como el coñac. Les decía: no tengáis miedo, que si os caéis, os cogeré yo.
En esos pueblos y en todos los de la provincia, sonaban las campanas cuando llamaban a los fieles a misa y al rosario o cuando se celebraban vísperas en algún pueblo, dedicadas a su santo patrón; para la Pascua de Resurrección, cuando quitaban los velos que tapaban los retablos, tocaban fuerte las campanas. Con un repique muy especial, sonaban los toques de difuntos, que eran muy tristes. Estaban los vecinos en los caminos y en los huertos y algunos cuando escuchaban las campanas, se emocionaban y alguno incluso lloraba. En ocasiones, cuando el difunto era algún niño o niña, tocaban a “mortichuelo” y lo hacían con cimbalicos o con otras campanas pequeñas. Acompañaba el sonido de las campanas a las procesiones y casi nunca faltaban los curas a decir misa en los pueblos más pequeños. Los mozos daban la paliza a las campanas haciéndolas sonar con motivo de las fiestas y no paraban de bandearlas o voltearlas durante mucho tiempo, pero no sólo eran los mozos los que las hacían repicar, sino que las mozas en día de Santa Águeda, eran las que subían al campanario y con un gran esfuerzo las repicaban e incluso les daban vueltas, bandeándolas. El Día de las Almas, que se celebra el día dos de Noviembre, cada dos horas tocaban las campanas.
Había campaneros en los pueblos y en las ciudades y a veces hacían sonar esas campanas con cuerdas o con cables, pero en las grandes ocasiones acudían los mozos a anunciar a todo el mundo que era fiesta. Cuando había incendios, sonaban las campanas con mucha fuerza y “aprisa, aprisa”, haciendo que todas las campanas fueran repicadas. Cuando venía una tronada, en los pueblos donde no había “esconjuradero”, algún valiente que vencía el miedo que le producían los rayos, se subía al campanario para que al escuchar el repique de las campanas, el Señor evitase que las nubes lanzaran sus terribles rayos.
En Biel estaba la campana de los perdidos e iba el sacristán y cuando se hacía de noche, tocaba, para que nadie se perdiera, lentamente: plon, plon, plon.
Antes, como hemos visto, con las campanas se comunicaba la gente, pero ahora, cuando pasas por uno de esos pueblos, no escuchas a nadie, pero dichas campanas también están calladas y no comunican la alegría de Pascua o de las bodas, ni las tristezas de los entierros, ni llaman a los hombres para apagar el fuego.
Las campanas unían al hombre con Dios, elevando los espíritus y convocándolos a todos y una prueba de esta afirmación, la tenemos en el pueblo de Siétamo, donde Antonio Larraz Barraca, nacido en 1892, cantaba “Las campanas de mi pueblo-si que me quieren de veras-cantaron cuando nací-y llorarán cuando muera”.
Y es que ese tocar y sonar, doblar, voltear y repicar y en aragonés “batear”, iba formando el corazón de aquellas gentes, recordándoles las ilusiones, su vida religiosa y los juegos, fuegos y trabajos y les llevaba a la conclusión de no eran la tierra, el silencio y la muerte la vocación del hombre, sino “el Ser, la Palabra y la Vida eterna”, porque veían la luz en las montañas y en la nieve, que con el brillo que le proporcionaba el sol, les hacía más fácil descubrir, más allá, el brillo de la eternidad.
El hombre vivía feliz comunicándose por medio de las campanas y cultivaba la cultura con el espíritu y la naturaleza con su cultivo y con el culto adoraba a Dios, facilitándole el sonido de dichas campanas la convivencia del culto, el cultivo y la cultura.
Estaba el ambiente de los pueblos y de las ciudades lleno de campaneros, de los que algunos eran simplemente artistas. Yo me acuerdo del campanero Hipólito Rivarés, que actuaba habitualmente en la Catedral y conocí y hablé con Pascual Calvete, que “bateaba” las campanas en la iglesia de Santo Domingo y ejecutaba actuaciones de campanero en otras iglesias, porque ya era él, casi el único que conocía el arte o el oficio. Tanto es así que escribió en los últimos años de su vida un libro sobre las campanas.
Todas las campanas, como si de personas se tratase tenían su nombre, como la Santa María, la Migueleta que estaba y supongo que allí seguirá sonando en San Miguel, Santa Paciencia en la Iglesia de San Lorenzo que tuve la suerte, el día del patrón de Huesca, de verla en el suelo, cuando la iban a subir al campanario.(2003). La campana Santa Bárbara, que no recuerdo si era de Siétamo o de Arbaniés, llevaba escritas estas palabras: “Santa Bárbara me llaman- más de cien arrobas sumo-si no lo quieres creer-me levantarás a pulso”.
Hemos visto como estuvo basada la vida del hombre en la naturaleza y en la fe y ahora buscamos la cultura y la libertad y al mismo tiempo que descubrimos el mundo y el Cosmos, nos vamos descubriendo a nosotros mismos y a Dios.
miércoles, 15 de abril de 2026
Las lágrimas van al mar y los gases van al aire.-
martes, 14 de abril de 2026
La materia y el espíritu
Contemplando
la Sierra, que nos guarda del frío que viene del Norte, me doy cuenta de todas
las cimas, que en ella se suceden y que nos indican a los hombres que tenemos,
no sólo la materia, sino el espíritu, que, muchas veces, desconocemos y
despreciamos. Pero la noche del día dieciséis del mes de Enero del año pasado,
en este Restaurante “El Faro de Sepes, se celebró la “Fiesta del tocino
solidario”, conjuntamente, por los Hermanos de la Cruz Blanca, representando al
espíritu y por el “Faro de Sepes”, haciendo gozar al pueblo de la materia de un
tocino, cerdo, cochino y marrano. En aquel salón-comedor se unieron la materia
y el espíritu, recordándonos a los allí presentes que hay que trabajar para la
renovación de la Tierra. Sí, porque allí dominaba el espíritu del amor entre
los hombres y mujeres de este mundo, porque se repartían entre los comensales y
entre los miembros de la familia que crearon aquellos sabrosísimos platos, no
sólo sonrisas, sino deseos de ayuda mutua. Los “camareros” no vacilaban en servir
a los que pedían “pan, vino o tocino”, igual que los que gozaban del paté, de
los “calamares” de cerdo o del jamón o de las migas, plato humilde y con sabor
divino. Les ayudaban a alcanzar los platos, las fuentes y los vasos, a través
de aquellas mesas, en que se habían unido los colaboradores de los Hermanos de
la Cruz Blanca, como Jesús reunió a los apóstoles en la mesa de la Sagrada
Cena. Después de la cena, sorteaban regalos de distintos orígenes y todos se
alegraban y reían ante los premios que se iban concediendo por sorteo a los
asistentes y muchas veces, éstos demostrando una gran solidaridad, entregaban
su premio a la “Hucha” de los Hermanos de la Cruz Blanca. Entre los premios
figuraba un magnífico pavo, que había regalado uno de los que trabajan en el
“Faro de Sepes”, de los que cría en Monflorite y el comensal premiado, lo
regaló a los administradores de la “Hucha”, para ayudarles a repartir el “pan
con el sudor de su frente”. Se veía ese amor al trabajo, pues un hermano de la
Cruz Blanca, cuando había que entregar un saco de pienso compuesto a uno de los
premiados, lo levantaba con sus fuertes brazos, se lo cargaba sobre sus hombros
y lo llevaba a la entrada del comedor, para que el premiado no tuviera que
esforzarse. Hace ya bastante tiempo, mi amigo Sergio trajo de Madrid una
hucha-cerdo de hierro. Representaba un cerdo, pero con alas, pues el autor
quería hacer ver la virtud espiritual del ahorro, unida a la realidad material
del cerdo. Estaban representados en la figura de esta hucha, el espíritu de los
Hermanos de la Cruz Blanca de recoger la materia suficiente para dar de comer y
proporcionar una vida agradable a todas las personas, despreciadas por la
sociedad y esa materia estaba representada por el cerdo. Todavía quedan hombres
y mujeres que en los pueblos, poseen una hucha para pasar el invierno, que es
el cerdo, al que sacrifican en el Otoño y consumen durante el Invierno, con su
carne, sus jamones, las tortetas y las morcillas. En esta Fiesta del Tocino
Solidario, el cocinero del Faro de Sepes, nos ha hecho experimentar el paso de
la materia al espíritu, por medio de las tostadas de paté casero, las de
tocinico salado, el lomo de cerdo con salsa de manzanas y mostaza y jamón
fresco asado al horno. Al consumir las migas me acordé de pedir: “El pan
nuestro de cada día, dánosle hoy”. Esta oración evangélica, hace ver al Hermano
Javier, subdirector de la casa de los Hermanos de la Cruz Blanca, pensando que
todos los hombres y mujeres formamos parte de una enorme familia, porque en el
periódico “Huesca y la Hoya”, dijo: ”somos una familia numerosa”. El jueves por
la tarde entré con un amigo, en la Residencia y allí acudían muchas personas a
saludarnos y a vernos. Uno se emocionaba ante ese recibimiento y pensaba como
en el Padre Nuestro, pedíamos el pan de cada día, pero uno piensa que no se
debe pedir para nosotros mismos, sino para todos los seres humanos. Cuando veo
al Hermano Javier me doy cuenta de cuánto ha luchado él con los otros Hermanos
de la Cruz Blanca, para levantar ese auténtico Hotel para los pobres. Y pienso
también en la caridad de tantos cristianos que han aportado aquello qué han
podido, para lograr esa feliz estancia de los necesitados, en la Residencia,
donde algunos pintan o fabrican velas y hacen gimnasia, alimentándose como
dignos hijos del Señor. Por eso, por el amor a nuestros prójimos y nuestro
respeto a los Hermanos de la Cruz Blanca, hemos acudido a esta cena en que han
colaborado los dueños y personas de este Restaurante, para mostrarnos
solidarios con ellos, para que no se cansen de su esfuerzo y nosotros mismos
nos animemos a luchar por los necesitados, y más en esta época de crisis que
estamos sufriendo. Todo es necesario, la materia del tocino, con el que nos
alimentamos y el espíritu de los hermanos de la Cruz Blanca junto al de los
asistentes a esta cena, impulsados por la caridad y la justicia.
La Posada “Abadía” de Siétamo
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