jueves, 23 de abril de 2026

El cabezón de Agüero











A las bocas de las cuevas (os foraz) que perforan el Cabezón de Agüero, llegaron unos espeleólogos de Zaragoza, dispuestos a desvelar los secretos que, se supone, encierran.

Se sabe que las cavernas, en su interior, gozan de una temperatura poco variable a lo largo de las distintas estaciones, y aquel muchacho de Agüero, al asomarse en verano, sentía un fresco agradable y al hacerlo en invierno, acariciaba su rostro una suave caricia de calor. Su abuela le había dicho que por algunas cuevas se accedía al infierno y el mosen le había enseñado que en tan espantoso lugar el fuego era eterno; de allí deducía que no debía tratarse de unas bocas infernales, pues de lo contrario no podrían brotar frescas emanaciones en verano. A él le parecía que su vieja vecina estaba mejor encaminada que su abuela, cuando le decía que allí moraban brujas, que desde las bocas del Cabezón, saltaban al vacío sobre sus escobas, en las noches de plenilunio. Yo no sé lo que dedujeron los espeleólogos zaragozanos del Cabezón de Agüero, pero a mí me aclaró muchos de sus misterios Sebastián Grasa, natural del próximo pueblo de Salinas de Jaca y que tiene una edad de noventa y ocho años. Su apellido es equivalente al de los Garasa, tan frecuente uno como otro en nuestra provincia y de raíz vasco –oscense; es lo mismo que pasa con el nombre de Sarsa, derivado de Sarasa. En este Cabezón debían encontrarse las cuevas de Os Foraz (los agujeros), ya que ahora las buscan y no las encuentran, pero en aquellos viejos tiempos había más gente en Agüero y con más preocupación por su ambiente local, que en estos nuevos tiempos. En esas cuevas vivía una enorme culebra, a la que mantenía un pastor con calderos de leche y cuando se los llevaba, exclamaba:¡Mariquita del caldero!, a cuya llamada salía, se “fartaba”, hasta que un día, no se sabe si por algún desengaño o por tener una naturaleza demoníaca, lo dejó tieso al pobre pastor como un palo. En estas cuevas tuvo que haber reuniones brujeriles o aquelarres, presididas por el Gran Cabrón, igual que las hubo episcopales en la Peña Los Tres Obispos, que se encuentra en el mismo término y en la que se encontraban los epíscopos de Huesca, de Jaca y de Navarra. Dentro de la Peña debe haber alguna balsa, como en Chaves y Solencio o el Turbón, en la que las brujas agitaban sus aguas antes de iniciar sus vuelos con las escobas. No sé si esta Peña era la “huega” o el límite de los tres montes de Agüero, Salinas y Fuencalderas y si dentro de ella estaban Os Foraz (los agujeros o cuevas).

Y es que en Agüero, se conservan recuerdos de la lucha entre el bien y el mal (ya medio apagados), como en otros lugares de la cordillera pirenaica, que son templos de la Naturaleza, que fueron sedes de culturas primitivas. Recordemos las brujas del Valle navarro del Roncal, que dicen dirigían sus vuelos a Zugarramurdi, pero que lo harían también a su cercano pueblo de Ansó y a otros lugares que también eran parte del reino navarro-aragonés, como Agüero. La doctrina católica, representada por los obispos se empezó a propagar por los Pirineos en el periodo visigótico, fundándose el Monasterio de San Victorián y se generalizó cuando los moros se apoderaron de casi toda España y acudieron a ellos los cristianos del Valle del Ebro. A San Juan de la Peña vinieron a gozar de la libertad de los cristianos y acudieron desde Zaragoza, entre otros muchos los jóvenes Félix y Voto. Así como hubo templos de la Naturaleza, atendidos por las brujas, en Agüero está la bella Parroquia, con el sonido de su órgano y “el influjo clásico se nota también en la arquitectura y en la escultura románicas del Alto Aragón(San Juan de la Peña, Loare, Agüero, con la preciosa aunque ignorada iglesia de Santiago, que inicia la transición al ojival).(Don Ricardo del Arco). El historiador Carlos Laliena a este propósito escribe:" Bajo la protección carolingia y de jefes indígenas devotos de los monarcas carolingios, se instalaron (hombres y mujeres) desde finales del siglo VIII en los valles altos del Pirineo, en los que predominaban grupos étnicos de difícil filiación, que parecen de tipo vascónico, gentes de procedencia meridional que huían de la islamización de la Región del Ebro”. No parece tan difícil la identificación de los vascos en nuestra tierra, pues basta ver los apellidos Garasa, Sarasa y, por ejemplo, las osquetas de la Sierra de Santo Domingo y las que los ganaderos abren en las orejas de sus ovejas. La osqueta de mis ovejas se abría hacia atrás, en la oreja izquierda. Bajo el dominio de los condes, de la iglesia y de los campesinos libres, trabajaban los siervos campesinos, a los que llamaban “mezquinos", lo que hace pensar que no es extraño que aquellas ignorantes gentes conservaran restos de sus religiones primitivas y se creyese, entre ellos en las brujas. De esas brujerías me siguió contando el señor Sebastián multitud de anécdotas; una de ellas la narraba así: Una vez había ido una mujer de Salinas a Longás a darle el “mal” a otra mujer y para ello parece ser que hizo una metamórfosis, es decir que se desnudó y se transformó en gato, cuando otras lo hacían en perros y marchó a cumplir su propósito. Esta mujer dejó sus ropas y sayas recogidas detrás de una mata, pero el cura del pueblo de Salillas, que iba por los campos leyendo el breviario, vio esas ropas de la mujer y adivinó lo que estaba haciendo alguna bruja; entonces depositó su breviario sobre dicha ropa y esperó su vuelta. Cuando se presentó por allí un gato, lo observó y al darse cuenta la mujer convertida en gato, de que encima de sus ropas estaba el libro sagrado, gritó: ¡quite ese libro de allí!.El cura no quiso quitarlo, diciéndole: ¿dónde has ido?. Ella tardó en contestarle, pero al fin le dijo: vengo de Longás de dar el “mal “ a una mujer. Entonces el cura la mandó a dicho pueblo a deshacer el “mal” y con unos saltos felinos se fue allí y le quitó el “mal” a la pobre mujer. Entonces el cura levantó el libro, que había depositado sobre las ropas de la bruja, transformándose ella de gato en mujer, volviéndose a su casa. (Este cuento o lo que sea me lo contaron hace ya unos años, pero en lugar de ser el bueno un cura, lo fue un cazador. Ocurrió el hecho en Sieso.

No es extraño que en pocos minutos me contara tantas aventuras brujeriles, pues Sebastián se expresó diciendo: En Agüero hay brujos, en Murillo brujas, en Riglos brujos y brujas y en Anzánigo está el canónigo, llegando a nombrar a alguno por su nombre, como a Isidrer de Agüero, del que decía que estaba siempre haciendo brujerías.

El mismo Sebastián Grasa tuvo que vivir en ese ambiente, defendiéndose de él, pues tenía una vecina, que era hija de un “agüelo”con el que convivía y que era bruja. Tenía un perro, al que Sebastián había cogido manía por temor de que lo usara para transformarse (metamorfosearse).Una tarde volvió Sebastián a su casa del monte, acompañado por la yegua y el perro los miraba insistentemente, lo que le daba horror; al quitarle la cabezada para soltarla en un campo vecino, para que pastase, no se pudo resistir y se la tiró al perro que huyó. Cuando regresó a casa lo contó a sus familiares, que le dijeron: ¡ten cuidado con ese perro, que su dueña es bruja!.

Al contarme esta historia del perro, me pareció que se quería escapar del poder de las brujas, como se escapó el herrero de San Felices. San Felices era una aldea dependiente de Agüero, en la que ahora dicen que hay una familia que cultiva su monte. En aquellos tiempos vivía en San Felices muy poca gente, pero sin embargo allí ejercía un herrero, pero casi no sacaba ni para comer, llegando a decir: no tengo ni que comer, estoy desesperado, ahora mismo le entregaría mi alma al diablo. Esta le debió de oír y le dijo: ¿qué té pasa?, véndeme el alma y por veinte duros cerraron el trato. Pasaron años y llegó el diablo a ver si se podía ya llevar su alma, pero el herrero le dijo: aún soy joven, espera diez años más, pero acuérdate que me has de dejar morir de la enfermedad que yo quiera. El diablo aceptó la condición y pasaron los diez años y volvió el diablo a buscar su alma y el herrero le dijo: ¿no me tengo que morir de la enfermedad que yo quiera?;si, le contestó el diablo y ¿cuál es? .A lo que le dijo el herrero:¡de sobreparto!.El diablo, que desde hacía muchos siglos se dedicaba a engañar, huyó avergonzado al ver su engaño vencido por un pobre herrero. Cuando leemos esas raras historias de brujas, despreciamos el pasado, pero no nos damos cuenta de que ahora el mundo está lleno de nuevas brujas, tal vez más elegantes que aquellas, pero que también practican la brujería moderna, unas veces con botellones y otras con drogas y pastillas.

miércoles, 22 de abril de 2026

Candelabro de hojalata



En una chatarrería se encontraron una cruz, para ser portada por un hombre, tal vez vestido de sacerdote o de sacristán, acompañada de varios candelabros. Todos esos restos de un conjunto de objetos de alguna cofradía, tenían su belleza, pero estaban rotos, aplastados y abollados porque eran de hoja de lata y debían haber pasado muchos años de abandono. Debían estar creados en el siglo XIX o en el XVIII. Llevé el candelabro, que me pareció mejor conservado a la Escuela de Enseñanza y Restauración de Huesca y allí, bajo la dirección de su Directora, los alumnos lo restauraron. Quedó con un aspecto venerable, como si esa obra estuviese efectuada con nobles materiales. Alguien opinó que se le podía haber superpuesto por su superficie, una capa de oro o de plata, pero la Directora pensó que sería mejor guardar un respeto a los ejecutores de tal obra de arte. Efectivamente su autor realizó una obra de tal categoría, en medio de la pobreza de materiales de que disponía y tal vez él mismo mantendría pobremente de cuerpo, cuando su espíritu se recreaba trabajando obras de arte. Así compensaría los padecimientos de su cuerpo con los placeres del espíritu.

Fui una mañana del mes de Mayo a buscar el candelabro, que había sido expuesto en la que fue antigua iglesia conventual de las Monjas Capuchinas, junto a retablos de otra iglesia, que se eleva a los cielos en Alquézar, cuadros, esculturas y otras numerosas obras de arte; me dieron el aparato y al salir, yo no sabía donde colocarlo, pero tuve la idea de llevárselo a las monjas del Convento de San Miguel, que está cerca de la Escuela. Pensé que en dicho Convento, lo colocarían en algún altar o ante un cuadro que representase a un santo y allí alabaría al Señor, con un cirio encendido y daría también a que alguna de aquellas monjas se acordase de rezar por el pobre hombre y rico artista, qué lo creó; ya no sé el número de años que su cuerpo descansa, pero su arte sigue despertando en las almas que lo ven, admiración y reciben una sensación de placer.

Así lo hice, llevándolo al convento, donde ya está ante un altar de San José y me dijo la Madre Superiora, que cuando se dieran posibles tormentas, encendería el cirio para evitar que los campos de los agricultores, resultaran dañados.

martes, 21 de abril de 2026

Arellano y su villa romana

 


Subiendo desde Logroño a Pamplona por la autovía del Camino de Santiago, se da uno cuenta como debajo de Estella se encuentra la Villa romana de Arellano. Conocer este pueblo, que se ha convertido en un auténtico museo de la vida romana, entre otras muchas cosas sirve para evitar la facilidad de equivocarse con otros muchos Arellanos en España y en América. Es que la Historia de Navarra se extiende desde los primitivos vasco-ibéricos, pasando por la cultura de los romanos, y alcanzando ese nombre multitud de actividades, unas intelectuales, otras creativas y comerciales, en España y en América. Pero a mí lo que más me llamó la atención durante mi estancia en Arellano, fue que Roma cultivó el vino y lo elaboró y consumió en una bodega, en la que se mezclaron las actividades del culto al vino divino y humano. Si, allí se practicaba el culto a los dioses, unos los “lares” protectores de la casa y de la familia, otros los “penates” que protegían la conservación de los alimentos y por último los “manes”, que recordaban y hacían respetar a los antepasados. En cuanto al valor humano de esa bodega, se ha sacado la conclusión de que podría contener unos cincuenta mil litros. Apoyada en sus muros se ha encontrado un ara o altar de piedra donde se celebraban ceremonias religiosas paganas a los diosecillos, que acabo de nombrar. Se encuentra el pueblo de Arellano, en la Merindad de Estella, a unos sesenta kilómetros de Pamplona y ese nombre se deriva del romano Valerio o Valeriano, en que –ano significa propiedad y Valerius es el nombre del propietario. A unos seis kilómetros de Arellano se encuentra la Villa Romana de las Musas, hoy convertida en Museo en que se muestran las características históricas y costumbristas de Navarra en los siglos primero al quinto. Allí se pueden ver los antecedentes de Navarra, con una población vasco-ibérica, progresando por la civilización romana, pero que ha sabido mantener su personalidad conservando la lengua vasca y siguiendo el progreso industrial y agrario de sus tierras. En la ciudad de Andión, cuyo nombre dicen que es equivalente al de Andelos y que se encuentra en el término de Mendigorría, en el siglo primero antes de Cristo, se han descubierto restos de casas decoradas con parámetros de “opus signarium” y uno de ellos dicen que está escrito en el alfabeto ibérico. En Arellano procuraron los romanos tener el agua, para lo que excavaron en la roca una cisterna de unos ciento cincuenta metros cúbicos, reforzándola con una capa de argamasa. Pero esa agua no tuvo como único fin el suministro de líquido para beber, pues crearon, como he dicho una bodega, en que se mezclaron las actividades de la conservación del vino y las dedicadas al culto religioso. ¡Cómo aquellos romanos de religión pagana, intuían en el vino una unión con la otra vida, que conservarían los cristianos con el vino, bebido como la sangre de Cristo!. En el Museo de Pamplona se puede contemplar el mosaico de las Musas, con nueve compartimentos, en cada uno de los cuales, está representada una musa, acompañada por su maestro. Es una representación de la intelectualidad, que Navarra ha seguido. Pero Navarra, que ha sido la capital de la tauromaquia en el Norte de España, tiene aquí en Arellano un “Taurobolio”. De él queda una estructura de sillares de piedra y en sus dos extremos se encuentran dos aras o altares, en las que están gravadas dos cabezas de toro. En este templo se sacrificaba un toro y su sangre caía sobre un individuo como si estuviese recibiendo un bautismo de sangre; salía y se encontraba como un hombre nuevo. Estaba España en aquellos tiempos poblada por multitud de especies animales, pero las dos más importantes eran el caballo y el toro. El hombre quiso ganarse la amistad de ambos, pero no pudo ganarse más que la del caballo y todavía en Navarra, en la ciudad de Estella triunfa con sus caballos, Pablo Hermoso de Mendoza, que unido a sus caballos, representa imágenes artísticas. Pero el toro no pudo unirse al hombre, que tuvo que torearlo. Todavía quedan en Navarra dos razas de toros bravos, que son una la del karri-kirri y otra la Betizu, en peligro de extinción. Hace poco tiempo una vaca de esta raza, mató en un pueblo de Navarra a un campesino. Estas vacas de raza Betizu, pacen en libertad por las Sierras de Arteaga y de Sastoia, debajo del Pirineo. Del mismo origen pirenaico procedían el ganado bravo de otras regiones cercanas a Navarra, como la Rioja y Aragón. En las Cinco Villas de Aragón, había animales mezclados con el karri-kirri, que los castraban en los pueblos y los usaban como bueyes para labrar. En la creación en Egea de la “Casta bravo-aragonesa”, Bentura bajó del pueblo de Longás en la Sierra de Santo Domingo, los animales bravos que allí vivían. Pero si han conseguido o no los navarros bautizarse con sangre taurina, han estado a punto de bautizar a los toros en los famosos Encierros, con sangre humana. Este Taurobolio, con las dos cabezas de toro representadas en sus aras, es un símbolo de la hermandad, no lograda pero vivida por los navarros y los toros, que como todos los iberos trataron de hacer amistad con ellos. Pero no sólo tiene la villa de Arellano un pasado, sino que ofrece un porvenir en el futuro, pues los romanos establecían industrias por toda Navarra, como ahora hacen los navarros, que además de repartir el agua por todas las merindades, favorecen no sólo la industria sino también la agricultura y el turismo. Allí me entraron ganas de utilizar con la imaginación, el catavinos romano que está en uno de los numerosos mosaicos romanos, como los que aparecieron en el salón principal de 90 metros cuadrados, destinado a celebrar banquetes, pero no por beber sino por celebrar el cumplimiento de las profecías romanas, que se van cumpliendo. El salón principal tenía su suelo revestido de mosaico y en su parte circular se colocaban recostados los comensales. En el suelo se representan escenas de la mitología romana, como los esponsales de Attis, la despedida de Adonis cuando se marchaba a una cacería, en la que encontró la muerte. Destaca la imagen de Cibeles, matrona sentada en un trono. Pero el artista que creó esas imágenes, se acordó de dos animales amigos del hombre, a saber del caballo y de un perro, que tal vez participara en la cacería en que murió Cibeles.

 

lunes, 20 de abril de 2026

La Posada “Abadía” de Siétamo

Virgen de la Esperanza de Siétamo.
En la Calle Alta de Siétamo, nombre realista y bonito, puesto por el pueblo, en oposición a otros nombres políticos, creadores de odios y luchas políticas, se encuentra la Posada “Abadía”. Esta palabra significa casa del Abad o Párroco y Antonio y su esposa, acompañados por un hijo suyo, que es un ejemplo de educación y deseo de ser útil a todo el mundo, no quisieron cambiarle el nombre a la Abadía, en la que los párrocos buscaban la armonía de los cuerpos con los espíritus.  Y para buscar esa armonía o felicidad, la convirtieron en Posada, para buscar la felicidad de los hijos de Siétamo y de los turistas que por él, se acercaran. De la misma forma que Cristo buscaba el bien de la humanidad con el pan y el vino, Antonio y su esposa, también la buscan con platos sabrosos, acompañados por pan y vino.Esta casa, que fue ocupada desde que yo me acuerdo por el Párroco Don Marcelino Playán, nacido en Antillón y por Don Alejandro Tricas, nacido en Nueno, hace muchos años que era propiedad de un fuerte labrador, que  al morir sin hijos, la dejó a los párrocos de Siétamo. Sólo queda una tabla,  que se colocó en la puerta de casa, el año de 1821. Don Marcelino Playán y el Cura de Ola, Mosen Febrer, que era hijo de un Médico que ejerció su profesión en Siétamo, en la Guerra Civil tuvo que huir de Siétamo, pues en la Diócesis de Huesca mataron a decenas de sacerdotes. Destruyeron 145 parroquias y 128 ermitas y desaparecieron mucha obras de arte. Don Marcelino Playán ocultó en lo alto de la bóveda, objetos de plata, que se conservan en la Parroquia. Incluso en la zona nacional fue asesinado un sacerdote. Acabada la Guerra Civil, como estaba destruida la iglesia parroquial, Mosen Marcelino celebraba la misa los domingos en la Abadía, y al  acaba, se reunía el pueblo en la Calle Alta, debajo del balcón de la Abadía. En dicho balcón,  como no había campanas, colocó el párroco una llanta de camión, que con un martillo golpeaba para que sonase como una campana , para anunciar la celebración de la misa. Un día , que yo asistí a una de esas misas, al salir, cantaba el pueblo canciones. Pero en aquella ocasión el Zurdo, gran persona y buena, estaba callado. La Guardia Civil le echó una reprimenda y se la hizo cantar a él sólo. El Canónigo Don  Damián Peñart y Peñart escribió en la Historia de la diócesis de Huesca , lo siguiente: ”Acaso el juicio de Balmes sobre la Edad Media, definiéndola como  la religión afeada por la barbarie; y la barbarie al servicio de la religión, pudiera aplicarse en alguna medida a la historia  del Altoaragón  en la Edad Moderna. Todos los altoaragoneses se manifestaban católicos, pero abundaban las creencias en brujas, hechizos y supersticiones. Todos se declaraban católicos, pero fallaba a veces la armoniosa convivencia entre familias o pueblos rivales. Imperaban los desequilibrios económicos. Mujeres y jornaleros tenían menguados algunos derechos. No obstante, la fe, la nobleza  y lealtad, la firmeza de la palabra dada, la honradez, la hospitalidad, la austeridad y el sacrificio eran cualidades muy enraizadas en el alma del pueblo altoaragonés”. De estas palabras de Balmes, como “la religión afeada por la barbarie  y la barbarie al servicio de la religión”, se deducen los atropellos que sufrieron las iglesias y ermitas, la emigración a Francia de multitud de vecinos de los pueblos,  como los de Casa Carilla. ¡Cómo ha cambiado el aspecto que tiene ahora la terraza de la Posada Abadía de Siétamo, con las ruinas de Casa Carilla, con un gran cubo, en el que se pisaban las uvas para obtener vino. Con ese vino aliviaban su vida y con él,  impregnaban tajadas de pan,  a las que añadían un poco de azúcar, para dar de merendar a sus hijos. Llegó la Guerra Civil y después de setenta y seis años, cuando circulaba la gente por la Calle Alta, se miraban por una pequeña reja, despojada de ventana y contemplaba el  recuerdo triste de aquella Guerra, que había convertido casa Carilla con cubo , en un depósito de ruinas. Dicha ruinas, al encontrarse al lado mismo de la antigua Casa Abadial,  habitada  entonces por Mosen Marcelino Playán, enfrentaban los recuerdos  del párroco de Siétamo, nacido en Antillón, que con el de Ola, prestaron sus auxilios a los sublevados con la ausencia de los emigrados por causa de la Guerra. Ahora, en el año de 2012, la casa de Carilla y su cubo, los han convertido en una terraza con sus veladores, donde acude la gente a tomar su almuerzo y a beber algún licor o tomar su café y en ese agradable espacio de tiempo, conversan,  alejando aquellos recuerdos pasados por el odio y la violencia. Hoy están los carpinteros embelleciendo lo que durante tantos años fueron las ruinas de la casa y del cubo de Carilla. Se ha prolongado el espacio de la casa con el de Casa Lobateras, y recordando  al hijo Pepe, de tal casa, que me contaba la vida de sus antepasados, que como dice Balmes “abundaban en la creencia en brujas, hechizos y supersticiones”, como le pasó a su abuelo, el amo de casa Lobateras. Este poseía el Libro Brujeril de San Cipriano. Por lo visto hizo en alguna ocasión uso del mismo para librarse de alguna superstición,  pero quizá convencido por el párroco, decidió deshacerse de él. Lo echó al fuego del hogar con el fin de abrasarlo, pero el Libro salió por la chimenea y ya no lo volvió a ver. Pero se dio otro caso, en casa de “Polonia de Polavieja”, esta vez en la Calle Baja o del Conde de Aranda, que fue comprada por la abuela de Manolo Sistac, de Casa Catevilla y que le vendió a Carilleta la casa convertida estos día en terraza de la Posada Abadía de Don Antonio y de su esposa. Vivía en dicha casa la señora,  amada por muchos hombres, porque tal como yo la conocí, era una mujer amabilísima y de una simpatía  arrolladora.  No se sabe si algún hombre que la quería,  pero que ella rechazaba, le envió a su casa alguna bruja, que sobre todo por las noches la hacía sufrir. Todo el mundo la protegía y Bergua , “el Bizco” , iba por las noches y en cierta ocasión vio un gato al que identificó con la bruja. Le dio un correazo con su cinturón y escapó. Al día siguiente el Párroco don Marcelino Playán apareció con un ojo lesionado, atribuyéndole la ignorancia de muchos, una personalidad de brujo. Pero a los pocos días, mi amigo Manolo de Catevilla, vio como dicho párroco rezaba unas oraciones delante de la puerta de casa de “Polonia” y ésta colocó en la misma una imagen del Sagrado Corazón. Ya no se volvió  a  ver a ningún brujo por dicha casa. Estos hechos ocurrieron después de la Guerra Civil y Manolo me lo ha contado estos días. También estuvo en la casa mi padre, pero según me dijo,  no vio nada ni a ninguna bruja. Habíamos llegado en España y en Siétamo a una situación de bienestar general  y Antonio el dueño de la Posada Abadía y de las ruinas convertidas en terraza, había logrado hacer felices a los vecinos de Siétamo y a todos los turistas que acudían a comer, a cenar y muchos a dormir. Y se veía en los rostros de Antonio,  de su esposa y del hijo de ambos, una voluntad de volver a hacer felices a los vecinos del pueblo y resucitar la vida de aquella Abadía, que se cerró al retirarse Don Alejandro Tricas, que se murió en la Hermanitas de los Pobres cuando tenía unos cien años de edad. Vinieron sus parientes de Nueno y se llevaron los muebles. A mí me quedaron unas estampas de la Virgen de la Esperanza, con dos fotografías de Siétamo. Don Alejandro quería levantar el bienestar de sus feligreses y les traía árboles frutales para que los plantaran en sus huertos. Antonio protegido por la Virgen de la Esperanza, quiere resucitar las virtudes antiguas y hacer desaparecer el odio, la violencia y las brujas, que estuvieron en algún local de su Posada, para que sean felices. Con el pan y el vino aquellos viejos y desaparecidos, cuidaban los espíritus, y Antonio con la ayuda de su esposa con el pan, el vino y los platos exquisitos que sirve en la Antigua Abadía, hacen que la gente se sienta feliz, se conozca en los veladores de la terraza y hagan proyectos para que la vida no vuelva a aquellos tiempos en que las necesidades, explotaban guerras y muertes. Estos patronos luchan para que no vuelva la pobreza y acudan los clientes para alcanzar una vida feliz.     

domingo, 19 de abril de 2026

El árbol y el agua



Rorate coeli de super et nubes pluant justum. (De los salmos).
Que rueden las nubes por los cielos arrastradas por borrascas y ciclones y que descuelguen su lluvia benéfica sobre las sedientas tierras de Aragón, pues es ello justo y saludable.
Dice el agua de la tierra, remedando al poeta:¡verde, que te quiero verde! y contradice de esta forma a las llamas destructoras cuyas lenguas de fuego gritan:¡negra, que te quiero negra!.
El hombre, ¡cómo goza! viendo verdes sus cultivos y fragosos sus árboles. El campesino afirma desde siglos, ¡qué verde es el agua!.Este aserto parece un contrasentido, porque en la escuela nos dijeron que era el agua inodora, incolora e insípida. Pero cuando gruesas gotas comienzan a caer, la tierra desprende un agradable olor a búcaro, el color de las sedientas plantas que se tornaba pardo, verdea como la "mantis religiosa", al metamorfosearse cuando pasa de la paja al césped y ¡qué agradable sabor el del rocío para el ruiseñor que lo toma de una flor, por la mañana!.
Que rueden los cielos allá arriba, en silencio casi siempre y con "ruido de ronca tempestad" en el verano. Que lluevan las nubes sobre el justo y sobre los niños que cantan: ¡qué llueva, qué llueva, la Virgen de la Cueva!.No parece que el salmo sea muy piadoso, cuando pide que llueva, sólo sobre el justo. No cae lluvia sobre los desiertos y sin embargo no creo que sus escasos habitantes sean injustos. Tal vez lo fueran sus antepasados con respecto al árbol que talaron e hizo posible que avanzaran las dunas arenosas.
Seamos amables con el árbol que se alza en nuestros campos y plantemos nuevas vidas vegetales, que regaremos con el agua del pozo, de la fuente, de la acequia o del canal y esas umbrías piadosas nos tornarán copiosa el agua de las nubes, los frutos del otoño, sus sombras estivales y el calor de su leña en las veladas invernales.
Y tu te irás..."y yo me iré, y estaré sólo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido... y se quedarán los pájaros cantando".(J.R.J.).

sábado, 18 de abril de 2026

¿Hay poesía en las grandes ciudades?







Yo he vivido siempre en ambientes rurales y de pequeñas ciudades. Cualquier cosa en estos medios resulta entrañable e invita a la poesía. De las grandes ciudades sólo tengo noticia por los periódicos, por las revistas y por haber pasado someramente por ellas. Y la verdad es que su imagen me resulta deprimente. Me pregunto:¿será posible que en las megalópolis no exista poesía?. En las películas americanas se ven caer hombres y mujeres, desde lo alto de los rascacielos, unos impulsados por su propia desesperación y otros por una mano, cuyo dueño se esconde en las sombras. Las novelas describen con toda suerte de detalles, cómo cuatro muchachos de catorce años arrastran fuera del paseo, hacia los árboles, a una enfermera vestida de blanco, de unos dieciocho años. En el barrio de Harlem las ratas viven o sobreviven en compañía de los negros, que no hacen más que eso, sobrevivir.

De París tenía una imagen romántica; me había creído a Maurice Chevalier cuando cantaba “Ma pomme”. Indudablemente él y otros trataban de descubrir a los parisinos algún aspecto poético de París. Y sacaban a la luz la Ciudad “Lumière” y a los “clochards sous les ponts de París”. Yo fui a Paris a tratar de descubrir estos aspectos poéticos, pero sólo descubrí, alineadas a lo largo de algunas calles, mujeres blancas, negras o amarillas, que se ofrecían al mejor postor. También había seres humanos de sexo indefinido y pechos turgentes, que ofrecían su artificio a hombres y mujeres indistintamente.

Había negros de la negritud francófona, que extendían sobre las aceras sus pobres mercancías, consistentes en collares de semillas y pequeños “tam-tams”, y era lamentable ver cómo eran arrojados de sus puestos de venta por la policía.

En los escaparates las maniquís humanas, inmóviles, imitaban a las muñecas articuladas y estas, a su vez, casi se identificaban con las humanas. ¡Qué morbosa competencia!. Los “clochards” van cambiando las bóvedas de los puentes por las menos románticas, pero más cálidas del Metro. Sentados unos y acostadas otras sobre los bancos de la estación, bromeaban borrachos, escondiendo sus botellas a la sed de sus compañeros. Era un día de elecciones y uno de los discípulos de Baco, levantando su botella en actitud de brindis, exclamó: “¡Yo he votado a la derecha, porque la izquierda dice que los vagabundos tienen que acabarse!”.Este fue el único canto a la libertad que escuché en París.

Estos días hasta nuestro divino Dalí ha salido desengañado de la capital del arte. Su exposición ha sido boicoteada por una huelga. Se ha marchado exclamando:”Paris c’est fini”

Pero a pesar de estos cuadros, que he intentado describir, no me resigno a creer que no exista la poesía en las grandes ciudades. Me acuerdo de aquel negro americano que hizo amistad e la celda de su prisión con un ratón con el que compartía el queso. Y me viene a la memoria el preso medieval, pobre cuitado, que ni sabía cuando era de día, ni cuando las noches eran, sino por un pajarillo que le cantaba al albor. No me extraña que el negro fuera amigo de un ratón, pues yo, de niño, era amigo del ratón Pérez y hoy a mi hija Pilar se le ha caído un diente y el mismo ratoncito le dejará un pequeño regalo. Y también me imagino a “Mickey Mouse” haciendo felices a los niños americanos. Y el borrachín del metro parisiense, brindando por la libertad, pone una nota de ilusión en mis tristes pensamientos. Y deduzco que allí, donde haya seres humanos tiene que existir poesía.

viernes, 17 de abril de 2026

La cuadra de mi casa de Siétamo



He escuchado una conversación entre arquitectos, que están tratando de aprovechar todos los fenómenos naturales, para que los seres humanos vivan agradablemente. Yo siempre he gozado de las cosas naturales, como si soñara en estos goces de la energía del sol en los tejados, del calor que debajo de la tierra contribuye a calentar los pisos. Y yo conservo el cantaral de nuestra casa con sus cántaros y su botijo. Se puede encontrar también el encanto en cualquier lugar sencillo, incluso en una cuadra. Para el que por su condición de ciudadano o para ese joven de pueblo que conduce un tractor, puede sonarles algo extraño eso de que la cuadra tenía sus encantos. Quizá no se haya escrito mucho sobre este tema, pero cuando la Sagrada Familia se refugió en un establo, entre una mula y un buey, no sé si lo haría por encontrar en él ese humilde encanto del que he hablado o por la razón pragmática de gozar del calor que con su aliento y con la irradiación de su extensa piel, producían tan voluminosos animales, pero en todo caso se creó un ambiente encantador, tanto, que todo el mundo cristiano lo reproduce, después de dos milenios, en las fiestas navideñas.

En la cuadra languidecía la pobre luz de la bombilla de quince watios, un olor medio aromático de paja seca con fiemo caliente, vaporoso, evacuado por las mulas y un ambiente uniformemente templado hacía que en el establo se estuviera bien. En el resto de la casa el frío era glacial; en el hogar casi se había consumido la leña y el escaso calibo lo había tapado la abuela, para que al día siguiente, después de escalibado, prendiese la ramilla y los tueros recios para freír el almuerzo, calentar el caldero y la cena, secar los peducos del hombre al volver del monte y echar la última calentada. Aquel día, al enterrar las pocas brasas que quedaban con la ceniza, bajamos a la cuadra para mirar como las arañas se movían por sus telas, como las pocas moscas que quedaban, torponas con la estación fría, se enganchaban en las redes para ser devoradas y como la mula torda se echaba pedos; Jorge le levantaba la cola y le ponía una cerilla apagada cerca del “cagadero” y cuando salía el gas se encendía con un ruido de soplido que se acababa cuando la llama alcanzaba su apogeo, al oír el macho morico ese soplido, él resoplaba: brrrrrr……y batía ·a coda, mascando con un ruido característico los cuatro granos que le quedaban y que rebuscaba golosa entre la paja del pesebre. Dábamos volteretas los niños, mientras tanto, sobre la colchoneta de pinocheras del camastro y comprendía que el Niño Jesús hubiera querido nacer entre una mula y un buey. Jesús pudo haber nacido en un castillo pero prefirió el encanto del establo, de la sombra de las palmeras y el de una humilde carpintería al encantamiento seductor de los castillos encantados. El encantamiento de esos castillos, su maleficio, en unos casos producido por fantasmas, muchos de ellos revestidos con sábanas y sonorizados con cadenas ,pero Kafka entendió que en “El Castillo” se encerraba el fantasma del poder, muchos hombres quieren tener acceso a su recinto atraídos por un encanto no natural, que no llena de gozo los sentidos y el alma sino por un encanto alucinante y alienante producido por el encantamiento maléfico, que ejerce el fantasma del poder. Del encanto del establo hemos pasado al desencanto del Castillo a través del encantamiento; se trata de un desencanto por desengaño.

Fray Luis de León dice: ”Despiértenme las aves con su cantar sonoro, no aprendido; no los cuidados graves de quien siempre es seguido, quien al humano trato está atenido” y en estos versos queda definido ese paso del encanto al desencanto, pero muchas veces se encuentra uno con estadios intermedios, que reflejan o producen en el alma, asombro unos, angustia vital, melancolía o nostalgia otros.

En aquella cuadra, mejor dicho en el espacio empedrado que cubría el declive que iba desde la puerta hasta la cama de paja de las caballerías; al encender la mísera luz, descubría uno como caminaban torpemente las negras y pesadas cucarachas, que a pesar de su fealdad no producían la repugnancia de las marrones y ligeras que aparecen hoy en los mostradores o bajo las cafeteras de algunos bares.

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