sábado, 4 de abril de 2015

Usos y costumbres en el Altoaragón


Plaza de Ibieca ( Huesca)

El uso de determinados actos, crea un hábito  de realizarlos, de tal manera que llega esa práctica  a  convertirlos en costumbres. Se usan y se toman hábitos costumbristas  en todos los aspectos de la vida. Hay costumbres que se practican en la vida económica, en la vida social, de los distintos países, como por ejemplo en Inglaterra, en París, en Cataluña, en Aragón, etc., desde los actos y usos comerciales  hasta en los festivos.
En nuestra tierra altoaragonesa, la vida moderna ha hecho desaparecer muchos usos generales de toda la sociedad,  pero un día cualquiera en un almuerzo en una reunión de hombres  maduros, le hacen a uno reflexionar sobre las jotas cantadas, que cualquiera de los  asistentes, entona. Surgen los comentarios y las risas que producen y uno se llena de nostalgia al pensar en las costumbres y usos de nuestros antepasados.
Pocos versos entran en las jotas, pero definen los ambientes que con voces serenas y música jotera, te dan que pensar en ellos. Por ejemplo en la jota que cantó José María Puyuelo Sorribas, originario del pueblo de Ibieca, decía o mejor dicho cantaba :”Si te casas en Quicena,-no te faltarán melones,-pepinos y calabazas – y en “as sayas esgarrones”. ¡Cómo describe el ambiente productivo del pueblo de Quicena!, pues habla  de los productos hortelanos de los melones, pepinos y calabazas, que se crían en sus terrenos de huerta. Con tan refrescantes alimentos, el hombre se ve cautivado por aquellas hermosas mujeres, a las que los optimistas y sexuales hombres, ”fartos “ de jugos de la huerta, producen “esgarrones  en as sayas”,  de las buenas mujeres, impulsados por un instinto de conservación del género humano.
José María ante la alegría producida con su primera jota,  entona la siguiente:  ”Si quieres vivir a gusto-cásate en “o Somontano”- irás con leña “ta Huesca” y volverás  a caballo”. Un altoaragonés estimulando la boda de un paisano suyo, le dice que además  de llevar a vender leña a la capital oscense, podrá volver,  con el dinero,  ganado con la venta de la leña, al pueblo, montado a caballo o en el burro, que antes llevó sobre sus costillas la leña a la capital. 
 Ahora con los casamientos,- no se dan muchos disgustos,- pues si no quedan contentos,- en breve se han divorciado”. Y con esta letra de jota, tengo que volver a escuchar a José María, la siguiente:  “ Yo me casé en Morrano- y la busqué en la Ribera- y me la dieron preñada, porque se estila en su tierra”. El mozo sufrió un disgusto y no sé si se divorció o no lo hizo, pero, con pocas palabras se vengó de los riberanos, al decir “ y me la dieron preñada, como se estila en su tierra”. Yo creo que fue un poco exagerado por añadir a los riberanos  un uso y una costumbre, que humillaba a los mozos, que se casaban.
Pero por lo visto no sólo sufrían las costumbres del sexo en la Ribera, sino también en la Montaña, porque un habitante de ella, dijo  “ que con las cosas de mear no hay que enredar, porque en su pueblo de la Montaña, se metió con una moza en un pajar y ciego con su amor, no se dio cuenta de que se le cayó la colilla encendida y quemó un pajar”.    “Otro jotero se queja de la pobreza que sufrían los campesinos de su tierra, cantando: “ Mi abuelo cuando murió-murió con el culo abierto, - y de dote nos dejó-un pedo- “pa” cada nieto”. Me dice José María que la desgracia de no heredar nada, les hacía emprender una vida de trabajo, porque toda su vida la pasaban con un escaso peso. Mucho se canta en las jotas sobre la cantidad y la calidad de las dotes, pues en otra jota dice que a un montañero,  que se casó en Bierge, le dieron de dote “o campo A Culada y “a fajeta do pis”. No se podía quejar porque se descargaría muy a gusto en “A Culada” y orinaría muy satisfecho en “a fajeta d´o pis”.  
Y él reflexionaba en la jota del abuelo, cuando recordaba que en cierta ocasión viajó a la ciudad  de Orlando en los Estados Unidos y allí se dio cuenta de que  la obesidad era un mal muy generalizado. Veía pasar por las calles multitud de sillas de ruedas, conducidas por jóvenes de  unos catorce o dieciséis años de edad.
Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pues los “leñaceros”  del Somontano, que estaban delgados, viajaban felices montados en los lomos de sus burros. En cambio en la rica ciudad de Orlando, sus numerosos jóvenes obesos, rodaban sobre sus sillas de ruedas. Cada país tiene sus usos y sus costumbres.   

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