sábado, 11 de julio de 2015

Casa Funes y las “magdalenas o malenas”, en la Calle Pero IV



En el Evangelio se lee la amistad que tuvo Jesús con María Magdalena, mujer que estuvo en tiempos, embargada en el pecado amoroso. Este es un caso que ha ocurrido en todo el Mundo y concretamente en  la Calle Pedro IV de la ciudad de Huesca.
María Magdalena tuvo el acierto de amar a Jesús, en tanto las “malenas” de la Calle Pedro IV, eran amigas de Funes,  dueño de un Bar, en el que se juntaban con los camareros libres de su servicio, con los guardias y policías, que acudían a vigilar a las magdalenas, a los solterones viudos y los casados soñadores del amor.
El dueño del Bar Funes tenía muy bien organizado el servicio de su Bar, atendido por su hijo Fernando,  por la tarde y por la noche y por su madre, que trabajaba toda la noche en la cocina. Pero igualmente, durante toda la noche su camarero  principal,  al que llamaban Maxi, diciéndole: ¡oye Maxi, échanos unos bolsos de “ayuda colorada”, tal vez fuera pimienta,para acompañar su consumo con  unos espárragos muy caros y muy buenos. Unos eran consumidos por los clientes por la boca y otros, que le dieron una gran fama a su dueño Funes, porque se los pedían las “malenas” para consumirlos con sus clientes y el dueño se sentía satisfecho de sus ingresos, casi siempre nocturnos, que le daban felicidad, que le duró bastante tiempo, pero que se acabó igual, que se acaban los placeres de la vida.
Pero los niños, ¡qué educación recibían de aquella extraña forma de vida!. Miguelito “Tagatani”, me lo explicó porque él iba por las noches al local de Funes, donde veía a las mujeres buenas para unos y “malenas” para otros y quiso saber con sus amigos el secreto de todas aquellas actividades. Una noche se metió con otro amigo en la casa del Rincón  y lo hizo sin  que se dieran cuenta, en una habitación. A esta habitación llegó una pareja, que no era una pareja de la Guardia Civil.  El niño estaba metido debajo de la cama, para ocultar su presencia y allí aguantaría alrededor de una hora, escuchando el sonido metálico de los muelles del jergón, acompañados por un “Chiquichí, chiquichí,chiquichí”. Lo pasarían bien aquella pareja, pero el niño “Tagatani”, lo pasó muy mal. 

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