sábado, 30 de enero de 2016

A la ilustre cubana Caridad Pestana



Femenina es tu persona, convertida ya,  por el tiempo y su trabajo apoyado por el humorismo,  en personalidad. Corre por tus venas la vieja sangre española, pasada por las Américas, en tu caso por el Archipiélago de Cuba, con todo su calor corporal y con un luminoso espíritu, que a ella la hace feliz  y a los demás les crea felicidad. Esa juventud , proveniente de la antigüedad de la isla de Cuba, ha hecho que alegres constantemente no sólo a las personas, sino también a los lugares por donde tú te encuentras con mujeres y hombres, con los que conversas, comunicándoles  tu optimismo  a sus espíritus, a sus cuerpos, en tanto la alegría de tu rostro se alimenta con la alegría que te transmiten esas personas, que parece contemplan la ley física de los vasos comunicantes, pues igual que en un vaso de agua, sube su nivel, impulsado por el líquido añadido en el otro vaso, con el que está comunicado, sube la amplitud de tu sonrisa y  tu rostro pasa del color sonrosado, al color casi rojo, todavía más alegre..
Pero tu optimismo  opera de la misma forma sobre el otro vaso humano con el que se está comunicando y las personas mayores que contigo conversan, se llenan de juventud, lo que les hace olvidar la tristeza de los muchos años pasados, como si venir al  Balneario,  que tú diriges, hiciera recuperar la juventud  de los jubilados, que al mismo Balneario, van llegando.
Tu espíritu luminoso,  adquirido en Cuba, te hace comunicativa y esa comunicación hace que todo el mundo se sienta feliz, hablándote y escuchándote. En la Sala Mayor del Balneario, te pusiste a comunicar cuentos humorísticos, igual que los chistes que se cuentan entre amigos y tus formas de expresión hacían explotar de risa, a todos los que  estábamos escuchándote, porque tu personalidad se convertía en la representación del chiste, por dos personas, el hombre y la mujer. Así  hacías entender a todo el mundo la ley de los vasos comunicantes entre ellos, pero sin faltar a la naturalidad ni a la decencia, más bien, presentándola  a los espectadores que te veían y te escuchaban, como una nueva y antigua ley de los vasos comunicantes, entre hombres y mujeres.
Por todo lo que te dedico, no puedo olvidar aquella vieja copla cubana, que  reza así:”Ay, cubanita de mi alma, que tú me robas  la calma y yo,  no puedo vivir sin ti”.

¡Qué nombre tan acertado te pusieron, porque le tienes caridad a todo el mundo!.

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