viernes, 6 de marzo de 2026

El reloj de pared




La Fortuna me dio la oportunidad de escuchar a dos amantes, que a pesar de amarse con sus tiernos corazones, daban a la razón la ocasión de crear opiniones y a sus lenguas la de expresar esas mismas opiniones y yo estaba atento a su discusión sobre los relojes de pared o de péndulo. Recordaban, sin duda los viejos relojes que marcaban el tiempo, en sus casas de los pueblos, donde nacieran el uno y el otro y afirmaba uno de ellos, que el armario o caja, que protegía la maquinaría y el péndulo era más delicado que los que ahora se fabrican y el otro exponía su opinión contraria, diciendo que aquellos relojes que traían de Olorón, tenían su nido más sólido que los que ahora les ofrecían en los grandes almacenes.

Yo, entre tanto, pensaba que ninguno de los dos relojes, es decir el antiguo de Olorón o el moderno, que ahora nos ofrecen, tiene madera más fuerte que el otro, pues ambas son procedentes de nogales, de robles o de sabinas, en tanto que otras maderas eran simplemente de chopo y cortadas por el carpintero del lugar.

Pero, independientemente de la calidad de las tablas, ahora su ensamblaje es más encajado, porque el ebanista que arma tales cajas, dispone, indudablemente, de técnicas más modernas, porque el relojero actual coloca sonerías que recuerdan la música de viejos carillones instalados en lo alto de edificios nobles que presiden grandes plazas, como la de San Marcos de Venecia. Las campanadas de nuestras viejas “fustarazas” son más sobrias y recuerdan en la paz de las casas campesinas el paso de las horas, que sin embargo en la ciudad, cuando queremos recordarlas, ya han pasado. No digamos nada de los segundos, que ya no cuentan en la vida humana, en tanto que en la “sala buena”del casal del pueblo, esos segundos cantan su monótono tic-tac, como si ese casal tuviera corazón. Los relojeros antiguos y modernos se dieron y se dan cuenta del paso del tiempo, pues en muchos relojes de péndulo está escrito: ”Tempus fugit”, el tiempo huye. Pero a pesar de su huida, si que tiene corazón el tiempo, por ejemplo el de un amor que muchos hombres y mujeres transmitieron a las paredes de la casa, con sus láminas de santos, de guerreros y guerrilleros, de antiguas fotos de bodas y bautizos, de fiestas populares y de bailes de jota y el del tic-tac, que como un cordial brota del reloj y que a lomos de mulas trajeron los ancestros de Olorón o de Pau. La viuda o el viudo recordaban al escuchar ese tic-tac, las ahora caricias ausentes y las luchas de sus hijos en las capitales, por vivir y por sacar a los nietos adelante.

Aquellas tablas ya sufrieron la injuria del transporte y perdieron su equilibrio por carcomas, desajustes de los muros o alabeos de maderos y de vigas. A veces trajeron solamente la máquina y el carpintero de la aldea fabricó la caja, con aquellos pesados instrumentos o el albañil colocó en un hueco, a modo de alacena, en un rincón de la escalera la esfera, el péndulo y la rueda Catalina, haciéndole el carpintero una puerta, con una ventana esférica, para poder contemplar las saetas y las agujas, que marcaban las horas.

Envejeció el reloj del mismo modo que envejecieron los sucesivos habitantes de la casa y hasta esta casa fue conociendo los achaques que el paso de las horas, que el reloj cantaba y contaba, de segundo tras segundo acompañados por su tic-tac sonoro, que parece mentira que tuviera el poder de acumular años y años, que pasan y que pesan y marchitan, como he dicho, a las personas, a las casas y al aparato mismo, que venido de Francia, se cuartea, se ladea y pierde su equilibrio, para, por fin, enmudecer.

Yo recuerdo, como también ustedes lo harán, la canción que decía: ”Mi abuelito tenía un reloj de pared, que compró cuando él nació…pero un día el reloj, de tan viejo se paró y con él mi abuelito se murió”.

“Tempus fugit” está escrito, como he dicho, en la esfera de numerosos relojes de péndulo y ese mismo reloj demuestra la verdad de tal axioma, porque aquellos relojes, al hacerlos, los pintaban con colores alegres y vivos, unas veces con flores, otras con caballeros y con damas, que soñaban en el amor y hoy sus colores se han vuelto oscuros y descoloridos. Hoy colorean los relojes con barnices, para dar la sensación de que el tiempo no corre y sin embargo, nuestros nietos los verán viejos y sin alegría.

Esa huida del tiempo de los viejos, casi ha desaparecido porque están en el camposanto y ya casi nadie se acuerda de ellos, pero tal huída es más notoria para el hombre y la mujer actuales, en que el reloj los tiraniza y ni siquiera les permite dar una pausa a su correr; no damos tiempo al tiempo, no le dan tiempo al hombre, aunque a la gente joven se le da todo un tiempo, que no es acompañado por sones de relojes, sino por ruidos engañosos de máquinas de juego y del tin-tin nefasto resultante del choque del dinero. Todo lo traducimos a dinero por aquello de que el tiempo es oro.

Aquellos relojes de pared, para encerrar el reloj de péndulo, se visten de muchas formas y son partidarios del amor. Tal vez, por eso, discutían sobre ellos los dos enamorados y es que fijándose en sus cajas, se da uno cuenta que las hay con unas curvas, que son iguales que las caderas de mujer, en cambio hay otras que poseen una forma rectilínea, como si de hombres se tratara y el ritmo que marcan con su péndulo, acompañado por ese ir y venir, se acompasa al ritmo de los corazones de los hombres y mujeres. ¡Oh Tempora, o mores!,¡oh tiempos, oh, costumbres!, porque en aquellos antiguos tiempos, las costumbres cultivaban el amor y hoy, en estos tiempos, en las calles de las ciudades grandes, los corazones van despendolados.

Acompasemos nuestras vidas al ritmo que nos marca el tiempo y no pensemos que a la muerte nos conduce, porque no existiendo para Dios ni pasado ni futuro, porque para El, todo está presente, nos haremos presentes eternamente.

Leyendo, conversando y meditando al compás de nuestros viejos relojes de pared, nos sentiremos acompañados en el camino que nos conduce a un presente inacabable.

jueves, 5 de marzo de 2026

Crisis en el siglo XVII y vuelta a lo mismo en el XXI



España en el siglo XVI expandía su poder por el Mundo. Crecían en España las ciudades y los puertos y en el Nuevo Continente se creaban ciudades como Méjico o Buenos Aires. Crecía el poder de los hombres, de los comerciantes, de la manufactura y de la navegación. Pero después de este progreso, se inicia una crisis económica con una gran carestía, que producía la inflación. Si a estas circunstanas añadimos la peste, que bajaba en España de Castilla a Andalucía, la situación se hizo catastrófica. Basta leer alguna de las novelas picarescas, que describían el hambre y la miseria. Entre otras causas de la ruina de la hacienda real, estaban los gastos que causaban las distintas guerras y la conquista y colonización de América, cuando en España en 1613 se expulsaba a los moros. Estos eran muy trabajadores en el campo, en la albañilería con el Arte Mudejar, en la fabricación de tortas y pasteles y en trabajar la seda. Pero la ruina del pueblo tenía su base en la ociosidad, que impedía la producción de riqueza, hacíéndolo caer en la miseria. Muchos cuando lograban poseer un escudo de hidalgo o infanzón, se dedicaban a vivir bien o a aparentarlo. Soñaba España en el oro y la plata importadas de América y parecía un tesoro de algún cuento de niños, pues no se sabía si se lo llevaría el aire a las guerras que se llevaban a cabo por Flandes. En cambio no se acordaban de que con la ociosidad no se producía nada. Debían los españoles reintegrarse a la Agricultura, donde el trabajo resultaba productivo, así como la ganadería, el comercio y las artes que crean productos usados, como la seda, por el comercio. Los bueyes y las mulas desaparecían de los pueblos al marcharse sus habitantes y todo se quedaba yermo. Mientras se trabajaba en América, se abandonaba el comercio con los países vecinos. Algunos veían la restauración del bienestar en la Península, en la recreación de la ganadería. En el Criticón escribe Baltasar Gracián que en tanto los españoles les cambiaban a los indios alfileres, peines, estuches, y cascabeles por oro, los franceses se llevaban esas riquezas, sin disparar ni una bala, con los mismos objetos de París, cambiaban el oro a los españoles. Dice Baltasar Gracián “que a los españoles les cupo la honra, a los franceses el provecho”. Campomanes dice a los lectores que es necesaria la Educación Popular, cuando en aquellos tiempos muy pocos sabían leer.

Han pasado aquellos lejanos siglos y al llegar el siglo XX y XXI, hemos llegado a muy parecidas circunstancias. En el siglo XVI se traían oro de las Américas y antes de la Guerra Civil, en Iberia había gran cantidad de oro en el Banco de España. Si las Guerras de Flandes se llevaron el oro antiguo, la Guerra civil se llevó y más tarde se fueron llevando casi todo el que poseía España. Si en 1613 se echaron de España multitud de trabajadores moros de la tierra, ahora se han dejado venir multitudes de extranjeros. En 1619 el Consejo de Castilla, escribía “pues para poblar el reino la gente no se ha de traer de fuera”. En el pueblo de Ola, a pocos kilómetros de la ciudad de Huesca, despacharon catorce familias, que allí dejaron un arco árabe en la entrada de un pozo, se trajeron nuevos habitantes de los Pirineos, pero hasta el siglo XVIII, no se les dieron Escrituras, pues se habían quedado con las tierras, algunos nobles. Después de marchar los moros, se fueron muchos cristianos, porque el comercio no cumplía aquello de “ el labrador no tenga tasa para vender el pan de su cosecha”… Quevedo escribe lo que ahora pasa con los precios de la cebada:”Cebada que sobra los años mejores-de nuevo encierran los revendedores” y sigue: ”Familias sin pan, y viudas sin tocas-esperan hambrientas y mudas sus bocas”. Ahora la gente no está dispuesta a acallar sus bocas. Las autonomías han convertido al país en un Reino de Taifas.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Vuelos sin motor



Siendo veterinario de Alcalá del Obispo, fui a su Campo de Aviación y de Monflorite y vi aterrizar un velero, que al posarse se tornó, de móvil y gracioso, en torpe; se ladeó y quedó como queda varada una barca en la arena. Me vino a la memoria otro caso de aterrizaje forzoso de un velero, en la finca del Tapiado, cerca de la carretera de Huesca a Tarragona; ocurrió un día en que se celebraban las fiestas de Siétamo. Me recuerda su vuelo el de las águilas reales por su elegancia y por su porte; evoluciona en círculos aéreos sin estela, cual la dejan los ruidosos reactores y me recuerda también el vuelo de los buitres, que pierden su elegancia al pisar el suelo, donde se vuelven torpes.

Después de cumplir con mi obligación de vacunar al perro, el director, que llevaba fama de ser un gran Maestro de Vuelos sin Motor, me invitó a volar en un velero, pero sentí miedo; luego pensé que perdí la ocasión de aproximarme al cielo, a la serena paz que inspiran allá arriba, el éter y abajo las sardas y los sasos del Somontano oscense, donde corren las liebres y se ocultan las perdices y conejos; en medio las brisas amorosas juegan y se recrean mutuamente con aves altaneras; son compañeros en el aire los aviones de madera y lona ,sin motor, con los gaviones y otras aves de altura; se acompañan pacíficamente la técnica y la vida y el hombre vuela como un nuevo ICARO sin quemarse las alas y acercándose al cielo.

No he querido volar y me arrepiento de que mi cuerpo no pudiera elevarse como se elevan las ideas perdiendo por un rato la gravedad, que nos atrae al suelo, a la rutina, a caminar por pistas ya trazadas, con curvas, con “stops” y servidumbres crueles.

Que me perdone el maestro que me invitó a subir, porque quisiera, cuando llegue el fin, subir en un velero y que un huracán, que el dios Eolo con su soplo insufle, lo arrebate entre estrellas y sistemas solares, donde la paz se extiende. ¡Así subiría desde Alcalá- Monflorite al cielo!.

lunes, 2 de marzo de 2026

La Ermita del Viñedo o del “Viñero” aragonés

 


Me encontré con Joaquín Borruel, cuando iba a montarme en el coche, para ir a contemplar el paisaje que ofrece la Sierra de Guara, alrededor de la Ermita del Viñedo. Se lo dije y le ofrecí acompañarme, a lo que él accedió emocionado, porque según me dijo, era Cofrade de la Virgen del Viñedo, desde que se fundó dicha Cofradía. Se sentó a mi lado y empecé a “ver” con los oídos como: ”Santolaria está en lo alto- Castilsabás en un tozal- y la Virgen del Viñedo, en medio del olivar”. Joaquín nació en Siétamo, nombre que figura en el estandarte que se encuentra dentro de la iglesia y su madre en La Almunia del Romeral, donde vivió un periodo de su vida. Y ¿cómo no iba a hacerse Cofrade de la Virgen del Viñedo?, cuando en su memoria llevaba el recuerdo de las dos visitas anuales que hacían los hijos de La Almunia, una vez sólo ellos, el ocho de Diciembre y otra el uno de Mayo, acompañados por los fieles de doce pueblos somontaneses. La primera vez los miembros de casa Martinete de la Almunia, después de oída la misa, obsequiaban a todos los vecinos a gustar tortas de anís o de aceite. Con aquellos recuerdos de nuestro Somontano, llegamos a la Ermita. Está construida con piedra de sillería y en la parte alta con ladrillo, siendo construida en 1728. El campanario está cubierto, no con líneas rectas, sino por una graciosa curva y debajo de la ventana donde suena la campana se encuentra un reloj de sol, aunque parece que en este lugar no corre el tiempo. A continuación se abre un a modo de claustro, en cuyo interior han colgado las golondrinas unos dieciocho nidos, porque en ese claustro han hallado la paz. Dentro de su pequeño volumen, da la impresión de ser un enorme Monasterio dedicado por el pueblo del Somontano a la Virgen del Viñedo, como si hubiere recibido su consagración del cercano Monasterio de Monte Aragón Dentro de la Iglesia preside desde el altar mayor la imagen de la Virgen del Viñedo, en un magnífico retablo, reconstruido por el notable artista, Julio Luzán. Dentro de este “Monasterio del pueblo”, se encuentran las paredes pintadas con una sencilla gran pintura de la Virgen del Viñedo y pinturas de Santa Lucía y de Santa Bárbara. En un cuadro se encuentra un romance que cuenta los milagros de la Virgen y en otro, en una “fabla” aragonesa, ya en decadencia, pone diversas circunstancias de la iglesia. Por un corto camino, pero con un encanto especial por los ramajes y sombras por ellos producidas, se llega, como en otros tiempos llegarían las caballerías cargadas de sacos de olivas, a molerlas en el Molino. Entrar en este edificio, te hace sentir a los hombres trabajando, para obtener el aceite de oliva y te emociona el sentimiento producido por el trabajo excesivo de aquellas gentes, que dormían en el mismo local, para no perder un minuto de tiempo. Allí están los algorines o depósitos de olivas de Pedro Calvo de Santolaria, de mi pariente José Vallés de Castilsabás y de Juan Ordás. Estos señores y varios otros dueños del Molino, lo dieron a la Ermita, donde se mezclan el sentimiento religioso y el amor al trabajo. Allí está el “redol”, donde una caballería haría dar vueltas a la piedra, muela o roello, que hacía brotar el orujo, separado por las esteras que colocaban para después sacarlas, someterlas a presión y obtener el aceite. Llama la atención la Prensa de Libra que tiene unos catorce metros, que con el manejo de los molineros aceiteros, presionaba para que saliera el aceite. En aquel enorme madero, uno de aquellos hombres, escribió lo siguiente, pero no sé si es exacto lo que digo : ”si es que logro con tesón, darle a la “pira”(al madero) función, como de un pobre, he de dar gracias a la Virgen”. Allí trabajaban y oraban, pero aquella pobreza de sus condiciones de vida, ha hecho, que aquella zona tan trabajadora se haya quedado casi despoblada. Pero hay un despertar entre los altoaragoneses por el recuerdo del Molino y el amor a la Virgen, que hacen que se haya convertido la Ermita del Viñedo en un lugar de visita extraordinario, para recordar y estudiar la vida del Somontano.

La culebra



En Agosto de este año de 2010, he encontrado en el portal de mi casa del pueblo, una pequeña culebra. La he recogido con mucho cuidado y la he liberado en el monte, para que creciera y realizara todas las buenas faenas que realizan en la Naturaleza sus hermanas y compañeras. Cuando era niño les tenía a las culebras temor, pues me daba miedo pensar en que pudieran contaminarme con alguna mordedura, que se me llevase de ese mundo, envenenado. Me habían contado algunas ancianas, que acudían las culebras a tetar en las mamas de las mujeres que estaban criando y luego he leído como en Méjico todavía hay gentes que creen en tales hechos. Pero también el cura en la iglesia nos recordaba el hecho bíblico que dice que una serpiente tentando a Adán y Eva, nos hizo a los hombres caer en el pecado y en las desgracias de esta vida. La gente les tenía temor y algunos pastores mataban las culebras para obtener su sebo o grasa para convertirlo en una pomada, que decían servía para curar las artrosis, el reumatismo, la artritis y hasta para combatir el cáncer. Sin embargo las culebras de este país eran animales pacíficos y bondadosos, que trataban de vivir sin molestar ni ser molestadas por nadie. Cuando se las descubre, como he hecho yo en el portal de mi casa, lo que tratan es de huir y simular una lucha defensiva. Son distintas de las víboras que tienen las pupilas de sus ojos, verticales y romboideas como los gatos. Yo me acuerdo de contemplar las culebras del río Guatizalema, de otra especie, que vivían felices en el agua. La genética pone en muchos animales dibujos y aparatos anatómicos para espantar a los animales atacantes, como las mariposas con los dibujos misteriosos en sus alas. Las mismas culebras, a veces, silban para espantar a sus enemigos o la culebra de escalera cuando huye va golpeando con su parte posterior en el suelo para espantar con su sonido, como si con su parte posterior, tocase el tambor terráqueo. Con las serpientes ocurre lo mismo que con las personas, pues unas son buenas y según los campesinos, otras perversas y hasta diabólicas; las buenas son las culebras que no inyectan a nadie veneno y las malas las que lo inyectan, a las que mucha gente considera como diabólicas con un criterio antiquísimo.
Alguna vez he encontrado una “camisa” de serpiente, que cambian cada año, pues dichas camisas son de un material muy fuerte y a medida que van creciendo, necesitan despojarse de ellas, para que se adapten a su anatomía. Algunos viejos artesanos recubrían con ellas alguna cartera o algún monedero, para darles un sentido enigmático.
Yo creo que la pequeña culebra que encontré en el patio de mi casa, era una cría de la llamada “culebra de escalera”, pues las adultas alcanzan alrededor de un metro y medio. Se llaman de escalera porque van escalonadamente perdiendo el color que las adorna de pequeñas. Se refugia en los matojos, en los terrenos secos y en los bosques y hace su vida de acuerdo con el calor ambiental, pues en Andalucía estas culebras, se muestran activas en invierno, porque no hace frío alimentándose de ratones, pájaros, huevos, lagartos y sube a los árboles para asaltar los nidos. Hay quien dice que hacen su vida durante el día, pero sus movimientos diarios son más bien crepusculares y nocturnos. Se arrastra por las carreteras por las noches, para gozar del calor que recoge el asfalto de los rayos del sol, que le han dado durante el día. Por eso se ven lugares donde se encuentran culebras atropelladas por los coches.
Las hembras ponen sus huevos durante el mes de Julio, resultando pocos en número pero de gran tamaño. En la primavera tiene lugar la copulación con los machos.
Habita la Península ibérica y el Midi francés. Su principal enemigo es el águila culebrera y a consecuencia de sus ataques se ven culebras con sus colas retorcidas. Como vemos las culebras son atacadas e incluso se dice que “a la culebra, con certeza, se mata cortándole la cabeza”. Pero hay que abandonar el gusto que le tienen algunos hispano-americanos, que dicen que les causa un gran placer dar el nombre de culebras, con un tinte mitológico, a esos fenómenos terribles como los tornados o las trombas, porque la Naturaleza es muy poderosa y arrasa hasta las mismas culebras, que como hemos visto son buenos animales.

domingo, 1 de marzo de 2026

El viejo campesino



Me he encontrado a un viejo campesino, pues tiene ya noventa años y allí en la puerta de su casa, estaba sentado, tomando la sombra. Seguramente por la mañana tomaría el sol, porque la fachada de su casa mira al sol saliente y en cada lado de la puerta tiene colocadas dos piedras de sillería, procedentes de algún pajar quemado para la Guerra Civil. En una de esas piedras estaba sentada su esposa y en otra Antonio, tranquilamente y sin prisas Nos hemos saludado, dándonos las buenas tardes y acabada la manifestación mutua de tan buenos deseos, el anciano Antonio, me ha ofrecido un vaso de buen vino y digo bueno porque, según me ha dicho, lleva ya cuarenta años en el mismo tonel. Es que lo viejo está lleno de buenos recuerdos y los toneles de madera, saben contener el buen vino. El, naturalmente, ha sido campesino, albañil, jugador de pelota en la Plaza Mayor de Siétamo, donde, jugando contra un equipo de tres “pelotaires”, nunca le ganaron. Pero con noventa años de edad, la vida le ha dado tiempo para hacer todas las cosas, por ejemplo fue cazador, unas veces de conejos, otras de liebres, muchas de perdices y en ocasiones de jabalís o “jabalines”, como los llaman los hijos de mi tierra. Cierto día, estaba Antonio en su huerta, que fue antes del Mesón y situada a las orillas del río Guatizalema, cerca del monte de Castejón de Arbaniés. En aquella parte alta del monte de Siétamo hay poca huerta, pero Antonio la había comprado al mesonero y en ella cultivaba patatas, judías, tomates, melones, cebollas de las que me recuerda que eran muy gordas. Pero además se preocupó de plantar nogueras, avellanos, manzanos, perales e incluso cereceras o cerezos. Cuando él cultivaba su huerta, veía, con frecuencia pasar y explorar su huerta, a alguna cuadrilla de jabalís, pero Antonio los vigilaba dentro de la “espera”, que era una caseta vieja y dentro de ella, esperando, comía nueces para aliviar tan larga espera. Los jabalíes, después de dar varias vueltas por los nogales de la huerta, se marchaban, porque se daban cuenta de que por allí, estaba el amo. Un día llegó por aquella huerta mi hijo Ignacio en plan de cazador y se encontró con Antonio y su mujer Rosario, que estaba cogiendo manzanas. Le dijo Rosario : ven a cazar los jabalís porque todas las nueces y avellanas que van cayendo durante el día, ellos por la noche se las comen. Los jabalíes batían los nogales, que entonces eran pequeños, rascándose en sus troncos y además se comían las avellanas y las cerezas. Con tanta variedad de frutas y verduras, no es extraño que Antonio todavía esté vivo con noventa años y sentado en su piedra de sillería tranquilamente, todavía le quedan bastantes más años de vida.

Pero ahora en los pueblos, no sólo Antonio sino muchos campesinos han abandonado el cultivo de los huertos y sus mismos huertos, pues teniendo tantos años, no pueden trabajarlos. Sólo quedan los árboles frutales, pero se han acabado las verduras, como aquellas gruesas cebollas, que se comían guisadas unas veces y otras en ensalada con tomate, que refrescaban el cuerpo y el alma. Ahora, como estamos en crisis, han arrendado la huerta a un ciudadano, que es frutero y esperamos que tenga la misma afición que Antonio por la huerta. Pero los jabalíes no sé si dejarán sanas las verduras y frutas de su viejo huerto.

sábado, 28 de febrero de 2026

Samblancat de Graus




Samblancat es un apellido extendido por casi toda España, no sólo en Cataluña sino también, por ejemplo, en Murcia. Pero fue en Graus donde nació Angel Samblancat, Villa ésta, donde a sus ocho años de edad fue a vivir “El León de Graus”, Joaquín Costa y donde vivió cierto tiempo el gran escritor y jesuita aragonés, autor del Criticón, Baltasar Gracián. Escribió la tercera parte del Criticón, con su nombre cambiado, lo que le causó que fuera desterrado a Graus, “sin libros, pluma ni papel”. Costa fue un gran político, jurista, historiador y regeneracionista. Fue más regeneracionista con el agua, que afirmó que tenía que llegar a todas las zonas aragonesas. Tanto es así que la familia del también regeneracionista Labordeta, ha enviado las flores que recibió por su muerte, a la tumba de Costa en Zaragoza. Baltasar Gracián, nacido en Belmonte en 1601, y en 1631 fue destinado al Colegio de Huesca. En su obra “El Criticón” relata los pensamientos de dos hombres que se encuentran en una isla: “Critilo es el héroe, el discreto y el político, el hombre que nunca combate, sino que gana las batallas con la prudencia” y Andrenio es un estúpido y gobierna todo lo que hay bajo el instinto del hombre. Estuvo en Graus, desterrado por la Orden Jesuítica y Samblancat lo cita en su obra. Pero es notable su conversión en un “criticón” de la política en España, porque trata a todos los políticos que lucharon en la Guerra Civil española, como Gracián trata a Andremio el estúpido. Samblancat no se debió dar cuenta del talento práctico del pueblo de Graus, que cada año celebra una fiesta en la que crean con tesón y con ganas de progreso, metros y metros de longaniza. Los de Graus amaban a las longanizas de la paz y el grausino Samblancat, escribe sobre la Guerra Civil con “la deformación esperpéntica de la realidad”. El comportamiento de los políticos en aquellos años de la República y de la Guerra Civil, lo define Samblancat con su “Yo acuso a las víctimas”, en su obra “Caravana nazarena” en que relata el “éxodo y odisea de España, desde 1936 a 1940”. Al ver en su libro aquello de éxodo y odisea de España, me acuerdo de mi gran amigo Antonio Bescós, al que en mi pueblo trataban como “Trabuco”, que huyó en masa con sus compañeros durante la Guerra, a Francia, donde pasó frío y hambre. Un pariente suyo, General del Ejército Nacional, le evitó la cárcel al volver a Siétamo, su pueblo natal. Yo tenía cinco años cuando empezó la Guerra y con mi abuela materna, mis padres y mis cinco hermanos, tuvimos que sufrir la odisea hacia Francia por Jaca y Ansó, pero no hizo falta pasar a Francia. ¿Quien tuvo la culpa de tales sufrimientos?; y contesta Samblancat diciendo “Yo acuso “, como víctima de aquel éxodo y odisea, en la que tomó parte, igual que sus enemigos políticos”. Y acusó obligado por el “temor creciente ante el horror de ser retornados a España, o ante el avance del Führer tudesco”.

A Franco lo llama “buitre de collar desde que nació” y a Azaña, Presidente del Gobierno en Mayo del 36, lo llama “Cucaña” y lo define como “Buda abúlico y panzón, con verrugas en la cara y en el alma”. Según Samblancat: “El cambio de régimen no fue más que una especie de pasarse el cubierto y la servilleta un equipo de juerguistas a otro”.

¡Cómo se olvidaron del progresismo de Costa!, pero Samblancat se acuerda de Gracián citando en su obra, la “Crítica moderna”. Samblancat escribe :”la guerra es el principio de todo el mal” y atribuye “al mal gobierno de la República el Alzamiento del 18 de Julio”. Si se hubieran seguido los consejos de los residentes en Graus: Costa, y Baltasar Gracián, se hubiera cambiado la Historia de la Guerra, en una Fábula. Pone en la obra que Ortega y Gasset “había publicado el año 1925, la Deshumanización del Arte, igual que ahora que ya no se escriben casi en los periódicos, artículos filosóficos, científicos y de Arte.

El reloj de pared

La Fortuna me dio la oportunidad de escuchar a dos amantes, que a pesar de amarse con sus tiernos corazones, daban a la razón la ocasión de ...