domingo, 19 de abril de 2015

Las ruedas de los molinos



Ya quedan pocos molinos en las orillas de los ríos y cuando puedo, observo su ruina actual, y recuerdo su belleza antigua .En cierta ocasión en el agua corriente del río Guatizalema, encontré una rueda de piedra de un molino, que ya no rodaba, sino que estaba triste, porque ya no daba vueltas en un molino,  impulsada por el agua, sino que había entrado en una fase de inutilidad, para aquellos viejos molineros, que vivían  para seguir dando vida a la humanidad. Representó, muchos años antes, esa rueda de molino, la conservación de la vida humana por aquellos molineros, que acompañaban a las pétreas ruedas de sus molinos, para que el hombre consiguiera obtener el “Pan Nuestro de cada día”.
Esta verano estuve con mi yerno Santiago , en el Molino de Aratorés, que pertenece  al municipio de  Castiello  de Jaca, y a cuyo lado corre el río Aragón. Está el pueblo de Aratorés  al lado de Francia, debajo del Bearn y al lado de Navarra. En la puerta de su cementerio se ve una piedra picada formando el dibujo de un “lauburu”. Allí daba la impresión de vivir en el pasado y en el tiempo actual, porque se oía hablar al río Aragón, se oía también lejano, pero real, el vascuence, al ver las “cuatro cabezas del Lauburu”, en la entrada del cementerio, al lado de la iglesia. Se escuchaba el canto de los pájaros, se contemplaba el vuelo de las aves algunas de las cuales,  cruzan los Pirineos, unas veces hacia Francia y otras que bajan a España. En el canal que conducía el agua al molino, nadaban diversas especies de peces y se escuchaba a veces el croar de las ranas. En el prado que se encuentra en las mismas orillas del río, me dijo el anciano molinero que en invierno, los ciervos berreaban,  se daban golpes frente a frente con sus múltiples astas  y se hacían el amor.
Pero no sólo eran felices los montañeses, sino que también lo fueron los molineros de los ríos del Somontano oscense, como los del  río, Alcanadre, que  con sus aguas molían el trigo en el Molino de Pertusa.
Era molinero del Molino de Pertusa, Antonio Borruel Azara, que fue el abuelo del Agrónomo, que actualmente vive en Pamplona, que  trabajó o regentó el Molino de Pertusa. Su nieto, el Agrónomo,  expone que quizá fue ayudado Antonio Borruel Azara, por su bisabuelo Jaime Pujol Molinos.  Esta etapa de la vida de estos molineros  pudo ocurrir entre 1830 y 1840. Pero Antonio Borruel Azara, hacia 1895, estuvo regentando el Molino de Sesa, para pasar en el año de 1900, a regentar el Molino de Novilles, en 1914 el de Sadaba y en 1918 el de Uncastillo.
Don Antonio Borruel Olano, el Agrónomo, que estudió en Pamplona con mi hermano Jesús Almudévar Zamora, se muestra deseoso de conocer noticias sobre el Molino de Pertusa, pero yo las he pedido y no las he obtenido. Además ya no dispongo de carnet de conducir para viajar a Pertusa. Me comunica algunas relaciones sobre su familia en Laluenga  y otra de Pertusa.  Pero el eje central de la historia de la familia de Antonio Borruel Olano, se centra en el Molino de Pertusa.
El propietario del Molino de Pertusa era Don Manuel Foncillas Bara  y con este señor, de amplio caudal,  era pariente el molinero de Pertusa Antonio Borruel Bara, cuyo segundo apellido Bara coincidía con el segundo  Bara del Señor y dueño del Molino de Pertusa. De  Don Manuel Foncillas Bara, en los  “Linajes de Aragón”, se lee que los Bara estuvieron viviendo un siglo  en Casbas, donde se encuentra abandonado por las religiosas, el Monasterio de Casbas, donde escribió incluso en aragonés , la tía del Conde de Aranda.  Su pariente, que fue  molinero Antonio Borruel Bara, nació en Laluenga en 1830 y muy joven, empezó a trabajar en el Molino de Pertusa. Este Molino perteneció a los Foncillas, a saber a Don Ignacio Foncillas, nacido en Pertusa. Un pariente de este Foncillas, a saber Francisco Foncillas Pertusa, fue Catedrático de Medicina en la Universidad de Huesca.”A los Foncillas de Pertusa perteneció  don  Ignacio Foncillas, nacido en dicho pueblo. Estos Foncillas eran de la Baronía de Pertusa, a la que pertenecía Barbuñales, con los Azara o Azagra”.  Los Foncillas,  como dice la frase anterior,  eran de la Baronía de Pertusa, a la que pertenecía Barbuñales, con los Azara, o Azagra  para otros. Los Azara de Barbuñales fueron ejemplares en la Historia de España. Los Foncillas  eran una parte de esos Azara, que eran Barones de Pertusa. Los Azara de Siétamo eran parientes de la numerosa familia de los de Barbuñales, que hicieron brillar su genio en Europa y en América.
 En 1867, Antonio Borruel Bara, molinero en Pertusa era pariente de los Foncillas o Barones   de Pertusa. Este Antonio Borruel Bara  se casó con Josefa Azara, nacida en Usón, que  se trasladó a Pertusa, y tuvieron un hijo llamado Antonio Borruel  Azara, que en 1895 se casó en Pertusa con Isabel Pujol González y se trasladaron al Molino de Sesa. ¡Cómo se mezclan los apellidos de Bara y de Azara, en la Baronía de Pertusa! y ejercen de molineros!.
A continuación dispongo de varios datos, cuyo orden no comprendo y paso a copiar una nota escrita por el señor Borruel Olano, que dice lo siguiente:”Como todos los artículos de Ignacio Almudévar Zamora, me ha encantado, pues además de dar una visión de Huesca, la Hoya, el Somontano durante el siglo XX, también incluye datos históricos de siglos anteriores. Hasta otras razones que me han hecho muy agradable este artículo, pues aparecen datos sobre las familias Borruel y Azara, ya que mi abuelo se llamaba Antonio Borruel Azara, nacido en Pertusa. Hay otra circunstancia, estudié en Villaba con Jesús Almudévar Zamora, hermano de Ignacio en Siétamo. Escribe sobre Geografía e Historia. El artículo es muy interesante, pues nos muestra la vida en los Molinos de Huesca. Lo que más me ha congratulado es que habla mucho del mismo Molino de  Pertusa, debido a que mi abuelo Antonio Borruel Azara, nacido en Pertusa, trabajó o regentó dicho Molino, quizá con mi bisabuelo Jaime Pujol Molinos; todo esto pudo ocurrir hacia 1880- 1890. Hacia 1895 Antonio Borruel estuvo regentando el Molino de Sesa . En 1900 regentaba el Molino de Novelles. En 1914 el de Sadaba. En 1918 el de Uncastillo.  Si alguien me puede dar noticias sobre el Molino de Pertusa, estaría muy agradecido”. A estas preguntas se me ha contestado que en Pertusa, estuvo Valentín Artero Catevilla, abuelo de mi amigo Valentín y allí conoció a Benita Fau Gtau, hija de Pertusa y con ella se casó. La organización de los molineros se hacía desde los molineros de categoría y los simples obreros y por eso el abuelo de mi amigo Valentín Artero Ribera, estando en Pertusa, regentaba al mismo tiempo el Molino de la Santeta,a orillas del río Flumen,cerca de Quicena. En este molino conocí a un molinero que era de Siétamo, muy cariñoso conmigo, que estaba casado con una ,no se si tía o hermana del dueño de la Fábrica de Harinas, situada más tarde en Huesca. El padre de Valentín Artero Fao, tuvo algún molinero, que desde Pertusa, regía el destino de muchos molineros,que desplegó por tierras de Navarra y cerca de ella, como por   Uncastillo donde estuvo Antonio Borruel Azara. Este molinero era pariente de los dueños del Molino de Pertusa, pero todo hace pensar, en que los Borruel y los Artero formaban una especie de Sociedad que iba desde el río Guatizalema en Siétamo hasta los Molinos hasta los de Sena y Sariñena. No es extraña esta Sociedad Molinera entre los parientes del Barón de Pertusa,del que era pariente Antonio Borruel Azara y de los Artero , que fueron olineros durante seis generaciones. El padre de Valentín ¿no mandaría a Antonio Borruel Azara a Uncastillo?. No sería extraño porque seis generaciones de molineros en los ríos Guatizalema y Alcanadre y en la misma Sadaba de Navarra y Uncastillo se Zaragoza,hacen pensar en un alto poder de producción harinera.
Yo comprendo el sentimiento de Antonio al acordarse de esos ríos, molinos y territorios navarro aragoneses. Últimamente  el día 6 de Marzo de 2015 .el señor Beñat Larrañaga, me escribió en mi ordenador, lo siguiente: “El pueblo que mencionas sobre los rezos en euskera es Uncastillo,  en las Cinco Villas. Todavía en 1927 se enseñaba la  catequesis a los niños (algunos ¿¿) en euskera. Prueba veraz es que hace unos años un estudioso del euskera conoció a una persona, ya muy mayor, que todavía era capaz de rezar “Aita gurea Zerutan Zarana…( Padre nuestro que estás en los cielos).  Increíble, pero cierto”. En 1918, estaba Antonio Borruel Azara en el Molino de Uncastillo.  ¿ Ha tenido alguna noticia de los rezos en euskera en la iglesia del citado pueblo?. Lo que tampoco hay que  olvidar, son  las ruinas de las construcciones romanas para conducir agua, que se encuentran en Uncastillo.
De Antonio Borruel Azara, nacido en Pertusa y abuelo del Agrónomo Antonio Borruel  Olano, son las últimas noticias que tengo de los molineros de Pertusa, es decir que estuvo en el Molino de Uncastillo, por los años de 1918.
Ahora vista la forma de gobernar la molienda en tantos lugares,  pasamos a considerar otra familia de molineros, como  don Valentín Artero Ribera de 64 años de edad, que me explica que su familia se había mantenido durante seis generaciones, dedicada a la molinería en la Provincia de Huesca.
La familia de los Borruel Azara, parientes del Barón de Pertusa y de los Azara de Barbuñales, que desde el Molino de Pertusa, iba de molino en molino, hasta Sangüesa de Navarra y  Uncastillo,  en la provincia de Zaragoza, ejercen de molineros en una misma sociedad,  con loa Artero, en los mismos molinos, que la antigua familia molinera de los Artero. Estuvieron moliendo cereales en el Molino de Sesa, por ejemplo los Borruel y los Artero.
Hoy, Valentín Artero Ribera, con sesenta y cuatro años de edad, que en su niñez trabajó de molinero, me dice que su padre fue Fausto Valentín Artero Fao,  que nació en 1912 y fue molinero en Torres de Alcanadre. Este Fausto se casó con María Ribera Ramoneda, nacida en  1913 y fue  padre de Valentín Artero Ribera, que regenta el Restaurante. Valentín Artero Ribera estaba en el Molino de Sesa acompañando a su abuelo Valentín Artero Catevilla,nacido en Laluenga y que vivió 87 años ya que su padre  había sido llamado por el Ejército Republicano para participar en la Guerra Civil de 1936.Su padre Valentín Fausto Artero Fao , se fugó del Ejército Republicano y se incorporó en el Ejército Nacional. Este cambio le dio la ventaja de no pasar unos cuantos años prisionero.
Y sigue Valentín informándome de que su bisabuelo paterno fue Valentín Artero, que nació en Siétamo y “con este nombre  y primer apellido mi padre me dijo siempre, que se habían mantenido los Artero, dedicados en seis generaciones, todos dedicados a la molinería de la provincia de HUESCA”. Fueron los Artero, unas veces inquilinos de algunos molinos y otras veces propietarios. Tiene memoria de haber trabajado en los molinos de Pertusa, de La Santeta, de  Lalueza, de Siétamo, Torres de Alcanadre, Bujamán, Sesa, Huerto, Estiche, Sariñena y por último Sena. En Sena se crió Valentín Artero Ribera, acompañado de sus padres, desde los ocho años  a los trece.
Yo no encuentro tratos de proximidad o de parentesco entre los Borruel Azara, parientes de los Barones de Pertusa, con los Artero Ribera, con el llamado Fausto Valentín Artero Fao, nacido en 1912, que se casó con María Ribera Ramoneda en 1913 y fue molinero en Torres de Alcanadre. Tampoco encuentro parentesco entre los Borruel y los de Artero Catevilla, nacido en Sesa y que estuvo de molinero en el Molino de ese pueblo, a pesar de que los molinos fueron muchos los explotados   por molineros de ambos apellidos. Por la misma época,  los molineros los Borruel y los Artero el mismo año,  Antonio Borruel hacia 1895, estuvo regentando el Molino de Sesa y en 1918, el de Uncastillo.
La causa de este desconocimiento de apellido que emparentaran a los Borruel con los Artero, radica en la pérdida del segundo apellido del bisabuelo Valentín Artero. Si no hubo parentesco sanguíneo entre los Borruel y los Artero, hubo un lucha común entre ambos apellidos ,para repartir la harina entre el pueblo de Aragón.
He conocido al hermano de Valentín y me han hecho ver el temperamento alegre de los antiguos molineros Artero. A Valentín lo mandaron sus padres a estudiar la Carrera de Veterinario, pero él se dedicó además a pintar y sonar la música, pro la que tenía una sensibilidad, que la habían proporcionado las corrientes de los ríos y los cantos de las aves nocturnas, que escuchaban en las oscuras noches en los numerosos molinos que rigieron y que al mismo tiempo sirvieron.
Valentín Artero Ribera, que se dedica  actualmente a seguir un Restaurante en Huesca, escribe:”Mi abuelo Valentín Artero Catevilla arrendó el Molino de Sariñena, que era de la familia Torres y hoy es una Residencia de ancianos. Mi padre, Fausto Valentín Artero Fao, compró el Molino de Sena y lo vendió a los pocos años, y hoy es un chalet. Y aquí terminó el oficio de molineros de la familia Artero”.
Pero cuando Valentín Artero Ribera, llega a darme los datos de su bisabuelo Valentín Artero Catevilla, nacido en Lalueza, nos dimos cuenta de la dificultad de encontrar apellidos comunes entre las dos familias, porque se habían olvidado del segundo apellido del bisabuelo paterno, Valentín Artero, del que se cree, nació en el Molino de Siétamo
Me recuerdan los antiguos molineros la poesía de León Felipe, que dice:”Siempre hubo nieve altanera-que vite el mundo de armiño,-y agua humilde que trabaje-en la presa del molino.-Y siempre habrá un sol también- un sol verdugo y amigo- y en la nube,el agua del río”.


viernes, 17 de abril de 2015

Otoñear en Macondo.-(1986)


Primer aniversario de la muerte de Gabo.

Ayer estuve en Macondo, ese país donde las palabras no quieren decir nada, donde los pájaros vuelan sin mover las alas y donde da igual que las cosas sean de un color u otro.
A aquel Macondo raramente llegaban forasteros; a este Macondo al que me refiero llegan veraneantes, naturalmente en verano, porque los invernantes se van a Canarias o a la Costa del Sol y los hibernantes se colocan debajo de las piedras, en las cuevas y en los troncos de los árboles.
La llegada masiva de forasteros da un tinte especial al pueblo, de tal manera que el que no lo conoce a fondo no cae en la cuenta de que se halla en Macondo.
Cuando llega el otoño todo cambia, en contraste con el Macondo de allá, donde nada cambia; llega una señora otoñal a otoñar u otoñear, que no sé si se  dice de ninguna forma, pero como debo contarlo, yo digo que otoñea doblemente, su propio otoño y el temporal. Si esto ocurriera en el de allá (Plus Ultra), es probable que los amerindios no dijeran nada; en este detalle descubro que hay diferencias entre allá y acullá, porque aquí, dicen. Los macondos auténticos tal vez digan algo, pero lo deben de decir sin hablar, mas los macondos de acullá son más cachondos porque dicen las cosas diciendo, aunque lo que aquéllos dicen sin decir viene a no ser nada, como lo que  aquí dicen diciendo.
No son dicentes en ninguno de los dos Macondos, porque en áquel no dicen y en éste no es una persona concreta la que dice, no lo que dice es tampoco concreto. Dicen que en el principio fue la Palabra y ésta saldría de las bocas como sale ahora de las bocas de los macondianos, primitivamente, sin obedecer a esquemas racionales.
La dama otoñal está inmersa en las dicencias, decires o “dijendas” y tiene los ojos atónitos, como atónito se queda uno al leer lo que pasaba o parecía que pasaba en el auténtico Macondo.
Ayer me habló la otoñal otoñadora y me dijo que tres, no me aclaró si hombres o extraterrestres, le habían dicho que otros tres, no se sabía tampoco si se trataba de extraterrestres u hombres, no dejaban pasar por el camino. Añadió que yo iba a hacer un puente.
Descubrí que aún soy joven porque conservo mi capacidad de asombro; sí, quedé asombrado al verme convertido en pontífice, hacedor de puentes, miré hacia arriba y un azul celeste intenso, increíblemente azul me hizo creer que estaba en un Macondo irreal.
Me quedé con ganas de hablar con alguien para poderle contar lo que estaba pasando en este Macondo irreal, para que ese alguien me volviera a la realidad. Fui al teléfono pero no había tal aparato, que se me antojó un puente más necesario que el del río, porque supongo que aquél que yo iba a hacer, habría que levantarlo sobre un río, no en la Plaza Mayor. Ese puente telefónico quizá haría desaparecer algún Macondo.


miércoles, 15 de abril de 2015

Amor y muerte



Cuando uno visita los cementerios, encuentra una reproducción de la que algunos llaman, en la vida,  “lucha de clases” y es que esa lucha, camuflada y revestida por el amor de los vivos a los que mueren, está basada en el lujo que algunos dan a los panteones o monumentos funerarios de sus familiares o amigos. Lucha de clases, porque los que han destacado en su vida en el poder, en las riquezas o en diversos triunfos, como por ejemplo en el toreo, en la política, en el fútbol, en la literatura, en el arte o en alguna de las múltiples actividades, que en esta vida ejercen los hombres y mujeres, como el cine y tantas otras, pudieran ver a sus sucesores  levantarles monumentos, como  a  seres queridos o admirados, en tanto que la gente sencilla se conformaba con “enterrar a los muertos”.
La gran señora, al morir su esposo, quiso llenar de gloria el recuerdo de su vida y dentro de la sala o capilla, en la que descansaba, encargó un cómodo y lujoso sofá, para acompañarlo en las larguísimas visitas, que su amor le pedía; en aquel sofá vivirían acompañados mutuamente y allí recordarían aquellos pasados tiempos, en que fueron felices, aunque ella no podía recordar aquellas ocasiones ocultas en que él amaba a otras bellas mujeres. Parecía a la señora que así echarían nuevos planes para seguir gozando de una vida, que sin embargo ya no les daría más oportunidades de amarse, aquí en el suelo. ¿Por qué la señora quería o soñaba seguir triunfando en este mundo?, ¿ por qué no se acordaba de aquella familia que había perdido a su padre, dejando a sus hijos pobres y necesitados?. Tal vez con  los enormes gastos que hacía en su lucha contra la muerte, hubiera conseguido algún triunfo de aquellos niños en su educación, en su alimentación y en su felicidad. Varias veces pregunté a algún funerario si veía por allí a tan amante viuda y me contestaba, que no acudía al cementerio.
Hay, sin embargo, en unos una lucha por lo espiritual y en otros una lucha por la sensibilidad de los corazones. He visitado el cementerio de las Carmelitas de San Miguel y en él, en unos nichos, depositan, sin ataúd los cadáveres de las hermanas que mientras vivieron “desde el principio de la mañana hasta la noche, esperó su alma al Señor”. Por no lucirse ante nadie, ni siquiera ante sus hermanas, las que quedaron vivas en el Convento, rezan por ellas, pero no ponen en los nichos ni siquiera los nombres de las difuntas, porque el Señor ya las conoce.
Los corazones de los gitanos  tienen una sensibilidad especial con sus difuntos, porque cuando uno llega a una tumba de un gitano, ve flores abundantes y adornos, como su retrato o la imagen de la “Majarí” o de algún santo. Cuando, cualquier día va uno por la calle, se encuentra algún gitano que va al cementerio a ver a sus difuntos. En cierta ocasión, vi en el “fosal” un gran jardín de ramos de flores ante una tumba y frente a ella, sentado en el suelo estaba un gitano, con cara contristada y rodeado de muchos y muchas gitanicos y gitanicas, que le acompañaban. Quizá, para esta clase de hombres morenos, hubiera estado bien que tuvieran un sofá, en el que pasarían el rato acompañando a sus difuntos, mejor que para la gran señora, que después de comprado el sillón, no lo utilizó nunca.
En el cementerio de Las Mártires se levanta un monolito, en el que pone: ”Los republicanos del Alto Aragón, los de Egea de los Caballeros y de Sadaba …erigieron por suscripción pública este mausoleo en el año 1885, para perpetuar la ejemplar memoria de los martirizados héroes que aquí reposan”. Poco nos acordamos los oscenses de tales hechos, pero aquel pueblo del siglo XIX, quisieron perpetuar su memoria, sin orgullo pero con amor. Lo contrario pasó en nuestra Guerra Civil, en que unos y otros se mataban y si se enterraban, lo hacían en cualquier lugar y superficialmente, sin señalar quienes eran aquellos pobres difuntos, sin ponerles sus nombres, pero no por que creyeran en la otra vida, como las monjas, sino por odio o indiferencia 

De todos modos, en el fondo daba igual que trataran de identificar a los difuntos, porque en cualquier lugar del monte, se encuentran calaveras y huesos de otros tiempos y de los que ya nadie se acuerda. Ya nos dice la Biblia: ”Memento homo, quia  pulvis es et in pulverim reverteris”. Tal vez, entre otras razones por este recuerdo que Dios recomienda al hombre, ahora se practica la incineración. Es que para el Señor, no existe ni pasado ni futuro, todo está presente y todos pasaremos a un presente eterno, donde imperarán la paz  y el amor.

lunes, 13 de abril de 2015

Pedro Saputo, el Quijote aragonés





De la misma forma que el manchego Cervantes (1547-1616) es el escritor en castellano, más leído en el Mundo, el aragonés turolense Braulio Foz y Burges (1791-1865), ha sido, según el recordado en Huesca, Don Ricardo del Arco, “Un gran literato aragonés olvidado: Braulio Foz”, que  escribió la Vida de “Pedro Saputo”. Fue durante bastantes años olvidado como autor de tal Vida. Cuando yo era todavía un niño, escuchaba comentarios de Pedro Saputo, pero sólo alguna persona,  te decía que Braulio Foz, sin asegurarlo, podría ser su autor.
El mismo Braulio Foz, escribió sobre su autoría de “Pedro Saputo”, diciendo: “Componen mi nombre las primeras letras de los diez primeros capítulos. Y lo declaro porque hay quien se ha atrevido a apropiárseme esta obra”
Braulio Foz, nació en Fórnoles, provincia deTeruel en 1791 y murió en Borja el año de 1865, a los setenta y cuatro años de edad y su obra “Vida de Pedro Saputo”, se considera como la  más importante de la narración aragonesa en el siglo XIX. Vivió su vida como profesor, soldado, novelista,  poeta, “aunque no pasó de mediocre versificador”,  humorista y dramaturgo, lo que hace pensar, cómo tuvo por modelo al Genio de Cervantes, soldado prisionero en Argel y mutilado por carecer de un brazo, perdido en la guerra.
Cervantes tomó como protagonistas de su obra “El Quijote” a éste Caballero “que estaba desvariado y se creía que estaba luchando con muchos enemigos”, le acompañaba su escudero Sancho”. En cierta ocasión “por el camino Don Quijote y Sancho se encuentran con unos molinos de viento y Don Quijote creyéndose que son gigantes se dispone a atacarlos con su lanza. Sancho le dice que no son más que molinos, pero Don Quijote se empeña en atacarlos ya que él piensa que son gigantes malvados y como consecuencia Don Quijote tropieza con su lanza y se cae al suelo acabando el problema de los molinos…..Al día siguiente cuando se disponían a ir en busca de aventuras vieron a dos monjes vestidos con sus hábitos negros y a una mujer que iba detrás de ellos, y se supone que iban todos en la misma dirección. Don Quijote se pensó que estos hombres tenían secuestrada a la señora que iba detrás de ellos y decidió atacar a los pobres monjes. Sancho le avisó que no eran más que dos frailes pero Don Quijote no le hizo caso y atacó a los frailes. Estos salieron corriendo con la mala fortuna de que uno de ellos se cayó en el suelo. Sancho amablemente quiso ayudar al fraile que se había caído pero los  dos mozos arremetieron contra él y le dejaron inconsciente. Don Quijote a su vez fue a presentarle sus respetos a la señora, pero el escudero de ella arremetió contra Don Quijote dejándole herido de un hombro. Esta batalla queda sin aclarar, puesto que explica Cervantes que no encontró más escrito con estas hazañas”.
Braulio Foz, fue el escritor o “narrador” de la vida de Pedro Saputo, igual que Cervantes fue el escritor de “El Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, acompañado por su escudero Sancho Panza. A éste ya le había conseguido Don Quijote el poder de la Insula, con el pequeño inconveniente de que cada vez que tenía un plato de comida delante un médico que estaba junto a él mandaba que se lo quitaran con lo cual es fácilmente imaginable el hambre que estaba pasando el pobre Sancho”.
Este cuento del ayuno forzoso de Sancho Panza, lo creó Cervantes,  pero en la repetición de cuentos sobre Pedro Saputo, “ya no están seguros de si los han oído de la fuente popular oral o recuerdan  lecturas de su infancia”. Yndurain en el prólogo de una edición de la vida de Pedro Saputo, escribe: ”los que repiten cuentos sobre Pedro Saputo, ya no están seguros de si los han oído de la fuente popular o recuerdan lecturas de su infancia”. El mismo Ramón J. Sender escribe algunos “episodios de la novela de Foz”, de los que se ignora si son recuerdos de un lector o de un oyente. En el “Averiguador Universal (num.79,15-4-IV-1882), en un relato que se titula “Cuentos aragoneses”, firmado con unas iniciales, que se ignora a quien corresponden, narra el cuentecico  siguiente: ”El herrero de Almudévar le metió por la boca a su mujer un hierro candente, porque le trajo el almuerzo frío. Condenáronlo  a morir ahorcado. A los que le llevaban al patíbulo, gritó un labrador amigo suyo: -Vecinos de Almudévar:¿Al herrero del pueblo queréis ahorcar?. ¿Quién  os hará las herraduras de las mulas y las rejas de labrar?. Doce tejedores hay en el pueblo, aunque ahorquéis a uno de ellos, “entoavía vus quedan once. Los labradores convencidos con tan bravo argumento echaron mano a un tejedor y lo ahorcaron”.  Un día de Abril del año de 2015,me encontré con el abogado oscense Don Pedro Loste y me contó que en cierta ocasión en que tuvo que hacer un viaje a Fraga,la abogada a la que iba a visitar, le preguntó por lo cómodo de su ruta y Paco Loste, le contestó: ¡malo porque por la mañana, cuando venía el sol del oriente, no me dejaba ver y ahora, cuando vuelva hacia Huesca, me abrasará los ojos, el sol que se va marchando del día!. Por eso  le explicó como Pedro Saputo se enfadó con el sol  al darle en sus ojos. Cuando estaba escribiendo este tratado de Pedro Saputo, me encontré en la calle al abogado oscense Paco Loste, que conservaba todavía recuerdos de Saputo. Lo bueno del caso es que la abogada fragatina, cundo volvió a verse con el oscense, le enseñó La vida de Pedro Saputo, que se había comprado.
Se corre por Aragón el refrán que dice: La Justicia de Almudévar, que la pague el que no deba”. Observando la rivalidad entre dos pueblos cercanos a saber Almudévar y Zuera, el tema de la Justicia de Almudévar, ¿fue inventado por los de Zuera, para rebajar la moral a los de su vecino pueblo?. Como dice Yndurain: “Luego, Pedro Saputo, para que no se divulgase la atrocidad ya que había sido impotente para evitarla, pidió que no se propalase a fin de evitar el baldón para el pueblo” de Almudévar. Continúa Yndurain que el Saputo, ”hijo de mujer, ojos de vista clara y padre de la agudeza” y su autor “Foz eran todo lo contrario de Correas (que escribió sobre la verdadera muerte del tejedor). Pero así se hacen los libros”.
En el Discurso de Ingreso de Don Rafael Gastón Burillo, recibido en su recepción académica en 1951, se expresó así: “El cuento o dicho de la justicia de Almudévar no es otra cosa que la sátira a ese Derecho Público Subjetivo fundado en el interés: la Justicia de Almudévar, siguiendo al mismo Foz, obró lo que le convenía. Ahorcó a un tejedor de entre los varios que había, y economizó así la vida del herrero que era solo”.
Lo supo Pedro Saputo,”que no quiso ir a la ejecución ni había salido de casa, y fue corriendo a la plaza a ver de impedir aquella atrocidad e injusticia; peo llegó tarde, porque ya estaba despachado el infeliz del tejedor. Llenose  de horror de tan grande barbaridad y se volvió a su casa mudo de palabras y frío del corazón, pareciéndole que el cielo y la tierra se habían mudado”.
Al desaparecer Pedro Saputo, se presentó en Almudévar un mendigo de esa edad poco más o menos igual a la suya, diciendo que era Pedro Saputo. “Al pedirle que pintara o tocara algún instrumento, respondió muy entonado y grave: el águila no caza moscas”. Y sigue Braulio Foz: “Yo me persuado que así los dichos como los hechos que corren como suyos y son tan indignos de su discreción y sabiduría pertenecen al falso Pedro Saputo, a quien los de Almudévar echaron con razón de su pueblo tan mal parado, y que como hemos dicho era un mentecato, un vago y un borrachón torpe e indecente. El hijo de la Pupila fue muy sobrio, muy fino, muy amable, persona de mucho respeto, y tan grande en todo, como se ha visto en esa verdadera historia de su vida”.
 Es evidente que Braulio Foz, tuvo una vocación pedagógica, pues escribió de sí mismo: “Mi carrera, mi profesión y mi inclinación es de humanista”. Pero fue la Guerra de la Independencia, la que cambió su inspiración de la vida intelectual en lucha contra los franceses, bajo el mando del General Perena, durante la cual, tuvo que recorrer el medio rural del Alto Aragón. Ese conocer la vida rural de los aragoneses, le dio una inspiración para escribir su Vida de Pedro Saputo. Subió a sus montes, bajó a las cuevas y visitó San Juan de la Peña, San Victorián, Sigena, Montearagón, el Pueyo de Don Sancho, el Alcoraz, el Pueyo de Barbastro, etc., etc. “Nos muestra como la condición de labrador y propietario de tierras, comportaba un orgullo de clase, que se consideraba superior a comerciantes y posaderos”. ¡Cómo sentía un amor a su pueblo de Almudévar, al contemplarlo, después de una de sus ausencias!. Escribió:”no hay allí río, no hay valles, no hay fuentes, no hay otros grandes y señalados objetos particulares, pero halló el mismo amado suelo, la misma amada campiña, los mismos caminos, avenidas y ejidos que de niño recorría; y era en fin, su lugar, era su pueblo, era su patria, y allí estaba su cuna y su casa donde se crió dulcemente”.
Braulio Foz, luchó por la Independencia de España, en Troncedo, Tamarite y en Huesca, bajo las órdenes del General Perena. Fue cogido prisionero, al capitular Lérida, en 1810, y llevado a Francia, quedando preso en Warry. En esta zona volvió su cabeza a interesarse por los estudios, como la Astronomía, Historia, Geografía, Latín y Griego.
Fue Braulio Foz un escritor aragonés total (que escribió también en lengua aragonesa), pues nació en Fórnoles (Teruel), vivió en el Alto Aragón, alterando el paso de su vida, con la estancia obligada en Francia y murió en Borja y al volver de su primer destierro en Francia, en 1814, fue Catedrático de Latinidad en la Universidad  Sertoriana de Huesca, enseñó en Cantavieja (Teruel), y fue Catedrático de Griego en la Universidad de Zaragoza. Estaba identificado con Aragón y relacionado con la vecina Francia, igual que Carlomagno con su vecina España.
 El Pirineo estaba en  un territorio fronterizo entre España y Francia, y poseía una cultura común a esos dos Paises, pero casi siempre divididos en una parte francesa y otra española. Carlomagno sentía necesidad de crear un Imperio Europeo y se sentía atraído por España y Braulio Foz, cuando tenía que huir o cuando fue cogido prisionero, el 14 de Mayo de 1810, estudiaba la cultura europea. Ese Imperio, está llegando a ser una realidad, con el Mercado Común Europeo. En Francia estudió una  cultura más liberal. Se ignora la fecha del retorno a Aragón. En 1814, según dijo Don Ricardo del Arco, desempeña en Huesca, la Cátedra de Latinidad, ganada por oposición. Nos informa Braulio Foz en su “Hoja”, que “entre 1823 y 1834 pasó el tiempo en persecuciones, castillos, viajes y emigraciones a Francia, de donde volvió en 1834”.
El año de 1837, fundó el periódico liberal, “El Eco de Aragón” que tuvo que redactar él mismo hasta el años de 1842, por el cual tuvo que volver a emigrar a Francia, perseguido por haberlo fundado.
Pero toda su vida fue un hombre que tuvo que pensar, sufrir y mirar en su interior soluciones humanas a los problemas que le plantea la vida a todos los hombres, es decir a los intelectuales y a los hombres sencillos. Esta forma de ser convirtió a Braulio Foz, en  un “narrador”, que describe la vida de un hombre con respecto a los problemas en  la historia y los de ésta, con respecto al   protagonista. Braulio Foz describe en su novela a “Pedro Saputo”, nombre con el que llamó a su protagonista. Lo llamó Saputo es decir Sabio, porque encontró necesario que la sabiduría le ayudara a resolver el problema de la existencia de los hombres, desde los más sencillos hasta los más intelectuales,  como él mismo. El mismo Braulio Foz, nos aclara este problema de los hombres, con estas palabras, en las que introduce el humor:”¡Dios nos libre de tontos, amén!. Porque tratar con ellos es lo mismo que entrar de noche y sin luz en una casa revuelta, donde no he estado nunca… Ahora se le antojó hacerse médico; si, señores, médico sin más ni más; médico, señor, como quien no dice nada”.
 La Humanidad siempre ha sido dividida, como dice Braulio Foz entre listos y tontos, cuando dice :”¡Dios nos libre de los tontos. Amén!. Cervantes ya dividía a los hombres entre los nobles o hidalgos, como el Quijote, aunque era además de hidalgo, loco y entre los pobres escuderos, como Sancho Panza. Llegaron más tarde los capitalistas y los obreros, que han continuado luchando en este mundo.
Braulio Foz quería que su protagonista  “Pedro Saputo”, aprendiese de todo para ser un auténtico Sabio o Saputo. Aprendió de muy pequeño a leer y  escribir con una rapidez prodigiosa, se hizo pintor, no sé si pintando la Corona de Almudévar y viajó por todo Aragón y parte de España. Aprendió multitud de refranes y de aventuras, contadas por los humildes de la tierra, para educar a la gente sencilla, que no había aprendido a leer, a pintar ni a hacerse médicos, con un nivel más bajo que los intelectuales, pero que llenaban sus cerebros de sentido común, a veces con errores. Braulio Foz equivalía al Gran Cervantes y quería formar un hombre con las cualidades humanas, como Cervantes deseaba que el Quijote, acompañado por Sancho Panza, hiciese respetar la Justicia entre los hombres.
Dice Don Rafael Gastón Burillo:”La exaltación de la fantasía ética del manchego tuvo por paralelo la exaltación de la razón en el aragonés”. Añade. “Quizá Braulio Foz sentía o presentía una situación de decadencia en el espíritu aragonés, y lo fustigó mediante latigazos de razón, latigazos sin llaga, para evitar su sopor. Parece que el espíritu del autor se estremeciera ante la posibilidad de que el genio de la raza, las ideas de verdad y de justicia, la razón natural, cayesen en el raquitismo, y construyó la sana figura de Pedro Saputo para que Almudévar, entre la montaña y la llanura, velase por el destino de los pueblos”. Como acabo de escribir Braulio Foz “presentía una situación de decadencia en el espíritu aragonés y lo fustigó mediante latigazos sin llaga, para evitar el sopor”. En el siglo XIX todavía se trabajó en el ferrocarril que unió a Aragón con el Bearn, pero los latigazos impidieron la reparación del puente de L’Estanguet, ”para que Almudévar, entre la montaña y la llanura velase por el destino de los pueblos”. En Cataluña y en Vascongadas se mejoraron las vías férreas de comunicación entre Francia y España.
Braulio Foz estuvo en Francia durante muchos años y conocía la Historia del Bearn con Aragón. Sabía que el Vizconde del Bearn   luchó con los moros que le cortaron la cabeza, para al fin, enterrar al Vizconde del Bearn, Gastón IV en la Basílica del Pilar de Zaragoza. Su muerte se produjo el año de 1131. Hizo conquistas por el Pirineo, participó en la conquista de Almudévar y lideró la conquista de Zaragoza para Alfonso I de Aragón. Tras la muerte del Vizconde el año de 1131, en tierras valencianas, depositaron su olifante en el altar de Santa María la Mayor de Zaragoza,en cuyo Museo Pilarista, se conserva su cuerpo. Fundó el  Vizconde  pueblos en el Norte de la actual provincia de Huesca, conquistó Almudévar y luego Zaragoza, y en Valencia fundó varios pueblos y ciudades cristianos. El camino desde el Bearn hasta Zaragoza, pasaba por Almudévar y allí los moros ejercieron una resistencia enorme.
Como acabo de decir, Braulio Foz, observaba en Almudévar, una decadencia enorme del espíritu antiguo, en que por Almudévar pasó el Emperador europeo Carlomagno y más tarde el Vizconde Gascón IV, que por Almudévar conquistó Zaragoza y construyó la sabia figura de Pedro Saputo, para que éste velase por Almudévar, “para que ésta entre la montaña y la llanura, velase por el destino de los pueblos”.
Un día del mes de Abril de esta año de 2015, me encontré con el abogado oscense Don Pedro Loste y me habló de Pedro Saputo, cuando unos días antes estuvimos hablando con        Abadías, casado con una hermosa señorita de Almudévar. Pero no se acabó con la muerte de su esposa, el amor entre José María Mur  y ella, pues él conserva íntegra la casa de Almudévar en cuyo interior da la impresión de vivir en una eterna vida. ¡Cuántas veces durmiendo en aquellos gruesos colchones de lana, soñaría Abadías con el hijo de Almudévar Pedro Saputo!.
Cambió su esposa el cielo representado por la gran casa de Almudévar, por aquel cielo al que todos iremos, pero no lo olvida y pasa temporadas soñando en ella, como si todavía estuviese viva. Pero se quedó solo, como se quedó  Aragón, cuando el puente de L’Estanguet se cayó o lo tiraron. Fue un tormento de soledad para José María Mur, cuando con su amigo Zaborras, iban a Biarritz a ver la película de Marlon Brando y de su bella amante y tuvieron que  contemplar la triste caída del  puente. ¡Qué caída más triste la de la amante de Marlon Brando, en sueños de locura y la muerte de su esposa, que hace soñar toda la vida a José María  en el amor puro!.    
Volvió José María Mur a Huesca y en el Aero-Club conversaba de todo lo humano, de los bueno y lo malo, cuando los miembros de dicho Club, tuvieron la necesidad de cerrarlo. En ese Club se recordaban todas las cosas del Alto Aragón y entre otras estaban cuatro cuadros sobre la vida de Pedro Saputo, verdaderas obras de arte, de historia y de hechos tristes y alegres. José María pagó el valor de dichos cuadros y se los llevó a su casa, cercana a Hotel Abba.
En su ella  he visto los cuadros y los he fotografiado. Uno de ellos representa el milagro de Alcolea de Cinca y el otro es el retrato del carro-galera revestido con sábanas a modo de velas, para apoyar la fuerza de las caballerías, en su traslado del carro. Ese empuje se vería apoyado por el fuerte cierzo que impulsaría por medio de las velas, el desplazamiento del carro.
Los cuentos de Pedro Saputo son innumerables y no se encuentran todos en la “Vida de Pedro Saputo”, sino que algunos los  han recogido de libros como los de Sender y otros los cuenta el pueblo. El de carro-galera lo aprendió  Don Antonio Bello, en Almudévar, donde  tenía una finca  que  sigue cultivando su hijo en Almudévar. En mi artículo Los Hermanos Bello, escribo: “Antonio alcanzó notoriedad entre los hombres del campo, que trabajaban la tierra y pensaba constantemente en asuntos que interesaba a estos hombres, siempre relacionados con las Ciencias Naturales. Entre otras ideas llevó a Almudévar el arte de volcar carros, que había aprendido de su padre, en otra ocasión para aliviar el esfuerzo de sus mulas, les colocó en el carro una vela marinera, pero aparte de aliviarlas, un día de enorme cierzo, sopló con tal intensidad, que volcó el carro”. Don Antonio se había convertido en un profeta de Pedro Saputo, porque en cierta ocasión,  cenando en la Posada de Almudévar, le llegaron dos mozos para decirle si quería volcarles un carro; él se lo volcó, se lo agradecieron mucho y se repartieron el dinero, que con apuestas habían ganado.
Es que Don Antonio Bello, era amigo de todo el mundo e igual que amaba a los mozos de Almudévar, era también amigo en el Café Gijón,  de Don Julio Caro Baroja y de Don Eugenio D’Ors. En Huesca acudía al Bar Flor y al Caserío Aragonés, en que alternaba con Ena, con el Jefe del Servicio Nacional de Cereales, señor Laborda y además iba al Aero Club, donde contemplaba los cuadros que representaban las glorias de Pedro Saputo y dialogaba con mi primo José Antonio Llanas Almudévar, sobre la Física, la Química, los riegos, la picaresca, el humor y la vida
Antonio Bello era un Sabio en castellano y un Saputo en aragonés, pues Julio Caro Baroja, le hizo el prólogo de uno de sus libros y José Botella Llusiá, prologó otro, con el siguiente encomio:”Este es un libro sorprendente. Es el producto de un hombre formado, con una sólida base cultural”.
En Almudévar, que la hizo capital del fracasado imperio romano-germánico, reunió a  todos sus antiguos compañeros, invitándolos a una comida clásica, que nunca habían probado, pero quedaron mucho más admirados de los cuentos que les contó el sabio Antonio Bello de Pedro  Saputo.
Antonio Bello voló con un amigo piloto del Campo de Aviación de Monflorite, sobre el curso del río Ebro, pero también voló hacia los Pirineos, recordando como Carlomagno y Braulio Foz, pensaron en la Unión Europea. Hace ya muchos años que se tendió la vía del ferrocarril de España a Francia por Canfranc. José María Mur ventura con su amigo Zaborras contemplaron la caída del puente de L’Estanguet, que dejó a los aragoneses creadores de la “Vida de Pedro Saputo”, sin comunicación entre el Bearn y Aragón, en tanto España se ha volcado por Vascongadas y Cataluña, para ser parte de Europa, cuando en dichas regiones, hay muchas personas que sueñan con su independencia.

El autor de “La vida de Pedro Saputo”, Braulio Foz pensó, tal vez en el polígono Zaragoza Toulouse, pero si no se hace la comunicación entre el Bearn y Aragón, éste se va a quedar sin un crecimiento humano.

viernes, 10 de abril de 2015

Cerco de Huesca en la Guerra Civil, después de la toma de Siétamo




Al contemplar  la belleza de   árboles, como los almendros, con su flor en primavera, y el horror que le producían los cañonazos y los tiros de fusiles, al hijo de “Casa Urbano” sentía la necesidad de escapar  de aquel contraste  entre lo bello y lo repugnante de aquella Guerra Civil,  que causaba la muerte, no sólo entre los soldados, sino también  entre  los escasos habitantes de Plasencia del Monte. A él mismo le dejó herido su sentido del oído y  sentía la necesidad de mirar la grata impresión que le producía la contemplación  de un grato  color rojo, al contemplar  los  ababoles  en el monte, en el silencio  mañanero.   Pero le causaba terror el ver los cadáveres de soldados y paisanos, con la sangre del mismo color rojo de las amapolas  o  ababoles,  brotando de aquellos  cuerpos, unos heridos y otros muertos por la guerra. De su tierra natal eran las amapolas  y   en   Plasencia del Monte,  producían  los tiros, el color rojo de la sangre  de los muertos.
Aquella  guerra, arruinó  los cuerpos y las almas de sus vecinos, pero Plasencia estaba toda ocupada por  tropas,  que consumían  vino y otros licores alcohólicos, que les ayudaban a combatir el miedo a las balas y  a los bombardeos de la aviación. Había un Bar,en el que servían cafés y alcohol que los soldados consumían ,para combatir esa tensión  que producía en sus corazones esa terrible Guerra.  Los niños , como el pequeño de “Casa Urbano”. eran   unos pajaricos, que vivían como  en una reserva de caza. Los aviones venían de  Albalatillo  a bombardear  Plasencia y abatieron  “Casa Urbano”,  quebrándole al  niño los tímpanos. Más tarde conocí a este muchacho en la Imprenta de la Diputación Provincial de Huesca, que  se encontraba, delante del Hospicio, hoy Universidad. Hace unos setenta años lo visitaron en Madrid unos  logopedas. Trabajó en la Imprenta de la Diputación y hoy ya está jubilado. Fueron varias casas más, las bombardeadas por la aviación, por ejemplo la Carnicería, en cuyo bombardeo murió una señora ya mayor. Han pasado los años y ya casi no quedan ciudadanos que  se acuerden de tantos heridos e incluso muertos.
Los soldados eran amigos de los niños y algunos días más pacíficos,  los  llevaban  a pasear, en sus coches militares y los llevaban a Lupiñén,  pero no pudieron llevarlo a Huesca, pues,  estaba un lado de la carretera, cubierto con colchones, para amortiguar la fuerza de las balas  y también con cañizos,  para evitar la visión de los coches por parte de los republicanos  y anarquistas. Un día,  los acompañaron  en uno de sus paseos  andariegos, pero  tuvieron que introducirse en una alcantarilla, para resistir  el bombardeo de los aviones y se quejaban de que salieron  de la misma, llenos de cieno. Los  niños,  que  habían venido al mundo,escasos años,  se encontraron  dentro de una Guerra Civil, rodeado de tropas, que vigilaban la carretera de Huesca a Jaca, por la que quedaba la única salida del  cerco de Huesca, formado  por los republicanos.  Era Huesca un “puño oprimido” por el ejército republicano y las fuerzas de la C.N.T, y de la U.G.T., del que se podía escapar con apuros por la carretera de Jaca, a cuyos lados, tuvieron que poner  cañizos, para que los enemigos no pudieran ver con claridad, los automóviles que subían o que bajaban. Los vehículos los blindaban por su lado izquierdo, como ocurrió con el taxi que condujo a Zaragoza por la carretera de Jaca, a la familia de Luis Mur,  que buscaban seguridad en Zaragoza. Su padre fue contratista de obras y Luis se hizo Maestro y  fue un creador  del Campo de Fútbol de Huesca.  Salieron de Huesca, en un taxi, siguieron por Lupiñén,  para salir a la carretera de Zaragoza, cerca ya de Zuera.
El cerco de Huesca duró unos dos años, formando en los mapas dibujados  en  aquellos años,  una gruesa cabeza,  a la que se entraba y se salía, desde luego con dificultades, por la carretera de Jaca. Por el Sol  Saliente,  el frente comenzaba en el Manicomio, frente al pueblo de Quicena,  en poder de los republicanos  y  anarquistas.   Más hacia el Sur, al lado de la carretera de Barbastro, ya en la entrada de Huesca, se encontraba y todavía se ve la Torre de Bescós,  cuyos dueños murieron en Francia. La compraron los padres de unos amigos míos, cuyos hijos,  todavía la trabajan en ella.  Más al Sur se alza la Ermita de Nuestra Señora de Salas, casi en el mismo frente de lucha. Al llegar a la parte Sur del Cerco de Huesca, al lado de la Carretera de Sariñena, se encontraba la Torre de Santafé, cuyo dueño Basilio Santafé, que fue carnicero en el Coso Bajo, todavía vive y me contó algunas  aventuras , allí  vividas.  A continuación,  al lado de la Carretera de Grañén, vivió Pedro Palacín, siendo conocido él,     como “El Ansotano” , por haber nacido en  Arascués.
 Tenía al lado de la torre una balsa, en la que nadaban unos patos.  Nos hicimos   amigos, pues era un hombre muy educado y me regaló uno de ellos. ¡Qué contraste entre la guerra y la paz!.
Pasado el ferrocarril, entramos en el Oeste del Cerco de la Ciudad de Huesca y llegamos a la Torre de Justo.  Hemos tenido siempre una gran amistad con los hermanos  Escar,  a los que mi tía Luisa, hermana de mi padre, añadió algún lejano parentesco. Ahora el  veterinario Escar, posee una granja, en la que cría perros de caza, de compañía y  de auxilio a los ciegos. El hermano mayor ya tiene cerca de cien años, otro es de una gran amabilidad y el hermano pequeño estudió conmigo en el Colegio de  San Viator de Villahermosa. Cuando cruzaban   la Carretera de Zaragoza, nos veíamos con frecuencia, en la vecina Torre de Casaus, a la que íbamos,  por ser los Almudévar, con los Llanas, dueños de la misma.
En el terreno de la Torre de Casaus,  por la carretera de Zaragoza, después de la Guerra se levantó el Hospital de la Seguridad Social, al que tanto le debe Huesca y a continuación se encuentra la Torre del Alcoraz  y encima de ella se eleva el Cerro de San Jorge.    
Antes  hacia el Este  de San Jorge, pasaba  la vía Férrea que  llegaba a Huesca desde Zaragoza. Encima del  Cerro de San Jorge,  ya  llegaban   las  fuerzas del Ejército Republicano, con el que,  a veces, se comunicaban por medio de palabras,  con los defensores del  oscense Cerro de San Jorge. Un poco más hacia Zaragoza, estaba y sigue estando, el Cementerio de Huesca, donde los muertos callaban,  pero los  vivos, a veces desalojaban los restos mortales de los difuntos, para entrar a dormir en los nichos.
 Por el Norte del “cerco”, por la carretera de Apiés, se ven los restos de un Polvorín y desde la loma Verde hasta el Manicomio;  al  Este tenían los defensores de Huesca dos posiciones defensivas.
Por  la carretera de Jaca comenzaba la entrada y la salida de Huesca por  una vía de comunicación más amplia que la carretera, pero  estrecha, para pasar por ella armas y camiones, llenos de tropa o de  prisioneros,  que conducían a numerosos  ciudadanos,  al otro mundo. Tuvieron  grandes dificultades,  los defensores de la ciudad de Huesca, para pasar por  esa carretera, y tuvieron que dificultar la visión del enemigo, colocando cañizos y colchones, para impedir la perfecta  visión y la criminal  fuerza de los republicanos, que disparaban sus armas.  Se salía de Huesca por Los Salesianos  y a unos mil quinientos metros, quedaba el paso limitado, al Norte por  Morana y por debajo con la Loma Sur de Cillas. A unos tres mil quinientos metros, quedaba muy cercano  a la carretera el pueblo, ya tomado por los republicanos, de Huerrios.  A cuatro mil quinientos metros,  al Norte de Huerrios  y próxima a la Loma Norte de Cillas, se encontraba Chimillas, al lado mismo de la zona republicana y unos metros más arriba estaba ocupado por los rojos el pueblo de Banastás.  Al lado de la misma carretera, se encontraba el pueblo de Alerre, con su estación ferroviaria, rodeada por  las fuerzas enemigas. Esta estación fue defendida,  frente al pueblo de Huerrios,  por los Voluntarios de Santiago durante meses y meses. Otro tanto puede decirse de la defensa del  Carrascal y de la Loma Norte de Cillas. A unos aproximadamente ocho kilómetros, se hallaba,  a la derecha, la Torraza. A  continuación ya se circulaba con un menor peligro, pasando por Esquedas  y  Plasencia hacia Ayerbe y Jaca y ya podían salir los vehículos por Lupiñén hacia Zaragoza.  Pero la crueldad de una Guerra Civil recorrió todos  los pueblos, por ejemplo  Plasencia,  donde jugaba y sufrían los niños.  En la Fosa Común,  llegaron a enterrar los restos de veintinueve personas, en 1936.  Por el Monte, en matanzas sucesivas, dejaron numerosos  muertos.   
En Plasencia, como acabo de decir,  se estaban  criando varios  niños  de escasos  años de edad, como el niño de “Casa Urban”   y en su mente limpia y virginal,  se iban dando cuenta del comportamiento de los hombres,  a saber los del  Ejército triunfante,  acompañados por  los sindicatos independientes,  que no creían en Dios ni en la vida de los hombres, y los sublevados contra el poder,  se vengaban fusilando a muchos ciudadanos  que no tenían ninguna culpa.  Este comportamiento, ponía en evidencia el Bien y el Mal, que llevaba a unos y a otros, a sacrificar las vidas de los seres humanos. Esta lucha le inspiró al  Maestro, el arte del dibujo, en que él veía el Bien y el Mal y se puso a dibujar a los niños, haciendo ver en sus dibujos  el Bien con toda su belleza y el Mal, con toda la realidad demoniaca de los asesinatos.
 En la Escuela, dibujaban los niños  y  eso los llenó de  gozo, cuando los jueves  lo  dedicaron todo el curso,  a dibujar.  Los niños  se dedicaban con una gran ilusión, a investigar, por medio de los trazos en el papel a distinguir entre el Bien y el Mal.  Una Guerra Civil por una ciudad cercada, se convierte en un lugar demoniaco por el odio y las muertes que se producen. Tomamos por ejemplo  los que ocurrió en Plasencia del Monte, que es semejante a lo que pasó en todos los pueblos del cerco de Huesca y en esta misma capital.  En  un artículo sobre  la Plana de Huesca, La Sotonera  y Plasencia del Monte pone: “la fosa común llegó a contener los restos de al menos treinta personas, hombres y mujeres, asesinados por los sublevados entre el verano y el otoño de 1936. Un total de veinticuatro de ellas murieron en dos matanzas, consecutivas, en las que murieron 11 y 13 personas respectivamente, y eran vecinos de varias localidades cercanas…Por otra parte  sabemos  que varios vecinos de Riglos y Ayerbe también recibieron sepultura en esta lugar, así como el maestro de la cercana localidad de Aniés. El mismo día en el que en Plasencia eran abatidas 13 personas, otras trece eran trasladadas junto con  ellas en el mismo camión, fueron fusiladas  en el cementerio de de la cercana población de Esquedas.  La fosa  fue recientemente  dignificada con la colocación de una placa de mármol en el que se recuerdan por su nombre   a dos de los fusilados y genéricamente al resto de sus compañeros.”
Esta serie de asesinatos fueron cayendo por todos los pueblos, por los que pasó la Guerra Civil, pero visto lo que sucedió en Plasencia del Monte, es preciso mirar lo que ocurrió en Siétamo.
Siétamo es el pueblo de España, merecedor  del dolor  por haber sufrido una Guerra Civil, tan criminal. Al iniciarse la guerra, acudieron a Siétamo  los guardias  civiles de  Angüés  y los de Casbas. El guardia Borruel Oliva,  que venía de Angüés  y había nacido en Siétamo, y   cuando  a éste, lo invadieron  los republicanos,  los del POUM y de la UGT, subió con sus compañeros a la Torre de la Iglesia, para  defender a Siétamo de la invasión, mezcla de revolución de Durriti, y de   democracia  del Coronel  Villalba, controlado por  sujeción  de los múltiples sindicatos.  En esa torre fue herido y cuando se retiraban sus compañeros, les pidió que lo rematasen y acabaran con él, sin tener ningún contacto con los  revolucionarios.  Sus compañeros, que a pesar de la situación todavía conservaban la conciencia, no quisieron matarlo, pero lo hicieron los rojos, que le cortaron los testículos y se los metieron en su boca. Esta horrible costumbre,  también  la habían demostrado  con el Obispo de Barbastro
Este acto de degeneración mental, da una idea de la disciplina que intentarían imponer a los ciudadanos españoles. La invasión del  Somontano comenzó, como acabamos de ver, por “testículos” y  yo la he seguido,  por los recuerdos que todavía me rondan por la memoria y por datos que me proporcionaron, los que conmigo conversaban, a saber Antonio Bescós , conocido en Huesca como Trabuco,  Avelino Zamora y Joaquina Larraz. A Avelino Zamora, le  fusilaron a su padre en Angüés, pero en lugar que no se conoce.
No sé si será muy exacta la relación que poseo de fusilados por  unos y por otros. Los fusilados por los Republicanos, fueron veinte, los que saqué de estas conversaciones. Desde el primero Pascual Buil de Casa Duque, hasta Justo Lozano, padre de  Sebastiana  Lozano. Esta estaba casada con Paco Borruel, hermano del Guardia Civil  muerto en la torre de la Iglesia de Siétamo. Se dice que lo mataron en los olivares, pero no es seguro, también se dice que lo quemaron.
Siguió Antonio Bescós, alias Trabuco, en compañía de Avelino Zamora y de Joaquina Larraz, relatándome las muertes  de  veintidós  ciudadanos. Durante el mes de Agosto de 1936, según me dijo Trabuco, ”fueron ejecutados por los nacionales, muchos de ellos sin culpa”. El primer muerto fue asesinado con un tiro de pistola el día 25 de Abril de 1938, con noventa años de edad. Se llamaba José Palacio y ya había alcanzado los noventa años de edad y a éste, no lo mataron en el Monte, sino en la puerta de su casa. En un artículo mío , escribí: “En el verano del año 2004, llegó a la Plaza Mayor de Siétamo, una señora de ochenta y nueve años de edad, acompañada por su hija soltera y una chica joven, casada con uno de sus nietos: La señora que acababa de llegar para recordar a su esposo se trataba de Ana Palacio Palomar. Me contó que José Palacio, padre de su marido, tenía noventa años y no sabía leer ni escribir, le pegaron un tiro de pistola en la cabeza, en la puerta de su casa, en la Calle Baja y entre los números cinco y seis. Esta muerte ocurrió el día veinticinco de Abril de 1938. El maestro de Música, Cuello, que vivió en Huesca en casa de Carderera,  dirigió muchos años en Huesca, la Banda de Música de la Residencia de Niños, siendo sobrino de Ana Palacio Palomar, por ser hijo de una hermana suya.
La señora Ana Alfaro Palomar se acordaba de la fiestas de Siétamo y quiso entrar en la Iglesia, exclamando : ”¡Siétamo Siétamo, que guapo que eres y qué lejos tengo que estar de ti!”.
“Dijo Trabuco o Antonio Bescós que murieron unos veinte sietamenses “sin culpa” y otros luchando”. Tuvo razón Trabuco al decir que los citados fueron los que mataron los republicanos, pero que muchos fueron los que murieron en la lucha, por ejemplo el Sargento Javierre, padre del Cardenal del mimo apellido. Mariano Bastaras, murió en una ventana, desde la que al parecer, disparaba. En Teruel, luchando en el frente, murió mi primo José María  Narbona, cuyo recuerdo no puedo olvidar, cuando le daba clases a mi hermana mayor, Mariví, en nuestra casa de Siétamo.
A continuación, Antonio Bescós, alias Trabuco, que con Avelino Zamora, fue el principal informador de los muertos citado, era hijo de Esteban Bescós, casado con Dorotea y tuvo como hermano a Estabané, que era un hombre ingenuo y que murió en el Psiquiátrico y a cuyo entierro, en el cementerio de Huesca asistí yo con otros vecinos de  Siétamo.
Antonio Bescós  o Trabuco era un hombre de un gran ingenio. Había estudiado poco, pero tenía un humor envidiable y de una gran sinceridad.  Durante la Guerra Civil sirvió en el Ejército Repubicano, acabando la Guerra en Francia, pues tuvo que pasar los Pirineos en Cataluña. A su padre no lo fusilaron por ser primo hermano del General Don Julián Lasierra, natural de Alerre, que impidió su fusilamiento. Cuando yo era veterinario de Bolea, al subir a Plasencia, veía al General, ya jubilado, sentado en la puerta de su casa, al lado de la carretera. “¡Qué ideas tendría Trabuco, cuando iba en el Ejército , no se sabía si de la República española o de los anarquistas, comunistas o de  otras ideas”. Trabuco creía en Dios y le era fiel, pero su cabeza estaba desorientada. Al acabar la Guerra, fue sacristán de la Parroquia de Siétamo, hasta que murió. Pero antes de morir, estuvo en Roma, donde al que fue su amigo en la Escuela, a saber el Cardenal Javierre, le llevó una torta de Siétamo. Trabuco tenía el alma limpia  y decía “que murieron fusilados unos veinte  sietamenses,”sin culpa”,  otros luchando”.
Su cabeza como las cabezas de la mayoría de los ciudadanos españoles, estaba limpia y amaba al Cardenal Javierre, que también lo quería, porque yo vi, como se  abrazaban.
¡Una minoría de españoles animados por extranjeros, organizaban las guerras y convertían a España en un cementerio!. Luchaban los hermanos, los parientes, los vecinos, como lucharon el General, nacido en Alerre y su pobre primo Trabuco. Pero hay que ver como el general de Alerre, cuya casa se encontraba en  la  carretera, muy cerca del pueblo de Plasencia, donde nació Iván, salvó la vida a su primo de Siétamo.
A continuación Trabuco con Avelino y con Joaquina, nos recordaron que fueron veintidós los muertos  por los nacionales.
Antonio era ingenuo, como lo era Antonia Artero de unos diecisiete años, que cuando se escapó su padre, alcalde de Siétamo, con las tropas republicanas, ella fue apresada en Huesca, y ya no se supo más de ella.
Estos son los muertos de los que me hablaron Trabuco, Avelino y Joaquina, pero el Monte de Siétamo era todo un cementerio, como cuenta en un escrito, que debía haber sido publicado, de Don Jesús Vallés Almudévar, que llegó a ser consagrado sacerdote. Cerca de Bespén, al lado de Fañanás, fueron fusilados su madre y su hermano de unos quince o dieciséis años, y él se quedó solo. Cuando, tomado Siétamo por los rojos, subió a ver lo que quedaba de él, narraba la cantidad de cuervos, que saciaban su hambre en el monte, con los cuerpos de las víctimas de las balas. Cuando paso por la Parroquia de San Pedro el Viejo, entro, para recordar  a mi primo Jesús, que presentó en un pequeño y hermoso salón de la Torre, antiguos y artísticos objetos litúrgicos. 
Mi primo, el más tarde sacerdote, estaba en Fañanás, pensando en su madre y en su hermano, recién fusilados pero al dejar de oír los ruidos de los aviones bombardeando Siétamo y de los cañonazos destruyendo sus edificios, con otros compañeros, fueron a Siétamo, para ver la casa de sus antepasados y  tal vez, como añorando a sus antepasados, si quedaba alguno vivo. Jesús Vallés tuvo parientes revolucionarios, con lo que en los últimos días de la Guerra Civil, vivía  cerca de la frontera francesa. En Siétamo, no encontró ningún pariente, pero se dio cuenta de cómo “reunidos en el último baluarte del castillo del conde de Aranda, todos los supervivientes, heridos, enfermos  y población civil, extenuados, hambrientos, sin municiones y  alimentados, tan sólo por el hambre…ante la imposibilidad de continuar la defensa en aquellas condiciones, agotado el último proyectil de cañón y casi el último cartucho de fusil, deciden romper el cerco que los   asfixiaba  y  con un supremo esfuerzo que confiaba a las puntas de las bayonetas. A las dos de la madrugada del día quince de Septiembre de 1936, se organiza hábilmente la trágica caravana, que debería burlar la vigilancia, para unirse a los que todavía luchaban en el Estrecho Quinto”. En el camino nocturno, iba el médico, nacido en  Torralba de Aragón, Don Rafael Coarasa Paño, del que fui muy amigo, como lo sigo siendo todavía  de su hijo, también médico. En aquella marcha tan penosa, encontró a una niña perdida, llamada Pepita, que hoy vive en Siétamo y le salvó la vida.
Por su profesión de Médico y yo de veterinario, coincidimos en las Corridas de Toros de San Lorenzo, donde algún portero, poco espabilado, no dejó entrar en la Plaza a Don Luis, que se fue a su casa, diciendo: ¡si me necesitan, ya me llamarán!.
La noche del 31 de Agosto, fue una de las más trágicas, en la vida de Huesca, pues multitud de atacantes se lanzaban contra esta capital, bajo el mando de Campanys,  cuya fotografía todavía se conserva en la biblioteca Municipal de Siétamo, vestido con elegancia entre unos milicianos, algunos descamisados y entre niños, a los que se había obsequiado con caramelos Allí estaban las columnas de Durruti y la de Ascaso. En mi casa se colocó el despacho Durruti,  pero no estuvo mucho tiempo, porque tuvo que marchar al frente de Madrid, en el que murió.
Por la noche de aquel terrible día 31 de Agosto, llegaron refuerzos, que salvaron a los defensores de Huesca de la fuerza atacante de unos cuarenta mil hombres, con los que tenían que luchar unos dos mil.
 En Siétamo quedó la señora Concha y los republicanos, la mandaron al Estrecho Quinto, con un papel, en el que pedían a los que estaban resistiendo, que se entregasen,  que no les iban a hacer   nada. La señora Concha iba sola por la carretera, desde Siétamo al Estrecho Quinto, con su vestido negro, enarbolando un paño blanco en lo alto de un palo. Llegó al Estrecho Quinto, leyeron la carta, la rompieron y la señora Concha, que me cuidó de niño, escapó de los republicanos y de los rojos, y acabó la Guerra Civil en Huesca. Todavía recuerdo, al principio del “Cerco de Huesca”, ir por Barrio Nuevo a buscar agua a la fuente, que hoy sigue manando agua en el Parque Municipal. Tuve que marchar a Jaca y a Ansó con mi familia, pero durante diecinueve meses, estuvo cortada el agua de San Julián en Huesca.
El Coronel de Barbastro, Villalba,  el 26 de Septiemre  de 1936,  escribió a los que resistían en el Estrecho Quinto:  ”Mi distinguido compañero. En nombre del gobierno de la República y en el mío propio, como jefe de la fuerzas que operan en Aragón, ofrezco a Vd., a los jefes, Oficiales, clases y tropa, que por su rebelión se encuentran sitiados en las posiciones de Montearagón  y Estrecho Quinto, la garantía absoluta de sus vidas, siempre que se sometan al poder constituido  y evacuen la posición,   entregando cuantas armas y municiones posean….”
En el periódico “El Liberal” de Bilbao, el 21 de Octubre de 1936 , el Coronel Villalba, que estaba satisfecho en Barbastro, manifestó”: “esto marcha bien y espero que será el último ataque a Huesca”. Pero no ocurrió como él deseaba, a pesar de que sobre Huesca se proyectaron, unos veinte mil proyectiles de cañón, unos del 15´5 y los demás del 10´5. Entre los atacantes a Huesca, se encontraban muchos extranjeros y uno de ellos, de fama universal,  a saber Orwell, por la ermita de Salas, exclamó: “esta tarde tomaremos café en la ciudad de Huesca”. Pero una bala le hirió y fue llevado al Hospital de Siétamo y de allí a Cataluña. ¡Qué guerra tan absurda, que para no ser fusilado por los mismos rojos, tuvo que escapar de España!.
En los pueblos cercanos se escuchaban los cañonazos que disparaban desde la Loma Verde y desde la ermita de Santa Lucía. ¡Cuántas  veces tuvieron los niños que cantar con los soldados en Plasencia, esta canción :”Carrascal . Carrascal-Qué bonitan serenata- Carrascal, Carrascal – Ya me estás dando la lata”.
En aquel carrascal se luchó por conservar Chimillas,  que fue un pueblo mártir, pues todas las viñas entre Banastás  y Chimillas, quedaban convertidas en cementerios del frente republicano. Plasencia sufría al darse cuenta de la pérdida de la carretera, por la se subía a Jaca y se entraba en Huesca. En aquella lucha salvaje entre unos y otros, se paró en el Estrecho Quinto el general Lukas, ruso y comunista, que venía a terminar con la resistencia de Huesca. Pero al parar fue alcanzado por una bala de los oscenses y allí mismo,  murió.
El diecinueve de Junio de 1937, a un año del inicio de la Guerra Civil, se celebraba un Rosario de la Aurora, pero el día anterior, se dio a Huesca un intenso cañoneo, por la Torre del Ansotano y por la ermita de Salas. El día diez y siete los tanques en número de dieciocho, atacaron por Salas y fueron rechazados por los defensores de Huesca.
El año de 1937, la aviación trató de destruir la ciudad de Huesca, reapareciendo  en los meses de Octubre, Noviembre y Diciembre, dedicándose a ametrallar la ciudad y la estación ferroviaria de Plasencia del Monte, donde se descargaba el material y la munición destinada al frente de Huesca. Los vecinos de Plasencia  se daban cuenta de la situación de terror que dominaba en su propio pueblo, pero ya intuían el fin de aquella Guerra criminal.
Acabamos de ver como en Diciembre de 1937, caían las bombas que buscaban la destrucción de la ciudad de Huesca, pero el día veinticinco de Marzo del año de 1938, el bando nacional, declaraba el fin del asedio durante dos años,  por las tropas republicanas, desde que comenzó la Guerra Civil el 18 de Julio de 1936.
En este Mundo parece que se quiere imponer el cerebro de las armas sobre el cerebro del pensamiento. Con fecha de 25 de marzo de 1938,se ponía fin a un  asedio de los más largos que ha sufrido alguna ciudad en este Mundo. Sin embargo la 43 División  a las órdenes del “Esquinazau”, seguía en la Bolsa de Bielsa resistiendo. En aquella zona estaba mi primo. el muchacho Jesús Vallés, con sus parientes de izquierdas, con los que había ido a vivir desde Fañanás. Al llegar la Guerra  al pueblo donde vivía, sus parientes pasaron a Francia y él marchó a Huesca, donde lo esperaba la parte de la familia viva todavía .   Pero Jesús y otros muchos fueron al Seminario. Se acordaban ambos de los fusilamientos tan terribles, ejecutados por unos y por otros y pensaron en vivir la Paz entre el pueblo. Jesús escribió un libro, que siempre guardó, sin mostrarlo a nadie, que sería un ejemplo de perdón y de paz, en este Mundo. Es una pena que no se publique el libro  que escribió Don Jesús Vallés Almudévar, sobre la Guerra Civil, porque es un modelo de literatura y que él  no ha difundido entre el público.

Ahora, después de más de setenta años de aquellos hechos tan sanguinarios, se pueden ver las imágenes de las ruinas oscenses, los escombros de los que yo me acuerdo de el Teatro Olimpia, de las casas particulares, de los montones de cascotes dentro de las iglesias, los porches de Galicia, cubiertos con sacos terreros  o la fachada de la “Casa de las Lástimas”, donde vivió mi prima Lurdes Llanas Almudévar. 

domingo, 5 de abril de 2015

Recuerdos del Hospital Viejo

Recuerdos del Hospital Viejo


Casi todos los días paso por la Alameda y no puedo dejar de mirar la fachada de un gran edificio, que además de su gran tamaño, tiene un aspecto noble y en lo alto de su pared, proclama la Salud. Se accede a él, desde la Alameda, por una avenida, que acaba en una doble  y larga escalera, acompañada por una pista por la que suben las sillas de ruedas. De lo alto de dicha escalera se entra en el recibidor del Hospital del Sagrado Corazón u Hospital Viejo, creado por la Diputación Provincial. Hay quien lo llama Hospital Viejo, cuando algunos oscenses hemos conocido otro todavía más antiguo, que se encontraba en la Plaza del Seminario, frente al Museo. Allí estaba de administrador el señor Del Cacho, que tenía  un hijo gran amigo de mi hermano el Psiquiatra muerto en Canadá,  Manuel  Almudévar. Allí, quizá se le despertara su vocación por la Medicina y aprendió a criar “crietas” de gorrión, que habían perdido a sus padres. En aquel Hospital las salas eran enormes y acogían en sus camas de hierro a enfermos y lesionados, pero en la Guerra Civil eran muchos los heridos y los muertos. Yo tengo mis recuerdos de dicho Hospital, pero cuando llegué al de la Alameda, para que me rehabilitaran mi brazo derecho, me saludó un empleado ,que es uno de los que más datos tiene de los doctores, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, comadronas, monjas y administrativos preocupados por la salud de los individuos y de la sociedad. Este empleado es un archivo vivo, que ha tenido la costumbre de acumular datos. Me contó, entre otras muchas cosas del antiguo Hospital de la Plaza del Seminario, pues de niño ya entraba en su interior, que una fuente presidía el centro del patio, acompañada de cuatro palmeras, una en cada esquina. Yo tenía un recuerdo de su persona, pero él lo tenía más claro que yo, pues me habló de mis visitas al Hospital, que yo hacía siendo diputado provincial.  Al llegar a recuperar los movimientos de mi brazo,  lo veía empujar  no una silla de ruedas,  sino dos, lo que hacía con gran habilidad. Un día lo encontré enfadado porque le había desaparecido un tajador o sacapuntas, con el que afilaba los lápices de los empleados de Rehabilitación y es que hacía diecisiete años que lo tenía al servicio de sus compañeros y lamentaba el no poder serles útil nunca más.
Parece ser que en el Hospital de la Alameda tuvieron que acoger a Don José Pla, Presidente de la Diputación. Era éste un señor auténtico, alto y delgado , que usaba sombrero y se servía de un bastón y además tenía un corazón noble, porque se dio cuenta de lo incómodos que tenían que estar los enfermos en salas de diez camas y más cuando a él tuvieron que añadirle una cama con la que se hacían once. Era natural de San Esteban de Litera. Estando yo en la Diputación lo conocí en cierta ocasión en que vino a Huesca y entró en ella para saludar a su Presidente. No se debió de sentir cómodo en la enorme sala y tuvo la idea de fundar un hospital más moderno. Así se hizo y el antiguo Hospital del Seminario se convirtió en Psiquiátrico.
Al principio la distribución de los servicios era completamente distinta de la actual Entrando por la puerta principal y a la izquierda estaban los rayos X,  servicios de laboratorio, urología, farmacia y consultas de pulmón, corazón y medicina en general. 
Entrando por el otro lado, se  encontraba la Medicina Militar y de la Guardia Civil. En el primero estaba el piso para las compañías de pago e igualatorios.
Toda esta organización estaba dirigida por  unos doctores sabios y eficaces, como el Doctor Bragado en Cirugía, ayudado por don Jesús Recreo, hombre callado y bondadoso, que me operó a mí las glándulas tiroideas. En Traumatología estaba Don Luís Coarasa, gran amigo mío y de un buen humor, que un año para San Lorenzo en los toros, no lo dejaban entrar, siendo él médico traumatólogo. Le dije que debíamos ir a hablar con algún “mandamás” pero me dijo que se iba a su casa y que cuando lo necesitaran, lo llamarían y  ya iría a la Plaza. Tiene un hijo traumatólogo que ha intervenido en mi rotura del brazo derecho. ¡Gracias Luís!, junto con la doctora Sanz.
Me acordé de Don Tomás Lanzarote, de don José María Borrel, con el que hablé en la plaza de la Inmaculada. A don Daniel Carmen lo veo y nos hablamos en el Parque Municipal al que asiste a mantener la tranquilidad psíquica, con hombres y mujeres, orientados por un chino, que parece sabio. A don Manuel Fuentes Linás, doctor andaluz lo conocí en Siétamo, de donde era médico titular. En el laboratorio dirigía los análisis don Mariano Mallén, padre de mi amigo y compañero de estudios Maito Mallén, que creó los Laboratorios Mallén. En el Hospital Militar dirigía el cirujano y traumatólogo don Antonio Agüeras.
He hablado  de la alta función de los médicos, de los que he nombrado unos pocos, pero que en realidad fueron muchos más y eficaces los que trabajaron por la salud de los enfermos y enfermas, unos infecciosos  otros heridos o lesionados. Otros en cambio trabajaban por la perpetuación de la especie humana, ayudando  a venir al mundo a muchos niños y niñas. Estaban además los servicios antituberculosos, en cuyas salas estaban los infectados en sus camas, con las ventanas abiertas, aunque disponían hasta de seis mantas. Aparte se encontraban los Servicios de Maternidad, de los que me eligieron encargado en la Diputación. En cierta ocasión tuve que asistir a la entrega de un niño adoptado y al preguntarle al administrativo de la Diputación, señor Burgos, éste me contestó que no podía aclarar los orígenes del niño, a pesar de mi cargo oficial. En otra ocasión, haciendo una visita ordinaria, una monja de Santa Ana me presentó una cabecita cortada de una imagen de San José, envuelta con un escrito por un trozo de plástico cosido por sus bordes. Pone,  pues todavía conservo esa cabeza, que la había encontrado un oscense en mi casa de Siétamo y se la había traído a su esposa, que iba a dar a luz en la Maternidad. La monja sabía la historia de dicha imagen y yo, me di cuenta de que era la cabeza que una bala de fusil se la había cortado delante de mi padre. Me emocioné y la hermana me entregó la imagen que guardo en mi casa, como recuerdo de la misma  y de la casa de todos los oscenses, llamada Diputación Provincial. 
Grandes figuras, la mayoría de ellas ya desaparecidas, pero que llenan nuestras mentes, como la García Bragado, que era un cirujano que con escasos medios, operaba incesantemente o como Cardús, que constantemente traía al mundo muchos ciudadanos y hay que tener en cuenta, que no sólo eran médicos aquellas personas entre las que existían los personajes, sino comadronas como doña Anita, de grueso cuerpo y de gran amor a las madres y a los niños. Más tarde acudió Pilar Puyuelo de Siétamo y  pariente mía, que siempre se está riendo. Recuerdo también a mi pariente Manolo Morlán, que trabajaba en la Farmacia, después de haberlo hecho durante muchos años en la Farmacia de Llanas. Me dice Miguel que a Manolo le pedían antiparasitarios, purgas, polvos para limpiar sus dientes y otra multitud de remedios, que él componía y que resultaban baratos. En aquellos primeros años se hablaba de las sulfamidas y no habían salido todavía los antibióticos. Los médicos visitaban a los enfermos de cama en cama, acompañados por las monjas, que se apuntaban los medicamentos que recetaban y luego los iban a buscar a la Farmacia y vigilaban su aplicación.
 Miguel trabajaba en todas las faenas ordinarias y extraordinarias, pues tenía que “escobar”  los suelos de los pasillos  y de las escaleras con  serrín  mojado con agua y con jabón. Dice Miguel que entonces se trabajaba más que ahora, pues para bajar a los enfermos a Rayos X, los tenían que coger entre dos personas y vencer a pulso la diferencia de altura entre la mesa de los Rayos y la camilla,  que entonces no llevaba ruedas. Con las monjas repartían las comidas. Empezaban a trabajar los enfermeros a las seis de la mañana y después de barrer todos los pasillos, repartían el desayuno y luego aseaban a los enfermos. Tenían que atender las llamadas de los enfermos que querían entrar, atender las salas por si lod enfermos querían agua o alguna otra cosa como medicamentos. Cuando moría algún enfermo, lo tenían que amortajar y lo llevaban al depósito, que estaba en la otra punta del Hospital, al lado de San Vicente de Paul y junto al crematorio. Por las noches, cuando llovía, se les agarraban los pies en la tierra mojada y notaban enormemente el peso de los difuntos. No tenían casi luz y tenían que caminar entre los pinos,  para llegar al depósito. Las monjas cuando sospechaban que alguien había muerto, le ponían un espejo delante de su boca y si no lo llenaba de humedad, era señal de que había muerto.
Allí, en el Hospital se daba la diferencia entre el optimismo y el pesimismo, entre la vida y la muerte, pero los médicos y empleados luchaban por la Salud de los hombres y mujeres. Algunas veces se introducían en la capilla de la iglesia y algunos rezaban por los enfermos y éstos por su porvenir eterno, La verdad era que aquella iglesia, con su arquitectura graciosa y bella, inspiraba optimismo.
Hoy, fuera de las diferencias entre la vida y la muerte, entre la juventud y la vejez, uno encuentra diferencias entre lo antiguo y lo moderno del Hospital, pues me reconocieron muchos empleados y sobre todo encontré alegría con Miguel , al que llaman el Pim-Pam –Pum y con don Javier Lera, con un título nuevo, elegante y eficaz, como es el de Fisioterapeuta. El mal llamado Pim-Pam-Pum no deja el buen humor y aunque ya no tiene el antiguo sacapuntas, parece ser que ya tiene otro y está dispuesto a afilar lapiceros de todos los funcionarios de Rehabilitación.
Don Javier Lera tiene una personalidad especial , pues es sobrino del autor de la canción aragonesa S`ha feito de nuey, que parece se está convirtiendo en un himno del Alto Aragón Parece ser que sin darse cuenta está él mismo dispuesto a crear una música profesional de los Fisioterapeutas Rehabilitadotes. Yo, en sesiones que me daba en mi brazo derecho, le oía producir sonidos bien sonantes, es decir que eran auténtica música y que consonaban o coincidían con los sonidos, dolores y choques interiores de mis músculos y tendones con mis huesos. Cuando a él le pregunté si sería capaz de escribir esas piezas musicales, parece ser que debió ver las mismas dificultades que yo encontré en ese problema, pero yo creo que sabrá resolverlo. Que tiene una personalidad extraordinaria es evidente, porque de vez en cuando, sin decir nada a nadie, aparece con un vendaje en uno de sus brazos, porque de tanto trabajar y hacer esfuerzos para devolver la misma fuerza a sus enfermos, se le lesionan sus brazos y hay que tener en cuenta que todavía es muy joven. Ama la Naturaleza, pues en el pueblo, bajo la Sierra de Guara, llamado Ibieca, cultiva un huerto con el que sueña y tiene una piscina, que cada año pinta  con pinturas, que le proporciona su íntimo amigo el almacenista de pinturas Sorribas. Con aquella pintura parece que pinta las rehabilitaciones, que acompaña con su mente y que hace en el Hospital.
Este Hospital ya no es el viejo ni el nuevo, sino que es un Hospital de la Seguridad Social y atiende a los enfermos con gran dedicación por parte de sus médicos y funcionarios, porque en aquella gran sala de rehabilitación ,cada día se trabaja y su directora se preocupa de reponer salud y vida en los enfermos y dirige y colabora con Javier ,  mientras Miguel, el Pim-Pam-Pum se interesa por todos los  funcionarios y enfermos, tanto que presumía el otro día de que también él, en otros tiempos y dirigido por un experto trataba de rehabilitar a los inhabilitados.  
El otro día en una conversación escuché que una enferma recibió la oferta de un médico de ser operada, pero la doctora de Rehabilitación le propuso que ella se encargaría de rehabilitarla.
¡Gracias, doctora y gracias a Javier y a Miguel por haberme rehabilitado!, ¿Cuánto tiempo durará?. No se sabe pues el tiempo y el paso del tiempo dan la solución a la vida y a la muerte, mientras yo me lo he pasado muy bien con la compañía de Javier y de Miguel y soñando con música rehabilitadora.

sábado, 4 de abril de 2015

Usos y costumbres en el Altoaragón


Plaza de Ibieca ( Huesca)

El uso de determinados actos, crea un hábito  de realizarlos, de tal manera que llega esa práctica  a  convertirlos en costumbres. Se usan y se toman hábitos costumbristas  en todos los aspectos de la vida. Hay costumbres que se practican en la vida económica, en la vida social, de los distintos países, como por ejemplo en Inglaterra, en París, en Cataluña, en Aragón, etc., desde los actos y usos comerciales  hasta en los festivos.
En nuestra tierra altoaragonesa, la vida moderna ha hecho desaparecer muchos usos generales de toda la sociedad,  pero un día cualquiera en un almuerzo en una reunión de hombres  maduros, le hacen a uno reflexionar sobre las jotas cantadas, que cualquiera de los  asistentes, entona. Surgen los comentarios y las risas que producen y uno se llena de nostalgia al pensar en las costumbres y usos de nuestros antepasados.
Pocos versos entran en las jotas, pero definen los ambientes que con voces serenas y música jotera, te dan que pensar en ellos. Por ejemplo en la jota que cantó José María Puyuelo Sorribas, originario del pueblo de Ibieca, decía o mejor dicho cantaba :”Si te casas en Quicena,-no te faltarán melones,-pepinos y calabazas – y en “as sayas esgarrones”. ¡Cómo describe el ambiente productivo del pueblo de Quicena!, pues habla  de los productos hortelanos de los melones, pepinos y calabazas, que se crían en sus terrenos de huerta. Con tan refrescantes alimentos, el hombre se ve cautivado por aquellas hermosas mujeres, a las que los optimistas y sexuales hombres, ”fartos “ de jugos de la huerta, producen “esgarrones  en as sayas”,  de las buenas mujeres, impulsados por un instinto de conservación del género humano.
José María ante la alegría producida con su primera jota,  entona la siguiente:  ”Si quieres vivir a gusto-cásate en “o Somontano”- irás con leña “ta Huesca” y volverás  a caballo”. Un altoaragonés estimulando la boda de un paisano suyo, le dice que además  de llevar a vender leña a la capital oscense, podrá volver,  con el dinero,  ganado con la venta de la leña, al pueblo, montado a caballo o en el burro, que antes llevó sobre sus costillas la leña a la capital. 
 Ahora con los casamientos,- no se dan muchos disgustos,- pues si no quedan contentos,- en breve se han divorciado”. Y con esta letra de jota, tengo que volver a escuchar a José María, la siguiente:  “ Yo me casé en Morrano- y la busqué en la Ribera- y me la dieron preñada, porque se estila en su tierra”. El mozo sufrió un disgusto y no sé si se divorció o no lo hizo, pero, con pocas palabras se vengó de los riberanos, al decir “ y me la dieron preñada, como se estila en su tierra”. Yo creo que fue un poco exagerado por añadir a los riberanos  un uso y una costumbre, que humillaba a los mozos, que se casaban.
Pero por lo visto no sólo sufrían las costumbres del sexo en la Ribera, sino también en la Montaña, porque un habitante de ella, dijo  “ que con las cosas de mear no hay que enredar, porque en su pueblo de la Montaña, se metió con una moza en un pajar y ciego con su amor, no se dio cuenta de que se le cayó la colilla encendida y quemó un pajar”.    “Otro jotero se queja de la pobreza que sufrían los campesinos de su tierra, cantando: “ Mi abuelo cuando murió-murió con el culo abierto, - y de dote nos dejó-un pedo- “pa” cada nieto”. Me dice José María que la desgracia de no heredar nada, les hacía emprender una vida de trabajo, porque toda su vida la pasaban con un escaso peso. Mucho se canta en las jotas sobre la cantidad y la calidad de las dotes, pues en otra jota dice que a un montañero,  que se casó en Bierge, le dieron de dote “o campo A Culada y “a fajeta do pis”. No se podía quejar porque se descargaría muy a gusto en “A Culada” y orinaría muy satisfecho en “a fajeta d´o pis”.  
Y él reflexionaba en la jota del abuelo, cuando recordaba que en cierta ocasión viajó a la ciudad  de Orlando en los Estados Unidos y allí se dio cuenta de que  la obesidad era un mal muy generalizado. Veía pasar por las calles multitud de sillas de ruedas, conducidas por jóvenes de  unos catorce o dieciséis años de edad.
Todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pues los “leñaceros”  del Somontano, que estaban delgados, viajaban felices montados en los lomos de sus burros. En cambio en la rica ciudad de Orlando, sus numerosos jóvenes obesos, rodaban sobre sus sillas de ruedas. Cada país tiene sus usos y sus costumbres.   

El hambre que pasaron en la Guerra Civil, los de Belchite

Belchite (Zaragoza) En la cueva tal vez ibérica, que se encuentra cerca de la Autovía, que viene de Barbastro, cerca ya de la Torre de Caver...