miércoles, 9 de julio de 2025

El jardín.-




Recuerdo, cuando tenía solamente cinco años, como miraba por la ventana de la habitación de mis padres, cuando la noche veraniega se había lanzado sobre el paisaje arbolado que desde esa ventana se dominaba. Se oían correr las aguas del río Guatizalema, acompañado dicho sonido con el que producían las que brotaban de la fuente temporera del Valdecán, que estaba casi debajo de nuestra casa. Era de noche, pero, gracias a la luz de la luna llena, que con su aspecto de gran cabeza  redonda, con sus ojos, su boca y su nariz, también se miraba el ajardinado paisaje de “A Fondura” y era esa luz, reflejo del sol, la que me permitía mirar aquel mundo, que se había hecho misterioso y obligaba a pensar en el pasado y en el futuro de los hombres, en su evolución, en su muerte y en su resurrección. No pensaba todavía en el amor, pero lo sentía hacia mis padres, mis  hermanos, mis tíos y amaba a la señora Concha y al vaquero y al hortelano y al pastor Silvestre.

Aquella visión estaba acompañada musicalmente por el tumultuario canto de las ranas, que también contemplaban el paisaje y se alegraban con la presencia de la luna con la agradable  temperatura que las acompañaba.

Aquel jardín era un ambiente rústico, que se va perdiendo, porque entre otras cosas ya no se oye cantar a las ranas.

Más tarde, cuando pasó la Guerra me di cuenta del cultivo universal de los jardines, desde los de Babilonia, pasando por los del antiguo Egipto, de Grecia y de Roma, donde los adornaban con sus esculturas clásicas del dios Baco, que adoraba al vino o de la diosa Venus latina y Afrodita la griega, que era el símbolo del amor.

He estado en Madrid y he podido contemplar el jardín de los Duques de Osuna, al que llaman “El Capricho” y me he dado cuenta de cómo en él se pasa el tiempo descansando el cuerpo y haciendo pensar al alma. Se crea en su entrada la duda entre la vida y la muerte, por el ruedo torero, en el que se jugaba riendo y llorando con los toros; había después un lugar donde se efectuaban los duelos de pistola, jugando también con la muerte. Se encontraba allí mismo un bello edificio pequeño pero de corte clásico, llamado  el Abejero, donde por su cara sur estaban las entradas de las colmenas y desde dentro, amparados por una pintada cúpula, miraban los nobles, a través de los cristales, que pretendían jugar el juego pastoril o campesino y meditaban en las transformaciones que la Naturaleza realiza. Se alzaban estatuas de dioses clásicos y presidía el jardín una ermita, antigua y restaurada intencionadamente por los nobles.

También en Huesca estuvieron cultivados los jardines de los Lastanosa,  rodeados de museos y de sociedades de literatos y filósofos, como Baltasar Gracián. En ellos había multitud de especies vegetales, tigres y avestruces, que causaban la admiración de oscenses y forasteros y hacían filosofar a las mentes humanas.

Un poco hacia el Este, había un parque natural lleno de pinos, cuya desaparición fue criticada por muchos oscenses. También en él, se daba el descanso, se practicaba la gimnasia y se meditaba, pero en invierno resultaba excesivamente frío. Ha sido sustituido por un jardín, que yo creo que hará olvidar las lágrimas derramadas por la tala del anterior, aunque se conserve su recuerdo, porque yo al volver de pasar el verano en Siétamo a Huesca, me he mirado por la galería del Este de mi piso y he visto al fondo unos árboles frondosos, que me recuerdan los del río Guatizalema, delante de ellos un paseo, por el que pasa un canalillo, como pasa en el jardín de “El Capricho “ de Madrid, con bancos que invitan a sentarse y plátanos que en verano producen sombra. Protege el paso de las personas una barandilla metálica, que permite apoyarse en ella para contemplar un estanque en el que yo no sé si cantarán las ranas, pero que me hace recordarlas. Tiene el estanque una, podíamos llamarla playa, sin arena, sino de bello pavimento, rodeado o más bien requebrado de líneas, que en otros tiempos fueron de piedras de sillería y hoy está hechas de hormigón y que albergan entre ellas un verde césped. Hay caminos o paseos por los que se recorre este hermoso jardín, sembrados con bancos para reposar en ellos. Acaba el jardín, substituyendo el césped por plantas rastreras, entre las que se encuentra la alegre y llena de recuerdos, hiedra, con algunos árboles pequeños, que yo creo que crecerán, como unos pocos que ya son grandes y que se encuentran en la cara norte del jardín.

Me he llevado una sorpresa al contemplar las numerosas caras redondas de las farolas,  que imitando a la luna llena, iluminan por la noche el paseo,  la acequia, el estanque, el césped, la hiedra, y los bancos del jardín.

Así, como en mi pueblo pasa por el sur la carretera, en este pequeño parque pasan los coches por la calle de Don Vicente Campo.     

lunes, 7 de julio de 2025

Encantos, desencantos y encantamientos



La vida tiene sus encantos y si no los tuviera, habría que inventarlos, porque el encanto es aquello que suspende siquiera por un momento las penas del alma, causa admiración y llena de gozo los sentidos. Eso es lo que a mí me pasa en presencia de un niño o de una bella mujer. La vida moderna tan materialista y tan agitada, nos impide fijar nuestra atención en aquello que podría causarnos encanto y cunde el desencanto en el que lo ha poseído alguna vez, un estado de carente de encanto o melancólico en el que no lo ha poseído o una angustia en el que lo busca; por eso lo niños que son todo encanto e ilusión dejan de serlo tan pronto. Menos mal que quedan los poetas, que son capaces de encontrar el encanto en personas, en animales y en cosas, que los enamoran o encantan.”¿Qué es poesía?, me preguntas, mientras clavas en mi pupila, tu pupila azul. Y ¿tú me lo preguntas?, poesía eres tú”. Esa mujer encantó a Becker, pero también lo encantó aquel   arpa, simple objeto, que “del salón en el ángulo oscuro, de su dueño tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo", esperaba que una mano de nieve supiera arrancarle las notas. Si esas notas hubiesen sido acompañadas por una canción, tal vez comprenderíamos mejor que encantar viene del latín in-cantare y las sirenas encantando con sus voces a los nautas de Ulises, algo de esto nos confirman. Hay, sin embargo cierta diferencia entre uno y otro encanto y es que el que logra una bella mujer en nosotros, sin proponérselo, es el verdadero; esa mujer es encantadora no hechicera, ya que las sirenas son otra clase de encantadoras pues encantan alterando la razón para conseguir sus perversos propósitos. El encanto es más noble que el hechizo,  porque éste “supone daño y causa temor,  es en definitiva sinónimo de maleficio”. Sin embargo el sentido de las palabras no es tan estricto en el lenguaje ordinario, porque decir que una mujer hechiza con su mirada, no suele ser mal interpretado, igual que cuando una joven dice de un joven que está de un guapo que marea. He dicho que una mujer hermosa o un niño pueden encantarnos, como pueden hacerlo una flor, un paisaje o una buena reproducción artística de esas personas, de esa flor o de ese paisaje. Tal vez, a alguno le parezca tópico eso del encanto de la mujer o de la flor, pero es que hay otras cosas que también lo tienen; ¿ quién no ha oído hablar del “discreto encanto de la burguesía”, del dulce encanto de la música o del sublime del amor?. Los que no llevaban corbata se la han colgado al acceder a burgueses, la música de otros tiempos  vuelve y el amor es eterno, al menos en el tiempo de la humanidad, aunque sea efímero para muchos humanos actualmente. Cuando uno habla con una mujer encantadora, los que miran con ojos picarescos no entienden de encanto, sólo de pasión o más bien de vicio, pues para apasionarse hace falta temperamento, ya que cuando es anciana la interlocutora no se fijan, aunque las viejas también tienen su encanto. Para demostrarlo, me acuerdo con frecuencia de la señora Juana, que era pobre, en el sentido que este mundo materialista entiende por tal: tanto tienes, tanto vales. Tenía su casita, con el cantaral en el patio o portal, como una capillita de piedra picada, donde cabían un cántaro y un botijo; ¡qué fresca se conservaba el agua en el cantaral!, igual que la campana en el campanario e igual que la “agüeleta” en su caseta. ¡Con qué ternura colocaba un paño debajo del cántaro y con qué cuidado escobaba las cenizas del hogar!. Preparaba el fuego con cuatro ramitas, justo las que necesitaba para hervir el pequeño puchero de loza de Bandaliés. Entonces ahorraban energía, no como ahora que se derrocha, a capazos. Tenía un reclinatorio que además de usarlo en misa y en la novena, lo llevaba a los carasoles para sentarse a conversar con otras viejas y calentarse con los rayos del sol. Allí me enteré que las ancianas tenían el pelo blanco, cuando al quitarse la toca, se sentaban,  formando un rolde con sus silletas, para peinarse una a otra con aquellas peinetas cortas y anchas con dos filas de púas. Con pocos bienes vivía feliz a su manera, pero tenía una riqueza que se va perdiendo entre los humanos: la ternura, la amabilidad (amorosidá).Si se caía una tajada de pan, la recogía y la besaba. El gato esperaba las caricias de su dueña y el calor de sus faldas si no lucía el sol o estaba el hogar apagado. Yo, que tenía cinco años, le llevaba alguna col y enseguida atizaba el rescoldo y echaba ramas y el mejor leño para que me calentase. Después preparaba agua  rica y me daba una galleta para comerla mojada en esa agua. En mi casa había mejores golosinas, pero no me sabían tan buenas. Los duelos con pan son menos, y el pan con ternura es mejor, aunque sea seco. En cierta ocasión nos vio a unos cuantos niños maltratar a un pequeño gato y con ternura, nos dijo: ¡no tengáis malas entrañas!; desde entonces no volví a tratar mal a ningún animal. Un día nos vio fumar “petiquera” y en lugar de decir ¡mira que lo voy a charrar!, exclamó: ¡no seáis fumarretas que se os “alcorzarán as crecederas”. Una tarde mirando por la ventana trasera de mi casa, la vi rezar en la puerta del viejo cementerio, donde ya no se enterraba a nadie; desde entonces la espiaba para verla rezar. Desde ese portal se divisa Santolaria, de donde la Sra. Juana era nativa y me han dicho después que allí le rezaba a la Virgen de Sescún. Me parecía la buena señora, un nexo de unión entre los antepasados y los presentes. Consiguió transpasarme un poco de su ternura, de la que tan poca queda. Cuando algo se pasa de moda, se tira como se tira al hombre del que ya no podemos sacar provecho o a la mujer cuyo verano u otoño, se cambia por una nueva primavera. Por estas cosas yo conservo el cantaral de nuestra casa con sus cántaros y su botijo. Pero se puede encontrar también el encanto en cualquier lugar sencillo, incluso en una cuadra. Para el que por su condición de ciudadano o para ese joven de pueblo que conduce un tractor, puede sonarles como algo extraño eso de que la cuadra tenía sus encantos. Quizá no se haya escrito mucho sobre este tema pero cuando la Sagrada Familia se refugió en un establo, entre una mula y un buey, no sé si lo haría  por encontrar en él ese humilde encanto del que he hablado o por la razón pragmática de gozar del calor que con su aliento y con la irradiación su de extensa piel, producían tan voluminosos animales, pero en todo caso se creó un ambiente encantador, tanto, que todo el mundo cristiano lo reproduce, después de dos milenios, en las fiestas navideñas. En la cuadra languidecía la pobre luz de la bombilla de quince watios, un olor medio aromático de paja seca con fiemo caliente,  vaporoso, evacuado por las mulas y un ambiente uniformemente templado hacían  que en el establo se estuviera bien. En el resto de la casa el frío era glacial; en el hogar casi se había consumido la  leña y el escaso calibo lo había tapado la abuela, para que al día siguiente, después de escalibado, prendiese la ramilla y los tueros recios para freír el almuerzo, calentar el caldero, guisar la comida, volver a calentar las patatas de los cerdos de nuevo en el caldero y la cena, secar los peducos del hombre al volver del monte y echar la última calentada. Aquel día, al enterrar los pocas brasas que quedaban con la ceniza, bajamos a la cuadra para mirar como las arañas se movían por sus telas, como las pocas moscas que quedaban, torponas por la estación fría, se enganchaban en las redes para ser devoradas y como la mula torda se echaba pedos; Jorge le levantaba la cola y le ponía una cerilla apagada cerca del “cagadero” y cuando salía el gas se encendía con un ruido de soplido que se acababa cuando la llama alcanzaba su apogeo, al oír el macho morico ese soplido, él resoplaba: brrrrrr……y “batía a coda”, mascando con un ruido característico los cuatro granos que le quedaban y que rebuscaba golosa entre la paja del pesebre. Dábamos volteretas los niños, mientras tanto, sobre la colchoneta de pinocheras del camastro y comprendía que el Niño Jesús hubiera querido nacer entre una mula y un buey. Jesús pudo haber nacido en un castillo pero prefirió el encanto del establo, de la sombra de las palmeras y el de una humilde carpintería al encantamiento seductor de los  castillo encantados. El encantamiento de esos castillos, su maleficio, en unos casos producido por fantasmas, muchos de ellos revestidos con sábanas y sonorizados con cadenas, pero Kafka entendió que en “El Castillo” se encerraba el fantasma del poder; muchos hombres quieren tener acceso a su recinto atraídos por un encanto no natural, que no llena de gozo los sentidos y el alma sino por un encanto alucinante y alienante producido por el encantamiento maléfico, que ejerce el fantasma del poder. Del encanto del establo hemos pasado al desencanto del Castillo a través del encantamiento; se trata de un desencanto por desengaño. Fray Luis de León dice: "Despiértenme las aves con su cantar sonoro, no aprendido; no los cuidados graves de quien siempre es seguido, quien al humano trato está atenido” y en esos versos queda definido ese paso del encanto al desencanto, pero muchas veces se encuentra uno con estadios intermedios, que reflejan o producen en el alma, asombro unos, angustia vital, melancolía o nostalgia otros. En aquella cuadra, mejor dicho en el espacio empedrado que cubría el espacio en declive que iba desde la puerta hasta la cama de paja de las caballerías, al encender la mísera luz, descubría uno como caminaban torpemente las negras y pesadas cucarachas; a pesar de su fealdad no producían la repugnancia de las marrones y ligeras que aparecen en los mostradores o bajo las cafeteras de algunos bares. Trataban aquellos coleópteros, al notarse sorprendidos, de ocultarse en sus agujeros, pero me acuerdo de aquella vieja, tan negra como las cucarachas, con su pañoleta negra atada debajo de la barbilla, su toquilla y blusa negra, sus sayas, delantal, medias y alpargatas también negras, que quiso darnos a los niños una más negra diversión. Cogió varias cucarachas y derramando sobre sus dorsos una gota de cera, iba pegando a cada una, un corto cabo de aquellas delgadas velas usadas el día de la Candelera, a las que  llamábamos candeletas; apagó la luz y fue encendiendo las velillas, que como mástiles portaban los bichos. Aquellos lentos animales empezaron a correr como desesperados huyendo del fuego que parecía, en aquella oscuridad, salir de sus cuerpos. La vieja reía encantada, los otros niños se quedaban asombrados y yo era presa de la angustia. La vieja encontraba un extraño encanto en el espectáculo; en mí no había encanto ni desencanto, sino angustia, pero después me ha ayudado a comprender a Kafka en su “Metamórfosis”.Relataba de un modo escalofriante, como un hombre se iba transformando en cucaracha, como colocado en decúbito supino, no se podía levantar; era el procedimiento que utilizaba la anciana para inmovilizar a las cucarachas desde que las capturaba hasta que les colocaba la vela maldita. De la mismo forma que el héroe o el miserable de Kafka se transformaba en cucaracha, parecía que aquellas verdaderas cucarachas se transformaban en hombres; corrían, corrían locas como corremos los hombres, parecían llenas de angustia por el peligro que llevaban encima, como nosotros estamos muchas veces angustiados por lo que puede pasar, por la ambición, por la búsqueda de una luz que nos obsesiona, al contrario de las cucarachas que aborrecen la luz y buscan su encanto en la oscuridad. Kafka buscaba la luz en la oscuridad de su ambiente, ¿sería por eso que convertía a un hombre en cucaracha?. Nosotros vamos buscando el encanto luminoso en las grandes luces, que nos deslumbran y no nos dejan ver las pequeñas luces, las pequeñas cosas amables, los pequeños placeres que producen encanto. Yo asimilaría esas pequeñas cosas con encanto a los duendes y a los fantasmas a todo aquello con que tratan maléficamente de encantarnos. La vieja de las cucarachas me resulta fantasmagórica. Kafka, en cambio, aunque se expresa de un modo duro, cruel, tiene duende, quiere que la humanidad prescinda de todo aquello que hace desaparecer el encanto de la vida. Cuando las personas o las cosas poseen un “qué sé yo",  un algo que no podemos definir, pero que nos atrae amablemente,  decimos que tienen duende. Si, lo tiene el flamenco, la jota, que lo debe tener grande, ya que me pone la carne de gallina, un callejón sin salida, un viejo monasterio; ¡tantas cosas! pequeñas en sí mismas, pero grandes para el que sabe descubrir ese duende. ¿Qué encanto tendría un castillo inglés sin su duende?.Yo creo que Cardús cuando estudiaba en Alemania hizo amistad con algunos de ellos en esos castillos de Babiera que mandó construir el Rey Luis el Loco. Si, el duende amigo le dijo donde estaban los cientos de castillos que encontró en la provincia de Huesca o tal vez le diera recomendaciones para los duendes españoles. Yo los veo por todas partes y se me plantea un dilema, ¿verdaderamente hay muchos? o ¿es que entre unos pocos llegan a hacerse presentes en aquellos objetivos que les marca el Gran Duende?. Aunque los veo, no he conseguido hacerme amigo ni de uno de ellos, como mi pariente Cardús para preguntarle la clave del dilema. Para mí que son pocos, pero cuando escuchan las llamadas de la gente sencilla, acuden presurosos. Eso debe ocurrir y si las personas tienen sensibilidad, conectan con los duendes. No sé tampoco si tienen mucho trabajo. Cuando logre esa tan deseada amistad con un duende, le pienso pedir que me saque de este laberinto. Puede ocurrir que exista paro duendil. Si así ocurre constituirá una agonía para él, no poder “dondear”, como para tantos parados el no poder trabajar. En tanto me sacan o no del laberinto, intento salir yo solo. Me parece que cada vez los llaman menos, porque a la gente se le va embotando la sensibilidad, se le ha puesto un caparazón de egoísmo, de consumismo. No somos sensibles como antes y otros que lo son, viven muy apresurados y no tienen tiempo para sentir. Es raro que los hombres que dondean tanto, no se encuentren con los duendes, que hacen lo mismo, pero hay, gracias a Dios, hombres que encuentran el encanto y reconozco que una de las mayores satisfacciones que saco de mi afición a escribir es el encontrarme, al abrir un libro, con pensamientos iguales que los míos, pero expresados con más belleza. Al abrir un libro de Pablo Neruda me encuentro con una “Oda a las cosas”, qué entre otras cosas dice lo siguiente: “Amo las cosas loca - locamente - me gustan las tenazas - las tijeras, - adoro - las tenazas, - las argollas, - las soperas, - sin hablar, por supuesto, - del sombrero”. “Amo –todas-las cosas, - no porque sean - ardientes - o fragantes, - sino porque - no sé, - porque este océano es el tuyo, - es el mío”. Oh río - irrevocable - de las cosas, - no se dirá - que sólo - amé - lo que salta, sube, sobrevive, suspira.- No es verdad: -muchas cosas - me lo dijeron todo.- Y fueron para mí tan existentes, que fueron conmigo media vida - y morirán conmigo media muerte”. Al encanto del que he hablado, puede sucederle el desencanto, el deterioro o la perversión del encanto. Todos hemos sufrido desencantos; para mí, el que  mejor ha expresado el suyo, ha sido Gustavo Adolfo Bécquer por medio de estos versos: “Cuando me lo contaron, sentí el frío de una hoja de acero en mis entrañas, cayó sobre mi espíritu la noche y en ira y en dolor se anegó el alma". ¿Quién me dio la noticia?. Un buen amigo, me hacía un gran favor, Le di las gracias”. “Los cuidados graves de que siempre es seguido quién al humano trato está atenido” hacen que el paso del tiempo despiadado merme sus facultades físicas, intelectuales y su afectividad”. El entorno, la “circunstancia” de cada uno, que diría Ortega hacen que en unos se deteriore el encanto o que casi llegue a desaparecer. Esto le debió ocurrir a Pascual Montenegro y al conocer su nombre, tal vez ustedes piensen que voy a contarles un cuento mejicano o andaluz, pero no, porque su historia tuvo su tiempo y lugar en Huesca. A lo largo del relato, seguro que alguno de ustedes, lo reconocerá. Pascual tenía por nombre y Montenegro por apellido y haciendo honor a este apellido era cetrino de piel, tirando a negro. He intentado saber de donde era y así como de la Parrala unos decían que era de Moguer y otros que de Palos, no he logrado enterarme, aunque no creo que fuese tarea dificultosa el averiguarlo. Así como Simón en el pueblo “era el único enterrador”, Pascual fue en Huesca el último que condujo a los difuntos en un coche de caballos mortuorio, como una carroza en la que se hacía el último viaje y no triunfal precisamente. Era tirada por un tronco de caballos negros con un penacho blanco entre sus cortas orejas. El iba revestido de negra librea con alamares dorados, que concordaba con su rostro moreno y taciturno. A su paso por los Porches, la gente se levantaba de sus butacas del Flor, del Universal y de los varios bares, que allí estaban ubicados y unos inclinaban reverentemente la cabeza y otros hacían devotamente la señal de la Cruz. Años antes el difunto era conducido a hombros hasta los Porches, donde se introducía en la carroza; allí se disolvía el duelo y los más allegados iban al Cementerio. Los había que no respetaban ni la muerte, como un cestero apodado Corrusco, que en cierta ocasión, cuando iba a ser introducido el féretro en la carroza, arreó a los caballos, que se arrancaron veloces. Los que iban en el duelo no vieron muy oportuno ponerse a gritar por no romper el silencio respetuoso que acompaña a tan tristes despedidas. Pascual emprendió el camino tan trillado por sus caballos y rutinariamente con su trote monótono alcanzó las puertas del Camposanto; dió una voz al conserje gritando: ¡sácame a ése, que tengo prisa! ; no le faltaba razón, pues en épocas de epidemia hacía conducciones a destajo por ser el único conductor de la única carroza funeraria de la ciudad. El conserje llamó a los enterradores, que acudieron presurosos y comprobaron atónitos que el muerto se había perdido y exclamó Pascual: ¡ya me ha jodido Corrusco!. Desde entonces muchos oscenses llamaban a Montenegro el “pierde muertos”. Hizo volver rápidamente a sus corceles hacia la ciudad y cuando llegaba a la altura de la fuente del ibón, hoy paso a nivel del ferrocarril, divisó desde su pescante el cortejo funeral; los portadores del féretro avanzaban lentamente y cansados por el peso del muerto. Uno exclamó: ya era hora de que aparecieras, ¡pierde muertos!. Montenegro quería mucho a sus caballos y dormía con ellos en la cuadra; cuando iba a los bares a tomar café, les guardaba el azúcar y al volver a los establos, que estaban en la huerta del Hospicio relinchaban de alegría, al tiempo que orientaban sus orejas al lugar por donde venía. Eran los pobres animales muy bien aprovechados, pues en sus ratos libres labraban la huerta, la granja de la Diputación, acarreaban la leña, el carbón y llevaban el oxígeno al Hospital Provincial. En cierta ocasión el señor Antonio dio varios latigazos a uno de los caballos injustamente, pues lo había sobrecargado; el noble animal trató de defenderse y se incorporó agitando sus manos sobre el agresor, como el caballo Furia de las películas; llegó entonces Pascual y gritó: ¡Sultán, Sultán!;éste se apaciguó y acudió mansamente a lamerle las manos. No tenía miedo a nada, ni a los muertos ni a la muerte; dormía debajo de las patas de los caballos, que tenían cuidado de no hacerle daño. Hasta las ratas que pasaban por encima de su cuerpo, le respetaban y no le mordían. Sólo los hombres quisieron hacerle daño, pues en cierta ocasión lo llevaron a fusilar y no protestó; estaba tan acostumbrado al camino de la muerte que lo debió encontrar natural y si no se dan cuenta por terceros de que llevaban el reo cambiado, aquel día hubiera sido el último de su vida. No era amigo de los hombres vivos, sólo lo era de los muertos y de los animales, quería a los gatos, a los perros y a los caballos Sultán y Lucero, que cuando recibían su orden de enganchar, enculaban solos en las varas de la carroza y agachaban la cerviz para recibir en sus cuellos las colleras. Era tan pacífico que a su perro tuerto, lo llamaba Sanchi, que por cierto se entrecruzaba entre las patas en movimiento de los caballos y nunca las rozaba. Los encierros eran clasistas y se hacía notar la categoría del muerto, según las cortinas de la carroza fuesen moradas, rojas o blancas. Pero quedaban los “parias”, aquellas personas pobres y desamparadas, que después de introducidas en cajas de chopo, desnudas y agrietadas, eran conducidas no en carroza sino en el Trum-Trum, carro negro y desvencijado, que pasaba por los Porches haciendo un ruido como el que expresa su nombre, rápido y sin ningún cortejo. Bien se vale que Mosen Santamaría con esa humildad y humanidad que le caracterizaban, los esperaba en el Cementerio par rezarles un responso y darles la postrera bendición. El pobre Montenegro se confesó con un sacerdote humilde y santo, Don Benito Torrellas y dio “El salto “ a la eternidad, que escribió el poeta León Felipe y que dice así:”Somos como un caballo sin memoria,-somos como un caballo-que no se acuerda ya-de la última valla que ha saltado.-Venimos corriendo y corriendo-por una larga pista de siglos y de obstáculos.-De vez en vez, la muerte…..-¡el salto!.-Lloramos y corremos-caemos y giramos, -vamos de tumbo en tumba-dando brincos y vueltas entre-pañales y sudarios.-“ ¡Cómo esta poesía nos recuerda que Montenegro iba de tumbo en tumba, sobre el pescante de su negra carroza mortuoria! . A pesar de que por la circunstancias la vida de pascual Montenegro fue un tanto desencantada o desangelada, el encanto que encontró en sus caballos y en su perro, le ayudaron a sobrellevar su triste vida. ¡Cuánto se podría hablar de la degeneración del encanto!.Unas veces ocurre por causas ajenas al individuo, como le ocurría a Pascual. Repito que los pequeños encantos la aliviaron la tristeza y a este propósito, leí el día catorce de noviembre de este año mil novecientos ochenta y cinco en un periódico, que se había presentado el libro “Depresión mental, mi más terrible experiencia” de María Sermade, de cuya presentación hecha por el poeta Luis Rosales, un periodista, un psicólogo y un novelista se deduce que la autora salió de su depresión por la consideración de las cosas bellas.”es el descubrimiento de la belleza de la vida. "Un instrumento para salir de la oscuridad", dicen del libro. Las pobres mujeres hasta hace pocos años cuando se encerraban en un convento leían los salmos en latín, lengua que no entendían y otras, sumidas en la oscuridad de la cultura, al no poder salir de ella se tornaban brujas, como ahora se vuelven neuróticas. Tal vez alguna de aquellas antiguas brujas, se convirtió en tal, sublevándose contra una sociedad que la privaba de los encantos de la vida, pero en general se hacían por medio de sus pactos con el diablo para lograr encantos maléficos por aquello tan viejo de la soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia  y pereza. Lo prueban los pasajes del libro de San Cipriano que explican las fórmulas para dominar a las personas, para obtener dinero, para conseguir los favores de una mujer casada, para vengarse de alguien, como ocurría con un amigo mío de Velillas que “cruzó” a uno en su cama por haberle robado un arado y así hasta los mil maleficios. Para ejercer de bruja era necesaria la escoba, porque no iban a desgastar las escobas ni la diosa Pirene, que dio su nombre a nuestro Pirineos, ni la Andramaría de los vascos, que tiene perpetuado su nombre en una zona de Ansó; la iban a desgastar las mujeres asidas a su mango como los hombres iban a desgastar la azada (al mango la azada, que viene cansada de trabajar, pegar sin reír, pegar sin hablar….). Las mujeres estaban atadas a la pata de la cama y barrían, barrían, escobaban en el Alto Aragón. Los mangos eran de caña, de flexible caña en la Hoya de Huesca y en las riberas y las barrenderas, las escobadoras eran flexibles y sumisas, pero los mangos eran de madera, de palo en la Montaña y en el Abadiado y algunos hombres probaron el mango de las escobas, como muchas mujeres habían probado el mango de la jada. Desde los tendederos y solanares, veían subir las escobadoras a las cabras peñaceras a lo alto de los riscos y el Gran Cabrón las protegía contra el lobo, colocándose agresivo en posición erecta. Una mujer machorra, que no tenía hijos subió a la Peña Ezcaurri, allá entre Navarra y Aragón, otra también por la noche y a la luz del plenilunio subió cerca de San Cosme a la Cuca Roya; los buhos reales o “bobons” acudieron a las cumbres a “aguaitarlas  “ y el Gran Buco accedió a ellas lascivo; asustadas se lanzaron ambas mujeres desde la altura, agarradas a la escoba que no habían abandonado nunca y ¡oh milagro de Satanás! ,se vieron volando, la montañesa con la somontanesa, sobre la Guarguera. Las mujeres no habían podido,  a lo largo de los siglos, hacer la revolución de las escobas, de la brujería concretamente. En San Cosme se aposentaban las brujas en sus escobas, pronunciaban las palabras rituales: ¡sobre árbol y hoja, a las eras de Tolosa! Y ¡a volar!. Había, sin embargo brujas, que no necesitaban para hacer sus maleficios, de escoba porque su radio de acción se reducía a la comarca, donde conocían a la gente y su mayor placer era hacer mal a los de su tierra, igual que ahora en Huesca admiramos a los forasteros y odiamos “cordialmente” a nuestros convecinos. Repito que aquellas brujas no necesitaban escoba y se convertían en ágiles gatos negros que se desplazaban fácilmente por la “redolada”. Un cazador de Sieso caminaba por el monte, pero aquel día en lugar de ver perdices, conejos o liebres, fue algo insólito lo que divisaron sus ojos, sobre una piedra que marcaba la divisoria entre dos campos, se encontraba toda la ropa que una mujer de principios de siglo, necesitaba para encontrarse bien arropada. Por su mente pasó el leve encanto de la posibilidad de ver un bello cuerpo de mujer, ocasión tan difícil, en unos tiempos en que el sol no era buscado para broncear los cuerpos, sino rechazado por las mujeres que tenían a gala para su piel, conservarla blanca como la leche. Pasó también por su imaginación la sospecha de un crimen ritual, pero no descubrió señales de violencia en el cuerpo muerto de la víctima. Optó el cazador por esconderse en una espesa mata de carrascas y esperar a la mujer, que necesariamente tenía que llegar a vestirse. Así obtendría, por un lado, el placer de contemplar lo que nunca había visto y lo que era más importante entre los habitantes de los pueblos, saber quien era la descocada, para correr a contárselo a sus convecinos. No es esta última apreciación peyorativa o una censura dirigida a los pueblerinos, pues hoy día conozco a caballeros ciudadanos y modernos que dicen ¿ de qué me sirve yacer con la señora Marquesa, si no se enteran todos que he yacido con la señora Marquesa?.Pero volvamos al caso que nos ocupa; el hombre seguía esperando y estrujando su sesera; pensó en que tal vez las brujas anduviesen por medio. Si el hecho hubiera tenido lugar en China durante los próximos años pasados, el protagonista hubiera acudido al Libro Rojo de May para buscar luz; si hubiera ocurrido ahora en el Irán, tal vez se acordara del Corán y si aquí y ahora, hubiera recurrido a un libro que habla de un dogma materialista y que por los resultados que da, se saca la conclusión de que para todo vale y para nada aprovecha. Nuestro hombre, en cambio, se había acordado del libro de San Cipriano, que aunque no lo poseía, había oído hablar mucho de su contenido. Dicho libro era muy nombrado entre los campesinos y decían del que lo tenía, que era brujo. Hubo quien tratando de deshacerse de él, lo echó en el fuego del hogar y en lugar de quemarse, salió íntegro por la chimenea. Yo, hasta hace poco tiempo, creía que era algo exclusivo de nuestra tierra, pero me he enterado que se vende en Galicia y en la Argentina. Hablando de la existencia de dos poderes del mal se contrarrestan con la Cruz y el cazador, de acuerdo con esta norma, depositó sobre la ropa femenina una pequeña Cruz que llevaba y siguió esperando. Por fin vio avanzar un gato negro, que se dirigió directamente a las vestimentas pero al llegar a ellas, se mostró inquieto y como no sabiendo que hacer. Había visto la Cruz. El amagado salió de su escondrijo y le habló al gato diciéndole: ¿de donde vienes?. Le contestó: vengo de Velillas de dar “mal dau” a una mujer preñada para que aborte. ¿Cómo puedes hacer esas cosas?, le preguntó el cazador, a lo que contestó el gato: es que todos los días he de hacer un mal porque tengo trato con el demonio; pues ya puedes volver a Velillas a quitarle el mal a esa mujer y dáselo a la clueca. Así lo hizo el gato y cuando volvió, el buen hombre quitó la Cruz de encima de las ropas, se reconvirtió el gato en mujer, se vistió y se fue. No me aclaró el anciano de ochenta y cinco años, que me lo contó y que todavía vive, si conoció a la mujer y si la vio vestir, pero si me dijo que al cabo de unos días se enteró que había nacido un niño en Velillas y que la clueca de la misma casa en que había tenido lugar tan feliz acontecimiento, no había sacado pollos. Esa degeneración del encanto por el arte del encantamiento o hechicería, no es exclusiva de tiempos pasados. Hoy hay procedimientos más modernos para hechizar a la gente. Basta ver esos anuncios en que al joven se le ofrece un automóvil inasequible para sus medios económicos, al que acceden alocadas “fembras placenteras”. Muchos jóvenes, sacando el dinero ahorrado, a sus padres lo compran y los que no se dan contra un árbol, se quedan más solos que un muerto y más solteros que los  de Plan. ¡Dios mío qué solos se quedan los muertos!, cómo decía Bécquer y ¡qué solos se han quedado los de Plan!, como dicen algunos periódicos. ¡Cómo brillan esas copas de licor espirituoso en nuestras pantallas, que constituyen también un encantamiento hechicero para ganar en el amor, en los negocios y en el trato social!. A los cuarenta años esos encantados tienen el hígado cirrótico y voluminoso, como una ballena, resultando víctimas del hechizo de la publicidad. Señoras y señores hay que seguir buscando el encanto y para encontrarlo son útiles los poetas. Santa Teresa, en sus relaciones místicas con el Amado, sufría depresiones, “noches oscuras del alma”, como ella las llamaba y no se puso a leerlas porque no se habían escrito, pero se puso a escribirlas. No sé si fue Rubén o uno de los Machado el que escribió: ”Horas de pesadumbre y de tristeza paso en mi soledad, pero Cervantes es buen amigo y alivia mi existencia”. Un agricultor abrió un libro de poesía y leyó: ”Anoche, cuando dormía- soñé, ¡bendita ilusión!-que una fontana fluía –dentro de mi corazón. –Di, ¿por qué escondida acequia, -agua, vienes hasta mí,-manantial de nueva vida –en donde nunca bebí?. Busquemos, amigos, los encantos de la vida, no nos dejemos apoderar por los desencantos y cuidémonos de los encantamientos.

sábado, 5 de julio de 2025

Molinos y molineros




Alfonso Daudet escribió Cartas de mi molino, yo las leí hace ya mucho tiempo y en mí solo dejaron una nostalgia que se acentúa en mi interior cuando visito algún viejo molino o cuando desde el mirador de mi casa veo el que mi abuelo construyó a orillas del río Guatizalema. En él aprendió el oficio de molinero Miguel Muro que se fue a otro molino a orillas del río por excelencia: el Flumen. Fue en otros tiempos llamado, molino de Casayús. Pasó a la familia Porta que, después de modernizarlo, vio cómo ardía. No se amilanaron los Porta y lo volvieron a construir en Huesca y es que los molinos, tan dinámicos, deben transmitir su dinamismo a los hombres; no paran nunca, ya sean movidos por el impulso del agua de los ríos o por el del viento. Llegó a ser tan grande la identificación entre molino y molinero, que si aquel se paraba por cualquier azar, este se despertaba. Algo extraño tienen los molinos que en el pueblo provocan coplas: «Qué polvo tiene el camino, qué polvo tiene el molino...». Y en el poeta hacen surgir la inspiración para escribir sus cartas líricas, en Don Quijote despertaron gigantes de brazos giratorios y en don José Porta, ¿qué excitaron los molinos? Sencillamente un impulso «superabundante», continuado y espontáneo a trabajar y a crear trabajo, como hace él mismo. Algunos juzgarán esa espontaneidad y esa capacidad de trabajo como algo que ha de hacer fácil el camino hacia el triunfo. Como RETABLO DEL ALTO ARAGÓN 60 dice Julián Marías, esa espontaneidad está regulada por normas, que no deben impedir que fluya; pero a lo largo de la trayectoria de los hombres se presentan a veces ocasiones en que esas normas las reprimen y cohíben, dejando al hombre como «mineralizado», deshumanizado. Pasa lo mismo cuando la escala del termómetro marca varios grados bajo cero y se hielan las aguas del río; este no corre y por consiguiente no mueve el molino. Don José ha luchado para vencer las dificultades pero al mismo tiempo contagia su entusiasmo a los demás; cuando yo hablo con él me parece ver el mundo de color de rosa. El molino es una máquina y sin embargo conlleva poesía, pero el molinero es un hombre y además de trabajo conlleva humanidad. Es humano porque reparte trabajo, por lo menos tan noble como el ocio y sublime comparado con el paro; don José expande su sentido humano a todo el río de la vida y a su devenir; no atiende solamente su molino sino que acude a los que quedan marginados en la orilla por no poder entrar en la rueda del trabajo o porque este los desgastó con el paso de los años. Se integra en la Cruz Roja porque esta acude al hombre, allá donde se encuentre herido, solo o en situación doliente, es en resumen un colectivo de hombres solidarios con el hombre. Hacen falta filósofos como el griego Heráclito, que consideren el devenir de las aguas por el río, poetas que canten a los sauces llorones y a las libélulas, pero hacen falta hombres que como José Porta, se lancen espontáneos al trabajo que genera el río en el molino y se preocupen también del molinero. En tu cabeza, don José, ruedan sonoras las poleas y preside tu víscera cardiaca, una cruz roja.

El cerdo-hucha



¡Dios mío, que casualidad que mi amigo en su viaje a la capital de España, encontrara y se trajera al alto Aragón, un cerdo alado !. Nunca había visto una estatua de hierro de un cerdo; las había visto de hombres ilustres, de nobles caballos y de perros fieles. Es que el cerdo ha sido despreciado, porque cuando un hombre se siente ofendido, a aquel que le ha causado la afrenta, le dice ¡cerdo ! . Pero algo tiene ese animal cuando es motivo de conversación por parte de los hombres, que lo bautizan con numerosos nombres, además de cerdo, como cochino, gulo, marrano, tocino y otros muchos. Algunos lo llaman gulo-gulo, con cariño, como tratando de que sea un animal feliz y tratan de que se acerque a ellos para arrascarle el lomo, la tripa o entre las orejas. Otros lo desprecian, llamándolo marrano, como si fuera un animal que sólo desea ensuciarse, cuando es por cierto un animal que sólo desea lavarse y estar limpio porque no suda y desea tener contacto con el agua. Pero como suelen encerrarlo en las cochiqueras, agrupado y sin agua, el pobre animal no tiene mas solución que encontrarse sucio y maloliente.
Pero cuando lo matan le echan agua caliente por todo su cuerpo y le quitan su cutis y lo dejan limpio como el oro y al tener acceso a una de sus “pizcas” o piezas comestibles, la asan en el hogar y la devoran. En todas las partes del mundo, exceptuando los países habitados por musulmanes, tienen conviviendo con la gente, unos cerdos de los que algunos son blancos y otros rojos y alguno negro y se quieren y los alimentan. Parece que los aman y otros piensan que son los cerdos como huchas, en los que echan los restos de sus comidas para hacer, con el tiempo, un capital de carne, de tortetas, de morcillas, de jamón, con el que se alimentarán durante un largo período de tiempo. Por eso el cerdo de hierro que ha traído mi amigo de Madrid, es una hucha, donde echan los ahorros. Pero además el animal, ya grueso, levanta la cabeza con sus orejas dirigidas hacia delante y bate sus dos alas, encajadas sobre sus espaldas, que hacen de su figura, un luchador por la humanidad, un ídolo que adoran muchos hombres, para asegurarse un porvenir feliz en esta vida. En él se pueden apreciar su jeta o morro, sus ojos, sus orejas, las espaldas, el lomo y debajo el vientre, los jamones, las patas y para terminar luce una cola en espiral, que da ilusión desde los niños a los viejos.
Mahoma prohibió a sus fieles que comieran la carne del cerdo, pero tenía sus motivos, que consistían en evitar el contagio de sus fieles con la triquina espiralis. Ahora yo creo, que siguiendo las normas higiénicas, también podrían los musulmanes comer carne de tan noble animal, creado por el Señor.
Y es que sólo falta contemplar la hucha porcina de mi amigo y soñar con un bocadillo de jamón.

jueves, 3 de julio de 2025

El choque entre el hombre y el toro


Toro de la Vega de Tordesillas.

Cuando era niño, recuerdo como el corral de casa Almudévar de Siétamo, se llenó de novillos,que no recuerdo a donde caminaban, es decir si iban a algún mercado ganadero, o los llevaban a pastar al Pirineo o a la Sierra de Guara. A mí,  me producían,  no sé si un respeto o un auténtico miedo por su aspecto totalmente rústico. Unos eran negros y otros royos y todos ellos llevaban colgando de su cuello, unas cadenas, que arrastraban unos maderos, que les impedían acometer a sus pastores. Al día siguiente, los soltaron y por la cabañera, que está muy próxima, se fueron alejando. Los animales, que sufrían con  aquellas  cadenas y tablas no podían poner mala cara, porque no creo que supieran mostrar rabia u odio por el mal trato, que recibían con aquellas cadenas penitenciales. Pero no sé si les dieron de comer o no les dieron y marcharon agitados del corral de casa Almudévar.
Después de la Guerra Civil, en Huesca capital se contemplaron  escenas de rebaños de novillos bravos, que bajaban de la Sierra de Guara, propiedad de los Duques de esta Sierra, a la Estación de Huesca. Al llegar a la Plaza de San Lorenzo, coincidieron con la salida de los fieles oscenses  de Misa a la Plaza del Santo. Se armó un lío tremendo, pues los fieles chillaban y los novillos, miraban por los ventanales de los Comercios a su interior, consiguiendo uno de ellos romper la luna de una tienda, en el Coso Bajo, frente a la Plaza de San Lorenzo. Se pasó un rato de confusión y de miedo y por fin llegaron a la estación, donde los hicieron entrar en los vagones, para ser conducidos al Matadero.
Entre Carcastillo, pueblo navarro y Sadaba, aragonés  se ven las Bárdenas y allí se encuentran dos pueblos de Colonización, el navarro  Figarol y a unos cinco kilómetros, el aragonés Alera. Cerca de este pueblo se encuentra el pueblo de Layana con  Los Bañales, que consisten en manantiales de aguas calientes. En este pueblo se encuentra el santuario de la   Virgen de Layana.
En Alera no se encuentran iglesias antiguas ni ermitas, pero todos los años suben en Romería a visitar a la Virgen de Layana. “Por aquellas tierras aragonesas se encuentra, cerca de Alera, un monte, donde se crían vacas bravas, cuyos novillos se llevan a las Fiestas de los pueblos para divertir a su juventud”. Por Tarragona hay ganaderías de toros bravos y novillos,  que hacen divertir a la gente en sus días festivos.
En el castellano pueblo de Tordesillas, ha chocado la tradición de los amantes del Toro de la Vega y las autoridades. Es una tradición que la iglesia Católica no logró eliminar de España y es que esa tradición tan antigua y tan unida a las costumbres de la Tierra, da la impresión de que el pueblo  siente anulada su personalidad, ante la anulación de la fiesta de los toros. El Papa Pío V, en su pontificado ya prohibió las corridas de toros “con su crueldad”. En Portugal, más diplomáticos, obligan a que en las corridas de toros, se corten las puntas de los cuernos, para evitar graves peligros a los toreros y se evita la muerte del toro por la espada, al acabar su toreo.  En Francia se suprimieron las corridas en casi todo el País, menos en el Midi, al lado de España. En Méjico se debatió la prohibición de la muerte de los toros por los Obispos, sin intervención de los Poderes Públicos. En España Felipe II, intentó condicionar al Papa, cuando éste le pidió su ayuda para expulsar a los turcos de su enorme intervención en el Mediterráneo.  
Dice el Canon 285 : “Absténgase los clérigos por completo…” de asistir  a las Corridas de Toros. Hay que estudiar las costumbres taurinas en Colombia , por ejemplo, para darse cuenta de la unión de la mitología pagana, con las múltiples figuras, que en América, San Miguel sacrifica al dragón, que algunos identifican con el toro bravo. También en Méjico aparecen numerosos dragones. La antiquísima historia, cuenta que de  Europa se apoderó el Blanco Sol y llamó a Júpiter, que era el Toro Blanco y sensual, representativo del  Señor de la muerte, llamado por los aztecas Huemac, con el fin de que salvara del exterminio a los pueblos de los que había sido su madre. El señor del Sol salvó a los niños de color lunar de la tierra de Méjico.
Han desaparecido de Europa los bisontes primitivos, pero en España y en el Midi francés, se creó una vida, con Ganaderías Taurinas, de toreros a caballo y otros más humildes, que toreaban a pie, entrando, como podían en aquellos campos, unas veces para torear y “cubrirse  de gloria en aquellas soledades”, otras veces morían heridos por aquellos toros y toreando por las plazas de toros, con sus trajes de toreo, con su espíritu de valentía y con sus viajes por España,  que llevaron hasta América. ¡Qué espíritu tenían aquellos hombres, que se emborrachaban de placer, con los pases que daban a esos toros!.
¡Qué vida tan dura llevaban aquellos hombres de tiempos de Felipe II!, pero qué espíritu más identificado con el honor y con la poesía. Iban aquellos hombres por las plazas de los pueblos y querían mostrar su honor, toreando aquellos bravos animales taurinos. Manifestaban su valor y exponían ante los ojos de la multitud del pueblo, la belleza de sus arriesgados pases. Era motivo de su teatro entre la vida y la muerte, muchas veces el hambre o la necesidad de comer “el pan nuestro de cada día”. ¿Qué culpa tenían aquellos toreros, arriesgando su vida ante los cuernos de de esos toros españoles, de los que ya no quedaban en el Mundo, esos toros bravos, que también toreaban los caballeros , montados en sus nobles caballos?.  
Los toreros de a pié arriesgaban toda su persona ante aquellos toros bravos. Parecía que aquellos toreros pobres,  idealizaban el riesgo ante el toro, como una defensa de la vida humana,  muchas veces para poder comer y los  rejoneadores,  que montaban sus caballos, intentaban poner de manifiesto la lucha del bien, representado por el caballo y el mal representado por la agresividad de aquellos crueles cuernos o astas, que dirigían la testuz de los toros. Eran  los toros animales inocentes, pero el sacarlos de su ambiente, los convertía en toros bravos.
Los hombres siempre han estado en guerra y los toros han entrado en ella cuando han sido provocados para luchar. Los hombres no han sido formados para vivir en Paz y tampoco  han sido ellos los que han provocado muchas veces,  la lucha defensiva de los animales, si no es en prácticas de pastoreo de aquellos animales.
Han existido multitud de especies de animales y una,  como la de los caballos, educada por el hombre ha sido una portadora  del bien en las personas y otras veces ha sido el mismo hombre el que ha considerado agresivos a los toros, provocándoles su agresividad.
Hay que educar el comportamiento del hombre con sus prójimos y hay que corregir  toda agresividad entre ellos, pero para suavizar el comportamiento agresivo,  hay que buscar el convencimiento de la paz, a los que cometen actos agresivos, acompañándolo  por la suavidad.
Todavía se trata, a veces, a los animales con crueldad, pero todavía no es el amor el último trato que se les proporciona. Deben ser palabras suaves las que se dirijan a la crueldad de algunos tratos, porque la guerra, suele acabar con muertes y con heridas. Si, es duro el trato en el encierro del toro por muchas gentes que intervienen en  el lance, pero es más cruel el encerrar en una jaula a un pájaro,  amante de la libertad. Y así luchan con palabras los que quieren o no quieren el mal trato a los animales.
No cabe duda de que los que discuten sobre el trato bueno o malo a los animales, sufren con esos tratos malos.
Desde que antes de la Guerra Civil de 1936, entraran en el corral de Casa Almudévar, sometidos con cadenas y tablas de madera, unidas al cuello, he visto otros momentos de crueldad con los animales. Pero el año de 1936, en Siétamo murieron tal vez cientos de personas, unas en el frente y otras fusiladas. En toda España fueron alrededor de un millón de víctimas. Está muy bien que después de la Guerra, se originaran enfrentamientos entre unos y otros por las víctimas animales. Pero ahora que estamos en el año de 2016, siguen muriendo hombres, mujeres y niños, en Irak, en Siria y en  Africa  del Norte. ¡E incluso en Francia y en España!. Al acabar de escribir estas tristes noticias me entero que el 19 de Diciembre el terrorismo había matado en Alemania a varios hombres y mujeres y herido a un número considerable de ellos.
Juan XXIII, expresó en su Encíclica Mater et Magistra, que : “La Doctrina de Cristo,une, en efecto, la Tierra con el Cielo, ya que considera al hombre completo,alma y cuerpo,inteligencia y voluntad, y le ordena elevar su mente desde las condiciones transitorias de esta vida terrena hasta las alturas de la vida eterna”.” Un mundo nuevo había brotado setenta años después de la “Rerum Novarum”. Pero las bases sobre las que se erguía la civilización cristiana y la ética del catolicismo , seguían en pie,debiendo reconducirse tras el desaliento y la confusión de las décadas que siguieron a la Gran Guerra. Por ejemplo, la urgencia de denunciar la escandalosa distribución de la riqueza,cuando el impulso del progreso técnico ofrecía tantas opciones de bienestar.Por ejemplo ,el requerimiento a los gobernantes a comprometerse con el bien común,lo único que legitimaba de acuerdo con la doctrina política clásica del catolicismo.” Debía asegurarse que “le sea posible al hombre asumir la responsabilidad de lo que hace y perfeccionarse a sí mismo”.

¡O Volador, o Volador!.-




Ya hace muchos años, que en las Fiestas de Aniés y cuando la juventud estaba bailando, en la plaza Mayor, aquella pieza que decía:”¿Dónde estará el avión,chis, chis el avión?, el hijo de Ascaso,  gritó: ”¡o volador, o volador!.Todos giramos  nuestras cabezas y echamos una mirada hacia lo alto del firmamento. Se paró la música y por tanto el baile. Aquel volador era el satélite, que se veía como una estrella, que daba vueltas por el cielo, por el camino que le habían señalado los técnicos americanos. Por unos instantes, tuvimos los pies en el suelo y la cabeza en el cielo. ¿Dónde se encuentra aquel hombre que siendo un intelectual, pise la realidad del suelo tenazmente ?.  Acuden a mi memoria las figuras de San José de Calasanz, de Ramón y Cajal y de Joaquín Costa,  que trabajaron por la Salud, la Despensa y la Escuela. Me enteré que Joaquín Costa, cuando estudiaba en Huesca y al mismo tiempo en el Castillo de San Juan, trabajaba de peón de albañil. No pueden engañarnos las ideas de Costa porque tenía los pies en el suelo y la cabeza en el cielo. En tanto los sabios y técnicos piensan en tornar los secanos en regadíos, tanto que dicen que cuando los astronautas llegaron a la luna, se encontraron con un hortelano de Huesca, que estaba regando. Hay que luchar por  el aprovechamiento total del río Ebro y evitar otras pérdidas como las del río Gallego o del Guatizalema. Los planes prometidos sobre las aguas del Guatizalema son necesarios no sólo para regar, sino para levantar industrias a lo largo de la autopista que va de Barbastro a Huesca, como ocurre en Navarra con sus ríos y pantanos. Deben caminar juntos los que cultivan su inteligencia con la cabeza en el cielo y  los que trabajan y tienen sus pies en el suelo. 

martes, 1 de julio de 2025

¡Qué pena, que desaparezca la moral!

            

 
Me he sentado al lado de una amiga, en un velador y me ha dicho, como aquella que quiere saludar en un entierro: “¡qué pena que esté desapareciendo la moral !.  Ella es una mujer, que de niña, iba al catecismo de la parroquia de San Pedro el Viejo y al Colegio de Santa Rosa, pero al crecer se puso de catequista en la misma Parroquia. Ella buscaba el camino de la vida, pues su padre se separó de su madre y ella se separó de él. Pero su padre amaba a su hija, porque la iba a buscar, desde Barcelona a Huesca y en la gran ciudad,  la llevaba a pasear por el Parque de Güell y le compraba cuentos y muchas veces, cosas que a ella le apetecían, al pasar por ciertos escaparates. Cuando ella se quedaba mirando esos escaparates, donde se exhibían  bolsos bonitos, si la niña exclamaba:”¡qué bolso tan hermoso!, él entraba en el comercio y se lo compraba.
Es curioso contemplar en la vida, las situaciones de abandono y de soledad, producidas por la falta de moral, que algunos hombres y mujeres, muestran por medio del divorcio.
Se puede perdonar el pecado cometido, pero hay que acordarse de la debilidad, que tenemos los hombres, concretamente en materia sexual. Pero no sólo es el sexo un enemigo del amor, sino que también lo son el alcohol y el juego.
La niña crecía y crecía,  además de con su cuerpo, con su espíritu, pues le preocupaban los valores, entre los cuales el que había abandonado su padre. En cambio su madre era virtuosa, porque cuando volvió de Barcelona y contempló a su marido como un amor difícil, en lugar de abandonarlo con rapidez, esperó a que naciera la niña, a la que le pondría el nombre de  María Pilar. Por eso nació la niña en Barcelona y la Virgen del Pilar no pudo evitar la separación del matrimonio. Pero la niña María Pilar fue educada por su virtuosa madre, con mucha riqueza interior y María Pilar, que acudía cada día a la catequesis, a preparar a los niños y niñas de primera comunión, se estaba formando a sí misma con un celo extraordinario. Pilar fue creciendo y sentía el amor, de tal manera que  a  los  diecinueve  años, se casó con su novio, que era mucho mayor que ella,  pues tenía treinta y siete años. ¡Qué suerte tuvo el caballero casándose con una mujer hermosa y joven, que lo cuidaba y le tenía un gran cariño, pues llegó a tener seis hijos e hijas, frutos de su amor !.  Él estaba acostumbrado a la vida libre con sus treinta y siete años, pero Pilar, lo amaba y no le echaba broncas ni riñas, para dar buen ejemplo a sus hijos. Hace once años que  falleció, pero sigue teniéndole el mismo amor, recordándolo con mucho cariño. Las dos hijas son enfermeras, un hijo es periodista y los demás son camareros. Esta mujer tan trabajadora, tan honrada, tan honesta  y tan amante de sus hijos, no se ha vuelto loca, sino que tiene un carácter, que hace feliz al hombre,  que tiene la suerte de hablar con ella, o más bien de escucharla, cuando habla de su amante y refiere su vida. Me la encuentro alguna vez, sentada en un velador, tomándose un cortado, para acompañar a su analgésico, porque dice que está muerta de dolores. Yo, hoy me he sentado al lado de ella y me ha contado todo lo que acabo de referir.
No se siente pesimista, sino  que es feliz, porque encuentra felices a sus hijos y como Job, ha sufrido todo lo que el Señor le mandó en la vida, pero ella sigue amando a sus difuntos y a sus hijos  e hijas.

No hacen pie

Cuadro de Monet Siempre, es decir a lo largo de nuestra vida, han existido jubilados, pero no tantos como ahora, pues es raro que alguien, a...