jueves, 26 de febrero de 2015

Tomás y Jesús del pueblo de Arguis


Pantano de Arguís.

Tomás Castán Malo, de apellidos altoaragoneses, nació hace ya unos noventa y tres años, en el pueblo de Arguis. ¡Arguis!, pueblo de la Montaña, a escasamente a escasamente doce kilómetros de Nueno, ya asomado a la Tierra Baja. En este pueblo se acumulan las aguas en el pantano más antiguo de la provincia de Huesca. A Tomás le llamaba la atención ese pantano, levantado en el siglo XVII, del que bajaba agua a la capital y hoy, gracias a Dios y al que lo planteó, el señor Artigas, catedrático de la Universidad Sertoriana, sigue bajando. Así como el agua descendía por la fuerza de la gravedad, a él, ya muy niño, le atraía la Tierra Baja. El agua, que le llamaba la atención por sus deseos de bajar, se acumulaba al lado de su casa, que llamaban Mesón de Foz y que ahora ha ascendido a la categoría de Restaurante de Foz. Cerca está la Peña, al lado de una tremenda Foz, como si sus rocas hubiesen sido cortadas con una enorme hoz, para dar paso a las aguas del río Isuela. De niño iba a la Escuela y vivió en Arguis unos treinta y pico años. Pero esta vida feliz, a pesara de la escasez de medios que en aquellos tiempos se daban en Arguis, como en cualquier otro pueblo de la provincia, la vio interrumpida por la Guerra Civil del año de 1936. En el pueblo, a pesar de que unos eran de derechas y otros de izquierdas, no querían la Guerra y además los alcaldes, uno conservador, llamado Matías y otro de izquierdas, llamado Miguel, eran buenas personas y no querían la violencia. La prueba es que en Arguis, no mataron a nadie, ni unos ni otros, pero en el frente murieron tres, que seguramente no irían gustosos a la Guerra. Cierto día llegaron al pueblo algunos vecinos de Nueno y de Apiés y colocaron una bandera de color rojo en la Torre de la Iglesia, cambiándola más tarde por otra de color más oscuro, de la C.N.T. Entonces llevaron a los jóvenes del pueblo, para ingresarlos en el Ejército Republicano, a Barbastro. De allí los pasaron, parece ser que con poca preparación, a enfrentarse con los nacionales al frente de Madrid, cerca de la Ciudad Universitaria. Allí exclamó Tomás que ¡mataban a la gente como moscas! Y “no la sabe usted bien como era aquello!”. En Alcalá de Henares había campo de concentración, cárcel y penal.
Por lo visto, algunos regresaron, después de cierto tiempo, a Barbastro y al poco tiempo, se oía por todas partes esclamar: ¡vienen los fascistas y nos van a matar a todos!. Unos se escaparon a Francia y los jóvenes como Tomás y Jesús Banzo de Banastás, se fueron por el monte. Tomás estuvo con otros compañeros en una caseta, pasando hambre y Jesús, en otra caseta en Lascuarre, donde le dio de comer, una señora de este pueblo. Tomás y compañía decidieron bajar a Barbastro y en el camino los pararon unos requetés, les pidieron declaración y los acompañaron al nombrado Barbastro, juntándose en la Plaza de Toros, más de mil jóvenes milicianos. Los subieron en camiones a Huesca, al Cuartel de San Juan y allí les dijeron que el que tuviera alguna persona de prestigio conocida, que los llamaran para reconocerlos. En seguida vinieron unos para unos y otros para otros, se abrazaron al encontrarse y soltaron a casi todos. Al poco tiempo de estar en su casa, los volvieron a llamar, para ir a cumplir el Servicio Militar, que a Tomás le duró unos dieciocho meses, por ser hijo de viuda, pero a Jesús lo retuvieron durante siete años. De Huesca, antes de ingresar en el Ejército, los llevaron  al Campo de Concentración de Zamora, donde estuvieron, según Tomás, dieciocho días y según Jesús, un mes aproximadamente. Aquello, según expresión de Tomás, era un “zurriburri”, lleno de moros, alemanes, rusos, etcétera, que dormán apretados unos junto a otros por falta de mantas y “con más piojos que lleva un perro de gallinero”.
Así como de Arguis, murieron tres mozos en la Guerra, de Banastás de nueve, fueron ocho los muertos, y así como Tomás estuvo dieciocho meses en el Ejército, Jesús tuvo que estar siete años.

Jesús y Tomás se encuentran en el Parque Municipal,con sus más de noventa años, recuerdan aquellas penalidades de la Guerra, aunque por su alrededor no hay jóvenes que escuchan esas aventuras, que los escarmentarían de empezar otra Guerra.

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