jueves, 27 de enero de 2011

¡Pobre Antonié!








Alonso ,Alonso-mira que t’arrempujo y te tiro a un pozo”.

Esta canción, la cantaba un andaluz, que estaba labrando en un cortijo. A Antonié no hizo falta tirarlo a ningún pozo, pues él mismo se tiró por su propia voluntad. ¿Estaría loco?,no simplemente era pastor y según el Evangelio, si un pastor pierde una oveja, deja las otras noventa y nueve y va a buscar la perdida. Claro que en este caso no se trataba de una oveja, pues era un carnero ,es decir un macho. El Evangelio y la poesía bucólica, son muy feministas en cuestión de ganado lanar; siempre hablan de las pacíficas y blancas ovejas, pero no recuerdan nada a los carneros o mardanos. Hago esta salvedad para tratar de introducir a los mardanos en su lugar, pues también ellos tienen los derechos del ganado lanar.

En el monte hay un pozo cerca de un camino, sin brocal ni nada y el pobre mardano fue a asomarse y cayó dentro del pozo como un sapo. Antonié , buen pastor, como el del Evangelio, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se tiró dentro del pozo para sacar al carnero. Decía que no le había empujado nadie, pero reflexionando, veo que le empujó su propio sentido profesional. Pero bueno , le pregunté ¿para qué te tiraste en el pozo?, ¿no sabías que tú vales más que el mardano?. Me contestó, creo que sí pero como era del montañés de Salinas de Jaca…

¡Pobre Antonié!, porque si hubiera sido suyo el carnero, lo hubiera dejado ahogarse, pero como era de propiedad ajena, su amor propio lo empujó a hacer lo que no hubiera hecho por sus propios intereses. El buen pastor da la vida por sus ovejas, pero ¡mira que darla por un mardano o carnero ¡,siendo además de otra persona. Lo peor fue que después no podía ni sacar al mardano ni salir el mismo del pozo.

¡Escucha Antonio!, ¡pues ya las habrás pasado bien negras!. Calla, me respondió ,que nunca he visto un porvenir más negro. Era ya casi por la noche y el pozo estaba negro , además de por la falta de luz, porque recibía el agua las filtraciones de las heces de los cerdos, de la granja de al lado. Empezaba Antonié a subir y las paredes del pozo se caían, como el trigo cuando los niños suben por sus montones en las eras, para la trilla. Antonié tenía mucha pena por mí mismo y por el mardano, que “esberrecaba” con agonía y también me preocupaban las ovejas que encima del pozo se habían quedado solas , sin pastor. Me hacían casi llorar los perros pastores que se miraban desde el borde del pozo con ojos tristes. Parecía que iban a llorar. Cuando vio que le fallaban sus fuerzas, empezó a gritar y entonces acudió el granjero de la vecina granja. Este llamó a otros y entre todos lo sacaron a la superficie. Cuando me vi en tierra firme, grité ¡gracias a Dios ¡.Pero el granjero dijo: mejor que les des las gracias a los tocinos ,que estaban hartos, porque si llegan estar ayunos,¡para días salís del pozo!.Contestó Antonié de Rafaeler: de todas las formas ahora veo el porvenir más claro y aunque no llueva no me lamentaré, porque si he salido de este baño de estiércol de cerdo, igual saldré de las polvaredas de las sequías.

El granjero había echado el pienso a los cerdos el domingo por la tarde y el pastor iba cuidando el ganado lanar el mismo domingo también por la tarde. Ciudadanos, ¿cuántos hombres quedan en España de esta condición?. Pocos y en los pueblos. Todos sabemos nuestros derechos, pero ¿nuestros deberes?.

Coscullano, un pueblo en la Sierra de Guara











Santuario San Cosme y San Damián



La Sierra de Guara, cuyo nombre tal vez venga del nombre vasco-ibérico“gora”, alto o arriba y en su pié, más debajo de Santolaria, quedan los restos del pueblo de Isarre, que también quiere decir parte baja. La Sierra por el Norte mira al Pirineo, pero en su caída hacia el Sur se convierte en un gran observatorio desde el que se ve la gran depresión del Ebro, empezando por el Somontano o tierra que está debajo del monte. Y como me dijo uno de sus habitantes, desde el Norte se observa, unas veces más que otras,el horizonte borroso, pero cuando miran los vecinos del Sur hacia el Norte, se ve todo claro. Eso me pasa a mí cuando miro desde Siétamo a Coscullano, pues lo veo muy nítido y muy próximo, con la blanca casa de Lorenzo Zamora Blasco como adelantada y cuando, desde la terraza de dicha casa miro para ver Siétamo, me cuesta reconocerlo, a pesar de suproximidad. Cuando desde Gratal se mira uno hacia Zaragoza, unas veces la ve y otras no, pero si no hay nieblas, desde la capital aragonesa siempre se ve el Gratal y la Sierra de Guara. Es la Sierra un monumento natural y así lo ha comprendido el hombre, pues la ha declarado Parque Natural de Guara. Ya se daban cuenta de su belleza muchos escritores aragoneses, como la tía del Conde de Aranda, Ana Francisca Abarca de Bolea, que llegó a ser Abadesa del Monasterio de Casbas y desde el cual se contempla toda la Sierra, sin obstáculos, en verano y en invierno. Ana Francisca no pudo resistir el impulso que la llevó a escribir un romance a Guara, que dice así: “Ya se ha dispertado Guara,/ ya se ve a medio vestir/ previniendo tocas largas/ por la muerte del Abril”. Salvador María de Ayerbe, en su obra “A través del Somontano”, escribe un capítulo dedicado a San Cosme y San Damián”, que debajo una peña están, como repiten los peregrinos que van a tal santuario. Cuenta cómo lo llevaban a San Cosme, a través de Angüés, por Carbas de Huesca, por Sieso y otras veces por Bierge, Labata, Yaso,Bastarás, Panzano y Aguas, recorriendo todo el pie de Sierra hasta la casa de las maderas, como la llamaban los habitantes de aquella zona tan boscosa,donde se hacía carbón vegetal.En aquella casa emprendían su camino hasta el santuario por “una serie de suaves pendientes y curvas pronunciadas,a trechos de camino real,en otros de herradura, que comienzan a deslizarse por un hoyo inmenso cerrado al poniente por un pequeño anfiteatro rocoso”. Ésta era también la ruta que usaban los somontaneses de Panzano, de Aguas y de Coscullano, para peregrinar el día de San Gregorio al Santuario de San Cosme y San Damián y cuando ya estaban cerca de él, veían su “blanca mole, tan adosada al rocoso muro grisáceo”, que explica la “añadienza” de “debajo de una peña están”. De la misma forma que a Salvador María de Ayerbe, le penetró la Fuente Santa en su corazón, pues escribe: “aun hoy subsiste para consuelo del creyente, deleite del artista, regalo del caminante y embellecimiento y poesía del sitio donde resuena, perenne, la plegaria mística de su cotidiano y manso deslizamiento”. ¡Cómo coincide la expresión poética del caballero con los sentimientos del pueblo de Coscullano y de Panzano, que ahora que están reparando la iglesia del Santuario, oyen la misa al aire libre, al lado de la Fuente Santa y si no tenían gran facilidad de expresarse en castellano como el poeta, porque lo hablaban mezclado con su fabla aragonesa, componían jotas que con cuatro versos de ocho sílabas, manifestaban sus sentimientos y su sensibilidad poética! Ramón J. Sender vivió la Sierra de Guara, llegando a titular uno de sus artículos “La sierra niña” y parece ser que se expresaba de tal forma, porque la amaba y la recordaba en San Diego, allá en California. En Balboa Park cuando “veía las ardillas... volaba con el recuerdo a la Sierra de Guara”, donde siendo casi un niño se recreaba mirando sus traviesos movimientos. Sender, aparte de la excursión a San Cosme y San Damián que hizo conducido en uno de sus coches por Bescós, que tenía su garaje de venta de coches, bajando a la estación de ferrocarril, se siguió trasladando a tan hermoso lugar. Escribió un artículo titulado “La Virgen de Fabana”, cuya ermita que se encuentra muy cercana al santuario de San Cosme y meditaba sobre la devoción a la Virgen, en las supersticiones “como el viento que canta por las gargantas o el sol que abrasa sin calor”. Las supersticiones se dan en el espacio de San Cosme, pues yo he conocido y tratado a uno de sus ermitaños, nacido en la parte oriental de la provincia, me contó que en cierta ocasión, estando cenando en la vivienda, varios señores oscenses, habiendo hecho una apuesta con ellos, tuvieron que salir corriendo del comedor, abandonando su opípara cena. Comentando con un vecino de Angüés, temas sobre el santuario, me expresó sus vivencias en sus alrededores, con numerosos gnomos. Yo le preguntaba qué era lo que comían y qué restos dejaban, pero él, que no había leído a Sender, creía ciegamente en los gnomos. El escritor no se limitaba a escuchar las campanas, cuando veraneaba en San Cosme, sino que “yo bandeaba las campanas los domingos, por detrás de la enorme loma rocosa por la que baja el Guatizalema, torrencial. Por encima vuelan las águilas”.Se mezclan en este lugar personajes variados, por ejemplo el Conde de Guara, que tiene allí su casa, igual que la tenía en Panzano, donde está su noble escudo, con el santero, que ahora duerme en Angüés y el que dirige la reparación del Santuario, que reside en Santolaria. Ahí van con frecuencia oscenses, entre los que se encuentra un gran jotero, que desahogan sus corazones cantando jotas, que a Sender le recordaban el Parsifal, porque “afirma que en Parsifal aparece la consagración del carácter aragonés típico, ya que la leyenda consiste en la exaltación del hombre puro y sin malicia”. Sender quería a aquellas personas sencillas, como su tía Jacinta, su abuelo el campesino y a la Hermana Adela, nacida en Chalamera, como me pasa a mí con los personajes que habitaron aquellos pueblos del pie de Sierra y de los que quedan tan pocos. Ya lo decía aquel profeta, nacido en Coscullano y que se llamaba Benedé, que afirmaba: “En este pueblo no va a quedar nadie” y así ha ocurrido. Por eso, cuando me encuentro con Lorenzo Zamora Blasco, que tiene los dos apellidos iguales que mi abuelo materno, lo venero, porque él no se quiere ir de Coscullano. Vive allí al pie de la Sierra, rodeado su monte por San Cosme, por la iglesieta, de la que ya no quedan casi ni restos, pero que en ella se encontró una pulsera visigótica, que está en el Museo, por el Castillo de Arraro, allá en Panzano y por el pueblo de Aguas, por el pantano de Calcón y por los olivos, a los que limpia cada año, por los “buchos” o bojes que adornan los montes y por las rojas “alborzas”. Cultiva su huerto, que se riega, con un ibón, que nace justamente encima del huerto. Está rodeado por personas a las que ama, como su esposa Aurita, sus hijas Carmen y Paz, su nieto Lorencito y su nieta Belén. Recuerda, como Sender, a sus padres, gente sencilla y buena, a su hermano Antonio, del que conserva una brillante biblioteca, de su hermana Maruja, que fue como la de Sender monja de Santa Ana y de su otra hermana Araceli, casada en Tierz. Así ocurrió con la Hermana Adela, de la que Sender escribió “Adela y yo” y si éste escribió sobre la monja, Lorenzo hizo que la enterraran en Coscullano, para que desde los cielos pidiera por sus escasos y sencillos habitantes. Se fueron sus hermanos, sus hijas y nietos, y viven en las ciudades, pero siempre que pueden van a visitar a sus padres y al pueblo de Coscullano, donde muchas veces te parece que estás escuchando Parsifal.

Las lágrimas van al mar y los gases van al aire


El parte de las diez de la noche de Radio Nacional del día cuatro de Abril, comunicaba a los radioyentes que una telefonista en Asturias, había sido sometida a expediente por falta grave. Dicha falta (dichosa falta para la presunta culpable) consistió en aligerar de viento su timpanizado vientre. Añadía el locutor que la telefonista, previendo su comprometida situación, había pedido permiso para ir a evacuar aires. No le fue concedida licencia contra toda razón, o tal vez le hubiera sido concedida presentando una instancia debidamente reintegrada.

No se puede juzgar a la ligera a sus jefes, sin conocimiento de causa. No le debió dar tiempo a la infeliz para cumplir dicho requisito, y como la naturaleza está regida por leyes inexorables, los gases salieron por el “locus minoris resistenciae”, en este caso por el esfínter anal, que es como una válvula de escape, y bien se le valió, pues si así no ocurre, hubiera estallado la pobre telefonista y el ruido hubiera sido más estruendoso que aquel pequeño estallido del que se le acusa, añadiendo como agravante que los clientes lo podían haber escuchado a través de los auriculares. ¡Qué atención tan delicada a los señores abonados!.

Podían haber dado a la publicidad una nota diciendo que el ruido no tenía un origen sucio. Más ruido producen algunos aviones, que al atravesar la barrera del sonido, hacen disminuir la puesta de huevos a las gallinas en las granjas y ponen nerviosos a los hombres y animales juntamente. Y nadie dice nada, y a los granjeros no les piden permiso los aviadores para hacer ruidos. Más “estruendo bronco y con rencor produce el trueno” y nadie le pone pleito al tiempo. Yo creo que la buena chica, en el pecado llevó la penitencia, y lo normal es que se pusiera colorada. ¿Para qué hurgar en su pequeña herida?.Sólo para hacerla más grande.

De ahora en adelante, a los que tienen poco tono o padecen relajación de sus esfínteres, les podían poner un corcho, pero este sería de una crueldad inaudita. Tal vez sería conveniente hacer esto con aquellas personas cuyos gases son insonoros, pero que contaminan el ambiente. Lo malo es que esta gente lo hace solapadamente y cuando se pregunta quien ha sido, resulta que no ha sido nadie.

Para mí no es grave el pecado, pues hasta en un famoso convento venden unas golosinas a las que la gente llaman “pedos de monja”. Los pudorosos las llaman “ventosidades de religiosa”. Yo creo que los llamados a juzgar la gravedad de la falta serán benevolentes, recordando que también ellos se habrán visto en tales situaciones más de una vez. Son servidumbres humanas, pues a todos nos hizo Dios del barro de la Tierra

domingo, 23 de enero de 2011

A una poetisa

Carlos Gardel

Aquella Mariví, de apellido desconocido, cantaba:”Mi novio cuando fuma, me tira el humo, me tira el humo en el jardín de la hierba buena”. No me acuerdo de más frases de aquel disco rayado, sólo recuerdo que en alguna de sus vueltas sobre el disco, la aguja saltaba de pista a causa de su deterioro y en llegando a aquello de “me tira el humome, me tira el humome….no acababa por repetirse “¡ay Mariví, Mariví, maravilla de mujer, del barrio de Santa Cruz, tu eres un rojo clavel”. Después de tantos años, aquel traqueteo me sigue martillando en la cabeza y aquella aguja, en este caso desobediente a la “voz de su amo”, me sigue rayando la sensibilidad, como rayando cada vez más el disco, al repetir “me tira el humo, me tira el humo”, pero sin decir que “en el camino de la hierba buena”. Aquella Mariví, que ahora estará como un salmón ahumado por el humo de la pipa o del cigarrillo, extremo éste que el disco renqueante no aclaraba, ahumada o embalsamada por el aroma de la hierba buena, debía ser una carátula de un romanticismo de salón o de jardín programado. ¡Tú, Mariví, no eres carátula sino libélula de un lugar, donde las hierbas son buenas en los prados y en las selvas y las que no son buenas, son bellas; flotas por el lugar como los humos que surgen de chimeneas elegantes y gigantes y “prexinan una vida” cuando la luz “s´en ye ida; calor, sólo restan purnas y purnallos, cansos s´aposientan”. “La brasa se apaga y ves con tristeza sólo la ceniza esparcida en tierra”. El humo todo lo impregna y la libélula vuela y se renueva, aquel en el invierno y ésta en el verano, formando parte de la poesía, de tu poesía, que como la savia lo hace por los troncos, así circula por tus venas y como las “chispas, plumas y bolisas” brincan de esos mismos troncos; así brotan de tu boca las palabras altoaragonesas expresando belleza y dignificando la “fabla” aragonesa.

Tú no eres carátula, no te sometes a la férula de la prosa y no podrá ponerte presa en su ergástula, porque te escaparás como huye el humo por las chimeneas o por las ventanas la libélula, lula, lula, lula….lulamarividiana.

Conversaciones en Montearagón



Los Amigos de Montearagón han celebrado igual que todos los años, el primer domingo de junio, un acto de reclamación para que el antiguo castillo- monasterio, sea restaurado. He subido a la altura para colaborar con sus componentes en el logro de dicho fin y me he encontrado en ella, con muchos oscenses y con hijos de varios pueblos del Somontano. Hablé con muchos de ellos, pero el que más me impresionó con sus palabras, fue Enrique Arizón, Ingeniero Industrial, al que hacía ya muchos años que no veía porque trabajaba ocupando un alto cargo en la Hacienda Nacional y que ahora ya está jubilado. Jubilarse y venirse con su esposa Emilia a Huesca, ha sido todo uno, porque él que toda su vida había estado soñando con Huesca, donde su familia tenía y creo que todavía es suyo el Velódromo, en el que en tiempos pasados se celebraban carreras de velocípedos. Yo me acuerdo de haber estado en el entonces ya viejo Velódromo con su primo Maito Mallén Campaña y de haber visto algún velocípedo, que ya no se podía usar y alguna rueda enorme, que correspondía a la rueda delantera de uno de esos velocípedos. Me dice José Enrique que en una ocasión se empleó el terreno en campo de fútbol, pero más tarde se convirtió en un campo de cultivo de cierta droga, porque unos delincuentes saltaban las paredes y cultivaban dicha planta. Ahora parece que en un edificio ya de aspecto ruinoso se arreglan instrumentos metálicos.

Pero José Enrique creo que de estas cosas se enteraba de tarde en tarde, ya que no tenía tiempo de ir a ver dichos terrenos. El se acordaba más de su vida de niño y de joven, cuando estudiaba en el colegio y me contó que alguna vez subía al Castillo-Monasterio, donde se encontraba la iglesia convertida en paridera, con su suelo lleno de estiércol con una altura cercana al metro y estaban las ovejas con sus corderos, que daban señales de asustarse, al igual que los pastores, que cuando los veían llegar daban muestras de mal humor. José Enrique tendría por aquellos años de 1945 ,unos dieciséis o diecisiete años e iba a ver no se sabía si al Señor o las ovejas, acompañado entre otros por Carlos Albasini y por Desi. Penetraban por todos los lugares anejos a la iglesia y por el interior de la torre, entró él en cierta ocasión en el púlpito, que por cierto me dijo que entonces a pesar de las ovejas y de los pastores, estaba más bonito que hoy en día. Una vez en el púlpito se sintió orador y exclamó en latín:”¿Quosque tandem, Catilina,abutere pacienciae nostrae?”, que en castellano equivale a decir :¿Hasta cuando, Catilina, seguirás abusando de nuestra paciencia?.¡Dios mío, que sensibilidad tenías dentro de tí, que comunicabas a tus amigos en aquellos momentos de juventud!, ¡cómo sabías que aquella situación era el reflejo de una degeneración de la historia aragonesa!.En el momento que me explicabas tu actuación en el púlpito, estábamos en medio de aquel brillante Castillo-Monasterio, levantado en el siglo XI, unos diez o doce años antes de la conquista a los moros de la ciudad de Huesca en 1096 y sentía conmigo el consuelo de ver arreglada la iglesia, donde se dijo una misa y cantó un grupo de joteros de la Estirpe de Aragonia, dirigidos por mi amigo Julve, que con sus voces nos llegaban al alma y allí estaban los Amigos de Montearagón, reclamando una resurrección de los edificios que tienen comidas sus piedras y en su mayor parte ruedan esas piedras por los suelos.

¿Quién es la Catilina antiaragonesa que cuando se echaron los frailes del convento, hizo que algunos de ellos huyeran descolgándose con soga por las ventanas?. Pero no fue sólo esta la labor que realizaron ,porque en mi pueblo de Siétamo vivió de ecónomo no sé si fue un abad o un fraile de dicho convento, que dejó en casa de una señora un relicario que parece ser contenía sangre de Cristo. Pero aquella Catilina hizo que el que compró el Monasterio lo saqueara de sus ornamentos, libros y joyas sagradas para después prenderle fuego, de lo que se conserva un cuadro del que sale un humo escandaloso. Era escandaloso, porque mi padre me decía que cuando quemaron Montearagón, hasta Siétamo llegaban “las fumatas”. Altoaragoneses, ¡qué paciencia!.

Ramón Arizón Duch, viator oscense


Por Osca o Huesca pasaron y pasan todavía, varias vías romanas y el que por ellas caminaba era calificado como viator o caminante por esas vías.

Y Ramón nos ha salido doblemente viator, porque después de ser alumno del Colegio de Huesca, se hizo hermano de la Congregación que fundó este Colegio en el año 1926 y que le llevó a andar por el Nuevo Continente. Muchos antiguos alumnos lo conocían y conmigo y con nuestros hermanos, es decir los suyos y los míos, nos juntábamos a jugar en la Torre de Casaus. Yo, de muy niño estuve en su casa del Coso Bajo en alguna ocasión y conocí a su padre y a su madre, auténticos señores aragoneses. Su madre era hermana del oculista oscense Doctor Duch, del que el Doctor Barraquer de Barcelona, afirmó que era un sabio conocedor de la especialidad. Vivían en un piso de su misma casa dos tíos suyos a los que conocí cuando iban a pescar a Siétamo, en el río Guatizalema. Otros conocen a los Arizón por ser los dueños de la Torre de su mismo nombre. Su hermana mayor Clotilde,se casó con un catedrático del Instituto y siempre sonreía.Bernardo estuvo muchos años fuera de Huesca,trabajando de Ingeniero, pero volvió a vivir a Huesca y siente amor al al arte,porque me enteré de que era alumno del Centro de Retauración de las Capuchinas y Enrique ha estado ejerciendo de funcionarioen el edificio oficial ,que se encuentra cerca del Gobierno Civil.Ramón era el hermano pequeño poseyendo un carácter bondadoso, tratándose con todo el mundo y de su amor a la humanidad,se hizo Hermano de San Viator. Su figura oscense me recuerda la de aquellos españoles que caminaron por las tierras americanas,consiguiendo formar veinte naciones en el continente. En Norteamérica, a unas tierras ásperas como las nuestras de los altos de Monrepós o de Guara, las bautizaron con el nombre de Arizona, que como las citadas está llena de “erizones’.

Los modernos viatores españoles sintieron la necesidad que sintieron sus hermanos franceses de extender su congregación por Canadá, de hacer lo mismo por América del Sur y fundaron su Congregación en Chile. Allí acudió Ramón, donde trabajó enormemente en cultivar la cultura que allí habían llevado los españoles y los altoaragoneses, ya que en las estribaciones de los Andes, se encuentra un templo dedicado a la Virgen de la Carrodilla, fundado por un altoaragonés, nacido en Estadilla. Yo he acompañado a un ilustre americano al Templo de la Carrodilla de Estadilla. Últimamente, impulsado por su vocación viatoriana, participó en la fundación en Bolivia de actividades que durante siglos llevaron a cabo los misioneros españoles y poco antes de su muerte, compró en dicho Pais, un edificio digno de ser un palacio por su destino religioso y cultural, que le recordó el palacio de los Duques de Villahermosa y Condes de Guara de Huesca, en el que el año 1926, empezaron su misión en dicha ciudad, los Clérigos de San Viator.

‘Ad mayorem Dei gloriam’ trabajó Ramón para conseguirla, pero hay que tener en cuenta que a su ciudad de Huesca le ha dado también honor y gloria.

Candelabro de hojalata


En una chatarrería se encontraron una cruz, para ser portada por un hombre, tal vez vestido de sacerdote o de sacristán, acompañada de varios candelabros. Todos esos restos de un conjunto de objetos de alguna cofradía, tenían su belleza, pero estaban rotos, aplastados y abollados porque eran de hoja de lata y debían haber pasado muchos años de abandono. Debían estar creados en el siglo XIX o en el XVIII. Llevé el candelabro, que me pareció mejor conservado a la Escuela de Enseñanza y Restauración de Huesca y allí, bajo la dirección de su Directora, los alumnos lo restauraron. Quedó con un aspecto venerable, como si esa obra estuviese efectuada con nobles materiales. Alguien opinó que se le podía haber superpuesto por su superficie, una capa de oro o de plata, pero la Directora pensó que sería mejor guardar un respeto a los ejecutores de tal obra de arte. Efectivamente su autor realizó una obra de tal categoría, en medio de la pobreza de materiales de que disponía y tal vez él mismo mantendría pobremente de cuerpo, cuando su espíritu se recreaba trabajando obras de arte. Así compensaría los padecimientos de su cuerpo con los placeres del espíritu.

Fui una mañana del mes de Mayo a buscar el candelabro, que había sido expuesto en la que fue antigua iglesia conventual de las Monjas Capuchinas, junto a retablos de otra iglesia, que se eleva a los cielos en Alquézar, cuadros, esculturas y otras numerosas obras de arte; me dieron el aparato y al salir, yo no sabía donde colocarlo, pero tuve la idea de llevárselo a las monjas del Convento de San Miguel, que está cerca de la Escuela. Pensé que en dicho Convento, lo colocarían en algún altar o ante un cuadro que representase a un santo y allí alabaría al Señor, con un cirio encendido y daría también a que alguna de aquellas monjas se acordase de rezar por el pobre hombre y rico artista, qué lo creó; ya no sé el número de años que su cuerpo descansa, pero su arte sigue despertando en las almas que lo ven, admiración y reciben una sensación de placer.

Así lo hice, llevándolo al convento, donde ya está ante un altar de San José y me dijo la Madre Superiora, que cuando se dieran posibles tormentas, encendería el cirio para evitar que los campos de los agricultores, resultaran dañados.

LA CUCARACHA

La Cucaracha de Kafka era rara, como lo eran las que caminaban por las paredes del dormitorio de la pensión de Zaragoza, donde yo dormía cua...