viernes, 18 de noviembre de 2011

El jardín



Recuerdo, cuando tenía solamente cinco años, como miraba por la ventana de la habitación de mis padres, cuando la noche veraniega se había lanzado sobre el paisaje arbolado que desde esa ventana se dominaba .Se oían correr las aguas del río Guatizalema, acompañado dicho sonido con el que producían las que brotaban de la fuente temporera del Valdecán, que estaba casi debajo de nuestra casa. Era de noche, pero, gracias a la luz de la luna llena, que con su aspecto de gran cabeza redonda ,con sus ojos ,su boca y su nariz ,también se miraba el ajardinado paisaje de “A Fondura” y era esa luz, reflejo del sol, la que me permitía mirar aquel mundo, que se había hecho misterioso y obligaba a pensar en el pasado y en el futuro de los hombres, en su evolución, en su muerte y en su resurrección. No pensaba todavía en el amor, pero lo sentía hacia mis padres, mis  hermanos, mis tíos y amaba a la señora Concha y al vaquero y al hortelano y al pastor Silvestre.
Aquella visión estaba acompañada musicalmente por el tumultuario canto de las ranas, que también contemplaban el paisaje y se alegraban con la presencia de la luna con la agradable temperatura que las acompañaba.
Aquel jardín era un ambiente rústico, que se va perdiendo, porque entre otras cosas ya no se oye cantar a las ranas.
Más tarde, cuando pasó la Guerra me di cuenta del cultivo universal de los jardines, desde los de Babilonia, pasando por los del antiguo Egipto, de Grecia y de Roma, donde los adornaban con sus esculturas clásicas del dios Baco, que adoraba al vino o de la diosa Venus latina y Afrodita la griega, que era el símbolo del amor.
He estado en Madrid y he podido contemplar el jardín de los Duques de Osuna, al que llaman “El Capricho” y me he dado cuenta de cómo en él se pasa el tiempo descansando el cuerpo y haciendo pensar al alma. Se crea en su entrada la duda entre la vida y la muerte, por el ruedo torero, en el que se jugaba riendo y llorando con los toros; había después un lugar donde se efectuaban los duelos de pistola, jugando también con la muerte. Se encontraba allí mismo un bello edificio pequeño pero de corte clásico, llamado  el Abejero, donde por su cara sur estaban las entradas de las colmenas y desde dentro, amparados por una pintada cúpula, miraban los nobles, a través de los cristales, que pretendían jugar el juego pastoril o campesino y meditaban en las transformaciones que la Naturaleza realiza. Se alzaban estatuas de dioses clásicos y presidía el jardín una ermita, antigua y restaurada intencionadamente por los nobles.
También en Huesca estuvieron cultivados los jardines de los Lastanosa,  rodeados de museos y de sociedades de literatos y filósofos, como Baltasar Gracián. En ellos había multitud de especies vegetales, tigres y avestruces, que causaban la admiración de oscenses y forasteros y hacían filosofar a las mentes humanas.
Un poco hacia el Este, había un parque natural lleno de pinos, cuya desaparición fue criticada por muchos oscenses. También en él, se daba el descanso, se practicaba la gimnasia y se meditaba, pero en invierno resultaba excesivamente frío .Ha sido sustituido por un jardín, que yo creo que hará olvidar las lágrimas derramadas por la tala del anterior, aunque se conserve su recuerdo, porque yo al volver de pasar el verano en Siétamo a Huesca, me he mirado por la galería del Este de mi piso y he visto al fondo unos árboles frondosos, que me recuerdan los del río Guatizalema, delante de ellos un paseo, por el que pasa un canalillo, como pasa en el jardín de “El Capricho “ de Madrid, con bancos que invitan a sentarse y plátanos que en verano producen sombra. Protege el paso de las personas una barandilla metálica, que permite apoyarse en ella para contemplar un estanque en el que yo no sé si cantarán las ranas, pero que me hace recordarlas. Tiene el estanque una, podíamos llamarla playa, sin arena, sino de bello pavimento, rodeado o más bien requebrado de líneas, que en otros tiempos fueron de piedras de sillería y hoy está hechas de hormigón y que albergan entre ellas un verde césped. Hay caminos o paseos por los que se recorre este hermoso jardín, sembrados con bancos para reposar en ellos. Acaba el jardín, substituyendo el césped por plantas rastreras, entre las que se encuentra la alegre y llena de recuerdos, hiedra, con algunos árboles pequeños, que yo creo que crecerán, como unos pocos que ya son grandes y que se encuentran en la cara norte del jardín.
Me he llevado una sorpresa al contemplar las numerosas caras redondas de las farolas,  que imitando a la luna llena, iluminan por la noche el paseo,  la acequia, el estanque, el césped, la hiedra, y los bancos del jardín.
Así, como en mi pueblo pasa por el sur la carretera, en este pequeño parque pasan los coches por la calle de Don Vicente Campo.     

Francisco San Román de Arbaniés y su lauburu



Francisco es el que fue panadero de Arbaniés, antes de la Guerra Civil, todavía siendo un niño,  con su burro, repartía el pan cada día por aquellos pueblos como Castejón, Loscertales y Coscullano. Sus padres tenían arrendado el horno cerca de Casa Ciria, pero vivía la familia en el barrio de la carretera. Ahora ya no es barrio, pues ya no vive nadie en sus casas. Cuando uno sube hacia Bandaliés, al salir a la carretera, entonces sin asfaltar, se da cuenta de que se encuentra a su izquierda. Yo he entrado numerosas veces en dicho barrio, hasta la casa en la que vivió Francisco con sus padres. Me he acercado a ella con el fin de contemplar un hermoso lauburu de piedra, que ocupa el vértice del arco central de su portal. Hace muy pocos días, se lo conté a Francisco y éste se quedó emocionado, pues allí, en esa casa había pasado su niñez, antes, durante  y después de la Guerra Civil. Le pregunté si se acordaba de tan antiguo recuerdo de tiempos pasados, al que veneran en muchos lugares del mundo, como Navarra y Vasconia y él me contestó que recordaba el lauburu,  como un escudo, que se exhibe en tantas casas del Somontano. Se acordaba más de el huerto, con su balsa, sus manzanos, higueras y membrillos, ahora con la balsa medio “enronada”, y los frutales que aún producen algunos frutos, pero nada de verduras, porque nadie cultiva el huerto, donde tanto había “picado” él mismo. Me subió una mañana a contemplar el barrio, el huerto, su antigua casa con el lauburu en el lugar más noble de su portal y no pudo menos que explicarme qué familias vivían al lado de la suya. En la entrada al  barrio vivían cinco vecinos. La primera casa era la de Pepe que convivía con su hijo, que cayó en el frente  y su cuerpo lo expusieron en casa del “Trujano”, donde le rindieron homenaje, cantándole tristes canciones. Pepe tenía un carro con el que hacía viajes a Huesca y llevaba y traía encargos. Se quedó solo y en sus rutas pensaba en la rápida marcha de su hijo, muy lejos de este mundo. Al fondo se encuentra Casa de Bosque, presidida por el lauburu, donde nació y vivió Paco en su niñez, durante la Guerra Civil, acompañado por su familia. Su padre se llamaba Francisco San Román Bestué. El apellido de San Román tiene su origen en el entonces pequeño pueblo de San Román de Morrano, igual que Arbaniés,  al pie de la Sierra de Guara. Estaba también la Casa del Cucharero, que aparte de arreglar las piezas metálicas de la cocina,  labraba  cucharas y tenedores de madera de boj.  Era también estañador, fabricaba pucheros y arreglaba paraguas. A su lado estaba casa Marco, que se dedicaba a la agricultura, labrando las tierras no con una pareja de bueyes, sino con una yunta de vacas. Estas daban la ventaja de parir algún ternero. En casa Malo, Francisco convivió con el señor Pablico y su señora María, que tenían algo de tierra y vivían con mucha modestia. Ahora,  ya no queda nadie en las casas que acabo de citar. Siempre  se formaban corros en la puerta debajo del lauburu; se juntaban todos los vecinos y otros que venían del barrio que se encuentra alrededor de la Iglesia y otros de fuera de Arbaniés, como la señora del Practicante Angel Garcés, Concha Bescós. Este practicante después de la Guerra Civil, murió. Para la Guerra, se fueron  a Francia algunos vecinos del barrio.
Este pueblo tiene un nombre muy parecido a otro de Navarra, pues si el de Huesca se llama Arbaniés,  el de Navarra se llama Arbuniés y en medio del camino, en la provincia de Zaragoza, se encuentra el pueblo de Arba, por el que pasa el río Luesia. Pero encima de Arbaniés se eleva  el  Tozal de Guara y al otro lado se ven las ruinas del desaparecido pueblo de Isarre. Por Arbaniés pasa el río Guatizalema, que baja del pantano de Vadiello, con los Mallos de Ligüerre  a la vista. Cerca de la Capital Osca, se ve el origen vasco –ibérico de esta comarca del alto Aragón.
 Arbaniés tiene una hermosa iglesia en cuyos muros hay pintados cuadros románicos. Al lado de dicha iglesia está el frontón, de muy buena construcción. Además, presidiendo  casa Bosque, donde nació Francisco, se alza uno de los lauburus o lábaros más bellos de la comarca del Somontano. En Coscullano hay uno tallado en una puerta de madera, en Velillas hay otro esculpido en piedra y en Torres de Montes, hay cuatro, por parejas, de los que uno gira a la derecha y otro a la izquierda. Pero el de casa Bosque de Arbaniés, gira hacia la izquierda, que con ese giro recuerda la otra vida y está sentado sobre un corazón invertido, como si a su dueño se le hubiera muerto su amo y expresara su tristeza, invirtiendo su corazón.  En diversos trabajos y escritos turísticos se habla de numerosos lauburus en la provincia de Huesca, pero jamás había visto que dichas cruces estuvieran tan abundantes, alrededor de Siétamo, en el Somontano. ¿Cómo se iba a quedar Francisco, después de una terrible Guerra Civil en su propio pueblo?, pues no fue él  el único que se marchó, sino que hay quien afirma que fueron un sesenta por ciento de la población. Creo que ha vivido en Bagur, en la provincia de Gerona uno sesenta años y como afirma en una de sus poesías: “Yo os recuerdo, os llevo en mi corazón, a mis amigos catalanes y también a los de Aragón”. En otra de sus poesías titulada “ A mi pueblo”, escribe ¨”Arbaniés, este es mi pueblo, aquel que sufrió la guerra-de terrenos muy ariscos, y el llano junto a la Sierra,- con gentes trabajadoras, sin riqueza, en esta Tierra- con sus campos de secano, y esas casa con miseria”.
Su corazón entristecido como aquel en que está depositado el lauburu, piensa: “Mi voz debe de sonar, debe sonar, mientras viva- y pensar que mi familia nunca abandone mi Tierra,- Mi voz debe de sonar,  a música mañanera- de guitarras y bandurrias, y los cantos,  de mi tierra”.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Naya de Coscullano



José Naya vivía en Coscullano, pero en lugar de subir la Sierra y marcharse a los Pirineos o bajar a la Tierra Baja, recorrió la ladera de la Sierra de Guara y se arregló de pastor en San Román de Morrano, al pie de la misma Sierra.  En Coscullano se le murió su esposa y yo no sé si sería por este motivo, que  al  recordarla, se  le llenaba el alma de tristeza. Ya debía ser mayor, pues tenía tres hijas ya casi casaderas, y con él se fueron también a San Román de Morrano, donde se había contratado de pastor,  para el rebaño de ovejas y de cabras del dueño del Castillo. A esta casa-castillo ahora se la conoce como casa de Buil,  pero muchos la llamaban casa Juanico. Su hija Eugenia fue contratada para trabajar  en la misma casa que su padre y muy pronto se casó con Eusebio Leris,  que también trabajaba en la misma casa. Su trabajo consistía en  el cuidado de las mulas, a las que repartía el pienso, consistente en cebada, tanta más cuanto más labraban y mezclada  con paja. Con una máquina medio moledora aplastaban la cebada, con lo que conseguían que no perdiesen los dientes y durasen más años  con capacidad  de  trabajar. Siempre tenía que estar pendiente de si había que aparejarlas para ir a labrar o engancharlas en los carros o en las galeras para llevar o traer cargas. Eusebio, con su mujer Eugenia se fueron a vivir a una casica del pueblo,  llamada Casa Julián, que era del mismo Eugenio, dejando así de descansar en la pajera del castillo. José Naya,  al casarse su hija, se quedó en la misma casa Julián acompañado por sus otras dos hijas. Pero pronto abandonaron su compañía porque Juliana se casó con José Aniés,  que era agricultor en el mismo San Román de Morrano  y la pequeña María se casó con Antonio,  el blanqueador de Angüés. ¡Qué bien se unían las hijas de José Naya en sus matrimonios!. El mismo, vivió con su mujer en Coscullano y la quería, pero al morir ella, se ocupó de criar con amor a sus tres hijas. Mi amigo Alfonso Buil,  que tanto trabajó en San Román de Morrano, era feliz viendo la unión de estas parejas, pero no comprendía cómo estaba mal visto, que otras no pudieran separarse, cuando uno de los dos miembros de dicho matrimonio,  se hacía intratable. Tenía razón Alfonso, pues después de muchos años, hemos visto como se concedía el divorcio a parejas de alta alcurnia.
La figura del dueño del Castillo, don Ramón  Buil, perteneciente al cuerpo de forestales, llenaba el ambiente de aquel tozal,  al pie de Guara, y casi a las orillas del río Alcanadre. Ahora está el ambiente de San Román, casi muerto, porque ya lo abandonaron sus habitantes. Estaba su cerebro lleno de ideas de progreso, que compartía con Don Joaquín Costa, que también soñaba con el progreso para todo el Alto Aragón. Entre sus ideas ganaderas estaba en luchar por conseguir partos dobles de las ovejas.  Entre sus ideas sociales estaba,  la de repartir medios para facilitar la vida sencilla de los campesinos, por ejemplo, a cada trabajador,  le entregaba una o dos cabras murcianas, muy lecheras para alimentar a sus hijos y a sus corderos. Las tenían que devolver después de cinco años, con el mismo diente, que tenían cuando les entregó las cabras,  es decir de la   misma edad. A los hijos de José Naya,a saber a Eugenio Leris y  a Eugenia, les entregó dos cabras murcianas y José Naya se ocupó de que aquellos animales, fueran útiles para alimentar a sus nietos,  a sus corderos, cabritos, lechones y  gallinas. Pero en primer lugar tenía que mantener a las cabras y  las llevaba a pastar por las márgenes, a la orilla de los caminos. Recogía durante el verano ramas de roble, de encina y de olivera. Las dejaba a secar y en invierno, cuando ya no quedaba yerba por los campos, les daba para comer esas ramas que había recogido por las márgenes de los campos y las había dejado secar y con dichas ramas las mantenía. Cuando florecían las aliagas, además criaba conejos y cuando los cardos estaban todavía tiernos, los cocía, los mezclaba con salvado y se los echaba a las gallinas, que le producían cantidad de huevos. Aquel hombre, sin tener nada, criaba a sus nietos y a sus animalicos,  a los que también quería y los sacaba hacia  delante. Con aquello que nadie quería, él lo guardaba y se mantenía a sí mismo, a los suyos y a su pequeño ganado. José Naya ya se fue de este mundo,  pero amó a Dios,  a su familia, al trabajo y al verlo viajar desde Coscullano, cerca del río Guatizalema,  por el pie de la Sierra de Guara, hasta San Román de Morrano,  por donde baja el Alcanadre, yo me acuerdo de él y de su ejemplo.
Más  tarde llegaron los rojos a San Román y quisieron arreglar la posesión de ganados y repartieron las ovejas de casa Buil,  a partes iguales entre sus vecinos. Acabó la Guerra Civil y otra vez volvieron las ovejas al redil de don Ramón Buil Calvo. Me parece que ya no quedan en San Román,  ni ovejas no cabras. Esperemos que se reinstale el sentido común entre los hombres, para salir de esta crisis bestial.
No puedo olvidar al labrador,  forestal y campesino de San Román de Morrano, don Ramón Buil Calvo, amigo de Joaquín Costa y de los campesinos más humildes de su pueblo. Era grande su cultura y su amor a su tierra aragonesa. Luchó por obtener dos corderos de cada parto entre  las ovejas, importó cabras lecheras desde Murcia y desde Granada. Ramón tenía un corazón grande, pues su cuerpo medía un metro y noventa y cinco centímetros, con una estructura cuadrada y fuerte. Se amaba con su esposa y ambos pertenecían a los Terciarios Hermanos Franciscanos. Ramón, acompañado por su esposa, rezaba oraciones de San Francisco,  patrono de los animales, como aquella que decía:”Bendito seas Dios Todopoderoso,- creador de todos los seres vivos-Tu créaste peces en el río-aves en el aire y animales en la tierra.”
Alfonso Buil Aniés no pudo nunca olvidar a sus padres y les dedicó poesías, que así cantan a ellos y a Dios que nos ha creado:”Mi madre fue una mariposa blanca,- nunca manchó sus alas con rencor,-era su alma un nido de dulzuras- y su palabra un vuelo muy sutil-siempre encontró aliento para el pobre- y un plato de comida que ofrecer. –Se deleitaba con las flores más humildes- y adoraba en el cielo su color”. Y de su padre don Ramón Buil Calvo, escribe: ”Siempre fue un hombre fuerte-con las manos sembradoras de futuros-combatientes de la espina y del desierto.- Era de los que rezan con la brisa de los montes- y cantan con el canto misterioso de los ríos,-de los que a golpes harán madrugar la madrugada- arrastrando desde lejos la mañana”.
He comenzado a contemplar a San Román de Morrano, siguiendo tus pasos e José Naya por el mundo, pero tengo que acabar de admirarlo, contemplando la fotografía de las personas que hace aproximadamente un siglo se agruparon para dedicar un recuerdo a las Fiestas de su pueblo. En ella aparecen niños, mayores y ancianos, de los que hoy no creo que quede ninguno de ellos, pero a tí,  ¡ José Naya!, te eligieron el puesto central de la foto, porque eras el más antiguo de los vecinos, el más trabajador y el único que quedaba en San Román de Morrano, vestido  con el traje típico aragonés, cubierto con el cacherulo  y el calzón corto.  Tú conservaste las virtudes aragonesas del trabajo, que ahora escasean y han dado lugar a la despoblación de los pueblos y a la globalización de las ciudades.  

domingo, 6 de noviembre de 2011

María Antonia Vazquez Añón cumple noventa años




Para Dios no existe ni pasado ni futuro, porque todo está presente para Él.  Pero, sin depender del tiempo, al crear a la humanidad, dio lugar a la creación de  ese tiempo, porque el primer niño que vino al mundo, lo hizo en un momento preciso, a partir del cual no cesó de pasarle el citado tiempo, porque después de niño, pasó a ser joven, después adulto y más tarde anciano. Y tú, María Antonia, que naciste en Puente Ceso, has vivido un largo tiempo, desde tu niñez, bajo el amor de tus padres y la alegría de tus múltiples hermanos, en esa tierra galáica, llena de poesía y de música de gaita. Y te acuerdas de tu infancia, como lo hacía tu paisano el poeta Don Ramón del Valle Inclán, que escribió: “Esta emoción divina de la infancia-cuando felices el camino andamos- y todo se disuelve en la fragancia- de un Domingo de Ramos”. “En mi ardor infantil no cupo el miedo,-la vaca vino a mí, de luz dorada,- y en sus ojos enormes, con el dedo-quise tocar la claridad sagrada”.Pero en tí se creó un complejo porque siempre has dicho que cuando tú naciste, tu madre no estaba en casa, como si tu buena madre, al tener tantos hijos, no te hubiera hecho mucho caso. Tú tienes el complejo de haber venido al mundo en medio de catorce hermanos y al llegar  tu madurez, te encontraste en tu casa con José María, Luisa, Lourdes y Teresina, a la que querías,  porque siempre le arreglaste el moño. Además las puertas de tu piso siempre estaban abiertas a todo el mundo y en la sala de la música, que estaba llena de instrumentos musicales, siempre había personas escuchando a tus hijos cómo los hacían sonar. Allí estaba, a veces Marieta Pérez, dueña de la imprenta que estaba al lado de tu casa, otras mi hermano Manolo, con tus hijos, escuchando algún bello disco. Antonia tú, también tocabas el piano y educabas musicalmente a tus hijos, pues me acuerdo de José Antonio, que cuando tenía tan sólo ocho años, ya tocaba el órgano en la parroquia de Santo Domingo. A todos tus hijos enseñaste la música, porque siempre que tenías ocasión,  les tocabas en el piano, la Marcha Real. Pero no era exclusivamente el piano el que te dominaba, sino también la poesía, pues  cuando voy a verte, me recitas alguno de tus versos. En la poesía has imitado a tu hermana Fina, porque la admitas y veneras, como al “gurú” de la poesía. Tu paisano el poeta Ramón del Valle Inclán, define con su poesía el ambiente en que pasaste tu madurez, cuando dices:”Flor del Sol  enciende mi verso poético-que hace geometría con el español y en la ardiente selva de un mundo alegórico, mi flauta preludia: Do, Re, Mi, Fa, Sol”. Y con este sonar musical, estudiaban tus hijos Lorenzo, Pablo y Feliciano, que han hecho de “la vida como un luminoso canto”.
Y pasaste, María Antonia, de la infancia a la juventud y te acordaste de Rubén Darío, cuando se expresaba así:” Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver,-cuando quiero llorar no lloro- y a veces, lloro sin querer”. Porque en la sagrada ciudad de Santiago de Compostela, donde tu delicado y delgado cuerpo paseaba, acompañada por José Antonio, por sus “rúas” o calles a la vista de la Catedral, donde lanzan incienso a Santiago, tu cerebro se enriquecía y tu corazón componía versos. Y allí os enamorasteis tú y el que iba a ser tu esposo, José Antonio Llanas Almudévar, hombre intelectual y sensitivo, pues dentro de él vivían las riquezas intelectuales de su tío carnal Llanas Aguilaniedo, que profetizaron las luchas terribles de la Guerra y con sus tristes quince años, nos esperó cuando éramos sus primo- hermanos de Siétamo, los que peregrinaban, huyendo de la lucha. Y surgió la boda y me dijisteis que en vuestro viaje nupcial vendríais a verme al Colegio de San Viator de Escoriaza. No pudisteis acudir, vinisteis a esta ciudad de Huesca  y comenzó para ti, la madurez. Trajisteis al mundo a una niña, de nombre María Teresa, que por amor, ha ligado vuestras vidas.  Su cuerpo ha padecido y su ilusión le ha sonreído y la ha convertido en el centro de la familia que ha nacido de María Antonia Vázquez y de José Antonio Llanas Almudévar. Y María Teresa, con su salud delicada, que parecía que iba a producir tristeza en sus familiares, ha producido alegría, humor y conversación que es capaz de entretener a todo el que a ella, puede acercarse. Y tu María Antonia, que estás siempre cerca de ella, eres feliz, porque os amáis y si tú, no te has ido de la vida, ha sido porque ella te ha necesitado, como tu María Teresa amas a tu madre y la necesitas. Y tu María Antonia has llegado a la madurez y la has pasado, pues has llegado  a los noventa años de edad. Así describe  Ramón del Valle Inclán, la edad de la ancianidad: ”Es la hora de la gallina:-el cementerio tiene luces-se santiguan ante las cruces-las beatas y el viento “agoina”. “¡Es la hora de la gallina!”. Tienes muchos años, ¡María Antonia!, pero no eres vieja porque, pensando en tu hija, sueñas versos como los siguientes:”Quisiera estar contigo,- y poder hacerte una cruz sobre la frente”. Y tu hija María Teresa es feliz contigo y sois ambas piadosas. Porque María Teresa con sus años, ya de madurez, conversa con la gente ,en Huesca ,en Andalucía, en la calle y en la playa y os mantiene a las dos con ilusión, jóvenes y felices.
A ti,  María Antonia, te protegen, especialmente, tu hijo José Antonio, tu hija María Pilar y ambos adoran a Teresa, porque a Teresa la quieren, la cuidan y la complacen. Y Teresa le da vida a su madre, porque si quisiera un día subir a una montaña, María Antonia sería capaz de escalar  el Himmalaya. Pero no hay que olvidar a un ángel que vino de Rumanía, que se llama Elena y está durante veinticuatro horas al lado de la madre, ya mayor y de la hija, ya madura y las protege, las cuida con el mayor esmero del mundo, pues les hace todo, además de  cuidarlas, les escucha las tristezas y las atiende en los desvelos nocturnos. Es Elena un ángel, que María Antonia y María Teresa se lo merecían. En tanto su hermana Pilar goza de vivir en familia con las dos y con el ángel de Rumanía.
¡María Antonia y Teresa, con un ángel como Elena, no os preocupéis, que llegaréis a los cien años de vida!. 

Salto de Roldán u Osca

Salto de Roldan Cuando uno pasea por la Calle del Desengaño, la más larga de Huesca, antes de llegar al edificio conocido por El Amparo, hay...