jueves, 20 de noviembre de 2014

El músico Pedro Mari, en San Pedro el Viejo, gozando de los sonidos musicales



Pasando por la Plaza de San Pedro el Viejo, he entrado en la románica iglesia a él dedicada, para mirar su figura, no para escucharla,  porque,  no hace sonar ni su boca  ni otros instrumentos musicales.  Basta contemplar su imagen con la tiara pontificia sobre su cabeza, la llave de la Iglesia y un libro abierto apoyado  en  un lado del sillón,  sobre el que se asienta. Pero, esa imagen de San Pedro  el Viejo, una vez dentro del templo, promueve sonidos,  que impresionan los espíritus  de los que miran esa celestial y poderosa imagen. Efectivamente, se oían de vez en cuando, unos sonidos, que imponían respeto, como si procedieran del órgano, que tantas veces he escuchado y que he visto, hace ya muchos años,  cómo  con un fuelle, le inoculaban  aire , que haciendo sonar  sus trompas, me hacían adivinar conciertos celestiales.
Escuchando alguno de esos sonidos, estaba sentado debajo del Presbiterio, donde, en  el Sagrario se oculta  Cristo, mientras  la impresionante figura de San Pedro el Viejo, muestra la llave de la Santa Madre Iglesia,  un joven músico, llamado Pedro Mari, que desde un banco, contemplaba la figura de San Pedro Apóstol. A mí me impresionó la escena formada por el viejo Apóstol, del que el joven músico, mirándolo quería aprender la “música celestial”, que parecía dirigir desde el Altar Mayor, con su alzada y directiva llave. Me dirigí hacia Pedro Mari y me di cuenta de que amaba la música, porque en el mismo banco donde estaba sentado, se extendían un “chuflo o chuflaina”  aragonesa, un asta de vacuno o cuerno sonoro, que me dijo procedía de las Asturias de Oviedo y una gaita.
La verdad es que ese secular ambiente, desde el presbiterio de San Pedro el Viejo, cerca de la puerta de la Torre, en que mi doble pariente, el sacerdote don Jesús Vallés Almudévar, expuso una serie bellísima de esculturas de vírgenes, de santos y de objetos litúrgicos, hasta la sacristía, impresionaba.  Bajando hacia el Coro, se ven los asientos, en que los Beneficiados, con su chepa litúrgica, que se les impuso por su fidelidad al que fue falso Papa en Aragón, Benedicto XIII.  Allí, debajo del órgano, cantaban en canto gregoriano: “In exitu Israel de Egipto,  domus  Jacob de populo barbaro”.  A ellos se unía a cantar el gregoriano, mi primo hermano,  José Antonio Llanas Almudévar, que fue Alcalde de la ciudad de Huesca. Amaba de tal forma el canto gregoriano, que,  al morir, quiso que se celebrara su  entierro  en la iglesia de San Pedro el Viejo. Es curioso,  como cada año, en una fiesta litúrgica, acude a cantar su hijo José Antonio,  que vive en Madrid. Al salir al Claustro, además de ver enterrados a Miguel Almudévar y a su esposa, con sus nombres escritos con letra gótica, se exhiben los sepulcros del Rey Ramiro el Monje y el del casi emperador Alfonso el Batallador.
Pedro Mari no puede evitar  acudir a San Pedro el Viejo a hacer sonar sus instrumentos musicales en ese antiguo ambiente, que suenan maravillosamente, produciendo un eco o reverberación en las bóvedas, que me causa la impresión de viajar hacia el cielo. Antes de darme cuenta de que Pedro Mari, estaba observando a San Pedro, escuchaba con cierta frecuencia sonidos que hacían brotar  ecos,  que devolvían las bóvedas. Con esa mezcla de sonidos y de  ecos, que se escuchaban en el ambiente de San Pedro, producida por el contacto sonoro entre las notas musicales y sus ecos, en las piedras de sillería, con las que se levantó una obra tan noble, se estaba conmoviendo  mi sensibilidad.  Las vidrieras separaban el ambiente interior del templo, del exterior. Pedro Mari no podía pensar en otras cosas del mundo, sino que estaba gozando de una “borrachera”  semi  divina, que le hacía permanecer sentado cerca de la figura de San Pedro. Pero a Pedro Mari Martín, lo observé en su éxtasis musical y me dirigí a él. Ese éxtasis estaba ordenado por la llave que San Pedro Mártir elevaba desde el altar y parecía imitar a una batuta que dirigía la música, con gran sabiduría porque su cabeza estaba revestida por una tiara pontifical, y tenía abiertos los Evangelios, sobre el apoyo derecho de su sillón.
La figura de San Pedro no producía sonidos, pero estaba dirigiendo un concierto entre Dios y el hombre, que  Pedro Mari, se veía  impulsado a hacer sonar  el concierto que estaba dirigiendo esa santa, noble y artística figura.  Daba la impresión  de alegrar su rostro,  al escuchar el sonido del Cuerno, que hacía sonar el dirigido músico Pedro, por su homónimo San Pedro el Viejo, desde el altar mayor.
Pero no fue sólo el asta o cuerno vacuno el que hizo sonar, sino que tomó entre sus manos un “chuflo aragonés”, instrumento que se ha usado desde hace siglos en Yebra de Basa y en la ciudad de Jaca; tal vez para  dar a todos los sonidos  una alabanza al Señor, a través del tiempo, creado por los siglos de los siglos. Esa flauta de tres agujeros, se ha hecho sonar  a través de los siglos  por todo el Mundo, pero donde siempre ha impresionado a los devotos de Santa Orosia, ha sido en Yebra de Basa y en la ciudad de Jaca, donde, en procesión se unían las reliquias de la Santa conservadas en dicho pueblo,  con las que se guardan,  hace siglos,  en Jaca. Todavía me acuerdo de asistir con mi padre en compañía del gran jacetano Don Paco Ripa, el día veinticinco de Junio, de uno de los tres años en que tuvo lugar la Guerra Civil. Me acuerdo  de contemplar a los endemoniados de  toda la redolada y hasta de la región francesa del Bearn, donde  existe una gran devoción a Santa Orosia. Los danzantes, interpretaban antiguas danzas guerreras al son del “chiflo y del chicotén” y de los tambores.  Aquellas músicas, emitidas por los mismos instrumentos que Pedro Mari, exhibe en  la iglesia de San Pedro el Viejo, tenían que romper las cuerdas que los endemoniados, llevaban entre sus dedos, para que la música del “chiflo y del chicotén”, rompiera con esa música la esclavitud demoniaca de aquellos desgraciados. El día veinticinco de Junio todavía se celebraba  aquel combate entre la música y el reino del demonio, con sus endemoniados y “espírituados”. Pero el  Obispo de Jaca, el año de mil novecientos cuarenta y siete, prohibió la asistencia a la procesión de Santa Orosia,  de la multitud de endemoniados de la zona y del Bearn.
 Por fin Pedro Mari, el músico, devoto  de San Pedro el Viejo, levantó su gaita aragonesa y haciéndola sonar, me llenó de tanta emoción, que casi me hizo llorar. A esa emoción se añadió el recuerdo del gaitero de Santolaria, tío de la señora Juana Periga casada en Siétamo, y a la que yo veía desde mi casa, en la puerta del antiguo cementerio, rezando por el Gaitero de Santolaria,  Antonio Margalejo.  En “El gaitero de Santolaria” escrbí: “¡Ojalá pudiera hablar  con José María Periga de Santolaria, sobrino del gaitero Antonio Margalejo!. Tenía el gaitero que ganarse la vida, unas veces , limpiando oliveras, otras haciendo de barbero, también cazaba a “rastro” y con éxito, pero la música lo dominaba, fabricándose él mismo “chuflos y chuflainas”, cómo estando de pastor se hizo una gaita con su botico hinchado de aire y tocaba y tocaba”.
“La gaita de Antonio, según me dijo  Angel Lera, tenía un botico, equivalente al odre de la gaita gallega y que se hinchaba soplando. No se conocen más detalles, porque ya no queda nada de ella”. Pero ahora, al encontrarme en San Pedro el Viejo, con Pedro Mari Martín, se acaba de dar uno cuenta de que está resucitando, la gaita ibérica  en Aragón “y que la cubren con una tela multicolor.
Me parece la iglesia de San Pedro el Viejo, un divino lugar  para resucitar, porque Pedro Mari, allí hacía sonar su gaita ibérico – aragonesa, igual que Antonio Margalejo, hace muy largo tiempo, la sonaba por Used, Bara,Belsué, Ibirque, donde se encontraba con los Ciegos de Siétamo, que eran músicos como él.

Ante la resurrección de la gaita aragonesa, Pedro Mari y todos los gaiteros aragoneses, cubren sus gaitas, con una ropa multicolor, con la que envían  sus notas por las bóvedas de San Pedro el Viejo.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Nueva vida para un padre carmelita



Fui el domingo pasado, día 21 de Junio de uno de estos años, a ver a la religiosa del Convento de San Miguel, donde el corazón se llena de paz y la mente de esperanza y me dijo la hermana portera: no puede recibirle porque está pendiente del teléfono, para hablar con su familia y con sus amigos, ya que esta noche le han comunicado la muerte de su hermano el carmelita.
Me acordé entonces de él y de su hermana  monja carmelita, como la que sirve y ruega al Señor en San Miguel, donde  estuvieron pasando unos breves días con su hermana y con todas las demás hermanas y hablé con ellos con el respeto que inspira la dedicación a Dios de las vidas de una familia turolense.
Eran los miembros de aquella familia de un pueblo de la aragonesa provincia de Teruel, hijos de una tierra dura en su clima y escasa en población, pero con sensibilidad por el arte mudéjar, del que la provincia es la primera en el mundo y de historias y leyendas, en que interviene el Cid Campeador. Es vecina de Valencia, donde el clima se hace productivo, como se ve cuando uno baja en automóvil desde Teruel a Sagunto, en cuyas cunetas de la carretera se ve el cambio de la dura vegetación turolense por la proliferación de plantas y de flores.
Quizá los componentes de esa familia vieron el cambio de la vida austera por una vida más llevadera, como el cambio de las vidas de los hombres en este mundo, donde es frecuente que la gente prefiera el gozo corporal, que termina siempre en el dolor corporal y en la muerte y entonces Dios hace que los humanos se conviertan en habitantes de la Gloria, pero ellos prefirieron la vida religiosa más austera.
Y una de las hermanas estaba en Roma, desde donde el Papa viaja por el mundo, para que los hijos de Dios recuerden el camino que los conducirá a la vida eterna. Y ella, imitando al Papa, marchó a Ruanda, donde está trabajando por sus hermanos más pobres.  El hermano, que ayer murió, para celebrar en el cielo la noche de San Juan, igual que aquí en Cillas, miles de peregrinos rezan y piden al Señor por la salud de los cuerpos y por el fin glorioso de esos cuerpos. Seguramente que cuando, siendo niño, escuchaba  en el viejo convento de los Camelitas, que estuvieron en su pueblo Gea de Albarracín,  la Salve que todo el pueblo cantaba a la Virgen y que así decía :Salve Regina ,Mater misericordiae, vita , dulcedo,spes nostra ,¡Salve!,  sentiría el llamamiento  de la Virgen , a la que veía como vida ,dulzura y esperanza suya y nuestra.
Y el hermano difunto, agradeció al Señor el haber recibido dones naturales y sobrenaturales y lo mismo en España que en América se dedicó a devolverle con sus labores misioneras los favores que le había dado.
No hay que sentir su muerte porque sigue viviendo en la gloria de Dios, pues él, cuando vivía, rezaba esta oración: “Tomad, Señor y recibid, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y poseer; Vos me los disteis, a Vos  Señor lo torno; todo es vuestro; disponed  de todo a vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia que esto me basta”.

¡Hermana de San Miguel, donde gozáis de la alegría divina, aunque sea mezclada con lágrimas por un recuerdo tan humano como el de vuestro hermano, cuya nueva vida os aumentará la dicha que sentís en vuestro corazón, rezad no sé si por él, porque no lo necesita, sino por vuestro  cuerpo y por vuestra  alma, por los de las hermanas con las que convivís en el convento y la de todos los seres humanos y si es posible, acordaos de este pobre pecador!. ¡Salve Regina, Mater misericordiae!.        

jueves, 13 de noviembre de 2014

Entre la Catedral y el Museo, en lo más alto de Huesca




Saliendo de la Plaza de la Catedral, entre la Antigua Universidad, que entregó al Conde de Aranda el título de Abogado y la Residencia de Sacerdotes, en otros tiempos convento de las Siervas de Dios, hemos  pasado por el Ayuntamiento  de la ciudad y por esa salida de la Plaza de la Catedral se  dirige uno a otra Plaza histórica, donde te encuentras, a tu derecha, con el antiguo Hospital, hoy convertido en parte de la Universidad. Al entrar en esta Plaza, a la que rodean el Palacio Real,  hoy Museo, el antiguo Seminario  y hoy una nueva Residencia Universitaria, se acuerda uno del antiguo Hospital. Me da la impresión de ver al, en aquellos pasados tiempos,  señor Del Cacho,  consolando  a los enfermos y a los heridos en aquel laberinto de camas de hierro. También recuerdo a mi hermano mayor Manolo, que hacía prácticas de medicina. Entre ese  desaparecido Hospital, hoy nuevo edificio al servicio de la  Universidad y el Seminario se alza una estatua de Don Santiago Ramón y Cajal,  que da la impresión de que está pensando, como lo hizo durante toda su vida y que parece que te recuerda el pasado  y te hace soñar con el futuro. Desde  aquel mirador se contempla,  hacia el Este, el Castillo-Monasterio de Montearagón.  ¿Cómo se plantea el problema del desarrollo,  entre la ruinas de ese Castillo y la cabeza pensante  de Ramón y Cajal, que allí se contemplan?. 


Al salir de la Plaza Catedralicia y entrar en la Plaza del Museo,  da la impresión de despedirse de  la ciudad de Huesca, pues  parece que se apoderan de uno, los recuerdos del  Rey Don Ramiro el Monje. Si, fue la Campana de Huesca,  que con  esos sangrientos  restos humanos, la que dio impulso  a la Reconquista del Reino de Aragón. Se ha convertido aquella Casa Real en Museo Provincial, pasando por Instituto de Segunda Enseñanza,  mientras el Castillo de Montearagón,  parece que anuncia la decadencia del progreso en este Reino  aragonés.
En la calle intermedia entre la Plaza de la Catedral y la del Museo Provincial, el Viejo Seminario y el viejo Hospital convertido en apartado universitario, se ven casas misteriosas, porque inspiran visiones medievales y figuras humanas,  que allí vivieron y desaparecieron, como lo hizo mi amigo el agricultor Marcelino Ortas.  Murió éste, hace unos dieciocho años, pero siempre me acuerdo de sus conversaciones en el comercio de Escartín, en que me aconsejaba sobre los cultivos que yo realizaba en Siétamo. Su hijo se quedó huérfano,  pero de vez en cuando tengo la alegría de saludarlo.
 Pero  hace ya unos años, Luis Mairal que es yerno de Marcelino Ortas,  abrió un restaurante–bar e hizo que sus veladores, estuvieran separados tan sólo  por una pista, por la que los coches entran en   la Facultad Universitaria,  que fue  antiguamente Hospital. Y tiene organizado el funcionamiento de su Restautrante - Bar, en ambas partes de la calle, pues frente a él, su amigo  el Arquitecto Don Eduardo Cuello Oliván, ha autorizado  a Luis Mairal, nacido en el año de 1952, a crear esa terraza con sus veladores, que acabo de nombrar. Sentado  alrededor de ellos, encuentra el placer de tomar un café o una cerveza, contemplando las antiguas piedras de sillería, con las que formó una base para cuidar, un árbol, que da frescura a los que allí se sientan a descansar.  En la casa de al lado asoma y se puede tocar un arco gótico, que como he dicho, parece conservar el misterio antiguo de aquel, antes corral y vivienda  y ahora acoge a los hombres y mujeres, que se sientan en sus veladores. 
Angel Claver Estaún.


En las paredes de la casa de al lado,  que fue de Rodrigo López y  fue  funcionario municipal, está colgado un cuadro, con el que Angel Claver Estaún, parece que quiso dar actualidad a los antiguos  hombres ilustres de Sieso de Huesca y de esta misma ciudad. Este cuadro representa a su tatarabuelo Don Juan Claver y Falces, que fue Catedrático de Derecho en Zaragoza y Diputado de Aragón.   
He dicho que  en esta calle, se intuyen viejos tiempos en sus construcciones, pero yo no esperaba encontrarme con  mi pariente Angel Claver Estefanía, en la parte más alta de Huesca. Me acordé, al verlo, de su padre Angel Claver Torrente, que me contó como para la Guerra Civil, entró en la  cripta, donde están enterrados los Lastanosa y el gran naturalista Azara. ¡Cómo sentía la necesidad de descubrir los misterios de aquella calle y de las dos Plazas, de la Catedral y del Museo!.  El señor don Alfonso Buil Aniés del Castillo de San Román de Morrano, en la Sierra de Guara, me contó como una tía suya se casó con un Claver.
El padre de Angel, llamado Joaquín Claver y Falces hablaba con mi padre sobre su parentesco, que tuvieron, con  Claver, que bajando de la Montaña se casó en Sieso con  Violante Almudévar. Este Claver era descendiente directo de los que ganaron, en Huesca, la Batalla del Alcoraz.
El tatarabuelo de Angel, representado en el cuadro que colgó en el espacio donde se extienden los veladores, fue por los años próximos a 1084, Catedrático de Derecho y Diputado de Aragón, en Zaragoza. Yo he escrito sobre el misterio que me inspiraban los edificios de la calle, pero ahora me encuentro con Angel Claver, que cuelga el cuadro, que representa  a su antepasado, al  lado de una casa, donde se ven arcos góticos. No puedo menos que recordar a Angel Claver, cuando,  durante la Guerra Civil, exploraba la cueva, que desde la Catedral,  no se sabe a  dónde  iría.
En presencia de Angel Claver y de un señor castellano, cuyo amor al pasado lo unía a nuestras ilusiones , me invitó Luis Mairal a contemplar el interior de la casa de enfrente  de su Bar. Una vez dentro de ella, se revelaba su carácter medieval, porque se alzaban dos arcos  góticos, que con los puntos de sus ojivas, señalaban el cielo. Según la opinión de los que los han admirado alguna vez, son arcos del siglo XIV, como los que se encuentran, bajando casi verticalmente a la calle de Pedro IV, en las ruinas de la iglesia de la Magdalena. 
Los hermanos Mairal de apellido aragonés, que equivale a Mayoral en lengua  castellana, también tienen sensibilidad para pensar en el pasado, pues en su Bar, en lugar de colocar colgadores de ropa, han instalado dos “oncins” aragoneses, que antes soportaban la carga que se colocaba sobre los asnos y ahora,  se ven orgullosos de que de ellos cuelguen, las ropas de los clientes de este antiguo y moderno Bar, al mismo tiempo.
Tienen los hermanos Mairal un cliente nacido en Siétamo, que como los que admiran este Bar-Restaurante, se quedó cerca de los cielos, al ver en una procesión, que recorría la Paul de su pueblo, como en lo alto, aparecía una Cruz, que dejó admirados a los sietamenses.

Pero no hace falta que se aparezca esa Santa Cruz, sino que los ciudadanos de Huesca, suban a su parte alta a contemplar la Ciudad Vieja, mientras beben un vaso de buen vino.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

La Escuela de Siétamo, desde mil novecientos treinta y cinco hasta el año dos mil catorce.

Escuela Siétamo ( Huesca )


El edificio que levantaron en Siétamo, para escolarizar a sus niños y niñas, es de piedra y fue construido durante la Dictadura de Primo de Ribera. En él se ha desarrollado durante muchos años la educación de los hijos del pueblo. Llama la atención su aspecto arquitectónico, que presenta su fachada principal al Este y en su cara posterior, se extendían  sus patios de recreo, hoy, ambos convertidos en uno.  En su fachada, sobre dos puertas de entrada, se exhiben dos letreros,  ya antiguos, en los que en uno pone Escuela de Niños, en tanto que en el otro, se lee Escuela de Niñas. Entre ambas entradas, hay otra por la que se accedía, a los pisos en que vivían el Maestro y la Maestra. En uno de ellos se alojaba el Maestro don José Bispe, acompañado por su familia y en el otro la  Maestra   doña Justina Ayerbe, natural de Adahuesca.  Vivió varios años antes de la Guerra Civil y volvió de nuevo después de acabada,  a cuyas clases acudieron mi hija Elena y sus amigas María Jesús Arnal y Ana María Grasa. Antes de la Guerra Civil, asistimos a las clases de Don José Bispe, nada menos que el que llegó a ser Cardenal Javierre, con su hermano José María, sacerdote, periodista y gran escritor. En una fotografía, se ven a los lados de Don José  Bispe,  un hijo suyo, además de los citados, pasando por diversas edades  todos los alumnos,  hasta los más pequeños, como  mí  hermano Manolo, para acabar con el amigo mío, Rafael de Lasierra. En el recreo, con este ingenuo Rafael, nos recreábamos cultivando huertos,  a los que regábamos haciéndonos pis  en las acequias,  que con la tierra formábamos. A la Escuela de niñas, acudían antes de Guerra Civil, mis hermanas Mariví y María y sus compañeras de Siétamo. Las dos clases, la de los niños y la de las niñas, todavía son extensas y recuerdo, antes de la Guerra Civil, como se utilizaba la clase de los niños, como sala en la que se celebraban las elecciones democráticas. El amigo Graseta, escalaba por la columna férrea y redonda, que todavía se encuentra en el local, intentando subir en la vida, hacia arriba, cosa que no lograba, en aquellos crueles tiempos, ni sobre la columna redonda ni sobre la vida real, que llevó a los niños de Siétamo a la Guerra Civil. El niño de casa Sipán, que asistía a la Escuela, en un bombardeo, trató de esconderse con sus compañeros en el Valdecán, próximo a la Escuela y allí murió a causa de la metralla.
Hoy la clase de niños,  donde se hacían las votaciones, está convertida en biblioteca, que yo creo que dará a los niños y niñas, una cultura más humana.
Esa cultura humana es la que buscaban don José Bispe y  doña Justina Ayerbe, para los niños y las niñas.
 Yo escribí a mi primer Maestro Don José Bispe, la siguiente poesía: “Yo tuve en mi niñez un maestro poeta, vestido con prosaico guardapolvo, que guardaba su modesta ropa de ese polvo y de lodo pueblerino y vivía un poético vivir, que expandía poesía a los niños campesinos.”   
Pero el día catorce de Octubre de este año de dos mil catorce, me descubrió un niño de diez años, llamado  Marcos Guallar Rodríguez, que aquella poesía, que aprendí de mi primer Maestro Don José Bispe, todavía  ilusiona la vida de los hombres. Cierto día pasando por el Parque de Siétamo, vi a varios alumnos de la Escuela hacer deporte. Me acerqué a la Maestra y le leí una poesía. Ella se emocionó y me invitó a que al día siguiente, pasara por la Escuela y les recitara a los niños algún relato poético. Acudí a la clase y encontré a todos los niños y niñas, sentados frente a sus mesas y mirando al frente, donde se encontraba la señora Maestra.
Les recité alguna poesía, como la siguiente:”El hombre, ¡cómo goza!, viendo verdes  sus cultivos y fragosos sus árboles. El campesino afirma desde hace siglos, ¡qué verde es el agua!...Pero cuando gruesas gotas empiezan a caer, la tierra desprende un agradable olor a búcaro, el color de las sedientas plantas que se tornaba pardo, verdea como la “mantis religiosa”, al metamorfosearse cuando pasa de la paja al césped y ¡qué agradable sabor el del rocío para el ruiseñor, que lo toma de una flor, por la mañana!”. Estaban los alumnos haciendo trabajos manuales y en aquella ocasión, se trataba de una “mantis religiosa”, ¡Cómo se movía su sensibilidad  al comparar la dulzura de la poesía con la crueldad de la “mantis religiosa”, que sacrificaba la vida de su compañero!.
Pero el día treinta de Octubre de esta año de 2014, el alumno de diez años de edad,  Marcos Guallar Rodríguez, me trajo a  casa, la impresión que en su alma produce la poesía. Se explicaba de la siguiente forma : ”El señor Almudévar es un hombre muy sobrio. El se dedica a escribir y es escritor. A mi edad, el señor Ignacio Almudévar  tiene varios escritos perfectos, ya me alegraría yo de saber escribir así de bien. Da gusto verlo pasear por el pueblo. Él es un héroe de Siétamo.  Parece un niño, ¿cómo puede andar tanto rato, sin cansarse nada,¡ si será porque los héroes no se cansan!. Seguro que nadie logrará  ser como el señor Ignacio Almudévar.  Bueno , pero ahora  usted se preguntará ¿ pero por qué me ha hecho un escrito este niño?.  Pues la razón  es por  qué  ahora, me he enterado de que usted se va a Huesca.
 ¿ Quién pasearía así, sin cansarse?.   ¿Quién nos dará escritos?.  ¿Quién nos enseñará tantas cosas?, pues yo tomé ejemplo de su escrito sobre “La Caseta de los Pobres”.   
Desapareció ya la Caseta de los pobres, como desapareció de esta mundo el niño de Casa Sipán, cerca de ella, cuando huía de la Escuela, que estaba siendo bombardeada y que fue una de las víctimas de aquella cruel Guerra.
Pero al niño Marcos Guallart, actual alumno de la vieja Escuela de Siétamo, siente en su mente y en su corazón, la poesía y yo le contesto a él , que dice que soy escritor,con las palabras de Gustavo Adolfo Bécquer: ”¿Qué es poesía, me preguntas, mientras calvas en mi pupila, tu pupila azul ?. ¿ Qué es poesía, me preguntas?. Y tú me lo preguntas, y yo te digo:  “poesía eres tú”.                              



viernes, 7 de noviembre de 2014

La Carrodilla de Estadilla

Santuario de la Carrodilla ( Estadilla- Huesca )


No es Estadilla un lugar para pasar por él apresurados, sino que es digno paraje, para una larga estada, estancia o estadía. Desde el caudaloso río Cinca se pasa por huertas de frutales acodados, por prados artificiales y olivares centenarios para llegar a un pueblo de infanzones donde tienen solar casas como la de Sichar, auténtico museo de arte y de historia aragonesa.
Desde el pueblo por camino agreste, abundoso en rocas, enebros y romeros, se asciende hasta la Sierra. Vamos acompañando a un peregrino argentino que en lugar de conchas y bordón va provisto de cámara y de una doble devoción: a la Virgen de la Carrodilla y al mundo de la Hispanidad. Cuando avistamos la ermita, preso de gran emoción, hace detener el coche, para plasmar un retrato de la Ermita desde lejos. Una vez ante la Imagen se llega a la conclusión de que la Virgen Serrana, si no tiene más altares que su hermana del Pilar, tiene, en cambio más coronas que todas las de este mundo, porque parece que el Señor acordándose de su Madre, derramó alrededor de la Ermita, miles de piedrecillas, cada una con su corona.
El pórtico está empedrado con guijarros esféricos, que al abrirlos patentizan coronetas  sinnúmeras, concéntricas, en homenaje a la madre de Estadilla; de Estadilla y de Mendoza de la lejana Argentina. Está cuidada la Ermita, a pesar de la distancia y es que los estadillanos, que progresan en técnica no olvidan la tradición ni su “fabla” aragonesa.
¡Qué ejemplo le ha dado a Huesca, a cuya Ermita de las Santas Nunila y Alodia, la rodea el abandono, una náusea de basuras y de huesos profanados!. Gracias al celo de las autoridades actuales, se está convirtiendo el conjunto de la Ermita de las Mártires, en un recuerdo divino y al mismo tiempo humano.
El pedestal de la Virgen lo adorna el eje de un carro con sus respectivas ruedas. Los gauchos en Argentina dicen que cantan del carro: ” porque no engraso los ejes me llaman abandonao ,si amí me gusta que suenen, ¡pa qué los quiero engrasar!”.
Eso les pasa a los oscenses con su Ermita, en cambio los de Estadilla y los mendocinos de la República hermana, cuidan de su Carrodilla, y así fomentan a un tiempo una devoción mística y una devoción hispánica.
Te envío un Ave María, Virgen de la Carrodilla y mis saludos a todos los vecinos de Estadilla.


martes, 4 de noviembre de 2014

“Mataban a la gente igual que a las moscas”.

Arguis (Huesca)


Tomás Castán Malo, de apellidos altoaragoneses, nació hace ya unos noventa y tres años, en el pueblo de Arguis. ¡Arguis!, pueblo de la Montaña, a escasamente doce kilómetros de Nueno, ya en  la Tierra Baja. En este pueblo se acumulan las aguas en el Pantano más antiguo de la provincia de  Huesca. A Tomás le llamaba la atención ese pantano, levantado en el siglo XVII, del que bajaba agua a la Capital y hoy, gracias a Dios y al que lo planteó, el señor Artigas, catedrático de la Universidad  Sertoriana, sigue bajando. Así como el agua bajaba por la fuerza de la gravedad, a él, ya muy niño, le atraía la Tierra Baja. El agua que le llamaba la atención por sus deseos de bajar, se acumulaba al lado de su casa, que llamaban Mesón de Foz y que ahora ha ascendido a la categoría de Restaurante de Foz. Cerca está la Peña, al lado de una tremenda Foz, como si las rocas hubiesen sido cortadas con una enorme hoz, para dar paso a las aguas del río Isuela. De niño iba a la Escuela y vivió en Arguis unos treinta y pico de  años. Pero  esta vida feliz,  a pesar de la escasez de medios que en aquellos tiempos se daban en Arguis, como en cualquier otro pueblo de la provincia, la vio interrumpida por la Guerra Civil del año 1936. En el pueblo,  a pesar de que unos eran de derechas y otros de izquierdas, no querían la Guerra y además los alcaldes uno de derechas, llamado Matías y otro de izquierdas, llamado Miguel eran buenas personas y no querían la violencia. La prueba es como en Arguis no mataron a nadie, ni unos ni otros, pero en el frente murieron tres, que seguramente no irían gustosos a la Guerra. Cierto día llegaron al pueblo, algunos vecinos de Nueno y de Apiés y colocaron una bandera de color rojo en la Torre de la Iglesia, cambiándola más tarde por otra de color más obscuro,  de la C.N.T. Entonces llevaron a los jóvenes del pueblo para ingresarlos en el Ejército Republicano, a Barbastro. De allí los pasaron, parece ser que con poca preparación,  a enfrentarse con los nacionales al frente de Madrid, cerca de la Ciudad Universitaria. Allí, exclamó Tomás que “¡mataban a la gente como moscas!” y “no lo sabe usted bien, como era aquello”.En Alcalá de Henares había Campo de Concentración, Cárcel y Penal.

Por lo visto regresaron después de cierto tiempo a Barbastro y al poco tiempo, se oía por todas partes exclamar: ¡vienen los fascistas y nos van a matar a todos!.Unos se escaparon a Francia y los jóvenes como Tomás y Jesús Banzo de Banastas, se fueron por el monte. Tomás estuvo con otros compañeros en una caseta, pasando hambre y Jesús, en otra caseta en Lascuarre, donde le dio de comer una señora de ese pueblo. Tomás y compañía decidieron bajar a Basbastro y en el camino los pararon unos requetés, les pidieron declaración y los acompañaron al nombrado Barbastro, juntándose en la Plaza de Toros más de mil jóvenes milicianos. Los subieron en camiones a Huesca, al Cuartel de San Juan y allí les dijeron que el que tuviera alguna persona de prestigio conocida que lo llamaran para reconocerlos. Enseguida vinieron unos para unos y otros para otros, se abrazaron al encontrarse y soltaron a casi todos. Al poco tiempo de estar en su casa, los  volvieron a llamar,  para ir a cumplir el Servicio Militar, que a Tomás  le duró unos dieciocho meses, por ser hijo de viuda pero a Jesús lo retuvieron durante siete años. De Huesca, antes de ingresar en el Ejército, los llevaron al Campo de Concentración de Zamora, donde estuvieron, según Tomás dieciocho días y según Jesús un mes aproximadamente. Aquello era un “zuriburri”, lleno de moros, alemanes, rusos, etc. que dormían apretados unos con otros por falta de mantas y “con más piojos que lleva un perro de gallinero”. Así como de Argüís murieron  tres mozos en la Guerra, de Banastas de nueve fueron ocho y así como Tomás estuvo dieciocho meses en el Ejército, Jesús tuvo que estar siete años. Tomás y Jesús se encuentran en el Parque y a sus más de noventa años, recuerdan aquellas penalidades de la Guerra, aunque por sus alrededor no hay jóvenes que escuchen esas aventuras, que los escarmentarían para empezar otra guerra.  

sábado, 1 de noviembre de 2014

A la una, salta la Mula………

Pidola de Goya.


Una de esas mañanas,  en que la Feria divertía al pueblo con sus diversos aparatos de entretenimiento  para los niños,  en  una garita aparecían  unas pequeñas  cañas de pescar, para que los niños entraran  en la aventura de hacerse pescadores.  Del extremo del cordón de la caña, pendía un imán en lugar de un anzuelo y el otro imán, que llevaba el pez artificial en el extremo de su boca, se atraían y los niños y niñas, sacaban a sus manos, el pescado artificial que habían pescado. No se podían comer el pez, pero el dueño de la garita, les compensaba con algún pequeño juguete, que los hacía felices.
Otros muchos puestos de la Feria, divertían a su manera a los niños y los mayores que los acompañaban. Yo mismo era feliz, viendo dar vueltas por las calles y la Plaza Mayor del pueblo, a unos burros auténticos, en los que se   había   montado un jinete en cada uno de ellos.  Yo me sentía feliz, como ellos, al recordar tiempos pasados, en que era yo mismo con mis amigos y hermanos, uno de los que  montábamos en aquella burra torda, que  estaba atada en su pesebre, en la cuadra de mi casa, antes de la Guerra Civil. Después de ella, apareció otra vez en mi casa y siempre estábamos jugando,  ella conmigo y yo con ella. Para poder montarme, la aparejaba  a cualquier hora y la dirigía al abrevadero de la fuente, y ella bebía, si tenía sed, pero como eran tantas las veces que la llevaba a beber, muchas veces se negaba  y empezaba el juego en que ella se divertía conmigo. Una vez en la fuente, se daba media vuelta y emprendía una rápida carrera, que nos llevaba a la era, donde había montones de trigo o de cebada, en los que se saciaba. Al morder hacía un ruido, como de molino,  deshaciendo con sus muelas, los granos de trigo. En una de esas carreras, en que  me llevaba galopando desde la fuente hasta la era, un día me tiró en la cuesta que sube de la fuente a la Plaza Mayor y me dejó una cicatriz, que el Señor Jorge, barbero y practicante durante largos años de  Siétamo, en su barbería, que era el único resto que quedaba de su casa, me curó la herida.  Después, siendo ya mayor,  tuve otra burra, también torda, con que fui por el monte, acompañado por un galgo, a intentar cazar alguna liebre. Por fin  le vendí la burra  a un muchacho de Bierge, que era pastor y que todavía encuentro por las calles de Huesca.
Una de estas mañanas, al levantarme,  me acordé de ambas burras y de aquellos cantos o gritos alegres que hacíamos sonar los niños de Siétamo, cuando jugábamos  a la Pidola o Salto del Burro o de la Mula. Y recordando, volvía a pronunciar algunas palabras, que me causan un respeto,  parecido al litúrgico, decía “A la una anda la mula- a las dos el reloj, a las tres San Andrés, a las cuatro brinco y salto” y por más que estrujaba mi memoria, no me salían más versos. Entonces bajé al Bar y allí le pregunté a Luis Mora, eterno hortelano y tampoco se acordaba de ninguno de aquellos versos que de niños cantábamos, cuando saltábamos el burro o la mula, pero de repente siguió con el verso número cinco y exclamó: “A las cinco el mayor brinco”. Le recordé a Joaquina lo que me pasaba con esas frases y ella, rápidamente me dijo:  “ a  las cinco el tío Jacinto”. A las seis: abrevando un “güey”. Esta expresión la dijo con una palabra aragonesa. “A las siete, coge la bota y bebe”, pero ya no se acordó de nada más.  Me acordé,  del juego del Salto del Burro o de la Mula, a que jugábamos en aquellos viejos tiempos  los niños, porque era un juego colectivo,  en el que participábamos todos los del pueblo, no cómo ahora, en que unos se ponen a jugar como pescadores, otros a tirar al blanco con escopetas de aire comprimido. Y el que no tiene dinero, se queda sin jugar. Entonces había mucha pobreza, pero sentido de la justicia ya lo tenían aquellos niños,  que sorteaban la plaza de burro o de mula.  Entonces, los niños sin dinero se divertían todos unidos en el mismo juego. El atractivo de aquellos saltos de mulas o de burros, todavía hace sentir la ilusión de los niños por la Naturaleza, porque no faltan jinetes que se monten en los simpáticos burros, que caminan por El Arrabal y por la Plaza Mayor. Seguí preguntando a algunos vecinos de Siétamo, entre otros a las hijas del señor Avelino y me recitaron algunos pasajes que se pronunciaban en el salto de la burra, y algunos ya no eran iguales que aquellos de los que yo recordaba. No me extrañaron aquellas mutaciones de los versos del Salto de la Burra, porque el tiempo fue el origen de aquel juego, tan antiguo. No nos hemos fijado en la belleza de aquellos juegos, como se  fijó, el gran pintor Goya, que pintó   un cuadro, en que unos niños realizan el salto, no sobre una burra, sino sobre otro muchacho, que le ha tocado hacer de burro. El tiempo se ha pasado desde Goya hasta nosotros, pero durante él, se ha saltado sobre el burro por muchos países de mundo y esto se ve, mirando sellos de Correos de Holanda, de Bélgica y de países africanos y americanos. Se ha considerado el juego de los niños, como una actividad  sin valor, pero,  uno siente en su espíritu el valor de aquellos versos improvisados, muchas veces, por los niños, que saltando, desarrollaban sus facultades físicas,  queriendo convertir ese juego en un concierto físico e intelectual, cuidando a los niños de las posibles patadas, que podían recibir en sus saltos.  Saltando y pronunciando  los versos, que en ocasiones ellos mismos pronunciaban, eran solidarios y se divertían.  A Goya, yo creo que le impresionaron la poesía, la sátira, el humor y el amor  de esos niños, que saltaban el Salto del Burro.
Me acuerdo, como antes de empezar nuestros saltos, se echaba  en suerte quien tendría que ejercer de burro. Una vez elegido el burro, que no era humillante, sino que estimulaba al niño a salir de esa situación de asno o de mula, para convertirse en un  caballero, que saltaba sobre las dificultades,  que el mundo nos presentaba. Para ejercer de asno,  tenía que perder su verticalidad, que le permitía contemplar el cielo, para adoptar una postura horizontal,  como la de los animales cuadrúpedos. El que se había de convertir en burro,  para aguantar la marcha de saltos,  unas veces poéticos, otras satíricos,  se inclinaba hacia delante apoyando su curvatura, con los codos en las rodillas, ocultando su cabeza, para evitar accidentes.  
El jugador que le tocó  hacer de asno, se inclinaba  y lo hacía,  para que por encima de él, saltasen  los otros compañeros de juego,  con las piernas abiertas en el aire. Y cada uno acompaña el salto con una corta canción.  El primero dice al saltar sobre su compañero: “A la una anda la mula”. El segundo,  “a las dos el reloj”, cantaba el de Siétamo,  pero en otros lugares, gritaban: “a las dos la coz”. El tercero,   gritaba : “ A las tres San Andrés” y el cuarto seguía gritando: “a las cuatro brinco y salto”, mientras en otros pueblos : “tres saltitos de San Andrés, daré y no me quedaré” . El quinto saltarín,  como me dijo Luis Moreta, el hortelano de Siétamo: “ A las cinco el mayor brinco”, o  “a las cinco doy un brinco”, exclamaban, en otros lugares.  Este salto, lo califican de el mejor, porque no tiene que apoyar las manos. En el sexto salto el  saltador, anunciaba : ”a las seis,  salto del rey”.
Durante todo el juego, se ve como los saltarines, quieren ejecutar varias habilidades  a la vez,  pues este salto han de hacerlo, apoyándose  con una sola mano, porque dice: “A las siete coge la mula y vete”. Una mano ha de tenerla preparada para sujetar a la mula y la otra ha de atender el perfecto apoyo de su cuerpo, cuando salta. El octavo salto resulta más difícil todavía,  porque el saltador dice: “a las ocho, comemos bizcocho”, porque después de saltar apoyado con las dos manos, ha de llevárselas a la boca. En el salto número nueve, exclama el niño:” a las nueve no te mueves”, “a las nueve, papas al nene”. En el último  salto  “a  las diez, me echo a correr”, porque tenía que hacer una carrera larga.  
He aprendido estos días que a este juego recordado por mí, lo llamaban además del salto del burro o de la mula, con la palabra  castellana, Pidola, de origen latino.
Como hemos visto este juego es tradicional, que consiste en saltar los jugadores, por encima de un compañero que hace el papel de un burro o una mula. Este muchacho, que hace de sostén del peso de todos  sus compañeros,  ha de doblar la cintura y esconder su cabeza entre las manos. En tanto los que han de saltar, forman una fila para saltar por encima del que hace de potro. Cuando saltaban,  apoyaban sus manos en la espalda del jugador que hace de potro, y abrían ampliamente sus piernas, para que al pasar por encima de su compañero,  no le dieran golpes en su cabeza. La humillación  entre los que saltaban y el que hacía de potro, no se imponía, sino que se sorteaba. Antes de dicho potro, se trazaba una raya en el suelo, que no debían pisar los que se lanzasen a saltar. El que pisaba la raya, había perdido y tenía que sustituir al potro, que había cumplido su misión y el que quedaba liberado,  pasaba a la cola de los saltadores. Si nadie  faltaba a las normas del juego, se aumentaba la distancia de la raya. Este juego, no sólo existe de esta forma, sino que hay variedades, como una que recuerdo, en que se ponía un niño, con la cabeza frente a una pared y sobre él, saltando,  se colocaban otros, que sentían la necesidad de colocar un  potro más, detrás del primero, pero a veces se cargaban tanto los potros, que aquella muchedumbre de niños,  acababa en el suelo. ¿ No sería este juego un aviso a los niños, de las dificultades que les iba a traer la vida para vivir, sin caer  y encontrarse revolcados por el suelo?.

 Pero en California , hacían las carreras más largas que se hacían en mi pueblo, pues un grupo de estudiantes, prolongaban el juego y hacían tan largas las carreras, que en una ocasión, estuvieron más de diez días, llegando a recorrer con sus carreras más de ciento seis kilómetros. No sé si este éxito deportivo fue hace años o ha tenido lugar uno de estos años, que me parece más creíble, porque el mundo se está lanzando a la conquista de la luna, que no logrará con el Juego de la Mula, pero, sin embargo la voluntad que ponen en correr kilómetros y kilómetros, les encienden su voluntad de alcanzar el espacio, con una poderosa Mula Mecánica.

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