jueves, 6 de junio de 2024

Pedro Saputo, el Quijote aragonés






De la misma forma que el manchego Cervantes (1547-1616) es el escritor en castellano, más leído en el Mundo, el aragonés turolense Braulio Foz y Burges (1791-1865), ha sido, según el recordado en Huesca, Don Ricardo del Arco, “Un gran literato aragonés olvidado: Braulio Foz”, que  escribió la Vida de “Pedro Saputo”. Fue durante bastantes años olvidado como autor de tal Vida. Cuando yo era todavía un niño, escuchaba comentarios de Pedro Saputo, pero sólo alguna persona,  te decía que Braulio Foz, sin asegurarlo, podría ser su autor.
El mismo Braulio Foz, escribió sobre su autoría de “Pedro Saputo”, diciendo: “Componen mi nombre las primeras letras de los diez primeros capítulos. Y lo declaro porque hay quien se ha atrevido a apropiárseme esta obra”
Braulio Foz, nació en Fórnoles, provincia deTeruel en 1791 y murió en Borja el año de 1865, a los setenta y cuatro años de edad y su obra “Vida de Pedro Saputo”, se considera como la  más importante de la narración aragonesa en el siglo XIX. Vivió su vida como profesor, soldado, novelista,  poeta, “aunque no pasó de mediocre versificador”,  humorista y dramaturgo, lo que hace pensar, cómo tuvo por modelo al Genio de Cervantes, soldado prisionero en Argel y mutilado por carecer de un brazo, perdido en la guerra.
Cervantes tomó como protagonistas de su obra “El Quijote” a éste Caballero “que estaba desvariado y se creía que estaba luchando con muchos enemigos”, le acompañaba su escudero Sancho”. En cierta ocasión “por el camino Don Quijote y Sancho se encuentran con unos molinos de viento y Don Quijote creyéndose que son gigantes se dispone a atacarlos con su lanza. Sancho le dice que no son más que molinos, pero Don Quijote se empeña en atacarlos ya que él piensa que son gigantes malvados y como consecuencia Don Quijote tropieza con su lanza y se cae al suelo acabando el problema de los molinos…..Al día siguiente cuando se disponían a ir en busca de aventuras vieron a dos monjes vestidos con sus hábitos negros y a una mujer que iba detrás de ellos, y se supone que iban todos en la misma dirección. Don Quijote se pensó que estos hombres tenían secuestrada a la señora que iba detrás de ellos y decidió atacar a los pobres monjes. Sancho le avisó que no eran más que dos frailes pero Don Quijote no le hizo caso y atacó a los frailes. Estos salieron corriendo con la mala fortuna de que uno de ellos se cayó en el suelo. Sancho amablemente quiso ayudar al fraile que se había caído pero los  dos mozos arremetieron contra él y le dejaron inconsciente. Don Quijote a su vez fue a presentarle sus respetos a la señora, pero el escudero de ella arremetió contra Don Quijote dejándole herido de un hombro. Esta batalla queda sin aclarar, puesto que explica Cervantes que no encontró más escrito con estas hazañas”.
Braulio Foz, fue el escritor o “narrador” de la vida de Pedro Saputo, igual que Cervantes fue el escritor de “El Hidalgo Don Quijote de la Mancha”, acompañado por su escudero Sancho Panza. A éste ya le había conseguido Don Quijote el poder de la Insula, con el pequeño inconveniente de que cada vez que tenía un plato de comida delante un médico que estaba junto a él mandaba que se lo quitaran con lo cual es fácilmente imaginable el hambre que estaba pasando el pobre Sancho”.
Este cuento del ayuno forzoso de Sancho Panza, lo creó Cervantes,  pero en la repetición de cuentos sobre Pedro Saputo, “ya no están seguros de si los han oído de la fuente popular oral o recuerdan  lecturas de su infancia”. Yndurain en el prólogo de una edición de la vida de Pedro Saputo, escribe: ”los que repiten cuentos sobre Pedro Saputo, ya no están seguros de si los han oído de la fuente popular o recuerdan lecturas de su infancia”. El mismo Ramón J. Sender escribe algunos “episodios de la novela de Foz”, de los que se ignora si son recuerdos de un lector o de un oyente. En el “Averiguador Universal (num.79,15-4-IV-1882), en un relato que se titula “Cuentos aragoneses”, firmado con unas iniciales, que se ignora a quien corresponden, narra el cuentecico  siguiente: ”El herrero de Almudévar le metió por la boca a su mujer un hierro candente, porque le trajo el almuerzo frío. Condenáronlo  a morir ahorcado. A los que le llevaban al patíbulo, gritó un labrador amigo suyo: -Vecinos de Almudévar:¿Al herrero del pueblo queréis ahorcar?. ¿Quién  os hará las herraduras de las mulas y las rejas de labrar?. Doce tejedores hay en el pueblo, aunque ahorquéis a uno de ellos, “entoavía vus quedan once. Los labradores convencidos con tan bravo argumento echaron mano a un tejedor y lo ahorcaron”.  Un día de Abril del año de 2015,me encontré con el abogado oscense Don Pedro Loste y me contó que en cierta ocasión en que tuvo que hacer un viaje a Fraga,la abogada a la que iba a visitar, le preguntó por lo cómodo de su ruta y Paco Loste, le contestó: ¡malo porque por la mañana, cuando venía el sol del oriente, no me dejaba ver y ahora, cuando vuelva hacia Huesca, me abrasará los ojos, el sol que se va marchando del día!. Por eso  le explicó como Pedro Saputo se enfadó con el sol  al darle en sus ojos. Cuando estaba escribiendo este tratado de Pedro Saputo, me encontré en la calle al abogado oscense Paco Loste, que conservaba todavía recuerdos de Saputo. Lo bueno del caso es que la abogada fragatina, cundo volvió a verse con el oscense, le enseñó La vida de Pedro Saputo, que se había comprado.
Se corre por Aragón el refrán que dice: La Justicia de Almudévar, que la pague el que no deba”. Observando la rivalidad entre dos pueblos cercanos a saber Almudévar y Zuera, el tema de la Justicia de Almudévar, ¿fue inventado por los de Zuera, para rebajar la moral a los de su vecino pueblo?. Como dice Yndurain: “Luego, Pedro Saputo, para que no se divulgase la atrocidad ya que había sido impotente para evitarla, pidió que no se propalase a fin de evitar el baldón para el pueblo” de Almudévar. Continúa Yndurain que el Saputo, ”hijo de mujer, ojos de vista clara y padre de la agudeza” y su autor “Foz eran todo lo contrario de Correas (que escribió sobre la verdadera muerte del tejedor). Pero así se hacen los libros”.
En el Discurso de Ingreso de Don Rafael Gastón Burillo, recibido en su recepción académica en 1951, se expresó así: “El cuento o dicho de la justicia de Almudévar no es otra cosa que la sátira a ese Derecho Público Subjetivo fundado en el interés: la Justicia de Almudévar, siguiendo al mismo Foz, obró lo que le convenía. Ahorcó a un tejedor de entre los varios que había, y economizó así la vida del herrero que era solo”.
Lo supo Pedro Saputo,”que no quiso ir a la ejecución ni había salido de casa, y fue corriendo a la plaza a ver de impedir aquella atrocidad e injusticia; peo llegó tarde, porque ya estaba despachado el infeliz del tejedor. Llenose  de horror de tan grande barbaridad y se volvió a su casa mudo de palabras y frío del corazón, pareciéndole que el cielo y la tierra se habían mudado”.
Al desaparecer Pedro Saputo, se presentó en Almudévar un mendigo de esa edad poco más o menos igual a la suya, diciendo que era Pedro Saputo. “Al pedirle que pintara o tocara algún instrumento, respondió muy entonado y grave: el águila no caza moscas”. Y sigue Braulio Foz: “Yo me persuado que así los dichos como los hechos que corren como suyos y son tan indignos de su discreción y sabiduría pertenecen al falso Pedro Saputo, a quien los de Almudévar echaron con razón de su pueblo tan mal parado, y que como hemos dicho era un mentecato, un vago y un borrachón torpe e indecente. El hijo de la Pupila fue muy sobrio, muy fino, muy amable, persona de mucho respeto, y tan grande en todo, como se ha visto en esa verdadera historia de su vida”.
 Es evidente que Braulio Foz, tuvo una vocación pedagógica, pues escribió de sí mismo: “Mi carrera, mi profesión y mi inclinación es de humanista”. Pero fue la Guerra de la Independencia, la que cambió su inspiración de la vida intelectual en lucha contra los franceses, bajo el mando del General Perena, durante la cual, tuvo que recorrer el medio rural del Alto Aragón. Ese conocer la vida rural de los aragoneses, le dio una inspiración para escribir su Vida de Pedro Saputo. Subió a sus montes, bajó a las cuevas y visitó San Juan de la Peña, San Victorián, Sigena, Montearagón, el Pueyo de Don Sancho, el Alcoraz, el Pueyo de Barbastro, etc., etc. “Nos muestra como la condición de labrador y propietario de tierras, comportaba un orgullo de clase, que se consideraba superior a comerciantes y posaderos”. ¡Cómo sentía un amor a su pueblo de Almudévar, al contemplarlo, después de una de sus ausencias!. Escribió:”no hay allí río, no hay valles, no hay fuentes, no hay otros grandes y señalados objetos particulares, pero halló el mismo amado suelo, la misma amada campiña, los mismos caminos, avenidas y ejidos que de niño recorría; y era en fin, su lugar, era su pueblo, era su patria, y allí estaba su cuna y su casa donde se crió dulcemente”.
Braulio Foz, luchó por la Independencia de España, en Troncedo, Tamarite y en Huesca, bajo las órdenes del General Perena. Fue cogido prisionero, al capitular Lérida, en 1810, y llevado a Francia, quedando preso en Warry. En esta zona volvió su cabeza a interesarse por los estudios, como la Astronomía, Historia, Geografía, Latín y Griego.
Fue Braulio Foz un escritor aragonés total (que escribió también en lengua aragonesa), pues nació en Fórnoles (Teruel), vivió en el Alto Aragón, alterando el paso de su vida, con la estancia obligada en Francia y murió en Borja y al volver de su primer destierro en Francia, en 1814, fue Catedrático de Latinidad en la Universidad  Sertoriana de Huesca, enseñó en Cantavieja (Teruel), y fue Catedrático de Griego en la Universidad de Zaragoza. Estaba identificado con Aragón y relacionado con la vecina Francia, igual que Carlomagno con su vecina España.
 El Pirineo estaba en  un territorio fronterizo entre España y Francia, y poseía una cultura común a esos dos Paises, pero casi siempre divididos en una parte francesa y otra española. Carlomagno sentía necesidad de crear un Imperio Europeo y se sentía atraído por España y Braulio Foz, cuando tenía que huir o cuando fue cogido prisionero, el 14 de Mayo de 1810, estudiaba la cultura europea. Ese Imperio, está llegando a ser una realidad, con el Mercado Común Europeo. En Francia estudió una  cultura más liberal. Se ignora la fecha del retorno a Aragón. En 1814, según dijo Don Ricardo del Arco, desempeña en Huesca, la Cátedra de Latinidad, ganada por oposición. Nos informa Braulio Foz en su “Hoja”, que “entre 1823 y 1834 pasó el tiempo en persecuciones, castillos, viajes y emigraciones a Francia, de donde volvió en 1834”.
El año de 1837, fundó el periódico liberal, “El Eco de Aragón” que tuvo que redactar él mismo hasta el años de 1842, por el cual tuvo que volver a emigrar a Francia, perseguido por haberlo fundado.
Pero toda su vida fue un hombre que tuvo que pensar, sufrir y mirar en su interior soluciones humanas a los problemas que le plantea la vida a todos los hombres, es decir a los intelectuales y a los hombres sencillos. Esta forma de ser convirtió a Braulio Foz, en  un “narrador”, que describe la vida de un hombre con respecto a los problemas en  la historia y los de ésta, con respecto al   protagonista. Braulio Foz describe en su novela a “Pedro Saputo”, nombre con el que llamó a su protagonista. Lo llamó Saputo es decir Sabio, porque encontró necesario que la sabiduría le ayudara a resolver el problema de la existencia de los hombres, desde los más sencillos hasta los más intelectuales,  como él mismo. El mismo Braulio Foz, nos aclara este problema de los hombres, con estas palabras, en las que introduce el humor:”¡Dios nos libre de tontos, amén!. Porque tratar con ellos es lo mismo que entrar de noche y sin luz en una casa revuelta, donde no he estado nunca… Ahora se le antojó hacerse médico; si, señores, médico sin más ni más; médico, señor, como quien no dice nada”.
 La Humanidad siempre ha sido dividida, como dice Braulio Foz entre listos y tontos, cuando dice :”¡Dios nos libre de los tontos. Amén!. Cervantes ya dividía a los hombres entre los nobles o hidalgos, como el Quijote, aunque era además de hidalgo, loco y entre los pobres escuderos, como Sancho Panza. Llegaron más tarde los capitalistas y los obreros, que han continuado luchando en este mundo.
Braulio Foz quería que su protagonista  “Pedro Saputo”, aprendiese de todo para ser un auténtico Sabio o Saputo. Aprendió de muy pequeño a leer y  escribir con una rapidez prodigiosa, se hizo pintor, no sé si pintando la Corona de Almudévar y viajó por todo Aragón y parte de España. Aprendió multitud de refranes y de aventuras, contadas por los humildes de la tierra, para educar a la gente sencilla, que no había aprendido a leer, a pintar ni a hacerse médicos, con un nivel más bajo que los intelectuales, pero que llenaban sus cerebros de sentido común, a veces con errores. Braulio Foz equivalía al Gran Cervantes y quería formar un hombre con las cualidades humanas, como Cervantes deseaba que el Quijote, acompañado por Sancho Panza, hiciese respetar la Justicia entre los hombres.
Dice Don Rafael Gastón Burillo:”La exaltación de la fantasía ética del manchego tuvo por paralelo la exaltación de la razón en el aragonés”. Añade. “Quizá Braulio Foz sentía o presentía una situación de decadencia en el espíritu aragonés, y lo fustigó mediante latigazos de razón, latigazos sin llaga, para evitar su sopor. Parece que el espíritu del autor se estremeciera ante la posibilidad de que el genio de la raza, las ideas de verdad y de justicia, la razón natural, cayesen en el raquitismo, y construyó la sana figura de Pedro Saputo para que Almudévar, entre la montaña y la llanura, velase por el destino de los pueblos”. Como acabo de escribir Braulio Foz “presentía una situación de decadencia en el espíritu aragonés y lo fustigó mediante latigazos sin llaga, para evitar el sopor”. En el siglo XIX todavía se trabajó en el ferrocarril que unió a Aragón con el Bearn, pero los latigazos impidieron la reparación del puente de L’Estanguet, ”para que Almudévar, entre la montaña y la llanura velase por el destino de los pueblos”. En Cataluña y en Vascongadas se mejoraron las vías férreas de comunicación entre Francia y España.
Braulio Foz estuvo en Francia durante muchos años y conocía la Historia del Bearn con Aragón. Sabía que el Vizconde del Bearn   luchó con los moros que le cortaron la cabeza, para al fin, enterrar al Vizconde del Bearn, Gastón IV en la Basílica del Pilar de Zaragoza. Su muerte se produjo el año de 1131. Hizo conquistas por el Pirineo, participó en la conquista de Almudévar y lideró la conquista de Zaragoza para Alfonso I de Aragón. Tras la muerte del Vizconde el año de 1131, en tierras valencianas, depositaron su olifante en el altar de Santa María la Mayor de Zaragoza,en cuyo Museo Pilarista, se conserva su cuerpo. Fundó el  Vizconde  pueblos en el Norte de la actual provincia de Huesca, conquistó Almudévar y luego Zaragoza, y en Valencia fundó varios pueblos y ciudades cristianos. El camino desde el Bearn hasta Zaragoza, pasaba por Almudévar y allí los moros ejercieron una resistencia enorme.
Como acabo de decir, Braulio Foz, observaba en Almudévar, una decadencia enorme del espíritu antiguo, en que por Almudévar pasó el Emperador europeo Carlomagno y más tarde el Vizconde Gascón IV, que por Almudévar conquistó Zaragoza y construyó la sabia figura de Pedro Saputo, para que éste velase por Almudévar, “para que ésta entre la montaña y la llanura, velase por el destino de los pueblos”.
Un día del mes de Abril de esta año de 2015, me encontré con el abogado oscense Don Pedro Loste y me habló de Pedro Saputo, cuando unos días antes estuvimos hablando con        Abadías, casado con una hermosa señorita de Almudévar. Pero no se acabó con la muerte de su esposa, el amor entre José María Mur  y ella, pues él conserva íntegra la casa de Almudévar en cuyo interior da la impresión de vivir en una eterna vida. ¡Cuántas veces durmiendo en aquellos gruesos colchones de lana, soñaría Abadías con el hijo de Almudévar Pedro Saputo!.
Cambió su esposa el cielo representado por la gran casa de Almudévar, por aquel cielo al que todos iremos, pero no lo olvida y pasa temporadas soñando en ella, como si todavía estuviese viva. Pero se quedó solo, como se quedó  Aragón, cuando el puente de L’Estanguet se cayó o lo tiraron. Fue un tormento de soledad para José María Mur, cuando con su amigo Zaborras, iban a Biarritz a ver la película de Marlon Brando y de su bella amante y tuvieron que  contemplar la triste caída del  puente. ¡Qué caída más triste la de la amante de Marlon Brando, en sueños de locura y la muerte de su esposa, que hace soñar toda la vida a José María  en el amor puro!.    
Volvió José María Mur a Huesca y en el Aero-Club conversaba de todo lo humano, de los bueno y lo malo, cuando los miembros de dicho Club, tuvieron la necesidad de cerrarlo. En ese Club se recordaban todas las cosas del Alto Aragón y entre otras estaban cuatro cuadros sobre la vida de Pedro Saputo, verdaderas obras de arte, de historia y de hechos tristes y alegres. José María pagó el valor de dichos cuadros y se los llevó a su casa, cercana a Hotel Abba.
En su ella  he visto los cuadros y los he fotografiado. Uno de ellos representa el milagro de Alcolea de Cinca y el otro es el retrato del carro-galera revestido con sábanas a modo de velas, para apoyar la fuerza de las caballerías, en su traslado del carro. Ese empuje se vería apoyado por el fuerte cierzo que impulsaría por medio de las velas, el desplazamiento del carro.
Los cuentos de Pedro Saputo son innumerables y no se encuentran todos en la “Vida de Pedro Saputo”, sino que algunos los  han recogido de libros como los de Sender y otros los cuenta el pueblo. El de carro-galera lo aprendió  Don Antonio Bello, en Almudévar, donde  tenía una finca  que  sigue cultivando su hijo en Almudévar. En mi artículo Los Hermanos Bello, escribo: “Antonio alcanzó notoriedad entre los hombres del campo, que trabajaban la tierra y pensaba constantemente en asuntos que interesaba a estos hombres, siempre relacionados con las Ciencias Naturales. Entre otras ideas llevó a Almudévar el arte de volcar carros, que había aprendido de su padre, en otra ocasión para aliviar el esfuerzo de sus mulas, les colocó en el carro una vela marinera, pero aparte de aliviarlas, un día de enorme cierzo, sopló con tal intensidad, que volcó el carro”. Don Antonio se había convertido en un profeta de Pedro Saputo, porque en cierta ocasión,  cenando en la Posada de Almudévar, le llegaron dos mozos para decirle si quería volcarles un carro; él se lo volcó, se lo agradecieron mucho y se repartieron el dinero, que con apuestas habían ganado.
Es que Don Antonio Bello, era amigo de todo el mundo e igual que amaba a los mozos de Almudévar, era también amigo en el Café Gijón,  de Don Julio Caro Baroja y de Don Eugenio D’Ors. En Huesca acudía al Bar Flor y al Caserío Aragonés, en que alternaba con Ena, con el Jefe del Servicio Nacional de Cereales, señor Laborda y además iba al Aero Club, donde contemplaba los cuadros que representaban las glorias de Pedro Saputo y dialogaba con mi primo José Antonio Llanas Almudévar, sobre la Física, la Química, los riegos, la picaresca, el humor y la vida
Antonio Bello era un Sabio en castellano y un Saputo en aragonés, pues Julio Caro Baroja, le hizo el prólogo de uno de sus libros y José Botella Llusiá, prologó otro, con el siguiente encomio:”Este es un libro sorprendente. Es el producto de un hombre formado, con una sólida base cultural”.
En Almudévar, que la hizo capital del fracasado imperio romano-germánico, reunió a  todos sus antiguos compañeros, invitándolos a una comida clásica, que nunca habían probado, pero quedaron mucho más admirados de los cuentos que les contó el sabio Antonio Bello de Pedro  Saputo.
Antonio Bello voló con un amigo piloto del Campo de Aviación de Monflorite, sobre el curso del río Ebro, pero también voló hacia los Pirineos, recordando como Carlomagno y Braulio Foz, pensaron en la Unión Europea. Hace ya muchos años que se tendió la vía del ferrocarril de España a Francia por Canfranc. José María Mur ventura con su amigo Zaborras contemplaron la caída del puente de L’Estanguet, que dejó a los aragoneses creadores de la “Vida de Pedro Saputo”, sin comunicación entre el Bearn y Aragón, en tanto España se ha volcado por Vascongadas y Cataluña, para ser parte de Europa, cuando en dichas regiones, hay muchas personas que sueñan con su independencia.

El autor de “La vida de Pedro Saputo”, Braulio Foz pensó, tal vez en el polígono Zaragoza Toulouse, pero si no se hace la comunicación entre el Bearn y Aragón, éste se va a quedar sin un crecimiento humano.

miércoles, 5 de junio de 2024

Los ciegos de Siétamo



Cuando viajaba por la provincia como veterinario, al decir que era de Siétamo, en todos los pueblos me decían: nosotros también conocemos a otros hijos de Siétamo, porque venían muchos años por aquí a tocarnos la música en las fiestas de estos lugares. Eran los Ciegos de Siétamo.
Llamaban así a dos mozos sietamenses, de los cuales el mayor se llamaba Eduardo Burgasé Artero y era ciego y tañía las cuerdas de la guitarra, en tanto que su hermano Pedro Antonio que veía, aunque con gafas  y su pelo era rubio y sus ojos muy azulados, tocaba el violín. Tenían otro hermano, que era camionero del tratante de cerdos Seral y una hermana llamada Francisca.
Al llegar los años veinte, con su guitarra y su violín se dieron a hacerlos sonar por todas partes, desde las eras y corrales de los pueblos pequeños, pasando por los cafés, casinos, salas de baile y para las fiestas de los pueblos por sus calles y plazas. Eran unos artistas como demuestra la enorme cantidad de admiradores que no dejaban de llamarlos y los mayores, que aún viven en los pueblos de la provincia de Huesca, todavía los recuerdan con cariño. Los dos nacieron en Siétamo, el ciego Eduardo en 1904 y Antonio en 1909. El día 10 de Agosto de 1989 con ochenta años, todavía estaba vivo.
Ellos se empeñaban en que los llamaran los Hermanos Burgasé o los Músicos de Siétamo, pero la ceguera de Eduardo hizo que casi todo el mundo los llamara los Ciegos de Siétamo.
Su padre procedía de Casbas de Huesca, donde este año de dos mil cuatro, cerraron el milenario Monasterio Cisterciense y en aquellos tiempos la gente con pocos medios, cuando llegaba la siega de los cereales, marchaba por el mundo a ganarse un jornal. Un año, en Binéfar, conoció a un ciego, que era maestro de música, llamado Manuel Colomina. El hombre como tenía un hijo ciego se dio cuenta de que si sus hijos aprendían a tocar, se ganarían la vida y si iban juntos ambos hermanos, se defenderían y podrían vivir los dos sin tener que ganarse jornales con los duros trabajos que daba entonces la vida. Se arregló con el maestro y los mandó a los dos hermanos a Binéfar y Altorricón y allí con su maestro, en un año aprendieron solfeo, guitarra, clarinete y violín.
Comenzaron su vida musical en su propio pueblo a saber en Siétamo, donde hacían sonar música de baile ya en casa Marco en la Plaza Mayor o en el Café de Lobaco, en la carretera o Avenida de San José. Su música le resultaba al pueblo muy agradable con lo que se corrió su fama por los pueblos vecinos del Somontano. desde donde extendieron su fama por toda la provincia de Huesca y parte de la de Zaragoza. Cuando llegaban por primera vez a un pueblo, no les conocían y tenían que tocar su música en los bares, cafés y casinos, cuyos dueños les daban una botella, que ellos rifaban y entre lo que con dicha rifa ganaban y al pasar la bandeja, les llegaban a quedar unas veinticinco ó treinta pesetas, que eran lo que ganaban, porque los transportes les salían gratis, ya que iban montados en una bicicleta doble o “tándem” y cenaban también gratis, porque el dueño del local no les cobraba si acompañaban la cena de sus clientes con su melodiosa música.
Cuando Antonio vivía en la torre Casaus con mis tíos Luisa y José María me explicaba como en las fiestas de los pueblos,  acompañaban a la ronda de mozos y chiquillos, que iban casa por casa de todas las mozas del pueblo, a las que cantaban jotas y ellas les daban tortas y pastas y les ayudaban a soportar los gastos con algún dinero. Acababan la ronda saludando a las autoridades civiles, religiosas y en algún caso a la guardia civil.
El mismo día de la fiesta y bien almorzados hacían acompañados de los jóvenes del pueblo, un  pasacalles sonoro por todo el pueblo. Ya más tarde se celebraba la Misa solemne, en la que acompañaban a los cantores.
Ya casi no se oyen jotas cantadas por el pueblo, si no que las cantan grupos que las cultivan en peñas y agrupaciones, que las enseñan y cultivan. Antes cualquier aragonés las improvisaba y cantaba. En la ronda de Siétamo,  la señora Joaquina Latre, acordándose de su hijo, que estaba cumpliendo el servicio militar en Melilla, cantaba: “Soldados de regulares-de la nación española-servid con orgullo a España,-que Dios os lo premiará”.El toda su vida pastor Silvestre Bara, al escuchar a Joaquina, se puso a cantar: ”A don Francisco Larraz- yo le debo de decir,- que venga muy pronto a España-que le guardo buen anís”.Se trataba de aquel anís que fabricaban ellos mismos de contrabando y en cambio ahora se hace legalmente en Colungo y siempre se ha preparado en Galicia, dentro de la ley.
A dicha ronda acudían algunos de los joteros, que nombramos en estas líneas, como por ejemplo Miguel  Ramón de Ballobar,  que un día al acabar el baile, le dedicó esta jota al barbero de Siétamo, que por su mal genio, no le quiso afeitar:”Aún no tienen en Siétamo- lo que hay en Ballobar-que tenemos un barbero-que afeita sin remojar”. Este jotero acudió a Siétamo durante muchos años y todavía recuerdan también a Ramón Bareche de La Perdiguera.
El mismo Antonio Burgasé, el año 1989, le recordaba a Rafael Ayerbe Santolaria los dos joteros citados y a otros como Bruno Mariñoso de Valcarca, José Monclús “Uchallo” de Abiego, Antonio Périz de Santalecina y otros muy famosos de Huesca capital. Pero no sólo tocaban la música, sino que contaban chistes en sus sesiones musicales, porque en los pequeños pueblos de la Montaña se lo pedían los mismos montañeses.
Antes de comer algunas veces durante el vermouth acompañaban a la gente con sus músicas y otras veces lo hacían por la tarde, cuando tomaban el café. Después descansaban hasta que llegaba la hora de iniciar el baile.
Hasta bien entrados los años cuarenta no utilizaron amplificadores del sonido y sin embargo se oían muy bien sus sesiones musicales y no eran tan ruidosas y estridentes ,como ahora.
Hay que distinguir dos épocas en su profesión musical: una la que fue su iniciación, que tuvo lugar en Siétamo alrededor de los años veinte, cuando empezaron a salir por los pueblos, de los que  guardaban un grato recuerdo, en ocasiones casi sagrado como cuando tocaron en la procesión el “Palotiau de Sinués” o cuando los brindis de los desaparecidos danzantes de El Pueyo de Jaca. Existían al mismo tiempo que Los ciegos de Siétamo, otros grupos musicales, que les hacían la competencia, como “Los Geres”, que contaba con tres músicos, los “Monsones” de Huesca y los “Telleres” de Ayerbe, cuyos directores fueron Ger, Monsón y Teller.
Cuando ya acudían a pueblos importantes, se vestían con un guardapolvos gris y no dejaban de ponerse una corbata. Después de los años treinta viene la segunda parte de su historia musical. Durante la Guerra Civil participaban en con su música en los bailes militares entre otros lugares, en la Fonda de la Paz. Luego ya fundaron la orquesta Burgasé, en la que además de Eduardo y de Antonio, participaron Mariano y Pascual de Tardienta. Había llegado el momento de vestir con cierta elegancia, usando unas curiosas blusas verdes.
Entonces empezaron a usar la megafonía, acabando con aquellos bailes tan románticos, donde se bailaba dulcemente con el suave son de del violín y la guitarra de los “Ciegos de Siétamo”.
Eduardo el ciego se casó ya mayor con una montañesa, que ya tenía un hijo, a la que conoció en Laguarta. El no los tuvo y cuando yo estudiaba en Zaragoza, lo veía vender los iguales en la calle y yo pensaba: ¡cómo se acabaron los tiempos antiguos en que los ciegos luchaban para vivir con la música y ahora la sociedad se preocupa de ellos, dándoles la venta de los iguales!. Tenía una sensibilidad extraordinaria, pues caminaba por las sendas, como lo vio Joaquín Larraz, igual que si tuviese una vista aguda. Cuando recogía los dineros que le pagaban ,si notaba que no eran legales ,los dejaba aparte y al acabar le decía al que le pagaba: falta lo que indican los dineros que he dejado aparte.
Tenían tienda en casa de Calderero y muchas veces iba él a Huesca a comprar mercancías a casa de Rovira, en dicha ciudad, con dos borricas. Muchos al ver estos hechos creían que Eduardo veía.
Cuando ambos hermanos pedaleaban en su tándem, a veces Antonio le decía : ¡pedalea  fuerte que la cuesta es muy empinada! y  Eduardo le contestaba, pues se había dado cuenta de que lo que quería su hermano era descansar: “¡ala ,vamos a bajar de la bicicleta, que descansaremos mejor andando!”.
A Huesca ,desde Siétamo, iban en su tándem y allí cogían el tren hasta la estación más próxima al pueblo donde iban y a dicha estación acudían los del pueblo que iba a celebrar sus fiestas, con un par de machos. Ante una situación de peligro al caminar por caminos y carreteras, convinieron usar una contraseña para defenderse y en cierta ocasión en que subían el Estrecho Quinto, les apareció un individuo que les pidió el dinero que llevaban;  entonces Antonio le pidió a Eduardo que le diera fuego para encender un cigarro  y Eduardo le dio inmediatamente el bastón con el que amenazó al bandido, que pidió perdón, diciéndoles que era una simple broma. Llevaban nada menos que trescientas pesetas, fruto del trabajo de muchos días.
Antonio se casó con Teresa Cuello, que era hija del sastre Cuello de Siétamo y vivía en la actual casa del zapatero, ya difunto y que todavía se conserva en la Calle Alta, debajo de casa de Avelino Zamora, subiendo desde la Plaza Mayor, a la izquierda.
Teresa tenía una hermana, que vivía casada en Panzano y  su hermano que se llamaba José Cuello, al que en el pueblo lo conocían como José el sastre y fue durante muchos años profesor de música y de guitarra en la Residencia Provincial, es decir en el antiguo Hospicio; estaba casado con una gruesa señora, llamada Antonia, hermana de los carpinteros de Siétamo llamados Boira y estuvieron muchos años de porteros en la noble y bella casa de los Carderera del Coso Alto. Cuando estos se vendieron la casa les regalaron un piso en agradecimiento a los numerosos favores que les habían hecho a lo largo de los años.Fue un hombre con gran personalidad, pues en Huesca, todo el mundo lo conocía como el Maestro Cuello.
Antonio estaba casado con la ya citada Teresa y estuvieron viviendo con mis tíos José María y Luisa en la Torre de Casaus. Tuvieron dos hijas a saber Carmen ,que se hizo Maestra Nacional y Teresa la rubia ,como su padre y un hijo llamado José Antonio, que se murió joven y trabajaba de dependiente de comercio en casa Estaún del Coso Alto.
Los que ahora tienen de setenta a ochenta años recuerdan a estos dos llamados ciegos, que tocaban todos los domingos ,bien en casa de Marco,en la Plaza o en casa de Lobaco ,en la carretera. Pagaban los mozos que allí iban a bailar una peseta y Joaquín Bergua, que ya murió, cada vez que iba, les pagaba con un billete de cien pesetas por presumir un poco,  pero ellos en cierta ocasión le devolvieron noventa y nueve monedas de peseta.
Antonio tocaba el violín y Eduardo el ciego la guitarra y tocaban sus canciones de aquellos tiempos “tres p’áquí, tres p’állá”; “¡cuenta qué canciones del año pum!”.
Pero lo hacían muy bien, porque un americano, que los conoció en alguno de los pueblos que recorrían, los quiso contratar para estar dos años por Arizona, Tejas y California, haciendo sonar su música tan española y aragonesa. Hubieran vuelto ricos de América, pero no quisieron abandonar a su familia.
Cantaban de vez en cuando para divertir a la gente algunas canciones como: ”Carrascal, carrascal, qué bonita serenata, carrascal, carrascal ya me estás dando la lata”. Otras veces tocaban y cantaban canciones más sentimentales, como aquella que decía: “ ¡Ay, Marilú, Marilú, maravilla de  mujer;  del barrio de Santa Cruz tú eres un rojo clavel  y por jurarte yo eso me diste en la boca un beso, que aún me quema Marilú!”.
Carmen de Gaspar, nacida en Labata, dice que cuando iban a su pueblo Eduardo, conocía los billetes y monedas por el tacto. Se alojaban en su casa, a la que llaman todavía casa del carretero y allí acudían cantidad de niños a convivir con los ciegos y ellos muy a gusto competían con ellos.
Carmen se acuerda de aquella canción que decía “¡Cómo se la lleva el río! y de aquella otra que decía :”Bésame, bésame mucho, que tengo miedo de perderte”. Y Joaquina de Latre añora aquella que decía ¡En Sevilla hay una casa- y en la casa una ventana, -y en la ventana una niña –que se llama Mari-Juana!.
Ellos con todas aquellas canciones, que ablandaban los corazones, como por ejemplo aquella que decía : ” Bésame ,bésame mucho, como si fuera esta la última vez” o aquellas otras como: “Suave que me estás matando de pasión” o “Aquellos ojos verdes de mirada serena”.
Algún anciano recordará con tristeza aquella canción, que se expresaba así : ”Ya no estás más a mi lado, corazón, en el alma sólo tengo soledad”, al no poder gozar de la presencia de la moza con la que bailaba al son de la música que tocaban  los
 “Ciegos de Siétamo”.

Guara es la gigantesca estatua de un hombre muerto

 





Desde Siétamo, dirigiendo la mirada hacia el Norte, se admira uno de la Sierra de Guara, que  ofrece la contemplación de dos gigantes  muertos o dormidos. El dios Guara, se ha convertido en   la escultura gigantesca de un muerto, que es  ese dios  de Guara, que era un abuelo legendario, que progresaba a ser un dios, adorándose con otros dioses, en los primitivos tempos, por los pobladores de la Sierra de Guara, desde la que se ve, por el Norte,  el río Guarga, que corre hacia el Oeste y el Ara, que se dirige hacia el Este.
 El tirano Gabardón, otro dios de la Montaña, se enteró de que su hija Gabardiella se amaba con el que dio su nombre al Tozal de Gratal y se llenó de odio. Desde esta Sierra, Gabardón  veía  por  el Norte los Pirineos, con las Tres Sorores  y al Sur,  los Monegros  con las tierras de Gabarda, hija también de Gabardón, allá por debajo de Granén, en las que  mis parientes los Almudévar,  provenientes de Siétamo, cultivaron la tierra.  Gabardón era, tal vez, un dios gigantesco, que desde la Sierra de Guara,  compartía con otros dioses, como el mismo Guara, la comunicación con los Pirineos por el Norte y la Tierra Plana, por el Sur.
La leyenda dice que Gabardón, tenía otra hija, llamada Gabardiella. Así como su padre estaba contento con el amor de Gabarda, cuando se enteró de que su otra hija, Gabardiella,  amaba al que dio su nombre al Tozal de Gratal, se llenó  de odio.  Su padre era contrario a este amor, pues pensaba que Gratal, era un monte feo, lleno de maleza, de carrascales y no tenía flores, ni bosques, ni siquiera alguna gran cueva, como la que existe debajo del actual Pantano de Arguis.
 Gabardiella, su hija, le contestaba que a ella le complacía su figura, tal como la veía y por eso amaba  a Gratal, sin darse cuenta de que  este  Gratal era solamente un  símbolo de lo más antiguo,de la vejez y de la muerte.  ¡Qué  diosecillos eran aquellos,  dueños de las montañas y de los valles, unos dioses de tamaño gigantesco,  como gigantesco era su amor y su odio!.  Su poder divino era solamente el escaso poder de los diosecillos.
Gabardón, que era padre de la hermosa Gabardiella, no tenía simpatía por la antigüedad y la vejez de Gratal, al que su hija pretendía. Eran amigos los que identificaban las quiebras de la Naturaleza con su irredento caminar de diosecillos a hombres o de hombres a  diosecillos.  Gabardón, dios y aspirante a hombre de las montañas, corrió en busca del auxilio de otro de esos dioses, a saber de aquel que tenía y sigue teniendo el nombre de Guara. Todavía hoy miramos a esa montaña de dos mil setenta y siete metros de altura, que nos recuerda el valor y la arrogancia de aquel dios, llamado Guara.
Gabardón acudió a pedir ayuda a su amigo el dios elevado en la Punta de Guara y este Guara, para cumplir la voluntad de su amigo, cogió una descomunal “tranca” y con ella por medio de un golpe propio de un dios, sobre la montaña, quebró la tierra y dejó abierto el cauce del río Flumen, nombre latino y   semilitúrgico  del río, como, más tarde  lo bautizaron los romanos, que desde esa brecha desciende desde el Pirineo a la Tierra Baja.



Al darse cuenta Gratal de que Guara había partido en dos trozos la cadena montañosa, separándolo a él  de la bella Gabardiella, gritó venganza y aquella noche,  cuando Guara dormía, alzó un arma formidable, que dicen que fue la Punta del mismo monte de Gratal, y la clavó en el corazón del gigante dormido o más bien muerto, hasta nuestros días. Cuando pasas por Siétamo, desde el que se observa mejor la Sierra de Guara, divisas el Cuerpo de Guara, formado por la Sierra del mismo nombre.  Primero aparece la cabeza puntiaguda del Fragineto, después sigue por el Pico de Guara, que representa el pecho con sus manos posadas sobre él, a continuación se distingue su largo cuerpo, para mostrar sus rodillas, y al otro extremo los pies del Corazón de Guara. Mirando ese cadáver desde su cabeza o Punta de Fragineto, se ve el pecho que resalta en el Pico de Guara, con sus manos apoyadas en su pecho y así se va siguiendo la línea del Gigantesco cadáver, hasta los pies.
Gabardón, como he escrito tenía dos hijas, una Gabarda que fue feliz en la Tierra Baja, cerca de Grañén, pero con su hija Gabardiella tuvo que pasar grandes catástrofes. Esta bella diosa estaba enamorada  del dios  Gratal. Hablaban los distintos miembros del Pirineo de la fealdad de su monte, pero el amor los hacía felices. El padre de Gabardiella, a saber Gabardón, se llevó un enorme disgusto al darse cuenta del amor de su hija Gabardiella con el dios Gratal y para evitar el desarrollo de tal amor, encargó al dios más gigantesco, a saber a Guara, que acabara con Gratal. Guara descargó un tremendo golpe sobre la Sierra y abrió un tajo en las montañas. Separó en dos el Salto de Roldán, con lo que al mismo tiempo, separó a los dos enamorados para siempre, creando la salida de las aguas de la Montaña desde el cauce del río Flumen, que separaron a Gratal y a Gabardiella. Ésta, entristecida, no paró de llorar  hasta  que hizo crecer el río Guatizalema.
Herido el diocesillo Gratal por la violencia del dios Guara, una noche fue a buscarlo y al encontrarlo dormido, clavó en su pecho un terrible pincho,  que dicen que fue la misma punta de  Gratal. Así murió Guara entre horribles dolores y allí en lo más alto de Guara, permanece su cadáver tumbado, por los siglos de los siglos.
Ahora, encima de la Sierra, aparece el “hombre muerto “o dios de Guara”. Y desde la cabeza puntiaguda de dicho “hombre muerto” que es  Fragineto,  pasando por el Pico de Guara con sus manos sobre ella, por la Vallemona, por el Cabezo de Guara y por sus pies, que estará expuesto por los siglos de los siglos, y que se ve con claridad al pasar por la carretera N-240, que pasa por Siétamo, hacia  Barbastro.
 El dios Gratal se quedó al Oeste del Mallo Occidental del Salto de Roldán y Gabardiella permaneció en su parte oriental.
Haciendo caso al dios Gratal, el dios más poderoso, es decir Guara, partió en dos la rocosa montaña y el Flumen comenzó a correr con sus aguas por la Foz de Salto Roldán, nuevas aguas que se precipitaron hacia la Tierra Baja, entre las Peñas de Man y de San Miguel.
Gratal y Gabardiella, que ardían en amor, fueron separados por las aguas frías de encima de la Sierra de Guara, como si hubieran sido condenados a permanecer  eternamente condenados, a mirarse a lo lejos con una mirada eterna, pero sin poderse besar en toda la eternidad.
Al principio Gratal, sufría silenciosamente, pero aumentaba en él un deseo de venganza, temible porque aunque era un dios más pequeño que los otros, su deseo de venganza, aumentaba su impulso de gran luchador. A consecuencia de este odio, una noche, llegó al lado del dios Guara y le clavó su “picacho”, es decir, el pico de Gatal en sus paredes de roca, que saltaron y formaron las Pedreras. Hizo vibrar todo el Pirineo y dejó a Guara yacente, como un muerto.
Gabardiella se quedó aislada de su amor, entre Fragineto, que hace de cabeza de Guara y de la Peña de San Miguel, que fue separada de su papel de un pie unido al  de la Peña de Man y dio paso a las aguas de la Sierra por el río abierto del Flumen.
  Viniendo de Barbastro y pasando por el Llano de Quinto, se ve la “cabeza del Fragineto”, y hacia el Oeste, se observa un “gigante dormido”, todo él de piedra, que desde el oeste de Fragineto, por el picón de Medio Día, ese gigante yacente se lanza, con las manos contra su pecho, ofreciendo su figura a la Hoya de Huesca.
En tiempos pasados, por esos terrenos pedregosos, vivían osos pirenaicos. Poco más arriba, cerca de San Julián de Banzo, en la Bal d’Onsera, donde vivió San Urbez, vivían también esos osos, como se cuenta y se ve en la iglesia de San Urbez, cercana al río Ara, la escultura de uno de ellos.
Estas leyendas misteriosas de los diosecillos pirenaicos, hacen trabajar la imaginación, porque de la memoria de algunos abuelos, que vivían en la Sierra, contaban que un “Home Grandizo”, circulaba acompañado de un oso. ¿Sería alguno de los habitantes de la cercana Val d’Onsera o más bien sería del “Gigante Fotronero”, que hasta hace muy poco tiempo, dicen que se escondía para esperar que bajaran los “repatanes” en la Cueva de San Climent en Arguis.
¿Será ese  gigante dormido, que recorría desde el Flumen hasta el Mallo de San Miguel, de Salto Roldán, algún dios, como el “Home Grandizo”, que caminaba siempre con un oso?     

lunes, 3 de junio de 2024

Mis lejanos parientes de la Argentina

 


Manuel Orus Almudévar
Armas de los Orus

Teresa Orus Almudévar










Doña Irene Almudévar Vallés, hermana de mi abuelo de Siétamo, de la Provincia de Huesca, Don Manuel Almudévar Vallés, que murió en el año de 1930, se casó con Antonio Orús Vallés, con el que eran parientes. Este era un joven comerciante del Coso Bajo de Huesca. Esa boda se realizó en el siglo XIX.
El apellido Orús tiene su origen  en el nombre de un pequeño pueblo de los Pirineos, que se encuentra  a unos diez kilómetros de Sabiñánigo, por la carretera de Yebra de Basa. En una casa de Javierre de Ara, en el Pirineo se exhibe sobre su puerta de entrada, un escudo, con un casco que mira a la izquierda y debajo se alzan dos, al parecer delfines, sobre  una raya que los divide de las cuatro barras de  Aragón. Desde este pueblo se extendió el apellido Orús por Aragón, más tarde por Barcelona y Antonio Orús Vallés, casado en 1881 en HUESCA o ¿Siétamo?, con mi tía Irene Almudévar Vallés y se marchó con ella, a la Argentina. Esta palabra Orús, es de origen vasco-ibérico, el mismo que tiene la palabra Javierre, que quiere decir “casa nueva” y Ara, que equivale a “valle”. En aquellos años de mil ochocientos  y pico del siglo XIX, la Argentina, con ese nombre tan bello, que despierta en los oídos del que lo oye, sonidos como los de una campanilla de plata era un País,  que atraía a los españoles e italianos. Huesca tenía un ambiente de escaso desarrollo y que no mejoraba, después del incendio provocado en el Monasterio de Montearagón, pasada la Desamortización de Mendizábal. En cambio Argentina era soñada por los españoles y los italianos, que emigraban a ella, llenos de esperanza. ANTONIO ORUS  VALLES y su esposa IRENE ALMUDEVAR VALLES, decidieron buscar su porvenir en aquella  gran tierra de La Pampa, la Patagonia, las Sierras y las elevadas cumbres de los Andes.
Tuvieron siete hijos e hijas, con el segundo apellido Almudévar.1ª- A-   María Teresa Orús Almudévar, nacida en Huesca en 1883; casó en Buenos Aires en 1913 con Julio Torino Solá, abogado y natural de Salta  en la Argentina.
2ª-B-Pilar Orús Almudévar, nacida en Huesca en 1886 y murió en Buenos Aires en 1899. Tanto María Teresa Orús Almudévar como Pilar Orús Almudévar nacieron en Huesca, la primera en 1883 y Pilar en 1886. Se deduce que emigraron a la Argentina ANTONIO ORUS e IRENE ALMUDEVAR, unos seis años después de casados.
3º-C-José María Orús Almudévar, nació en Buenos Aires, en 1889. Fue Cónsul argentino en Gijón, donde se casó en 1927, con María González Buhigas. Murió en Gijón en 1929, sin tener hijos. De este José María, conservo una carta,  dirigida a mi padre Manuel Almudévar Casaus, con una cultura inmensa, un gran humor y un cariño a los Almudévar, que al leerla conmueve mi sensibilidad.
4º-D-Antonio Orús Almudévar, nacido en Bellavista en 1891, que fue Ingeniero Civil. Murió en Buenos Aires en 1927.
5ª-E- Margarita Orús Almudévar, nacida en Bella Vista en 1894 y murió en Buenos Aires, en 1927.
6ª-F-María Magdalena Orús Almudévar, nacida en Bella Vista en 1897 .Murió en Buenos Aires en 1967.
 Primera Instancia en el Fuero Civil de la Capital Federal. De Manuel tengo, como me recuerda Manuel Torino en su carta del 24 de Julio de 1977, un retrato en carbonilla y una fotografía, que le adjudican una gran inteligencia y unos rasgos de nobleza.
¨Los hijos de JULIO TORINO SOLÁ y de MARÍA TERESA ORÚS ALMUDÉVAR, hija de ANTONIO ORUS VALLES  y de MARÍA TERESA ALMUDEVAR VALLES, fueron:
1-FRANCISCA TORINO ORÚS, nacida en Salta 1914; murió siendo niña.
2-MARGARITA TORINO  ORÚS nacida en Salta en 1916.Casó con OSCAR CORNEJO SOLA, médico, en 1939, y tuvieron siete hijos.  A saber: a)Oscar , médico, casado con María Isabel Colombres Pasquini, con tres hijos; b)Manuel, militar, casado con Amalia Jovanovics Figueroa, con cuatro hijos; c) Ramiro, ingeniero, casado con Gloria Cabanillas Urrestarazu, con cinco hijos; d)Margarita,profesora de inglés y bibliotecaria, soltera; e) Jorge, militar, casado con Margarita Jovanovics Figueroa , con cuatro hijos; f) María Teresa, profesora de letras, casada con Carlos García Pareja, con tres hijos y g) Fernando,ingeniero, casado con Claudia Becker Lastra, con cinco hijos.
3-JULIO TORINO ORÚS, nacido en Salta en 1919, fue abogado, presidente del Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Salta y casó con Mercedes Escudero Gorriti en 1955.Tuvieron siete hijos.
4- MARÍA TERESA TORINO ORÚS, nació en Salta, en 1922, casó con Francisca Uriburu Michel y fue abogado. No tuvieron hijos.
5-MARÍA DEL PILAR TORINO ORÚS, nació en Salta, en 1924, casó con Julio Michel Cornejo, abogado en 1949.Tuvieron siete hijos.
6-MANUEL TORINO ORÚS, nació en Salta en 1926.Casó con Carmen Ortiz Sánchez de Bustamante, en 1947.Tuvieron cuatro hijos.

Mis abuelo, don Manuel Almudévar Vallés se casó con mi abuela doña Pilar Casaus López, nacida en el  pueblo de al lado de San Juan de la Peña, llamado Botaya y de donde guardo algún  libro del Padre Larripa, que al cerrar el Monasterio por la misma Desamortización que acabó con el de Montearagón, las habitantes de Botaya,  tomaron algunos, para guardarlos y leerlos en sus casas, impidiendo que fueran abrasados, como lo fue todo el Monasterio  de Montearagón y gran parte del de La Peña.
Siempre se comunicaron por correo los habitantes de casa Almudévar de Siétamo, situada en la Plaza Mayor de Siétamo, con el  matrimonio emigrado. En 1930, en que yo nací, murieron mis dos abuelos. Llegó la guerra Civil y casi todos los papeles, incluidas sus cartas, desaparecieron. No desapareció solamente la correspondencia familiar,  sino además sesenta y tres antiguos cuadros de pintura y libros históricos como Las Crónicas de Diego de Aysa. Yo tengo un borroso recuerdo de los cuadros y de los libros porque mi querida tía Luisa, nos entretenía jugando lejos de tan sagrados recuerdos, para que,  como niños, mis hermanos y yo,  no hiciésemos algún destrozo.
Pero, al llegar la Guerra Civil el año de 1936, tuvimos que huir a Huesca y en nuestra casa se destruyeron y se robaron  muebles, libros, cuadros y todo lo que allí se encontraba. Don José María Trisán de Fañanás, que estaba de chofer con los nacionales, un día, entró en mi casa y en un saco metió todos los papeles antiguos que pudo y los entregó en Huesca en la Farmacia de Llanas Almudévar.  Al volver a Siétamo mi padre,  una vez acabada la Guerra, encontró muy pocas cosas, de las que  se conservan algunas fotografías   disparadas por mi tío Don Feliciano Llanas, unas sacadas del saco del generoso  Trisán y otras de  la Torre de Casaus, que estaba debajo del cerro de San Jorge de Huesca, con su ermita dedicada al santo patrono, que ayudó a los cristianos a conquistar Huesca en 1096 y donde tenía mi familia una vivienda en la que se encontraron cartas de correspondencia, enviadas por los parientes argentinos y un hermoso látigo, que se conserva como nuevo y que también está fotografiado en manos de mi tío José María, vestido de gaucho de la pampa argentina. El látigo con su cámara escondida, en la que se aloja una especie de machete o espadín, que tenía por objeto, sacarlo, unas veces para atacar y otras para defenderse y siempre para domar el ganado y para bailar  Este látigo se guardaba en la Torre de Casaus y después en la casa de Siétamo, muchos años, pues en una fotografía aparece entre las manos de mi tío José María Almudévar, hermano de mi padre Manuel y estando mi tío revestido con un traje de gaucho, que ya está desaparecido. El látigo toda mi familia lo ha tratado con cariño y se conserva como nuevo y se venera como una reliquia, unida al traje de gaucho, de aquellos queridos parientes de la Argentina El bonaerense,  que   se llamaba JOSE ORUS ALMUDEVAR se escribía con mi padre y todavía he encontrado una carta suya escrita en Gijón (Asturias), donde mi padre me dijo que  estaba ocupando el cargo diplomático de Cónsul. Esta carta es de fecha once de Junio de 1926.  Comunica a mi padre que había recibido en Gijón, dos cartas, una para su madre y otra para él y dice que después de leídas, complacido, expidió la primera para América. Escribe con estilo y con gran sensibilidad, pues hablando de las cartas dice así:”De la primera me son particularmente agradables los recuerdos de los riquísimos Mariví (mi hermana mayor) y Lorenzín (primo hermano mío) con sus raras cualidades imitativas del tión lejano que una vez pasó por Siétamo, y que ahora les envía una porción de besos”. Luego escribe: “He encontrado en casa de un amigo de Gijón una obra heráldico-genealógica de colosales proporciones, y en ella, unas notas sobre nuestro apellido. De estas tomé copias literal y fotográfica que considero pertenecen de derecho a mamá y a vosotros, y por consiguiente envío a Buenos Aires y a Siétamo. Van adjuntas”.  Escribe, a continuación de “Nuestra querida Teresina, la que dejó los pinceles en abandono imperdonable, quizá tenga la ocurrencia de hacer, con los elementos que os envío, una copia colorida mucho más perfecta que la que os va. Ojalá sea”. Como escribe José María:”Nuestra querida hermana Teresina, que dejó los pinceles en un abandono imperdonable”, aprendió a pintar de niña, pues era  tarea que utilizaban las familias  para educar a sus hijas. Esta educación artística y disciplinada, le fue impartida en mil ochocientos y pico y en 1926,  José María Orús, escribe que Teresina “quizá tenga la ocurrencia de hacer, con los elemento que os envío, una copia colorida mucho más perfecta que la que os va”.  Lamentábase  el cariñoso pariente de que Teresina no pudiera pintarnos algún retrato de la familia o algún colorido paisaje. Aquella carta fue escrita en Gijón el once de Junio del año 1926, año en el que todavía no había venido yo  al Mundo. No sé si enviaría a mi casa, alguna obra en color, porque el año 1936, estalló la Guerra Civil, lo que no dio tiempo a mi familia para recoger nada, pues entre otras obras,  los “rojos” se llevaron sesenta y tres cuadros de nuestra casa. Esto no fue nada, porque salimos vivos todos los miembros de la familia, no como le ocurrió a Mosen Jesús Vallés Almudévar de Fañánas, doblemente pariente vuestro y nuestro, al que le fusilaron a su buena madre y a su hermano de unos dieciséis años. Mi hermana María, la única que conmigo queda de los seis hermanos, me dice que mi padre, después de la Guerra Civil, recibió una tarjeta de felicitación por haber salido de ella, sanos y salvos. No se acuerda María de quien fue el argentino que la escribió, pero yo creo que fue Manuel Orús Almudévar, que se murió hace pocos años. A Jesús Vallés, lo conocieron Manuel Torino  y sus hermanas Carmen y Pilar, cuando ya hace muchos años los recibimos en mi casa de Siétamo, enseñándoles la fotografía de su madre TERESINA ALMUDEVAR.  Sintió ella una emoción al encontrarse retratada a su madre, que la impulsó a decir toda emocionada: “¡mi mamá!”. Después fuimos a comer con José Antonio Llanas Almudévar y con Jesús Vallés, también Almudévar y pariente vuestro  y nuestro, con vosotros por los apellidos Vallés y Almudévar. Hace unos pocos años murió el sacerdote Jesús Vallés Almudévar, al que para la Guerra Civil, le mataron a su madre y un hermano. Teníamos apellidos comunes pero usábamos muchos nombres familiares en unos y en otros, como, por ejemplo Manuel, José María, Antonio, Margarita y Teresina. 
El  retrato con carboncillo de MANUEL ORUS, nacido en 1889, que  fue abogado y Juez Nacional de Primera Instancia como pone en la parte posterior del mismo y escrito por mi padre, tiene veinticuatro centímetros de altura por dieciocho de anchura. Está dibujado sobre una recia cartulina y dibujado con lápiz, resultando un retrato de gran belleza. Tengo una fotografía de MANUEL ORUS ALMUDEVAR, enviada a mi padre y sacada en 1933 y un retrato dibujado a  lápiz y realizado  el mismo año de 1933. En la fotografía se ve la bondad de los  ORUS  ALMUDEVAR, su tranquilidad acompañada de un gran sentido de la justicia, su elegancia  y en el dibujo se cruza su mirada penetrante y serena con la del que siente la necesidad de interrogarle. No eran la fotografía  y el retrato de José María, pero al leer la carta que éste  escribe a  mi padre, estoy leyéndolo a él, pero representándose en mi cabeza la imagen de MANUEL ORÚS  ALMUDEVAR, dos hermanos gemelos en su físico y en su espíritu.
  José María, escribe desde Gijón una carta familiar, genealógica y moral, que dice del hermano de mi padre, eternamente soltero y conocedor del único oficio de  la vida en que no se trabaja, que es el de vividor.   Dice de él : ”Otro “imperdonable” tenemos en la familia: mi tocayo. Invítalo de mi parte a calificar su actitud de reiterado silencio ante mis cartas. Dile que yo no quiero hacerlo, por temor a subirme un poco en la calificación; pero que él, con mayor confianza consigo mismo, puede apretar cuanto quiera en los adjetivos, seguro de que nunca me parecerán exagerados”. ¡Dios mío,  qué razón tenía José María Orús Almudévar, al diagnosticar la “vagancia” de su primo José María Almudévar!.
No es que su primo y tío mío José María Almudévar fuera malo y no quisiera tratos con  sus familiares, sino que siempre estaba alegre y de conversación con todo aquel con el que se encontraba. Pero no quería obligaciones que le obligaran a trabajar o hacer el sacrificio, de simplemente, escribir una carta o contestarla. No fue el hermano heredero, pero tenía derecho a vivir en casa  Almudévar, sin trabajar ni manualmente ni administrativamente. Estuvo algún tiempo en Zaragoza, para estudiar la carrera de Ingeniero. No aprobó ninguna asignatura y al llegar a su casa de Siétamo, le preguntó su padre que era lo que prefería, si estudiar o no. El padre de José María, don Manuel Almudévar Vallés, fue un hombre trabajador, pues llegó a levantar la Fábrica de Harinas de Siétamo, pero a su hijo no le transmitió la cualidad de ser útil,  por medio del trabajo para la sociedad humana.  El, como si se encontrara en apuros, no se tomó la molestia de contestarle y allí se dedicó a vivir, primeramente  en Siétamo y después de la Guerra Civil en la Torre de Casaus de Huesca, cuando sus hermanos le ofrecieron la oportunidad de ser transportista, a lo que no contestó, como no contestaba a las cartas de su primo José María Orús. Pero siempre fue  acompañado y siempre servido por su hermana y tía mía, Luisa. Esta fue una santa mujer, pues siempre estaba sometida por el amor al prójimo. Cuando éramos niños, a mis hermanos y a mí, algunos montados en la burra torda, nos bajaba a todos a bañarnos al río Guatizalema, donde nos instalaba al lado de una fuente y nos servía agradables meriendas. En Huesca apoyaba a los que pasaban apuros económicos y llevaba alimentos a diversos conventos de clausura. A José María le ayudó a pasar una vida feliz. Montaba en su caballo y paseaba por el monte y en ocasiones cazaba algún conejo o perdiz, pero no se apeaba del caballo para recoger ninguna pieza, porque ¿cómo se iba a sacrificar?. En el hogar siempre estaba de conversación humorística y yo me acuerdo de cómo en una ocasión levantaba la cabeza y se miraba con cara de mal genio, torcía la boca y me  preguntaba que quien era aquel personaje, que estaba representando.  Me dijo  que era Musolini, el rostro del político, que estaba imitando y yo, con sólo cinco años, también imitaba la figura todopoderosa del dictador. Aquello, después me ha parecido una profecía de mi tío José María de la proximidad de la Guerra Civil,  que iba a llegar muy pronto.  En la Guerra Civil por no tener ya edad para ingresar en el Ejército, hacía por las noches vigilancia por las trincheras voluntariamente y no lo pasó muy mal, pues se consolaba echándose buenos tragos de vino. Fue feliz, mi tío José María, pues nadie de la familia le achacó ningún vicio ni  defecto. Sólo su primo y tocayo José María Orús Almudévar, lo quiso enmendar. En la carta que desde Gijón le envió a mi padre, le decía: “Otro imperdonable  tenemos en la  familia: mi tocayo, invítalo de mi parte a calificar su actitud de reiterado silencio ante mis cartas”. Acaba esta carta, escribiendo:”Sólo un temor me asalta en este caso, porque lo sé honrado; y es el de que imite a aquel prototipo de la honradez y de la justicia que, a puñetazos, se puso a sí mismo un ojo negro por haber descubierto que hacía trampas en un solitario”. Y después de esta anécdota moral le pone a su primo:”Que no te dé tan fuerte, José María y que me contestes, ¡concho!”. Mi tío José María, era feliz leyendo todos los días el periódico ABC y recibiendo tus cartas, unas procedentes de Gijón y otras desde la Argentina y lo demostraba, revistiéndose con las ropas de gaucho que le mandasteis desde la sonora Argentina y haciendo exhibiciones con el látigo precioso con el que hacía ejercicios como los hacían  los gauchos en la Pampa. Bueno, quizá exagere con esta afirmación, porque el látigo está igual que nuevo con los años que hace que su familia nos lo envió a Siétamo.  Don Feliciano Llanas sacó una  fotografía de José María con la ropa de gaucho y  agitando el látigo.
José María Orús Almudévar en su carta dirigida a mi padre el día 0nce de Junio de 1926, muestra un gran amor a su familia que se quedó en Siétamo, en tanto su madre unida con su padre, emigró a la Argentina. ¡Con qué delicadeza trata a mi hermana Mariví y a mi primo Lorenzín! y habla de “sus raras cualidades imitativas del tión lejano, que una vez pasó por Siétamo, y que ahora les envía una porción de besos”. Envió a los Almudévar de Siétamo “copias literal y fotográfica de una colección heráldico-genealógica”, diciéndoles que “pertenecen de derecho a mamá y a vosotros”. Hoy ,después de ochenta y seis años de recibir el dibujo del Escudo de Armas de los Almudévar y no queriendo ser tan poco cumplidor como mi tío José María, os envío una fotografía del escudo de los Orús.
El tiempo va pasando y de la misma forma que ya no podréis lucir lar Armas de Almudévar, quizá tampoco os den categoría las de Orús, aunque ya la poséis. Sin embargo, después de leer la carta de José María Orús Almudévar a mi padre Manuel Almudévar, me ha dado la impresión de que  el tiempo pasa para los hombres, por lo menos por sus cuerpos, pero nuestros espíritus, deben volar por los caminos de Dios, que es eterno. Y de la misma forma que yo he recibido una gran satisfacción con la contemplación del retrato y de la fotografía de Manolo Orús Almudévar y he aplicado su mirada a José María, ambos por los cielos se acordarán de nosotros,  aunque ya no tienen laringe ni boca para hablarnos, ni oídos para escucharnos; pero  tendrán medios para enterarse del agradecimiento que yo, Ignacio Almudévar les envío por sus rasgos y por sus palabras. Manolo Orús Almudévar, del que tú, MANUEL TORINO, en tu carta del 24 de Julio de 1977, me recuerdas que poseo su fotografía.
Pero conservo una fotografía, sacada en Buenos Aires, que el día uno de Enero de 1903, recibida en casa Almudévar de Siétamo, en la que aparece una bellísima y elegante dama, todavía muy joven, que representa a Doña TERESINA  ALMUDEVAR VALLES, casada con ANTONIO ORUS VALLES, tía de mi padre y madre de siete  hijos e hijas, con los apellidos ORUS y ALMUDEVAR. El año 1977, me escribió MANUEL TORINO ORUS y me decía:” Ayer día 23 de Julio, fui a visitar a MANOLO ORUS (¿recuerdas que tú tienes su fotografía?) y con unos pocos papeles que conserva y un mucho de su memoria, hemos compuesto los datos que te envío en hojas separadas. Puede haber algún error en las fechas, pero son, en general correctas y los que hubiese de menor cuantía).Dice a continuación que “desde que nos despedimos, continuamos nuestro viaje con CARMEN y PILAR….” Los tres coincidimos en que el hecho de “encontrarnos a  ti  y los tuyos y todos los primos con quienes estuvimos, fue lo que nos “hizo” del viaje, sin duda, lo más agradable que nos ocurrió”.  
Su hija se emocionó al contemplarla, con un cariño semejante al de mi padre, que guardaba esa fotografía, después de haber sufrido los dolores de una Guerra Civil y criminal, como quien conserva un santo o un antepasado suyo. A mí me da la impresión de que alguna devoción me transmitiría, porque al encontrar en la Plaza Mayor de Siétamo, a sus hijos, como una chispa me vino el recuerdo de la fotografía de TERESINA ALMUDEVAR, y corriendo los acompañé al despacho donde la guardaba y se la mostré. Les di una copia de esa emigrante española, bella, elegante  y  simpática, más animada  que mi tío José María Almudévar Casaus. Supongo que la conservaréis, como yo, pues también os la presento en este escrito.  
 Al despedirse no se olvida de nadie, pues escribe: ”Recuérdanos a Jesús, A Luis y  Mariví, a José Antonio y María Antonia y sus hijos, particularmente a María Teresa para que no nos olvide.
A Felisa y los chicos muchos cariños, muy especiales de CARMEN para la pequeña Pilar, y para ti un agradecido y cariñoso abrazo de CARMEN  y MANOLO. 

Las golondrinas

Cuando iba a visitar o a vacunar algún animal doméstico por el Somontano, me fijaba  en las golondrinas, que anidaban en los cubiertos, deba...