domingo, 18 de agosto de 2013

No hacen pie




Cuadro de Monet

Siempre, es decir a lo largo de nuestra vida, han existido jubilados, pero no tantos como ahora, pues es raro que alguien, al llegar a la edad próxima a la vejez, no perciba la jubilación. Hace poco, se encontraron  dos de éstos, más o menos felices señores, según la cantidad de retiro que les quedara, y hablando de lo bien que lo pasaban, uno  de ellos exclamó:”¡ Sí que vivimos bien, pero esto debía durar , por lo menos, veinticinco años!”. La jubilación tiene lugar, normalmente a los sesenta y cinco o setenta años, a los que añadiendo veinticinco, resultaría que  tendríamos que vivir de noventa a noventa y cinco años.

Estos casos que ocurren todos los días y , al parecer, desde hace siglos, ponen de manifiesto que el hombre quiere vivir bien y mucho tiempo y aunque algunos lo alcanzan, a otros en la vida  “los llevan como trapos, que no hacen pie”, según una expresión manifestada por una señora de Angüés. ¿Qué quería decir  la buena señora?. Pues sencillamente , que hay personas  que recuerdan a los trapos, porque ni ellas ni ésta tienen peso, ni tienen vigor, ni energía, ni pueden actuar por su cuenta, pues como añade en su frase “no hacen pie”, no pueden tenerse en pie, ni andar ni desplazarse por donde les apetezca, ni crear algo en su vida.

Es decir,  que podemos vivir mucho  o poco tiempo y podemos vivir bien o sufrir mucho y después de una clase de vida a otra, moriremos. Ya nos lo recuerdan el Miércoles de Ceniza cuando nos dicen “memento homo quia pulvis es et in pulverim reverteris”.

Pero si miramos el cuadro de nuestras vidas, veremos los bueno ratos pasados, de los que a veces nos acordamos, casi de repente, como si se abriera en nuestra conciencia un telón, que nos impedía verlos. Si,  aquello ha pasado, pero igual que otros recuerdos tristes o creativos entraron  a formar parte de nuestra historia. En casos creativos que hacen que hacen evidente nuestra historia. En actos creativos que hacen evidente nuestra historia, como son nuestros hijos y nuestras obras, nuestro trabajo, concretado en  edificios, plazas,  carreteras, parques , etcétera, la labor  visible, dice algo al ciudadano. Los años que hemos vivido,  podemos recordarlos y juzgarlos, por ejemplo, pensando en la ausencia de la ciudad de Huesca al otro lado de la vía del tren y juzgando que ahora que la ciudad se asienta allí, ¿cómo sigue la vía férrea separando  la ciudad en dos partes?.( ahora ya se ha desalojado la vía férrea por el centro de la ciudad).

Pero a nuestras memorias particulares se suman las de todos nuestros antepasados, cuyo conjunto forma la memoria histórica, a la que tenemos que ser fieles, tratando de conservar y crear los proyectos de dicha memoria, como conservaron la Universidad de Quinto Sertorio, que nos fue arrebatada, pero siendo fieles a ella, debemos reconstruir, porque si somos infieles  a la Historia, caeremos en el suicidio colectivo. Y es que el tiempo pasado existe, como un recuerdo, en el presente y si tratamos de olvidar ese pasado, perderemos lo que ahora, en el presente, ha de hacer que Huesca sea Ciudad Vencedora: Urbs Victrix. No debemos olvidar el pasado, pero debemos  hacer que llegue  la comunicación con Francia, que ya Carlomagno apeteció.

Y existen grandes altoaragoneses, unos alumnos de nuestra Universidad, como los Azara, y otros que estudiaron en Huesca, como Ramón y Cajal, como Costa, que se murieron pero han impregnado nuestra Historia,  nuestras vidas, de una ideas y de unos ideales que permanecerán entre nosotros, de los que muchos altoaragoneses son parientes, aunque no lo puedan demostrar, de esos hombres famosos y de otros que también han contribuido a formar nuestra memoria histórica. Unos vivieron largo tiempo, otros murieron jóvenes, a veces con sus cuerpos  como  ”trapos que no hacían pie”, como por ejemplo Costa, pero colaboraron en la formación de nuestra historia.

Los hombres fueron los que realizaron los acontecimientos históricos y crearon Montearagón, el Temple y su barrio y en Montearagón se hacían rogativas, bajo el patronazgo de San Victorián, para regar los campos y cada vez que uno pasa por la carreteraN-240, se lamenta de su fin, pro la memoria histórica nos lleva a crear algo que siga haciendo Montearagón  lo que hacía hace siglos, que es riego y por eso Huesca pide su pantano.

Montearagón se quemó y las palas excavadoras tiraron los restos del  temple y ahora en él  y en su zona se ven los “trapos  que no hacen pie” de su construcción, que se juntan con los “trapos” que formamos muchos de los hombres viejos y es necesario que se arreglen esas situaciones para confirmar que el tiempo ha pasado, pero creando otros edificios nobles que sustituyan a aquellos que lo fueron. Así demostraremos los oscenses que,  además de dejar al tiempo futuro obras visibles y tangibles y que fomenten la memoria histórica de nuestra ciudad.

Alcalde rebelde





Un alcalde democrático se volvió ácrata por un momento. Yo no lo hubiera podido creer y el alcalde no sabrá nunca que hubo un testigo de su rebelión. Este testigo es una persona inteligente que comprendió la actitud del rebelde, que me la contó a mí en secreto, sin darse cuenta de que los secretos compartidos, dejan de serlo.

Pero me reafirmo en mi aserto de que él,  durante muchos años  portador de la banda y el bastón, no sabrá nunca que hubo un testigo. No lo sabrá porque es de una lejana provincia, donde es difícil que lleguen noticias nuestras. Y se preguntarán  mis lectores: ¿en qué consistió su rebelión?. Fue primaria, simple y bajo visceral. En una noche de insomnio salió a dar una vuelta por las calles de sus mal llamados dominios y no viendo a nadie en ellas, no por necesidad perentoria, sino por un impulso de rebeldía incontenible contra su propia autoridad, se la sacó y se meó en plena calle, andando y dibujando eses líquidas en el pavimento. Se subió la cremallera y levantando la mano, exclamó:  ¡me gibo en todo!.

Por primera vez en su vida había roto el mito de su propia autoridad, había desbaratado el rito y había pasado del pito de la municipales para hacer uso del suyo propio. No era un hipócrita aquel señor, nunca abusó de aquel poder que el pueblo le había echado sobre sus hombros, pues como el pueblo se lo había dado, no podía volverlo contra él. Siempre antepuso los intereses del municipio a los suyos propios. Siempre tuvo que aguantar las pasiones de los de arriba y las impertinencias de los de abajo. Siempre tuvo que pedir favores, pero nunca para sí mismo. Nunca tuvo a todos contentos. Siempre pasó  por autoridad y siempre fue esclavo. Y es normal que los esclavos se subleven, pero lo extraño fue la forma de hacerlo. Un alcalde sueco se había suicidado; uno de la India se hubiera hecho yogui; un italiano se hubiera escapado con la secretaria, y un americano se hubiera emborrachado con Whisky; pero el español, más demócrata que ninguno, quiso manifestarse con los mismos procedimientos de rebeldía que el pueblo. Claro que si lo pescan, como al  alcalde no se le perdona nada, lo hubieran  llevado al manicomio para seguir prisionero. Por lo menos allí le quedaría el consuelo de creerse Napoleón.

sábado, 17 de agosto de 2013

Cuando las casas hablan





Avenida Monreal nº 1

Justamente donde la Urbe oscense se acababa, hace de esto unos sesenta o setenta años, subiendo por el Coso Alto y allí donde tan noble calle o avenida se bifurca, en su lado izquierdo comienza la Avenida de Monreal y en ella se encontraba la casa de la madre de mi amigo López. El Coso Alto se separa en dos calles, una la Avenida de Monreal y otra por la Calle Costa.  Se pusieron carteles donde están señalados los nombres de ambas calles y separados el uno del otro, a unos tres metros y medio.

El nombre del Coso Alto se puede leer en el límite de la última casa de tal calle, que está como nueva, y el cartel en que está escrito el nombre de la Avenida de Monreal, pende de la primera casa del lado izquierdo de dicha Avenida. La casa que soporta dicho cartel no está nueva, porque yo al recordar otros tiempos, en que acudí a ella acompañando al hijo de su dueña, se me representan en la memoria la belleza de dicha dueña y el carácter arquitectónico de la entonces hermosa casa.

Tendríamos ambos amigos, Toñín y yo, unos diez años y unas ganas enormes de jugar, de ver los animales, de amar y ser amados por otras personas y de contemplar la originalidad de la arquitectura de los edificios, como la  de aquel,  que estaba construido como la primera casa de la Avenida de Monreal.

En la casa, propiedad de la madre de Toñín,  que viéndola entrar en su piso, me dejaba anonadado por su belleza, su elegancia y por otra parte su soledad, porque ya no vivía su querido esposo. Parecía estar esperándolo, dentro del piso y por eso no estaba, cuando yo iba acompañando a su hijo, con su ropaje descuidado, sino que iba  muy bien vestida y con su peinado impecable, que rodeaba aquella cara hermosa y triste al mismo tiempo. Al entrar su hijo parecía que su rostro se iluminaba y a mí, me trataba con cariño. Poco tiempo estábamos en la vivienda pues luego, bajábamos del piso por una escalera al jardín y al huerto. Otras veces entrábamos directamente al huerto, por un portal, que hoy está tabicado, como si fuera una puerta falsa, por la que  podían pasar carros y parejas de mulas para labrar y llevar estiércol. Por esa puerta entrábamos a recorrer el jardín y el huerto, aquel exhibiendo sus flores y éste sus lechugas, coles, pepinos y calabazas, que el hortelano regaba con la acequia por la que corría el agua. Al lado de la acequia unas viejas higueras te invitaban a comer algunos de sus dulces higos. Desde los cristales de la ventana posterior del piso, se veía el paisaje descrito, que resaltaba a la casa, dándole el doble aspecto de su elegante arquitectura, acompañada o adornada por la Naturaleza, que con sus aguas regaba las flores y las frutas.

Entonces no estaban todavía construidas las casas que ocupan sus lados, ni las de enfrente, pero la casa de mi amigo Toñín resultaba agradable al mirarla  y al contemplarla.

Toñín era generoso y cogía para sus amigos huevos de la pequeña granja, que estaba al lado del huerto, para que el olor, los cacareos de las gallinas  y los insectos no molestaran a los habitantes de la casa y aquellos huevos, haciendo una pequeña hoguera, los cocía y transformaba en huevos duros, que con gran placer nos comíamos, acompañados con unas hojas de lechuga.

No  sé en qué  año se construiría la casa  ni quien la hiciera, pero al pasar por delante de ella en estos años primeros del 2.000, en mi corazón se han juntado el recuerdo de su bella señora viuda, dueña del edificio y de su hijo, gran amigo mío, que siempre iban elegantemente vestidos, con la desagradable presencia de la vejez, que se llevó a la señora y que se ha apoderado de su fachada, que al mirarla me produce una horrible congoja.

En la mitad del siglo XIX, se buscó una arquitectura guiada por la tecnificación, en la que había que destacar una racionalidad constructiva, en la que dentro de la belleza, se buscara la comodidad y el aprovechamiento del terreno, pero generalmente se tendió a la proliferación de la plasticidad de las fachadas, recargándolas de elementos decorativos.

Esos elementos decorativos ya no estarían basados en la piedra y en los mármoles, sino en el cemento, con el que están construidos  las puertas y ventanas, los balcones y los  “canetes”  del alero. En la fachada se ven geométricamente unos mosaicos verdes con una flor en el centro. Encima del balcón hay una figura de cabeza femenina, que a mí me recuerda a la dama viuda, hermosa, madre de mi amigo y sueño que cuando derriben la casa, alguien la guarde, la recomponga y exponga en un lugar agradable de su casa.

Así como el puente colgante de San Miguel, construido en 1917, contrasta con la piedra de la iglesia del convento, la casa de la dama ha mirado desde que la construyeron a la Casa del Barco, donde se encontraban los jardines del Señor Abarca, con su noble escudo, que se conserva en el jardín de la casa de Don Eliseo Carrera.

En Huesca hemos acabado con numerosas obras  arquitectónicas como el Convento de San Bernardo, la Sinagoga de Barrio Nuevo, la casa de Carderera, el Teatro principal y estamos viendo cómo se arruinan las murallas y la casa de la Avenida de Monreal.

No sólo hemos de tener presente el respeto a las piedras, sino también el amor a las personas que crearon  esos monumentos, unos con su trabajo manual y otros con su esfuerzo intelectual. Me acuerdo en estos momentos de mi tía Pilar Carderera Almudévar, que con sus ropas antiguas, con su mantilla y apoyada en su bastón, la encontraba caminando por esas calles oscenses y otras veces me recibía en su casa noble y bella. En aquel patio encontraba a sus porteros, él gran músico que dirigía la enseñanza de tal arte y su físicamente gruesa, amable y siempre sonriente esposa, que eran ambos naturales de mí y de su pueblo de Siétamo.   

Para Dios no hay ni pasado ni futuro, todo está presente para Él. Los hombres debíamos también tener presentes a nuestras mujeres y a nuestros hombres del pasado juntamente con sus monumentos.

jueves, 15 de agosto de 2013

Del cero al infinito


Hay personas que por su profesión tratan continuamente con los números, tanto que a veces se les “bailan” en el cerebro haciendo su huelga particular, perdiendo la frialdad que les caracteriza y entrando en juerga, hartos de ser manipulados en contantes sumas, restas, multiplicaciones y divisiones. Están los pobres números hartos de cuadrar y de ser cuadrados y se sublevan y se “rebailan” con gran regocijo para ellos y enorme confusión y enojo para el cerebro, ya mecánico,  ya humano que trata de someterlos a la exacta e implacable disciplina de las matemáticas.
Hay profesores que pueden mantener disciplinados a veinte o treinta alumnos, y hay líderes y dictadores que someten a disciplina a millones de personas. De la misma manera hay cerebros que con la ayuda de los dedos de las manos controlan hasta el número diez; los hay más aventajados que pueden llegar a dominar veinte números, ayudándose, además, con los dedos de los pies, y algunos  a veintitrés contando las dos orejas y la nariz. De la misma manera que hay dictadores que con la colaboración de máquinas infernales dominan una turbamulta de números con la ayuda de máquinas  electrónicas, que también llevan el camino de ser  nuestras  dictadoras.
A mí los números no me engañan, porque  no he intentado nunca hacerlos trabajar; para mí son amigos, como las letras y cuando los veo no me pongo serio, como todo el mundo, al entrar en contacto con ellos, sino que me causan gracia y mi imaginación se pone a jugar con ellos. El I romano, es para mí, un niño o un soldadito, y si pongo uno detrás de otro,  son dos niños o tres o cuatro o una fila de niños en procesión o una línea de soldados en formación. Si hago el uno corriente es como si todos los niños o soldados se hubiesen colocado una visera. Si veo un 2, me parece ver un cisne, y aunque sé de memoria que “dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis”, yo veo un cisne, dos cisnes, tres cisnes, un ballet de cisnes. El tres me hace pensar en un trío musical, en una troika rusa, en un triunvirato romano, en un triángulo de percusión, en un triángulo masónico, en el de las Bermudas; en Pitágoras, en un fraile trinitario, en la Trimurtí  india y en el Misterio de la Santísima Trinidad.
Hubo en tiempos pasados alguien que quiso desacreditar al tres y sacó aquello de que “tres eran tres, las hijas de Elena; tres eran tres y ninguna era buena”. No sé cómo serían las hijas de Elena, pero yo no veo al tres implicado en su buena o mala conducta. El cuatro es una “silleta” de iglesia o el marco de un cuadro y además, con un seis y un cuatro, se saca “la cara de tu retrato”. Para los niños el cuatro es muy simpático, pues a todos  les han cantado “cuatro esquinitas tiene  tú  cuna y un angelito en cada una”.
El cinco representa el equilibrio, porque es el más centrado, no en vano hay un “cinco malo”. Además es el más fácil de multiplicar y muy fácil de sumar. Además hay una canción infantil que a Rodríguez de La Fuente le hubiera encantado y que dice “cinco lobitos tiene la loba, cinco lobitos detrás de  la escoba, cinco tenía y cinco  crio y a los cinco lobitos, de comer les dio”.
El seis tiene la frente muy amplia y un ojo muy despejado; representa la media docena y en el juego del Dominó y de los Dados, es un número señor.
El siete parece un uno con pajarita, para disimular su humilde aspecto, pero es el número que  encierra más arcanos y el que más sorpresas depara. Es el número de mi devoción, pues nací en un pueblo que se llama Siétamo o Sieteno  (que en fabla aragonenca es séptimo). Dios hizo el mundo en siete días y setenta veces siete es el número de los elegidos. El candelabro del Templo de Salomón tenía siete brazos, tantos como  cabezas tenía la bestia del apocalipsis, sobre la que se sentaba la prostituta que ofrecía veneno en una copa de oro. Siete vidas tiene un gato, ¡marramamiaú, miau, miau!, siete vidas tiene el gato, siete vidas tiene el gato,  que resucitó al olor de la sardina.
Ha habido varias  guerras de los Siete Años, entre ellas la nuestra, la primera guerra carlista. Y me acuerdo de la  Leyenda de los Siete Sabios y del cuento de “Blanca Nieves y los siete enanitos” y de los “Siete cerditos y el lobo feroz”. El que quiera jugar puede hacerlo al Siete y Medio. La Biblia nos habla de siete años de vacas gordas y siete de vacas flacas. Si ahora nos encontramos en este último período, nos queda el recurso de encomendarnos a los Siete Dolores de la Virgen y el de contraponer a los siete pecados capitales, otros siete virtudes. Si Castilla tenía el Código de las Siete Partidas, Aragón tenía el Consejo de los Siete de la Rota, que colaboraban con el Justicia Mayor. Y así como Joaquín Costa le echaba siete llaves al sepulcro del Cid, yo le echo siete llaves al número siete.
El número ocho tiene su cabeza mirando al cielo y su abdomen en el suelo, mira igual a un lado que a otro, es un número muy equilibrado, muy rechoncho, muy señor y muy satisfecho de sí mismo, pues la gente dice que aquel que está ufano,  está “más hueco que un ocho”
El nueve, por ser el más elevado, tiene muy desarrollada su cabeza y el cuerpo de asceta.
Pero todos los números viven en perfecta democracia; no hay ninguno que se quiera imponer a los demás, porque saben que colocándose el uno, un cero a la derecha, sobrepasa al nueve, y si éste hace lo mismo, el uno se coloca dos ceros y esta lucha por el poder saben que es absurda, porque no acabaría nunca, como pasa entre los hombres. Así que cada número representa su papel; cada uno hace lo que sabe,  y de esa conjunción perfecta y contando con la colaboración del cero, aspiran a alcanzar el infinito.
De esta forma el cero, que para algunos no representa nada, es el meollo  de la cuestión numérica;  es el más despreciado, pero el más centrado, el que se ha encontrado a sí mismo, el más redondo y el más colaborador.

Los números son mis amigos y por eso no quiero hacerlos trabajar. Si buscan un contable, no cuenten conmigo, aunque ahora, con eso de la Declaración de la Renta, todos somos contables por decreto.

martes, 13 de agosto de 2013

Al vuelo. (1982)





Esperando que las campanas del reloj señalen el comienzo de un nuevo año, miré a la pantalla de la televisión y salió un hombrecillo orgulloso de sí mismo; lleva el pelo como una mujer entrada en años, de clase media de los años treinta y tantos. Sus ojos pequeños, como los tienen los elefantes, interrogan de continuo, al cielo a la tierra o ¿al vacío?. Dice,  con solemne voz, que tiene el corazón en carne viva y que todo es tristeza sin “ella”, pero da la sensación de que todo es teatro. Un modelo anatómico femenino llama a los caballeros, cantando: ¡caliente, caliente!, pero aquellos no le siguen, aunque sí le hacen la corte una serie de barandas, desnudos de cintura hacia arriba. Uno, con chaqueta de cuero, canta la canción de los pantalones para introducir la idea de su uso, pero unas “gachises” con las piernas al aire, exclaman:¡mala idea!, ¡glogló!.  ¡Mala idea! , y el tío fuma displicente.
La presentadora,  en algunos planos toda piernas, con cabeza ovalada,  pómulos salientes y dientes ralos, sigue presentando. Ahora le toca a otro que parece mujer,  climatérica e inglesa, pero que canta una bella canción, acompañándose con su piano de cola. Me gustaría entender su letra. Estamos ante otro inglés, que hace poco bulto; no sé de donde sale tanta voz y tanto sentimiento. Oculta sus ojos con gafas redondas y oscuras para mejor replegarse en sí mismo. Aparecen otras “gachises”, que también son inglesas, pero bien peinadas, de bellos ojos. Su hermosura recuerda la aristocrática, Inglaterra y Victoriana, tan decadente, al menos en el aspecto exterior de sus hombres actuales. Cantan : ¡Sólo tú y sólo yo, uá, uá, uá, lalalá!. Un arpa entre los brazos de un artista, que le arranca bellas notas, como el cantante añora a su amada entre los brazos, pero sólo grita ¡uá, uá, uá!.
Aparece un nuevo Gardel, bohemio dice él, pero viste impecablemente. De todas formas “no es por casualidad” que este latino, correcaminos y ardiente como una copa de vino, ganara el festival de la OTI.
Jeanette parece que no ha roto nunca un plato, pero canta de noches de amor, de las que sólo le quedan ganas de llorar. Yo creía que las ratoncitas mordían, pero no lloraban.
Se me hace muy simpático un señor mayor, casi calvo, con gruesas gafas caídas hacia adelante y bigotes, cuyos pelos acarician la boquilla de la trompeta que emite sonidos de “Tres gardenias para ti”.
Cuando falta poco para las doce, aparece Julio Iglesias evocando a su hija. A estas horas estará evocando a su padre y yo me acuerdo de tantas personas para las cuales la Noche Vieja, resulta penosa.
En el reloj de la Puerta del Sol y en el de la Torre de la Iglesia de mi pueblo, van a sonar las campanadas.  Abro el balcón y se confunde el griterío madrileño con el de los mozos de Siétamo. Trago los doce granos de uva de Almería, tan iguales, tan artificiales como los cantantes y me acuerdo de cuando comía la uva, colgada en los maderos del desván, de granos tan naturales como la espontaneidad de los mozos al gritar: ¡Feliz Año Nuevo!.


Aún nos quedan las ranas

 La Grenota. No sé que tiene la rana, tan verde tan simpática, que cantando su cu-cú a las orillas del agua, hacía que el caballero con su c...