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| Monasterio de Casbas (Huesca) |
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| Baltasar Gracian |
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| Monasterio de Casbas (Huesca) |
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| Baltasar Gracian |
Pascual tenía Montenegro por apellido y haciendo honor a este apellido era cetrino de piel, tirando a negro. He intentado saber de donde era y así como de la Parrala unos decían que era de Moguer y otros que de Palos, no he logrado enterarme, aunque no creo que fuese tarea dificultosa el averiguarlo. Así como Simón en el pueblo era el único enterrador, Pascual fue en Huesca el último que condujo a los difuntos en un coche de caballos mortuorio, como una Carroza en la que se hacía el último viaje y no triunfal precisamente. Era tirada esa Carroza por un tronco de caballos negros con un penacho blanco entre sus cortas orejas. Pascual iba revestido de negra librea con alamares dorados, que concordaba con su rostro moreno y taciturno. A su paso por los Porches, la gente se levantaba de sus butacas del Flor, del Universal y de los varios bares, que allí estaban ubicados y unos inclinaban reverentemente la cabeza y otros hacían devotamente la Señal de la Cruz. Años antes el difunto era conducido a hombros hasta los Porches, donde se introducía en la Carroza, allí se disolvía el duelo y los más allegados iban al cementerio. Los había que no respetaban ni la muerte, como un cestero apodado Carrusco, que en cierta ocasión, cuando iba a ser introducido el féretro en la Carroza, arreó a los caballos que se arrancaron veloces. Los que iban en el duelo no vieron oportuno ponerse a gritar por no romper el silencio respetuoso que acompaña a tan tristes despedidas. Pascual emprendió el camino tan trillado por sus caballos y rutinariamente con su trote monótono alcanzó las puertas del Campo Santo, dio una voz al conserje gritando: ¡sacadme a ese, que tengo prisa!.No le faltaba razón pues en épocas de epidemias hacía conducciones a destajo por ser el único conductor de la única Carroza Funeraria de la ciudad. El conserje llamó a los enterradores, que acudieron presurosos y comprobaron atónitos que el muerto se había perdido y exclamó: ¡ya me ha jodido Carrusco!.Desde entonces muchos oscenses llamaban a Pascual el “Pierde Muertos”. Hizo volver rápidamente a sus corceles hacia la ciudad y cuando llegaba a la altura de la Fuente del Ibón, hoy paso a nivel del ferrocarril, divisó desde su pescante el cortejo funeral; los portadores del féretro avanzaban lentamente y cansados por el peso del muerto, uno exclamó: ¡ya era hora de que aparecieras y no vuelvas a perder más muertos!.
Montenegro quería mucho a sus caballos y dormía con ellos en la cuadra, cuando iba a los bares a tomar café les guardaba el azúcar y al volver a los establos que estaban en la huerta del Hospicio relinchaban de alegría, al tiempo que orientaban sus orejas al lugar por donde venía.
Eran los pobres animales muy bien aprovechados, pues en sus ratos libres labraban la huerta, la granja de la Diputación, acarreaban la leña y el carbón y llevaban el oxígeno al Hospital Provincial. En cierta ocasión el señor Antonio dio varios latigazos a uno de los caballos injustamente, pues lo había sobrecargado; el pobre animal trató de defenderse y se incorporó agitando sus manos sobre el agresor, como el caballo Furia de las películas; llegó entonces Pascual y le gritó: ¡Sultán, Sultán! Y este sé apacigüó y acudió mansamente a lamerle las manos. No tenía miedo a nada, ni a los muertos ni a la muerte; dormía debajo de las patas de los caballos, que tenían cuidado de no hacerle daño. Hasta las ratas que pasaban por encima de su cuerpo, le respetaban y no le mordían; sólo los hombres quisieron hacerle daño pues en cierta ocasión lo llevaron a fusilar y no protestó, ya que estaba tan acostumbrado al camino de la muerte que lo debió encontrar natural y si no se dan cuenta por terceros de que llevaban el reo cambiado, aquel día, hubiera sido el último de su vida.
No era amigo de los hombres vivos, solo lo era de los muertos y de los animales, quería a los gatos, a los perros y a los caballos Sultán y Lucero, que cuando recibían su orden de enganchar, enculaban solos en las varas de la carroza y agachaban la cerviz para recibir en sus cuellos las colleras. Era tan pacífico que a su perro tuerto, lo llamaba Ghandi, que por cierto se entrecruzaba entre las patas en movimiento de los caballos y nunca las rozaba.
Los entierros eran clasistas y se hacía notar la categoría del muerto, según las cortinas de la Carroza fuesen moradas, rojas o blancas, pero quedaban los parias, aquellas personas pobres y desamparadas, que después de introducirlas en cajas de chopo, desnudas y agrietadas, eran conducidas no en Carroza, sino en el Trum-Trum, carro negro y desvencijado, que pasaba por las noches haciendo un ruido como expresa su nombre, rápido y sin ningún cortejo. Bien se vale que Mosen Santamaría, con esa humildad y humanidad que le caracterizaba, los esperaba en el cementerio para rezarles un responso y darles la postrera bendición.
El pobre Montenegro se confesó con un sacerdote humilde y santo, don Benito Torrellas y dio “El Salto” a la Eternidad, que escribió el poeta León Felipe y que yo le dedico.
Alfonso Daudet escribió Cartas de mi molino, yo las leí hace ya mucho tiempo y en mí solo dejaron una nostalgia que se acentúa en mi interior cuando visito algún viejo molino o cuando desde el mirador de mi casa veo el que mi abuelo construyó a orillas del río Guatizalema. En él aprendió el oficio de molinero Miguel Muro que se fue a otro molino a orillas del río por excelencia: el Flumen. Fue en otros tiempos llamado, molino de Casayús. Pasó a la familia Porta que, después de modernizarlo, vio cómo ardía. No se amilanaron los Porta y lo volvieron a construir en Huesca y es que los molinos, tan dinámicos, deben transmitir su dinamismo a los hombres; no paran nunca, ya sean movidos por el impulso del agua de los ríos o por el del viento. Llegó a ser tan grande la identificación entre molino y molinero, que si aquel se paraba por cualquier azar, este se despertaba. Algo extraño tienen los molinos que en el pueblo provocan coplas: «Qué polvo tiene el camino, qué polvo tiene el molino...». Y en el poeta hacen surgir la inspiración para escribir sus cartas líricas, en Don Quijote despertaron gigantes de brazos giratorios y en don José Porta, ¿qué excitaron los molinos? Sencillamente un impulso «superabundante», continuado y espontáneo a trabajar y a crear trabajo, como hace él mismo. Algunos juzgarán esa espontaneidad y esa capacidad de trabajo como algo que ha de hacer fácil el camino hacia el triunfo. Como RETABLO DEL ALTO ARAGÓN 60 dice Julián Marías, esa espontaneidad está regulada por normas, que no deben impedir que fluya; pero a lo largo de la trayectoria de los hombres se presentan a veces ocasiones en que esas normas las reprimen y cohíben, dejando al hombre como «mineralizado», deshumanizado. Pasa lo mismo cuando la escala del termómetro marca varios grados bajo cero y se hielan las aguas del río; este no corre y por consiguiente no mueve el molino. Don José ha luchado para vencer las dificultades pero al mismo tiempo contagia su entusiasmo a los demás; cuando yo hablo con él me parece ver el mundo de color de rosa. El molino es una máquina y sin embargo conlleva poesía, pero el molinero es un hombre y además de trabajo conlleva humanidad. Es humano porque reparte trabajo, por lo menos tan noble como el ocio y sublime comparado con el paro; don José expande su sentido humano a todo el río de la vida y a su devenir; no atiende solamente su molino sino que acude a los que quedan marginados en la orilla por no poder entrar en la rueda del trabajo o porque este los desgastó con el paso de los años. Se integra en la Cruz Roja porque esta acude al hombre, allá donde se encuentre herido, solo o en situación doliente, es en resumen un colectivo de hombres solidarios con el hombre. Hacen falta filósofos como el griego Heráclito, que consideren el devenir de las aguas por el río, poetas que canten a los sauces llorones y a las libélulas, pero hacen falta hombres que como José Porta, se lancen espontáneos al trabajo que genera el río en el molino y se preocupen también del molinero. En tu cabeza, don José, ruedan sonoras las poleas y preside tu víscera cardiaca, una cruz roja.
A esta Virgen parece ser que en otros tiempos se la llevaron, desde algún otro pueblo, pero ella se las arregló para volver a la ermita de Torrolluala. Cuando se ponía a “apedregar”, acudía la gente a pedirle ayuda a la Virgen y ésta, detenía las pedreadas. Otras veces la sacaban para pedirle agua de lluvia, que siempre caía. La llevaban en sus hombros y cantaban:”Virgen de Torrolluala-esperamos que mande agua –para amparo de los trigos- de lo contrario los “agüelos” de hambre se morirían- y los niños, sin culpa lo pagarían”. Una tal Juanita escribía estos versos, los repartía y los iban cantando, en las procesiones, por la calle.
Erminio, un vecino de Siétamo, nacido en Junzano, vivió feliz en este pueblo, donde ha dejado dos hijos, uno de los cuales tiene un niño pequeño y rubio como su madre. Me dijo mi amigo José Buil, de Junzano, que Erminio prometió el regalo de su huerto, a aquel que le proporcionara una buena novia, para casarse. Lo consiguió, se casó con la buena sietamense y le dio el huerto al que le buscó la novia. Ahora, me comunicó José, que más tarde se vendió el huerto que le regaló Erminio.
Cuando Teófilo García, nacido en el pueblo navarro de Asarta, en el camino que conduce desde Pamplona al Valle de Berrueza, que muga con la ...