La pobre cucaracha no llega a
alcanzar ni la categoría de “cuco”. Hay cucos muy simpáticos. ¿Quién no
recuerda las mariquitas o coccinelas, semiesféricas, de color rojo intenso y
con sus siete puntos negros?. Cuando caía en nuestras manos una de ellas, después
de dejarla correr libremente por nuestro dedo índice, la invitábamos a recobrar
su libertad, diciéndole: ¡Marieta de Dios, levanta las alas y echa a volar!. Si
no quería hacerlo, insistíamos: ”Mariquita de Dios, levanta las alas y vete con
Dios!, hasta que lográbamos verla marchar, pero no con Dios, sino a devorar a
otros cucos de color verde, casi transparente, como los pulgones, alimentándose
en los brotes tiernos de los rosales. Era todo un espectáculo observar a las
hormigas, que de la misma forma que los vaqueros suben a la montaña a ordeñar a
sus vacas, ascendían por las ramas del rosal a libar el néctar de sus
“vaquetas”.
Los hombres explotamos a las
vacas como las hormigas y las mariquitas a los pulgones; al fin y al cabo
también somos muy cucos, si bien unos más que otros. De la misma manera que de
”cuco” se deduce la palabra despectiva cucaracha, aplicada a las escala
zoológica, igual se deduce la palabra cucaracho, aplicada a la especie humana. Toda
regla tiene su excepción, ya que al más famoso bandolero del Alto Aragón lo
llamaban “El Cucaracha”. ¿Por qué lo llamaban así?. Me acuerdo que en mis
tiempos de estudiante, cuando me levantaba por la noche, al encender la luz,
veía una fila de cucarachas, que penetraban en el cajón de mi mesa a robar mis
escasas provisiones. Antes de despertarse con la luz, la negra procesión, podía
observar como corrían las negras cucarachas hacia sus cuevas, debajo de la
fregadera. ¡Qué asco de pensión!. El Cucaracha también se arrastraba por las
noches, robaba y se refugiaba en las cuevas. Dicen que no era muy malo, porque
si lo hubiese sido, lo hubieran bautizado
como “El Cucaracho”.
Mi compañero de pensión, cuando
se veía en estas batallas cucarachiles, se armaba de un periódico doblado y se
liaba a dar mandobles contra el asqueroso enemigo, al que producía multitud de muertos y heridos. La escoba
despejaba el campo de batalla, haciendo algún alto en su manejo, para cantar
aquello de: ”la cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar porque le faltan,
porque no tiene las dos patitas de atrás”. El humor estudiantil despistaba así
el frío, el hambre y la nausea.
Ahora los insecticidas son armas
mejores que los periódicos y escobas, pero todavía, de vez en cuando, por algún mostrador de bar, se
ve correr alguna cucaracha. Entonces yo
no puedo menos que acordarme de la vieja patrona de Zaragoza y de la tía del
dueño del bar.
A pesar de los insecticidas aún quedan cucarachas y
cucarachos; lo malo es que matan cucos simpáticos como la “Marieta de Dios” y a
este paso hasta a los hombres nos van a matar, por ejemplo de hambre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario