Yo
he escuchado cantar a Sara Montiel una sentimental canción que se expresa así :
“Fumando espero al hombre que más quiero” que unas veces fuma y otras deja de
fumar. Antiguamente no se aspiraba el humo del tabaco, porque no se conocía
éste, ni se sabía como quemarlo, para aspirar
su esencia por la boca. No era preciso utilizar papel para envolver tan
aromática planta, porque los indios fumaban sin papel.
Cuando yo era todavía un niño, no disponía
todavía de tabaco ni de dinero para adquirirlo, pero mi abuela materna Agustina
tenía un bote lleno de manzanilla que olía agradablemente y yo me apoderaba de
ella y la llevaba al Colegio de la Calle de Villahermosa y con algunos amigos,
al salir del Colegio, la liábamos no recuerdo si con papel de fumar o con papel
de periódico.
¡Qué atracción producía el fumar sobre nosotros tan niños !. No lo sé, pero fumábamos con alegría y quedábamos contentos y felices. Cuando Cristóbal Colón descubrió las Américas, no sé si él gozó de los placeres.
Aquellos
aventureros e investigadores de la vida, en el Nuevo Continente, volvieron a Europa echando humo por sus bocas.
Igual que yo me sentía feliz dando manzanilla a mis compañeros de Colegio, se
han sentido también felices muchas personas, dando un cigarro a un vecino o a
un amigo. Estos regalos favorecían la convivencia, pues facilitaban la
convivencia entre ellos, sin producir envidias ni corrupciones. Pero unas veces
el regalo era mucho más crecido, porque a veces se le entregaba a un amigo o a
un superior del que un verdadero aroma tabaquil
procedente se esperaba algún don, un hermoso puro habano o a algún municipal
una faria para evitarse alguna multa. Ahora han prohibido el uso del tabaco en oficinas
públicas, donde hace unos días, un “gran jefe”, fumaba conversando con un
visitante. Cuando yo estaba en un colegio, se aspiraba un verdadero aroma
juvenil, procedente de algún puro y al decírselo a un profesor, este respondía
que no nos preocupásemos, porque la bondad del jefe, no era capaz de recrearse,
cerca de los humildes alumnos. Aquel humo parecía que procedía del cielo.
¡Qué
diferencia de categoría entre las espirales de humo de un habano, que produce “sueños
celestiales” y de las que saltan “estrellas fulgurantes”. Al escuchar “fumando
espero al hombre que más quiero”, se da uno cuenta de la unión del humo del
tabaco con el placer del amor cuando, cuando se expresa así el cantor o la
cantora :”Ver a mi amante solícito y galante -sentir sus labios, que besan con
besos sabios- y el devaneo sutil con mis deseos-cuando sus ojos veo- sedientos
de pasión” Al escuchar: “ por eso estando mi bien, es mi pensar un edén. Dame
un beso de tu boca-anda que me he vuelto loca, corre que quiero enloquecer”
pienso si lo que ha tomado el cantor es
tabaco nicotinado o mas bien cannabis o cocaína.
Pero
esta canción, produce recuerdos emocionantes, unos relativos al amor y otros a
la paz y tranquilidad que produce el fumar en nuestros hombres y mujeres, como
dice la letra:” Tras la batalla en que el amor estalla- un cigarrillo es siempre
un descansillo.- Y aún así me parece que el cuerpo languidece- su fuerza y su
vigor”.
Si
el humo del tabaco produce pérdida de fuerza y de vigor, las galaxias en los
cielos producen descomunales nubarrones que arrastran el polvo a los agujeros
negros. Ya digo al Señor: “Polvo eres y en polvo te has de convertir”. Si, todo
tiene fin en esta vida y el tabaco “es siempre un descansillo”, porque el
trabajo, su pérdida, la vida y el amor producen en el hombre situaciones de
nervios y de tristezas, que consuelan con el tabaco. Por eso cantaba la “gachi”:
Dame el humo que así me vuelvo loca, corre que quiero enriquecer de placer, sintiendo
de ese calor un mundo embriagador, que acaba por prender la llama eterna del
amor.
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