lunes, 6 de febrero de 2023

Almuniente y Román Mallada.-

 

                                                     


      

Almuniente es un pueblo de unos quinientos y pico habitantes, que se encuentra en los Monegros Oscenses Este pueblo tiene su propia historia, empezando por su nombre de Almuniente, que le pusieron los moros. En él dicen que expiró  el Rey de Aragón, Alfonso I el Batallador en el Castillo, al que tuvo que acudir, por haber sido herido en Fraga. Su iglesia fue construida por el mismo arquitecto que la de Almudévar, en años del siglo XVIII. Sus piedras de sillería, se obtuvieron sacándolas del Castillo Medieval, que se encontraba en lo alto de la Corona, igual que llaman en Almudévar al Tozal donde se encuentra la Virgen de la Corona. Allá arriba, según me dice una señora nacida en Almuniente, vivían los cristianos, cuando todavía dominaban el poder los moros, porque estos cultivaban las tierras del río Flumen, más productivas. Subiendo al Castillo y bajando de él, se ven cuevas, fabricadas por los cristianos, en sus laderas, que usaban para producir un vino muy agradable, en ellas, convertidas en bodegas. Era un vino muy bueno, como decía Román Mallada, que nació el nueve de Agosto del año de 1911. El vino no estaba permitido a los moros y esas cuevas eran utilizadas por los cristianos.

Se enteró Román que cerca de Barbastro se erigía una ermita dedicada a San Román de Panzano. Toda su vida tuvo la ilusión de ir a visitar a San Román, pues a pesar de la propaganda antirreligiosa, que se extendía por aquellas tierras, donde las necesidades eran enormes, él amaba a San Román, que era una santo que estaba lleno de virtudes  humanas,  como las del pueblo. Murió hace unos diecisiete años (estamos ahora en 2014), pero no consiguió en toda su vida visitar a San Román de Ponzano, que tiene una ermita que llama la atención por su forma singular y por la devoción que todavía sienten los habitantes de los pueblos de Peraltilla, de Azara, de Laluenga y de la Perdiguera, bajando a Berbegal y yendo por la carretera general N-240, a Panzano y a Lascellas.

Román Mallada era republicano y sufría las tentaciones sociales, porque las tierras de Almuniente, del Duque de Solferino,  parece ser que no había querido vender al pueblo.

 Pero Colonización, después de la Guerra Civil,  con un espíritu humano, creó el pueblo de Frula. Román Mallada, del que dicen algunos que era el hombre más inteligente del pueblo, se preocupaba de que se creasen balsas, para lograr el regadío de aquellas tierras tan hermosas. Era tan inteligente que él mismo dibujó mapas, que con los años entregó a un pariente suyo, que trabajaba en la Junta de Aguas. Aquellos mapas desaparecieron, pero un día, un amigo de Román, hizo aparecer los mapas que había creado el mismo. Por ejemplo un mapa, que en lo alto de un Saso, dibujó un pantano con el que se hubieran regado muchas hectáreas de tierra, desde lo alto del Saso a los campos fértiles de debajo del mismo.

Se murió a los ochenta y seis años de edad y allí, siguen los regadíos de Almuniente, regados por el río Flumen y por el Canal, que baja por Almudévar, por Tardienta y por Almuniente. Estamos en unos tiempos muy difíciles económicamente, pero su hija Juana Mari, que nunca ha regado, ni tiene esperanzas de hacerlo, siente el progreso del regadío, porque su padre decía,  igual que Joaquín Costa, que se estaba desperdiciando el agua.

Era Ramón Mallada,  pariente del veterinario Don Lorenzo Mallada, con el que yo mismo ejercí mi profesión veterinaria, en el matadero de Huesca. También Román era pariente del Geólogo Lucas Mallada, que tiene una estatua en la Alameda de Huesca. Allí aparece una estatua de Lucas Mallada, rodeada de prehistóricos animales. En el Tubo de Huesca, se encuentra la casa donde nació y en la Escuela del Magisterio, se exponen los libros y las antiquísimas muestras de animales prehistóricos. La familia de Lucas Mallada, le enseñó a dibujar mapas. Era un hombre muy inteligente, pues no sólo quería regar el monte de Almuniente, sino que también, hacía sonar el violín, la guitarra, que tocaba por las fiestas de los pueblos, en cuyas fiestas, mientras los jóvenes bailaban, soñaba con regar esos pueblos.

El Heraldo de Aragón llegaba a Almuniente, por Grañén y lo leía Román, que hizo a su hija Juana Mari, aprender a leer a los tres años y a escribir su nombre.

Para la Guerra Civil,  tuvo que huir a Francia y la gente del pueblo le decía a su hija, que en el País vecino dibujaba mapas de la frontera para dárselos a los republicanos que huían a Francia.

Él, sin haber estado en Francia, sabía dónde se encontraba Perpiñan, Tolosa, Aviñón o Pau. Tenía una brújula que se había hecho él y que colocaba sobre una circunferencia, dibujada en el suelo y sabía la hora que era. Fue capitán del Ejército Republicano y cuando, el Régimen vencedor, acordó que cobraran los  antiguos militares de la República, Román, sacrificado como el Santo al que no pudo visitar, su esposa se negó a cobrar, porque tenía miedo a ser apresada.

Román era republicano pero, tenía las virtudes de generosidad de San Román de Ponzano, humilde de corazón, que siempre que podía dar de comer a todo el que lo necesitaba, le daba de comer. Allá arriba se habrá  juntado con el Santo, que no pudo visitar en la Tierra, pero estará con él, en el Cielo. Cuando se estaba muriendo se acordaba de su madre y de San Antonio y con la palabra ¡Antonio!, llena de emoción, se despidió, pronunciando, además del nombre de su madre, el nombre de San Antonio.

domingo, 5 de febrero de 2023

Al ritmo

 



La vieja hilaba, el tejedor tejía, la gallina escarbaba, el ciego tañía y la niña cantaba al bebé: ”Teje, teje ,tejedor, garras, garras de traidor”. El tejedor llevaba su teje-maneje, pero desde luego que no tenía garras ni manos de traidor. El niño pequeño que todavía era menos traidor, agitaba sus manos como si tejiese, alternaba el movimiento de sus pies, como si estuviese moviendo el telar por medio de pedales y mostraba una gran alegría,  al oír eso de “Garras, garras de traidor”. El contraste entre la infinita inocencia del niño y la acusación de traidor que repetía gozoso el ritmo del cuneo, provocaba la risa de todos. Risa esencial,  risa natural, risa existencial. Todo era ritmo en el carasol, el subir y bajar del uso, el teje –maneje del tejedor, el escarbar de la gallina, el tañer del ciego y el cri-cri  de la cigarra en el árbol. El burro atado a una herradura  clavada en la pared, parecía dirigir la orquesta, pero no con una batuta, sino con dos que eran sus largas orejas. Se posaba un tábano en su oreja izquierda, lo espantaba con su movimiento y se posaba en la oreja derecha, en una constante pugna tábano-  asnal, en la que no había ni vencedor ni vencido, pero si movimiento continuo. Zumbido del tábano y ritmo en las orejas del asno. Música de ciego en el ambiente y ritmo en el cuneo de la cuna y en el sube y baja del uso de la vieja. El tejedor teje y una anciana desteje una toquilla para hacerle “peducos” al nieto “repatán”. Tejer y destejer, todo es hacer. Suena mi transistor y se oye tejer a Luis Amstrong acordes metálicos en su larga trompeta, que desteje con sonidos bajos disonantes, pero todo con un ritmo que su raza morena heredó del Africa. Cuando siento el dance guerrero de los Danzantes de Huesca, se me pone la carne de gallina. Pero quisiera que alguien tejiera y destejiera una música, con un ritmo antiguo y aldeano, que me hiciera olvidar, siquiera por un momento o por el tiempo que tarda en consumirse un disco, el ruido sin ritmo de la capital.

sábado, 4 de febrero de 2023

Arba de Luesia

 





Cuando uno va a Pamplona, poco antes de llegar al Puerto, donde está la Ermita de Santa Bárbara, hay una señal que indica el desvío que va a Longás y desde este pueblo, siguiendo el río Onsella, se llega a la navarra Sangüesa. A uno le quedan ganas de ir por ese camino, pero el miedo a los caminos desconocidos, te hace seguir adelante, para pasar por el puente sobre el río Aragón y tomar la carretera que por la Canal de Verdún te lleva por la cara norte del Pantano de Yesa, cuya presa ya se encuentra en Navarra. Por la cara sur se divisa la Sierra de Santo Domingo, desde la que se domina el camino del río Onsella, por el que había renunciado a pasar.

En la Sierra de Santo Domingo nace el dicho río Onsella, que va a desembocar en el río Aragón, en Sangüesa(Navarra) y en la parte Sur brotan tres ríos Arba, palabra vasca relacionada con el nombre de Arbaniés a dieciséis kilómetros de Huesca. El nombre de Arbaniés también está relacionado con el del pueblo navarro de Arbuniés.

En Luesia nace uno de los ríos Arba y corre hasta Biota, donde entra en la llanura de Cinco Villas, alimenta el pantano de San Bartolomé, en Egea recibe las aguas del Arba de Biel, desembocando cerca de Tauste en el río Ebro. Es hoy el centenario de un vecino de Siétamo, con origen en el desaparecido pueblo de Salinas de Jaca el Viejo, Sebastián Grasa Estallo, el que me contó estas cosas sobre los ríos Arba, de los que he nombrado dos, a saber el de Luesia y el de Biel, pero también me nombró un tercero, llamado río Arba de Uncastillo. Salinas de Jaca Viejo ya no existe desde los años cincuenta del pasado siglo XX, pues fue abandonado por los corrimientos de tierra que se daban con cierta frecuencia. Con su desaparición se borraron muchos siglos de la Historia de Aragón, pues de sus salinas se abasteció el Monasterio de San Juan de la Peña y tomó parte en las distintas etapas históricas, junto con los pueblos vecinos de Zaragoza y con Sangüesa de Navarra. Ahora están comunicados los pueblos viejo y el nuevo por un camino de herradura.

Sebastián Grasa, vivió muchos años en Salinas el Viejo y como ganadero recorría territorios lejanos, como los de Almudévar y por tanto mejor conocía a los habitantes de Longás y de Luesia, entre otros, que eran vecinos de Salinas. En las Fiestas de Luesia, en la provincia de Zaragoza, pero en la misma comarca de la Sierra de Santo Domingo, que su propio pueblo, conoció a cuatro labradores, que formaban una peña de amigos. Los llamaban Chapalangarra a uno de ellos, Cometocino, a otro, Campanudo al tercero y El Pistolas al último. El Chapalangarra uno de los días festivos se fue a dar una vuelta por el monte, que se encontraba a unas tres o cuatro horas del pueblo y rodeado de un hermoso bosque en el que proliferaban las carrascas, los pinos y los “fayos” o hayas, pero llegó una furiosa tormenta, teniendo él que meterse en una caseta o borda. Cuando pasó la lluvia quiso salir, pero no pudo, porque todo el monte estaba inundado por el agua. Las gentes del pueblo fueron a buscarlo por la noche, mientras él escalaba por las rocas y peñas y saltaba sobre las paredes, que estaban llenas de zarzas. A última hora lo pudieron rescatar y montándolo en una mula, lo llevaron a Luesia muy apurado y herido. El río que tenía que recoger las aguas de la tormenta era el Arba de Luesia, dando lugar al agua de los barrancos, pasa por Luna y por todas la Cinco Villas, pero aquella tormenta arrancó un enorme pino, que se cruzó en una zona estrecha y no dejó pasar a otros que estaban talados y la retención del agua impidió que se arrancaran otros pinos, e impidió que Chapalangarra volviera a Luesia. Este aragonés con sus otros tres amigos tenían cada uno una finca en una Val, a la que llamaban Monte Ciberana, lleno de árboles como me ha dicho anteriormente. Cada uno tenía una caseta o borda, porque sobre todo en épocas de siembra o de cosecha tenían necesidad de permanecer allí. Vivían felices porque eran respetados en el pueblo y cuando estaban en el monte, además de labradores eran amigos y para obtener las proteínas que necesitaban para su alimentación, eran cazadores. Cada uno guardaba en su borda un botico de vino, del que se echaban buenos tragos cuando se juntaban. En una palabra, que estaban siempre contentos porque bebían, cantaban y bromeaban. Dice Sebastián que algunas veces se oían gritos a distancia, cuando se veían y decía el Cometocinos :¡Oye Pistolas!, ¿has traído el cepo? y este le contestaba :¡Campanudo y tú ¿lo has traído? ; al poco rato ya estaban juntos y marchaban a cazar. Necesitaban los cepos porque siempre que podían, iban a cazar y parece ser que no distinguían entre las distintas especies, porque no distinguían la calidad de la carne, por ejemplo del conejo con la de la raposa o “rabosa”; cazaban lo mismo este animal que el tejón. La causa de tal comportamiento habría que buscarla en las grandes caminatas que tenían que hacer para llegar al monte Ciberana y necesitarían proteinas cárnicas para dedicarse a la caza. Además como disponían de vino en sus bordas, al beberlo todas las carnes se volverían agradables a su paladar. Toda la tierra cultivable estaba rodeada de alturas, llenas de pinos y de matas de baja altura, como “buchos” o bojes, que a pesar de su calificación de “baja altura”, muchos alcanzaban dos o tres metros. Estaba el campo Fenero, que abundaba en yerba y más tarde en heno, ya que su dueño Don Telmo Lacasa, no lo cultivaba y nacía en medio de él una fuente, que no desviaba sus aguas hacia el Arba ,sino que discurrían hacia la pardina de Nofuentes, también de su propiedad, en la que disponía de tres casas. Este campo de Fenero era disputado por los vecinos de Biel, de la provincia de Zaragoza a Don Telmo, que estaba en Madrid por ser el presidente de los Ferrocarriles Españoles. Junto a la pardina de Nofuentes está la finca denominada La Ferrera, que pertenece a un salinero ilustre y que la tiene toda habitada por animales. Es de comprender que en aquellos lugares proliferaban multitud de buitres y de águilas y dice Sebastián el centenario, que un águila anidaba con su pareja allá arriba en la Peña de Santo Domingo y era por todos creído que tendría unos cien años. Todo el mundo la respetaba y la admiraban cuando la veían cazar. A propósito de ver cazar a las águilas, contaba Sebastián, que en Salinas vieron él y el practicante Señor Morlans, antecesor de los tan conocidos en Huesca, a un águila capturar a un cordero y elevarlo a las alturas, pero que no pudo con él y se le cayó, con lo que pudieron comer cordero. Pero un día los cuatro cazadores de Luesia perdieron su sentido común, quizá por estar medio bebidos, decidieron ir a cazarla. Subieron uno de los citados cepos, lo ataron a uno de ellos y con una soga, los otros tres compañeros, lo subieron cerca del nido; allí lo plantó y allí cayó el águila. Cazaron al águila, pero la naturaleza les dio una lección, que les hizo pensar en el mal que habían cometido ya que al cocerla tuvieron que estar dieciséis días atizando el fuego.

jueves, 2 de febrero de 2023

El jardín.-

 



Recuerdo, cuando tenía solamente cinco años, como miraba por la ventana de la habitación de mis padres, cuando la noche veraniega se había lanzado sobre el paisaje arbolado que desde esa ventana se dominaba. Se oían correr las aguas del río Guatizalema, acompañado dicho sonido con el que producían las que brotaban de la fuente temporera del Valdecán, que estaba casi debajo de nuestra casa. Era de noche, pero, gracias a la luz de la luna llena, que con su aspecto de gran cabeza  redonda, con sus ojos, su boca y su nariz, también se miraba el ajardinado paisaje de “A Fondura” y era esa luz, reflejo del sol, la que me permitía mirar aquel mundo, que se había hecho misterioso y obligaba a pensar en el pasado y en el futuro de los hombres, en su evolución, en su muerte y en su resurrección. No pensaba todavía en el amor, pero lo sentía hacia mis padres, mis  hermanos, mis tíos y amaba a la señora Concha y al vaquero y al hortelano y al pastor Silvestre.

Aquella visión estaba acompañada musicalmente por el tumultuario canto de las ranas, que también contemplaban el paisaje y se alegraban con la presencia de la luna con la agradable  temperatura que las acompañaba.

Aquel jardín era un ambiente rústico, que se va perdiendo, porque entre otras cosas ya no se oye cantar a las ranas.

Más tarde, cuando pasó la Guerra me di cuenta del cultivo universal de los jardines, desde los de Babilonia, pasando por los del antiguo Egipto, de Grecia y de Roma, donde los adornaban con sus esculturas clásicas del dios Baco, que adoraba al vino o de la diosa Venus latina y Afrodita la griega, que era el símbolo del amor.

He estado en Madrid y he podido contemplar el jardín de los Duques de Osuna, al que llaman “El Capricho” y me he dado cuenta de cómo en él se pasa el tiempo descansando el cuerpo y haciendo pensar al alma. Se crea en su entrada la duda entre la vida y la muerte, por el ruedo torero, en el que se jugaba riendo y llorando con los toros; había después un lugar donde se efectuaban los duelos de pistola, jugando también con la muerte. Se encontraba allí mismo un bello edificio pequeño pero de corte clásico, llamado  el Abejero, donde por su cara sur estaban las entradas de las colmenas y desde dentro, amparados por una pintada cúpula, miraban los nobles, a través de los cristales, que pretendían jugar el juego pastoril o campesino y meditaban en las transformaciones que la Naturaleza realiza. Se alzaban estatuas de dioses clásicos y presidía el jardín una ermita, antigua y restaurada intencionadamente por los nobles.

También en Huesca estuvieron cultivados los jardines de los Lastanosa,  rodeados de museos y de sociedades de literatos y filósofos, como Baltasar Gracián. En ellos había multitud de especies vegetales, tigres y avestruces, que causaban la admiración de oscenses y forasteros y hacían filosofar a las mentes humanas.

Un poco hacia el Este, había un parque natural lleno de pinos, cuya desaparición fue criticada por muchos oscenses. También en él, se daba el descanso, se practicaba la gimnasia y se meditaba, pero en invierno resultaba excesivamente frío. Ha sido sustituido por un jardín, que yo creo que hará olvidar las lágrimas derramadas por la tala del anterior, aunque se conserve su recuerdo, porque yo al volver de pasar el verano en Siétamo a Huesca, me he mirado por la galería del Este de mi piso y he visto al fondo unos árboles frondosos, que me recuerdan los del río Guatizalema, delante de ellos un paseo, por el que pasa un canalillo, como pasa en el jardín de “El Capricho “ de Madrid, con bancos que invitan a sentarse y plátanos que en verano producen sombra. Protege el paso de las personas una barandilla metálica, que permite apoyarse en ella para contemplar un estanque en el que yo no sé si cantarán las ranas, pero que me hace recordarlas. Tiene el estanque una, podíamos llamarla playa, sin arena, sino de bello pavimento, rodeado o más bien requebrado de líneas, que en otros tiempos fueron de piedras de sillería y hoy está hechas de hormigón y que albergan entre ellas un verde césped. Hay caminos o paseos por los que se recorre este hermoso jardín, sembrados con bancos para reposar en ellos. Acaba el jardín, substituyendo el césped por plantas rastreras, entre las que se encuentra la alegre y llena de recuerdos, hiedra, con algunos árboles pequeños, que yo creo que crecerán, como unos pocos que ya son grandes y que se encuentran en la cara norte del jardín.

Me he llevado una sorpresa al contemplar las numerosas caras redondas de las farolas,  que imitando a la luna llena, iluminan por la noche el paseo,  la acequia, el estanque, el césped, la hiedra, y los bancos del jardín.

Así, como en mi pueblo pasa por el sur la carretera, en este pequeño parque pasan los coches por la calle de Don Vicente Campo.     

martes, 31 de enero de 2023

El Baranda

 


 


"El Baranda" era moreno, de mediana estatura y con un bigote notable. Llevaba siempre puestas unas gafas oscuras en su montura y en sus cristales que estaban como ahumados; además  era muy comunicativo y hablador. El necesitaba comunicarse y tratarse con personas y animales y de aquellas, frecuentaba el trato con chicos muy jóvenes, que en ocasiones dormían en su casa y con los animales se trataba con perros de los que presumía de enseñarles y educarles con mucha profesionalidad. Tanto es así, que en cierta ocasión vino a Siétamo con un perro lobo de no muy pura raza, porque era oscuro de color y me lo alabó tanto, diciéndome que no mordería sino era a algún ladrón que entrara por las casas y yo por sacudírmelo, se lo compré. Lo tuve bastante tiempo suelto durante largos ratos y cuando murió un familiar mío, al ver tanta gente en el entierro, le mordió ligeramente a una señora, una buena señora y lo llevé a una granja y allí lo dejé hasta que murió a los catorce años de vida.
No sé dónde trabajaba, pero desde luego se dedicaba en su casa a disecar animales, pues en cierta ocasión un amigo mío le llevó una gineta, que no volvió a ver jamás y desde luego que este fracaso no ocurrió por dejadez del Baranda, sino porque tuvo un incendio en su casa y se le quemó la piel de tan hermoso animal. En verano iba al Balneario de Panticosa donde pasaba el tiempo ganándose la vida, haciendo de barquero y conduciendo una barca con los remos, acompañado de un loro, que se hacía amigo de los que subían en la barca y se colocaba sobre sus hombros. Parece ser que su casa se encontraba en la calle más larga de Huesca y también de las más antiguas, es decir en la calle del Desengaño.
Distinta fue la suerte de su padre pues tenía un chalet en aquellos viejos tiempos y según lo vi en una fotografía que me enseñó el Baranda, era un señor delgado, vestido elegantemente con su traje y su chaleco, su sombrero y su bastón y él guardaba esa fotografía de su antecesor con un enorme cariño y un desengaño inmenso, porque no lo conocía ya que esa foto se la había proporcionado su madre, que no estuvo nunca casada con tal señor. Tuvo en la ciudad de Huesca un alto cargo político y fue durante varios años “gran burócrata” del Ayuntamiento. Se encaprichó de su madre, que era guapa y pobre, pero con su hijo no tuvo nunca detalle, pues entre otras cosas no se preocupó de su porvenir ni se molestó por colocarlo en algún puesto que le hubiera permitido ganarse la vida y no le dejó ni cinco céntimos.
Después de muerto, él vivió con su madre, ya ha hecha una mujer vieja y pobre, luego se quedó sólo y buscaba el amor en otros pobres muchachos de su mismo sexo, seguía criando perros y disecando animales muertos para que quedara un recuerdo de sus vidas ya pasadas, porque él no tenía más recuerdo de su padre que aquella fotografía que me enseñó en cierta ocasión.
Yo me enteré de que todavía vivía una hermana de su padre, mujer rica pues fue pretendida por un doctor muy conocido en Huesca, pero que fracasaron en su amor. Vivía en otro chalet más moderno que el de su hermano y perdía su razón por  que se acordaba de su antiguo amor. No se preocupaba de sí misma y a pesar de tener dinero le faltaban cristales en su casa y amaba igual que su sobrino natural a los animales, pero así como a él le gustaban los perros, a ella le encantaban los gatos, que estaban siempre tomando el sol o entrando y saliendo por las ventanas sin cristales de sus habitaciones. De vez en cuando tomaba un taxi y se iba a visitar algún lugar de la provincia. Se colocaba en el  asiento trasero del taxi y el taxista, cuando tenía necesidad de comer, paraba en un restaurante y comía él solo, mientras ella en ocasiones se tomaba un bocadillo, que el taxista, a causa de sus órdenes, le sacaba del interior del bar. Ella no pasaba hambre como tampoco la pasaban sus gatos.
El Baranda no tenía noticia del parentesco que le unía con esa señora y yo se le dije. Rápidamente fue a verla, pero no le abrió y al fin pudo hablar con ella a través del seto que separaba la calle de la casa y parece que no le hizo ningún caso. A ella no le hizo caso su pretendiente y a él no le hizo caso su pretendida tía, como no le había hecho caso ni su mismo padre.
Cuando murió la señora, al poco tiempo desaparecieron todos los gatos de su chalet y el pobre Baranda siguió, no sé si en la calle del Desengaño o en otra cualquiera, amando a algunos jóvenes desgraciados como él, pero que le hicieron como a mí me hizo su perro, es decir que le dieron un mordisco letal o mortal a su vida, de tal forma que un día fue apuñalado por uno de ellos. Eso dijo el periódico.
Yo al enterarme lo encomendé al Señor para que lo recibiera en el Cielo y le diera el amor que en este mundo nunca había encontrado. 

El jacetano Adolfo Almudévar Gabarre (Parte II)



A Jaca acudíamos y era un placer observar una “cuadrilla” de cuatro niños, amados por su buena madre Lurdes, hasta que José Manuel se casó en Madrid, donde recibe a sus primos con gran cariño. Jesús y Luis se fueron a Zaragoza y su madre y su padre acabaron marchando también a esta capital. Jesús ama a Carmen  y han tenido  un niño, llamado Lucas, que se parece a su madre y a su abuelo. Queda Adolfo, al que su padre le ayudó a sacar la carrera de Geología y que trabaja en el sector del petróleo. Hace unos meses salió en una revista de Jaca, en la que habla de los jacetanos por el mundo. La leí con entusiasmo, pero la perdí; se lo dije a Carmen y me mandó una copia,   en la que va a ser Adolfo el que hable de sí mismo. Empieza diciendo : ”Me llamo Adolfo Almudévar  Gabarre. Llevo nueve años en el sector del petróleo y desde hace dos, trabajo en las plataformas de Noruega, aunque vivo en Jaca donde nací el Primer Viernes de Mayo de 1968”. Su niñez la vivió en Jaca, donde como dice Adolfo la vida se disfrutaba como en cualquier país del Sur de Europa y se confirma esta afirmación al decir:”Unos seis mil noruegos viven de forma permanente en Alicante”. Se pregunta Adolfo a sí mismo, ¿es esta vida en la Costa Oeste de Noruega, donde tanto llueve, la de un paraíso?. Por un lado le parece que sí, porque los salarios son altos, pero añade que también los precios y los impuestos. Además tiene el derecho de acordarse de su vida en Jaca,  en el Sur de Europa, donde goza el placer de la conversación con los amigos, unas veces en el fútbol  o en otros deportes y sobre todo en las meriendas que organizan unas veces en los domicilios  y otras en las excursiones que hacen por la Montaña. Adolfo reflexiona sobre la diferencia que existe entre la vida en Noruega y la que él gozó en Jaca, porque dice que “el modo de vida tiene poco que ver con el que disfrutamos en el Sur de Europa”· Continúa diciendo: “Aquí la vida social se hace de puertas adentro (sobre todo en invierno) y todo está más programado, es menos espontáneo”. En  Jaca, su vida era de “puertas afuera”, porque hablaba con su padre, con su madre y se reía con José, con Jesús y con Luis. Tenía y todavía sigue teniendo amigos jacetanos, con los que jugaba, hacía deporte y en invierno esquiaba y en verano escalaba por aquella Montaña y a veces rezaba en el lugar sagrado de Aragón, es decir en San Juan de la Peña. En ocasiones acudía a ver a sus primos de Barbués, donde se bañaba y vio como su padre iba convirtiendo esa finca de secano en huerta. También en ocasiones acudía a la casa de su padre en Siétamo, donde se lanzaba al agua de la piscina como se lanzan las ranas.

Estudió en el Sur de España, es decir en Andalucía y allí pudo gozar de la alegría del trato con compañeros andaluces, de esos que hacen gozar en España a los miles de noruegos, que encuentran la alegría en el Sur de Europa. Adolfo cuando viene a vernos con su moto, está lleno de alegría,  porque no para de hablar y de reírse, como un joven que está gozando de la libertad del Sur, porque al Norte hace su vida social “más de puertas adentro” y así como en Jaca se ve la blanca nieve que reina sobre las cimas del Pirineo,  el cielo está claro y alegre, pero en la Costa Oeste de Noruega, llueve y está el ambiente más oscuro.
Estas situaciones hacen reflexionar a Adolfo que escribe: “en veinticuatro horas he pasado de mis días de descanso en la primavera jacetana, al trabajo en el frío Mar del Norte. ( Frío, pero luminoso cuando escribo esto en Junio: en esta época del año, a esta latitud el sol desaparece solamente por unas pocas horas y más al Norte nunca). El mismo Adolfo se fija en el Sol, que hace que el cielo sea luminoso en Jaca y en el mar del Norte “desaparece solamente por unas horas y más al Norte, nunca”. Estas observaciones le dan luz para comprender lo que es la vida, porque es feliz cuando comienza el viaje para ir a trabajar”, pues de Jaca baja a Zaragoza, donde aprovecha para visitar a la familia” y le entra un poco de nostalgia cuando marcha de Madrid a Oslo y  después a su plataforma, donde trabajará doce horas diarias durante dos semanas, ”la primera de noche y la segunda de día”. Pero Adolfo sigue contando las condiciones en que se desenvuelve la vida en las plataformas del petróleo y afirma “pero no todo va a ser trabajar; en las pocas horas libres que tenemos, se puede ir al gimnasio,al solárium o a ver alguna película” y a veces “tenemos entretenimiento extra con la visita de otros habitantes del mar…es frecuente ver los peces que rondan la plataforma”,como “los bacalaos,merluzas, rapes…y hasta alguna ballena de vez en cuando”.
Pero el tiempo libre en que le dan vacaciones muy frecuentes, no puede olvidarse de su ciudad natal, Jaca, en “la que sigue haciendo cosas normales: leer el periódico, ver una película, tomar el aperitivo, para empezar un pincho de tortilla, que se echa de menos allá arriba”. Pero aprovecha para vivir  con su familia, que vive entre Madrid y Zaragoza y con los amigos jacetanos, de los que algunos viven de Jaca y otros por el mundo. Ahora tiene un sobrino, inteligente, guapo y simpático, que se llama Lucas y que vive en Zaragoza, al que le cuenta los ratos que pasa con las ballenas y los delfines. Pero el día veinte de Agosto de este año de 2011, cuando estaba escribiendo sobre el jacetano Adolfo, se presentó en mi casa de Siétamo, acompañado por su esposa y una niña y un niño sonrientes, Juan Casbas Puértolas, pintor y escultor. Se trata del dueño de la casa que heredó de su abuelo en el pueblo cercano a Jaca de Banaguás, de la que tiene un piso alquilado a Adolfo. Les une a ambos el hecho de ser jacetanos y el deseo de Adolfo de vivir siempre en Jaca. Juan es amigo y antiguo compañero de colegio de los cuatro hermanos Almudévar Gabarre. Tiene la misma edad que Jesús  ,unos cuarenta años. Es una persona sensible, pues habla de los cuatro hermanos con cariño y especialmente de Jesus, del que dice que le gustaba el arte y si hubiera podido seguir estudiando hubiera llegado a ser un talento de las Bellas Artes. En tanto Adolfo trabaja en lejanas tierras, Jesús, el sensible y enamorado de Carmen es el padre del niño Lucas y cuida con Luis, a su madre que vive en Zaragoza. Me dijo que iba a visitar el pueblo de Abiego, y esto me recordó aquella ocasión, no hace mucho tiempo, en que fuimos con mi hermano Jesús al mismo lugar, donde visitamos el viejo Monasterio. Allí estaban varios jóvenes, que formaban una sociedad para la conservación de dicho monasterio y mi hermano, sensible como sus hijos, les dio dinero para que trabajaran en esa misión por la vieja cultura de Abiego,  a orillas del río Alcanadre. Le dije a Juan que cuando visitaran el Convento, rezara un Padrenuestro por Jesús.
Y Adolfo se pregunta a sí mismo: ¿Qué me gusta y qué no me gusta de mi trabajo? Y tú te contestas que “ se acostumbre uno a todo en la vida” y yo al recorrer la vida de tus familiares, pienso, como piensas tú, que “estar en contacto constante con otras formas de ver la vida, es una buena forma de aprender y también de conocerse mejor a uno mismo y al país de donde uno viene”.

lunes, 30 de enero de 2023

El jacetano Adolfo Almudévar Gabarre (Parte I)

 



Banaguas


Estuve en Jaca, hará unos dos meses y el jacetano Miguel Lagraba, hijo de un cheso y  de una ansotana, me llevó a contemplar una casa o chalet de aquellos de tiempos pasados, con su  terraza, que levantó antes del año 1936 un pintor y que alquiló a mi padre, durante unos dos años en la Guerra Civil. Aquellos colores que lucía el chalet y de los que me acuerdo con ilusión, habían desaparecido, porque alguien los había blanqueado. Eran muchos los colores de los que me acordaba, incluso del negro triste que producían los bombardeos de la aviación, que hacían bajar del piso de arriba a un abogado de Huesca, refugiado como nosotros, al nuestro y allí con la negra música de las bombas, se abrazaba con su esposa, llegando a caerse al suelo, en cierta ocasión. Era triste el ambiente, pero a mí me producía extrañeza contemplar ese baile, en que la pareja iba a parar al suelo. Estaba cerca el polvorín y venían refugiados de la parte de Sabiñánigo.  Allí estábamos mis padres,  mi abuela Agustina,  mi tía Rosa y los seis hermanos,  a saber Mariví , Manolo, María , un servidor, a saber Ignacio, Luis y el pequeño Jesús, padre con Lurdes Gabarre, más tarde, de Adolfo, José Manuel, Luis y Jesús. Mi hermano el pequeño no se acordaba ya de Siétamo y vivía feliz en Jaca, donde acudía al colegio y un día se perdió y toda la familia anduvimos buscándolo por toda la ciudad de Jaca, hasta que una jacetana, con todo cariño vino a decirnos que lo había encontrado. Parece que todos los colores eran o se aproximaban al negro, aunque en el Parque se alegraba uno ante los variados colores de las flores y del verde de las hojas, pero donde un día cualquiera murió por una bomba de aviación una niña, que había venido refugiada desde Tabernas de Isuela, en medio de aquel paisaje de colores. Yo iba a Santa Ana  y un día, que no hice los deberes, como exigía la hermana de Santa Ana,  nos dejó a un amigo llamado Ventura, hijo de una bella señora viuda y que también era un refugiado de Huesca, castigados en clase  a la hora del medio día, hasta que hiciéramos un trabajo cada uno de nosotros. Yo lo hice, pero a nombre de Ventura, que me lo había pedido. Cuando llegó la monja,  soltó a mi compañero y a mí,  me dejó castigado sin ir a comer.
A mí no me quedaron ganas de quedarme en Jaca, porque lo que quería era volver a mi pueblo de Siétamo, a arreglar todos los destrozos que había producido la Guerra Civil. En cambio a Jesús le iba creciendo el amor a Jaca, de tal manera que cuando acabó la carrera fue a trabajar a esta bella ciudad y allí ha muerto, después de jubilado. Si no por el color negro que llevaba consigo dicha Guerra, la vida jacetana era agradable. Mi hermano mayor, Manolo estudiaba en los Escolapios y aunque un trozo de metralla  le   dio  en el cinturón, él era feliz. Mis hermanas  Mariví y María, se preocupaban de los hermanos pequeños,  entre otros objetivos el de traernos y llevarnos a los colegios.  Teníamos en Jaca un primo hermano de mi padre, llamado don Paco Ripa Casaus con un hijo y una hija, que vivían en la Calle Mayor, donde todavía tienen su casa, con una hermosa capilla, con ornamentos y cálices. Su segundo apellido, es decir Casaus venía de los Casaus, que habían estudiado en Francia y de los que uno se casó con Pilar López del pueblo de Botaya, al pie de San Juan de la Peña. Mi padre y Paco Ripa eran nietos de los Casaus  y por parte de sus madres, venían de la parte más pura de Jaca,  es decir de San Juan de la Peña. Cuando llegó la Desamortización de Mendizabal, yo creo que fueron los vecinos de Botaya a recoger objetos sagrados y libros y, para mí, que fue mi abuela Pilar López, de Botaya la que guardó un libro, recogido en el Monasterio, escrito por el Doctor Don Domingo de la Ripa, “Monje Benito Claustral, Enfermero, Prior Conventual, que fue del Sagrado, y Real Claustro de San Juan de la Peña, y Visitador  General de la Congregación Tarraconense, y Cesaraugustana: Examinador Sinodal en el Obispado de Jaca, y Coronista Creado por su Magestad, y Cuatro Brazos, en las Cortes del Reyno de Aragón”. Fue impreso en Zaragoza en M.DC.LXXXVIII. Don Paco Ripa tenía el mismo apellido que el autor de este libro y era un auténtico y elegante caballero, con sombrero y acciones buenas,  pues nos dejó colchones y mantas como refugiados. Nos acompañaba por Jaca y en cierta ocasión nos llevó a un templete, ya derribado, en el que esperaban todos los años a los que desde Yebra de Basa venían procesionalmente para venerar a Santa Orosia. Aquella procesión me dio luz pero por otro lado me persiguió la negritud de aquellos seres humanos, hombres y mujeres, anormales, de los que decían que estaban endemoniados. Presenciando tal ceremonia, estábamos mis hermanos Luis, Jesús y yo mismo, acompañados por Paco Ripa y por mi padre.
Allí, en esa romería del pasado, estuvimos los Almudévar Zamora, esperando que mi hermano Jesús acabara su carrera agraria y pasara a vivir  y a morir en Jaca, acompañado por su esposa Lurdes Gabarre y más tarde por sus cuatro hijos. Hemos considerado los apellidos Almudévar, Zamora, Casaus, Ripa y López de Botaya y ahora entrará el de Gabarre. Desde Ligüerre de Ara por un camino, que sube a la Sierra de Galardón, pasando por la ermita en ruinas de Santiago, se llega al desaparecido poblado medieval de Gabarre, que se encuentra a 1.322 metros de altitud.  Efectivamente  Lurdes Gabarre y mi hermano Jesús se enamoraron y se casaron en Huesca en la Compañía de Jesús y en Jaca se dedicaron a preocuparse de las cuatro vidas que trajeron al mundo, que son las de Adolfo, Jesús,  José Manuel  y Luis. ¡Qué ambiente tan blanco surgió en esa familia Almudévar-Gabarre,  donde su padre Jesús se dedicaba a ellos, ”y revivían en sus corazones las ilusiones de sus primeras comuniones y de la boda de José, allá en Madrid y de sus vidas que vinieron al mundo en Jaca y en ella estudiaron e hicieron deporte y rezaron en la antigua  Catedral”.”Mi hermano Jesús, el pequeño era grande porque no sólo tenía altura corporal, sino que también era alto de espíritu, aficionado al deporte, conversador con los amigos y con una vocación profesional en Extensión Agraria, que le llevaba a buscar el bien de los campesinos de la Montaña de Jaca. Hace unos dos meses, me contó un ciudadano de esta capital de nuestra Montaña, que cuando él era joven, un día estaba trabajando de jornalero en el monte, cuando llegó Jesús, que le dijo : ”vente mañana mismo por la oficina, que te buscaré medios para que no seas toda tu vida un jornalero, sino un hombre trabajador, pero con buen porvenir”.

Un momento de San Lorenzo

10 de agosto, San Lorenzo. Estoy en el pueblo y siento un hormigueo dentro de mí; es la llamada de los danzantes. Subo al automóvil, conecto...