lunes, 15 de enero de 2024

Ramón Acín



He encontrado entre mis antiguos papeles el programa de la Exposición de la V Bienal de Pintura “Ciudad de Huesca” y ya hace tiempo, a saber el año de 1982, presentó el Instituto de Estudios Aragoneses la Exposición de Ramón Acín. En el prólogo del folleto de la V Exposición de Pintura, escribía José Antonio Llanas Almudévar que “en época en que Huesca vivía un tanto de espaldas al arte, su nombre( a saber el de Ramón Acín), tácitamente omitido durante años y las circunstancias políticas, han hecho que la figura de Acín, esta interesante figura, no solamente no se haya valorado en su verdadera dimensión, sino que mas bien sea totalmente desconocida para la mayoría de los oscenses que no peinan canas”-. Yo, que ya las peino tengo que reconocer que mi conocimiento de Ramón Acín, como artista, se limitaba a su obra “Las Pajaritas” del Parque y sólo tardíamente me enteré que tal monumento era producto de su arte, pero aunque luego he conocido lo polifacético de su talento; sólo dos pajaritas bastaron para que Ramón Acín, hiciera mella en mi sensibilidad, tanto que en cierta ocasión escribí:”Aquí en Huesca no podemos enseñar la Sirena Varada de Copenhague, pero cuando iba al Parque, me fijaba en las Pajaritas paradas.¡Qué difícil es ver a un niño o a un pajarito parados! ; mal augurio si esto sucede: o están enfermos o muertos. Pero en Huesca hay una pajarita, ¿una o son dos? que se paró en el parque y se encontró tan placentera, que determinó no marcharse nunca. Coqueta ella, eligió un lugar visible al fondo de la plaza donde juegan los niños, como si fuese una mairalesa de la ilusión  o la gran “vedette” de un teatro infantil al aire libre. Me preguntaba antes, si eran una o dos. Hay dos figuras idénticas, tanto que parecen una, que trata de conocerse a sí misma en eterna interrogación. Las líneas curvas de la biología pajaril, se han vuelto de una rectitud geométrica. Unamuno en el Café, en sus ratos de ocio se entretenía haciendo pajaritas de papel y quizá por este azar, las pajaritas, perdido su vitalismo, se ponen a pensar. Parece como si estuviesen en un largo diálogo racionalista. Las ideas suben por sus líneas verticales, bajan por las inclinadas y reposan en las horizontales. La evolución va cambiando el aspecto de los seres vivos, pero parece como si el hombre quisiera acelerar esa transformación hasta convertir la vida en muerte; porque muerte es la sustitución de los pies por ruedas, de las plumas de los pájaros por alas metálicas, de las laringes de las personas y de las siringes de los pájaros por discos y “casettes” y para colmo de los cerebros por computadoras. ¿No quiso tal vez Ramón Acín o Fray Acín como gustaba llamarse, hacer crítica irónica del escamoteo de los derechos y del encorsetamiento de las libertades?. Pero si tal era su intención lo hizo al estilo de otro Fray, Fray Francisco de Asís, con pajaritas metálicas, que siguen siendo poéticas y que posadas en el ambiente natural del Parque, siempre tendrán ocasión de renacer ellas y las libertades que representan, no de sus cenizas como el Ave Fénix, sino de su pedestal, rodeado de follaje, seco en otoño y verde en primavera. Según García Guatas, es como escultor, como se puede entender lo mejor del arte de Ramón, pero es tan variopinto el arcoiris de las artes que cultiva, que ante cualquiera de sus manifestaciones se queda uno pensativo y reflexiona ante el óleo de la Feria, en el que no sólo diversos estilos y un conjunto luminoso estamos contemplando, sino que hay un mensaje, hay un pueblo numeroso, individualizado por personas, que visten de múltiples maneras, representando cada una su papel y están todos ante aparatos inmensos, que tal vez representen “ aparatos oficiales” de los que bajan todos en posiciones desairadas, irónicas algunas y resignadas las que más. El Pim-Pam-Pum preside el cuadro y son sus golpes al muñeco el trato que tantas veces ha recibido el individuo por parte de los aparatos que montara el Poder. ¿Cuántos monumentos a la chatarra se encuentran repartidos por las ciudades, que parecen un homenaje a los vehículos que, de repente, se tornan chatarra en un accidente?.Es fácil con la chatarra hacer monumentos a hierros viejos, es más difícil con esos hierros hacer sentir, estéticamente, la miseria del hombre agarrotado por vil garrote. La piedad del Crucificado se talló en madera y mármol, pero la del vil agarrotado la hizo Ramón con la chapa metálica, con la que consiguió también crear un Cristo, que despierta su amor a quien lo mira. Hay quien del hierro hace chatarra y quien a ésta eleva a la categoría donde está el arte. ¿No has ido Katia, alguna noche de verano, acompañada de tu nieta a ver si se ponían a cantar en la glorieta de tu padre Ramón Acín?. Puso a las Pajaritas en el parque porque las quería libres, porque él amaba la libertad y un detalle en la fotografía del matrimonio Acín lo denota, pues en la jaula que a su lado aparece hay un pájaro de papel, como si le repugnara encerrar un pájaro vivo. Están mejor las Pajaritas en la glorieta del Parque, glorieta, pequeña gloria de Ramón Acín, que a partir de ahora los oscenses  y empezando por esta exposición de sus obras, hemos de elevar a la categoría de Gloria de Ramón Acín.
Artículo anterior resumido por la muerte de Katia Acín el día trece de Diciembre de 2004.- Ramón Acín, dedicado a su hija Katia Acín.

domingo, 14 de enero de 2024

Don Julio Jose Sopena Lalaguna




Sopena, es un apellido que suena con sentido histórico y humano en Huesca y en su tierra. Yo vivía encima de la Plaza de la Inmaculada y debajo de tal Plaza, se encontraba Casa de Carderera, muy próxima a Casa Sopena. Poco a poco, a través que el tiempo, iba pasando la Historia e iba cambiando los nombres de las calles, plazas e individuos. La Plaza de la Inmaculada, acogía al Teatro Principal, y debajo de esta Plaza, se encontraba el Palacio-Jardín de la familia Lastanosa. Juan Vicencio Lastanosa vivió en dicho Palacio y Jardín, en el Coso Alto, en los números cuarenta y cuarenta y uno de esta calle, frente a la iglesia de los Jesuitas y con sus modélicos jardines, frente a la Casa de Sopena. A su Casa-Museo –Palacio, acudían con amor a la  Ciencia y al Arte Ustarroz, Ana Abarca de Bolea, de Siétamo, que fue Abadesa de Casbas y entre otros muchos el gran escritor aragonés Baltasar Gracián. Ocupaba su Palacio y Jardín, la parte Este del actual Parque Municipal y por el Norte llegó a ocupar el solar de Casa Carderera.  Juan Vicencio Juan de Lastanosa, que vivió desde 1607 hasta 1681, era un erudito, numismático e investigador de todos los problemas científicos y tuvo su Casa-Jardín- Palacio, llena de sabiduría y de belleza.
A partir de 1.681, aquella bella institución de la Ciencia, el Arte, dicen que fue desapareciendo poco a poco y la Historia no nos lo ha explicado. De esa distribución de su territorio pasó a ser un solar, en el que aparecieron trozos del jardín convertidos en Parque Municipal, en una industria tabaquera de los Señores de Pié, que llegaban desde el Coso Alto hasta el Parque, y casa de pisos con jardines, al coso Bajo, es decir a la  Farmacia de Mingarro. Frente a la Farmacia  de Mingarro, baja la calle oscense de Goya, que limitaba con el Banco de España y con La Iglesia de la Compañía. Esta Iglesia está casi al frente de la Calle  Miguel Servet ,que baja hacia el Parque y donde se contempla con la Farmacia de Mingarro.
En esta calle se encuentra la puerta de acceso a la gran casa de Sopena, que antes de derribarse para construir la nueva, se encontraba en el Coso Alto. Allí estaba encerrado el coche del padre de  Julio, don Pedro Sopena. Entonces eran escasos los automóviles de los particulares, y Don Pedro administraba con gran celo su automóvil, que usaba principalmente para subir a su finca en la carretera de Esquedas, que abarcaba un número de miles de hectáreas. Pero Don Pedro era un administrador extraordinario, porque no lo usaba sólo para su provecho , sino que daba libertad al Señor Obispo para que lo usara. Yo vivía un poco más arriba en el Coso Alto, y el Señor Obispo vivía un piso más alto que el que yo ocupaba. Cuando hice mi primera Comunión,  subí a su piso, para pedirle su bendición. Era Don Pedro un gran agricultor y ejercía otras actividades industriales y comerciales, para obedecer al Señor, para trabajar por los hombres.
Pasaron los años y yo fui enviado de Veterinario Titular a su finca, en la que además de ganado lanar, apacentaban ganado vacuno. Cuando tuve que vacunar las vacas, cobré la cantidad que me correspondía por el número de ellas inyectadas, pero la señora puso alguna pega porque, como se aclaró, los pastores me pagaron además del coste de las reses de la   dueña, se apellido Lalaguna y esposa de Don Pedro Sopena,  dos  o tres vacas, que eran suyas. Aclarada la situación, la señora con elegancia, no exigió nada a sus vaqueros.
Como acabo de explicar, yo estuve varias veces en aquella Finca agrícola y ganadera y observé que la parte baja situada en ambos lados de la carretera que lleva a  Jaca, era cultivada por la familia Sopena y aquella parte más elevada, subía hacia el Este, desde la carretera que sube a Lierta. Esta zona estaba y se conserva cubierta de carrascas, donde hay árboles, que dan belleza a aquella finca que se va acercando a la Sierra. Esta forma de encontrarse en el Monte de Sopena, me explica la admiración de Julio por la Naturaleza y la altura de sus carrascas parecen invitar a mirar al cielo.
Y parece que al cielo ha marchado Don Julio José Sopena Lalaguna el día 7 de este mes de marzo de 2.019 en la ciudad de Huesca, dejando igual que a él y a sus hermanas, vivientes de este Mundo en otro superior. Ha dejado Julio a su esposa Doña María Jesús Porta Lansac y a sus hijos:Pilar, Pedro y Ana,Julio y Raquel, Jorge y Ainhoa y a todos sus nietos y a todos sus parientes.
Ha sido Julio Sopena, un agricultor de prestigio, con un bosque al que se sube por Chimillas hasta Lierta al pie de la Sierra de Bolea, donde se alimentaba el ganado lanar y se recreaba el espíritu, pero ha sido al mismo tiempo un hombre que ha luchado con su padre en la Industria, en Fábricas como la de Lamusa, en comercio en la Plaza de Zaragoza y un animador de la agricultura, con su distribución de tractores, para labrar los campos.
La casa donde vive y antes vivió en su estructura antigua, está llena de historia en su construcción por parte de su padre. Antes me acuerdo de ver a sus hermanas a través del Coso Alto, pues por esta calle se entraba en tal casa y su padre guardaba su automóvil.
Cuando Don Pedro Sopena decidió levantar nuevo edificio en el Coso Alto, haciendo ángulo recto  con  la Calle que va al Parque, llamada Miguel Servet, al derribar su primera casa, comenzó  a brotar, al cavar la tierra hacia abajo, un enorme  manantial de agua. Esta fue una de las dificultades mayores que tuvo el señor Sopena en sus múltiples labores, porque a medida que se profundizaba la super corteza terrestre, iba aumentando la cantidad de agua que brotaba. A mí me contaron las penas que pasó el señor Sopena, pero el pueblo decen que cantaban algunos: “el amo de Sopena , se murió de pena”, al brotar una cantidad de agua descomunal, que retrasó el comienzo de la obra de la auténtica “Casa Sopena”. Si que es verdad que sufrió, pero tuvo una paciencia y una constancia en quebrar esas enormes corrientes de Agua, Porque de su constancia y paciencia levantó un edifico magnífico, donde ha vivido su hijo Julio Sopena. Ha cambiado la entrada en su casa del Coso Alto a la Calle de Miguel Servet.
Julio vivió feliz en medio de tanto trabajo, pues a pesar de las dificultades del Campo, de la Industria y del Comercio, siempre lo conocí sonriente. Si porque sus dos hermanas se le murieron y él siguió trabajando y acordándose de ellas.
Pero su vida tuvo un consuelo, que siempre le acompañó y este consuelo ha sido el de su esposa, bondadosa, bella, virtuosa y artista Doña María Jesús Porta Lansac, que acompañada por sus hijos e hijas le han alegrado su vida.
He expuesto su amor al campo, al carrascal, a la Industria y al Comercio, pero el arte de su esposa lo ha llenado de alegría.
Una tarde llegué a la iglesia de la Malena, situada en la calle de Pedro IV, Esta iglesia se derribó en 1931, a causa de su deterioro, pues procedía de la época del Rey Pedro I, que por éste había sido  reconstruída  una mezquita, al tomar la ciudad de Huesca, para dedicarla a la “Virgen de la Malena”. Estaba por abandono convertida en unas ruinas y Huesca se propuso arreglarla.
Llegué con mi esposa Feli y mi hermana Maria a ver la inauguración de sus ruinas restauradas y allí nos encontramos con una bella ceremonia. Allí estaban asistiendo a la semi restauración de esta iglesia, dedicada a la “Virgen de la Malena”, y hacían sonar músicas litúrgicas, unas románicas y otras clásicas. Allí estaba cantando señoras y señoritas, acompañadas por música. Aquellos sonidos emocionaban nuestros corazones y nos dimos cuenta de que destacaba la voz de Doña María Jesús Porta Lansac. Nuestros corazones se conmovieron al escuchar su voz tan sonora, escuchada por todos, pero especialmente por D. Julio José Sopena Lalaguna. Este cuando me  vio  a mí, me llamó para que me aproximara a él, pero lo sentí, porque tenía que marcharme.    
Me marché alegre al darme cuenta de la devoción a la Virgen de la Malena  tan antigua y celebrada por D. Julio José Sopena Lalaguna y de su esposa Doña María Jesús Porta Lansac. Me acuerdo ahora de la voz maravillosa de esta persona, que ahora  por las lágrimas de dolor que le brotan, suenan a las mismas que brotaron de en la Pasión de Cristo de las Tres Mujeres.   

viernes, 12 de enero de 2024

EL RELOJ





Le dedico este escrito al maestro de escuela, que en mi pueblo natal, me enseñó las primeras letras. Yo vivía feliz en mi pueblo, desconocedor de toda malicia. Un día, para mí, un día, no un día determinado del calendario, mi padre me cogió del brazo y me llevó a la escuela. Ese día, que para mí, era como todos, limitado por el alba y el ocaso, resulta que era la fecha, que el calendario señalaba como comienzo del curso escolar. Entonces me enteré de que el calendario era un tirano y no un cartón, en el que San Antonio sonreía a un niño gordito, y donde habían pegado un taco de hojas numeradas. Después de percatarme de esta servidumbre, empecé a notar la del reloj, que desde la torre de la vecina iglesia, me marcaba, cada día, la hora de entrar en la escuela. En ella, me enteré de que cada día tenía uno más y uno menos, en una palabra que los días estaban contados, porque el taco del calendario estaba numerado; cada día se arrojaba un papel al hogar, ardiendo presuroso y se iba tornando el taco más flaco con el paso de los días, como la abuela Juana se secaba con el paso de los años. Y volviendo al calendario, me incorporé al fin, resignado a su tiranía, llegando a colaborar en su dictadura, arrancando yo mismo las hojas y empecé a sentir curiosidad por el otro tirano que me marcaba la hora de entrar en la escuela: el reloj de la torre. Me hice amigo del sacristán, que me subía a la caseta de la maquinaria y allí  en lo alto de la torre, veía el engranaje de las ruedas, escuchaba el tic-tac sonoro y los golpes del martillo en la campana María y me admiraba que la campana se llamase así y de que una de las ruedas se llamase Catalina, como la luna y como una vecina. Me preguntaba como se movía aquel mecanismo y el sacristán me decía que las pesas, con su peso, hacían aquel milagro. El maestro en la escuela nos había explicado que no hay reloj sin relojero ni mundo sin Creador y yo amaba aquel mundo y trataba de relacionar el calendario con los días, las pesas con el peso de los años que hacían ir hacia atrás a los hombres y en cambio el peso de las pesas hacía caminar el reloj hacia adelante. Se mezclaba en mi imaginación la rueda Catalina con la Sra. María y esta con la campana María, el peso de los años de la abuela Juana con el peso de las pesas del reloj, el toque de las doce del mediodía con el paso de ese peso de las pesas del reloj y ese  toque de las doce del mediodía hacía brotar en las gentes sencillas,  el rezo del Ave-María y hacía recordar la mecánica del reloj dirigida por el relojero y el mecanismo del mundo por el Creador. Yo contaba estas cosas al maestro y él sonreía complacido y contribuía con sus palabras a hacerme ver el mundo por su lado amable y placentero.

jueves, 11 de enero de 2024

El reloj de pared



La Fortuna me dio la oportunidad de escuchar a dos amantes, que a pesar de amarse con sus tiernos corazones, daban a la razón la ocasión de crear opiniones y a sus lenguas la de expresar esas mismas opiniones y yo estaba atento a su discusión sobre los relojes de pared o de péndulo. Recordaban, sin duda los viejos relojes que marcaban el tiempo, en sus casas de los pueblos, donde nacieran el uno y el otro y afirmaba uno de ellos, que el armario o caja, que protegía la maquinaría y el péndulo era más delicado que los que ahora se fabrican y el otro exponía su opinión contraria, diciendo que aquellos relojes que traían de Olorón, tenían su nido más sólido que los que ahora les ofrecían en los grandes almacenes.

Yo, entre tanto, pensaba que ninguno de los dos relojes, es decir el antiguo de Olorón o el moderno, que ahora nos ofrecen, tiene madera más fuerte que el otro, pues ambas son procedentes de nogales, de robles o de sabinas, en tanto que otras maderas eran simplemente de chopo y cortadas por el carpintero del lugar.

Pero, independientemente de la calidad de las tablas, ahora su ensamblaje es más encajado, porque el ebanista que arma tales cajas, dispone, indudablemente, de técnicas más modernas, porque el relojero actual coloca sonerías que recuerdan la música de viejos carillones instalados en lo alto de edificios nobles que presiden grandes plazas, como la de San Marcos de Venecia. Las campanadas de nuestras viejas “fustarazas” son más sobrias y recuerdan en la paz de las casas campesinas el paso de las horas, que sin embargo en la ciudad, cuando queremos recordarlas, ya han pasado. No digamos nada de los segundos, que ya no cuentan en la vida humana, en tanto que en la “sala buena”del casal del pueblo, esos segundos cantan su monótono tic-tac, como si ese casal tuviera corazón. Los relojeros antiguos y modernos se dieron y se dan cuenta del paso del tiempo, pues en muchos relojes de péndulo está escrito: ”Tempus fugit”, el tiempo huye. Pero a pesar de su huida, si que tiene corazón el tiempo, por ejemplo el de un amor que muchos hombres y mujeres transmitieron a las paredes de la casa, con sus láminas de santos, de guerreros y guerrilleros, de antiguas fotos de bodas y bautizos, de fiestas populares y de bailes de jota y el del tic-tac, que como un cordial brota del reloj y que a lomos de mulas trajeron los ancestros de Olorón o de Pau. La viuda o el viudo recordaban al escuchar ese tic-tac, las ahora caricias ausentes y las luchas de sus hijos en las capitales, por vivir y por sacar a los nietos adelante.

Aquellas tablas ya sufrieron la injuria del transporte y perdieron su equilibrio por carcomas, desajustes de los muros o alabeos de maderos y de vigas. A veces trajeron solamente la máquina y el carpintero de la aldea fabricó la caja, con aquellos pesados instrumentos o el albañil colocó en un hueco, a modo de alacena, en un rincón de la escalera la esfera, el péndulo y la rueda Catalina, haciéndole el carpintero una puerta, con una ventana esférica, para poder contemplar las saetas y las agujas, que marcaban las horas.

Envejeció el reloj del mismo modo que envejecieron los sucesivos habitantes de la casa y hasta esta casa fue conociendo los achaques que el paso de las horas, que el reloj cantaba y contaba, de segundo tras segundo acompañados por su tic-tac sonoro, que parece mentira que tuviera el poder de acumular años y años, que pasan y que pesan y marchitan, como he dicho, a las personas, a las casas y al aparato mismo, que venido de Francia, se cuartea, se ladea y pierde su equilibrio, para, por fin, enmudecer.

Yo recuerdo, como también ustedes lo harán, la canción que decía: ”Mi abuelito tenía un reloj de pared, que compró cuando él nació…pero un día el reloj, de tan viejo se paró y con él mi abuelito se murió”.

“Tempus fugit” está escrito, como he dicho, en la esfera de numerosos relojes de péndulo y ese mismo reloj demuestra la verdad de tal axioma, porque aquellos relojes, al hacerlos, los pintaban con colores alegres y vivos, unas veces con flores, otras con caballeros y con damas, que soñaban en el amor y hoy sus colores se han vuelto oscuros y descoloridos. Hoy colorean los relojes con barnices, para dar la sensación de que el tiempo no corre y sin embargo, nuestros nietos los verán viejos y sin alegría.

Esa huida del tiempo de los viejos, casi ha desaparecido porque están en el camposanto y ya casi nadie se acuerda de ellos, pero tal huída es más notoria para el hombre y la mujer actuales, en que el reloj los tiraniza y ni siquiera les permite dar una pausa a su correr; no damos tiempo al tiempo, no le dan tiempo al hombre, aunque a la gente joven se le da todo un tiempo, que no es acompañado por sones de relojes, sino por ruidos engañosos de máquinas de juego y del tin-tin nefasto resultante del choque del dinero. Todo lo traducimos a dinero por aquello de que el tiempo es oro.

Aquellos relojes de pared, para encerrar el reloj de péndulo, se visten de muchas formas y son partidarios del amor. Tal vez, por eso, discutían sobre ellos los dos enamorados y es que fijándose en sus cajas, se da uno cuenta que las hay con unas curvas, que son iguales que las caderas de mujer, en cambio hay otras que poseen una forma rectilínea, como si de hombres se tratara y el ritmo que marcan con su péndulo, acompañado por ese ir y venir, se acompasa al ritmo de los corazones de los hombres y mujeres. ¡Oh Tempora, o mores!,¡oh tiempos, oh, costumbres!, porque en aquellos antiguos tiempos, las costumbres cultivaban el amor y hoy, en estos tiempos, en las calles de las ciudades grandes, los corazones van despendolados.

Acompasemos nuestras vidas al ritmo que nos marca el tiempo y no pensemos que a la muerte nos conduce, porque no existiendo para Dios ni pasado ni futuro, porque para El, todo está presente, nos haremos presentes eternamente.

Leyendo, conversando y meditando al compás de nuestros viejos relojes de pared, nos sentiremos acompañados en el camino que nos conduce a un presente inacabable.

martes, 9 de enero de 2024

Casa Otal de Almudévar.-



Paseando tranquilamente por la parte norte de Almudévar, vi una gran casa o más bien una enorme casona, de aspecto noble pero algo deteriorado. Le pregunté a mi compañero de paseo que de quien era ese palacio y me dijo: la llaman Casa Otal, apellido que llevan los Marqueses de Artasona.

Me fijé con gran insistencia en la arquitectura del palacio, como queriendo percibir entre sus diversas obras, el apellido vasco-ibérico, tan aragonés y que en aquella vieja lengua quiere decir carrasca o carrascal bueno. Basta ver más arriba que todavía queda un hermoso carrascal, que en viejos tiempos debió ser inmenso. Me miré por la enorme puerta falsa, que estaba abierta, pero no se escapaban del corral gallinas, pavos ni patos mudos,  viendo en su interior unas amplias escaleras que al parecer subían a los pisos y desde el primero de ellos, se debía acceder al patio, que está en la cara sur de la casa-palacio. En su alta cima y más alta que el tejado, se encuentra un cuadrangular observatorio con sus paredes, que poseen ventanas y con un tejado, desde cuyo vértice caen cuatro triángulos. Desde tal altura observaban el monte, para contemplar sus ganados y vigilar si las parejas de mulas estaban labrando. Era como una galería que les servía de observatorio y me acordé de la que también en casa Almudévar de  Siétamo subíamos, antes de la guerra a contemplar el monte, pero  los cañonazos la derribaron.

En una finca propiedad de los Marqueses, que se encuentra en Almudévar y a la  que  llamaban Artasona, Colonización levantó un pueblo con el mismo nombre. Cerca de Ayerbe había una aldea también conocida por Artasona, que pasó luego a ser una finca, que más tarde compraron varios labradores. En la parte nororiental de Huesca se encuentra todavía otro  pueblo con el mismo nombre. En Navarra y en Alava también existen dos pueblos a los que  llaman Artajona.

Yo no sé si los descendientes de los Marqueses se acuerdan de su palacio de Almudévar, pero como hace ya muchos años que no pasan temporadas en él, no me extraña que no les cause nostalgia el ver su casa tan desangelada. Pero sin embargo hay todavía alguna persona que se acuerda de casa Otal, como Sebastián Grasa, que ahora tiene más de cien años y que cuando tenía tan sólo catorce, es decir hace unos ochenta y seis, se acuerda de la señora Asunción, que la gobernaba con gran celo. Debía ser la viuda del encargado de los montes de los Otal. A sus órdenes estaban siete muleros, que con sus siete pares, tenían que labrar aquellos campos, pero no eran sólo ellos los que vivían en aquella casona, porque allí había caballos, asnos, gallinas y perros, unos mastines enormes, otros de caza y algunos para cuidar ganado, a los que había que cuidar y además había gran número de criadas, porque no sólo lavaban las ropas sino que tenían que dar de comer a los hombres. Tenían también unas dos mil ovejas, para las que disponían de varias parideras en el monte. El hortelano cultivaba la huerta, que se encontraba en el camino de la Violada, antigua Vía Lata.

He dicho que tal vez no les cause nostalgia su noble casa de Almudévar, pero eso es imposible porque el centenario Sebastián Grasa, cuando a sus trece años estaba con el ganado lanar en Almudévar, me contaba que además del escudo de los Otal, que ostenta las cuatro barras de Aragón y que se encuentra en la fachada del Palacio, él había visto algún cuadro con el mismo escudo y otros con señoras portadoras de mantillas y caballeros con uniforme. Al pasar por la calle donde asienta la casa-palacio, observé que hasta en los herrajes de la barandilla de los balcones, se encuentra el escudo aragonés.

Tenían grandes fincas a las que llamaban “filadas”, que estaban “encañadas” es decir que en tiempos pasados se les habían abierto zanjas, en cuyo fondo se colocaban piedras en los lados  y otras encima cruzadas, tapando después las zanjas con la tierra que habían sacado. Cuando llovía no se estancaba el agua en la finca, sino que corría por los canales de piedra que habían puesto y se dirigía a una balsa, que por nombre tenía la balsa de Chinflorín, donde iban a abrevar, no sólo sus ganados, sino también algunas vacas de Almudévar, lo que no le sabía muy bien a la señora Asunción. Tenían también otra balsa, la de arriba, que estaba en el monte alto y a la que llamaban balsa de las Balastrosas.

El salinero Sebastián Grasa, que ahora tiene ciento un años, estaba de “repatán” o rabadán en un  ganado del pueblo de Fago y a su dueño lo llamaban el Fagotano, aunque su verdadero nombre era el de Juan Barcos.

El “repatán” no veía demasiados conejos por el monte, pero liebres y perdices abundaban por aquellos parajes. Hablaba con los cazadores y con los guardas sobre la caza. Un día, uno de esos guardas le dijo que por qué tenía el ganado aprovechando unas yerbas, que eran del Marqués, que como he dicho tenía también sus ganados. No lo castigó porque el chico le explicó que se había caído por una pared.  A los pocos días le preguntó que como tenía el tobillo, a lo que el chaval le contestó que aún le hacía un poco de mal. Se acuerda Sebastián hasta del nombre de los dos guardas, pues dice que uno se llamaba Clareta y otro González y me dice que guardaban muy bien el monte.

Una vez el Fagotano que era un gran cazador le dijo a Sebastián: levántate  que vamos a matar una liebre, tú bajas por este “cerrau”,  porque allí hay una  a la que tienes que mover, haciéndole ruidos y yo la esperaré allá arriba. Cogió Sebastián la vara y se puso a golpear las aliagas y los olivos y las carrascas y  a un momento dado, brincó la liebre, corrió hacia arriba y el fagotano le pegó un tiro y la mató. Lo que no me ha dicho Sebastián si el Fagotano le dio de comer algún “cacho” de liebre, pero más tarde me confesó que muchas las regalaba y con otras comían todos los pastores, incluido el Fagotano y él mismo.

El carrascal extenso que todavía permanece en el monte alto de Almudévar, me cuenta Sebastián que llegaba hasta cerca de Montmesa, casi hasta la atalaya de Tormos y que está hecho dicho pantano con tierra. ¡Cómo se fijaba en las cosas a pesar de ser un niño!. De allí  sacaron el Canal, que después de pasar por Almudévar, entró por   Tardienta, donde hace pocos años recibió el agua del río Cinca. Todavía entonces estaban levantando la presa, pues allí convivió con un mozo de unos treinta años y paisano suyo, porque había nacido como él en Salinas de Jaca, pero en el viejo, no en el actual, que está al lado de la carretera de Jaca. Era su amigo conductor de un camión que acarreaba la tierra que iba a formar parte de la presa,  “conducía muy bien” y el camión pertenecía a Cocorro de Ansó, que ya murió y descargando tierra en la presa, volcó el camión, no pudo escapar y murió. Cuando me contaba la muerte de su amigo le temblaba la voz, como si las lágrimas estuvieran a punto de acudir a sus ojos.

Cocorro era una persona que hacía negocios, pero era noble, porque a Sebastián lo encontró en cierta ocasión en un bar de Zaragoza y no le dejó pagar el café que se había tomado. Tenía además de los camiones varias tierras, que hasta el día de hoy se pueden ver cerca de Bailo, y hay un cartel en la entrada de un monte, en el que pone Pardina de Cocorro.

Al nombrar a Cocorro, que era un ansotano, me explicó como su mujer  más tarde trabajó también para él en un castillo que tenía en la pardina de Montañana.

Estuvo varias veces Sebastián en Almudévar, llegando a comprar por diez mil duros dos campos, llegando a tener doscientas ovejas. Esta posesión le llevó a pensar en comprar una casa en Almudévar, pero como no tuvo ocasión de hacerlo, se fue a vivir a Siétamo.

Los Marqueses de Artasona no deben tener intención de volver a vivir en Almudévar, cosa que no sólo les pasa a ellos, sino también a mucha gente que emigra a las ciudades grandes, pero esa circunstancia no les impide acordarse de regalar al ayuntamiento de la Villa su gran bodega, que será arreglada para gozo de los hijos de Almudévar. Ese regalo demuestra que tienen buen corazón.

El buen Sebastián no pudo quedarse en Almudévar, donde ahora estaría gozando de sus más de cien años, pero yo tuve la suerte de que se encuentre en la  Villa de Siétamo, donde me cuenta innumerables historias antiguas y muy humanas, que yo trasmito a todo aquel que le interesan.    

 

 

lunes, 8 de enero de 2024

Juan Pablo II, transmite la fe.-

 


Cuando en sus numerosos viajes, el Papa Juan Pablo II, además de celebrar ritos eclesiales, tiene que leer algún discurso, se encuentra con dificultades, que le obligan a sacrificarse, e incluso en ocasiones tiene  la necesidad de que lo acabe de pronunciar alguno de los cardenales u obispos que le acompañan.

Esta situación hace pensar a algunos hombres, que “ignoran la verdad del Evangelio”, que el Papa debía retirarse, porque pronto se quedará mudo y no será,  por tanto útil en la enseñanza de la Fe Cristiana. Pero lo que pasa es que dichos señores, hombres de poca fe, no se dan cuenta de que Juan Pablo II es un auténtico santo y no se dan tampoco cuenta de que los inútiles son ellos, por la ignorancia que manifiestan del Poder del Señor y de los favores que envía al Santo Padre; y por medio de esa ignorancia alimentan el gran deterioro mental de sus cerebros, tratando de transmitirlo a las cabezas de los fieles. Y eso es debido a que no comparan el amor a Dios que tiene el Papa y no sólo a El, sino también a sus hijos, con el escaso aprecio que ellos tienen por los hombres, que ya sean cristianos o pertenezcan a otras religiones, en las que se dedican a buscar la verdadera fe, una fe como la de Cristo, que nos hace iguales a todos los humanos.

El Papa, por su avanzada edad, se unirá al Señor  el día que Este lo ordene, pero mientras tanto, él pedirá como Cristo, cuando estaba pendiente de la Cruz y exclamaba”: ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?.

Pero el Señor no abandonará al Santo Padre, como no abandonó a Cristo al que ayudó a pasar los tormentos de la Pasión, porque su actitud hará que se disuelva la aparente fortaleza de la arcilla, de que están compuestos los espíritus de sus enemigos, porque el Señor aprecia la fortaleza de la Fe de su Santidad, que no sólo la pone en práctica, sino que además la transmite a los fieles, con sólo su presencia, aunque esté callado, como Cristo cuando era interrogado por Poncio Pilatos.

Dicen que el Santo Padre quedará mudo y leyendo la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según San Juan (18 y 19), observa uno que “Cuando Pilatos oyó esta acusación, se llenó de más temor y volviendo a entrar en el pretorio, dijo a Jesús: ¿de dónde eres tú?. Mas Jesús no le respondió palabra. Por lo que Pilatos le dice:¿a mí no me hablas?”.

“Desde aquel punto Pilato buscaba como liberarle”.

Como vemos, hasta Pilatos quedó conmovido ante  la mudez de Cristo y de allí podemos deducir que también se conmoverán aquellos que dicen que Juan Pablo II, perderá la palabra.

sábado, 6 de enero de 2024

Los Reyes Magos son los únicos, que en los belenes, van itinerantes.-

 


Cada día que pasa, se ven más cerca del Portal, hasta que llegan a él, a adorar al Niño, al tiempo que se escuchan voces que cantan:” Ya vienen los Reyes por el encinar, Melchor va delante, detrás va Gaspar  y  después  de  todos,  va el Rey Baltasar. Nos encontramos ante un enorme y transcendental escenario, el de Belén y en él tuvo lugar una representación teatral a lo divino y los que en este escenario trabajaron, fueron nada menos que el Señor, como Autor y Actor Principal, al mismo tiempo, y como protagonistas que giraron alrededor del Niño, actuaron su Sagrada Familia, María y José, pasando por  los  Angeles  y Reyes, los pastores y ¿por qué no nombrarlos .  Y más, ahora que S.S. la ha declarado que también los animales tienen su espíritu vital: el buey, la mula, los corderos y los pájaros y animales todos, cuyas figuras aparecen en nuestros belenes. Se completa el medio ambiente con el mismo Portal, con el pesebre y con los árboles. No se  si allí se encontraría algún abeto o pino de los que tanto nos acordamos en Navidad e iluminamos con luces de colores. Esta tradición anglosajona del Árbol de Navidad tiene su origen en Alemania en el siglo VIII, cuando San Bonifacio recorría los bosques de pinos y de abetos en Alemania. Se ha querido crear un antagonismo entre el pino o el abeto y el belén, cuando Papá Noel es  Papá Navidad, ya que en ocasiones se puede identificar con San Nicolás o con San Bonifacio. Hay quien superó esa rivalidad, ya hace casi cien años, editando tarjetas como la que yo tengo en  mi  casa heredada de difuntos antepasados, que más abajo en su exterior representa a Papá Noel y abriéndola aparece un hermoso belén. No se si habría palmeras cerca del Portal ,o, se las encontraron Jesús, María y José, más abajo, más al Sur, cuando huyeron a Egipto. De lo que no me cabe duda es de la presencia en Belén de los olivos, pues a Jesús le tocaría, más tarde, pasar una cruel agonía en un Huerto de esos olivos y ramos de olivo que llevaron los niños cuando Jesús hizo su entrada triunfal en Jerusalén. “ Pueri hebreorum portantes ramos olivarum, obviaverunt Dominum cantantes et dicentes: ¡Hossana Filio David!”. Estos árboles y algún tejo o, algún enebro, algún almendro, las vides o alguno de esos romeros en los que la Virgen tendía los pañales del Niño, después de haberlos lavado, completaban aquella Armonía entre el Creador, la Naturaleza, los espíritus angélicos, el hombre y los animales. No se porque el paisaje del S0MONTANO me hace evocar el del Belén; será tal vez por las colinas que  ondulan el terreno, por las encinas, los pastores, las ovejas, los olivos, las higueras, el musgo y por otros aspectos, que de niños, hemos reproducido en los belenes. Al asociar el Somontano a Belén, se pone en marcha mi imaginación evocadora y nostálgica. Hay quien descalifica  esta  añoranza ,como queriendo constituirse en un falso creador, en un nuevo dios que ha superado la tragedia humana, para hundirse en la caída de los dioses. Tal vez quieran sustituir esa nostalgia con odio o ambición más amargos, pues la nostalgia lo más que puede resultar es agridulce. Ya desde hace muchos siglos quisieron destruir la añoranza de la Cueva o Portal sagrado, donde quiso nacer el Salvador. “El Emperador Adriano hizo, en odio a los cristianos, edificar encima un templo dedicado a Adonis, esperando abolir con esta sacrílega profanación, la memoria de un lugar tan respetable.

Yo no encuentro mal que los partidarios de Adonis, le levantaran un templo, pero no con el fin de destruir el Portal de Belén. Adriano tuvo imaginación más que constructiva, destructora en este caso. Yo me he quedado en la imaginación nostálgica y nuestros Adrianos en la destructora, pero a imitación del Sumo Creador o Hacedor, surgieron hace siglos imaginativos, creativos o creadores, de los cuales unos, a aquellas imágenes navideñas quisieron ponerlas en movimiento, recreando aquel maravilloso escenario de Belén, para dar a conocer a la gente sencilla, el mensaje del Dios-Niño. Otros que  tenemos ahora entre nosotros los belenistas o pesebristas, montan auténticas obras de arte, como son los belenes, sin gran movimiento, digo sin gran movimiento porque los Reyes se mueven, el río corre y algo más se mueve, como son los corazones de los que contemplan, según la sensibilidad e inspiración creativa del belenista solitario o en equipo, que lograron perpetuar de un modo un tanto  ágil a través de nueva Navidad, aquel arte y aquella actividad didáctico-religiosa o catequística que en los hombres y niños sencillos aviva la ingenuidad de su Fe, que transciende más allá del racionalismo, con razones que no alcanza, porque son razones del corazón.  Aquello que he nombrado en primer lugar, que quisieron hacer la representación viva, dinámica de  lo  que pasó en Belén, reproducir las acciones, los actos que ocurrieron durante la primera Navidad, lo lograron de un modo sencillo, con sus belenes vivientes en la puerta de las iglesias, con las cabalgatas de Reyes, con las Posadas  y Pastorelas, llegando a crear el “Teatro de la Edad Media”, primera fuente y origen de los belenes. Yo en mi niñez, antes de la Guerra Civil, me acuerdo del Belén montado en la iglesia parroquial.  Y tengo todavía presente el recuerdo de la señora Isabel la Posadera, que se dedicaba a embellecer dicho Nacimiento. Ella conocía en los caminos de los Huertos, unas plantas que embellecían el paisaje de la Costera y todo el año estaba la buena Posadera, pendiente de la flor que brotaba de ellas. Los niños entrábamos en la iglesia para participar en la belleza del Belén.   La señora Isabel recibía todo el año en la Posada a los viajeros con sus carros, pero especialmente para Navidad, preparaba en la iglesia la “posada” para el Niño Jesús.

Las golondrinas

Cuando iba a visitar o a vacunar algún animal doméstico por el Somontano, me fijaba  en las golondrinas, que anidaban en los cubiertos, deba...