miércoles, 12 de abril de 2017

María Naya Alastrué, casada con Francisco Bescós





María Naya Alastrué, nació en Panzano, en una casa grande de figura cúbica, en la que un antepasado mío, se casó con una Escabosa Azara, hermana de Francisca, última de las Escabosa Azara, que se casó con José Almudévar Altabás, nacido en Barluenga y proveniente de Sieso. Ambos fundaron la Casa Almudévar de Siétamo.
Se casó mi lejana pariente de Panzano, María Naya Alastrué con Francisco Bescós, que fue otro pariente mío por pertenecer a la misma familia que el escritor Silvio Kosti o Manuel Bescós Almudévar
 La casa donde nació María Naya,  ha estado habitada durante muchos años, después de su matrimonio con Francisco Bescós, por su madre y por su hermano Antonio. A Antonio lo veo con cierta frecuencia en Huesca y en Angüés, pues al quedarse soltero, se fue a vivir a una Residencia en este pueblo.
Yo, siendo Veterinario de Loporzano, subía con frecuencia a Panzano a vacunar lechones, que en distintas casas criaban. Pero  era el  marido de mi antigua pariente María Ana Francisco, es decir Francisco Bescós el que era campeón del pueblo en dicha actividad de granjero de lechones. Después de realizada la faena, me invitaban a su casa, donde María nos atendía  con su extraordinaria simpatía  y me hacían tomar un café con leche, acompañado por un trozo de torta. Estábamos acompañados por sus suegros, con los que manteníamos agradables conversaciones y en ellas me hablaban de la Cueva de Solencio, que a veces  se llenaba de agua y salía de improviso por su boca, como una catarata enorme. Me contaban que en la Cueva de Chaves, vivieron hombres primitivos y más tarde lo habitaron las brujas, que una vez a un vecino de Bastaras, no sé si sería Martín Cebollero, le salió de la Cueva un fraile, que resultó ser una bruja enmascarada.
Yendo yo todavía a Panzano,  tuvieron un niño hermoso, al que  llamaron Javier, que era rubio. Ahora que el tiempo ha pasado, ya está casado con Mónica. Cuando yo ya no subía a Panzano, tuvieron otro niño rubio, al que pusieron de nombre Toño.
Ahora vivían en Huesca, pero volvían con mucha frecuencia  a aquel pueblo serrano de Guara, porque allí se vive con una paz inmensa y un ambiente puro, porque cuando uno mira hacia la Punta de Guara,  a veces descubre que se ha puesto un manto blanco de nieve, como si fuera una monja del vecino Monasterio de Casbas. La Madre Pabla Bescós,  Fundadora con la Madre Rafols, de la Comunidad de Hermanas de Santa Ana, quiso ir a Casbas, pero acabó favoreciendo a la Comunidad de Santa Ana. Esta Madre Bescós era tía de Francisco Bescós, esposo de María  y pariente de los Bescós de Huesca, entre los que se encontraba Silvio Kosti o Manuel Bescós Almudévar. Si su marido era pariente de los Bescós de Huesca, ella era pariente mía, como se demuestra con un viejo documento, en que una Escabosa Azara se casó en casa de Naya de Panzano, mientras que su hermana, también  Escabosa Azara,  lo hizo con un Almudévar de Barluenga, y crearon la Casa Almudévar de Siétamo.
Los vecinos de Panzano suben todos los años al Castillo e Iglesia de Arraro, allá en la Sierra de Guara y allí respiran profundamente la vieja historia del antiguo reino de Aragón, cosa que también pueden hacer en Panzano, porque en este pueblo, está presente la antigua residencia de los Condes de Guara.  El año pasado subió María, que quería a la Virgen de Arraro, llena de fe y de optimismo, pero este año ya no pudo, dada la enfermedad que padecía.
Francisco Bescós y su hijo Toño, estuvieron  de vigilantes en la Sierra de Guara, pues siendo  forestales, conocieron todas las formas de vida antigua de la Sierra y las vegetales y las misteriosas cuevas  de desde aquellas cumbres se acordarán de María, su esposa y madre, cuando vean la románica iglesia de Arraro o cuando miren a lo lejos el pueblo de Panzano.   Francisco Bescós, que se quedó viudo de María Naya Alastrué, tuvo con ella dos hijos, uno de los cuales trabajó de Forestal con su padre. En algún viaje que hago a Santa Cilia de Panzano y a este pueblo, también llamado Panzano, alguna vez me he encontrado con los dos hermanos, hijos de Francisco.  Yo salí de la plaza de Veterinario en Loporzano y perdí de vista las actividades de Francisco Bescós. Pero me enteré de que con su hijo Toño se pusieron de Guardas forestales en la Sierra de Guara.
Y ahora he vuelto a ver a Francisco en la Televisión, caminando por la Sierra de Guara, donde explica la existencia de una tumba primitiva, habla sobre marcas picadas en las rocas, que servían para el culto pagano. Además nos relata la proliferación de plantas serranas, que están mirando, allá arriba, al Cielo.
Para mí es una satisfacción volver a ver y a escuchar a Francisco en esa grandiosa Sierra, con sus cuevas subterráneas. Me acuerdo de su esposa, pariente mía llamada María Naya,  con la que tuvo dos hijos, que de pequeños eran guapísimos y ahora trabajadores como su padre. Francisco, el padre que,  gracias a Dios está acompañado por otra esposa de la misma tierra y que vive en Barbastro. ¡Qué el Señor no ha querido dejarlo sólo y lo hace feliz con ella!
Así como María Teresa con sus cien años subía con su hija Teresa Alamán Bescós a Panzano, para respirar los aires de su familia y del Convento de Santa Ana, fundado por su pariente de la Comunidad de Santa Ana, Francisco Bescós corría la Sierra y amaba a sus dos hijos, a los que conocí siendo muy niños con su padre y con su madre.

sábado, 8 de abril de 2017

¡Hola, Primavera de los niños!



El día siete de Abril, pasando por el Coso Alto, en el acceso a la Calle de Goya, mirando hacia arriba, es decir al Antiguo Mercado, he escuchado cantar en su Antigua Plaza, un gran Coro de agudas voces infantiles acompañadas por sones musicales. Esos y esas jóvenes y niños y niñas, cantaban, gesticulaban al ritmo que algún instrumento musical, acompañaba sus alegres voces. Aquellos gestos dirigidos hacia lo alto rimaban con la música, pidiendo aquellos jóvenes niños y niñas, una Justicia Universal, basada en el amor.    

Esos sonidos y los agudos colores de sus ropas, me han hecho subir a la Plaza del Mercado, a escuchar y a contemplar aquel acto basado en el amor entre los jóvenes  humanos. Ese gran Coro de niños, que cantaban y bailaban, ese baile masivo y alegre de niños y de niñas,  que lanzaban al ambiente y dedicaban a hacer felices a los Discapacitados Intelectuales y Físicos. Era aquel Coro de niños y de niñas una inmensa primavera humana, que se sentía feliz, intentando hacer felices a  los unos y a los otros. ¡Qué representación de la Primavera era aquella multitud de niños y de niñas, que con sus cantos y sus brazos elevados hacia arriba, se mostraba unida a aquellos, que sufren el síndrome de la discapacidad!.

Y esta multitud de niños y de niñas se dan cuenta de que las personas presentes en la Plaza del Mercado, a las que ellos están acompañando, se dan cuenta de que unos y otros se necesitan y son interdependientes. En una palabra, se dan cuenta de que unos, los niños y niñas, que van a los colegios, se necesitan en una VIDA PURA, para vivir.

¡Cómo se aman mi sobrina María Teresa con la buena joven que empuja su silla por la Plaza!. Basta mirar a las dos, para darse cuenta de cómo es preciso amarse ambas, para vivir un mundo feliz.

Basta contemplar el grupo de alegres muchachas, vestidas con sus cazadoras del color rojo, que llevan en sus pechos, levantando sus manos hacia un mundo más justo y solidario con las personas, que ya sienten en sus cuerpos la vulnerabilidad.

Ya se van marchando, cada niño o niña, agrupados con sus compañeros de Clase, de la Plaza, un poco resistentes a dejar aquel ambiente de amor y de solidaridad, pero con la sonrisa en sus labios.

Cuando las alegres muchachas, tengan que marcharse, se acercarán los automóviles y pequeños autobuses, para llevar a los que tienen alguna imperfección, unos en sus cuerpos y otros en sus almas, a sus ejemplares Edificios Colegiales.     

jueves, 6 de abril de 2017

MOLINOS DE VIENTO - ( A Pedro Saputo)






Bajo la dirección de S.Ramos Almodóvar se publicaba en Córdoba una revista mensual ilustrada, titulada "Letras Regionales"  y en Febrero de 1928, Santiago Camarasa, escribía sobre el tesoro artístico español, el artículo "Gloriosos testigos del pasado". Trata de los molinos de viento y dice: "No importa que por el abandono pasado fueran desmoronándose bastantes molinos; no importa que éstos fueran antes muchos; lo que importa ya, y grandemente, es que los que quedan, los pocos que subsisten aún, se conserven, se restauren; que los que son ruinas dejen de serlo; que empiece efectivamente la defensa del molino de viento, volviendo a ser, no la riqueza de antes, porque la mecánica hizo conquistas extraordinarias desde su época y sería ridículo su aprovechamiento como entonces, pero sí el ornato de las llanuras manchegas, como lo fue antaño".Añade que la fuerza del aire que movía las piedras de los molinos, representa algo que supone el progreso de la Humanidad por ser los molinos los precursores de la fuerza motriz de cientos de caballos, que mueven los motores de las modernas fábricas que han hecho progresar al mundo.

Este Almodóvar parece que veía venir los nuevos molinos de viento o molinos eólicos, que llenan nuestras tierras hermanas de Navarra, que la han hecho producir con ellos, toda la energía eléctrica que necesitan. Tanto es así, que como final de la operación de llenar los altos de sus tierras de molinos eólicos, han levantado uno clásico, no me acuerdo exactamente donde, para rendir homenaje a los antiguos molinos de viento, padres de los actuales.

Pero mi casi homónimo, Almodóvar dice: "Son esos molinos (además de una reverencia a la fuerza motriz) la reverencia al gran Cervantes y propone que en aquellos lugares de las andanzas de Don Quijote, lo mejor que se podría hacer es levantar como monumento al Caballero de la Triste Figura, un molino de viento".

Pero estamos en Almudévar, según el genial escritor Braulio Foz, patria de Pedro Saputo y según Don Rafael Gastón Burillo:"El símbolo de Pedro Saputo y de Almudévar, que es Aragón entero, puede iluminar con sus enseñanzas y deleitar con su belleza, áspera y rebelde cuanto grata, a todo el mundo".Y en el caso que me ocupa, ¿en qué debe consistir la enseñanza que deleite a todo el mundo?,pues sencillamente en levantar otro molino de viento como aquel que en siglos pasados entregara el Rey Don Jaime II a mi antepasado Juan de Almudévar, portador de dicha Villa. Esto último se puede leer en el número 38 del Argensola del año 1959 y ocurrió en 1311.(Angel Conte en la Encomienda del Temple de Huesca).

"Es curioso observar la cantidad de molinos, que los templarios principalmente, dirigen en Aragón y casi todos ellos movidos por corrientes de agua, pero en Almudévar, al no correr aguas por su superficie, había molinos de viento".

En el libro del Almudévarense o almudevano Aliod y de Gabriel Ponce en la página 48, dicen que el molino de viento lo dió el Rey a Juan de Almudévar, que además de portario "era un personaje influyente y cercano al Rey".

Braulio Foz, nacido en Teruel, encabeza los diez primeros capítulos de su obra Pedro Saputo con las diez letras que forman su nombre, pero no escribió su novela sobre su provincia natal, tal vez por evitar alusiones a sus naturales y como dice Rafael Gastón Burillo, refiriéndose al protagonismo de Almudévar :"Si alguien creyera que la Villa de Almudévar pudiera sentirse molestada o menospreciada por la obra de Foz, grave error es el suyo. No es Almudévar ,sino Aragón; y no es menospreciada, sino elegida precisamente como símbolo de las tierras aragonesas para presentar en ellas la obra vivificadora de que son capaces".

Si, porque a Braulio Foz le parecía ver que el espíritu aragonés iba decayendo y para evitar esa caída  en el ideal de verdad y de justicia de lo aragoneses, con su obra de Pedro Saputo quiso darle unos latigazos (zurriagazos), para que "Almudévar, entre la montaña y la llanura, velase por el destino de los pueblos".(Rafael Gastón Burillo). 

La obra de Braulio Foz nos trae a la memoria el Quijote de Cervantes, porque Pedro Saputo(sabio) representa la "razón natural", para conducir a su pueblo al progreso, de la misma forma que Don Quijote fue un ejemplo de los ideales de los caballeros protagonistas de aquellas novelas.

"Y así como don Quijote veía unos gigantes donde sólo había unos molinos, Pedro Saputo veía en Aragón convertirse en sólo molinos lo que pudieran ser gigantes".

Es curiosa la situación histórica de la Villa de Almudévar, porque está  por arriba y por abajo, rodeada de tierras regadas por ríos, donde los templarios y otros, construían molinos, pero al no ser regada en sus términos, construía molinos de viento y es en ella donde se fijó Braulio Foz para escribir su genial obra, tan poco aprovechada por los aragoneses,"Vida de Pedro Saputo".

Braulio Foz escribió su obra para animar a los aragoneses a crear riqueza y así como los navarros han edificado un molino de viento, después de hacer multitud de molinos eólicos, los de Almudévar deben construirlo antes de que empiecen a situar en ella, los mismos molinos creadores de energía.

martes, 4 de abril de 2017

Miguel Ruiz Orús, Maestro en la Escuela de Siétamo



Me he encontrado, paseando por el Parque de Huesca, con mi antiguo amigo Miguel, al que conocí, cuando ejercía de Maestro Nacional en la Escuela de Siétamo. Hablé con él, incluso en el camino que une Fañanás, con Siétamo, donde coincidíamos cuando yo iba a ver si colgaban aceitunas, en las ramas de  las oliveras. El iba andando desde Fañanás  a la Escuela de Siétamo, donde lo esperaban los niños para aprender la “sabiduría”,  que les hacía ver Miguel en la Naturaleza y en los Libros. Ya Miguel, cada día, en el camino, observaba dicha Naturaleza que mostraba la corriente del río Guatizalema, la presa que desviaba el agua del río para regar los campos de Fañanás. Desde el nivel del río, subía por el camino a la meseta, donde se cultivaban almendros y olivos y casi nunca se encontraba con campesinos o con cazadores, con los que entrar en conversación. ¡Qué espíritu tan amante de la Naturaleza, tenía Miguel, cuando los olivos y los almendros, le hacían reflexionar sobre el aceite , que producían aquellos olivos y que su suave aceite, curaba las heridas de los hombres, ayudaba a lavar los ojos de los que sufrían en ellos, hacían gustoso el pan tostado que “untaban”, con dicho milagroso líquido. Por fin era utilizado en las iglesias, para limpiar los cuerpos y las almas.

Por otro lado, las almendras, alimentaban a los campesinos, que con algún trozo de pan, masticaban y comían, gozando de un sabor encantador y antiguo. Cuando las cascaban, sus cáscaras  servían para encender los hogares y sus frutos se tostaban, para fabricar almendras tostadas de un sabor de lo más agradable. En Navidad con sus almendras creaban un turrón muy sabroso y si estas se molían, se formaba una pasta con la que se fabricaba el turrón de mazapán.  Así los hombres, mujeres y niños, se ayudaban  a vivir con el aceite  y con el turrón de las almendras.

Caminaba el maestro de Fañanás por los montes de este pueblo y por los de Siétamo, para llegar a la Escuela, donde su meditación sobre las almendras y los olivos, le quedaba su espíritu limpio y “pensante”, como el corazón de un Filósofo Clásico, del que decían, que tenía “Mens sana in corpore sano”.

Una vez en el Colegio, se encontraba con los niños, de los que recuerda, en aquellos viejos años, su inteligencia y su bondad.

A veces acudía a sus clases el Mosen Don Alejandro  Tricas de Nueno y allí,  explicaba a los niños las oraciones que les harían ser felices y a veces trataba de consolar sus penas.

Miguel enseñó Matemáticas, Historia, Lengua y las maravillas de aquellos montes de Fañanás y de Siétamo, en que además de llenar los olivos de aceitunas y los almendros  de almendras, les explicaba a los niños las cualidades del aceite de oliva y el placer de los turrones de las almendras.

En aquellas cabezas infantiles, se mezclaba la Ciencia de los Sabios, con la Ciencia que los campos han dado a sus hijos, por esos mundos de Dios.

domingo, 2 de abril de 2017

Manuel Almudévar Vallés y Ramón J. Sender


El Castillo –Palacio de Siétamo, en el que nació el Conde de Aranda, Don Pedro Pablo Abarca de Bolea, al acabar la vida de estos Abarca de Bolea, que murió en 1793, fue vendido por su  heredero, el duque de Híjar  a Manuel Almudévar Cavero, antepasado mío, en cuya escritura firma, un antepasado de Lucán de Quicena.

Manuel Almudévar Vallés no era Conde ni Barón, era sencillamente Hidalgo o Infanzón aragonés. Don Manuel, conservaba el Castillo, y   arrendaba habitaciones como viviendas, o las dejaba gratis a varias familias de Siétamo. Incluso, el Gobierno le obligaba a conservar sus torres, sus miradores, sus escaleras, sus cuadras y habitaciones. Guardaba también en la planta baja, un cuarto donde se alzaba una horca, de la que no se tienen noticias de haber sido utilizada, para ahorcar a nadie. Y así siguió el Castillo-Palacio recordando la Historia, hasta que en la Guerra Civil fue destruido y abrasado por  las fuerzas, que venían de Cataluña. Incluso aparece fotografiado el elegante  Company, delante del Castillo, acompañado por sus seguidores.


Conservo una fotografía de mi abuelo en lo más alto de la Torre Mayor, apoyado en su bastón, observando desde aquella gran altura, casi todo el Monte Agrícola de Siétamo, con el fin de darse cuenta, del desarrollo  de las diversas cosechas y del trabajo de los agricultores, en sus campos. Esa fotografía representaba la Paz y la segunda, la Guerra, presidida con elegancia en medio de jóvenes sin camisa o vestidos  de milicianos.  Company aparece vestido como un gran noble, en medio de los citados milicianos.

Las dos fotografías constituyen  un triste recuerdo de la Guerra Civil. Una la del anciano Manuel Almudévar Vallés, que representa a mi abuelo, elevado en los altos del Torreón del Palacio, observando los cultivos de la tierra, realizados,  con los instrumentos férreos con los que se cuida amorosamente la tierra. Pudo observar el panorama hasta el año de 1930, en que murió. Son dos las fotografías que recuerdan, una la de la Guerra Civil, representada por Company, al frente de los milicianos por un lado y los niños del pueblo, que lamiendo los caramelos que algún jefe de las tropas, les habían dado para que los acompañaran y otra la fotografía de mi abuelo, elevado en los alto del Torreón, observando los cultivos de la tierra, realizados por los vecinos de Siétamo, porque ya no podía, después de muerto, ver a los milicianos de la República. 

El escritor Ramón J. Sender, que nació en 1901, en Chalamera, en la provincia de Huesca, fue un enamorado del Castillo-Palacio del Conde de Aranda de Siétamo. Conoció a mi abuelo, que murió en  1930, a los pocos meses de mi nacimiento y escribió sobre él, en su libro “Monte Odina”. Mi abuelo y mi padre participaban en la posesión del diario oscense “La Tierra”, donde Ramón J. Sender, trabajaba, bajo la dirección  de su padre. Con la Guerra Civil,  desapareció el citado periódico y me acuerdo de que un día,  ya pasados años de la terminación de la Guerra, fue llamado mi padre al antiguo local del periódico, donde no obtuvo ningún beneficio económico, pero le dieron, algunas pinturas y papeles, que quedaron por las oficinas, abandonados. Esta fue la despedida de mi familia del periódico “La Tierra”, de los labradores de la comarca de Huesca.

Me contaba mi padre que mi abuelo Manuel Almudévar Vallés, que era Infanzón y Ramón J. Sender, se acordaba de él, porque dice en la página 64 de su libro “Monte Odina”: “Me habría gustado a mí ser un infanzón de solar aragonés conocido…” y en la página 66, dice: “Incluso en sitios tan tardíamente recuperados, como Siétamo cerca de Huesca, con los Bolea, Aranda, Abarca… y últimamente de amigos míos. Digo últimamente pensando en tiempos anteriores a la Guerra Civil”. Cuando su padre dirigía el periódico “La Tierra”  él, escribía en ella.

Sender, en el libro Monte Odina” o también llamado el “Pequeño Teatro del Mundo”, cuando lo publicó Guara Editorial el año de 1980, escribió sobre mi abuelo, y éste había ya muerto el año de 1930, unos días después de mi nacimiento, mostrando una memoria prodigiosa.

Está claro que Ramón J. Sender, que a los veintiún años, estuvo en el Ejército Español, luchando en Marruecos, después se encontró en Madrid luchando en la Guerra Civil y después se marchó a Mejico y a los Estados Unidos, ¿cómo podía acordarse de mi abuelo Manuel Almudévar Vallés?. Y bien clavado tenía en su memoria a mi abuelo, que murió el año de 1930. Al acordarse de él y del Palacio del Conde de Aranda, Sender escribió: “Realmente es un enorme caserón con más de Palacio Señorial que de Castillo Guerrero, desde donde fue el Conde fundador de la Fábrica de Porcelana y Cerámica de Alcora, que convirtió en casa de labor”. “Con justicia o sin ella a mí,  ese Castillo  me ha parecido siempre una fortaleza árabe o berberisca.


Quizá porque el Señor que la habitaba en 1920, era un modelo y ejemplo estupendo de Caid  o  Sheik,  con su pálida cara ovalada, su barba tuareg, su tez  de camellero del desierto y sus anchos y hondos ojos sombríos, en cuya fijeza había sugestiones misteriosas y ancestrales”.

Sender guardaba en su memoria la figura de mi abuelo Manuel Almudévar Vallés, y gracias a Dios, encontramos una fotografía suya, mirando desde lo más alto de la Torre del Palacio. En esa fotografía aparece confirmada la descripción que de su figura hace Ramón J. Sender, con “su cara de tuareg …y sus anchos y hondos ojos sombríos”, que subían a lo más alto del Castillo a aclararse, mirando los cultivos de los que estuvo pendiente muchos años, como se puede leer en una colección de cuartillas de “bordes sombríos” o negros de luto, que escribió en los años de 1917 en los  meses  de Noviembre y de Diciembre  y en todo el año 1918.


 Dice Sender que en la fijeza de sus sombríos ojos, le quedaban “sugestiones misteriosas y ancestrales” a mi abuelo. Si, misteriosas y ancestrales, porque el día 12 de Diciembre de 1918, fecha ancestral escribe: “Once de Diciembre de 1918, buen día para labrar las fajas de las Pauletas, envolver estiércol, femando el Cuadrado y el Cuatrón de Carilla”. Del siguiente día 12 de Diciembre, aclara: “Buen tiempo, sembrar las Pauletas con trigo de Albero y ordio en el cuatrón de Carilla, con la sembradora. Traen 15 pilas de la leña de Lera de Castejón a tres pesetas, una tiene entregada a 25 pesetas. Pagado el resto”. El día 21 “sigue el viento fresco, labrar los campos de Ola y coger olivas”. El día 22 dice” Buen día y fiesta”.

Mi abuelo seguía moliendo en la Fábrica de Harinas , que creó con Bescós,  padre del escritor Silvio Kosti, primo hermano de mi padre, y el día 23 del mismo mes de Diciembre, escribe:”Buen tiempo para labrar en los campos de Ola y recoger el estiércol en la Fábrica de Harinas”. Se recogía estiércol de las caballerías con las que la Fábrica acarreaba el trigo y la harina, que se había molido. Esta Fábrica de Harinas se vendió a unos catalanes antes de  la Guerra Civil pero mi abuelo la tuvo en movimiento muchos años.

Este hombre observaba la agricultura del Monte de Siétamo y su fábrica de Harinas, desde el Torreón elevado del Castillo del Conde de Aranda. Yo he conocido molineros que trabajaron en dicha fábrica, que eran del pueblo de Blecua. Mi abuelo buscaba trabajo a muchos habitantes del pueblo de Siétamo y de los próximos.

El día 24 soplaba “viento fresco, labraban el Monte de Ola, recogían el estiércol en la Fábrica, cogíamos olivas y los hombres, cerraban portillos en la pared de la Huerta”. Mi abuelo se preocupaba del trabajo, pero respetaba las Fiestas porque el día 26 de Diciembre, haciendo frío con hielos, se celebraba “la fiesta de la Virgen de la Esperanza y de San Roque”.

  Los primeros folios que he encontrado, tienen los bordes negros, que marcan el luto de su cuñado difunto Luis Casaus, que fue banquero educado en Francia y que además de poseer Casa Casaus en el Coso Bajo, tenía la Torre de Casaus, debajo del Cerro de San Jorge. Mi abuelo usó esos folios, enmarcados de negro, con un gran sentido de la economía. Empezó a escribir en ellos, con un gran sentido del ahorro, la contabilidad de sus trabajos agrícolas, ganaderos e industriales en la fábrica de Harinas, al lado del río Guatizalema, en NOVIEMBRE de 1917.

Aparecen sus escritos  en ese mes de Noviembre de 1917 y continúan durante los doce meses de 1918.  Empiezan a encontrarse esos escritos  el día 25 de Noviembre de 1917. El día 25 “Por la mañana niebla, por la tarde viento frío. Fiesta”, El día 26, se venden corderos.”El día 29 de Noviembre hace buen día. Sembrar en las oliveras del Tapiado”. El día 30 hace buen tiempo nublado y empieza a llover de  temporal ”. El 7 de DICIEMBRE de 1917, “hizo buen día, sembrar en Valderrey Alto. Por venta de leche el mes de Noviembre, 283 ptas.” El día 8 de Diciembre “hizo tiempo seco, siendo la Fiesta de la Purísima”. El día 10 “Por la mañana borrascas, después buen día, hacer leña para el Horno y preparar la tierra de Valderrey. Bajo para sembrar”. El día 22 :”Niebla todo el día, descapotar maíz y rajar leñas”. Día 24: “Pagó el Secretario el arriendo de la casa: 95 pesetas”. El 25 de Diciembre, buen día de Navidad y Fiesta y el  26 de diciembre “coger olivas y llevar estiércol a la Huerta”.

Mi abuelo, con su visita al Castillo, hizo en algún momento creer a Ramón J. Sender, que vivía en el mismo. Lo frecuentaba y tenía en lo alto de la Torre, el observatorio de sus actividades. Esta circunstancia hizo creer a  Ramón J. Sender que el Palacio del Conde de Aranda era la vivienda de mi abuelo. Escribe Ramón J, Sender : “En fin, por una razón u otra, el castillo-mansión de Siétamo en el que tantas veces estuve, es uno de los que me habría gustado habitar. Es fuerte, hosco, bronco y nada pretencioso. Tiene historia sin abrumarnos con alguna clase de grandiosidad. Entre la historia, la memoria de las cabalgadas y la sangre de los vencidos se percibe el aliento de las vacas oloroso a heno mascado”. Pero en el Castillo, en una parte de  él, guardaba mi abuelo instrumentos agrícolas, carros y guadañas y rejas de arado. “O  del aladro, como dicen por allí”. Y al lado del mismo Palacio en un edificio construido por el Conde de Aranda, estaba y todavía queda el Yerbero, que un Alcalde nos impidió arreglar, en cuyo local, guardaba mi abuelo y yo mismo, el “aliento de las vacas oloroso a heno mascado”. Entre la casa de Almudévar, situada en la Plaza Mayor, el yerbero y el Palacio, daba la impresión de que eran todos locales los del Palacio y los de Casa Almudévar (como efectivamente lo eran), que sostenían el cultivo del Patrimonio y la alimentación de los animales, con los que trabajaban en toda su extensión.  En la carretera, que venía de Huesca, mi abuelo había construido una gran  Posada, dos viviendas, una para beneficiar al pueblo de Siétamo, con la vivienda para el  Médico y otra para el Veterinario. Además una Fábrica de Alcohol, de la que todavía queda una máquina para pasar el vino por ella y obtener el citado alcohol.

Mi abuelo impresionaba a Sender, que trabajaba, antes de ir de soldado a Marruecos, en el Periódico “La Tierra”, de la cual era copropietario Manuel Almudévar Vallés.  Sender en el Libro “Monte Odina”, escribe: “Con justicia o sin ella a mí el castillo me ha parecido siempre una fortaleza árabe”. Esa fortaleza hizo recordar a Sender su estancia de cabo del Ejército en Marruecos, en que tuvo ocasión de conocer a un tuareg, llamado Pozamí. En esas circunstancias, dice Sender:”Yo estaba  secretamente deslumbrado” ante su figura. No se tiene idea en Europa de lo que es la autoridad natural y la aristocracia. Yo he tenido a veces ocasión de tratar aristocrátas franceses, rusos exilados, ingleses y naturalmente españoles, pero nunca recibí, hasta conocer al tuareg, una impresión de superioridad en hombre alguno”. El mismo Sender, se acordaba,  al poder admirar a los tuaregs, “de ser un simple cabo de la infantería”. “Un tuareg. Más tarde conocí a otros y me familiaricé  con alguno de ellos. No son árabes, aunque visten casi lo mismo. La plebe tuareg se llama a sí misma “berberisca” y habla selha”.   Sender ante una raza de hombres, los tuareg, parecidos a los que habitan en las Montañas españolas en el Pirineo, Sierras de Albarracín, Alpujarras, comenta en su libro a las ansotanas, diciendo que se peinan como las tuareg.”Sus vestidos no tienen talle o lo tiene más arriba de los pechos, como en Ansó. Las mujeres tuareg tienen la cara descubierta, al contrario que las árabes”.

Yo hace años oí hablar de que la raza vasca era la misma que la tuareg y Sender dice que : “el color tostado de los vascos (más moreno que el de los andaluces) y el de muchos montañeses de Aragón es igual al de los tuareg”.

“Realmente es (el Palacio) un enrome caserón con más de palacio señorial que de Castillo guerrero desde que el conde, fundador de la fábrica de porcelana y cerámica de Alcora, lo convirtió en casa de labor”. “Con justicia y sin ella a mí ese castillo me ha parecido siempre una fortaleza árabe o berberisca”. Es que  Sender desde el año de 1920, se dio cuenta que el señor que la habitaba en ese año “era un modelo y ejemplo estupendo de Caid o Sheik, con su pálida cara ovalada, su barba tuareg, su tez de camellero del desierto y sus anchos ojos sombríos, en cuya fijeza había sugestiones misteriosas y ancestrales”. No se equivocaba Sender de que algo quedaba de la raza vasca en mi abuelo, cuyo lejano origen, provenía de Olorón y de Pau, donde queda la raza vasca. Además el apellido Abarca de Bolea, viene del Pais Vasco, porque en Pamplona, figura su apellido en el Gran Paseo de Pamplona, cerca del Ayuntamiento. Vivía entonces la familia de Sender en el número 13 de la Calle de Sancho Abarca, en el Palacio de un primo del Conde de Aranda, llamado Abarca, del que se puede ver un escudo de tal apellido, en su jardín y huerto que poseía el pariente del Conde de Aranda, en la parte más alta del Coso oscense. y que mi amigo, lo tiene depositado en su jardín, debajo del cual  se dividía el Coso en dos. Limitaba el jardín,  donde se encontró el escudo del primo del Conde de Aranda  con otros huertos, con los  limita con el Recreo de los Salesianos. En esta casa de los Abarca, parientes del Conde de Aranda, murió la madre de Sender.

En el Monasterio de Casbas estuvo de Abadesa. Ana María Abarca de Bolea, tía del Conde de Aranda, junto a su prima, hija de Abarca, que vivió con su padre  en el número 13 de Casa Abarca.

 Yo gozo al leer la descripción que Sender hace del Palacio –Castillo del Conde de Aranda: “Con justicia o sin ella a mí ese castillo me ha parecido siempre una fortaleza árabe o berberisca Quizá porque del señor que la habitaba en 1920, (mi abuelo) era un modelo y ejemplo estupendo de Caid o Sheik con su pálida cara ovalada, su barba tuareg, su tez de camellero del desierto y sus anchos y hondos ojos sombríos, en cuya fijeza había sugestiones misteriosas y ancestrales”.

Pero, después de estas vivencias  de mi abuelo, de las que Sender, quedó encantado, diciendo:  “Incluso en sitios … como Siétamo, cerca de Huesca, de la Casa de los  Bolea, Aranda, Abarca …. y últimamente de amigos míos (como los Almudévar). Digo últimamente pensando en tiempos anteriores a la guerra Civil que llegó  el año de 1936.

Aquí se acabaron los recuerdos románticos de tiempos anteriores a la Guerra Civil. “Dos escritores amigos míos estuvieron allí durante los peores días de la Guerra: el alemán Gustavo Regler, que fue gravemente herido de un metrallazo en el espalda y el inglés Ralph Bates…los dos me dijeron que Siétamo quedó totalmente destruido” “Arrasado”.

Pero Sender “no pudo creer que el castillo-palacio de los Bolea (con sus muros de dos metros de espesor) se dejara arrasar fácilmente, aunque los cañones de Huesca eran gruesos morteros que disparaban granadas rompedoras de gran calibre”.

“Del Arco –una vez más recurro a él­­- dice que la Torre y el arco del castillo son del siglo XIV… La torre es robusta, ligeramente rectangular, de grandes sillares. Tiene veinte metros de altura por once de ancho y matacanes en lo alto. Estuvo almenada y junto a ella hay un arco por donde se entraba al castillo desde el pueblo. Se conservan –al menos en 1920 yo las vi- la sala y la alcoba con molduras doradas donde nació el famoso conde de Aranda, ministro de Carlos III”.

Sender estaba encantado por la labor ejemplar de mi abuelo haciendo producir alimentos para los ciudadanos y por su conocimiento de los tuareg, cuando estaba haciendo su servicio militar en Marruecos, Tenía un corazón amante de los habitantes de Siétamo y  de los recién conocidos tuareg, que le  produjeron “ una impresión de superioridad en hombre alguno. Claro que yo era entonces un simple cabo de infantería”. ¿ No sería la Dama de Elche la que originó a los vascos y a los tuargs?.

¡Cómo cambiaron los hechos en la vida de Sender, al comparar la vida en Siétamo, gobernada por el espíritu de trabajo y de producción y la observación de los tuareg, parientes lejanos de la raza de los vascos, al ver a Siétamo “Arrasado” y a los tuaregs , olvidados”.

Sender escribió:” En fin, por una razón u otra el castillo-mansión de Siétamo, en el que tantas veces estuve, es uno de los que me habría gustado habitar. Es fuerte, hosco, bronco y nada pretencioso. Tiene historia sin abrumarnos con alguna clase de grandiosidad”   

Pero el año de 1936, quedó Siétamo “ARRASADO”.

¿Quién lo arrasó?. Sender cuando estaba ya muy lejos de España, escribió:”Todo el pueblo tenía un cierto aire de dependencia del castillo.

Sin embargo era un pueblo liberal y los fascistas debieron destruirlo con gusto (un gusto entre bárbaro, estúpido y criminal)  desde Monte Aragón. Especialmente  agradable debía ser para ellos dirigir los cañones sobre la residencia del antiguo conde de Aranda, que en la segunda mitad del siglo XVIII gobernó a España con Carlos III y ordenó la expulsión de los jesuitas del imperio español”.

Sender estaba engañado de que los “rebeldes contrarios a la República o fascistas”, fueron los que (con un gusto entre, bárbaro, estúpido y criminal, DEBIERON destruir con gusto el Castillo de Siétamo, desde Monte Aragón”. ¡Pobre Sender que no estaba en medio de aquella Guerra tan lejana, al saber que  sufrían  Siétamo y su castillo, sin tener la seguridad de que la destrucción del castillo, viniera de Monte Aragón, porque escribe “QUE DEBIERON DESTRUIR” desde el castillo de Monte Aragón. Parece que “En fin, por una razón u otra el castillo-mansión de Siétamo, en el que tantas veces estuve, es uno de los que me habría gustado habitar. Es fuerte, hosco, bronco y nada pretencioso. Tiene historia sin abrumarnos con alguna clase de grandiosidad”.

Ya temía Sender que no fueran los rebeldes los  destrucctores  del Castillo y los que “ARRASARON” el pueblo de Siétamo.

Es cierto que hubo artillería en Monte Aragón y en Ola, pero cuando se acabó la Guerra, se observaba con facilidad, como los fuertes cañonazos que se dispararon sobe Siétamo, abrieron destrozos en la parte del Palacio  orientada a Cataluña. En casa del cura Lasierra, se ha visto hasta hace muy poco tiempo una casa derribada y en su parte ruinosa más alta, unos destrozos, producidos por balas de cañón.  La parte de Siétamo que mira al Este, quedó mucho más  destruida que la que mira a Huesca. En mi casa en su parte Este que mira a Cataluña cayeron cincuenta cañonazos, que hicieron destrozos. En la parte alta de las eras en un pajar derribado por la artillería, se observa en una pared, un agujero redondo, obra de una bala de cañón.

El castillo lo acabaron de destruir después de la Guerra, ocupando sus ruinas, toda la Plaza Mayor del pueblo.

Sender, escritor aragonés, que amó tanto el castillo de Siétamo, escribe “en el que tantas veces estuve, es uno de los que me hubiera gustado habitar”. No apela a que amaba a dicho castillo, sin apurarle ninguna clase de grandeza, pero se acordaba de las cabalgadas y sobre la sangre de los vencidos y “se percibe el aliento de las vacas, oloroso a heno mascado”. Y recuerda “el ruido del yunque donde un fuerte gañán repasa el filo de la guadaña. O la reja del arado. O el aladro, como dicen por ahí”.

Las guerras durante siglos han alarmado a los habitantes de Siétamo, que  durante siglos gozaron de la fortaleza de la Casa-Palacio de los Condes de Aranda. Y para acabar citaremos la poesía que escribió el Gran Escritor Lope de Vega y Carpio en su  silva  2,  para alabar al Conde Martín Abarca de Bolea, de la siguiente forma: “Para que el Ebro vea- Que ilustremente vive-Don Martín de Bolea- En la inmortal trompa de la Fama,- Cuyo sonoro círculo la llama,-hoy en altas pirámides le escribe- haciendo a los adornos capitel- De trofeos de amor y armas de laureles”.

¡Qué recuerdos conservó Sender en su memoria toda su vida y Lope de Vega y Carpio, cuando escribió su Silva 2, en que afirma Martín Abarca de Bolea, qué contempló junto al trabajo de los campesinos “Trofeos de amor y armas de laureles”.

lunes, 27 de marzo de 2017

Ultimo Café cantante (6-I-1986)




Resulta esplendorosa la gran ciudad cuando uno llega a ella desde el pueblo. Aquellas avenidas no parecen tener fin, son las calles más anchas, las columnas más altas y más gruesas, las gentes más numerosas y parecen eso, más gentes, aunque creo que individualmente son tan personas como las demás. Las tiendas son como torres de Babel, en las que no se suelen dar los buenos días ni las buenas tardes, y aunque algún despistado los diera, nadie le contestaría. Supongo que entre tantos pobladores habrá más muertos que en los pueblos, pero no ve uno entierros y,  sin pretensión de faltarles, da la impresión de que los muertos pueblerinos son más muertos, quizá porque se ve el ataúd cuando lo llevan a hombros por las calles, sin autobuses,  a la iglesia y de ésta al cementerio, mientras se escucha el dim-dam fúnebre de las campanas de la torre.

Me acuerdo cuando, hace  muchos años, caminando bajo los árboles del paseo, los gorriones evacuaban sobre nuestras cabezas de estudiantes, pero ahora en lugar de árboles estáticos, hay automóviles mecánicos y los gorriones,?¿se habrán ido a algún pueblo?

No todo es nuevo en la gran ciudad, también hay viejas calles estrechas como tubos (El Tubo) y en una de ellas hay un viejo café con columnas revestidas de espejuelos plateados en la entrada, altos techos de yeso pintados al aceite y ennegrecidos por viejos humos siempre renovados y,  al fondo, un escenario con músicos y mujeres, que enseñan sus encantos cuando son jóvenes y sus abundancias cuando son maduras, a los numerosos viejos, sus admiradores. Casi todos ellos llevan boina caída hasta las orejas, que parece consustancial con sus personas. Quizá en los pueblos  de origen mirarían a las bañistas, ocultos tras los chopos, como los ancianos de la Biblia espiaban a la casta Susana. Trasplantados a la gran ciudad, no tienen necesidad de esconderse, sino que, cómodamente sentados tomando café y envejeciendo cada día más el techo con el humo de sus farias, miran “columnas de oro sobre base de plata, tales son piernas hermosas sobre firmes talones".(Eclesiástico).

Si estos firmes talones se basan sobre altos y firmes tacones, que taconean al son de músicas de castañuelas andaluzas y aragonesas, esos viejos se sienten rejuvenecer… 

Salto de Roldán u Osca

Salto de Roldan Cuando uno pasea por la Calle del Desengaño, la más larga de Huesca, antes de llegar al edificio conocido por El Amparo, hay...