lunes, 7 de julio de 2014

La señora María Mora o la “seña” María



Cuando  conocí  a la “seña”  María Mora yo tenía unos cuatro o cinco años de edad. Y admiraba a todas las personas que iba conociendo en mi corta vida. Pero a María Mora no sólo la admiraba, sino que la amaba, porque era cariñosa con todo el mundo y endulzaba la existencia de todos los que a ella se acercaban. Llegó la Guerra civil y la perdí de vista, porque  yo con mi familia huimos a Huesca y después a Jaca y por fin a Ansó, ya cerca de Francia, donde no tuvimos necesidad de entrar, porque ya se intuía el fin de la Guerra Civil. Cuando  ya se estaba acabando en  la provincia, retornamos a Huesca, donde nos quedamos a vivir con mi abuela Agustina. No podíamos regresar a Siétamo, porque esta Villa, parecía un pueblo desaparecido, con sus calles llenas de “enrruenas” y en nuestra casa habían caído unas sesenta bombas de artillería.  Pero yo,  aprovechaba las ocasiones, en que mi buen padre, me llevaba a Siétamo en la barra de su bicicleta y otras veces subíamos a un autobús. En el pueblo me encontraba con los niños de mi edad y recorríamos las ruinas que los aviones, los cañones y el fuego  provocado por los que se apoderaron de Siétamo. Uno de ellos era Antoñito del Herrero y el otro era Rafael de Lasierra. No se encontraban objetos de provecho, sino únicamente  balines de fusil en abundancia como se encuentran los guijarros en la orilla de los ríos. Todo recordaba la Guerra, pues no había alimentos ni alpargatas, sino abarcas de caucho, procedentes de las  ruedas  de los camiones, y automóviles , que por allí se encontraban destrozados; pero en un muro de casa Cavero derribado, en su base se encontraba un agujero  del que buscando algo útil, nos salió una antigua pistola. Estábamos en un ambiente repugnante, es decir en un solar de guerra, en que sólo quedaba el recuerdo de otras luchas anteriores. Mis amigos, que habían  asistido conmigo a la Escuela, antes de la Guerra, comían pan negro,  remojando la superficie de su miga con un poco de vino, que le echaban por encima de esa miga y que solían  acompañar, los que la tenían,  con un poco de azúcar.
En nuestra casa de Almudévar, vivía la familia del señor  Domingo Borruel y de la señora María Oliva, porque nosotros, como estaba mi buena madre enferma del corazón, nos acompañaba muy pocas veces a Siétamo y cuando podía hacerlo, nos  acogía la señora Isabel  de la Posada, en esta casa,  que le tenía arrendada mi padre. Por cierto que esta gran casa se la cedió mi padre a a los señores Borruel, cuando yo me hice cargo, después de haber estudiado la carrera de Veterinario, del cultivo del patrimonio, que la Guerra Civil,  nos obligó a abandonar en 1939.
Yo no podía olvidar la vida en nuestra casa Almudévar de Siétamo, y encontraba el cariños de aquellas personas que tanto habían sufrido a causa de la Guerra, pero así como existían personas que lo pasaron mal en ella, ya no nos querían, como antes, cuando nosotros habíamos estado muy lejos de Siétamo. Pero yo encontraba la amistad de los niños, como Rafael,  Fernando,,Antoñito y de los mayores,  como el señor Jorge, que guardó las caballerías en la Torre Casaus de Huesca y las volvió a Siétamo,  donde siguió cultivando la tierra durante cierto tiempo. ¡Dios mío,  qué buena persona era el señor Jorge!. También lo era el señor Silvestre, que era pastor de nuestras ovejas y ¡puro milagro! que al acabar la Guerra, volvió a Siétamo con el ganado, que hizo salir durante ella del peligro de la lucha. ¡Cómo!,  con pozales de agua, bajaba corriendo a la fuente alta a buscar agua para apagar la paridera, que consiguió conservar utilizable. Eran hombres,  que a pesar de sufrir esas luchas entre los ciudadanos, ellos no odiaban a nadie, sino que defendieron la vida de las familias ajenas y de las propias. Jorgre,  cuando vinieron a trabajar la tierra,  se marchó a Sesa,  y  Silvertre, marchó a Fañanás, donde todavía vive su hijo casado y un nieto, que trabaja en Huesca. Las mujeres, con su sentimiento maternal nos trataban muy bien a mis hermanos y a mí mismo. Isabel de la Posada era una señora buena,  trabajadora y nos cuidaba muy bien. A María Oliva esposa de Borruel, no la vi jamás de mal genio, porque siempre nos cuidaba y procuraba darnos buenos alimentos, en unos tiempos, en los que se comía lo que se podía. Me acuerdo que en una ocasión,  tuvo que darnos a mi padre  a su esposo e hijos, bellotas cocidas. En otras situaciones nos guisaba guijas, que por cierto ya no se han vuelto a consumir. Bien se nos valió que el matrimonio de Borruel  era  muy trabajador y cultivaba la huerta de maravilla. A parte mataba algún cordero y criaba cerdos.
En aquel hogar de mi casa, que todavía se conserva, en aquellas dos mesas que se levantaban verticalmente,  apoyadas en la pared y que se bajaban a una posición horizontal, en la que se colocaban los platos, vasos, el porrón y calentados por el fuego del hogar, se vivía con felicidad. Allí llegaba la señora María Mora, a ayudar a la señora María y todo era alegría en su rostro y en su comportamiento. Eran buenos los señores Jorge y Silvestre, pero la señora María, la señora Isabel y la señora María Mora, eran tres mujeres que trataban de hacer a los humanos felices en aquellos tiempos de desgracia e incluso de hambre.
María Mora,  no recuerdo su apellido y el pueblo le añadía al nombre de María, el apellido de su esposo Mora. Yo no lo conocí y dicen que era limpiador de olivos y de almendros, pero tenía muy mal genio,  pues abusaba del vino, tal vez porque no podría comer lo necesario. Se murió pronto,   y María Mora se quedó sola. Pero a pesar de la miseria de aquellos tiempos, ella vivía feliz, porque cogía caracoles, que comía y que vendía. Era muy caritativa y si algún  hortelano le daba lechugas,  ella las daba al Señor Maestro o a alguno que tuviera dificultades para comerlas. Mis dos hijos eran muy pequeños y siempre la iban a visitar,  para gozar de su cariño y entregarle el suyo. Con un tirador cazaban gorriones y se los llevaban a ella, que los pelaba y los asaba, para después completar su merienda con  patatas cocidas. Mi hijo Ignacier, se lo agradecía tanto,  que cuando cenaba en casa, le decía a su madre ¡qué bueno está este plato , ¡cómo le gustaría a la señora María!. Mi esposa Feli,  no podía aguantar tales sentimientos y le colocaba en una cacerola,  los ricos alimentos que Ignacier, soñaba que los pudiera comer la señor María.

La buena señora, pasó épocas en su vida de dolor, pues en los últimos años de su larga vida, le dijo a mi esposa: a usted sola se lo voy a decir, es que sufro tanto que si no por su cariño,  me tiraría por algún terraplén. Mi esposa,  no dijo nada,  pero cada día la cuidaba mejor. Y cuando ya era muy vieja, con sus sayas largas hasta el suelo, la llevó a las hermanitas de los Pobres, donde no he conocido a otra mujer más feliz, que a la Señor María Mora. Murió el día de San Vicente, patrono del pueblo de Siétamo. Carmen de Gaspar, viuda de Rafael Bescós, cuando va al cementerio le reza, acordándose de aquella noche, en que el marido de María, llamado Mora, regresó muy tarde a su casa. Ella le abrió y él la dejó en la calle, helándose con su camisón. San Vicente, patrono del pueblo, le guardó la vida.

sábado, 5 de julio de 2014

El ocaso en el Cerro de San Jorge de Huesca




Mi tía Luisa, Penélope  para los leñadores, era amante de observar los ruiseñores en las yedras del jardín de la Torre de Casaus  y aseguraba que,  según opinión del gran pintor Zuloaga, las puestas del sol del Cerro de San Jorge, eran las más bellas en variedad de colorido de toda España. No tengo noticia de que llegara  a conocer a tan eximio pintor; tal vez escuchara esa opinión de boca de su primo Don Manuel  Bescós Almudévar (Silvio Kosti), pintor,  además de escritor y rico en relaciones humanas de todo tipo.
De todas formas, no creo que se sacase la opinión de la manga, pues las mangas, por sí solas, constituían en aquellos tiempos una cuestión de moral conflictiva y que hacía que las pobres modistas unas veces tiraran de ellas para arriba, y otras para abajo. En aquellos tiempos, la moral se calibraba , se ponderaba escrupulosamente, y por tanto, el dejar al descubierto  unos centímetros más o menso de tejido epitelial de las extremidades superiores, constituía materia de consulta en el confesonario.
En cuanto al tejido epitelial de las extremidades  inferiores, más vale no “meneallo”,  porque mi tía, se levantaría de su tumba para amenazarme como a los leñadores que talaban los corpulentos  y copudos árboles de la carretera de Zaragoza. De esta anécdota le vino que su sobrino y primo mío José Antonio, la llamara Penélope por mal nombre; si se mete uno a redentor, sale crucificado.
¡Pobre tía Luisa, amante de la naturaleza y de la belleza visual y auditiva!. Tenía una borrachera de belleza ambiental cuando,  a la puesta del sol refulgente, se unía la frondosidad de aquellos enormes árboles y, sobre ellos, el “triunfo de los pavos reales”, que con su rueda erótica, competían en color con el ocaso. Aquellos pavos reales fueron uno a uno, aplastados  por el tráfico en aumento de los vehículos de motor; los enormes árboles, cuya tala  no pudo evitar mi tía, cayeron estruendosos, víctimas de la sierra también de motor. En cambio su prima la escritor María Cruz Bescós, consiguió que se respetase el Plátano de Indias gigante,  que todavía se alza frente a la puerta de su casa.

El ocaso sigue cada día  teniendo lugar, y seguirá mientras exista el sol, pero su colorido espectacular y cambiante se ve oscurecido  y como emborronado por el humo que vomitan las altas y negras chimeneas que por aquella zona proliferan. Me queda el consuelo que tantas veces, y en plan irónico, se aplican las gentes entre ellas: ¡ya vendrá el verano para que no se eleven esos humos negros, que velan la hermosura de nuestras puestas de sol en el Cerro de San Jorge!. Las más bellas de España.

El Cántico de San Juan de la Cruz



La belleza ha dejado de ser un ideal para los hombres y mujeres, pues vemos como muchas tendencias y modas tratan de acabar con el concepto de esa belleza. Humberto Eco en el libro “Historia de la fealdad” escribe que “también el arte contemporáneo practica la  fealdad y la celebra”. Pero Lynch dice: “Si no hay nada trascendente y divino allí fuera, no hay nada bello que reproducir”, es decir que si Dios no existiera, no habría nada bello que representar.
Esos que se dicen sabios y no creen en un Ser Supremo se creen que ellos son los que han de dictar donde está el arte y donde no está.
Pero la poesía de San Juan produce un efecto literario entre los lectores creyentes, que aman a Dios y a sus hermanos, igual que lo produce entre los que no creen  porque no tienen fe.  Dice Humberto Eco que muchas veces “ la atribución de  belleza o fealdad se ha hecho atendiendo no a criterios estéticos, sino a criterios políticos y sociales” y en estos tiempos, los que se llaman a sí mismos modernos, dictan que el arte ha de liberarse de reproducir la belleza. En este mundo hay cosas feas y cosas bellas, pero la poesía trata de hacer del mundo el reflejo de las cosas bellas. Hace poco tiempo escuché la letra de esta jota, que dice así: ”Como los pájaros cantan- las penas de mis amores- así canto yo la jota-para aliviar mis dolores”. Si esta jota me llena de emoción,  ¡cuánta brotará dentro de cualquier lector al leer el “Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por la fe”, cuando escribe: “Que bien sé yo la fonte que mana y corre,-aunque es de noche!”. ” Su origen no lo sé pues no le tiene- mas sé que todo origen della viene- aunque es de noche”.. ”Sé que no puede ser cosa tan bella, -y que cielos y tierra beben della -aunque es de noche”. ¡Cómo inunda su alma la poesía que acaba este Cantar” y que así dice: ”Aquesta viva fuente, que deseo, en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”, pues efectivamente la falta de fe, hace que sea de noche para los partidarios de la fealdad y del mal. Pero  en tanto a San Juan de la Cruz, el mirar el Pan Bendito del Cuerpo de Cristo le hace ver la viva fuente que el Señor nos ha dado, los que sois fieles a la Adoración Nocturna, podéis cantar aquellos versos  de San Juan de la Cruz, cuando escribía: “Vivo sin vivir en mí y de tal manera espero que muero porque no muero” y “Cuando me empiezo a aliviar - de verte en el Sacramento- háceme más sentimiento- el no poderte gozar- todo es para más pensar- por no verte como quiero- y muero porque
no muero”.
La voluntad de San Juan de la Cruz, llega, como vemos, a desear su muerte para gozar de la auténtica presencia de su amado Jesús, junto a sí mismo, pero se consuela al ver la hermosura de la naturaleza, como un reflejo o como un recuerdo del amado, que al mirar los sotos los ha embellecido con su mirada. Así lo afirma el Santo, cuando escribe: “Mil gracias derramando-pasó por estos sotos con presura;-y, yéndolos mirando, con sola su figura-vestidos los dejó de su hermosura”. Y San Juan de la Cruz escribe de los sotos, que son zonas próximas a los ríos y donde se contemplan árboles de distintos frutos y formas, como por ejemplo el manzano, del que escribe Santa Teresa: ”Entiendo yo por manzano el árbol de la Cruz” y gozo “del fruto que sacó Jesucristo Nuestro Señor de su Pasión, regando este árbol con su sangre preciosa”, porque en un manzano cometieron Adán y Eva el primer pecado, como dice Pagán en su poesía: ”En el árbol fue cometido- lo que pecaron los dos,- y el castigo desto ha sido-que en el árbol muere Dios-de humana carne vestido”.
Muy próxima al manzano del Paraíso, reptaba  la serpiente, buscando el mal entre los hombres, que hicieron que en el árbol muriera Dios. En el Padre Nuestro, pedimos “venga a nosotros tu reino”, porque el demonio, unas veces en forma de serpiente y otras vestido de hombre bueno está haciendo el mal en este mundo de tal forma que los cristianos nos veamos en la necesidad de pedir a Dios que “venga a nosotros tu reino”
En la Historia de la Humanidad, siempre se ha dado la lucha entre el Bien y el mal y como el Señor ha hecho al hombre libre, se dan toda clase de enfrentamientos y contradicciones. San Juan de la Cruz llegó a desear su propia muerte para gozar de la presencia de Jesús, pero se consoló viendo la hermosura de la naturaleza, como se ve en sus versos: ”Mil gracias derramando –pasó por estos sotos con presura;- y, yéndolos mirando, con sola su figura-vestidos los dejó de su hermosura”.
Otros hombres, tentados por el demonio, representado por la culebra, no quieren el lado de la muerte para sí y han generalizado la visibilidad de la violencia, de la muerte y lo desagradable. Todos sabemos que nos llegará la muerte, aunque muchos no la quieren aceptar y quieren prolongar la belleza, sin darle importancia a la alteración del envejecimiento de nuestro físico. Total que han creado una belleza que se ha convertido en fealdad. Esa sociedad está enferma porque quiere modificar la estética con una belleza inarmónica, pues hasta las palabras groseras se pronuncian en público y se pintan las fachadas de los edificios.
 ¿Cuánto tiempo durará el reinado de la fealdad?. Entre los años 1927 y 1930,un padre jesuita llamado Georges Lemaître, dijo que el universo comenzó por la explosión de un átomo primigenio, fenómeno al que llamaron el Big-Bang. Desde esa explosión empezó a nacer la vida, pero Francis Crick, premio Nobel, descubridor del ADN, decía que “ Un hombre honesto, equipado con todo el saber que hoy está en nuestras manos, habría de afirmar que el origen de la vida parece, actualmente, un hecho milagroso”.pero cuando ya no quedé nada por destruir vendrá un fenómeno opuesto al Big-Bang y así como éste produjo una enorme explosión ,en el Big- Crunch, al ser un fenómeno contrario, vendrá una implosión del universo. Hace pocos días escuché a Stephen Hawkings, el sabio que sufre disminuciones físicas, que decía:  en doscientos años el hombre tendrá que viajar a otro planeta, porque las condiciones de vida en este mundo, se hacen imposibles.

Los Adoradores Nocturnos, le pediréis a Cristo en el Santísimo Sacramento “y mándame ir a Ti, para que con tus Santos te alabe por los siglos de los siglos”.

jueves, 3 de julio de 2014

La señora Carmen o la gaceta



Andrés Moreno nació en Torquemada, provincia de Palencia, donde escucharía alguna de las barbaridades que en ella se cometieron en tiempos de la Inquisición. Se casó Andrés con Natividad Villahoz, nacida también en Torquemada. Ingresó en los Ferrocarriles Españoles antes de la Guerra Civil y lo mandaron a Lérida. Allí esperaron a Carmen, que nació también en Torquemada,  pues allá se fue su madre, para dar a luz. Se querían Andrés y Natividad tanto que se adoraban, pues él era un hombre muy prudente y muy trabajador, tanto que cuando empujaba un vagón, no necesitaba a nadie más, para sacarlo del lugar donde se encontraba. Natividad gozaba de buen humor, que transmitía a Andrés y a sus hijos Carmen, Rosa y Andrés. Estos hechos ocurrieron antes de la Guerra Civil, de donde se deduce que Carmen, cuando estalló dicha Guerra, tenía catorce años y hoy alcanza los ochenta y cinco. Carmen heredó todas las cualidades de sus padres, pues ha resultado ser, en la actualidad, una mujer de un carácter bondadoso y de un humor extraordinario. Habla en catalán y en castellano y lo mismo en una lengua que en otra, hace reír a todos los que la escuchan. Dentro de su conversación cambia del idioma catalán al castellano y viceversa, con una facilidad que llama la atención. A veces exclama: ”Escolta, hem pasat moltes  penuries, pero gracias a Deu, estem tota la familia junta”. Tiene unas grandes cualidades para narrar historias que han sucedido, pero sin embargo no cuenta cuentos ni mentiras. Cuando era una niña y llegaba a su casa, delante de sus padres y de sus hermanos, contaba todas las aventuras que le habían ocurrido durante el día. Su padre, al verla llegar, exclamaba: ”¡ya viene la gaceta!”. El periódico  “La Gaceta del Norte” y todas las demás gacetas que en el mundo proclaman noticias, para la Guerra Civil escribían muchas batallas, pero Carmen, la “gaceta de Lérida”, sigue contando, no las batallas de la Guerra, sino que hoy, en el mes de Marzo del año 2009, cuenta las miserias y apuros que tuvieron que sufrir su familia, ella misma y casi todas las demás familias, con sus hijos, que vivían en Lérida. Pero no cuenta tales realidades llorando, sino que las relata en medio de un humor extraordinario y riéndose y haciendo reír a los que la escuchan, que no se alegran de esas tristezas, porque reaccionan agradeciendo al Señor, el poder haber salido con vida de tales situaciones.
Al estallar la Guerra, la modesta familia pasó de un bienestar también modesto, a una situación de hambre y de miseria. Y, ¿cómo ha comenzado Carmen a contar todo eso?, pues sencillamente cuando Palmira, compañera de mesa, al oír hablar de Tarrasa, exclamó: ¡ay, qué mal recuerdo tengo de Tarrasa por las penas que allí tuve que pasar!. Palmira, que nació en Torrente de Cinca, en la provincia de Huesca, en pocas palabras, reveló la tristeza que le producía el recuerdo de la Guerra. No pasó excesiva hambre, pues su madre y su abuela eran panaderas y vendían pan a tanta gente necesitada. Pero tuvo un disgusto terrible, pues acabada la Guerra, su padre que estaba luchando, se retiraba en un camión, sobre el que un avión disparó y lo mató.
Carmen, en lugar de lamentarse, empezó a contar las miserias que tuvo que pasar, pero riéndose y como recordando elegantemente, tal vez el haber podido superar esas circunstancias asquerosas, que producen las guerras.
En Tarrasa, precisamente, tuvieron que superar numerosas dificultades, pues a su padre, destinado a esta ciudad, le acosaban las dificultades que le iban a causar la carencia de los suyos y éstos, que lo amaban, lo mismo la esposa que los hijos, dijeron:”si Andrés  se va, nosotros nos iremos con él”. Y así lo hicieron. En Tarrasa vivieron en un “cuarto de agentes de la RENFE”, que consistía en una habitación de unos setenta metros cuadrados,  con cocina  y con un solo colchón en el suelo, en el que tenían que acostarse todos, es decir cinco personas.
Cuando acabada la Guerra, volvieron a Lérida y se encontraron el piso que tenían alquilado ocupado por otras personas, teniendo que luchar para poder habitarlo otra vez. Lo pasaron mal sobre aquel colchón, pues cuenta Carmen, que cierta noche, cuando sus padres y hermanos estaban dormidos, se acordó de que su madre tenía guardado un pequeño trozo de pan y como sentía hambre, lo cogió y con mucho miedo, cortó un trocito todavía más pequeño y lo devoró. Al día siguiente, preguntó su madre,¿quién ha tocado el pan que yo guardaba para alimentaros?. Carmen exclamó: yo no he cogido nada. Esta fue una mentira piadosa, pues como he dicho Carmen no mentía nunca en su gaceta.
Después de tantos años, Carmen vive con un respeto muy grande al pan, pues dijo: “yo no he tirado en mi vida ni un trocito de pan, o lo he rallado o he hecho sopas”.
Aquellas luchas por la vida, han hecho que sus nietos, cuando ven a su abuela, le digan:  ¡yaya, cuéntanos cosas de la Guerra!”. Entonces ella, les cuenta como tenía que ir con sus hermanos sobre los peldaños por los que se subía a aquellos vagones de tren ruidosos y sucios de carbón. Llevaban tabaco e iban a cambiarlo por leche condensada. Iban sufriendo en el tren ruidos y “chacachacas” y golpes que recibían en la cara dados por las cañas que estaban al lado de la vía. Cuando en cierta ocasión, habían conseguido la leche, los descubrió algún agente y los dejó sin tabaco y sin leche. Son innumerables las ocasiones en que tuvo Carmen que hacer “estraperlo”, pero cuando acabó la Guerra, se puso una mercería en unión con su hermana. A los veinticuatro años se casó con José Valero, un hombre muy equilibrado, que no bebía ni jugaba, porque sólo gozaba con el fútbol. Murió a los ochenta y cinco años y nunca estuvo enfermo, porque murió como los devotos de Santa Ana, que le piden a la santa:”¡Santa Ana, buena muerte y poca cama!”. Carmen vive muy atendida por sus hijos y es feliz. Reparte felicidad entre los que con ella conviven.
He escrito estas cosas, porque cuando cuenta sus lejanas aventuras a los nietos, les está instruyendo para que cojan ánimo, en estos tiempos,  a los cuales dicen que está llegando una terrible “crisis”.


Candelabro de hojalata



En una chatarrería se encontraron una cruz, para ser portada por un hombre, tal vez vestido de sacerdote o de sacristán, acompañada de varios candelabros. Todos esos restos de un conjunto de objetos de alguna cofradía, tenían su belleza, pero estaban rotos, aplastados y  abollados porque eran de hoja de lata y debían haber pasado muchos años de abandono. Debían estar creados en el siglo XIX  o en el XVIII. Llevé el candelabro, que me pareció mejor conservado a la Escuela de Enseñanza y Restauración de Huesca y allí, bajo la dirección de su Directora, los alumnos lo restauraron. Quedó con un aspecto venerable, como si esa obra estuviese efectuada con nobles materiales. Alguien opinó que se le podía haber superpuesto por su superficie, una capa de oro o de plata, pero la Directora pensó que sería mejor guardar un respeto a los ejecutores de tal obra de arte. Efectivamente su autor realizó una obra de tal categoría,  en medio de la pobreza de materiales de que disponía y tal vez  él mismo mantendría pobremente de cuerpo, cuando su espíritu se recreaba trabajando obras de arte. Así compensaría los padecimientos de su cuerpo con los placeres del espíritu.
Fui una mañana del mes de Mayo a buscar el candelabro, que había sido expuesto en la que fue antigua iglesia conventual de las Monjas Capuchinas, junto a retablos de otra iglesia, que se eleva a los cielos en Alquézar, cuadros, esculturas y otras numerosas obras de arte; me dieron el aparato y al salir,  yo no sabía donde colocarlo, pero tuve la idea de llevárselo a las monjas del Convento de San Miguel, que está cerca de la Escuela. Pensé que en dicho Convento, lo colocarían en algún altar o ante un cuadro que representase a un santo y allí alabaría al Señor, con un cirio encendido y daría también a que alguna de aquellas monjas se acordase de rezar por el pobre hombre y rico artista, qué lo creó;  ya no sé el número de años que su cuerpo descansa, pero su arte sigue despertando en las almas que lo ven, admiración y reciben una sensación de placer.

Así lo hice,  llevándolo al convento, donde ya está ante un altar de San José y me dijo la Madre Superiora, que cuando se dieran posibles tormentas,  encendería el cirio para evitar que los campos de los agricultores, resultaran dañados.     

miércoles, 2 de julio de 2014

VIAJAR EN TREN



¡Al compás del cha-cha-cha, del cha-cha-cha del tren, que gusto da viajar al son de este vaivén!, pero ya quedan pocos trenes en España, que circulen con esos ruidos y esos movimientos y es que ahora, son más rápidos y no suelen ir con carbón como combustible de sus motores.¡Cuantas veces hemos subido a Canfranc en aquellos trenes que circulaban lentamente y sus ocupantes, unas veces iban sentados en aquellos asientos de tablas cruzadas, que acababan marcadas  en sus posaderas, sobre todo en las de las personas más gruesas, pero, otras veces, cansados de ocupar las tablas, paseaban por los pasillos, se miraban por las ventanas y algunos, más adelantados, intentaban sacar fotografías al paisaje, muchas veces en los Mallos de Riglos!. En los túneles había que cerrar las ventanas para que el humo negro del carbón no se introdujera en el tren, llenando nuestros ojos de pequeñas partículas de carbonilla. ¡Qué viaje tan largo resultaba ir de Huesca a Francia, pero qué ilusión producía pasar por Alerre, Turuñana, Ayerbe, Riglos, Anzánigo, Caldearenas, Sabiñánigo, Jaca,Villanúa y llegar a Canfranc!. En Ayerbe se paraba el tren y bajaba de él la gente para beber y comer alguna torta, hasta que el  Jefe de la Estación gritaba ¡arriba, que marchamos!.
En las obras de construcción del túnel y de la Estación trabajaban hombres de Siétamo, que se sentían explotados porque, entre otras cosas, decían que habían tenido que trabajar el día de Año Nuevo y además nevando y cuando acudió a las obras Alfonso XIII, se lo dijeron pero su Majestad les contestó que hablaría con los ingenieros y se corregirían aquellas actuaciones injustas. También hablaban algo que los mantenía orgullosos, como el hecho de que la estación, que tenía más de trescientas ventanas, era la más hermosa de España.
Funcionó muchos años, pero en los  sesenta eran muy pocas las personas de esta tierra que necesitasen ir al País vecino y eran ¡tan pocos! los vecinos de ese País que quisieran venir al nuestro, que sus gobernantes ante una avería en un puente, tal vez como excusa, cortaron su circulación el año 1970. ¡Qué pena causó en los aragoneses tal cierre, opuesto totalmente a lo que les costó abrirlo!. ¡Qué pena que la voz de los altoaragoneses no se oyera en España, pues eran tan pocos y con tan poca autonomía,  que muchas veces se les reían, diciendo que en España estamos muy bien comunicados con Francia por Irún y por Port Bou y ¡para qué queremos pasar por Huesca!.
Menos mal que algunos franceses nos comprendían mejor que los españoles pues el Dr. Charles Vaillant, presidente del Sindicato Nacional de los Usos de Transportes, decía: ¡no hay que olvidar que Zaragoza se encuentra a 335 Kmtros. de Irún y a 540 Kmtros. de Port Bou, y a 218 Kmtros de Canfranc, vía Huesca". Por otra parte Aragón es un sector políticamente tranquilo. No ocurre lo mismo en el Pais vasco-español. Subiendo a Irún a lo largo de las estaciones de los barrios de San Sebastian,  se lee sobre las paredes: “RENFE= sabotage".
Ahora, en Aragón, unos quieren arreglar el Canfranc y otros iniciar la vía férrea que circule por debajo de Vignemale, pero, como dicen los periódicos "un informe financiado por el Ministerio de Infraestructura francés recomienda la reapertura de la línea ferrea internacional Canfranc-Oloron en un plazo máximo de dos años como complemento a la futura vía que transcurriría bajo Vignemale".
Cuando allá  en Urdós, ya en Francia, hemos recorrido la vía férrea, nos hemos dado cuenta de la vegetación que la ocupa; incluso hay árboles entre los rieles. Si restauran la línea sería un éxito para Aragón, que antiguamente era uno con el Bearn, como se puede ver en el cementerio de Urdós, donde se ven nombres como Lapetre, Lalane, etc. que son precedentes de Lapetra y Lalana, aragoneses.
Comenta el informe francés que "la línea Canfrac-Oloron, a uno y otro lado de la frontera podría llevarse a cabo en un plazo aproximado de tres años. Esta reparación apoyaría enormemente la construcción del Vignemale que dinamizaría la exportación de cítricos de Valencia y de automóviles y contenedores. Además de la vía se construiría una carretera para el paso de coches y camiones. Con todo ello, Aragón sería una vía de comunicación desde Levante y desde Madrid, por Zaragoza a Francia.
¡Entonces si que dará gusto viajar a Francia al son del cha-cha-cha!.


martes, 1 de julio de 2014

A la una salta la Mula.......



Una de esas mañanas,  en que la Feria divertía al pueblo con sus diversos aparatos de entretenimiento  para los niños,  en  una garita aparecían  unas pequeñas  cañas de pescar, para que los niños entraran  en la aventura de hacerse pescadores.  Del extremo del cordón de la caña, pendía un imán en lugar de un anzuelo y el otro imán, que llevaba el pez artificial en el extremo de su boca, se atraían y los niños y niñas, sacaban a sus manos, el pescado artificial que habían pescado. No se podían comer el pez, pero el dueño de la garita, les compensaba con algún pequeño juguete, que los hacía felices.
Otros muchos puestos de la Feria, divertían a su manera a los niños y los mayores que los acompañaban. Yo mismo era feliz, viendo dar vueltas por las calles y la Plaza Mayor del pueblo, a unos burros auténticos, en los que se   había   montado un jinete en cada uno de ellos.  Yo me sentía feliz, como ellos, al recordar tiempos pasados, en que era yo mismo con mis amigos y hermanos, uno de los que  montábamos en aquella burra torda, que  estaba atada en su pesebre, en la cuadra de mi casa, antes de la Guerra Civil. Después de ella, apareció otra vez en mi casa y siempre estábamos jugando,  ella conmigo y yo con ella. Para poder montarme, la aparejaba  a cualquier hora y la dirigía al abrevadero de la fuente, y ella bebía, si tenía sed, pero como eran tantas las veces que la llevaba a beber, muchas veces se negaba  y empezaba el juego en que ella se divertía conmigo. Una vez en la fuente, se daba media vuelta y emprendía una rápida carrera, que nos llevaba a la era, donde había montones de trigo o de cebada, en los que se saciaba. Al morder hacía un ruido, como de molino,  deshaciendo con sus muelas, los granos de trigo. En una de esas carreras, en que  me llevaba galopando desde la fuente hasta la era, un día me tiró en la cuesta que sube de la fuente a la Plaza Mayor y me dejó una cicatriz, que el Señor Jorge, barbero y practicante durante largos años de  Siétamo, en su barbería, que era el único resto que quedaba de su casa, me curó la herida.  Después, siendo ya mayor,  tuve otra burra, también torda, con que fui por el monte, acompañado por un galgo, a intentar cazar alguna liebre. Por fin  le vendí la burra  a un muchacho de Bierge, que era pastor y que todavía encuentro por las calles de Huesca.
Una de estas mañanas, al levantarme,  me acordé de ambas burras y de aquellos cantos o gritos alegres que hacíamos sonar los niños de Siétamo, cuando jugábamos  a la Pidola o Salto del Burro o de la Mula. Y recordando, volvía a pronunciar algunas palabras, que me causan un respeto,  parecido al litúrgico, decía “A la una anda la mula- a las dos el reloj, a las tres San Andrés, a las cuatro brinco y salto” y por más que estrujaba mi memoria, no me salín más versos. Entonces bajé al Bar y allí le pregunté a Luis Mora, eterno hortelano y tampoco se acordaba de ninguno de aquellos versos que de niños cantábamos, cuando saltábamos el burro o la mula, pero de repente siguió con el verso número cinco y exclamó: “A las cinco el mayor brinco”. Le recordé a Joaquina lo que me pasaba con esas frases y ella, rápidamente me dijo : “ a  las cinco el tío Jacinto”. A las seis: abrevando un “güey”. Esta expresión la dijo con una palabra aragonesa. “A las siete, coge la bota y bebe”, pero ya no se acordó de nada más.  Me acordé,  del juego del Salto del Burro o de la Mula, a que jugábamos en aquellos viejos tiempos  los niños, porque era un juego colectivo,  en el que participábamos todos los del pueblo, no cómo ahora,en que unos se ponen a jugar como pescadores, otros a tirar al blanco con escopetas de aire comprimido. Y el que no tiene dinero, se queda sin jugar. Entonces había mucha pobreza, pero sentido de la justicia ya lo tenían aquellos niños , que sorteaban la plaza de burro o de mula.  Entonces, los niños sin dinero se divertían todos unidos en el mismo juego. El atractivo de aquellos saltos de mulas o de burros, todavía hace sentir la ilusión de los niños por la Naturaleza, porque no faltan jinetes que se monten en los simpáticos burros, que caminan por El Arrabal y por la Plaza Mayor. Seguí preguntando a algunos vecinos de Siétamo, entre otros a las hijas del señor Avelino y me recitaron algunos pasajes que se pronunciaban en el salto de la burra, y algunos ya no eran iguales que aquellos de los que yo recordaba. No me extrañaron aquellas mutaciones de los versos del Salto de la Burra, porque el tiempo fue el origen de aquel juego, tan antiguo. No nos hemos fijado en la belleza de aquellos juegos, como se  fijó, el gran pintor Goya, que pintó   un cuadro, en que unos niños realizan el salto, no sobre una burra, sino sobre otro muchacho, que le ha tocado hacer de burro. El tiempo se ha pasado desde Goya hasta nosotros, pero durante él, se ha saltado sobre el burro por muchos países de mundo y esto se ve, mirando sellos de Correos de Holanda, de Bélgica y de países africanos y americanos. Se ha considerado el juego de los niños, como una actividad  sin valor, pero,  uno siente en su espíritu el valor de aquellos versos improvisados, muchas veces, por los niños, que saltando, desarrollaban sus facultades físicas,  queriendo convertir ese juego en un concierto físico e intelectual, cuidando a los niños de las posibles patadas, que podían recibir en sus saltos.  Saltando y pronunciando  los versos, que en ocasiones ellos mismos pronunciaban, eran solidarios y se divertían.  A Goya, yo creo que le impresionaron la poesía, la sátira, el humor y el amor  de esos niños, que saltaban el Salto del Burro.
Me acuerdo, como antes de empezar nuestros saltos, se echaba  en suerte quien tendría que ejercer de burro. Una vez elegido el burro, que no era humillante, sino que estimulaba al niño a salir de esa situación de asno o de mula, para convertirse en un  caballero, que saltaba sobre las dificultades,  que el mundo nos presentaba. Para ejercer de asno,  tenía que perder su verticalidad, que le permitía contemplar el cielo, para adoptar una postura horizontal,  como la de los animales cuadrúpedos. El que se había de convertir en burro,  para aguantar la marcha de saltos,  unas veces poéticos, otras satíricos,  se inclinaba hacia delante apoyando su curvatura, con los codos en las rodillas, ocultando su cabeza, para evitar accidentes.  
El jugador que le tocó  hacer de asno, se inclinaba  y lo hacía,  para que por encima de él, saltasen  los otros compañeros de juego,  con las piernas abiertas en el aire. Y cada uno acompaña el salto con una corta canción.  El primero dice al saltar sobre su compañero: “A la una anda la mula”. El segundo,  “a las dos el reloj”, cantaba el de Siétamo , pero en otros lugares, gritaban: “ a las dos la coz”. El tercero,   gritaba : “ A las tres San Andrés” y el cuarto gritaba: “ a las cuatro brinco y salto”, mientras en otros pueblos : “tres saltitos de San Andrés, daré y no me quedaré” . El quinto saltarín,  como me dijo Luis Moreta, el hortelano de Siétamo: “ A las cinco el mayor brinco”, o  “a las cinco doy un brinco”, exclamaban, en otros lugares.  Este salto, lo califican de el mejor, porque no tiene que apoyar las manos. En el sexto salto el  saltador,  anunciaba : ”a las seis,  salto del rey”.
Durante todo el juego, se ve como los saltarines, quieren ejecutar varias habilidades  a la vez,  pues este salto han de hacerlo, apoyándose  con una sola mano, porque dice:  “A las siete coge la mula y vete”. Una mano ha de tenerla preparada para sujetar a la mula y la otra ha de atender el perfecto apoyo de su cuerpo, cuando salta. El octavo salto resulta más difícil todavía,  porque el saltador dice:  “a las ocho, comemos bizcocho”, porque después de saltar apoyado con las dos manos, ha de llevárselas a la boca. En el salto número nueve, exclama el niño:” a las nueve no te mueves”, “a las nueve, papas al nene”. En el último  salto  “a  las diez, echo a correr”, porque tenía que hacer una carrera larga.  
He aprendido estos días que a este juego recordado por mí, lo llamaban además del salto del burro o de la mula, con la palabra  castellana, Pidola, de origen latino.
Como hemos visto este juego es tradicional, que consiste en saltar los jugadores, por encima de un compañero que hace el papel de un burro o una mula. Este muchacho, que hace de sostén del peso de todos su compañeros,  ha de doblar la cintura y esconder su cabeza entre las manos. En tanto los que han de saltar, forman una fila para saltar por encima del que hace de potro. Cuando saltaban,  apoyaban sus manos en la espalda del jugador que hace de potro, y abrían ampliamente sus piernas, para que al pasar por encima de su compañero,  no le dieran golpes en su cabeza. La humillación  entre los que saltaban y el que hacía de potro, no se imponía, sino que se sorteaba. Antes de dicho potro, se trazaba una raya en el suelo, que no debían pisar los que se lanzasen a saltar. El que pisaba la raya, había perdido y tenía que sustituir al potro, que había cumplido su misión y el que quedaba liberado,  pasaba a la cola de los saltadores. Si nadie  faltaba a las normas del juego, se aumentaba la distancia de la raya. Este juego, no sólo existe de esta forma, sino que hay variedades, como una que recuerdo, en que se ponía un niño, con la cabeza frente a una pared y sobre él, saltando,  se colocaban otros, que sentían la necesidad de colocar un  potro más, detrás del primero, pero a veces se cargaban tanto los potros, que aquella muchedumbre de niños,  acababa en el suelo. ¿ No sería este juego un aviso a los niños, de las dificultades que les iba a traer la vida para vivir, sin caer  y encontrarse revolcados por el suelo?.

 Pero en California , hacían las carreras más largas que se hacían en mi pueblo, pues un grupo de estudiantes, prolongaban el juego y hacía tan largas las carreras, que en una ocasión, estuvieron más de diez días, llegando a recorrer con sus carreras más de ciento seis kilómetros. No sé si este éxito deportivo fué hace años o ha tenido lugar uno de estos años, que me parece más creíble, porque el mundo se está lanzando a la conquista de la luna, que no logrará con el Juego de la Mula, pero, sin embargo la voluntad que ponen en correr kilómetros y kilómetros, les encienden su voluntad de alcanzar el espacio, con una poderosa Mula Mecánica.

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