A Maruja viuda de Joaquín
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| Pertusa ( Huesca ). |
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| Pertusa ( Huesca ). |
Ay, cuanto de dolor
Está presente
Al infante valiente,
A hombres y caballos
Juntamente.
En las fiestas de San Lorenzo, se han hecho clásicas las corridas “a caballo”;para mí, éste es el mejor de todos los espectáculos que tenemos ocasión de contemplar. Y por muchos motivos. No hay caballero sin caballo, pues una vez apeado el jinete “motu propio” o ha sido apeado por el noble bruto, se convierte en caminante o peatón.
¡Qué simbiosis hacen caballero y caballo!.Incluso la mitología la ha consagrado, creando la figura del centauro. Los aztecas creían que los jinetes españoles eran un solo ser, con su caballo.
La compenetración entre dos seres vivos(caballo y caballero), para mí constituye una amistad muchas veces superior a la que existe entre dos personas.¡Cómo se unen los dos, caballero y caballo, para defenderse de los embites y ataques del toro bravo de afiladas astas!.Estamos contemplando una posible tragedia; de todas formas tragedia real porque es preciso que uno muera. Pero en tanto se produce la muerte, estamos en el ambiente de un ballet, de una elegancia difícilmente superable. Hasta el caballo tiene elegancia y coquetería, arqueando el cuello y la cola, con las crines trenzadas.
Nunca la máquina podrá superar al caballo. Sería hermoso que la gente pudiera tener caballo, pero es imposible en la vida moderna. En las casas se hacen aparcamientos, pero sin pesebres y a los caballos es necesario darles de comer todos los días. Además el pienso es un problema y caro, pero esto no supone el último triunfo de los automóviles, porque aunque se hacen garajes, no se crean los necesarios, llenando todos los lugares de la ciudad. Sólo beben cuando circulan, pero esa bebida es cara y dicen que se acabará. El “estiércol”sale por el tubo de escape, en forma de dióxido de carbono, etc., y contamina la atmósfera de las ciudades, que se van tornando invisibles.
De todas formas la batalla está ganada, de momento, por las máquinas, que han hecho imposible la convivencia del hombre con los animales. Pero ¡cuidado! porque en esta guerra, las próximas víctimas seremos los hombres. Los hombres, que nos hemos masificado, que hemos sido gobernados por reflejos, ante las mismas situaciones y que nos vamos tornando en máquinas-robots.
Si van desapareciendo nuestros compañeros de convivencia cósmica, es decir los caballos, ya podemos poner nuestras barbas a remojar.
Por eso, id a contemplar ese espectáculo, que es un retornar hacia un pasado, donde era posible la convivencia :¡si, de hombres y caballos juntamente!.
Cuentan que en cierto convento, al serle
preguntada la hora a algún fraile, éste, invariablemente, contestaba: “Hora de
servir a Dios”. Efectivamente tenían razón aquellos frailes; todas las horas
son buenas para servir a nuestros compañeros de la vida y santas para servir a
Dios, y de la misma forma que todas las horas lo son, creo que también lo son
todos los días de la semana, por ejemplo los jueves. Este año he tenido una
extraña sensación y ha sido la de parecerme que el llamado Jueves Santo no lo
era tanto como lo fuera en épocas anteriores. El día del amor fraterno no tenía
mucho de fraterno a nivel nacional, pues en tanto en veintiuna provincias era fiesta,
en otras veintinueve era día de labor. Pero ese divorcio del amor, según dicen
los periódicos, se hacía desagradable en Madrid, donde “mientras los obreros
trabajaban en los andamios y los dependientes en sus almacenes, el madrileño se
encontraba con el peregrino, ma1 ejemplo de que la misma Administración que
declaró laborable la jornada se ausentara olímpicamente de sus despachos”. En
tanto eso ocurría en Madrid, en el pequeño pueblo era más visible el contraste,
tal vez por su pequeñez, entre el equipo de albañiles, que empujaban sus
carretillos llenos de hormigón y los que, haciendo corrillos conversaban
gozando del día de fiesta. La hormigonera giraba y giraba, contrastando su
ruido áspero y monótono con el silencio y a lo más un murmullo, que
correspondería a uno de los tres días del año de los que antes se decía que relumbraban
más que el sol. Sonó en la torre la carraca convocando la procesión. Es ésta
una procesión sin espectadores, porque casi todos los vecinos participan en
ella. El único paso es viviente, formado por los hermanos Bibián, que les viene
por tradición, y por Antonio Grasa. Uno de los hermanos lleva una pesada cruz,
los otros dos se colocan uno delante y otro detrás. Los tres llevan túnica con
la cara tapada y marcan un paso, que quizá en otros tiempos fuera dirigido a
golpes de tambor. Este año, excepcionalmente, hubo un espectador un mendigo, y
su presencia y la confusión de su mente contribuyeron aumentar mi sensación extraña.
Se santiguó al paso del Santo Cristo, y cuando acabó la procesión se puso a
cantar, solo: “Perdona a tu pueblo, Señor...” Y luego, hablándose a sí mismo
añadía: “Perdón, ¿de qué, Señor? Tantas andadas, tantas descansadas! Tú has
resucitado y estás allá arriba, con el sol, con las estrellas, y con la luna.
Pero allí también están los americanos!”: El cerebro del hermano pobre pensaba
y estaba perplejo. Sin querer ser
paternalista le di una propina y me dijo: “Gracias, padre”. Yo hubiera preferido
que me dijera hermano, Una palabra, por otra parte, con la que antes se
sacudían al pobre diciéndole: “Dios le ampare, hermano’. Tal vez me dijo padre,
porque en las casas grandes y de muchos balcones los pobres aun esperan limosna
por los cojones!, y como le di más de lo que esperaba, se quedó agradecido. Me
quedé con ganas de escuchar algún salmo o motete en latín y con alegría he
escuchado por la radio el “Pange lingua” y he recordado cómo en la noche de la
última Cena, Jesús, sentado a la mesa con los hermanos, se da a ellos con sus
propias manos.
Nació don Juan en Juneda,
provincia de Lérida, en 1919 y ha muerto en Huesca a los ochenta y ocho años,
en la desaparición casi conjunta de una familia, que enriqueció a nuestra
ciudad de sabiduría y de bien obrar. En pocos días, en el mes de Mayo, murieron
su cuñado Don Joaquín Sánchez Tovar, gran orador no sólo en el oratorio o en la
cátedra, sino también en el Coso, cuando
te encontrabas con él; murió también su
cuñada Doña Carmen Vallés, Farmacéutica que dirigía la Farmacia de la Plaza de
San Lorenzo con gran conocimiento y amabilidad y luego, el día veinte de Mayo, en plena primavera,
murió Don Juan Gorgues. Era este señor
un gran Psicólogo, Titular de la Marina, llegando a ser el primer Médico
Titular Forense de Huesca.
Como he dicho Don Juan
enriqueció a Huesca con su sabiduría, pues fue profesor de la Universidad
Oscense, en la que puso un enorme interés y la apoyó, para que continuasen los estudios universitarios
en nuestra capital, sin ahuyentarlos a Zaragoza.
Pero no sólo puso su
entusiasmo en la Universidad, sino que cultivó numerosas aficiones, por ejemplo
la pesca, pues unas veces subía a Oza, otras a Vadiello y algunas se dedicaba a
meditar en Arguis, mientras le picaba algún pez en el anzuelo. En ocasiones
formaba parte de grupos de pescadores oscenses, que iban a Santander a pescar
salmones. Era un aficionado a las setas, llegando a conocer los boletos de tal
forma que hizo anotaciones de gran interés. Su sobrino, Ramón Colom, ingeniero de la Diputación Provincial,
aprendió mucho de Gorgues, porque ya desde niño, lo llevaba a las excursiones
de pesca y de recolección de setas boletus, junto con Lorenzo Sánchez Vallés, hijo de
Joaquín y de Carmen. Era amigo de todas las manifestaciones de la Naturaleza,
en general, pues fue amigo íntimo de los
hortelanos, especialmente de Daniel Calasanz, que es un sabio en conocimientos
naturales. Hablaba con él igual que si tuvieran unos ideales comunes, pues a
pesar de su temperamento callado, con Calasanz, se reía, hablaba y meditaba.
Un día en el que yo iba
caminando con Roberto Pérez Almudévar, otro gran oscense,que tiene una
colección de fotografías sensacional, nos encontramos en un camino, por el que
se accede a su huerto, con don Juan Gorgues. Yo observaba como contemplaba
las florecillas, que brotaban por
aquellos setos, de las cuales cogía algunas con sumo cuidado, para dejarlas secas
y para doblarlas, con el fin de colocarlas en sus cuadernos de anotaciones. Parecía
estar absorto por su contemplación de la belleza y los colores de los múltiples
insectos, que por aquellas flores revoloteaban y se paraban a libar sus jugos.
¿Qué le iba yo a preguntar a un doctor que sin hablar, me estaba dejando
absorto de admiración?.
En el entierro de Gorgues,
se oía hablar de que era un médico muy desinteresado, porque hacía numerosas
visitas a muchos oscenses y no les cobraba nada. Eso comentaban algunas monjas
y numerosos paisanos que decían que Gorgues había estado a visitar en varias
ocasiones y de forma desinteresada, unas veces a su padres y otras a sus
madres.
Era un hombre introvertido,
pero su cabeza especialmente pensativa, acuciada por sus conversaciones con
personas enfermas de los nervios, siempre dialogaba consigo mismo sobre las
vivencia naturales, pero cuando en aquel camino, acompañado por mi primo
Roberto Pérez Almudévar y por mí, hablaba, después de haber contemplado los
insectos y las flores, sin freno sobre aquellos hexápodos y tetrápodos, que
como él, adoraban las flores.
Los oscenses aman a San Jorge, lo tienen metido en el corazón, porque la Historia de Aragón nos lo presenta, como el santo que protege la formación del Reino de Aragón. No hace falta estudiar mucho para que en nosotros se desarrolle ese entrar su figura en nuestras almas, porque todos hemos oído hablar del Tío Jorge y hemos mirado desde la entonces lejana capital el verde Cerro de San Jorge; hemos visto al santero de la Ermita, cuando todavía se elevaba en la cara sur de la Iglesia, su vivienda y hemos contemplado los pavos reales, que molestos en el Parque por el ruido, se refugiaban en los pinos de San Jorge. Nos acordamos de la procesión o más bien de la “marcha” que hacían juntos el Ayuntamiento con el Clero de la catedral, revestido de sus solemnes ropas litúrgicas, acompañados por los Maceros del Ayuntamiento, con sus pelucas y portadores de sus gruesas mazas; caminaban el día de San Jorge a celebrar su fiesta. ¡Cómo acudían a la misa y a celebrar su alegría, avivándola con sus comidas y bebidas, que animaban con sus acordeones y guitarras! ; cantaban y bailaban mientras sonaban las campanas de la Ermita.
En mi libro “Claroscuros” pone que mi tía Luisa, que vivía en la Torre de Casaus, debajo de la Ermita “aseguraba que, según la opinión de Zuloaga, las puestas de sol del Cerro de San Jorge eran las más bellas en variedad de colorido de toda España”… “ Tal vez escuchara mi tía esa opinión de boca de Don Manuel Bescós Almudévar (Silvio Kosti), pintor y además de escritor y rico en relaciones humanas de todo tipo”. Sigo diciendo en mi libro : “¡Pobre tía Luisa!.Tenía una borrachera de belleza ambiental cuando, a la puesta de un sol refulgente, se unía la frondosidad de aquellos enormes árboles y , sobre ellos, el triunfo de los pavos reales que , con su rueda erótica, competían en color con el ocaso. Los pavos reales fueron uno a uno, aplastados por el tránsito en aumento de los vehículos de motor; los enormes árboles de la carretera, cuya tala no pudo evitar mi tía, cayeron estruendosos víctimas de la sierra también de motor. En cambio, su prima María Cruz Bescós consiguió que se respetase el plátano de Indias gigante que aún alza su mensaje frente a la puerta de casa de Villamayor”.
No se pueden ver ahora los encendidos colores de los que habló Zuloaga, porque la contaminación ha aumentado con la circulación de vehículos y con las alta chimeneas que por ahí lanzan sus humos al aire.
Pero ayer, día veintiuno de Abril del año 2006, se vivía en San Jorge una fiesta que conmovía los corazones, porque se oían continuamente los sonidos claros de sus campanas, que hacían sonar los jóvenes y niños, que continuamente entraban en la Ermita, subían a su espadaña y batían las campanas, que recordaban el triunfo del bien sobre el mal ,en lejanos tiempos, porque las laderas estaban verdes como prados y en su hierba se sentaban los jóvenes, que comían y cantaban; bandas de música alegraban a los hombres y mujeres, que bailaban; en las mesas con sus bancos de cemento se aposentaban las familias, que no sólo comían ,sino que jugaban a las cartas y escuchaban el continuo sonar de las campanas.
Cuando me fui, al llegar a la vía del tren, volví la cara y vi como cerca de la torre de San Jorge se alzaban las copas redondas de unos grandes pinos y me recordaban el pasado, pero entre aquellos pinos ascendían paralelos a la espadaña de la Ermita, algunos cipreses, que me hacían pensar en el porvenir de Huesca. Me pareció que vendría un buen porvenir, porque todavía las campanas de San Jorge resonaban con alegría, con claridad y con dulzura.
Pero en los recuerdos de aquella Guerra
salvaje, destacan con los Trisán de Fañanás, los de su paisano Jesús Vallés
Almudévar, que con sus catorce años empezó a escribir el diario de su vida. Era
paisano de Antonio y de Francisco Trisán Viñuales y era doble pariente mío,
porque el apellido Vallés de Castilsabás, lo llevaba mi abuelo detrás del de
Almudévar y es en ese retrato, el que se fijó Antonio Trisán en su visita a
nuestra casa. El apellido de Almudévar,que era el de su madre, la hacían prima hermana de mis antecesores de
Siétamo. Este Diario lo conservó el sacerdote Jesús, durante toda su vida y
pocos meses antes de morir, me lo entregó, para que recordara con él, las miserias de aquella Guerra Civil. A él
mismo, en Fañanás, se le llevaron a su
madre y a su hermano, de unos veinte
años, a Bespén y al lado de la carretera, los fusilaron.
El día treinta y uno de Julio de 1936. Luis
desde Fañanás y yo en Siétamo, escuchamos un tiroteo imponente.”Era por
Siétamo, pero parecía que estaban a cien metros. Han tirado muchos cañonazos
seguidos y desde arriba se veía la polvareda que levantaban. Después ha pasado
la aviación. Han dado unas vueltas por encima de Siétamo bombardeando y luego
se han ido hacia Huesca”. Yo en los mismos momentos que Luis observaba como
bombardeaban en Siétamo, pues fue este día el que me hizo escuchar los ruidos
de la Guerra, fui introducido en la bodega de la iglesia vecina, con todos los
vecinos y familiares míos. Allí estuvimos muchas horas, mientras lloraba mi
amigo Rafael y mi tía Luisa, hermana de mi padre, iba a casa para traer
alimentos para los acogidos en dicha bodega. Ya bastante tarde, del día 18, se
dejaron de escuchar las explosiones y bajamos a la carretera, donde un camión
nos recogió y nos llevó a Huesca, como refugiados. Jesús, el día siguiente, dos de
Agosto, escribió en su Diario: ”Ha corrido la noticia de que había caído
Siétamo”. Nosotros fuimos a alcanzar la
libertad, pero Jesús, escribió el día 7 de Agosto:” Hablan de libertad y no
puedes hacer ni decir nada de lo contrario que ellos quieren”.”Se oyen muchos
cañonazos”. El día 18 de Agosto , escribió Jesús: “Mi hermano Luis cada día
está más inquieto y preocupado aunque trata de disimularlo, con chirigotas y
con buen humor…Hace ya unos días que no duerme en casa. Cree que es la hora en
que van a buscar a las víctimas y le asusta que lo maten por la noche…Mamá pasa
las noches en vela pensando siempre lo peor
y no descansa hasta que no lo ve de nuevo en casa. Los veinte años de mi
hermano Luis le harán estar tenso y cualquier golpe de viento moviendo las
ramas de los árboles (tras de los cuales se esconde), le hará sospechar que lo
han descubierto y van a por él… El día 23 de Agosto, dos milicianos preguntan
por el señorito Luis. Bajó mi hermano rápidamente.-Que venga también la madre.”
Se pasaron unos días terribles, pues la madre,
le decía a Jesús:”Se valiente, cuídate y come mucho. Ten confianza y esperanza
que todo acabará bien. No olvides que hay Providencia…Sí, mamá y hay un Dios…”.
El día 29 de Agosto “En el escenario de la plaza irrumpió la figura menuda y
vivaracha de Juané, el alguacil. Dejó oír
el sonido chillón de su trompeta-cuerno y a continuación, con su voz más
vibrante, cantó su pregón:-De orden del Comité…hago saber…que se va a proceder…
al juicio… de la Viuda de Vallés…y de su hijo…que acudan todos al granero…del
obispo…”.
“Del juicio sé que fue una farsa más, tal vez
un juego, una diversión, aunque lo hicieron con visos de seriedad… Se les acusó de hacer señales con linterna al
frente “fascista”de Siétamo…Salieron testigos que declararon haber visto una
luz en una ventana, no sabían si era de vela o de linterna. Las pruebas, unas linternas
sin pilas, que encontraron durante un registro. El abogado “defensor” se negó a
defender a Luis. Dijo que no tenía defensa posible. En cuanto a mamá, cuatro, cuatro
tópicos vulgares le sirvieron para salir del paso y dar la cosa por resuelta. Los
condujeron a una casa extrema del pueblo, cerca de la carretera y dejaron a
unos cuantos guardias civiles custodiándolos”. Dijo Jesús que quería estar con
ellos, pero se lo “impidieron”. Pero luego le dieron un permiso para permanecer
una hora con su madre y con su hermano.”Estaban sentados en un patio pequeño,
la puerta abierta…Los guardias civiles en la calle charlaban amigablemente al
mismo tiempo que los custodiaban sin dejar el fusil de las manos, leyeron el
permiso del comité y me dejaron pasar. Me senté en las rodillas de mi mamá, abrazados
muy estrechamente”.Su hermano “Luis le afeaba el que estuviera encima de mamá. ¿No
te da vergüenza tan grande como eres ya?. ¡Serás toda la vida un mimoso, un
crío!”. Luis, a pesar de su juventud, tenía un pensamiento realista y en lugar
de sufrir, ”hablaba, medio en broma, medio en serio de la muerte. Total, hay
que morir de una vez. Pues, cuanto mejor de un tiro sin guardar cama, sin
enfermedad, sin fiebre, sin sufrir; un salto y a la eternidad, a gozar de Dios.
Pero yo que había sido siempre su confidente, al que contaba sus amores, sus
proyectos, sus ilusiones, sus sueños, sabía que amaba la vida y que de esta
manera se despedía de la luz y del sol que en aquellos momentos se ocultaba en
aquel atardecer de agosto; del cacareo de las gallinas que “escarvaban” allí cerca, de las golondrinas de su chillido
agudo, que jugaban a “encorrerse” rozando casi la calle, dando sus vueltas
rápidas allí mismo, a dos pasos, ante nuestros propios ojos, y que daban al
mismo tiempo una mezcla de melancolía, de paz y añoranza”.
“Un guardia se acercó a nosotros. ¡Es la hora,
tendrán que despedirse!.
Un abrazo apretado, en grupo, los tres juntos.
Un “hasta mañana”, musitado casi sin voz y eché a correr, calle abajo, sin volver
la cabeza, sorbiéndome las lágrimas”.
Jesús experimentó, en su espíritu joven, la
muerte de su madre y de su hermano Luis, él que tanto amaba la luz y el sol,
que gozaba de contemplar las gallinas escarbando y de seguir el vuelo rápido de
las golondrinas, se encontraba en el encuentro entre la vida y la muerte “en un
barranco, entre Bespén y Blecua”. Si.
“Aquí. El piquete lo formaban unos guardias civiles cobardes más que asesinos y
dos jóvenes del pueblo. Dispararon . Cayeron. Luis no se movió. Mamá intentó incorporarse,
una nueva descarga se lo impidió.
Después llegaban los del comité. Rociaron los
cadáveres con gasolina y los prendieron fuego.
En Blecua (pueblo en el que no fusilaron a
nadie), fueron unos hombres a enterrar los restos”.En Blecua ejerció el Maestro
Cavero, pariente de los Caveros de Siétamo y enseñó la paz y no la guerra. En
Fañanás la autoridad estaba en posesión de un analfabeto.
Están madre e hijo, enterrados en el
cementerio de Huesca, pero Jesús, sacerdote de la Parroqia de San Pedro el
Viejo también de Huesca, colaboró con los arquitectos medievales, en la Torre
de tal iglesia, al crear en ella un
cementerio o más bien un lugar que mira al cielo. Él fue el cementerio –cielo
de sus difuntos durante toda su vida, porque consagró su vida al sacerdocio,
para estar unido a su madre y a su hermano y en su piso tenía todos los escudos
de sus antepasados, que los tenía unidos a la vida de su madre y de su hermano
con la vida superior del cielo. La Torre de San Pedro el Viejo, le hizo
recordar las alturas del cielo y si van ustedes por allí, verán cómo están sus
muros con santos enmarcados y objetos litúrgicos que hacen mirar hacia arriba y
tratar de ver en lo alto a la madre y al hermano de Jesús Vallés. Yo cuando
paso por San Pedro el Viejo de Huesca, entro en su Torre, que me recuerda a los
mártires de la Guerra Civil.
Yo , me
acuerdo de la Guerra Civil, pero no necesito escribirla , porque ya lo hicieron
otros, como los Trisán de Fañanás y mi doble pariente Jesús Vallés Almudévar.
Los hermanos Trisán Viñuales del pueblo de
Fañanás, que limita al Norte con
Siétamo, estuvieron luchando en la Guerra Civil del año de 1936. Y fue la
Guerra, no entre dos países distintos, sino entre los mismos españoles, que se
conocían, como Antonio Trisán, se puso en contacto con amigos de la Cruz Roja, que
hizo posible la liberación del “hermano republicano”. Lo mismo pasó entre los
hermanos Buil Aniés de San Román de Morrano, que uno estuvo de oficial con los
republicanos, en Barcelona y Alfonso Buil con sus trece años, acompañado de su padre, cultivando la tierra en San Román, encima de Casbas. El hermano republicano salvó
la vida a sus hermanos de la Sierra de
Guara y estos la salvaron a vecinos de Casbas, pues Alfonso Buil estaba
estudiando para ser sacerdote jesuita, en Huesca, de donde se subió a San
Román, pueblo de su familia, que fue dominado por los gubernamentales y los
sindicatos anarquistas.
El
hermano de Antonio Trisán, Francisco, gran amigo mío, que vivió después de la
Guerra Civil en Fañanás, conducía un camión del Ejército de Huesca y que llegó
a Siétamo, después de que el Teniente de la Guardia Civil Manuel Lahoz, que
dirigió las tropas durante la noche y la madrugada del día 29 de Agosto,
consiguiera provocar la retirada a aquellos sindicalistas, unidos al Gobierno, que habían ocupado las
primeras casas de Siétamo. En su llegada a Siétamo, entró en Casa Almudévar, de
donde habíamos escapado a Huesca, toda la familia, acompañados por otros muchos
vecinos del mismo pueblo. En mi casa se dio cuenta de la soledad en que había
quedado, y, en lugar de recoger cuadros u otros objetos de valor, en un saco
introdujo todos los papeles
antiguos, como escrituras y documentos
relacionados con el Conde de Aranda y las distintas familias de Siétamo, como la
de los Azara, Benedé y varias otras. Llevó Francisco Trisán el saco a la
Farmacia de Llanas, donde vivía casada, mi tía Pilar Almudévar. Y gracias a mi
futuro amigo, pues yo tenía cerca de seis años, he podido, con la colaboración
de mi padre Manuel Almudévar Casaus, recordar, tiempos pasados de la historia
de Siétamo. Pero yo no sé si Francisco Trisán hizo él solo o en compañía de su
hermano Antonio, la visita a nuestra desierta casa Almudévar, pero creo que la harían unidos, contando después, cada uno de ellos, sus recuerdos y sus
impresiones. El día 29 de Agosto de 1936, los sindicalistas unidos a los
gubernamentales, entraron en Siétamo, donde sólo ocuparon las primeras casas.
Pero los sublevados, volvieron a conquistar el pueblo y éste no cayó en poder
total de los gubernamentales, a los que gobernaban los anarquistas, entre otros. Durruti que se buscó un despacho
en mi casa, donde estuvo poco tiempo, por acudir a Madrid, donde murió.
Francisco Trisán Viñuales estaba casado con una
hermana de Ciria de Arbaniés, con el que yo, tenía amistad.
Al
hermano de Francisco, el escritor Antonio Trisán Viñuales, no he tenido la
suerte de conocerlo, pero en mis manos cayó su libro “Así fue…No sucumbí” y en
él leí, lo mejor que se ha escrito sobre la Guerra en casa Almudévar, en toda mi vida. Dice así:”En
la Plaza (de Siétamo), hay una casa señorial saqueada y una iglesia. Esta ha
sido como todas, el blanco de las iras; en su portal queda un parapeto de
sacos; en el interior dos cadáveres de los últimos defensores.
(Hay que recordar que estos hechos ocurrieron
en la reconquista de Siétamo el 28 y 29 del mes de Agosto de 1936). Por todo el
pueblo, la legión con sus cantos y sus disputas. En el centro de la Plaza está
el monumento obligado a estos pueblos del Alto Aragón: La Clásica cruz de
piedra con su escalinata. Recostado en ella, Gibbs y su pipa…
Mientras la tropa vivaquea alegremente, me
dedico a dar un vistazo por la casa y por la iglesia, que parecen más
castigadas. La capilla es pequeña, de un estilo indeterminado……Hay dos
imágenes, patronas del lugar. La primera representa a San Pedro; es una talla
corriente, de proporciones naturales, vestido de Obispo, con las clásicas
llaves del cielo.
Ilustre portero que has de visar nuestro salvoconducto,
cuando emprendamos el último viaje ¡Hossana, ¡Hossana!. Acuérdate de este
soldado que mientras el resto de sus compañeros bebía y comía en un festín
bárbaro sobre las ruinas de tu lar, sintió la dulce necesidad de penetrar en
los misterios de tu arcano.
La otra imagen es una virgencita de rostro
regordete y lleva un Niño Jesús muy diminuto entre sus brazos. Tiene un nombre
evocador, hermoso: ¡La Virgen de la Esperanza!.
Se han salvado del sacrificio sacrílego; así
lo demuestran esos jarrones de cerámica pintarrajeados, llenos de rosas y de
albahaca que son ofrendas de mozas, mayoralesas y casaderas.
Penetro en la sacristía, las ropas del culto
están tiradas por el suelo. Alguien buscó el eterno tesoro del cura rural. ¡Error
de cálculo!. Sólo había ropajes litúrgicos: capas pluviales de más vista que
valor y un “cepillo” con un poco de dinero, contribución de los fieles para las
“ánimas del purgatorio”, como reza la inscripción. Tesoro, ¡ja...ja…ja¡. A lo sumo un mezquino paraíso de calderilla.
Hay una penumbra suave; tan suave que no he
visto al entrar un charco de sangre negra al pie del altar mayor. Un defensor
herido se debió arrastrar hasta aquí en un supremo esfuerzo. ¡Ya no estaba el
héroe tan lejos de su Dios y de su gloria!.
Yo, pensando en la religiosidad de mi madre que no sabe donde estoy, mascullo
una plegaria a esta imagen lugareña, que debiera ser en estos días tristes y
solemnes, nuestra dulce patrona: ¡La Virgen de la Esperanza!.
Sin la esperanza, el mundo: ¿Qué sería?.
Se han desbordado las pasiones en esta casa
solariega; tiene pinta de casa patricia, solaz de mayorazgos y refugio de los
pobretes. En la amplia fachada, un escudo tallado en piedra con las armas de
los Almudévar, familia linajuda del Alto Aragón. En el patio ya lleno de
tropas, algarabía debida al vino noble que los combatientes han encontrado en
un torreón de lo que fue castillo del Conde de Aranda, y que el abuelo de esta
casa tenía en estima. En el primer piso, muebles, ropas y vajillas en revuelta
confusión. No ha quedado alacena ni arquimesa sin abrir.
¡Han pasado los bárbaros!.
Restos de lo que fue comedor familiar; dos
pequeños rimeros con libros vacíos; éstos sobre la mesa medio abiertos, medio
rotos: Galdós, el Duque de Rivas, Rubén…por el santo suelo.
Un solo volumen ha quedado en el estante: Los
“Epigramas” de Silvio Kosti con una dedicatoria magnífica del autor. Reza así:
“Al ilustre tío Manuel, Mayorazgo y jefe de mi estirpe. Silvio Kosti.
Contiguo al comedor, profanado con latas de
sardinas y panes de munición, que fue el festín de la Horda, hay una sala
amueblada con gusto. Entrando se ve una foto de un caballero de unos sesenta
años, de buen aspecto. No puede ser otro que el abuelo a que alude Kosti. Así
lo proclaman su aspecto noble y su bigote blanco y legendario. ¡Ah, si él
volviera por aquí y viera todo esto!. Sus manos patricias que empuñaron la
esteba en su mocedad, hubiera retorcido el gaznate a la canalla.
¡Una casa que tiene historia de siglos,
destruida en pocos minutos!.
Hay un piano con la tapa levantada y sobre el
atril música de Straus: un vals vienés.”El último corsario”. He aquí una de
tantas incongruencias de los hombres. Por un lado, la horda destrozando la
poética quietud de esta casa…Y otro bárbaro, enamorado de la música, arrancando
al piano las voluptuosidades de este vals cien por cien.
No hay armario sano. Ni un vaso, ni nada a
excepción de esta habitación que permanece sin destrozos. Ya al salir, en una
rinconera magnífica, hay abandonado un estuche de pintura, con su paleta, sus
colores y sus pinceles.
Pues bien, aprovechando este mensaje, un
“focín” como se dice en Aragón, pintó en el tocador de puro estilo español
antiguo, sobre la luna, las letras de rigor .U.H.P.
Muy bien, muy bien…Yo opino que sí, que
debemos unirnos, hermanos proletarios, pero no para esto sino para hacer el
bien y conseguir la mayor cultura general.
Salgo y cierro la puerta. Lo único que ha
quedado intacto, no debe verlo nadie. Además está dentro vigilante desde su
arco, el lejano abuelo, el jefe de la estirpe de los Almudévar.
Tomo como recuerdo el volumen de Kosti y salgo
a la calle. Sigue la alegría. He de buscar a mi mascota, a mi viejo compañero”.
¡Cómo describe Antonio Trisán Viñuales esas
melopeas de los que están en el límite de sus posibilidades alcohólicas!. Los
Almudévar eran productores de vino y en el palacio del Conde de Aranda, encerraban
unos seiscientos mil litros. Como es lo que pasa en las luchas, que beben los
hombres, porque quieren hacer huir el dolor que producen las muertes y aumentar
su valor para seguir luchando.
Antonio Trisán describe con realismo que: “el
vino se nota en el ambiente. Cantan los soldados esas melopeas de los que ya
están en el límite de sus posibilidades alcohólicas.
Encuentro al viejo algo mareado. La faja le
cuelga hasta el suelo y se apoya en su fusil como en un cayado. Al verme
intenta justificarse.
--Pero, ¿También, usted abuelo?
--Mira, hijo… comer, beber y…nada más.
--Ya, ya, me sé de memoria la canción-le digo
mientras lo siento en la cruz de la plaza.
Ya es tarde, las ocho de la noche. Brillan las
estrellas intensamente y del campo llegan con la humedad de la noche aromas de
heno y de flores, como un “canto de vida y de esperanza”.
Es la naturaleza, pródiga, embriagadora, que
me dice al oído: ¿Qué culpa tengo yo de vuestras locuras?.
Efectivamente…Ninguna.
Ronca el viejo, feliz en su borrachera y
siguen los cantos un buen rato. Al fin, todos se cansan y se tumban como pueden
y en donde se encuentran.
Para algunos, esta noche ya es la última que viven al raso…
Mañana hemos de enterrar nuestros muertos en
el cementerio del lugar.
¡Victoria!, ¡Victoria…!. Eres la deidad
suprema que reinas sobre todo y sobre todos…Hasta sobre los muertos. Y tu
hálito da vida a las nuevas generaciones, que oirán hablar de estos sacrificios,
como de un cuento de Grimm…
Abro la cabina de mi camión y hago de ella y
con ella, juegos del espíritu. Esta noche perfumada, sobre estas ruinas, sobre
estos muertos, arrullados por las emociones, es para mí, con su único asiento,
una alcoba nupcial.
Nuestro nido, allá en el pueblo natal (el
inmediato Fañanás), también saqueado, está vacío”.
¡Cómo quería Antonio a su esposa. Basta leer
estas frases suyas, cuando dice ”Comemos en paz de Dios. Tengo ganas de echar
la siesta en mi cama. ¡Dormir en cama!, parece un sueño…Veo a mi mujer feliz.
¡Qué lejos están las trincheras!”. En la página 65 y 66, de su libro, “Así fue…
No sucumbí”, dice: “Soy de por aquí y ese paisaje me es familiar”. Cuenta los
hechos de la Guerra en Siétamo, que son impresionantes e igual que él, los
sentía fuertemente, yo también, porque mi padre me contó la muerte de un
soldado de dieciocho años.”Todo un poema. De dolor, desde luego. Aparecen
muertos y más muertos, que el enemigo tuvo en la retirada… Un buen mozo de
dieciocho años arrastrado a esta locura de la Guerra Civil”.
El autor de este relato de la Guerra Civil,
declara en el prólogo de la obra, con
letras mayúsculas.”COINCIDE LA TERMINACIÓN DE ESTA NOVELA CON EL FIN AL DE AÑO
1937”. Lo publicó en 1987, en Gráficas MAPA, S. C.-Calle las Fuentes, 4.
BARBASTRO.
Antonio Trisán Viñuales, fue un Maestro altoaragonés jubilado, que como él mismo escribe:”he pretendido reflejar la vida en las trincheras, en el frente de Huesca”. Como Maestro tuvo una conciencia limpia, amante de la sencillez y enemigo de la violencia. Se vio envuelto en la aventura de la muerte física de los cuerpos humanos y en la muerte de la vida pacífica y trabajadora del pueblo. Ha vivido, después de jubilado en Esquedas, y ahora podemos meditar sobre su visión de una vida humana pacífica y justa.
Cuando iba a visitar o a vacunar algún animal doméstico por el Somontano, me fijaba en las golondrinas, que anidaban en los cubiertos, deba...