viernes, 25 de febrero de 2011

Muy cerca de Huesca, estaba George Orwell



Muchas veces son las que bajo a las casas que mi abuelo construyó, una para el médico y otra para el mariscal, como pone en un antiguo recibo de contribución y al lado de ellas está el huerto, donde hoy recojo judías y pepinos y donde el año mil novecientos treinta y seis construyeron los miembros del Ejército Gubernamental, un hospital en el mismo frente, como el que habían levantado, por ejemplo, en Monflorite.
El de Siétamo consistía en un barracón amplio, construido muy deprisa con madera. El él metían en la Guerra Civil del año mil novecientos treinta y seis a los heridos, pues a los muertos los enterraban o abandonaban en el mismo lugar que una bala enemiga les había alcanzado o aquella otra que los mismos que se hacían la guerra, se entretenían en dispararla para fusilarse mutuamente.
Uno de los múltiples heridos que al Hospital llevaron y de cuyos nombres ya no queda ni un recuerdo, fue George Orwell, nombre famoso en la Literatura Universal, pero que en realidad se llamaba Eric Blair, como se firmaba en muchas cartas que dirigía a sus amigos. Pero el nombre de Orwell, el que pasó a convertir su identidad en la de un clásico, es conocido en todo el mundo y se le nombra constantemente, y quizá con una frecuencia, tal vez, sólo superada por Cervantes y por Shakespeare.
Varias veces me han preguntado sobre dicho hospital pero sin embargo el recuerdo de Orwell ha aumentado en esto últimos años y fueron dos simpáticas señoritas inglesas, que llegaron a Siétamo las que me preguntaron que donde estaba el lugar donde lo hospitalizaron. Yo se lo enseñé y les hice ver en un extremo, donde se encontraba el barracón, el pequeño pedazo de suelo de cemento que se quedó sin eliminar para volver a cultivar el huerto, cuando acabó la Guerra. Hace poco tiempo que otros extranjeros también llegaron a Siétamo y preguntaron por el hospital, pero al no estar yo, parece que no fueron capaces de darles explicaciones. Últimamente, en esta fecha de dos mil cuatro, en que se cumple el centésimo aniversario del nacimiento en mil novecientos tres, de Orwell, me dijo un sietamense llamado Angel Puyuelo, que a su padre lo habían atendido en el citado hospital. Hace ya muchos años estaba Salvador Puy Carilla, sentado en el portal de su casa y acompañado por Miguel Arnal y se acercaron tres parejas y les preguntaron si eran de Siétamo, respondiéndoles ellos que sí; comenzaron una conversación en la que Salvador les dijo que en cierta ocasión estaba un tanque en la puerta de la iglesia y de repente recibió unos tiros de fusil en su motor y el que parecía ser el más importante de las tres parejas, se rió y entonces les dijo:”Yo estuve de Director de los Cirujanos de sangre en el Hospital de Guerra”. ¡ Qué lástima no saber el nombre del médico, para preguntarle por Orwell y por todos los heridos y muertos que por allí pasaron!.
¡Dios mío, qué contraste entre Orwell y todo el pueblo de Siétamo, del que ardieron desde el Castillo-Palacio donde nació el Conde de Aranda y la iglesia hasta las modestas casas de tantas familias, como las de la señora Juana y la de los Puyuelo!.Orwell fue herido a las cinco de la mañana del día veinte de mayo de mil novecientos treinta y siete en Monflorite, muy cerca de Huesca y lo internaron en Siétamo y en una carta a Rayner Heppenstall, en treinta y uno de Julio de mil novecientos treinta y siete, él mismo describe que :”Mi herida no fue gran cosa pero es un milagro que no me costara la vida. La bala me cruzó limpiamente el cuello y falló lo que se proponía encontrar excepto una cuerda vocal, o más bien el nervio del que depende, que está paralizado…Me alegro bastante pues creo que esto nos pasará a todos en un futuro próximo, de que una bala me haya herido…Lo que he visto en España no me hecho un cínico, pero me hace pensar que el futuro es muy tétrico”. Fue trasladado a Barcelona y allí consiguió escapar de la condena de Stalin al POUM, pero ,¿se daba cuenta de que muchos sietamenses forasteros y extranjeros no se podrían alegrar nunca ,como él, de su curación de los balazos producidos por la guerra, ya que fueron eliminados por los fusilamientos?. El futuro ciertamente era tétrico, pero peor lo fue en Siétamo, cuando se podían encontrar por todas partes las tumbas, los cadáveres y los cementerios.
Lo llevaron después a Barbastro del que escribe:”Aunque quedaba muy lejos del frente, ofrecía un aspecto desolado y maltrecho. Enjambres de milicianos con andrajosos uniformes vagaban por las calles”. De allí fue su compañía “enviada en camión a Siétamo…Siétamo había sido atacado tres veces antes de que los anarquistas lo conquistaran por fin de Octubre, una buena parte de la población había sido destruida por las bombas y la mayoría de las casas mostraban huellas de fusil. Nos encontrábamos a unos quinientos metros por encima del nivel del mar. El frío era intensísimo y había densas nieblas que se arremolinaban como saliendo de la nada”. Vemos como el mismo Orwell describe las desgracias de Siétamo, a donde fue enviado con sus compañeros militares en camión y yo no creo que se diera cuenta del asesinato del “Padre Jesús”, porque él era humano y no le gustaba matar a nadie, como narra cuando una noche en Huesca, a unos ochenta metros de él vio pasar a un enemigo agarrándose los pantalones que parecía se le estaban cayendo, y esa situación le hizo recordar que se trataba de un hombre y no quiso dispararle.
No sé si se enteraría del asesinato a tiros del “Padre Jesús”, al que yo llamo así, porque nadie sabe su nombre y así lo bauticé porque hay que buscar un nombre a un fraile, que fue un modelo de cristiano en aquellos días de agosto del año mil novecientos treinta y seis, cuando Eric Blair se buscó el nombre y el apellido de Georges Orwell, sin necesitarlo, pues hubiera sido famoso mundialmente con cualquiera de los dos. No sé si se vieron, pero “el fotógrafo Juan Guzmán bajaba por la carretera y preguntó que quien era ese que llevaban” y le contestaron:”Un cura que hemos capturado”. Le dijeron al cura:”Grita ¡Viva la República!, a lo que él respondió con grandes voces: ”¡Viva Cristo Rey!”. “Por tres veces se repitieron los gritos, hasta que al fin lo llevamos a un lado y lo fusilamos, cuando tenía tan sólo veintisiete años. Los milicianos pertenecían a dieciséis agrupaciones como por ejemplo el POUM,que despreciaban la disciplina militar, pero por lo visto no respetaban la vida de un ser humano que no pertenecía a ninguna de las dieciséis agrupaciones que querían entrar en Siétamo. El mismo Orwell se dio de baja del POUM y se escapó de la Guerra Civil para evitar que su vida fuera eliminada por Stalin, como había sido la del “Padre Jesús”.
Escribió Orwell. “Muchas veces tengo la impresión de que el mismo concepto de verdad objetiva va desapareciendo del mundo”… ,”¿para qué luchan los obreros?; sencillamente por lograr una vida decente ”.Pero Orwell no encuentra apoyos al obrero, pues afirma “ que la política exterior de Stalin, en vez de diabólicamente lista como se pretende,ha sido sólo oportunista y necia”, pero añade que “uno de los problemas más difíciles de nuestros tiempos es saber si la clase dirigente británica es malvada” porque “la clase dirigente británica hizo cuanto pudo para entregar España a Franco y a los nazis”. “A mediados de febrero (1937) salimos del Monte Oscuro y nos mandaron, junto con todas las tropas del POUM a incorporarnos al ejército que asediaba a Huesca”. En aquellos ambientes no es raro que tuviera la cabeza llena de pensamientos y problemas, pero “ a cuatro kilómetros de nuestras nuevas trincheras, Huesca brillaba, pequeña y clara, como una ciudad de casa de muñecas. Meses atrás cuando se tomó Siétamo, el general que mandaba las tropas del Gobierno, dijo alegremente: mañana tomaremos café en Huesca. No tardó en demostrarse que se equivocaba. Había habido sangrientos ataques pero la ciudad no caía, y mañana tomaremos café en Huesca se había convertido en una broma. Pero la ciudad de Huesca le había aliviado a Orwell el malestar producido en los Monegros por el Monte Oscuro, porque escribió:”Si alguna vez vuelvo a España, no dejaré de tomar una taza de café en Huesca. Muchos oscenses aún lo esperamos, pero así como muchos mueren en la guerra, Orwell murió en la Paz.

Al este de Huesca










Al Este de Huesca se encuentra Siétamo y al oeste de Pamplona se va ensanchando Zizur Mayor. Existe una gran diferencia entre Huesca y Pamplona, pues ésta es la capital del antiguo Reino de Navarra, que estuvo unido al de Aragón y ahora sigue siéndolo, mientras Huesca quedó estancada en su desarrollo. Cuando Ramiro el Monje permitió que se casase su hija Doña Petronila con Ramón Berenguer IV de Barcelona,

los navarros dijeron que no querían depender de tan lejanos lugares y siguieron formando el Reino de Navarra. El porvenir del Alto Aragón hubiera sido distinto si hubiera seguido buscándolo con dicho Reino, porque el río que dio nombre a nuestra nación aragonesa, corre por Navarra, como lo hace por Aragón y si aragoneses somos los de tan antiguo Reino, aragoneses son los navarros que viven por las vegas del río Aragón y la presa del pantano de Yesa, que como dice su nombre está en Navarra. En la provincia de Huesca están los pueblos de Navarri y el de Benabarre.

Había una inclinación entre ambas regiones hacia la unidad, pues la diócesis de Jaca estaba unida a la de Pamplona, en tanto que Tudela pertenecía a la diócesis de Tarazona.

Pamplona se ha preocupado de comunicarse con sus vecinos, como Francia, Logroño, Vitoria, San Sebastián y Bilbao y si falta el crear la autovía de Lérida a Pamplona, no es por su culpa, pues en Navarra ya se trabaja en su construcción, en tanto que en Huesca todavía se discute si dicha autovía debe aproximarse al campo de aviación de Alcalá –Monflorite o no. Aquí parece que a la gente le importa poco que haya o no haya un campo de aviación, en tanto que en Pamplona, existe ya hace años y en Navarra se aproxima su población a los seiscientos mil habitantes, en tanto que en Huesca ha

bajado a doscientos diez mil.

En Navarra hay ideas y solidaridad para llevarlas a cabo. En Navarra no hay problema con el trasvase del Ebro, porque sus habitantes van levantando los pantanos que necesitan y reparten sus aguas con justicia y equilibrio entre aquellas de sus zonas que pueden utilizarlas. Si después sobra agua, que les aproveche a aquellos que puedan alcanzarla, porque siempre dicha agua ha corrido de arriba hacia abajo.

Aquí hemos protestado contra el trasvase, pero entre tanto no hemos creado pantanos ni hemos puesto en riego zonas donde ésta se espera desde hace muchos años, de manera que cuando el trasvase se realice, aquí, ¿qué haremos?. En Siétamo se iba poner en riego su monte y una de las guerras carlistas lo impidió. Aún se canta aquella jota que dice así:”Los señores de Siétamo –pusieron el monte en huerta-y ” pa” la virgen de nunca –pasa el agua por la acequia”. En 1915 se previó hacer el Pantano de Vadiello, con el que estaba previsto regar el término de Siétamo, pero la guerra del 36 impidió su realización. Acabó la guerra y la Dictadura levantó el pantano y se lo entregó a la capital de Huesca.

En Siétamo había bastante agua para usos domésticos con la que manaba de su fuente, se empezó a construir y se han paralizado los permisos para construir, hasta que llegue el agua del río Guatizalema. Llevamos unos cinco años con las tuberías instaladas hasta diversos pueblos de debajo de Siétamo, incluido el Campo de Aviación de Monflorite, pero la toma todavía no se ha puesto, con lo que ni el Campo de aviación puede ser ampliado ni se puede construir más en Siétamo.

Al ver esta situación y compararla con lo que ocurre en Zizur, que desde el año 1970, cuando tenía mil nueve habitantes, hasta el año dos mil tres que tiene doce mil setecientos siete se explica uno como Huesca no crece, cuando otras provincias, se superdesarrollan. Huesca y Siétamo no crecen tanto, pero pueden hacerlo.

Arba de Luesia










Cuando uno va a Pamplona, poco antes de llegar al Puerto, donde está la Ermita de Santa Bárbara, hay una señal que indica el desvío que va a Longás y desde este pueblo, siguiendo el río Onsella, se llega a la navarra Sangüesa. A uno le quedan ganas de ir por ese camino, pero el miedo a los caminos desconocidos, te hace seguir adelante, para pasar por el puente sobre el río Aragón y tomar la carretera que por la Canal de Verdún te lleva por la cara norte del Pantano de Yesa, cuya presa ya se encuentra en Navarra. Por la cara sur se divisa la Sierra de Santo Domingo, desde la que se domina el camino del río Onsella, por el que había renunciado a pasar.

En la Sierra de Santo Domingo nace el dicho río Onsella, que va a desembocar en el río Aragón, en Sangüesa(Navarra) y en la parte Sur brotan tres ríos Arba, palabra vasca relacionada con el nombre de Arbaniés a dieciséis kilómetros de Huesca. El nombre de Arbaniés también está relacionado con el del pueblo navarro de Arbuniés.

En Luesia nace uno de los ríos Arba y corre hasta Biota, donde entra en la llanura de Cinco Villas, alimenta el pantano de San Bartolomé, en Egea recibe las aguas del Arba de Biel, desembocando cerca de Tauste en el río Ebro.

Es hoy el centenario de un vecino de Siétamo, con origen en el desaparecido pueblo de Salinas de Jaca el Viejo, Sebastián Grasa Estallo, el que me contó estas cosas sobre los ríos Arba, de los que he nombrado dos, a saber el de Luesia y el de Biel, pero también me nombró un tercero, llamado río Arba de Uncastillo.

Salinas de Jaca Viejo ya no existe desde los años cincuenta del pasado siglo XX, pues fue abandonado por los corrimientos de tierra que se daban con cierta frecuencia. Con su desaparición se borraron muchos siglos de la Historia de Aragón, pues de sus salinas se abasteció el Monasterio de San Juan de la Peña y tomó parte en las distintas etapas históricas, junto con los pueblos vecinos de Zaragoza y con Sangüesa de Navarra. Ahora están comunicados los pueblos viejo y el nuevo por un camino de herradura.

Sebastián Grasa, vivió muchos años en Salinas el Viejo y como ganadero recorría territorios lejanos, como los de Almudévar y por tanto mejor conocía a los habitantes de Longás y de Luesia, entre otros, que eran vecinos de Salinas.

En las Fiestas de Luesia, en la provincia de Zaragoza, pero en la misma comarca de la Sierra de Santo Domingo, que su propio pueblo, conoció a cuatro labradores, que formaban una peña de amigos. Los llamaban Chapalangarra a uno de ellos, Cometocino, a otro, Campanudo al tercero y El Pistolas al último.

El Chapalangarra uno de los días festivos se fue a dar una vuelta por el monte, que se encontraba a unas tres o cuatro horas del pueblo y rodeado de un hermoso bosque en el que proliferaban las carrascas, los pinos y los “fayos” o hayas, pero llegó una furiosa tormenta, teniendo él que meterse en una caseta o borda. Cuando pasó la lluvia quiso salir, pero no pudo, porque todo el monte estaba inundado por el agua. Las gentes del pueblo fueron a buscarlo por la noche, mientras él escalaba por las rocas y peñas y saltaba sobre las paredes, que estaban llenas de zarzas. A última hora lo pudieron rescatar y montándolo en una mula, lo llevaron a Luesia muy apurado y herido.

El río que tenía que recoger las aguas de la tormenta era el Arba de Luesia, dando lugar al agua de los barrancos, pasa por Luna y por todas la Cinco Villas, pero aquella tormenta arrancó un enorme pino, que se cruzó en una zona estrecha y no dejó pasar a otros que estaban talados y la retención del agua impidió que se arrancaran otros pinos, e impidió que Chapalangarra volviera a Luesia.

Este aragonés con sus otros tres amigos tenían cada uno una finca en una Val, a la que llamaban Monte Ciberana, lleno de árboles como me ha dicho anteriormente. Cada uno tenía una caseta o borda, porque sobre todo en épocas de siembra o de cosecha tenían necesidad de permanecer allí. Vivían felices porque eran respetados en el pueblo y cuando estaban en el monte, además de labradores eran amigos y para obtener las proteínas que necesitaban para su alimentación, eran cazadores. Cada uno guardaba en su borda un botico de vino, del que se echaban buenos tragos cuando se juntaban. En una palabra, que estaban siempre contentos porque bebían, cantaban y bromeaban. Dice Sebastián que algunas veces se oían gritos a distancia, cuando se veían y decía el Cometocinos :¡Oye Pistolas!, ¿has traído el cepo? y este le contestaba :¡Campanudo y tú ¿lo has traído? ; al poco rato ya estaban juntos y marchaban a cazar.

Necesitaban los cepos porque siempre que podían, iban a cazar y parece ser que no distinguían entre las distintas especies, porque no distinguían la calidad de la carne, por ejemplo del conejo con la de la raposa o “rabosa”; cazaban lo mismo este animal que el tejón. La causa de tal comportamiento habría que buscarla en las grandes caminatas que tenían que hacer para llegar al monte Ciberana y necesitarían proteinas cárnicas para dedicarse a la caza. Además como disponían de vino en sus bordas, al beberlo todas las carnes se volverían agradables a su paladar.

Toda la tierra cultivable estaba rodeada de alturas, llenas de pinos y de matas de baja altura, como “buchos” o bojes, que a pesar de su calificación de “baja altura”, muchos alcanzaban dos o tres metros. Estaba el campo Fenero, que abundaba en yerba y más tarde en heno, ya que su dueño Don Telmo Lacasa, no lo cultivaba y nacía en medio de él una fuente, que no desviaba sus aguas hacia el Arba ,sino que discurrían hacia la pardina de Nofuentes, también de su propiedad, en la que disponía de tres casas. Este campo de Fenero era disputado por los vecinos de Biel, de la provincia de Zaragoza a

Don Telmo, que estaba en Madrid por ser el presidente de los Ferrocarriles Españoles. Junto a la pardina de Nofuentes está la finca denominada La Ferrera, que pertenece a un salinero ilustre y que la tiene toda habitada por animales.

Es de comprender que en aquellos lugares proliferaban multitud de buitres y de águilas y dice Sebastián el centenario, que un águila anidaba con su pareja allá arriba en la Peña de Santo Domingo y era por todos creído que tendría unos cien años. Todo el mundo la respetaba y la admiraban cuando la veían cazar. A propósito de ver cazar a las águilas, contaba Sebastián, que en Salinas vieron él y el practicante Señor Morlans, antecesor de los tan conocidos en Huesca, a un águila capturar a un cordero y elevarlo a las alturas, pero que no pudo con él y se le cayó, con lo que pudieron comer cordero.

Pero un día los cuatro cazadores de Luesia perdieron su sentido común, quizá por estar medio bebidos, decidieron ir a cazarla. Subieron uno de los citados cepos, lo ataron a uno de ellos y con una soga, los otros tres compañeros, lo subieron cerca del nido; allí lo plantó y allí cayó el águila. Cazaron al águila, pero la naturaleza les dio una lección, que les hizo pensar en el mal que habían cometido ya que al cocerla tuvieron que estar dieciséis días atizando el fuego.

Bodas de Oro de Bernardo Adiego y de Visitación Guillén












Estamos aquí todos los asistentes a la celebración de las Bodas de Oro, de Bernardo y de Visi, llenos de satisfacción y de felicidad, al encontrarnos en este monumental comedor, con sus paredes adornadas con el Salto de Roldán, la Iglesia de San Lorenzo, las ermitas de Cillas y de Salas y de tantos recuerdos, que rememoran la Historia de Aragón. El Salto de Roldán, nos trae a la memoria la mutua influencia de España y de Francia, desde Carlomagno, pasando por el Conde de Contenson, hasta la autovía Mudéjar, que está construida para comunicarnos con Europa. Parecen estas paredes una ambientación de Vírgenes y de Santos, dispuestas para consolidar la personalidad de la ciudad de Huesca, en este Castillo de San Luis. La pareja de Bernardo procede de una Comarca aragonesa, cerca del Moncayo, que se ve desde la parte alta del Castillo de San Luis, con sus costumbres y celebraciones en ermitas, como la de Salillas del Jalón, en las que Bernardo danzaba en aquel histórico dance. En Salillas se conoció con Visi y trajeron ambos sus recuerdos a este bello rincón del Castillo de San Luis, donde han estado quince años, dirigiendo la explotación de esta finca, trabajando y criando a sus hijos, durante quince años. En este comedor se reúnen los recuerdos de una vida dedicada al trabajo, donde Bernardo quedó convertido en artista de la construcción, yendo a buscar antiguas piedras al desaparecido pueblo de Valdabra, que estaba a orillas del Pantano, en que se acumulan las aguas del río Cinca. Las labró en el Castillo para convertir la derribada iglesia, que en el siglo XIX, había construido el Conde francés de Contenson, en una hermosa ermita. Me enteré de que había consultado libros, de los que nunca conocí el origen. Visi, tuvo que practicar las obligaciones de un ama de casa, para alcanzar el arte de cocina, en el que casi ha llegado a la perfección. La familia de Bernardo y de Visi, no sólo recuerda lágrimas del pasado, sino también, los días felices, que pasaron en este Castillo y han venido a dar las gracias al Señor por haberles dado cincuenta años de trabajo y de felicidad, no sólo en este noble Castillo, sino también en otros lugares de Aragón. Gozaron, efectivamente, de horas de diversión, como los pastores del Moncayo, de los que escribió la literata Abadesa de Casbas, doña Ana Francisca Abarca de Bolea, que dignificó a los pastores, que se juntaron alrededor de la Ermita de San Juan para celebrar una Vigilia y Octavario de San Juan. Bernardo y Visi vinieron al Castillo de San Luis buscando la protección de este Santo y a restaurar la bella Ermita, que aquí mismo se puede contemplar. ¡Cómo se repiten en la vida las lágrimas y las alegrías, que en estos momentos estarán recodando ambos celebrantes de sus Bodas de Oro!.Las tristezas con la muerte de la madre de Visi, cuando sólo tenía seis años, producida por el humo que brotaba de la combustión de la paja de los animales que cuidaban con su padre. Recuerdan también la pérdida de Pili, esposa de Toño y madre de Adrián, muchacho que llena de alegría a toda su familia. Es un muchacho encantador, ya que hace pocos días, viéndome por la calle, me saludó con toda educación y un gran cariño. Toño ha encontrado un remedio a su soledad, porque ahora está acompañado de una muchacha simpática, llamada Blanca. Tienen también que recordar a la señora Dolores, madre de Javi, esposo de su hija Marta, que murió hace pocos años y que tanto amaba a sus nietas, pues a pesar de estar enferma, las cuidaba y se preocupaba por ellas. Dos son las hijas de Javi y de Marta, a saber la mayor, que se llama Tania y la pequeña Mireya y si una es guapa, la otra también, porque son una mezcla de Andalucía, de Aragón y de Cataluña. Además, ambas son muy aplicadas en sus estudios. La hija pequeña de Bernardo y de Visi, es Ester, que nació en este Castillo de San Luis y, como abogada, se ha hecho cargo de contratar con Don Luis Acín, la celebración de esta comida, que recuerda cincuenta años de la Historia del pueblo de Aragón. Es muy trabajadora y muy femenina y va progresando en su carrera, acompañada por un Ingeniero Agrícola, llamado Luis. Nuestros comunes nietos, hijos de Santiago y de Elena, Pablo y María, son, el primero muy inteligente y la segunda muy trabajadora y muy sensata. Siguen en la vocación de pastores de los animales, como sus abuelos, pues cuidan con gran amor dos tortugas, que ya tienen muchos años y varias cobayas, que a veces, si se descuidan en sus obligaciones, Santiago y mi hija Elena, se preocupan de que aquellos pequeños animales, no sufran. Están la esposa y el esposo llenos de paciencia y todavía les haría falta más, porque ambos niños querrían tener un perro, que como se adivina, tendrían que cuidar. Menos mal, que al escuchar los suaves y sonoros sonidos del piano, cuando lo hacen sonar Pablo y María, se les calman los nervios y los hacen felices, como hacía felices a Bernardo y a Visi, el escuchar piar y oír el tin-tin de los cascabeles que llevaban las corbetas. Eran felices en este Castillo Bernardo y Visi, con sus hijos, con los animales que cuidaban y con las corvetas, las cardelinas y las palomas, que anidaban en aquellos árboles, además de los conejos, los cuervos y las mismas raposas, les hacían compañía. Yo pude comprobarlo porque por el año 1972, iba a visitar la granja de conejos que Bernardo y Visi, habían instalado en este Castillo de San Luis. Era agradable acudir a este lugar, pues en los costados de su entrada, están plantados cipreses y pinos y en sus alrededores se elevan piñoneros, pinos, chopos y hacia el monte carrascas, que un poco más abajo, hacia Almudévar, desaparecen casi de un modo absoluto. Bernardo y Visi, acompañados por el abuelo Ramón, padre de Visi y por todos sus hijos e hijas, eran felices con la compañía de todos los animales. Santi y Toño, aleccionados por el abuelo, observaban como en una carrasca, criaba una pareja de corvetas Cogieron dos crías en el nido, las criaron y cuando ya fueron un tanto crecidas, les colocaron con cuidado un cascabelico a cada una en su pata izquierda. Aquellas negras, pero simpáticas corvetas, les causaron gratos recuerdos y lágrimas, porque un visitante, de los que Bernardo y Visi invitaban a comer, era muy aficionado al vino y un día Visi tuvo reparo en dárselo y se lo negó, pero el hombre se enfadó y pegó un manotazo descomunal en la gran mesa y entonces la corveta macho indignada, por defender a su dueña, se lanzó sobre él y le picó en el labio y no quería soltarlo. Los niños Santiago y Toño se pusieron a llorar y el abuelo, enfadado, en cuanto pudo mató con perdigones a las dos pobres corbetas, que tenían un gran sentido de la justicia. A los niños se les fue un poco de ilusión, pues ya no les compraron el mono que para completar el Arca de Noé, les iban a traer. Pero hoy, podéis estar orgullosos de celebrar vuestras Bodas de Oro, en este Castillo de San Luis, donde siempre se ha buscado la evolución de Aragón, en primer lugar cuando el Conde francés de Contenson, convirtió esos campos en un viñedo productivo de agradables vinos, para llevarlos a Francia, de donde se encontraba esta viña, a cien kilómetros. El mismo Conde lo afirmó y quiso acercar la producción de vino, más cerca que los viñedos argelinos. Para roturar aquellos campos importó el Conde desde Inglaterra un Locomóvil, al que es nuestras tierras conocían como Malacate. El locomóvil hacía girar sobre un cilindro un cable ,que arrastraba un enorme arado, que rompía la tierra. Aquella máquina funcionaba como las locomotoras de entonces, quemando leña. Todavía se ven unos carriles de hierro, con los que se ha levantado una valla con su puerta, que separa el jardín del edificio del Castillo. Cuando tú, Bernardo ibas al Pantano de Valdabra, te acordabas de Joaquín Costa, que trabajó en el Castillo de San Juan Alto, de obrero, un hombre que por su inteligencia y corazón mereció ser el Gran Redentor Aragonés. Desde el alto Castillo, pensaba en los riegos, que se han extendido por las distintas comarcas del Alto Aragón. Y tú, Bernardo te dedicabas a levantar el monumento de la bella ermita, dedicando tu obra como recuerdo a los hombres del progreso, igual que el Conde de Contenson y el Sabio Joaquín Costa. Y tú Visi, te entregabas, mientras tanto, a criar a tus hijos e hijas, de los que puedes estar orgullosa. Y aquí están gozando de vuestra felicidad esos hijos e hijas, con vuestros nietos, hermanas y hermanos con vuestros sobrinos, primos y amigos. El nuevo dueño del Castillo, Don Luis Acín, es un hombre que se ha adaptado a los tiempos modernos, al mismo tiempo que cultiva la Historia de Aragón, y así como el Castillos de San Luis ya no se dedica al cultivo de la tierra, lo ha destinado, por medio de un espléndido restaurante al cultivo del buen gusto de los que aquí vienen a comer y a la meditación sobre la Historia de Aragón, con las espléndidas pinturas que ha hecho pintar en las paredes del comedor y recordando la nobleza del Conde de Contenson y la sabiduría de Joaquín Costa. Por todos estos méritos, te damos gracias por habernos acogido a pasar un tiempo maravilloso, en el Castillo donde vivieron y trabajaron, los aquí presentes Bernardo Adiego y Visi Guillén.