miércoles, 21 de mayo de 2014

El paso del tiempo, por los Porches de Huesca



Un día de este mes de Junio, a una hora temprana de la mañana, me he sentado en un velador debajo de los Porches del Bar Puerto Rico y las ideas han ido recorriendo mi  cerebro, refrescando tiempos pasados y tratando de adivinar otros,  que todavía están por venir. Acompañando a mis ideas, mis ojos se enriquecen de visiones que las afectan y las aumentan, como son los kioscos de Sanz y de Valero, que con los periódicos del día y las revistas de la temporada, hablan del pasado,  del futuro y de todo lo posible. Esos periódicos y esas revistas, que se venden en dichos kioscos, enriquecen las ideas del pasado y prevén  los hechos del futuro.     
Me abstengo de revisar la prensa, porque sólo con levantar los ojos, a través de los arcos, que protegen  los veladores de la lluvia, contemplo en el edifico de la Diputación Provincial, al otro lado de los Porches, lo que decía la prensa, cuando yo estaba de Vicepresidente de la Diputación y ahora mirando a través de los cristales de las ventanas del edificio moderno, veo macetas con verdes y lucidas plantas ornamentales. Se distinguen filas de luces modernas, que iluminan la escritura de sus máquinas y las firmas de sus diputados. Se iba a reconstruir la Diputación y se trasladó frente al Pabellón Deportivo del Parque.
Durante los derribos y obras, que se ejecutaron, para proceder a la renovación del Palacio Provincial, se apreciaban las obras del Neo-clásico edificio  de Hacienda, proyectado muchos años antes por el Arquitecto Señor Farina,que había trabajado en las Islas Filipinas. Era un señor grueso, con sombrero y de aspecto serio, que poseía una finca debajo del templo de Loreto, y ahora  posee su hijo, que fue amigo del veterinario Ricardo Serena, del ferretero y fontanero Vallés y de mi tío José María Almudévar. El Arquitecto Farina, tenía un buen gusto, como puede verse en la fachada de Hacienda.
Entre Hacienda y la Diputación, quedaban los restos del antiguo Convento Franciscano. Yo como diputado, movido por la misma curiosidad, que me hacía observar, desde la butaca del Bar Rugaca, la fachada de la Diputación y de Hacienda, que escondían la citada fachada del antiguo Convento Franciscano, entraba en los restos de la iglesia y veía recoger los numerosos esqueletos de aquellos piadosos monjes. Se necesitaba todo el espacio ocupado por la iglesia y el convento, para levantar el actual edificio de la Diputación, pues el antiguo no estaba mal, pero le sobraban los tristes restos del pasado.

Hoy me siento en una butaca de los veladores de los Porches, y mirando la fachada opuesta, veo el pasado interior de la Diputación y de Hacienda, sin necesidad de leer las revistas y diarios del quiosko de mi amigo Valero.

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