jueves, 7 de noviembre de 2013

Hace cincuenta años que murió el poeta Luis Cernuda


Hace escasos días, conocí a Dominica Novellón Cernuda, en el paseo del Parque Erreniaga, que cruza el centro de la ciudad de Zizur Mayor. En ese breve espacio de tiempo, me aclaró que tenía un espíritu poético, bondadoso y pleno de conocimientos teóricos y prácticos. Pero me causó otra gran satisfacción paralela a la de su persona, con su revelación  de  que era sobrina del sublime poeta de la generación del 27, Luis Cernuda.
Este encuentro con Dominica, aconteció en uno de los últimos días del mes de octubre de 2013, y después de  presentarme, con su corazón,  bondadoso, poético, y familiar,  entre otras muchas las  cualidades  de su glorioso tío Luis Cernuda, yo me marché a mi residencia y  empecé a leer  su “poesía abismal, profunda, existencial”, como la llama el periodista  Ignacio Camacho. Este escritor, declara en el diario  ABC, del cinco de Noviembre, qué : “No hay en la poesía española, quizá desde Quevedo, una voz tan conmovedora, intensa, propia y desgarrada como la de Luis Cernuda” y con esa voz se lamenta de su salida de España y de su ostracismo o su sentido de estar ausente de una España, mediocre intelectualmente y políticamente, con una existencia plena de  sectas rojas , blancas, azules y de todos los colores. Luis Cernuda se castigaba a sí mismo, con esa emigración, de las dolores que sufría de desolación y de tristeza, al ver y contemplar el ambiente miserable, regido por  los diablos  que sembraban de tristeza a todos, como se pueden recordar  las lágrimas de Belchite y aquellos comandantes falsos, creados por algún sindicato y la sangre derramada por unos y por otros. ¿Cuánta  hambre  tuvieron que sufrir, algunos  españoles muertos de hambre? , porque concretamente en Belchite, con sus labios y sus lenguas aspiraban la sangre de otros españoles muertos.
Coincide el cincuenta aniversario de la muerte de Luis Cernuda, muerto en Méjico en 1963, el día  5 de Noviembre, del que me he enterado por el ABC,  del tres de noviembre de este año de 2013, con mi artículo   del día 4 del mismo mes y año que se titula             :                                            ”La siega en el año 1936, en Las Valles de Siétamo”.
Empieza la noticia del cincuentenario de la muerte de Luis Cernuda, Manuel de la Fuente, con estas palabras: ”El odio y destrucción perduran siempre-sordamente en la entraña-toda hiel sempiterna del español terrible,-que acecha lo cimero-con su piedra en la mano”. Describe con realismo aquel dolor, que producían en sus compañeros españoles, las muertes  continuas de sus enemigos unas veces y otras de sus amigos. Porque a su amigo Federico García Lorca,lo fusilaron los de  un bando, mientras otro bando, asesinaba  a su también amigo José María Hinojosa.
Y si en España se mataban mutuamente unos y otros, en mi pueblo de Siétamo, a los pocos días  de comenzar la siega , llegaron las cuadrillas de guerrilleros de mil bandos distintos y al “Padre Jesús”, cuyo nombre ignoramos los sietamenses, le dijeron que gritara :Viva la revolución , a lo que él, contestó gritando: Viva Cristo Rey.
Tenía razón Luis Cernuda, cuando se quedó en la Guerra y después de ella, “desasosegado y hasta rencoroso con su vieja Patria, a la que alguna vez llamó esa tierra de cabreros”. Pero no sólo los cabreros podían en ciertas ocasiones mostrarse violentos, sino que en pequeños pueblos como  Siétamo,  murieron fusilados cientos de hombres y mujeres y no se han contado aquellos muertos que descansan en la tierra de sus montes, a causa de las bombas de artillería,  de aviación, de ametralladoras y de fusiles. En mi  artículo de “La siega en el año 1936, en Las Valles de Siétamo”, aquellos segadores eran buenos ciudadanos, tanto que uno de ellos, recogió el pañuelo que yo había manchado con la “sangre verde de un insecto” y cuando llegó a Siétamo,  lo entregó en casa de mi familia. Tú, también encontraste muertos por la Guerra, igual que los segadores de Siétamo, y tu espíritu poético, de una sensibilidad extrema escribía, poesías en 1936 sobre la crueldad salvaje de la Guerra, e incluso criticaba los excesos de sus correligionarios. Y agradecía a un amigo con estos versos. “Gracias,  compañero, gracias-por el ejemplo. Gracias porque me dices-que el hombre es noble._ Nada importa que tan pocos lo sean:-Uno, uno tan sólo basta-como testigo irrefutable-de toda la nobleza humana”.
Muchos poetas le han escrito con motivo de su cincuentenario. Me gusta leer el verso inédito de Herta Müller, que le dirige a Cernuda estas palabras: “El primer pájaro que yo vi-era un pañuelo en el viento-ningún engaño-sólo presente en demora.  

Cómo coincide el primer pájaro- pañuelo de Herta Müller, con el pañuelo con sangre verde, que abandoné en el monte de Siétamo y era un anuncio en el mes de Julio de 1936, de un enorme derramamiento de sangre, que ha hecho a Cernuda,  lamentar como se expresa Ignacio Camacho “con una voz tan conmovedora, intensa, propia y desgarrada”.

1 comentario:

  1. Mucha pasión la que me has transmitido, me ha gustado mucho la entrada (aunque hay un uso inapropiado de las comas, debo decir)

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