jueves, 3 de abril de 2014

Del cero al infinito



Hay personas que por su profesión tratan continuamente con los números, tanto que a veces se les “bailan” en el cerebro haciendo su huelga particular, perdiendo la frialdad que les caracteriza y entrando en juerga, hartos de ser manipulados en contantes sumas, restas, multiplicaciones y divisiones. Están los pobres números hartos de cuadrar y de ser cuadrados y se sublevan y se “rebailan” con gran regocijo para ellos y enorme confusión y enojo para el cerebro, ya mecánico,  ya humano que trata de someterlos a la exacta e implacable disciplina de las matemáticas.
Hay profesores que pueden mantener disciplinados a veinte o treinta alumnos, y hay líderes y dictadores que someten a disciplina a millones de personas. De la misma manera hay cerebros que con la ayuda de los dedos de las manos controlan hasta el número diez; los hay más aventajados que pueden llegar a dominar veinte números, ayudándose, además, con los dedos de los pies, y algunos  a veintitrés contando las dos orejas y la nariz. De la misma manera que hay dictadores que con la colaboración de máquinas infernales dominan una turbamulta de números con la ayuda de máquinas  electrónicas, que también llevan el camino de ser  nuestras  dictadoras.
A mí los números no me engañan, porque  no he intentado nunca hacerlos trabajar; para mí son amigos, como las letras y cuando los veo no me pongo serio, como todo el mundo, al entrar en contacto con ellos, sino que me causan gracia y mi imaginación se pone a jugar con ellos. El I romano, es para mí, un niño o un soldadito, y si pongo uno detrás de otro,  son dos niños o tres o cuatro o una fila de niños en procesión o una línea de soldados en formación. Si hago el uno corriente es como si todos los niños o soldados se hubiesen colocado una visera. Si veo un 2, me parece ver un cisne, y aunque sé de memoria que “dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis, seis y dos son ocho y ocho dieciséis”, yo veo un cisne, dos cisnes, tres cisnes, un ballet de cisnes. El tres me hace pensar en un trío musical, en una troika rusa, en un triunvirato romano, en un triángulo de percusión, en un triángulo masónico, en el de las Bermudas; en Pitágoras, en un fraile trinitario, en la Trimurtí  india y en el Misterio de la Santísima Trinidad.
Hubo en tiempos pasados alguien que quiso desacreditar al tres y sacó aquello de que “tres eran tres, las hijas de Elena; tres eran tres y ninguna era buena”. No sé cómo serían las hijas de Elena, pero yo no veo al tres implicado en su buena o mala conducta. El cuatro es una “silleta” de iglesia o el marco de un cuadro y además, con un seis y un cuatro, se saca “la cara de tu retrato”. Para los niños el cuatro es muy simpático, pues a todos  les han cantado “cuatro esquinitas tiene  tú  cuna y un angelito en cada una”.
El cinco representa el equilibrio, porque es el más centrado, no en vano hay un “cinco malo”. Además es el más fácil de multiplicar y muy fácil de sumar. Además hay una canción infantil que a Rodríguez de La Fuente le hubiera encantado y que dice “cinco lobitos tiene la loba, cinco lobitos detrás de  la escoba, cinco tenía y cinco  crio y a los cinco lobitos, de comer les dio”.
El seis tiene la frente muy amplia y un ojo muy despejado; representa la media docena y en el juego del Dominó y de los Dados, es un número señor.
El siete parece un uno con pajarita, para disimular su humilde aspecto, pero es el número que  encierra más arcanos y el que más sorpresas depara. Es el número de mi devoción, pues nací en un pueblo que se llama Siétamo o Sieteno  (que en fabla aragonenca es séptimo). Dios hizo el mundo en siete días y setenta veces siete es el número de los elegidos. El candelabro del Templo de Salomón tenía siete brazos, tantos como  cabezas tenía la bestia del apocalipsis, sobre la que se sentaba la prostituta que ofrecía veneno en una copa de oro. Siete vidas tiene un gato, ¡marramamiaú, miau, miau!, siete vidas tiene el gato, siete vidas tiene el gato,  que resucitó al olor de la sardina.
Ha habido varias  guerras de los Siete Años, entre ellas la nuestra, la primera guerra carlista. Y me acuerdo de la  Leyenda de los Siete Sabios y del cuento de “Blanca Nieves y los siete enanitos” y de los “Siete cerditos y el lobo feroz”. El que quiera jugar puede hacerlo al Siete y Medio. La Biblia nos habla de siete años de vacas gordas y siete de vacas flacas. Si ahora nos encontramos en este último período, nos queda el recurso de encomendarnos a los Siete Dolores de la Virgen y el de contraponer a los siete pecados capitales, otros siete virtudes. Si Castilla tenía el Código de las Siete Partidas, Aragón tenía el Consejo de los Siete de la Rota, que colaboraban con el Justicia Mayor. Y así como Joaquín Costa le echaba siete llaves al sepulcro del Cid, yo le echo siete llaves al número siete.
El número ocho tiene su cabeza mirando al cielo y su abdomen en el suelo, mira igual a un lado que a otro, es un número muy equilibrado, muy rechoncho, muy señor y muy satisfecho de sí mismo, pues la gente dice que aquel que está ufano,  está “más hueco que un ocho”
El nueve, por ser el más elevado, tiene muy desarrollada su cabeza y el cuerpo de asceta.
Pero todos los números viven en perfecta democracia; no hay ninguno que se quiera imponer a los demás, porque saben que colocándose el uno, un cero a la derecha, sobrepasa al nueve, y si éste hace lo mismo, el uno se coloca dos ceros y esta lucha por el poder saben que es absurda, porque no acabaría nunca, como pasa entre los hombres. Así que cada número representa su papel; cada uno hace lo que sabe,  y de esa conjunción perfecta y contando con la colaboración del cero, aspiran a alcanzar el infinito.
De esta forma el cero, que para algunos no representa nada, es el meollo  de la cuestión numérica;  es el más despreciado, pero el más centrado, el que se ha encontrado a sí mismo, el más redondo y el más colaborador.

Los números son mis amigos y por eso no quiero hacerlos trabajar. Si buscan un contable, no cuenten conmigo, aunque ahora, con eso de la Declaración de la Renta, todos somos contables por decreto.

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